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Tres
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Bresson (1908-2004). © Henri Cartier-Bresson/Magnum Photos/Contacto Atravesé Brooklyn Heights por Henry Street. Habíamos quedado para tomar una copa en un bar al otro lado de Atlantic, aunque Alex había dejado de beber. Había comenzado en un trabajo nuevo para el que estaba exageradamente preparada y mal pagada; básicamente daba clases extraescolares en Carroll Gardens, pero opinaba que era mejor buscar otro trabajo estando empleada, quería rutina y agradecía el dinero. Pedí algo con bourbon y menta y un agua con gas para Alex y llevé las copas a uno de los reservados de madera. Los objetos cuidadosamente seleccionados de las paredes eran de antes de la guerra de Secesión; por lo visto los bares de moda competían a ver quién retrocedía más en el tiempo. Nos bebimos las copas bajo apliques con bombillas Edison.
—¿Vamos a hablar de tu torpe intento de seducirme?
Le había escrito un correo electrónico sobre la analítica de semen, pero no habíamos hablado de mi intento de hacerlo todo. Alex quería que consultásemos a un especialista en fertilidad para analizar con detalle los resultados.
—Me sorprendió que pudieras resistirte a mis encantos. Si hasta te recité poesía.
—Hablo en serio.
—Fue una estupidez, perdona. Estaba borracho, ya lo sabes.
—Ese es el problema. Por eso deberías disculparte.
—Vale. Pero ¿por qué?
—Porque si vamos a intentar tener un bebé, da igual cómo, no quiero que sea una de esas cosas que luego niegas que pasara o que te gustaría negar que ocurrió.
—¿A qué te refieres?
—«Era el único tipo de primera cita a la que conseguía presentarse, la clase de cita que después podía negar que lo hubiera sido».
—Eso es literatura. Y no estamos hablando de una primera cita.
—¿Y la parte en que me acaricias el pelo en el taxi? ¿Y la parte que se basa en la noche de la tormenta? El alcohol es una forma de protección. Así lo que sea que pase solo habrá pasado de aquella manera.
Me obligué a no beber.
—Vale, pero todo tu plan también me incluye de aquella manera: está por decidir mi grado de implicación, ya sea como donante o como padre. Me pides que sea una presencia titilante. Dono mis células reproductivas y el resto ya lo iremos decidiendo sobre la marcha.
—Sí, pero eso es porque depende de ti. Como he dicho desde el principio, si prefieres optar por la paternidad compartida o cómo se llame, lo haremos juntos. De no ser así no te lo habría pedido. De hecho, yo preferiría la paternidad compartida. Si quieres intentar el sexo como parte de la «estrategia reproductiva» o comoquiera que lo llames, también estoy dispuesta. Tendríamos que hablarlo un poco más. Tendrías que dejar de acostarte con Alena, al menos mientras dure el proceso. Si no sería rarísimo.
Vacié la copa.
—O sea que ¿seríamos pareja? ¿Me estás pidiendo para salir?
—No. La gente lo hace. Sería como si… hubiéramos pasado por un divorcio amistoso.
Nos reímos. No teníamos ni idea de cómo saldría. Pero al menos yo sabía cómo pagarlo: le conté que había enviado la propuesta, le describí el plan para alargar el cuento.
Alex estuvo callada medio minuto, luego dijo:
—No sé.
Yo esperaba que le pareciera brillante, que es lo que suele contestarme siempre que le planteo una idea literaria… un adjetivo que nunca ha aplicado a ninguna de mis ideas ajenas a la literatura.
—¿Qué es lo que no sabes?
—No quiero que lo que estamos haciendo acabe convertido en notas para una novela. A eso me refería con lo de la protección. Sobre todo en una novela sobre el engaño.
—Nadie va a darme seis cifras por un poema.
—Y me parece morboso. No deberías escribir sobre falsificar el pasado. Deberías encontrar la manera de vivir el presente. —Recordé la sensación que había notado en el pecho al mandar la propuesta, como si aquella manera de dilatar el cuento estuviera ligada a la dilatación de mi aorta—. Y de todos modos deberías tener cuidado con eso de escribir literatura sobre cuestiones médicas.
—¿Por qué?
—Porque, aunque lo niegues, crees que escribir tiene el poder de un conjuro. Y probablemente estás lo bastante chalado para hacer realidad lo que describes en la ficción.
—Yo no creo eso.
—¿Cada cuánto te inquieta la posibilidad de tener un tumor cerebral?
—Ni se me había ocurrido —mentí, riendo.
—Mentiroso. Recuerda lo que pasó con la novela y tu madre.
En mi novela el protagonista le dice a la gente que su madre murió cuando la mujer está vivita y coleando. A medio escribir el libro, a mi madre le detectaron un cáncer de mama y yo, aunque fuera una locura, me convencí de que la novela tenía parte de culpa, de que una versión novelada de mí mismo generando mal karma en torno a la salud de mis padres era responsable, de algún modo imposible de especificar, del diagnóstico. Dejé de trabajar en la novela y decidí tirarla a la basura hasta que mi madre (que se recuperaba perfectamente de la mastectomía y, afortunadamente, no tuvo que recibir quimioterapia) fue convenciéndome durante dos meses para que acabara el libro.
—¿Sabes de qué me di cuenta el otro día mientras un tipo me entrevistaba por Skype desde Holanda, donde acababan de publicar la novela traducida? De que la mentira sobre la madre del protagonista en realidad se refiere a mi padre.
—¿Cómo?
—O a la madre de mi padre, a la abuela, a quien no conocí; murió cuando mi padre tenía veinte años. No sé si en este momento te apetecerá escuchar una historia sobre madres y cánceres.
—Me gustaría escucharla.
