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Tres
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
»En la historia que me cuento últimamente, me convertí en poeta, o comenzó a interesarme la idea de convertirme en poeta, el 28 de enero de 1986, cuando tenía siete años. Como tantos estadounidenses que vivieron aquel momento, recuerdo claramente ver desintegrarse el transbordador espacial Challenger a los setenta y tres segundos de haber despegado. Aquella misión, como muchos recordaréis, había despertado una expectación fuera de lo común porque una de los siete tripulantes era una maestra llamada Christa McAuliffe. La seleccionaron entre no sé cuántos candidatos para ser el primer maestro en viajar al espacio, también el primer civil, como parte de un programa llamado “Profesores en el Espacio”, que se cancelaría a los pocos años de su muerte. McAuliffe fue elegida en parte para representar al «estadounidense de la calle» y por tanto nosotros, los estadounidenses de la calle, nos tomamos un interés particular en aquella misión. Millones de colegiales estábamos estudiando materias relacionadas con el programa, así que esperábamos entusiasmados el lanzamiento. Mi clase de tercero le escribió cartas deseándole suerte y expresándole lo orgullosos que nos sentíamos. Recuerdo a la señorita Greiner tratando de explicarnos la expresión «Con Dios».
»¿Puedo pediros que levantéis la mano para indicarme cuántos de vosotros visteis la tragedia del Challenger en directo? La mayoría de los estadounidenses de más de treinta años recuerda haber presenciado en directo la desintegración del transbordador. Se cita una y otra vez como el amanecer de nuestra era de desastres en directo y guerras en retransmisión simultánea: la huida de O. J. Simpson en el Bronco blanco, el derrumbe de las torres, etcétera, aunque por supuesto ya se habían televisado otros traumas. No tengo un solo amigo que no recuerde verlo mientras pasaba: no como una repetición posterior cuando ya sabías que el transbordador estaba condenado, sino cuando esperabas que se perdiera felizmente en el espacio en lugar de verlo devorado por una bola de fuego gigante, de ver ramificarse las columnas de humo conforme los componentes caían de vuelta a la tierra. Recuerdo un momento de incomprensión, de intentar imaginar que lo que estaba presenciando formaba parte de un plan, de una separación programada de las distintas partes del transbordador, y luego, con una sensación terrible, comprender, incluso a mis siete años, que no era así.
»La cuestión es que casi nadie lo vio en directo: en 1986 estábamos en los albores de la historia de las noticias por cable y, aunque la CNN retransmitió el lanzamiento en directo, no éramos tantos los que estábamos viéndolo en mitad de un día laborable, de un día de colegio. El resto de las grandes cadenas había cortado la retransmisión antes del accidente. Regresaron enseguida con la grabación, claro está. A propósito del programa Profesores en el Espacio, la NASA había organizado la retransmisión por satélite de la misión en muchos colegios; y así es como recuerdo verlo yo, igual que mi hermano. Recuerdo las lágrimas de la señorita Greiner y la incomprensión inicial de los estudiantes, alguna risa incómoda. Pero ninguno de nosotros lo vio: la Escuela de Primaria de Topeka no formaba parte del programa de la NASA. Así que, a menos que estuvieras viendo la CNN o en una de las aulas especiales, no lo presenciabas en presente.
»Lo que muchos de nosotros sí vimos en directo fue el discurso de Ronald Reagan esa misma noche. Yo sabía que toda mi familia detestaba a Reagan, pero me quedó claro que el discurso conmovió incluso a mis padres. Por aquel entonces no sabía que los discursos de los políticos los escribían otros, pero sabía —porque se trataba en mi película favorita, Regreso al futuro, estrenada el año antes— que Reagan había sido actor en Hollywood. El discurso de Reagan lo escribió Peggy Noonan y está considerado uno de los mejores discursos presidenciales del siglo XX. Noonan después escribiría un puñado de eslóganes republicanos memorables: “Leed mis labios: no más impuestos”; «Mil puntos de luz»; «Una nación más amable, más gentil». (Por cierto que también trabajaría de asesora para la serie de televisión El ala oeste de la Casa Blanca). El discurso duró solo cuatro minutos. Y el final —una de las conclusiones más famosas de todos los discursos presidenciales— me llegó muy dentro, del cuerpo y de la mente: «Nunca les olvidaremos, ni olvidaremos la última vez que los vimos, esta mañana, mientras se preparaban para el viaje y se despedían y “soltaban las hoscas amarras de la tierra” para “tocar el rostro de Dios”».
»La prosodia de esa última parte de la frase, el modo en que los yambos transmitían una sensación de clímax y de conclusión, la forma en que la alternancia de los acentos imprimía autoridad y dignidad, duelo y consuelo… me llegó al alma; la frase me atrajo hacia el futuro. Por entonces no tenía ni idea de lo que significaba “hosco”, y en esta frase es un modificante raro puesto que suele verse en contextos como “un camarero hosco”, es decir, maleducado; un «cielo hosco» es amenazador o de mal agüero. A mí me cuesta aplicarlo a «amarras», aunque entiendo el carácter elegíaco que nos ayuda a imaginar que los astronautas han escapado de una amenaza en vez de haber sucumbido a ella: ahora están en un lugar mejor, etcétera. (Beda dice: «Sus versos a menudo inspiraban a muchos a despreciar el mundo»). Pero el significado de las palabras carecía de importancia comparado con aquella primera experiencia de la poesía: con cómo me sentí a la vez confortado y agitado por el ritmo y supe que por todo el país aquellos ritmos estaban afectando a millones de personas. Dejad que cale la ridiculez de lo que estoy diciendo: creo que me hice poeta por Ronald Reagan y Peggy Noonan. El modo en que emplearon el lenguaje poético para integrar un suceso terrible y su imagen en un marco de significado, el modo en que la transpersonalidad de la prosodia constituía una comunidad: me pareció que los poetas eran los legisladores no reconocidos del mundo.
