Yo, mentira
Capítulo 31
El pequeño nació tal día como hoy hace seis años. Era un día precioso, tan bonito que yo no quería parir, tan bonito que habría preferido sentarme en la orilla del río con los pantalones remangados.
Pero nació, y lo hizo con violencia, como tantas criaturas. Una amputación de un miembro que dejaba de ser mío, que ni siquiera parecía parte de mí; los ojos claros de su padre y el cuerpo de su abuelo apenas dejaron hueco para mi pelo, mis dientes o mi enfado. Al parto le siguió un sábado soleado y eterno, un mismo día que contenía semanas, lustros, eras; toda una existencia sin pensamiento estructurado, solo un impulso insaciable: el niño necesita, necesita y necesita; quiere, quiere y quiere; ya, ya, ahora. A mí.
Hoy, en cambio, llueve, y sus padres, tan torpes, no sabemos cómo quererlo a él sin querernos nosotros de por medio. Así que lo hacemos por turnos: si él le habla, lo abraza o lo besa, yo espero.
Le hemos comprado juguetes, ropa y libros. Le hemos preparado una gran fiesta de cumpleaños. Los pormenores los hemos discutido por mensajes. He dejado que el Escritor se saliera con la suya en todo. Me ha dicho que odia que haga eso. Por mi parte, voy pagando la deuda en cada situación que veo oportuna, ya que a él no se le ocurre ningún castigo.
Vendrán los niños del cole, los del vecindario, vendrán los otros padres, las otras madres. He hecho galletas. La tarta que intenté fue un fracaso y he bajado a por una; he tenido que conformarme con la que otros padres no recogieron por algún motivo. Imaginar el posible motivo me ha puesto triste.
Antes de salir, le pido al Escritor que me suba la cremallera de un vestido que encontré al final del armario, porque hay unas normas no escritas en las que una pareja puede no hablarse, pero deben pincharse la insulina o doblarse la ropa limpia el uno al otro. Por alguna razón no tiré este vestido, un vestido de madre, de lactante, un uniforme aburrido que heredé de otras mujeres, que cubrió otros cuerpos retorcidos y deformados tras la contienda de la expulsión. También hoy esconde algo, tengo un aspecto tan estúpido y agradable con él que nadie diría nada malo de mí.
Hemos adornado con globos y guirnaldas un local. Compré cerveza para los adultos, son las doce de la mañana y me la sirvo en un vaso de cartón de Disney. A ratos se me olvida un poco que el Escritor ahora me odia y le hablo como si nada, entre las otras voces. En un círculo improvisado de tertulia, incluso me atrevo a tocarle la espalda de forma despreocupada.
La noche de la confesión me preguntó datos, datos numéricos, porque sabe que ese es mi idioma, porque sabe que las palabras se me enredan. Cuántos hombres, cuánto tiempo, cuántas veces, cuánto quería al otro, cuánto más o cuánto menos que a él.
Esas fueron las preguntas.
Uno y poco, cuarenta y ocho días, en total una vez, porque siempre fue la misma, una escena grabada en muchas tomas y no lo sé, mucho menos que a ti. Esas fueron las respuestas.
Las otras madres hablan y escucho que se estropeó el lavavajillas, que todo el día con el fútbol, que todavía se orina en la cama, que la reducción de jornada no le sirve para nada, que una niña siempre es más tranquila, que apenas queda tiempo para leer, que échale un quesito al puré. Se esconden en la rutina. Me preguntan a qué me dedico, dónde vivo, y comienzo a hablar. Hablo igual que ellas, con risas en medio. Soy una más, no una adúltera, incluso les encanta mi vestido. Me tocan el brazo, se ríen de mis comentarios divertidos, sí, claro, entienden lo que quiero decir.
He invitado a Pantera. Se la presento al homenajeado y se lanza hacia ella, la adora sin esfuerzo. Los niños prefieren a las mujeres que no son madres. Le ha comprado unas gafas de sol que ya no quiere quitarse. Quizás él también desea ser otro.