—Mi padre me lo contó cuando volví a casa desde Providence para el entierro de Daniel, en primero de carrera. Fue a recogerme en coche al aeropuerto y pusimos rumbo a Topeka, yo estaba tan afectado que apenas hablaba. Recuerdo que conducíamos despacio porque caía una lluvia fina pero helada. La primera parte de la historia ya la conocía: el día que su madre murió de cáncer de mama (nadie pronunciaba la palabra «cáncer» en la familia, pero todos estábamos al corriente, incluso los niños), llamó a su novia, Rachel, que pronto se convertiría en su primera mujer, un matrimonio que duró solo un año, y antes de decir nada, se dio cuenta de que Rachel estaba llorando y que se oían más llantos, no, gritos de fondo. Antes de poder compartir la noticia sobre su madre, antes de poder al menos preguntar lo que ocurría, Rachel le dijo: Mi padre ha muerto. Que se supiera, el padre de Rachel, un famoso hombre de negocios de Washington, donde vivía y estudiaba mi padre, estaba sano. Pero la misma mañana que murió la madre de mi padre después de luchar durante años contra una enfermedad terrible, el hombre cayó fulminado en el despacho por un infarto.
—De locos.
—O tuvo una disección aórtica, no lo sé. Rachel le dijo a mi padre que lo enterrarían en Albany, de donde era su padre, y que confiaba en que la acompañara al día siguiente, y mi padre aceptó y colgó sin llegar a contarle lo de su madre. Mientras, no se estaba llorando debidamente la muerte de mi abuela. El abuelo se negaba a aceptarla o estaba liado con otra; en cualquier caso, a mi padre y sus hermanos pequeños les daban congelados para cenar, los dejaban viendo La ley del revólver o lo que fuera y nadie organizaba el funeral. Así que mi padre dijo que el padre de Rachel había muerto y que se iba al entierro a Albany, y mi abuelo, sin preguntar nada, respondió: Bien. Mi padre cogió el tren para Albany con Rachel, que no paraba de llorar, pero él no mencionó a su madre; al final llegaron a la casa familiar donde los parientes más judíos rezaban sin parar preparándose para siete días de shivá después del entierro. Era una casa enorme y lo instalaron en una habitación para invitados; mi padre se pasó la noche sentado mirando al techo y oyendo de vez en cuando los accesos de llanto que seguían llegando desde otras zonas de la casa bien entrada la madrugada mientras intentaba imaginar dónde estaría el cadáver de su madre, aunque quizá este detalle me lo esté inventando.
Levanté la mano para atraer la atención de la camarera de la otra punta del bar y luego le mostré la copa vacía.
—Adivina qué tuvo que hacer mi padre al día siguiente en el entierro. Le dieron sales perfumadas para que fuera por ahí reanimando a las ortodoxas que se desmayaban o se sentían débiles de tanto llorar. Mi padre, con veinte años, lloraba a su madre en secreto, paseándose por el funeral, que su madre no tendría, sin derramar una lágrima y sosteniendo un compuesto químico bajo las narices de gente que se desvanecía de tanto aullar. Yo ya había oído esta parte de la historia, aunque nunca me había impactado tanto como la noche que regresábamos a casa en coche entre el aguanieve para asistir al entierro de Daniel, pero entonces mi padre se puso a contarme la parte que nunca me había contado.
Había llegado mi copa y la probé; esta vez estaba más dulce. Alex expresó la intensidad de su atención absteniéndose de tocar el agua. Tenía la capacidad de quedarse tan quieta que se convertía en una forma de gracilidad.
Después del funeral, cuando dejé a la familia guardando la shivá en aquella casa gigante de Albany, me dijo mi padre, tuve que coger un tren a Penn Station y luego otro hasta Washington. Llegué a Penn Station sin incidentes, aunque nevaba copiosamente, pero en la estación había no sé qué problema con los trenes, sin duda por culpa del mal tiempo. Recuerdo que pasé frío: llevaba el único traje que tenía, que me había puesto para el funeral, pero como el abrigo no me entraba con el traje, me lo había dejado en casa. Había una cola interminable para el tren de Washington, nunca había visto una cola tan larga para ningún tren en Penn Station, y tardé una eternidad en llegar al andén. Cuando llegué, el andén era un caos: aglomeración, gritos… Resulta que habían cancelado los dos trenes anteriores por culpa del hielo de las vías o algo así y toda aquella gente estaba desesperada por subirse al siguiente, el último del día. Habían añadido varios vagones extra —se veían desde el andén, parecían antiguallas, como vagones decimonónicos retirados de circulación— para intentar atender al exceso de pasajeros. Yo iba imaginándomelo en el coche de camino a Topeka, le dije a Alex, con un realismo inusitado, tal vez porque las ventanas estaban empañadas y se veía muy poco paisaje que pudiera distraerme. Y tal vez pude imaginarlo tan vívidamente sentado frente a Alex por la decoración anacrónica del bar. Me imaginé el reloj de Penn Station mientras mi padre intentaba volver a casa, probablemente insertando una imagen del filme de Marclay. Pero aun así, me dijo mi padre, para cuando llegué a las puertas de un vagón donde montaban guardia un hombre que pedía los billetes y un policía que trataba de tranquilizar a la gente, me dijeron que el tren ya estaba lleno, que sencillamente no quedaban asientos, que tendría que dormir en Nueva York y coger el primer tren de la mañana.
