1936

Enrique Moradiellos · Capítulo 14 de 15

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1936

Un epílogo abierto

 

En resolución, y para terminar este ya dilatado recorrido ensayístico, desde

una perspectiva historiográfica cabría afirmar sin temor a dudas razonables

que la contienda fratricida española de 1936-1939 no fue simplemente una

gesta heroica ni tampoco un caso de locura trágica colectiva.

La primera afirmación negacionista se justifica porque el conflicto nunca

tomó el carácter de un enfrentamiento idealizado y maniqueo del Bien contra

el Mal y pese a que registró muchos comportamientos heroicos y bastantes

sucesos legítimamente épicos en su curso y desarrollo.

La segunda porque, parafraseando al príncipe danés de William

Shakespeare, cabría subrayar que hubo mucha lógica y cálculo racional en esa

supuesta locura en cuyo desencadenamiento unos tuvieron más

responsabilidad que otros y donde las penas y amarguras nunca estuvieron

equitativamente repartidas (sobre todo por lo que hace a la larga posguerra).

Fue algo mucho más complejo y, a la postre, más prosaico y reconocible:

fue una guerra civil, un profundo cisma de extrema violencia en la

convivencia de una sociedad atravesada por múltiples líneas de fractura

interna, con todos sus componentes heteróclitos de heroísmos y cobardías, de

tragedias y entusiasmos, de banalidades malignas y propósitos benévolos, de

cálculos racionales e improvisaciones sentimentales, de enterezas morales y

miserias mezquinas; y, sobre todo, de mucha, muchísima, sangre derramada.

Como tal guerra civil y brutal de orígenes internos y causas endógenas, fue

inmediatamente afectada por un rápido proceso de internacionalización que

condicionaría crucialmente su curso de desarrollo y su desenlace final. Y todo

ello con el triste corolario ya apuntado por el general Charles de Gaulle: «las

guerras civiles, en las que en ambas trincheras hay hermanos, son

imperdonables, porque la paz no nace cuando la guerra termina»[1].

Efectivamente, no erraba el juicio el general De Gaulle: hubo hermanos

en ambas trincheras de aquella cruenta guerra civil y a su término no llegó la

Paz sino la Victoria. En consecuencia, los hermanos enfrentados siguieron

estándolo por muchos años venideros.

Hay un caso paradigmático de la fractura fraterna ocasionada por la guerra

y del conflicto de lealtades políticas y familiares por ella ocasionado: los

hermanos Manuel y Antonio Machado. Ambos eran poetas y escritores,

ambos eran sevillanos y funcionarios (uno bibliotecario, el otro catedrático de

instituto), ambos se apreciaban profundamente y sólo se llevaban un año entre

ellos: Manuel, el mayor, había nacido en 1874; Antonio, el menor, en 1875.

El primero estaba en Burgos al estallar la guerra y moriría en Madrid en 1947.

El segundo estaba en Madrid al comenzar la contienda y moriría, junto a su

madre (con horas de diferencia), en el exilio en Collioure (Francia) en febrero

de 1939. Manuel se alineó decididamente con el bando insurgente, colaboró

con eficacia en labores de propaganda y compuso famosos sonetos en honor

de Franco («De tu soberbia campaña, / Caudillo noble y valiente, / ha surgido

nuevamente / una grande y libre España») y en alabanza del fundador de la

Falange:

 

José Antonio ¡Maestro! ¿En qué lucero,

en qué sol, en qué estrella peregrina

montas la guardia? Cuando a la divina

bóveda miro, tu respuesta espero.

Toda belleza fue tu vida clara.

Sublime entendimiento, ánimo fuerte,

y en pleno ardor triunfal temprana muerte

porque la juventud no te faltara.

Háblanos tú… De tu perfecta gloria

hoy nos enturbia la lección el llanto;

mas ya el sagrado nimbo te acompaña.

Y en la portada de su nueva historia

la Patria inscribe ya tu nombre santo…

¡José Antonio! ¡Presente! ¡Arriba España [2]!

 

Por el contrario, Antonio se pronunció a favor de la causa republicana,

proclamó sus convicciones democráticas y socialistas e incluso compuso un

afamado poema de homenaje al comunista Enrique Líster, jefe militar de los

Ejércitos del Ebro:

 

Tu carta —oh noble corazón en vela,

español indomable, puño fuerte—

tu carta, heroico Líster, me consuela

de esta, que pesa en mí, carne de muerte.

Fragores en tu carta me han llegado

de lucha santa sobre el campo íbero;

también mi corazón ha despertado

entre olores de pólvora y romero.

Donde anuncia marina caracola

que llega el Ebro, y en la peña fría

donde brota esta rúbrica española,

de monte a mar, esta palabra mía:

«Si mi pluma valiera tu pistola

de capitán, contento moriría» [3].

 

No fue un caso único y excepcional el de los hermanos Machado. Hubo

hermanos vencedores y hermanos vencidos en muchas otras familias

españolas de la época, famosas o anónimas. Sólo dos ejemplos de aquellas

afamadas podrían corroborar la poca singularidad del caso de Manuel y

Antonio Machado: los hermanos Augusto y Camilo Barcia Trelles y los

hermanos Pedro y José Laín Entralgo.

Los hermanos Barcia Trelles, dos juristas asturianos de reconocido

prestigio académico, habían publicado por separado o juntos varias obras

sobre su especialidad de Derecho Internacional (conjuntamente, a título

ilustrativo, «La codificación progresiva del Derecho Internacional», artículo

de Universidad. Revista de Cultura y Vida Universitaria publicada en

Zaragoza en 1925). Sin embargo, llegado el año 1936, cada uno estaría en un

lado de la barricada y ya no volverían a coincidir en ninguna otra ocasión

académica ni política.

