1936

Enrique Moradiellos · Capítulo 6 de 15

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1936

4. Inevitabilidad, contingencia y responsabilidades

4

 

INEVITABILIDAD, CONTINGENCIA Y

 

RESPONSABILIDADES

 

El debate sobre la inevitabilidad o contingencia de la guerra civil y, en su

caso, la gradación en la atribución de responsabilidades políticas y morales

(por no decir «culpabilidades») es tan antiguo como el propio conflicto y

quizá más arduo que cualquier otro. Por supuesto, abundan afirmaciones más

o menos interesadas en sostener el carácter inevitable de la guerra, sobre todo

entre los políticos y dirigentes sociales protagonistas de la contienda, tanto del

bando vencedor como del vencido. José María Gil-Robles fue rotundo al

respecto en la intitulación de sus memorias políticas sobre la época

republicana: No fue posible la paz (publicadas casi treinta años después de

terminada la guerra, en 1968, por la editorial barcelonesa Ariel).

A título aún más ilustrativo, basta comprobar el texto concluyente y

taxativo de una publicación oficial franquista titulada El Frente Popular en

España (Madrid, Oficina Informativa Española, 1948), que no duda en

atribuir la condición de «inevitable» al conflicto ni de achacar la total

culpabilidad en la génesis del mismo a un enemigo antipatriota y al servicio

de potencias extranjeras. Editada en pleno ostracismo internacional del

régimen, la publicación formaba parte de la campaña para legitimar su

continuidad sobre la base de la disyuntiva «O Franco o el caos» y en razón de

su exclusivo carácter anticomunista y no filofascista (susceptible de ser mejor

recibido por las potencias occidentales en el nuevo contexto de Guerra Fría):

 

Es, pues, evidente, indiscutible, axiomático y reconocido por todos, que el Frente Popular, conforme a los propósitos de quienes lo idearon, era el camino para ir a la dictadura roja, y el medio mejor y más seguro para hacer la revolución con un mínimo de riesgo y un máximo de posibilidades de triunfo. (…)

Por eso unos y otros, los que están decididos a instaurar la dictadura soviética, y los que se niegan a entregar a España como una presa al satanismo de Rusia (…), coinciden en que la guerra civil

es inevitable [1].

También es obligado reconocer que entre los testimonios de dirigentes del

período bélico existen confesiones de responsabilidad y asunciones de grados

de culpabilidad en un fenómeno «que no era inevitable». Así se advierte

explícitamente en las memorias políticas del último jefe de gobierno radical-

cedista disuelto en diciembre de 1935, el centrista Joaquín Chapaprieta: La

paz fue posible (Barcelona, Ariel, 1972). Quizá uno de los ejemplos más

francos y honestos, por la alta calidad y representatividad de su autor, sea el

proporcionado por el doctor Juan Negrín, líder socialista de la facción

moderada que se convirtió en jefe del gobierno republicano desde mayo de

1937 y hasta la derrota final. El 5 de septiembre de 1952, cuatro años antes de

su fallecimiento, el doctor Negrín escribió una carta particular al periodista

norteamericano Herbert Matthews relatándole sus frecuentes conversaciones

en Londres con el escritor George Orwell durante su etapa de exiliado en

Inglaterra entre 1940 y 1945:

 

Inquiría también por las causas de nuestra derrota, que yo sostuve y sostengo más se debió a nuestra inconmensurable incompetencia, a nuestra falta de moral, a las intrigas, celos y divisiones que corrompían la retaguardia, y por último a nuestra inmensa cobardía que a la carencia de armas. Cuando digo «nuestra», no me refiero naturalmente a los héroes que lucharon hasta la muerte, o sobrevivieron toda suerte de pruebas, ni a la pobre población civil, siempre hambrienta y al borde de la inanición. Me refiero a «nosotros», a los dirigentes irresponsables, quienes, incapaces de prevenir una guerra, que no era inevitable, nos rendimos vergonzosamente, cuando aún era posible luchar y vencer. Y conste que no distingo cuando repito «nosotros». Como en el pecado original, hay una solidaridad en la responsabilidad, y el único bautismo que puede

lavarnos es el reconocimiento de nuestras faltas y errores comunes[2].