Al principio, me dijo mi padre con la vista clavada en la fracción de autopista iluminada por las luces largas del coche mientras el aguanieve se convertía en nieve, me sentí aliviado. No quería volver a una casa sin madre y enfrentarme con la estrambótica negación de la realidad de mi padre ni la confusión de mis hermanos pequeños ante quienes intentaba actuar como si todo lo que estaba ocurriendo fuera normal. Pero entonces —y recuerdo que me sorprendió— comencé a enfadarme, mucho, y le dije al revisor, con tal intensidad que se giró para mirarme, igual que otro par de personas de alrededor: Voy a subir a este tren. Creo que parecía un lunático. Mucho me temo que no puede ser, hijo, me dijo el revisor después de mirarme de arriba abajo, me dijo mi padre, le dije a Alex, y quizá fue porque me lo dijo con amabilidad y porque me llamó «hijo», pero lo siguiente que recuerdo es que rompí a llorar en mitad del andén. Vamos, que perdí los nervios, lloraba, moqueaba, de todo, allí plantado pelándome de frío con el traje, puede que con sales perfumadas todavía en el bolsillo de la pechera, y toda la emoción reprimida, toda la emoción que pensaba compartir con Rachel cuando la telefoneé el día que murieron nuestros padres y que reprimí durante el funeral de su padre, toda esa emoción empezó a aflorar. Le dije al revisor: Por favor, dije, por favor: mi madre se está muriendo. Tengo que volver. Tengo que regresar a tiempo, por favor, repetía sin parar. Mi madre se está muriendo. Y para mí era verdad: me parecía que estaba muriéndose en lugar de estar ya muerta, como si en aquel tren pudiera viajar atrás en el tiempo.
Tanto Alex como yo bebimos un rato en silencio y apoyé la mano en la mesa de forma que rozara la suya para transmitirle que yo también estaba pensando en su madre. Entonces mi padre se calló y en el coche solo se oían los limpiaparabrisas, como si la historia hubiera acabado, de modo que al final pregunté: ¿Y luego? Y luego, dijo mi padre, como si acabara de ocurrírsele, me dejaron subir al tren, a uno de los vagones antiguos, y una mujer mayor que había escuchado mi arrebato del andén se sentó a mi lado. Y recuerdo que me trajo té y galletas del vagón restaurante y que dormí sobre su hombro buena parte del trayecto. Recuerdo que de vez en cuando me decía: Tu mamá estará bien.
Apuré la copa, algo empalagosa.
—Por cierto, que íbamos en la dirección equivocada.
—¿Qué?
—Mi padre condujo una hora por Missouri; estaba tan metido en la historia que se saltó la salida de Topeka.
—Quizá fuera a Washington.
Entonces, con la locuacidad del alcohol, le conté lo de Noor y la señorita Meacham y ella me contó una anécdota de su madre que me hizo jurar que no incluiría en nada, por mucho que la disimulara, por concienzudo que fuera cambiando nombres o en mi incapacidad para describir caras.
Una ruta circular a través de diversos edificios museísticos permite al visitante recorrer la evolución de los vertebrados, un cladograma para seguir a pie con hornacinas a ambos lados donde se exponen fósiles de especies que compartían características físicas, por ejemplo: «cuatro extremidades con articulaciones móviles rodeadas de músculo» (tetrápodos). Había pagado casi cincuenta dólares por dos entradas al Museo de Historia Natural para que Roberto y yo pudiéramos visitar los restos óseos, pudiéramos rastrear la evolución de rasgos nuevos, una excursión que llevaba meses prometiéndole y finalmente le había propuesto a su madre una tarde después de la tutoría; la madre de Roberto había olvidado la propuesta o la había meditado durante varias semanas antes de comunicarme a través de Aaron que tenían los sábados —los domingos se dedicaban a la iglesia y la familia— disponibles. La había telefoneado para concretar los detalles: me encontraría con ella y Roberto en la boca del metro más próxima a su casa, la salida de la línea D de la calle Treinta y seis, en Sunset Park, y Roberto y yo viajaríamos juntos y transbordaríamos a la C en la Cuatro Oeste en dirección al Museo de Historia Natural, en el Upper West Side. Pasaríamos varias horas en el museo, siempre que el niño aguantara, luego lo llevaría a almorzar, atento a sus alergias, y lo devolvería al hogar familiar a última hora de la tarde. La hermana mayor de Roberto, Jasmine, pensaba acompañarnos —principalmente, supuse, para tranquilizar a Anita—, pero, según me explicó su madre cuando nos saludamos en la salida de la calle Treinta y seis, le habían puesto un turno inesperado en el Applebee de Flatbush donde trabajaba. Anita me pareció un poco nerviosa cuando dejó a mi cargo a su hijo, que temblaba de emoción.
No fue hasta que bajamos al andén y Roberto se acercó al borde para señalar dos ratas negras que corrían entre la basura de las vías cuando cobré conciencia del hecho de que nunca había sido tan responsable de otra persona, al menos de una persona joven. Había cuidado de mis sobrinos cuando iba de visita a Seattle, pero siempre en su casa, nunca en la metrópolis decadente; había cargado con una Alex inconsciente desde una fiesta donde nos habíamos partido un tranquilizante para caballos hasta su residencia universitaria; había llevado a Jon a urgencias tres veces con heridas causadas por alguna idiotez atlética de borracho o por haber defendido su honor o el de Sharon en alguna refriega, etcétera; pero ninguno de mis amigos presentaba riesgo de fuga ni podía considerarse posible víctima de un secuestro. Comprendí, con un nudo en el estómago, que si yo fuera Anita muy probablemente habría declinado la oferta de confiar a mi hijo a mi cuidado. Pero, claro, Aaron respondía por mí: yo era un autor con obra publicada.
