Yo, mentira
Capítulo 33
Cuando llegamos, el Escritor se prepara un té. Enrolla el hilo de la bolsita alrededor de la cucharilla y me cuenta que ha llamado a un exterminador. Me propone que, si tengo miedo, duerma con él mientras tanto. No sé si se refiere a mientras la rata siga allí o a mientras decide qué va a hacer conmigo. Rechazo su invitación, hoy soy yo quien necesita estar sola, me ofende que todo esto se resuelva porque una rata se coló en la casa. Sé que he abierto una grieta, sí, indigna y tóxica, pero también profunda, oscura y ardiente, y merece otro final para el que, intuyo, no estamos preparados. Hacía tiempo que no me enfadaba con alguien que no fuera yo misma. Sienta bien, es una energía que se propulsa desde mi pecho hacia fuera y no hacia adentro por una vez. O puede que bebiera demasiada cerveza en el cumpleaños. Caigo como una muñeca de trapo en el sofá y me expando. Ni siquiera escucho la rata sobre el techo.
Me he documentado y ahora sé que las ratas pueden vivir hasta dos años, pero sin comida ni bebida solo aguantan un par de días. Es probable que el animal entrara por algún orificio y se quedara aquí atrapado, ¿por qué si no iba a quedarse en este hueco sin apenas oxígeno haciéndome compañía?
Así que la rata, o bien está muerta, o bien duerme plácidamente tras darse un festín de insectos que también curiosearon demasiado. Si ya estuviera muerta no sería necesario que mañana nos visitara el exterminador y abriera agujeros, gaseara la estancia o lo que fuera a hacer. Busco la escoba y doy unos golpecitos contra el techo. Nada.
Tampoco en la cocina. ¿Ya olía así antes? No recuerdo cuándo tiramos la basura por última vez, hemos estado demasiado ocupados con asuntos más elevados.
Sin darme cuenta me sorprendo poniéndome mis botas y una cazadora sobre el pijama. Cierro la puerta con cuidado para no interrumpir el ronquido que proviene del final del pasillo.
Me cruzo con la chica de la letra D, que me mira como a la típica vecina que baja la basura en pijama.
La noche está despejada, tal vez la rata lo intuyó y solo salió a dar un paseo. Cruzo la esquina hasta los contenedores, no los recogieron aún y decenas de bolsas se acumulan alrededor. Decido ir hasta los otros, después a los siguientes y así recorro medio barrio en busca del contenedor perfecto.
Hace frío, pero sigo caminando, ahora sin objetivo, impulsada por esa energía que sale de mi pecho, embriagada por esta sensación de libertad que da ir en pijama por una ciudad dormida. Una ciudad tan plana que no parece pertenecer a un planeta redondo, se podría decir que más allá de los edificios no existe nada. Me convenzo de que si caminara lo suficiente no encontraría montañas, parques ni agua, solo la noche. Llego al final de la avenida sin encontrarme con nadie, solo me cruzo con las actrices del momento, que me saludan desde las marquesinas de autobús en sus anuncios de perfume, todas con la mirada extasiada y la boca entreabierta como vírgenes dolorosas. ¿Qué sentirán ellas al verse?
Me imagino observándome a mí misma desde cualquiera de los balcones y veo a una mujer que probablemente lo ha arruinado todo, una mujer que bien podría subirse a un autobús y convertirse en una madre sin hijo, en una esposa sin marido, en una profesional sin trabajo.
La idea se queda ahí unos segundos, una estrella fugaz insurrecta que se mantiene brillando más de lo que debe, hasta que comienza a llover. ¿De dónde salieron estas nubes? Y toda sensación se desvanece. Me protejo la cabeza con la chaqueta y recorro a trote el camino de vuelta.
Abro la puerta de casa con cuidado, me quito las botas y la cazadora y vuelvo al sofá. Mi amiga también ha vuelto y me saluda, parece que contenta, dando pequeños saltitos en círculo a través del yeso. Apago la luz y le doy las buenas noches.
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