»De haber visto una transcripción del discurso habría sabido que “soltaban las hoscas amarras de la tierra” y “tocar el rostro de Dios” estaban entrecomilladas. No eran las palabras de Reagan, y no eran las palabras de Noonan: estaban sacadas de un poema de John Gillespie Magee titulado «Vuelo alto». Magee —piloto de la Real Fuerza Aérea Canadiense— murió con diecinueve años en un choque en pleno vuelo durante la Segunda Guerra Mundial y en la lápida de su tumba en Lincolnshire, cerca del lugar donde falleció, pueden leerse el primer y el último verso de «Vuelto alto»: «¡Oh! He soltado las hoscas amarras de la tierra / he alargado la mano y he tocado el rostro de Dios». «Vuelo alto» es un poema muy conocido y no es extraño que Noonan lo tuviera a mano. Es el poema oficial, signifique lo que signifique, de las fuerzas aéreas canadienses. Aparece en muchas lápidas de cementerios militares. Cuando descubrí todo esto mientras preparaba un trabajo del instituto no me sentí engañado: me encantó la idea de que un poema escrito por un joven semanas antes de morir abrasado fuera citado por una redactora de discursos y leído por un presidente y sentido en el alma por un millón de niños estadounidenses tras otro desastre aéreo. Demostraba el poder de la poesía para circular entre cuerpos y temporalidades, para trascender las contingencias de su autoría.
»Mientras preparaba esta charla, estaba leyendo un poco sobre Magee — es decir, no vale la pena ocultarlo, estaba leyendo su entrada en la Wikipedia — cuando me fijé en una sección titulada “Fuentes de inspiración”. «Fuentes de inspiración» es quedarse corto, es un eufemismo; si Magee fuera uno de mis alumnos y me presentara un poema con semejante número de «fuentes», le diría que es un collage o un plagio. El último verso de «Vuelo alto» —«y he tocado el rostro de Dios»— también cierra un poema de Cuthbert Hicks, un poema publicado tres años antes que el de Magee en un libro titulado Ícaro: antología de poesía aérea. El poema de Hicks acaba así: «Pues he bailado en las calles del cielo / y he tocado el rostro de Dios». Es más, Ícaro contiene un poema titulado «Nuevo Mundo» de G. W. M. Dunn, que incluye la (desafortunada) frase «en alas plateadas de risa», que Magee robó para el segundo verso de «Vuelo alto». Más aún, el penúltimo verso de «Vuelo alto» —«la alta, inviolable, santidad del espacio»— recuerda una barbaridad a un verso de un poema de Ícaro de alguien que responde a las iniciales C. A. F. B. , «El dominio sobre el aire», un poema que se había publicado previamente en el RAF College Journal: «A través de la santidad inmaculada del espacio». La cita no atribuida de Reagan que le proporcionó Noonan provenía de un poema que un joven poeta había compuesto a partir de una antología de otros jóvenes poetas cautivados por la posibilidad de volar, que a muchos de ellos les costó la vida… A menos que alguien se lo inventara para la Wikipedia; no tuve tiempo de buscar un ejemplar de Ícaro. Me parece algo más bello que escandaloso: una suerte de plagio palimpséstico que avanza a través de los cuerpos y del tiempo, una canción colectiva sin un origen único o cuyo origen ha sido borrado, de igual modo que a una estrella, desde nuestra perspectiva terrestre, a menudo la sobrevive su luz.
»Desearía mencionar otro medio por el que la información sobre el desastre del Challenger circuló por todo el país en 1986, y los que sois más o menos de mi edad sabréis de lo que hablo: los chistes. Mi hermano, que me lleva tres años y medio, aquel invierno me contó un chiste detrás de otro de camino de ida y vuelta al colegio: Se ha recuperado la caja negra del Challenger, lo último que se oye es: Deja que conduzca ella un rato. ¿Cuáles fueron las últimas palabras de Christa McAuliffe a su marido? Da de comer a los niños… que yo daré de comer a los peces. ¿Qué significa NASA? Necesitamos Astronautas: Siete Astronautas. ¿Cómo saben qué champú usaba
Christa McAuliffe? Solo quedan de ella la cabeza y los hombros[1]. Y otros por el estilo: parecían nacer de la nada, o salir de todas partes; crecían como las setas, durante un par de meses estuvieron por todas partes y luego desaparecieron. Los folcloristas que estudian los “ciclos humorísticos” analizan cómo, en particular en momentos de angustia colectiva, se reciclan determinados patrones, a menudo entre los niños. Cuando el IRA voló la barca en que pescaba lord Mountbatten en 1979, el año que nací, se contaba el mismo chiste del champú anticaspa. Cuando el actor Vic Morrow falleció en un accidente de helicóptero en 1982, el chiste volvió: la cabeza y los hombros. (Procter & Gamble empezó a comercializar el champú en la década de 1950). El ciclo humorístico del Challenger, al que nuestros padres parecían ajenos, fue mi primera experiencia de una especie de sintaxis transpersonal siniestra que existía en el inconsciente colectivo, un lenguaje a la sombra de la narrativa oficial de Reagan para procesar aquella tragedia nacional. Los chistes anónimos que se contaban una y otra vez constituían nuestra forma de enfrentarnos al recordatorio del trauma que el ciclo elegíaco iniciado por Reagan, Noonan, Magee, Hicks, Dunn, C. A. F. B. (y a saber cuántos más) no conseguía integrar plenamente en nuestras vidas.