Le pedí a Roberto que se apartara de las vías cuando el tren se acercó y en cuanto nos sentamos le enseñé las libretas que había comprado para anotar nuestras observaciones —las libretas habían sido idea de Alex— y le expliqué los objetivos de la jornada en un tono que daba a entender que estábamos embarcándonos en una misión paleontológica solemne que no admitía espontaneidades, mucho menos insubordinaciones. A Roberto le entusiasmaba particularmente ver el esqueleto de un alosaurio montado sobre el cadáver de un apatosaurio como si escarbara, y no paraba de saltar del asiento para imitar la postura del predador bípedo —lo había visto en internet — y yo no paraba de repetirle que se sentara.
En la Cuatro Oeste cogimos la línea C, que iba abarrotada. En la Catorce una aglomeración de nuevos pasajeros subió al tren y varios cuerpos se interpusieron entre Roberto y yo. Me pregunté si también se habrían colado entre nosotros de haber sido indistinguibles racialmente; me abrí paso para volver junto al niño y lo cogí de la mano. Era la primera vez que nuestros cuerpos entraban en contacto voluntario en todos los meses que llevábamos de relación y Roberto me miró, quizá por curiosidad, quizá en respuesta a la suavidad de mi mano; no podemos soltarnos en ningún momento, le dije, consciente de la desesperación de mi voz. Para disiparla sonreí y alabé su camiseta roja de Jurassic Park y le pedí que me recordara qué comían, con toda probabilidad, los saurópodos gigantes. Mientras él enumeraba flora prehistórica, yo pensaba: cogerlo de la mano es el único contacto físico permisible; si se me escapara, no podría agarrarlo ni castigarlo; si Roberto informara de cualquier otra forma de contención más allá de cogerle la mano en los transbordos, no sé qué podría pasar; una familia sin papeles no iba a llamar a la policía, pero tal vez su padre me atropellara con ese camión del que tanto alardeaba el niño; podían denunciar a Aaron, que me había franqueado el acceso a la escuela saltándose el protocolo. «No eres mi profesor», me había recordado en más de una ocasión Roberto cuando había intentado obligarlo a concentrarse en nuestro libro; lo imaginé gritando lo mismo en el museo y perdiéndose después en las profundidades de la exposición bioluminiscente para no volver a aparecer jamás.
Para cuando llegamos a la entrada de la calle Ochenta y siete, me debatía entre dos estrategias: o imponía una presencia draconiana desde el inicio de la visita que lo disuadiese de cualquier forma de desobediencia, prometiéndole finiquitar la excursión a la primera infracción —para entonces consideraba inevitable que surgieran problemas, aunque antes no me había preocupado— y amenazándolo con avisar a su madre, de quien tenía el número del móvil, quizá incluso evocando a Joseph Kony, pero luego, al final de la visita, le compraba lo que se le antojara de la tienda del museo para que mi generosidad me hiciera parecer benevolente en retrospectiva; o simplemente me saltaba la disciplina y lo sobornaba a la menor oportunidad hasta la hora de devolverlo, cargado de regalos y rebosante de tintes artificiales, a su familia, que ahora parecía vivir en otro país. Mientras hacíamos la cola de las entradas en el concurrido vestíbulo, dediqué una pequeña porción del cerebro a charlar con el niño de las piezas destacadas del museo mientras otra porción se quejaba del precio de la entrada, pero la mayor parte de mi conciencia estaba avanzando hacia la horrible constatación de que simplemente no era competente para sacar de excursión a un niño preadolescente. Notaba la urea y las sales exudándome por las axilas mientras añoraba a Jasmine, a quien no conocía, o a Alex, a quien todos los niños parecían deseosos de obedecer instintivamente.
Compramos las entradas y recorrimos a toda prisa las galerías sobre el Espacio y la Tierra, pasando de largo junto a la ecosfera, que no interesó para nada al crío —«No corras, Roberto»—, hasta que llegamos a las escaleras y subimos a la cuarta planta, donde un guarda nos encaminó al Centro de Orientación, punto de partida de la ruta evolutiva. ¿Cómo ha sido?, me pregunté, todavía tratando de recuperar el aliento tras subir las escaleras, ¿cómo puede un hombre de treinta y tres años que en apariencia cumple con las normas de funcionalidad social —con trabajo (por laxo que sea), sexualmente activo (pese a la irresponsabilidad), arraigado (aunque soltero y sin hijos)— caer presa de un miedo tan intenso que supera a la razón como resultado de llevar a una ricura de niño a un museo? Pero al comenzar el recorrido por la ruta circular y la Sala de los Vertebrados, con Roberto tirándome del brazo para pasar lo más rápido posible las vitrinas de peces sin mandíbulas y placodermos hacia la Sala de los Dinosaurios, tuve que cuestionarme cualquier descripción de mi persona como ser maduro, normativo. Así comenzó un pánico secundario: no solo me aterraba que algo saliera mal con Roberto, sino que además me aterraba estar aterrado, puesto que demostraba mi incompetencia general. Recordé la primera visita a la especialista en fertilidad cuando nos preguntó por nuestras historias de salud mental: aunque yo había tenido tres rachas largas de depresión grave y abundante ansiedad y aunque mantenía una relación a largo plazo pero intermitente con los inhibidores de la serotonina y las benzodiacepinas, en mi familia no se habían dado casos de enfermedades mentales graves y me tenía por un lúgubre meditabundo con tendencia a quejarse más que por alguien lo bastante trastornado como para que interfiriese en la reproducción o la paternidad; Alex, que me conocía como nadie, evidentemente estaba de acuerdo conmigo. Pero ahora, mientras me oía ordenarle a Roberto que apuntara los avances evolutivos que destacaban las placas del museo («desarrollo de un cráneo», «abertura palatal», etcétera), ante mis ojos pasaba la película de mis peores momentos.