Augusto era el ministro de Estado (hoy Asuntos Exteriores) del gobierno

republicano en julio de 1936, permanecería en su puesto hasta su cese y

continuaría apoyando la causa republicana durante la guerra hasta su partida

al exilio americano, donde moriría (y donde publicaría su obra La política de

No Intervención, Buenos Aires, Patronato Hispano-Argentino de Cultura,

1942).

Camilo se declaró a favor de la causa insurgente, asumió la doctrina

oficial falangista, continuó con su carrera académica en España y se convirtió

en uno de los más relevantes iusinternacionalistas y analistas de política

exterior de la España franquista: en 1939 publicó en Barcelona, bajo el

patronato de Ediciones FE, su obra Puntos cardinales de la política

internacional de España.

Algo muy similar podría decirse de los hermanos Laín Entralgo, bastante

más jóvenes que los cuatro anteriores. José Laín Entralgo había sido dirigente

de las Juventudes Socialistas durante la República y participó en la fusión de

las mismas con las juventudes comunistas que dieron origen a la Juventud

Socialista Unificada en vísperas de la guerra civil. En el transcurso de ésta, se

convirtió en militante comunista, llegó a ser director de la escuela de

formación de comisarios políticos del Ejército Popular de la República y tuvo

que partir al exilio con la derrota de 1939.

Por el contrario, su hermano Pedro, que estaba en Alemania completando

su formación como médico, regresó a España al comenzar la guerra para abrazar el ideario falangista, convertirse en prolífico articulista de prensa y

alcanzar un gran protagonismo en la administración franquista: fue el jefe de

la Sección de Ediciones del Servicio Nacional de Propaganda, dirigido por su

amigo y mentor político, el escritor Dionisio Ridruejo. Su dilatada carrera

política y académica posterior incluyó, a partir de la segunda mitad de los

años cincuenta, una progresiva ruptura con su pasado falangista para asumir

convicciones liberal-democráticas (paralelas a las de Ridruejo[4]).

En resolución: la contienda fratricida española de 1936-1939 fue una

verdadera guerra civil en toda la extensión del concepto. Como recordaría con

posterioridad y amargura un joven combatiente en ella: «El frente era una

línea sinuosa que separaba al amigo del amigo, al hermano del hermano, que

atravesaba más de una casa e incluso más de un dormitorio»[5]. Son éstas unas

palabras certeras y dolientes que parecerían estar inspiradas en la cruda

presentación que el dramaturgo francés Henry de Montherlant había hecho de

la figura antropomórfica de la guerra civil apenas un decenio antes:

 

Soy la guerra del foro salvaje, la guerra de las prisiones y de las calles, la del vecino contra el vecino, la del rival contra el rival, la del amigo contra el amigo. Soy la guerra civil, la buena

guerra [6]…

 

No fue nada más, ciertamente. Pero tampoco nada menos. Y aunque todo

haya sucedido hace escasamente setenta años, parece que fue cosa de hace

mucho más tiempo, incluso de otros siglos, de otras épocas y de otras gentes.

Afortunadamente para las jóvenes generaciones españolas actuales, aquel

lejano, distante y brutal estruendo de la guerra civil de 1936 es

definitivamente materia de la Historia (y legítima ocupación profesional casi

exclusiva de los historiadores y analistas sociales).

Cabría decir para terminar, si acaso, y aunque no sea ésta una

competencia de la disciplina de Clío y sus cultivadores, que la única

enseñanza histórica y lección moral de aquella matanza fratricida podría

enunciarse de modo simple y escueto. A saber: cualesquiera que sean los

graves problemas y hondas tensiones imperantes en una sociedad determinada

(como era la española de 1936), el recurso a la guerra civil es una mala

«solución» política amén de una pésima opción humanitaria. Porque ocasiona

sufrimientos inenarrables a la población afectada, provoca enormes

devastaciones en todos los órdenes de la vida socioeconómica, destruye la

fibra moral que sostiene unida a toda colectividad cívica y genera un legado

de penurias y heridas, materiales tanto como espirituales, que tardan

generaciones enteras en ser reparadas y cicatrizadas. Es ésta, por otra parte,

una vieja enseñanza y lección que ya fue conocida y subrayada por Marco Tulio Cicerón, que vivió y padeció en primera persona los conflictos civiles

que acabaron con la República en Roma en el siglo I antes de Cristo:

«Cualquier tipo de paz entre los ciudadanos me parecería preferible a una

guerra civil»[7]. Y esa misma enseñanza y lección clásica fue apuntada por el

presidente Azaña en un inspirado discurso en el Ayuntamiento de Barcelona

con ocasión del segundo aniversario del comienzo de la contienda (el 18 de

julio de 1938). No cabe pensar en mejores y más sentidas palabras, por forma

tanto como por fondo, para poner punto final a este ensayo histórico escrito

como mandan los buenos cánones historiográficos, bona fides, sine ira et

studio (con buena fe interpretativa, sin encono partidista y tras meditada

reflexión):

 

Yo creo que si de esta acumulación de males ha de salir el mayor bien posible, será con este espíritu, y desventurado el que no lo entienda así. No tengo el optimismo de un Pangloss ni voy a aplicar a este drama español la simplísima doctrina del adagio de que «no hay mal que por bien no venga». No es verdad, no es verdad. Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que

dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón[8].