»Así que el inicio de mi historia sobre los orígenes es un falso recuerdo de una imagen en movimiento. No lo vi en directo. Lo que vi fue un discurso televisado que no había escrito nadie pero que, gracias a su estructura rítmica, llegó fugazmente a todos; al día siguiente fui al colegio y me envolvió otra práctica lingüística igual de poco original y potente, un ritual no autorizado de llamada y respuesta que, pese a su insensibilidad, era una forma de duelo. Si hubiera de retrotraer mis orígenes como poeta a un momento en concreto, sería ese, serían esas formas de reciclaje. No defiendo la calidad poética de “Vuelo alto” —de hecho, es un poema horrible— y considero a Ronald Reagan un asesino de masas. No encuentro nada que me interese formalmente en los chistes sobre el Challenger, nada encomiable; no tenían gracia ni siquiera en su momento. Pero me pregunto si no podríamos considerarlos malas formas de colectividad que pueden servirnos como negativos de su posibilidad real: la prosodia y la gramática son el material con el que construimos el mundo social, una manera de organizar tiempo y significado que no pertenece a nadie en particular, sino que corre por todos nosotros. Gracias».
Los aplausos a mis comentarios me parecieron entusiastas, pero muy bien podría equivocarme, porque prácticamente no me dirigieron ninguna de las preguntas de la charla posterior; los otros dos escritores de la mesa eran mucho más conocidos. Estaba sentado en una butaca de cuero modernista en un escenario de la Escuela de Bellas Artes de Columbia, incapaz de ver al público con claridad por culpa de las lámparas de tungsteno, con un distinguido catedrático de literatura como moderador y, básicamente, escuchando a los distinguidos escritores —tan distinguidos que a menudo me parecían fallecidos— hablar sobre el origen de su genio. (¿Me creeríais si os dijera que uno de los distinguidos escritores era el mismo sudafricano que había observado desde el otro lado del salón de Bernard y Natali hacía quince años?). Se oyeron las exhortaciones de rigor a la pureza —pensar en la novela no como una oportunidad para conseguir fama o dinero, sino una oportunidad para luchar, cada uno a su modo, contra los titanes de la forma—, exhortaciones que los poetas no necesitan, dada la marginalidad económica de su arte, una marginalidad que en breve compartirá toda la literatura.
Pero en la cena elegante que el distinguido catedrático nos había organizado para después de la charla, todas las conversaciones iniciales giraron en torno al dinero: ¿sabes lo del adelanto de X?, ¿cuánto dinero recibió Y cuando pujaron por la adaptación al cine de ese libro suyo absolutamente mediocre?, etcétera. Tras dos copas rápidas de Sancerre, el distinguido escritor empezó a pontificar tirándose periódicamente de la barba salpimentada, su gesto característico, y pasando de una anécdota sobre un amigo famoso o una experiencia exitosa a otra sin dejar pausas para posibles respuestas, con lo que quedó claro para cualquiera de la mesa con alguna experiencia con los hombres y el alcohol —en especial, con los hombres que hubieran obtenido premios literarios internacionales— que el tipo no iba a dejar de hablar en toda la comida. A menos que se pare a analizar algo, pensé. Cuando un joven hispano intentó rellenarle la copa con agua de una jarra, el distinguido escritor le espetó en español, sin mirarlo, que estaba bebiendo agua con gas, y luego volvió a pasarse al inglés sin solución de continuidad. El distinguido catedrático estaba sentado justo enfrente del distinguido escritor y parecía feliz de recibir toda su verborrea; una mujer más joven — probablemente otra catedrática de inglés, pero demasiado joven para ser distinguida— se sentaba a su lado, sonriendo con valentía, consciente del fracaso de la velada.
Yo estaba en la otra punta de la mesa, enfrente de la distinguida escritora, disfrutando de lo bien que casaba la ligereza y frescura del vino con los paneles de madera de peral y los suelos de brillante terrazo del restaurante. A mi derecha se sentaba un elegante estudiante de posgrado de mi edad, claramente obnubilado por la escritora, tal vez la protagonista de su tesina. A la izquierda de la distinguida escritora estaba su marido, probablemente distinguido a su modo, que tenía el aspecto de muchos maridos: cejas perpetua y ligeramente arqueadas en una expresión defensiva de educado interés, síntoma de aburrimiento. Yo no estaba seguro de si debía dar las gracias en español o en inglés al hombre que me rellenaba la copa de agua. Incluso allí, donde una cena para siete costaría como mínimo mil dólares, gran parte del trabajo corría a cargo de una clase marginada de empleados hispanohablantes. Me acordé de Roberto, del pavor que le despertaba Joseph Kony. Intenté imaginar, mirando el restaurante a mi alrededor, esas ciudades mexicanas donde casi todos sus hombres sanos habían emigrado y ahora trabajaban en el sector servicios de Nueva York.
—Me gustó tu cuento del New Yorker —me dijo la distinguida escritora.
Por lo visto el relato, que en parte era resultado de cómo había lidiado con la recepción de mi novela, había llegado a mucha más gente que la propia novela.
—Gracias —contesté. Y luego, aunque solo había leído uno de sus libros y no me había impresionado demasiado, añadí—: Hace tiempo que admiro tu trabajo.
Sonrió solo con la mitad izquierda de la boca, como dudando de mi afirmación; me pareció encantadora.
—¿Tienes un tumor cerebral?
Me impresionó menos su franqueza que el hecho de que aparentemente se hubiera leído el cuento de verdad.
—Que yo sepa no.
—¿Forma parte de una obra más larga?
—Puede. Creo que podría intentar convertirlo en una novela. Una novela en la que el autor trata de falsificar su archivo, intenta inventarse una serie de cartas, sobre todo correos electrónicos, de escritores muertos hace poco para vendérselas a una buena biblioteca. Es la idea de la que partió el cuento.
—¿Por qué necesita el dinero? ¿Es que lo que quiere es dinero?
—Creo que es más una respuesta a su propia mortalidad: intenta viajar en el tiempo, proyectar su voz, ahora que se ve obligado a enfrentarse a su propia fragilidad. Comienza como un fraude, pero imagino que se mete de lleno, que cree sinceramente que está escribiéndose con los muertos. Como si fuera un médium. Pero no sabrías, ni siquiera al final de la novela, si de verdad planeaba vender las cartas o si solo estaba trabajando en una novela epistolar de la clase que sea. Y podría meditar sobre las diferentes maneras de monetizar el tiempo: tiempo de vida, de archivo, etcétera.
