Yo, mentira

Silvia Hidalgo · Capítulo 27 de 44

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Yo, mentira

Capítulo 27

 

Antes de entrar en la oficina me tiembla la mandíbula, temo encontrármelo; sin embargo, cuando llego a mi planta, busco su cabeza descuidada entre las demás. No la veo y decido no levantarme en toda la jornada, hasta que el chico de recursos humanos me manda ir a su despacho y me pide el justificante. No sé a qué se refiere. Es por la reunión a la que falté a causa del accidente, dice. Le contesto que no fui a ningún médico, que mentí, que mi crío estaba triste y prefirió quedarse conmigo a ir al colegio, eso es todo. Me mira atónito y me dice que no puede aprobarlo. Le devuelvo la mirada absorta y le digo que haga lo que tenga que hacer. Salgo de aquel despacho como salí del apartamento infiel, con la impresión de que nadie sabe muy bien qué hacer conmigo.

Vuelvo a sentarme en esta oficina que ahora es una mentira, porque él no está, quizás también estaba triste y no quiso venir a trabajar, o tuvo que salir a una reunión, pero estas horas aquí son un salto injustificado a la escena siguiente. Es un fallo de guion hasta que recibo un mensaje: «Ven».

Y voy.

Así ocurre a partir de ahora: voy a su casa por la mañana y me prepara café. O aparezco la tarde que su novia no está y me abre una cerveza. Charlamos o encendemos la televisión. Quédate un poco más. No puedo. A veces nos tumbamos desnudos, a veces no. Algunos días ponemos una película de ella. Yo me aprendo los diálogos y él aprende a besarme, casi tan bien como lo hacía el Escritor. Nos comemos sin culpa, al fin y al cabo, solo somos amantes sucedáneos.

Le pido que me ayude a abrocharme el vestido y él me pide que lo acerque a una dirección. Se pone la chaqueta, se monta en el coche y se amarra bien para no romperse. Me da indicaciones, pero no las entiendo, solo hace unos minutos que el lenguaje era otro entre nosotros. Me siento torpe, soy una traductora novata que necesita algo más de tiempo para saltar del idioma del sudor, la saliva y las manos a la utilidad de las palabras. Me confundo en los giros, me salto semáforos, tomo la salida errónea. Toda la ciudad protesta con sus bocinas, enfadada conmigo. Cada claxon me empuja a una calle más allá hasta que acabo expulsada, en medio de ninguna parte, entre locales cerrados y naves industriales, y entonces le pido al joven, muy amablemente, que se baje.

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