1936
Un epílogo abierto
En resolución, y para terminar este ya dilatado recorrido ensayístico, desde
una perspectiva historiográfica cabría afirmar sin temor a dudas razonables
que la contienda fratricida española de 1936-1939 no fue simplemente una
gesta heroica ni tampoco un caso de locura trágica colectiva.
La primera afirmación negacionista se justifica porque el conflicto nunca
tomó el carácter de un enfrentamiento idealizado y maniqueo del Bien contra
el Mal y pese a que registró muchos comportamientos heroicos y bastantes
sucesos legítimamente épicos en su curso y desarrollo.
La segunda porque, parafraseando al príncipe danés de William
Shakespeare, cabría subrayar que hubo mucha lógica y cálculo racional en esa
supuesta locura en cuyo desencadenamiento unos tuvieron más
responsabilidad que otros y donde las penas y amarguras nunca estuvieron
equitativamente repartidas (sobre todo por lo que hace a la larga posguerra).
Fue algo mucho más complejo y, a la postre, más prosaico y reconocible:
fue una guerra civil, un profundo cisma de extrema violencia en la
convivencia de una sociedad atravesada por múltiples líneas de fractura
interna, con todos sus componentes heteróclitos de heroísmos y cobardías, de
tragedias y entusiasmos, de banalidades malignas y propósitos benévolos, de
cálculos racionales e improvisaciones sentimentales, de enterezas morales y
miserias mezquinas; y, sobre todo, de mucha, muchísima, sangre derramada.
Como tal guerra civil y brutal de orígenes internos y causas endógenas, fue
inmediatamente afectada por un rápido proceso de internacionalización que
condicionaría crucialmente su curso de desarrollo y su desenlace final. Y todo
ello con el triste corolario ya apuntado por el general Charles de Gaulle: «las
guerras civiles, en las que en ambas trincheras hay hermanos, son
imperdonables, porque la paz no nace cuando la guerra termina»[1].
Efectivamente, no erraba el juicio el general De Gaulle: hubo hermanos
en ambas trincheras de aquella cruenta guerra civil y a su término no llegó la
Paz sino la Victoria. En consecuencia, los hermanos enfrentados siguieron
estándolo por muchos años venideros.
Hay un caso paradigmático de la fractura fraterna ocasionada por la guerra
y del conflicto de lealtades políticas y familiares por ella ocasionado: los
hermanos Manuel y Antonio Machado. Ambos eran poetas y escritores,
ambos eran sevillanos y funcionarios (uno bibliotecario, el otro catedrático de
instituto), ambos se apreciaban profundamente y sólo se llevaban un año entre
ellos: Manuel, el mayor, había nacido en 1874; Antonio, el menor, en 1875.
El primero estaba en Burgos al estallar la guerra y moriría en Madrid en 1947.
El segundo estaba en Madrid al comenzar la contienda y moriría, junto a su
madre (con horas de diferencia), en el exilio en Collioure (Francia) en febrero
de 1939. Manuel se alineó decididamente con el bando insurgente, colaboró
con eficacia en labores de propaganda y compuso famosos sonetos en honor
de Franco («De tu soberbia campaña, / Caudillo noble y valiente, / ha surgido
nuevamente / una grande y libre España») y en alabanza del fundador de la
Falange:
José Antonio ¡Maestro! ¿En qué lucero,
en qué sol, en qué estrella peregrina
montas la guardia? Cuando a la divina
bóveda miro, tu respuesta espero.
Toda belleza fue tu vida clara.
Sublime entendimiento, ánimo fuerte,
y en pleno ardor triunfal temprana muerte
porque la juventud no te faltara.
Háblanos tú… De tu perfecta gloria
hoy nos enturbia la lección el llanto;
mas ya el sagrado nimbo te acompaña.
Y en la portada de su nueva historia
la Patria inscribe ya tu nombre santo…
¡José Antonio! ¡Presente! ¡Arriba España [2]!
Por el contrario, Antonio se pronunció a favor de la causa republicana,
proclamó sus convicciones democráticas y socialistas e incluso compuso un
afamado poema de homenaje al comunista Enrique Líster, jefe militar de los
Ejércitos del Ebro:
Tu carta —oh noble corazón en vela,
español indomable, puño fuerte—
tu carta, heroico Líster, me consuela
de esta, que pesa en mí, carne de muerte.
Fragores en tu carta me han llegado
de lucha santa sobre el campo íbero;
también mi corazón ha despertado
entre olores de pólvora y romero.
Donde anuncia marina caracola
que llega el Ebro, y en la peña fría
donde brota esta rúbrica española,
de monte a mar, esta palabra mía:
«Si mi pluma valiera tu pistola
de capitán, contento moriría» [3].
No fue un caso único y excepcional el de los hermanos Machado. Hubo
hermanos vencedores y hermanos vencidos en muchas otras familias
españolas de la época, famosas o anónimas. Sólo dos ejemplos de aquellas
afamadas podrían corroborar la poca singularidad del caso de Manuel y
Antonio Machado: los hermanos Augusto y Camilo Barcia Trelles y los
hermanos Pedro y José Laín Entralgo.
Los hermanos Barcia Trelles, dos juristas asturianos de reconocido
prestigio académico, habían publicado por separado o juntos varias obras
sobre su especialidad de Derecho Internacional (conjuntamente, a título
ilustrativo, «La codificación progresiva del Derecho Internacional», artículo
de Universidad. Revista de Cultura y Vida Universitaria publicada en
Zaragoza en 1925). Sin embargo, llegado el año 1936, cada uno estaría en un
lado de la barricada y ya no volverían a coincidir en ninguna otra ocasión
académica ni política.