 

Al margen de las afirmaciones interesadas o sinceras de los protagonistas, son

muy escasas (por no decir nulas) las interpretaciones historiográficas que

consideran que el conflicto estaba rígidamente «de-terminado» por los

antecedentes y que era «in-evitable» por razones supremas de fuerza mayor

(la «necesidad histórica»; el «peso insuperable de las estructuras»). Los

historiadores, en virtud del carácter de su propia disciplina (ducha en el

análisis retrospectivo del cambio histórico, con sus componentes azarosos e

ingredientes fortuitos), suelen ser más proclives a considerar los fenómenos

históricos como contingentes, configurados en el transcurso del tiempo por

concatenación y confluencia, hic et nunc, aquí y ahora, de causas y

motivaciones previas y diversas.

En otras palabras: casi todos asumen que el despliegue del curso histórico

no recorre un camino de sentido único y obligatorio sino que fluye entre los

senderos disponibles, más o menos transitables y cada uno con diversas

direcciones. Y por eso no se inclinan a creer que esos fenómenos son

producto exigido por alguna prescripción inmanente del pretérito ni tampoco consideran que son derivados de ninguna finalidad teleológica. Recordaba al

respecto el historiador francés Lucien Febvre ya en 1922: «En ninguna parte

hay necesidades; en todas hay posibilidades; y el hombre, como dueño de

estas posibilidades, es el juez de su utilización». Y ha escrito recientemente

en igual sentido Raymond Carr:

 

¿Fue el estallido de la Guerra Civil inevitable? … Siempre es posible construir escenarios alternativos. Isaiah Berlin sostiene que si a Lenin le hubiera caído un ladrillo en la cabeza en abril

de 1917 no hubiera habido revolución bolchevique. Pero no le cayó ladrillo alguno [3].

 

Cabría recordar, a propósito de este asunto de la inevitabilidad y la

contingencia, las hermosas palabras escritas por León Tolstói en su novela

Guerra y paz a la hora de calibrar las causas que provocaron en 1812 el

sangriento conflicto entre la Francia del emperador Napoleón y la Rusia del

zar Alejandro I (que se convertiría en la última y más desastrosa campaña

napoleónica en la Europa continental). Descartando por insuficientes las

explicaciones unicausales e individualistas, señalaba el escritor ruso al

respecto:

 

¿Qué motivó aquel acontecimiento extraordinario? ¿Cuáles fueron las causas? Los historiadores afirman, con un aplomo infantil, que las causas de aquel hecho radicaban en la ofensa hecha al duque de Oldenburg, en la inobservancia del bloqueo continental, en la ambición de Napoleón Bonaparte, en la firme resistencia del zar Alejandro, en los errores de la diplomacia, etc. (…)

Era preciso que millones de hombres, en cuyas manos estaba la verdadera fuerza —los soldados que disparaban, los encargados de las provisiones y los que cargaban los cañones—, estuviesen de acuerdo para acatar la voluntad de individuos aislados, débiles, y que su unánime decisión

fuera motivada por una multitud de causas complicadas y distintas [4].

 

Sin embargo, la consecuente afirmación de que la guerra civil española no fue

inevitable (es decir: pudo no haber sucedido) no excusa, sino que demanda, la

explicación de por qué fue posible y cómo, de hecho, se convirtió en realidad

sangrante e irreversible. Por lo que respecta a esta difícil dialéctica entre

inevitabilidad y contingencia en la génesis de la contienda fratricida española,

las interpretaciones más canónicas, tanto explícitas como implícitas, suelen

organizar las causas y factores que hicieron posible el estallido de la

contienda en una gradación intensional muy del gusto de la escuela histórica

francesa:

 

1.º Causas «estructurales» o de «larga duración». Y se citan: el problema del

latifundismo agrario meridional y la miseria de masas jornaleras agraviadas;

la tensión entre débil autoridad civil y tentación militarista pretoriana; el pulso

religioso-cultural entre clericalismo y anticlericalismo; el conflicto entre

inercia estatal centralista y desafíos descentralizadores nacionalistas y regionalistas; el desequilibrio geográfico del desarrollo industrial y las

rigideces del sistema de relaciones laborales, etc.

2.º Causas «coyunturales» o de radio temporal «medio». Y se apela al

impacto de la Gran Depresión de 1929 y a las dificultades de la Hacienda

Pública para afrontar la crisis económica; al confusionismo del marco

jurídico-constitucional vigente; a la excesiva fragmentación y polarización del

sistema político cristalizado; a la debilidad u hostilidad de los instrumentos de

acción estatal en manos del gobierno republicano (la administración, las

fuerzas de seguridad); a las fracturas políticas e ideológicas en el seno de las

fuerzas armadas; a la agudización de la escisión obrera entre revolucionarios

y reformistas; a la irremisible quiebra de las clases medias en función de sus

lealtades religiosas (católicas o anticlericales) o nacionales (españolas,

vasquistas o catalanistas), etc.