Intentaba parecer emocionado con el proyecto que describía, pero, pese al vino, me sentía desanimado: otra novela sobre el engaño, por mucho idealismo maltrecho que le pusiera.
Pedí un entrante de gambas a la plancha con achicoria, sin saber lo que era, y vieiras doradas de primero. El camarero me felicitó por una excelente elección. La distinguida escritora dijo que ella también tomaría vieiras, y lo interpreté como un gesto de camaradería.
El estudiante de posgrado preguntó a la distinguida escritora en qué estaba trabajando.
—En nada de nada —respondió ella con suma seriedad y, tras un breve intervalo de silencio, todos nos reímos. Después me preguntó—: ¿Con quién se escribiría, con qué muertos?
El estudiante de posgrado frustrado (no quería saber nada de mí) y el marido aburrido intentaron darse conversación. Oí al distinguido escritor perorando a lo lejos.
—Sobre todo con poetas, supongo. Poetas con los que me he escrito alguna vez, casi siempre para la revista que dirigía antes y que el protagonista habrá dirigido, y cuyo tono sé imitar. Robert Creeley, por ejemplo.
—Conocí bastante bien a Creeley. —Bebió un sorbo de vino—. ¿También incluirás correspondencia real? Es decir, ¿tienes cartas que recibieras de verdad y que pienses incluir en la novela?
—No. Casi toda la correspondencia de la revista era por correo electrónico y hace mucho que cambié de cuenta. No imprimía nada. Lo que conservo es aburrido, pura logística.
—Podría escribirte una carta: tu autor podría falsificar una carta mía, pero podría escribírtela yo.
—Sería estupendo.
Me encantó la idea.
—Tendrías que intentarlo en serio. —Pensé que se refería a escribir la novela, pero—: Tendrías que intentar colarle a un archivista cartas escritas por ti. Así sabrías si has escrito algo plausible.
Me reí.
—Hablo en serio. Puedo ponerte en contacto con el tasador con el que trabajé cuando me planteé vender las mías a Beinecke.
—Me falta valor —respondí.
¿Lo decía en serio? Un camarero se materializó para rellenarnos las copas de vino, otro me sirvió el entrante. La achicoria era una verdura con hojas en forma de diente de león.
—Bueno, pues mete en algún lado la historia del transbordador. Me ha gustado. Cuando has hablado de los niños viendo la explosión, la risa nerviosa… me ha recordado algo en lo que no pensaba desde hacía mucho tiempo, pero que antes no me quitaba de la cabeza.
—Están increíbles —dije, en referencia a las gambas, que lo estaban—. Tienes que probarlas —añadí, y cogió un poco con el tenedor.
—En mi primer año, hace siglos, nuestra profesora, la señorita Meacham, perdió a su hija. —Supuse que primer curso en Gran Bretaña se decía «primer año»—. Nadie nos lo contó, claro. Durante unos días tuvimos a una sustituta, nos dijeron que la señorita Meacham se encontraba mal y luego volvió, quizá un poco más distante que de costumbre, pero en esencia, la de siempre. Debía de llevar un par de semanas de vuelta, estábamos haciendo ejercicios de lectura y me pidió que leyera un pasaje del libro de texto: yo recuerdo un pasaje de la Biblia, pero no parece probable. En fin, me pidió que leyera y, después de unas líneas, me mandó parar. Me miró a los ojos y me dijo, con una voz aterradoramente serena: «Eres igualita a mi hija Mary». Recuerdo el nombre con claridad. La clase estaba en completo silencio, nunca habíamos oído a la señorita Meacham salirse del guión. Luego, despacio, añadió: «Mi difunta hija Mary. Eres igualita a mi hija, que ha muerto». Lo dijo como si fuera un ejemplo gramatical. —El estudiante de posgrado intentaba escuchar sin dar la espalda al marido, que hablaba de un viaje reciente a la India. Nos rellenaron las copas sin que opusiéramos resistencia—. Nos impactó. Recuerdo bajar la vista al libro y sentir una vergüenza tremenda, como si me hubieran regañado. Luego miré a la señorita Meacham, que seguía mirándome, y oí una risa terrible.
—¿Risa?
—Mi risa. La oí antes de darme cuenta de que salía de mí. Fue completamente involuntaria. Una respuesta nerviosa. Durante unos segundos solo me reí yo y luego todos se echaron a reír. Toda la clase estalló en una risotada histérica y la señorita Meacham salió llorando del aula. Y en cuanto se marchó, la risa cesó. Cesó de repente, como una orquesta disciplinada que hubiese recibido la orden del director. Y permanecimos sentados en silencio, avergonzados y confusos. —Cogió un poco más de mi entrante, que yo no había tocado mientras la escuchaba—. Luego la señorita Meacham regresó — continuó después de tragarse la comida seguida de un poco de vino—, ocupó su puesto frente a la clase y volvió a pedirme que leyera el pasaje. Y leí el pasaje y el día escolar siguió su curso, y luego el año escolar, como si no hubiera pasado nada. Me he acordado porque has mencionado las risas nerviosas y los chistes, supongo. Niños que intentan asimilar una muerte.
Bebimos en silencio durante un minuto y me comí la última gamba antes de preguntar:
—¿Tienes hijos?
—No.
—¿Querías tenerlos?
Intenté dilucidar si estaba confundiendo mi ligera embriaguez con cierta afinidad entre los dos.
—A veces sí, pero la mayoría del tiempo no.
—¿Lo has intentado?
Decidí que no importaban los cálculos sobre afinidades y vinos.
—A los veintitantos me extirparon un fibroma y la cicatriz me ha impedido tener hijos. Por entonces ocurría a menudo.
—Lo siento.
Se encogió de hombros.