Recordé el pavor nocturnus de cuando tenía ocho años y mi hermano, desconcertado, intentaba consolarme ofreciéndome sus cromos de béisbol semipreciosos; aunque, con la excepción de ese verano terrorífico, fui un niño feliz. Los problemas más serios comenzaron, como suele pasar, en la universidad: me temblaban y se me dormían las manos, tenía la sensación de que pertenecían a otro o eran autónomas; sentía que si no ayudaba a cada respiración, si no respiraba manualmente, dejaría de respirar; en el museo, entre los vertebrados primitivos, experimenté el eco de todos los síntomas que aún recordaba. Luego fue el agua salpicando una cara que no era capaz de identificar en la residencia universitaria o darme cuenta lentamente en una clase sobre Thomas Hobbes de que aquella risa histérica repentina era mía; hubo también un episodio de parálisis durante el sueño y una alucinación sobre la visita de un íncubo tan grave que durante varios días solo pude cerrar los ojos en compañía de Alex («Apunta: “abertura preorbital”», le mandé a Roberto; «Apunta: “mano de tres dedos”»); recordé llorar, aunque nunca ocurriera, lo más flojo posible en el cubículo de un lavabo de un restaurante de lujo en Madrid con una mezcla de sertralina, tetrahidrocannabinol, clonazepam y rioja en las venas. Todos estos episodios lacrimosos y rachas de despersonalización desembocarían sin lugar a dudas, estaba convencido de ello, en la aparición de la esquizofrenia. De hecho, lo irónico de mi reciente diagnóstico cardíaco radicaba en que me daba una razón objetiva para los torbellinos emocionales y por tanto, en ese sentido, me estabilizaba: por fin me las veía con una amenaza existencial específica y no solo con el vacío de la existencia. Pero mientras un sinfín de crisis propioceptivas se aparecían ante mis ojos en el museo, fondo y figura se invirtieron: en realidad yo no era una persona equilibrada que hubiera pasado por momentos difíciles, era una persona con altibajos que no veía su precariedad psicológica; tenía lo mismo de adulto funcional que Plutón de planeta.
Nos detuvimos ante una explicación del desarrollo de la mandíbula vertebrada y, mientras mandaba a Roberto dibujar en la libreta los restos de un pterosaurio, la desesperación se expandió por mi cuerpo como una tinción de contraste. El niño de ocho años aprende sobre la evolución al tiempo que se divierte mientras que a su guía va a darle un ataque por culpa de tantos desconocidos y estímulos; el niño asustado porque estaba lejos de casa y añoraba a sus papás era yo, no Roberto; yo era el que se aferraba a su mano; me había convertido en el narrador nada fiable de mi primera novela. Roberto intentó salir disparado hacia la siguiente vitrina y lo agarré instintivamente del brazo, estiré un poco. «Ay», se quejó, pero no dolido, sino desconcertado. Me disculpé y me arrodillé y le miré a los ojos y le expliqué en español, sin duda pálido y sudoroso, que debíamos evitar separarnos. Luego añadí, probablemente con aire de estar dando instrucciones para una misión suicida, que si por lo que fuera cualquiera de los dos se separaba, nos reuniríamos junto al esqueleto del Tyrannosaurus rex. Roberto sonrió, pero no dijo nada; me pregunté si se avergonzaba de mí.
Entramos en la Sala de los Dinosaurios Saurisquios —una sala que albergaba algunos de los fósiles más impresionantes del museo— y encontramos el esqueleto del apatosaurio, vuelto a montar recientemente para reflejar las últimas investigaciones, con una placa que explicaba cómo creían que se comportaba; ahora tenía la cola levantada, ya no la arrastraba por el suelo. Había un grupo grande de niños asiáticos, supuse que coreanos, alrededor del esqueleto, vestidos todos con camisetas azules y atentos al guía; Roberto no pudo acercarse a los huesos. Cuando terminé de pedirle que dibujara la cola, ya había echado a correr hacia el alosaurio que mostraban comiéndose una carcasa. Lo seguí obligándome a mantener la calma, me situé a su lado y farfullé alguna orden vagamente educativa, y Roberto salió corriendo al siguiente grupo de tejidos mineralizados y yo tras él. Así recorrimos toda la galería, con Roberto invirtiendo de tanto en tanto el curso de la evolución cuando corría en sentido contrario para ver una pieza destacada —al menos tuve suficiente serenidad para fotografiarlo con el móvil delante del gigantesco Tyrannosaurus rex, montado al acecho de una presa— y luego corría de vuelta al futuro para admirar, pongamos, unos cráneos de protoceratops ordenados de menor a mayor. Mientras no lo pierda de vista, me dije, todo irá bien; tampoco era que los secuestradores acecharan entre los parientes de los mamíferos extintos; la mayoría de los chalados no podían permitirse el precio desorbitado de la entrada.