3.º Causas «inmediatas» o «detonantes» y «catalizadoras», propias del

«tiempo corto» de los «acontecimientos». Y se traen a colación: la

insurrección socialista y catalanista de octubre de 1934; el frágil triunfo

electoral del Frente Popular en febrero de 1936; la destitución del presidente

Alcalá-Zamora en abril y su sustitución por Azaña; la debilidad del ejecutivo

presidido por Casares Quiroga desde mayo; el intenso movimiento

huelguístico de mayo y junio; el asesinato del líder derechista José Calvo

Sotelo el 13 de julio, etc.

 

El mayor o menor acento en unas u otras causas de esa tríada canónica sirve

como criterio laxo para distinguir a los historiadores más «estructuralistas»

(porque asumen que el marco estructural y su «de-terminación» coyuntural

«condiciona» limitativamente las opciones disponibles en el tiempo corto por

los sujetos históricos) de los más «contingentistas» (porque creen que dichos

condicionantes configuran el marco plural de disyuntivas finitas que sólo las

decisiones, acciones, omisiones o inhibiciones de los agentes humanos

convierten en acontecimientos y fenómenos irreversibles).

Entre los primeros, quizá el historiador económico Jordi Palafox sea uno

de los autores más destacados, coherentes y argumentativos. No en vano, su

análisis sobre el «fracaso» de la política económica republicana hace especial

hincapié en la gravedad e inmensidad de los problemas estructurales

heredados (sobre todo los derivados del latifundismo agrario). Sirva como

muestra esta cita:

 

La explicación que se defiende en estas páginas de lo que ocurrió en España desde abril de 1931 hasta comienzos de 1936 se vincula, pues, con los problemas económicos del largo plazo; con las

tensiones y los estrangulamientos generados por la forma específica de avance de la economía en la etapa anterior. (…)

Si la explicación de lo ocurrido entre 1931 y 1935 ha de ser vinculada a los problemas surgidos y consolidados en el largo plazo, la importancia de la escasez de transformaciones en la agricultura interior, y en especial la dedicada a la producción de cereales, durante la etapa que se inicia en 1892, consecuencia a su vez de su evolución en décadas previas, destaca con mayor nitidez. El mantenimiento, gracias a la protección, de tierras de cultivo con unos rendimientos muy bajos obstaculizó no sólo la propia modernización del conjunto del sector agrario, sino también la diversificación de la demanda de bienes manufacturados, que es un requisito para el desarrollo sostenido. Al tener que dedicar el conjunto de la población un porcentaje elevado de sus ingresos a adquirir los bienes alimentarios necesarios para su supervivencia, la demanda de otros tipos de productos progresó con mucha mayor lentitud. (…) Unas ínfimas condiciones de vida y de trabajo que, a su vez, tuvieron consecuencias nada despreciables sobre la virulencia del enfrentamiento social que se haría patente una vez que desapareció el corsé antidemocrático que dominó la

sociedad española en las décadas anteriores al 14 de abril de 1931[5].

 

Entre los historiadores «contingentistas», probablemente Santos Juliá merezca

ser mencionado con plena justicia. Entre otras cosas, porque su acreditado

análisis de la crisis sociopolítica española durante el primer semestre de 1936

remite a acciones, decisiones, omisiones e inhibiciones de grupos y personas

para dar cuenta de la gravísima situación alcanzada en el verano de 1936.

Véase si no su descripción del período:

 

Lo que antes de febrero (de 1936) se había mostrado como un excelente instrumento político para triunfar en unas elecciones (el Frente Popular), quedó reducido después al más débil posible de los instrumentos de gobierno: una parte sustancial de la fuerza de la coalición de izquierdas, la que provenía de la clase obrera (el PSOE y la UGT), se inhibió de la responsabilidad de gobernar. (…) De esta forma, el gobierno quedó desasistido por sus aliados naturales y hostigado desde la derecha por una envalentonada oposición monárquica que arrastraba ya con fuerza a los católicos y desde la izquierda por un sector del PSOE que, si había renunciado a la revolución, esperaba con impaciencia la hora de sustituir al gobierno republicano con uno exclusivamente socialista. (…)

Desde el mes de abril, y ante el desconcierto de los dos grandes partidos de la derecha y la izquierda, la iniciativa política había pasado, por una parte, a los sindicatos y por otra a los

militares[6].