Salgo con ella del local. Nos sentamos contra la pared y saco dos cervezas que he escondido en el bolso. Debemos de estar ridículas, al menos yo. Gracias, gracias por venir, le digo. No sabe muy bien qué hace aquí, yo debería estar con las otras. Supongo que no soporto estar con gente a la que me parezco tanto. También le ofrezco unas galletas que he guardado en una servilleta. Me dice que estoy muy bonita con mi vestido de muñeca y me pregunta desde cuándo hago galletitas. Y se lo cuento todo, desde el beso hasta la rata.
Pantera me hace preguntas que no sé contestar. Todas comienzan con un por qué. Algunas me dan ganas de reír y otras de llorar. La noto ofendida y le pregunto si está celosa. Soy una engreída, no es eso. Solo que yo era su unicornio, me explica. Me cuenta que, en el fondo, anhelaba conseguir lo que el Escritor y yo teníamos. Que le tranquilizaba pensar que hay un momento en que todo está bien, en que nada tiene que destruirse o cambiar. Me pregunta esperanzada si creo que me perdonará.
Cuando vuelvo, el mago contratado ha comenzado la actuación; me estaban esperando, pero como no llegaba otra madre me ha sustituido. Hace de azafata mientras cortan al Escritor en dos. Tras los gritos del público, su cabeza comienza a dar vueltas, sonriente, y sus pies, a varios metros, siguen coleteando nerviosos.
Quizás el mago cometa un error al recomponerlo. Guardo la esperanza de que lo devuelva a unos días, unos meses, unos años antes, a aquel fin de semana en el que nuestro plan de irnos a la sierra se fastidió porque yo caí enferma y él se contagió. Y nos dio igual.
Le pido perdón a mi pequeño por no haber llegado a tiempo; él no se había dado cuenta. También se lo pido al Escritor, me dice que no importa. Es la hora de los regalos y saco la tarta. Clavo dos velas en los ojos del Micky Mouse de fondant, después le separo la cabeza del cuerpo y sigue sonriendo.
Un niño se burla y dice que es una tarta de Minnie. No, no lo es. Mi niño me pregunta por qué lleva un lazo. Al parecer he comprado una tarta de Minnie Mouse, que me jodan. Le digo que solo es un pañuelo, pero él contesta que tiene pestañas. Los niños también tienen pestañas. Se levanta las gafas de sol y se las toca. Después le pega un puñetazo en el estómago al niño que sigue riéndose. Ruedan en un amasijo de brazos y piernas. Cojo el trozo del lazo y lo engullo completo mientras los padres separan a los críos.
La madre del otro niño quiere que mi niño se disculpe, su hijo solo estaba diciendo la verdad. Su hijo es un gilipollas, nunca me cayó bien y me alegro de que el mío le haya zurrado, pero no puedo decir eso, aunque también sería la verdad.
Ella me golpearía a mí y esta fiesta no terminaría nunca.
Los niños ya han hecho las paces y juegan juntos. A la madre le abro una cerveza. Las demás empiezan a acudir como abejas. Formamos un enjambre ruidoso donde la reina es Pantera. Pone música desde su móvil, organiza una excursión con todas al cine y a cada una le saca un parecido con una actriz: hay una Julianne Moore, una Juliette Binoche, una Carmen Maura. Mi amiga nos habla de lubricantes de sabores, fríos y calientes. Nos llevará a tomar una copa a los nuevos locales de moda y otro día al salón donde hacen la mejor manicura. Al cabo de un rato el zumbido ha cambiado, ahora hablan entre ellas y de ellas. Todas se sienten gordas, peludas y cansadas. Todas se odian a sí mismas. Tanto como yo.
Noto vibrar mi teléfono, mi Tinieblo me escribe, quiere verme y le respondo que se acabó, que no volverá a pasar. Me pregunta qué ha ocurrido. No le contesto y me llama por teléfono. Bloqueo su número, lo añado a una lista negra junto con los corredores de seguro, junto a los operadores de internet y televisión digital, junto a todos los demás que me discuten mi «no», tan débil. Antes le escribo que lo siento. Solo entonces reparo en que no le he pedido perdón al Escritor. Pienso en la manera en que podría hacerlo y tras divagar, decido que no lo haré, porque ese perdón es una camiseta demasiado sudada que no le obligaré a ponerse.
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