Más a menos en el momento en que aparecieron los sinápsidos, me entraron ganas de mear. Le pregunté a Roberto si tenía que ir al lavabo y me dijo que no y volvió a salir disparado. Tendría que aguantarme; no pensaba dejarlo sin vigilancia mientras iba al servicio y tampoco me veía arrastrándolo conmigo al lavabo de hombres para poder mear. A lo largo y ancho del mundo la gente cuidaba ingeniosamente de sus niños en situaciones extremas que los sobrepasaban, los salvaban de tsunamis y guerras civiles, los protegían de drones estadounidenses, pero yo no tenía la más remota idea de cómo responsabilizarme de un niño en un museo y vaciar mi vejiga. Seguí a Roberto por la Sala de los Mamíferos y sus parientes extintos, donde lo fotografié delante del brontops, que probablemente se alimentaba de hojas blandas. Me descubrí cambiando el peso de pie mientras el móvil imitaba el ruido de un obturador, algo que hacía de niño cuando tenía que ir al lavabo, y me vino un recuerdo involuntario de cuando me meé en el zoo de Topeka con cuatro años porque me había negado a ir al baño cuando había tenido la ocasión, del humillante calor bajándome por la pierna, oscureciéndome los pantalones de pana. Roberto dibujó los grandes colmillos curvos bastante mal pero sin prisas mientras yo intentaba no mearme en los pantalones y añoraba a otro tutor. La mitad de los hombres que se paseaban entre los fósiles parecían llevar un bebé colgando del pecho e intenté tranquilizarme recordándome que Alex, la persona más cuerda que conocía, creía que era genética y pragmáticamente competente para ser padre, para perpetuar la especie. Pero ¿por qué me había elegido exactamente? Porque era su mejor amigo, claro: porque nuestra relación duraba más que cualquier matrimonio conocido, porque me consideraba listo y bueno. En realidad yo nunca había dudado de mí mismo tanto como para cuestionar sus motivos, pero entonces se me ocurrió con la fuerza de una revelación: Alex quiere que dones esperma precisamente porque no cree que llegues a centrarte lo suficiente para ejercer de padre; le da más miedo criar a su hijo con un padre pesado que sin padre, proviene de una estirpe de mujeres autosuficientes cuyos compañeros desaparecen. Le gustas porque serás tierno y paternal y colaborarás económicamente y podrá hablar contigo si necesita consejo sentimental, pero da por sentado que estás demasiado asustado y disperso para intervenir de forma determinante en el desarrollo inicial del niño y su vida cotidiana. No quiere hacerlo completamente sola, pero no quiere hacerlo con un compañero de pleno derecho; tú vienes de buena casta —Alex adoraba a mis padres— y nunca acabarás en paradero desconocido, pero también eres lo bastante infantil y estás lo bastante ensimismado para cederle lo sustancial de la crianza. Te ha elegido por tus defectos, no pese a ellos; responde a una nueva clase de estrategia de apareamiento de las mujeres milénicas cuya prioridad consiste en mantener alejados a los padres desastrosos, en no formar una familia nuclear.
—Tengo que ir al lavabo, Roberto. ¿Por qué no vienes conmigo?
—Yo no tengo que ir.
—Ven y me esperas.
Otra vez estaba cambiando el peso de pie.
—Ya te espero aquí.
—Que vengas conmigo. Venga.
—Pero…
—¿Quieres algo de la tienda de regalos o no?
Mientras nos dirigíamos a los servicios le repetí a Roberto que si cuando regresara me lo encontraba justo en el mismo sitio donde lo había dejado podría elegir el regalo que prefiriese. Procuré disimular la preocupación bromeando y granjearme su cooperación convirtiéndolo en un juego: a ver si consigues estar igual de quieto que un fósil. Lo aparqué junto a la fuente y entré en el servicio mientras Roberto imitaba la pose de un dinosaurio y, cuando salí tremendamente aliviado al cabo de dos minutos y medio, ya no estaba. En cuanto di la vuelta a la esquina, se abalanzó sobre mí gritando como un velociraptor. El miedo, sin tiempo a disiparse, se transformó en furia y me arrodillé y agarré al niño por los hombros y con toda la ansiedad y el desprecio por mí mismo acumulados le solté, básicamente, un bufido: Voy a decirle a tu madre que te has portado mal; te quedarás sin regalo de la tienda.
Roberto, bajando la vista, me aseguró que solo era una broma y que no se había alejado ni había hecho nada malo. Mientras mi furia se convertía en arrepentimiento, el niño dio media vuelta y se alejó. Por un instante me temí que acelerara e intentara darme esquinazo —no respondió cuando lo llamé—, pero en cambio caminó despacio y sin ganas hacia las escaleras y bajó a la tercera planta, y yo lo seguí a cierta distancia mientras se arrastraba entre los dioramas de los Pueblos del Pacífico y los Indios de las Llanuras. La taxidermia decimonónica y los fondos pintados parecían a la vez anticuados y futuristas: anticuados por la tecnología barata, la presuntuosidad metodológica y la falta de sensibilidad; futuristas por postapocalípticos: era como si una raza extraterrestre hubiera intentado reconstruir el pasado del páramo que se había encontrado. Me recordó a El planeta de los simios u otras películas de los años sesenta y setenta que había visto de niño en los ochenta, películas cuya distancia del presente se evidenciaba sobre todo en lo pintoresco de los futuros que imaginaban; no hay nada en el mundo, pensé para mí, más viejo que lo que era futurista en el pasado.
En la segunda planta, en la Sala de los Pueblos Africanos, vacía, lo paré y me disculpé, le expliqué que estaba preocupado y me había excedido, le rogué que me dejara bien con su madre y le ofrecí elegir lo que quisiera de la tienda de regalos, adonde nos encaminamos cogidos de la mano; Roberto me perdonó, pero no recuperó el entusiasmo. Le compré un puzzle de un T-Rex de sesenta dólares porque cobraría un adelanto de seis cifras y la ciudad pronto acabaría sumergida. Me aseguré de que la cajera quitara la etiqueta del precio y también compré un par de helados de astronauta, que Roberto no había probado nunca.
Devoramos el producto napolitano liofilizado —un alimento del futuro del pasado, que solo había viajado al espacio en el Apollo 7, en 1968— en un banco enfrente del museo. Hacía un calor impropio de la estación y lo raro y novedoso de la comida superó a Roberto, que recuperó el buen humor; partí mi ración de chocolate y se la cambié por un poco de su fresa, que no le gustó. Roberto me enseñó varios de los dibujos que había hecho, los elogié, comentamos algunas posibles incorporaciones para nuestro diorama y le dije que un día se convertiría en un paleontólogo famoso. Roberto había vuelto a animarse y todo era como si yo nunca hubiera montado una escena. Disfrutamos de un agradable almuerzo en Shake Shack —un restaurante de comida rápida cercano al museo donde compran buena carne y reciclan toda la basura—, y se lo devolví, sonriente y rebosante de informaciones dudosas sobre los dinosaurios, a Anita a las cuatro.