 

En todo caso, la amplia mayoría o totalidad de los historiadores, tanto

estructuralistas como contingentistas, suscribirían el juicio avanzado por el

hispanista Shlomo Ben-Ami al impugnar la idea de que la República fue una

especie de crónica de una guerra anunciada y mero «preludio a una catástrofe

inevitable»:

 

La República había heredado graves divisiones sociales, religiosas y regionales. Pero la mera existencia de estos problemas no puede tomarse como una receta para el desastre inevitable. La implantación y consolidación inicial de la República representó la tentativa hasta entonces más firme y popular para crear un marco en el que los problemas fundamentales de España pudieran encontrar una solución democrática. El fracaso final de la República no estaba condicionado irreversiblemente por imperativos estructurales ni por las incapacidades intrínsecas de los

españoles para el autogobierno. Fue causado por las políticas, algunas claramente malas y otras

muy inadecuadas, y por la reacción frente a ellas[7].

 

La remisión a las políticas desplegadas en el quinquenio republicano como

metafóricas «chispas» (causas detonadoras) que encienden la «mecha»

(causas estructurales y coyunturales) de la guerra civil significa atribuir una

responsabilidad prioritaria en su desencadenamiento a los agentes políticos y

sociales más representativos y decisorios de la época. Afirma, por ejemplo,

Ronald Fraser en el prólogo a su canónica historia oral de la guerra civil: «la

guerra civil tuvo sus orígenes en cuestiones profundamente políticas, y la

crisis que la precedió había polarizado y politizado a amplísimos sectores de

la opinión pública»[8].

Y esa consecuente atribución y gradación de responsabilidades (y

«culpas») no deja de ser un ejercicio sumamente subjetivo y sometido a las

preferencias político-ideológicas personales de cada analista, como es lógico

y natural. Entre otras cosas, porque sólo puede tener «culpa» quien dispone de

otra opción, quien tiene libre albedrío, ya que la culpa implica intención[9].

Sin embargo, asumiendo ese irreductible componente interpretativo y

hermenéutico claramente subjetivista, la mayor parte de la historiografía

especializada ha llegado a varios acuerdos de mínimos sobre el particular.

En primer lugar, ha subrayado que la «ideología de la violencia» que se

abrió paso en la política del quinquenio republicano (cuyos orígenes eran

bastante anteriores al mismo) llegó a afectar a amplísimos sectores de la

sociedad española y a sus elementos representativos y rectores. La idea de que

era moralmente legítimo el uso de la violencia más extrema para imponer el

triunfo de un modelo de orden sociopolítico no era privativo de los extremos

del espectro político: «Creí justo recurrir a la violencia para transformar el

mundo» (Manuel Tagüeña, militante comunista y futuro general republicano);

«La violencia es consecuencia forzosa de toda creencia firme» (Eugenio

Vegas Latapie, político monárquico autoritario y conspirador

antirepublicano[10]). Para ellos, desde luego, la violencia habría de ser la

partera necesaria tanto del mundo futuro que anhelaba construir la revolución

como del mundo pretérito que soñaba restaurar la reacción. Lo importante era

que esa percepción también se extendía, sobre todo después de octubre de

1934, entre otros sectores normalmente más templados de la sociedad y del

mundo político, como recordaría muy posteriormente el cardenal Vicente

Enrique y Tarancón:

 

Creo que llegamos todos a convencernos de que el problema no tenía solución sin un enfrentamiento en la calle. Durante meses creo que toda España estaba a la espera de lo que iba a

ocurrir. Media España estaba contra la otra media, sin posibilidad de diálogo. Habían de ser las armas las que dijesen la última palabra… Lo cierto es —hay que confesarlo con honradez— que todos confiábamos entonces en la violencia y juzgábamos que ésta era indispensable, echando,

claro está, la culpa a los otros[11].