—Creo que de todos modos no quería tenerlos. ¿Tú tienes?
—No, pero mi mejor amiga quiere que la ayude a quedarse embarazada. Es decir, estamos pensando en que se haga una inseminación artificial. Pero —y eso solo pude decirlo debido al vino— mi esperma es un poco anormal.
El estudiante de posgrado se giró involuntariamente y me miró.
La distinguida escritora se rio, sin mala intención, y preguntó:
—¿Y eso?
—Por lo visto todos los hombres tenemos un montón de esperma anormal, esperma deforme o con cualquier otro defecto que le impida fecundar el óvulo. Pero yo tengo más esperma anormal de lo normal, o sea que me costaría más preñar a una mujer.
—Pero no es imposible.
—No. Pero podría tardar mucho y mi amiga ya tiene treinta y seis años. O sea que tal vez le recomiende que opte directamente por una in vitro, pero no creo que quiera.
—¿Así que te has librado? ¿Es lo que quieres?
—No lo sé. Quieren que repita la prueba, podría haber salido mal. Y de todos modos creo que Alex, mi amiga, querrá que siga intentándolo. Con la intrauterina, me refiero.
—¿Y todo eso no es carísimo?
—Sí, y Alex está en paro. Pero mi agente opina que puede conseguir un gran adelanto por mi segunda novela. Porque la historia es muy buena. Y doy clases.
—Falsificar un archivo para subvencionar tratamientos de fertilidad; impostar el pasado para financiar el futuro: me encanta. Estoy dispuesta a aprobarlo sin necesidad de verlo. ¿Qué más pasa?
Había otra historia que sabía que colaría, una historia que me había contado recientemente el padre de Alex.
—No estoy seguro de cómo encajará exactamente, pero el protagonista tuvo, habrá tenido, una relación cuando era más joven que creo que formará parte importante de la historia y que se relaciona con su tendencia a la invención. En la universidad se enamora de una mujer un par de años mayor que él, Ashley, que más o menos a los seis meses de relación regresa un día llorando del médico y le dice que le han diagnosticado un cáncer.
—¿Tan joven?
—Pasa, ¿no? Digamos que se lo detectan durante un chequeo rutinario. Al principio parece que va a abandonar los estudios y a irse con su familia mientras dure el tratamiento, pero luego decide (en parte por lo fuerte de la conexión entre ambos, en parte porque la relación con sus padres es difícil) tratarse donde está, en un hospital cerca de la universidad. Para los dos es la primera relación amorosa en la que uno tiene que cuidar de verdad del otro, no solo tratar de impresionarlo; para él es la primera relación seria lejos de casa y la vive a la sombra de la muerte. No la operan, pero, casi peor, recibe radioterapia y quimioterapia; él la lleva en coche al hospital para las sesiones, la deja frente al edificio porque, por los motivos que sean, ella no quiere que la acompañe, le pide que respete la intimidad de la relación con su oncóloga, a la que se siente cercana. Él espera en el aparcamiento o conduce y fuma mientras escucha música. Ella pierde peso, pelo; se suceden los llantos y las decisiones valientes; él aprende a cocinar comidas ricas en bioflavonoides para fortalecer el sistema inmunológico y entabla conversaciones sobre el futuro en común en las que insiste en que quiere tener hijos (aunque no es verdad) para hacer hincapié en el porvenir en general. Imagina un año así —le digo a la distinguida escritora—, es un chico fingiendo ser un hombre que está perdiendo a su compañera; de vez en cuando le hace el amor a una joven consumida que podría tener una enfermedad terminal mientras sus compañeros se meten éxtasis y salen de fiesta o lo que sea; redacta los trabajos por ella, les pide prórrogas por mail a los profesores y todo lo demás. Y entonces, una noche, pongamos que Nochevieja, están viendo una película en la cama, digamos que Regreso al futuro, y ella le dice:
»—Quiero contarte un cosa, pero prométeme que no te enfadarás.
»—Vale, te lo prometo —promete él.
»—No estoy enferma.
»—¿Qué quieres decir?
»—No tengo cáncer —dice ella.
»—Está remitiendo —confirma él.
»—No, nunca lo he tenido.
»—Duérmete, cariño.
»—No, hablo en serio: nunca he tenido cáncer. Quería contártelo, pero se me fue de las manos.
»—Chsss —dice él, empezando a notar una sensación extraña.
»—Es verdad —insiste ella, y algo en su voz indica que lo es.
»—Y has estado fingiendo el tratamiento —apunta él, sarcástico.
»—Sí.
»—Has recibido quimio para un diagnóstico falso.
»—No, esperaba en el cuarto de baño.
»—Y la doctora Sing —dice él, obligándose a reír.
»—Es el nombre de mi médico de Boston.
»—No tiene gracia, Ashley. Estás loca. Has adelgazado trece kilos.
»—Vomito. No tengo apetito.
ȃl comienza a desesperarse.
»—El pelo.
»—Me lo afeito. Al principio me arrancaba mechones.
»—Las pastillas.
»Se levanta. Está en calzoncillos junto a la cama.
»—“Tomo Zoloft. Tomo Atavan —dijo la distinguida escritora en el papel de Ashley—. Relleno los frascos con vitaminas azules”.
»“Vale”. Él no quiere preguntar por qué, concederle la oportunidad de otra mentira, pero pregunta: “¿Por qué?”.
»—Me sentía sola. Confusa. Como si algo fuera mal.
»La mentira describía mi vida mejor que la verdad —añadí—. Hasta que se convirtió en una especie de verdad. —Apuré la copa—. Me habría sometido a quimioterapia si me la hubiesen ofrecido.
La distinguida escritora me miró, quizá tratando de adivinar si la historia estaba sacada de la vida real.
—Sí —decidió—, deberías incluirla en la novela.