Los pulpitos llegan vivos desde Portugal cada mañana y luego se masajean con sal gruesa lentamente pero sin descanso hasta que sus funciones biológicas se detienen; según la carta, los masajean «quinientas veces». Les extraen el pico y les quitan los ojos empujando por detrás. Los cadáveres se rehogan a fuego lento y luego se sirven con una salsa compuesta de sake y zumo de yuzu. Es el plato insignia del restaurante y, por tanto, camareros ágiles y atractivos van sacando de la cocina plato tras plato de los bebés del invertebrado más inteligente del planeta. En el plato que finalmente depositan ante nosotros hay tres y mi agente y yo, tras un fugaz titubeo admirado y culpable, atacamos al unísono e ingerimos enteras aquellas cositas de una ternura imposible.
Había llegado a lo que sería un banquete de celebración escandalosamente caro sin todavía creerme del todo la cantidad de dinero que un editor estaba dispuesto a pagarme por alargar mi relato, pero, después de pedir y antes de que nos sirvieran el pulpo y el atún, me había apresurado a firmar dos copias de un contrato. Le pedí a mi agente que me explicara una vez más por qué alguien iba a pagar semejante suma por un libro mío, en especial uno que todavía no había escrito, dado que mi anterior novela, pese al alarmante nivel de elogios de la crítica, solo había vendido alrededor de diez mil ejemplares. Como mi primer libro se había publicado en una editorial pequeña, me dijo mi agente, las editoriales grandes eran optimistas y preveían que su mayor capacidad de distribución y promoción ayudaría a que el segundo vendiera mucho más que el primero. Es más, me explicó, las editoriales pagan por el prestigio. Incluso aunque escribiera un libro que no vendiera, esas editoriales querían a un posible niño mimado de la crítica o a alguien que pudiera ganar premios; era un capital simbólico que les ayudaba a mantener la reputación de la empresa incluso aunque la mayor parte de su dinero proviniera de sagas sobre vampiros adolescentes o alguno del puñado de «novelistas literarios» comerciales que sí vendían toneladas de libros. Explicación que habría tenido sentido en la década de los ochenta o de los noventa, cuando la novela más o menos seguía siendo una mercancía viable, pero ¿por qué las editoriales, que parecían todas en perpetua reorganización, reducción y lucha por la supervivencia en el mundo digitalizado, querrían convertir capital real en otro meramente simbólico?
—Ten en cuenta que la propuesta de libro… —dijo mi agente, y luego dejó una pausa, pensativa, señal de que se preparaba para abordar una cuestión delicada—, es posible que la propuesta despierte más interés entre las editoriales que el libro en sí.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, tu primer libro no era convencional, pero tuvo una buena acogida. Lo que están comprando al adquirir la propuesta en parte es la idea de que tu siguiente libro va a ser un poco más… generalista. No estoy diciendo que vayan a rechazar lo que presentes, aunque siempre cabe esa posibilidad; lo que digo es que quizá haya sido más fácil subastar la idea de tu siguiente libro que lo que escribas.
Me encantó la idea: mi novela virtual valía más que la novela real. Pero si la rechazaban, tendría que devolver el dinero. Y no obstante planeaba gastarme el adelanto por adelantado.
—Piensa también que una subasta tiene su momento.
Eso lo entendía, o al menos lo sabía, por experiencia: la mayor parte del deseo era deseo imitativo. Si una universidad quería tu correspondencia, otras universidades querrían comprarla también: así surge el consenso respecto a tu importancia. La competencia genera su propio objeto de deseo; por eso tiene sentido hablar de «espíritu competitivo», una deidad creativa.
Cogí y remojé el tercer y último pulpito con los palillos y mientras lo masticaba intenté pensar en un sinónimo de «tierno». El deseo imitativo de mi novela virtual iba a financiar la inseminación artificial y sus costes asociados. La novela de verdad la despellejarían entre todos. Después del porcentaje de mi agente y los impuestos (impuestos municipales inclusive, me recordó mi agente), me quedarían unos doscientos setenta mil dólares. O cincuenta y cuatro IIU. O aproximadamente cuatro todoterrenos Hummer H2. O las dos primeras ediciones que había en el mercado de Hojas de hierba. O unos veinticinco años de mano de obra de inmigrantes mexicanos, siete de Alex en su actual empleo. O mi alquiler, si conservaba la renta controlada, durante once años. O tres mil seiscientas aletas de atún rojo, siempre que la especie resistiera. Tragué, sumido en la gran majestuosidad y supina estupidez de todo el asunto, que me recorría la sangre: el ritmo de los pulperos artesanos portugueses coordinado con el ritmo de la migración de trabajadores y el auge y caída de los bienes artísticos y de futuros en las oscuras galerías fuera del restaurante y los niveles de mercurio y radiación del sashimi y los pechos de la gente guapa del restaurante… todo coordinado, o así lo parecía, por el dinero. Un inmenso ciclo humorístico. Una inmensa prosodia siniestrada.
—Por supuesto, ya que hablamos, aceptar un gran adelanto implica ciertos riesgos… porque si el libro no vende, nadie querrá volver a trabajar contigo nunca más.
Un par de silenciosas parejas dejó la mesa de nuestra izquierda e inmediatamente un par de parejas ruidosas ocupó su lugar; los hombres, ambos de mi quinta, ambos de traje oscuro, ambos en buena forma, hablaban de un amigo o colega común, se mofaban de él porque estando borracho había derramado vino tinto en un sofá o una alfombra carísimos; las mujeres, con los ojos pintados, se pasaban un teléfono móvil, admirando una fotografía o algo así. Estaba seguro de que mi libro no se vendería.