Augusto era el ministro de Estado (hoy Asuntos Exteriores) del gobierno
republicano en julio de 1936, permanecería en su puesto hasta su cese y
continuaría apoyando la causa republicana durante la guerra hasta su partida
al exilio americano, donde moriría (y donde publicaría su obra La política de
No Intervención, Buenos Aires, Patronato Hispano-Argentino de Cultura,
1942).
Camilo se declaró a favor de la causa insurgente, asumió la doctrina
oficial falangista, continuó con su carrera académica en España y se convirtió
en uno de los más relevantes iusinternacionalistas y analistas de política
exterior de la España franquista: en 1939 publicó en Barcelona, bajo el
patronato de Ediciones FE, su obra Puntos cardinales de la política
internacional de España.
Algo muy similar podría decirse de los hermanos Laín Entralgo, bastante
más jóvenes que los cuatro anteriores. José Laín Entralgo había sido dirigente
de las Juventudes Socialistas durante la República y participó en la fusión de
las mismas con las juventudes comunistas que dieron origen a la Juventud
Socialista Unificada en vísperas de la guerra civil. En el transcurso de ésta, se
convirtió en militante comunista, llegó a ser director de la escuela de
formación de comisarios políticos del Ejército Popular de la República y tuvo
que partir al exilio con la derrota de 1939.
Por el contrario, su hermano Pedro, que estaba en Alemania completando
su formación como médico, regresó a España al comenzar la guerra para abrazar el ideario falangista, convertirse en prolífico articulista de prensa y
alcanzar un gran protagonismo en la administración franquista: fue el jefe de
la Sección de Ediciones del Servicio Nacional de Propaganda, dirigido por su
amigo y mentor político, el escritor Dionisio Ridruejo. Su dilatada carrera
política y académica posterior incluyó, a partir de la segunda mitad de los
años cincuenta, una progresiva ruptura con su pasado falangista para asumir
convicciones liberal-democráticas (paralelas a las de Ridruejo[4]).
En resolución: la contienda fratricida española de 1936-1939 fue una
verdadera guerra civil en toda la extensión del concepto. Como recordaría con
posterioridad y amargura un joven combatiente en ella: «El frente era una
línea sinuosa que separaba al amigo del amigo, al hermano del hermano, que
atravesaba más de una casa e incluso más de un dormitorio»[5]. Son éstas unas
palabras certeras y dolientes que parecerían estar inspiradas en la cruda
presentación que el dramaturgo francés Henry de Montherlant había hecho de
la figura antropomórfica de la guerra civil apenas un decenio antes:
Soy la guerra del foro salvaje, la guerra de las prisiones y de las calles, la del vecino contra el vecino, la del rival contra el rival, la del amigo contra el amigo. Soy la guerra civil, la buena
guerra [6]…
No fue nada más, ciertamente. Pero tampoco nada menos. Y aunque todo
haya sucedido hace escasamente setenta años, parece que fue cosa de hace
mucho más tiempo, incluso de otros siglos, de otras épocas y de otras gentes.
Afortunadamente para las jóvenes generaciones españolas actuales, aquel
lejano, distante y brutal estruendo de la guerra civil de 1936 es
definitivamente materia de la Historia (y legítima ocupación profesional casi
exclusiva de los historiadores y analistas sociales).
Cabría decir para terminar, si acaso, y aunque no sea ésta una
competencia de la disciplina de Clío y sus cultivadores, que la única
enseñanza histórica y lección moral de aquella matanza fratricida podría
enunciarse de modo simple y escueto. A saber: cualesquiera que sean los
graves problemas y hondas tensiones imperantes en una sociedad determinada
(como era la española de 1936), el recurso a la guerra civil es una mala
«solución» política amén de una pésima opción humanitaria. Porque ocasiona
sufrimientos inenarrables a la población afectada, provoca enormes
devastaciones en todos los órdenes de la vida socioeconómica, destruye la
fibra moral que sostiene unida a toda colectividad cívica y genera un legado
de penurias y heridas, materiales tanto como espirituales, que tardan
generaciones enteras en ser reparadas y cicatrizadas. Es ésta, por otra parte,
una vieja enseñanza y lección que ya fue conocida y subrayada por Marco Tulio Cicerón, que vivió y padeció en primera persona los conflictos civiles
que acabaron con la República en Roma en el siglo I antes de Cristo:
«Cualquier tipo de paz entre los ciudadanos me parecería preferible a una
guerra civil»[7]. Y esa misma enseñanza y lección clásica fue apuntada por el
presidente Azaña en un inspirado discurso en el Ayuntamiento de Barcelona
con ocasión del segundo aniversario del comienzo de la contienda (el 18 de
julio de 1938). No cabe pensar en mejores y más sentidas palabras, por forma
tanto como por fondo, para poner punto final a este ensayo histórico escrito
como mandan los buenos cánones historiográficos, bona fides, sine ira et
studio (con buena fe interpretativa, sin encono partidista y tras meditada
reflexión):
Yo creo que si de esta acumulación de males ha de salir el mayor bien posible, será con este espíritu, y desventurado el que no lo entienda así. No tengo el optimismo de un Pangloss ni voy a aplicar a este drama español la simplísima doctrina del adagio de que «no hay mal que por bien no venga». No es verdad, no es verdad. Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que
dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón[8].