Nos sirvieron simultáneamente un plato rectangular para cada uno tachonado de vieiras pescadas por buzos. Contenían minúsculas rodajas de algo que parecía manzana verde y finos trozos de lo que probablemente sería algún apio exótico. Nos trajeron otro vino. La distinguida escritora y yo estábamos emborrachándonos sin atisbo de vergüenza. Mientras comíamos, le conté mi visita al masturbatorio y se desternilló de la risa; nos reíamos tan alto que atrajimos las miradas de otras mesas. De postre pedimos tarta de chocolate a medias y un generoso Armagnac para cada uno.
A la puerta del restaurante, en el falso aire primaveral, todos se despidieron con los incómodos apretones de manos de quienes han compartido una comida sin hablarse. El distinguido escritor nos dijo a los dos con afectada gravedad que lamentaba profundamente no haber tenido ocasión de interesarse por nuestros proyectos actuales, que seguro que eran espléndidos. Todavía con mayor solemnidad, repuse: «Hace tiempo que admiro tu trabajo»; la distinguida escritora tuvo que toser para disimular la risa. Luego ella y yo nos abrazamos y me dijo: «Hazlo todo». Cuando le pregunté «¿Hacer el qué?», simplemente repitió: «Hazlo todo», y volvimos a abrazarnos y luego me dirigí al sur para coger el metro mientras su marido, que parecía exhausto, y ella paraban un taxi que los llevara al East Side. Pasé por delante del Lincoln Center, de donde salían elegantes espectadores de la ópera y se paseaban junto a la fuente iluminada. En la Cincuenta y nueve cogí la línea D de regreso a Brooklyn, repitiéndome para mí al ritmo del tren: Hazlo todo, hazlo todo.
Cuando salí a la calle me dirigí al piso de Alex y llamé al timbre, cosa que casi nunca hacía —normalmente le enviaba un mensaje de texto desde el portal—, y bajó a abrirme. Iba bastante elegante, quizá porque había ido a una entrevista de trabajo o quizá porque había tenido una cita, y me pareció especialmente atractiva vestida de satén líquido y lana veneciana; saludé y me concentré en tratar de parecer sobrio mientras subíamos las escaleras. Cuando entramos en su casa me preguntó qué tal había ido la charla y yo, en lugar de contestar, la rodeé con los brazos, la atraje hacia mí y la besé en la boca buscándole la lengua. Alex me apartó de un empujón, riéndose, tosiendo, limpiándose la boca, y dijo: «¿Qué coño haces? ¿Estás borracho?». «Por supuesto que estoy borracho», repliqué, e intenté acercarme de nuevo, pero me detuvo alargando los brazos.
—Ahora en serio, ¿qué haces?
—Estoy haciéndolo todo —dije tontamente, y luego añadí—: No pienso ir a cascármela en un vasito una vez al mes durante dos años. Vale, tengo el esperma un poco anormal, pero no significa que no pueda dejarte preñada.
—¿Qué es eso de que tienes el esperma anormal?
—Es normal tener esperma anormal —respondí, como si me hubiera insultado, y se rio.
Me senté en el futón y le pedí por señas que se sentara conmigo y pensé: Va a salir bien, al fin y al cabo, ya nos enrollamos en la universidad. Vino hacia mí, pero solo para recoger uno de los cojines indios bordados del futón y lanzármelo a la cara.
—Duérmete, idiota, no vamos a liarnos.
Atónito, abrí la boca para decir un sinfín de cosas —sobre los ciclos humorísticos, los orígenes de la poesía, las correspondencias—, pero en cambio me tumbé y, tras colocarme el cojín encima de la cabeza, no debajo, dije: «Buenas noches». Más tarde Alex me contaría que no la había dejado dormir porque no paraba de recitar «Vuelo alto».
«Estimado Ben —anoté—. Para mí también ha sido un placer coincidir, siquiera brevemente, en Providence, aunque lo concurrido de la reunión dificultase la conversación. Pero le hemos puesto una cara a un nombre, como suele decirse, si es que aún se dice, y confío en que pronto habrá nuevas ocasiones de disfrutar de la mutua compañía».
Borré el «también», lo dejé en «ha sido un placer», y comencé otro párrafo: «Recuerdo escribir a William Carlos Williams en, no sé, 1950, y tener la impresión de que aquella carta suponía una intrusión. No pretendo insinuar que para ti sea lo que Williams era para mí entonces, solo solidarizarme con la preocupación que manifestaste, recordar cómo la compartí, de que al tratar de llegar al otro se caiga en el exceso. Pero no es así, desde luego no en tu caso, y de todos modos, ¿cómo si no va a encontrar uno a sus contemporáneos, a formar una compañía? ¿Cómo si no localizar a los escritores con los que uno se corresponde, tanto en el sentido de la correspondencia que compartimos, como en el sentido más general de alcanzar cierto acuerdo, igual que decimos que un relato se corresponde con los hechos? Sin duda conoces el uso que Jack Spicer hace del término en todas sus posibilidades, cómo se correspondía con los muertos, anotaba lo que le dictaban. Y por supuesto están las Correspondances de Baudelaire».
El autor podría repasarlo luego y asegurarse de que no abusaba de las palabras características de Creeley. Yo releería el par de mensajes prácticos que habíamos intercambiado en la realidad, revisaría de nuevo su Correspondencia.
«También recuerdo ahora la carta que envié a los veintitantos años porque estaba escribiendo como tú acerca de fundar una pequeña revista y donde articulaba en la medida de lo posible su “programa general”, que, cómo no, abarcaba expresar mi descontento con las revistas existentes por aquel entonces. Por supuesto una revista es una cosa que uno espera que alcance cierta circulación, por pequeña que sea, que tenga cierta influencia, por difícil que resulte valorarla, pero también es un instrumento a través del cual forjar, probar, la idea que uno tiene sobre las posibilidades del arte. Ahora me parece evidente que las mejores revistas nacen de directores que “necesitan” de su existencia y que de la singularidad de dicha necesidad puede derivar una revista de alguna utilidad pública».
