Yo, mentira

Silvia Hidalgo · Capítulo 29 de 44

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Yo, mentira

Capítulo 29

 

Todos deseamos la fruta de la verdad porque la imaginamos deliciosa. Pero la mía está podrida y esconde gusanos. Nadie quiere eso. ¿Qué he hecho?, ¿qué he hecho?, ¿qué he hecho?, me pregunto sin saber muy bien ni a qué me refiero.

El Escritor se marcha al dormitorio y yo me impongo un castigo preventivo y me exilio al sofá. Me convenzo de que debemos pasar esta noche de llanto y miedo separados, pero no lejos.

La noche sin cama es voraz, los cojines me engullen y la pared atrapa sombras que no reconozco. También el silencio es otro, mis vecinos ya apagaron el televisor y no me acompaña su ronquido. Me concentro en el motor de los coches y en el ladrido de un perro que vio o sintió algo.

Casi lo he conseguido cuando un repiqueteo sobre el techo me desvela. Es como el tamborileo de unos dedos frágiles y pequeños. Tal vez la anciana del segundo compró una mascota, una pequeña. Los pasitos se desplazan y, sin duda, no lo hacen sobre el piso de arriba, lo hacen sobre mi falso techo. Por un momento, lo que no quiero nombrar se detiene. Quizás se fue tal como llegó, pero al minuto siento cómo lo que sea que es escarba con uñas o dientes. Voy a por la escoba y, con cuidado de no despertar a los que sí duermen, doy pequeños toques contra el techo para que huya y vuelva por donde entró. Solo consigo que corra despavorido y que choque contra los muros. ¿Nadie más lo oye?

Aprovecho una pausa y me escondo entre los cojines, pero vuelven los pasos, escurridizos y huecos. Deambulo por la casa para comprobar si se sienten desde otra habitación.

Primero exploro la cocina, el motor de la nevera silencia el eco mordisqueado que llega del salón. Cruzo el pasillo hasta la habitación de mi ratón; duerme acurrucado, ajeno a todo, como si fuera una noche más. La puerta de mi dormitorio está cerrada y, antes de abrir, hago un trato conmigo misma: si él se despierta y me pregunta, se lo contaré y le pediré un indulto por esta noche.

Cuando abro la puerta, me disculpo y la cierro de inmediato. Cruzo el pasillo de vuelta, me escondo en los cojines con más miedo aún, porque las mujeres no sabemos qué hacer cuando un hombre llora.

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