—Recuerda que es tu oportunidad para llegar a un público mucho más amplio. Tienes que decidir quién quieres que sea tu público, quién crees que es —dijo mi agente, y lo que yo oí fue: «Desarrolla una trama clara, geométrica; describe caras, incluso las de la mesa de al lado; asegúrate de que tu protagonista experimenta una transformación dramática».
¿Y si solo cambia la aorta?, me pregunté. O su neoplasma. ¿Y si al final del libro todo es igual, solo que un poco diferente?
Los cócteles de sake estaban soltando la lengua del cuarteto adyacente por momentos. Banqueros de inversiones o analistas de mercados de veintipico años cuya proximidad me incordiaba particularmente porque en ese momento estaba intercambiando mi arte por dinero de modo más explícito que nunca, comerciando con mi futuro. Debía entregar el primer borrador al cabo de un año.
«Pienso en mi público como en una segunda persona del plural siempre al borde de la existencia», quería decir. Un camarero agitó la botella para mezclar el poso y enturbiar el sake.
—Necesitan una estrategia altamente líquida —dijo alguien en la mesa de al lado.
—¿Qué pasa si les entrego un libro que no tenga nada que ver con el que se describe en la propuesta? —pregunté.
Nos sirvieron platillos de bacalao negro con glaseado de miso. Me rellenaron el vaso.
—Depende. Si les gusta, bien. Pero creo que debes conservar el cuento del New Yorker.
—No veo a mi público por culpa de las luces de tungsteno.
Vacié el vaso.
—¿Tienes otras ideas?
—Se casaron en Turtle Island. En Fiyi. Karen me contó que vio a Jay-Z en la playa.
—A una bella joven medio libanesa, artista conceptual y atleta sexual, comprometida con causas políticas árabes radicales, su madre, que está muriéndose de cáncer de mama, le revela que le ha mentido sobre su padre: su padre de verdad es un catedrático conservador de estudios judíos en Harvard. O en New Paltz. La chica, que quiere ser madre, elige a un donante de esperma libanés en un intento de proyectar al futuro el pasado que nunca tuvo. —Negué con la cabeza. Eficientes empleados hispanohablantes recogieron los platos—. O tal vez algo más de ciencia ficción: un escritor se transforma en pulpo. Viaja en el tiempo. En un tren retirado de circulación.
La agente se excusó para ir al baño y la siguiente botellita azul apareció tan rápido en la mesa que pareció preceder al gesto que le hice a la camarera, al hecho de pedirla. Cerré los ojos un buen rato. «El perfume y la juventud circulan por mí, y yo soy su estela». Ahora que no estaba hablando ni escuchando a nadie en particular el ruido resultaba ensordecedor. Saboreé toques de pera, luego de melocotón. Auge y caída. La risa de la clase de la señorita Meacham. Mis padres habían muerto, pero podía regresar con ellos a tiempo. A los setenta y tres segundos del despegue, se me diseccionaba la aorta y originaba cirros altos, señales de una depresión tropical inminente.
—Ese mercado está hundido. Probablemente para siempre.
Miré el teléfono.
«Se requiere tu presencia en el Instituto para el Arte Siniestrado», me decía Alena.
De postre me sirvieron un soufflé helado de yuzu con pasas rehogadas. El dinero era una forma de poesía. Los vasos de vino dulce corrían a cuenta de la casa. Ya estaba lo bastante borracho para apurar lo que quedaba de sake en lugar de apartarlo. La tinta contiene una sustancia que adormece el olfato, lo que dificulta localizar al pulpo.
—¿Cómo piensas alargar el cuento? —preguntó la agente, con la mirada ausente porque estaba calculando la propina.
—Como la princesa de Sans soleil, haré una lista de las cosas que me aceleran el corazón. —Salimos del restaurante al aire en movimiento—. Y tú también puedes salir.
Las calles estaban mojadas, pero ya no llovía. Caminamos hacia la entrada del High Line de la calle Veintiséis y subimos las escaleras. El olor a durillo, que o bien florece en invierno o bien había adelantado la floración, se mezcló con el olor de los tubos de escape.
—Voy a escribir una novela que se disuelva en un poema sobre cómo las transformaciones a pequeña escala de lo erótico deben ser controladas por la política.
Tres quintos de mis neuronas se concentraron en mis brazos cuando toqué cada zumaque primorosamente colocado entre los raíles en desuso. Nunca más volvería a comer pulpo.
—Mi consejo, después de haber vendido otras propuestas, es que no esperes demasiado. —Estábamos sentados en los escalones de madera con vistas a la Décima Avenida, sobre el rubí y el zafiro líquidos del tráfico—. Vamos, que te pongas a trabajar. Cuanto más esperes, más se te echará encima la fecha de entrega. La gente se vuelve loca. —Encendió un cigarrillo —. La residencia te llega en el momento oportuno. No subestimes todo lo que puedes hacer en cinco semanas.
Me iba dentro de un par de días. Una fundación de Marfa, Texas, te ofrece casa, estipendio, coche. Había aceptado el ofrecimiento hacía casi un año, cuando sabía que tendría una excedencia como profesor, pero no que tuviese la raíz aórtica dilatada ni que hubiera una seria demanda de mi esperma anormal. Nunca había aceptado una residencia ni había estado en Texas. Allí había fallecido Creeley en la primavera de 2005: lo habían trasladado a toda prisa al hospital más cercano, a tres horas de camino, en Odessa. Mi casa estaría enfrente de la suya. «Confío en que pronto habrá nuevas ocasiones de disfrutar de la mutua compañía», había escrito yo con su voz a una versión de mí mismo.