La tarjeta de la bibliotecaria de colecciones especiales y la tarjeta del tasador archivista que me había recomendado la distinguida escritora colgarían sobre el escritorio del autor con una chincheta plateada clavada en el yeso. Mientras el autor se inquietaba por el crecimiento de un tumor, mientras yo me inquietaba por la dilatación de la aorta, las cartas irían acumulándose, expandiendo el cuento hasta convertirlo en novela.
«Adjunto a este correo cuatro poemas recientes que me habría encantado ver publicados en vuestro primer número, siempre que hubiesen gustado. Toman como excusa una visita a Lascaux el verano pasado…».
Le di a enviar y transmití la propuesta a mi agente, mientras un dolorcillo, sin duda psicosomático, me atravesaba el pecho y luego salí hacia el piso de Alena en el Lower East Side.
Alena, junto con otro artista amigo suyo, Peter, que también era abogado, llevaba tiempo trabajando en un proyecto —no un proyecto artístico, insistía ella sin parar— que me había descrito a menudo, pero que yo siempre me había tomado por una mera fantasía: estaban intentando convencer a la mayor aseguradora de arte del país de que les regalase las obras declaradas «siniestro total». Cuando un cuadro valioso sufre algún desperfecto durante un traslado, incendio, inundación, ataque, etcétera, y un perito conviene con el propietario de la obra que esta no puede restaurarse debidamente o que el coste de dicha restauración excedería al valor de la reclamación, entonces la compañía aseguradora paga el valor total de la obra de arte dañada, que acto seguido se declara legalmente de «valor cero». Cuando Alena me preguntó qué pensaba que pasaba con el arte siniestrado, le dije que suponía que lo destruían, pero resultó que la aseguradora poseía un almacén gigante en Long Island repleto de esos objetos indeterminados: obras de artistas, muchos de ellos famosos, que, tras sufrir algún deterioro, eran degradadas formalmente de la categoría de arte a la de mero objeto y retirados de circulación, expulsados del mercado, relegados a aquel limbo extraño.
Desde que Peter, que tenía un amigo en una compañía de seguros, le había conseguido una visita al almacén, Alena estaba obsesionada con la idea de adquirir alguna de aquellas obras supuestamente carentes de valor, muchas de las cuales consideraba más convincentes —estética o conceptualmente— que antes de sufrir los daños. Su plan, que a mí me parecía ingenuo, había consistido en decirle al agente de seguros que Peter y ella habían fundado un instituto «sin ánimo de lucro» para el estudio del arte siniestrado y animar a la compañía a hacer una donación. Redactaron una declaración de objetivos que yo corregí, se afiliaron a una organización artística sin ánimo de lucro presidida por una de las amistades de Alena, se vistieron de adultos responsables y consiguieron una cita con la directora de la aseguradora, que resultó que también era pintora. La directora coincidía con ellos en que las obras de arte declaradas siniestro total poseían un interés tanto estético como filosófico y —para sorpresa de Alena y Peter— se mostró receptiva a la idea de donar una selección de las mismas para una exposición a pequeña escala y un debate crítico del tema, ya pulirían los detalles. Peter dedicó varios meses a preparar un acuerdo que sonara lo bastante oficial con la aseguradora (no se divulgarían los datos personales de las partes, etcétera) y Alena visitó varios locales donde podrían exponer los objetos y organizar debates sobre aquellas exobras de arte y sus implicaciones para artistas, críticos y teóricos. Al final, todo un bombazo, la aseguradora decidió donar una galería entera de obras de «valor cero» al «instituto» de Alena e incluso corrió con los gastos del transporte. Esa mañana había recibido un mensaje de Alena diciéndome que a Peter y a ella les encantaría que fuera el primer visitante del «Instituto para el Arte Siniestrado».
Alena me abrió la puerta y subí las cuatro plantas hasta su piso. Vivía en un loft gigantesco de renta controlada en un antiguo edificio comercial; el contrato estaba a nombre de un tío suyo. Tenía una habitación que utilizaba de estudio y un vasto espacio abierto donde cabían al menos dos apartamentos. A veces el hermano menor de Alena —que estudiaba en la Universidad de Nueva York— vivía con ella, aunque en los últimos meses no se le había visto el pelo. Casi todos los muebles podían moverse sin problemas, de modo que cada vez que la visitaba la disposición había cambiado, cosa que me sacaba de quicio: el sofá negro ya no estaba contra la pared, su sitio lo ocupaba el tocadiscos; la mesa de dibujo llenaba otro rincón; y así todo. Besé a Alena, abracé a Peter y me senté en una caja vacía y les pregunté por la sede del instituto. Estás en ella, me dijo Alena, y desapareció en el estudio. Cierra los ojos, me gritó.
Cerré los ojos —cada vez que cierro los ojos en la ciudad me fijo instantáneamente en el ruido del tráfico, similar al oleaje— y entonces oí sus pies descalzos acercándose por el suelo de madera. Tiende las manos, me pidió, y obedecí. Depositó en ellas algo que parecían bolitas o figuritas de porcelana. Abre los ojos, dijo: lo que tenía en las manos eran trozos de una escultura canina de Jeff Koons hecha con globos y destrozada, una de las primeras, en rojo. Fue maravilloso ver un icono del comercialismo del mundo del arte y la estupidez valorizada hecho añicos; fue maravilloso tocar los trozos de acabado metálico, ver el interior hueco de una obra de superficialidad voluntaria. Probablemente no valía tanto dinero para los niveles del mundo del arte —entre cinco y diez mil dólares, entre una y dos inseminaciones intrauterinas, uno o dos años de mano de obra china— pero había alcanzado suficiente valor para que la experiencia de sostener sus restos provocara un escalofrío transgresor. Además, seguro que alguien estaría dispuesto a pagar un montón de dinero por los restos por mucho que legalmente no valieran nada. Alena y Peter se echaron a reír al verme enmudecido y Alena cogió uno de los trocitos más pequeños de mi mano y lo arrojó contra la madera del suelo, se rompió. «No vale nada», susurró. Alena parecía una deidad ctónica de la venganza. No por primera vez, me pregunté si no sería un genio.
