Yo, mentira

Silvia Hidalgo · Capítulo 36 de 44

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Yo, mentira

Capítulo 36

 

Mi niño llora, le he regañado porque hacía demasiado ruido, y ahora llora desconsolado, contesta que solo estaba jugando. Nos grita que en esta casa solo se le riñe a él. Por nuestra parte, el Escritor y yo mantenemos nuestras discusiones cuando el pequeño no está, o entre susurros, de forma educada, como un padre y una madre responsables. Esa contención nos exige un esfuerzo sobrehumano y después andamos todo el día agotados por los pasillos, con sonrisas ensayadas y los hombros caídos hacia adelante. Quizás por esa razón los niños suelen creer que ellos son la causa de los divorcios. Por si acaso, le propongo al Escritor que comencemos a discutir en su presencia. Al fin y al cabo, somos una familia.

Hacemos lo que podemos, ambos nos convencemos de que es así. Buscamos planes, todos para salvarnos. Vamos al cine, al teatro y a conciertos. Somos europeos, la cultura nos sacará de esta.

Hoy salimos a cenar con compañeros suyos; con escritores no, por favor, con escritores no. Son profesores, me caen bien, odian a los jóvenes. Bebemos vino, hablamos de sexo y criticamos libros que ni siquiera hemos leído.

De vuelta: «¿Has visto cómo le hablaba?», «no entiendo cómo aguanta a una persona tan aburrida» o «me ha dado ansiedad ver cómo comía». Sí, sin duda, somos mejores que todos ellos. Y cuando llegamos a casa follamos con algo de rabia.

Día a día, encontramos tregua en la cocina, cuando le paso un tomate o pelamos juntos las patatas. Siempre ando preguntándole si es feliz.

Me propone ir a terapia de pareja, pero son demasiados años, ni imaginamos la basura que podemos encontrar. Me dice que es imposible guardarlo todo bajo la alfombra. Le digo que sí es posible mientras esquivemos bien los bultos. Sugiero quitar alguno de vez en cuando, por ejemplo, por petición. Me pide que no beba tanto. No entiendo qué tiene que ver el alcohol con nosotros. Si me quedara embarazada, bromeo, lo dejaría de forma natural. Dice que casi me prefiere prealcohólica a embarazada de nuevo.

Me creí la leyenda de que recordaría los meses de embarazo y de posparto como una época maravillosa, un álbum de estampas de barrigas pintadas y bebés con fondos de nubes blandas y arcoíris, fantasías colectivas en color pastel de piel suave y olor a talco. Me contaron que se borrarían las noches eternas, esas en las que anotaba en un cuaderno cuadriculado qué pecho le di, el izquierdo o el derecho; que no recordaría las mañanas lentas en las que me despertaba con su llanto; ni los días fríos en los que lo vestía y me vestía y buscábamos el sol para que se le quitara el amarillito de la piel. Pero no, no olvido cómo cada mañana me despertaba el llanto, y a la siguiente me despertaba el llanto. Y lo saciaba. Y nos vestíamos. Y buscábamos el sol. Y me despertaba el llanto.

Todavía hoy, cuando lo miro dormir, me sigue asombrando lo bien que lo hace, lo bien que respira, cómo de sano e indemne crece y lo fácil que parece. A menudo le pregunto si está feliz. Él me contesta que le agobio. Me digo que debe haber un hueco para los padres entre el ahogo y el abandono, uno donde solo se acompañe. Eso sí le gusta a mi pequeño nadador y le gustará, calculo, unos cuatro años más. Quizás debería dejarlo todo durante ese tiempo, ser la madre entregada que no fui, despedirme del trabajo, sacarlo de la escuela y dedicarme a estar a su lado; disfrutar de su compañía ahora que no es un bebé, ahora que entiende el idioma y que sabe su nombre. Se lo propongo y me dice que le gusta mucho su seño. Me lo dice mientras me acaricia la mano, porque ya ha aprendido a endulzar las palabras amargas. El amor mío, siempre impuntual.

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