Aturdido, entré en el estudio. Había más obras apoyadas en la pared, expuestas sobre la isla de cocina que utilizaba como superficie de trabajo o esparcidas por el suelo de las que cabrían en una galería de arte. Algunas eran de artistas que reconocí, la mayoría no. Las había con desperfectos evidentes: estaban rasgadas o manchadas. Eran tantos los cuadros estropeados por el agua que tuve la impresión de haberme transportado a un futuro no tan lejano donde la mayor parte de Nueva York estaba sumergida, donde podía mirar desde lo alto de un descuidado High Line y ver aquellos cuadros flotando por la Décima Avenida. ¿Por qué no tocas nada?, preguntó Alena, ahora puedes tocarlos, y me cogió la mano y la empujó contra lo que todavía era o alguna vez había sido un óleo de Jim Dine. «Ya que el mundo se acaba —citó Peter a nuestra espalda—, ¿por qué no permitir que los niños toquen los cuadros?».
Pero no fueron las obras rasgadas, quemadas o manchadas las que más me conmovieron, las que me convencieron de que Peter y Alena estaban haciendo algo profundo al desenterrar a los muertos vivientes del arte. Para mi sorpresa, muchos de los objetos, al menos a mis, lo admito, ojos inexpertos, no estaban dañados. En la isla había una copia sin enmarcar de Cartier-Bresson debajo de un montón de fotografías. La sostuve contra la luz pálida que se colaba por la ventana del estudio, pero no detecté ningún arañazo, rotura, mancha o descolorimiento. Les pedí a Peter y Alena que me mostraran el desperfecto, pero estaban igual de desconcertados que yo. También había un díptico abstracto de un artista contemporáneo famoso aparentemente en perfecto estado; Alena consultó la documentación —en la alambicada redacción de la aseguradora— y descubrió que faltaba un panel, que de hecho se trataba de un tríptico, pero que sus dos paneles estaban intactos.
Me senté en la cama que Alena había improvisado para el estudio con unos bloques de hormigón y un colchón viejo —un colchón que yo había revisado más de una vez en busca de rastros rojizos de chinches— y estudié la foto de Cartier-Bresson. Había pasado de ser depositaria de un valor financiero enorme a ser declarada de valor cero sin sufrir ninguna transformación material que yo pudiera detectar: era la misma, solo que completamente diferente. Justo lo contrario a la clase de recontextualización que se asociaba con Marcel Duchamp, el espíritu que todavía, a mi parecer desgraciadamente, tutelaba el mundo del arte; era lo opuesto al readymade mediante el que un objeto práctico —un orinal, una pala— se transformaba en un objeto y un bien artístico por orden del artista, gracias a su firma. Era el reverso de dicho proceso y me parecía mucho más poderoso que aquello que revertía porque, como todos, estaba acostumbrado a cosas materiales que parecían haber adquirido una suerte de poder mágico como resultado de una firma monetizable: así funcionan las marcas en el sistema de galerías de arte y en el mundo en general, ya sea Damien Hirst o Louis Vuitton. Pero resultaba extremadamente raro —recordé el bote de café instantáneo la noche de la tormenta— encontrarse un objeto liberado de esa lógica. ¿Qué palabra definía dicha liberación? ¿«Apocalipsis»? ¿«Utopía»? Sentí una plenitud indistinguible del vacío mientras sostenía una obra a la que habían extirpado su valor de cambio, un objeto que por lo demás no había cambiado. Fue como si mis manos pudieran captar una transferencia de peso sutil pero trascendental: los veintiún gramos del alma del mercado habían desaparecido; ya no era un fetiche mercantil; era arte antes y después de ser capital. Las obras rasgadas o destrozadas que emocionaban a Alena no, pero aquellos objetos del archivo que eran y no eran diferentes a antes me conmovían profundamente: habían sido redimidos, tanto en el sentido de que el fetiche había sido convertido de nuevo en dinero, se había pagado la reclamación, como en el sentido más mesiánico de que habían sido salvados de algo o para algo. Para mí una mercancía artística que había sido exorcizada del fetichismo del mercado (y había sobrevivido al exorcismo) era un readymade utópico: un objeto para un futuro o de un futuro donde regía otro valor aparte de la tiranía del precio. Miré a Peter y a Alena, que estaban esperando a que hablara, pero solo conseguí exclamar: «Uau».
Aunque sabía que no duraría, mientras regresaba a Brooklyn desde casa de Alena por el puente de Manhattan, todo aquello en lo que posaba la vista me parecía un siniestro total en el mejor sentido: completo en extensión o grado, absoluto, incalificado, entero. Todavía era por la tarde, pero parecía la hora mágica, cuando la luz se antoja inmanente a lo iluminado. Siempre que cruzaba por el puente de Manhattan me recordaba cruzando el puente de Brooklyn. Me pasa porque desde aquel puedes ver el de Brooklyn y porque este es más bonito. Miré por encima del hombro hacia el bajo Manhattan y vi el acero ondulado, reluciente, del nuevo edificio de Frank Gehry, lo vi como una ola erguida; bajé la vista hacia el agua y vi una barca pequeña navegando despacio; el craquelado de la estela se fundía con las nubes reflejadas y por un instante fugaz la nave me pareció un avión. Pero cuando llegué a Brooklyn para reunirme con Alex, comenzaba a recordar mal, como si hubiera cruzado el puente en tercera persona, como si de algún modo me hubiera visto a mí mismo caminando bajo los cables eólicos del puente de Brooklyn.
Nuestro mundo El mundo venidero
Fotografía de Claude Roy en el puente de Brooklyn, 1947, de Henri Cartier-