 

El segundo acuerdo mínimo historiográfico concierne al contexto histórico

que hizo posible en 1936 la operatividad de esa ideología de la violencia y su

conversión en guerra civil. Porque para desencadenar y sostener un conflicto

de esa envergadura no hubiera bastado el propósito beligerante de unos pocos

(más o menos numerosos) capaces de promover algaradas, huelgas o incluso

insurrecciones contra unas autoridades decididas y en condiciones de utilizar

disciplinadamente los amplios recursos coactivos del Estado (y así lo

demuestra el fiasco del golpe militar reaccionario del general Sanjurjo en

agosto de 1932 y el fracaso de la huelga e insurrección socialista y catalanista

en octubre de 1934). Para desencadenar y sostener ese tipo de contienda era

requisito inexcusable la existencia de «profundas divisiones en la sociedad

que permitan a cada bando lograr un amplio eco popular» y, además, que esas

divisiones se extendieran a «unas fuerzas armadas poderosas y autónomas»

hasta el punto de estar «lo bastante divididas» como para no poder aplastar al

contrario[12].

Y, como ya se ha señalado, lo que se hizo patente durante el quinquenio

democrático republicano fue la presencia en España de un «singular

equilibrio» entre reformistas, reaccionarios y revolucionarios que sí llegó a

afectar a las fuerzas armadas en grado suficiente: un «equilibrio de

incapacidades» y una «acumulación de impotencias» que hicieron

virtualmente imposible estabilizar la situación mediante acciones políticas de

amplia apoyatura social e institucional para resolver los conflictos

polivalentes arrastrados por la sociedad española desde hacía tiempo[13].

La mención de esas equilibradas capacidades e incapacidades o

impotencias (políticas o de otro tipo: económicas, administrativas,

culturales…) conduce obligadamente al espinoso y controvertido tema de

señalar y graduar las principales responsabilidades en la gestación de las

circunstancias que hicieron posible el estallido de la guerra. Y hay que partir

del principio de que la búsqueda historiográfica de esas responsabilidades no

adelanta nada asumiendo que las culpas son colectivas y equitativamente

distribuidas («Todos fuimos culpables»), como pretendía el mito explicativo

de la locura trágica y colectiva tan difundido desde los años cincuenta. Porque

esa disolución de las responsabilidades singulares en la cuenta de las culpas

colectivas (que son de todos en general y, por eso mismo, no son de nadie en

particular) es sólo una forma de orillar y encubrir la responsabilidad, personal e institucional, de los sujetos individuales o de las elites dirigentes de partidos

y grupos sociales, de aquellos que de palabra y obra, con órdenes o consignas,

actuaron y proporcionaron los motivos y los medios para el ulterior

enfrentamiento mortal generalizado. Al respecto, no cabe sino corroborar la

pertinencia de las palabras del editor y catalanista Joan Sales: «Per pueril que

pugui semblar, la pregunta “qui ha començat?” és moralment decisiva»[14].

Y esa obligada búsqueda historiográfica de responsables de carne y hueso,

singulares o plurales, más allá de la genérica imputación a toda una sociedad,

reduce el espectro de imputados significativamente: ¿Fueron los líderes

intransigentes de las derechas reaccionarias que se negaron a cualquier

reforma de la estructura social e institucional del país y apostaron por el golpe

militar desde el principio? ¿Fueron las autoridades republicanas de izquierda

por su propósito de ejecutar un vasto programa reformista en plazo mínimo y

en plena crisis económica? ¿Fueron los dirigentes socialistas que abandonaron

la conjunción con los republicanos para apostar por la movilización y la

ilusión revolucionaria? ¿Fueron las derechas católicas que nunca se

reconciliaron con la democracia y sólo ensayaron vías posibles para

restablecer los privilegios perdidos por la Iglesia? ¿Fueron los movimientos

anarquistas y comunistas que emplearon sus energías insurreccionales en

dinamitar a todos los gobiernos sin tener capacidad para suplantarlos?

¿Fueron los generales reaccionarios y facciosos que traicionaron su juramento

de lealtad constitucional y conspiraron para derribar violentamente el régimen

republicano?

La lista de interrogantes podría extenderse mucho más y también los

posibles reos de suprema culpabilidad individual (por su condición de

representantes y máximos mandatarios de colectivos de peso): José Calvo

Sotelo (líder de los monárquicos autoritarios de Renovación Española),

Manuel Azaña (carismático dirigente del republicanismo de izquierda),

Francisco Largo Caballero (cabeza del sindicalismo socialista radicalizado),

José María Gil-Robles (artífice del gran partido católico de masas: la

Confederación Española de Derechas Autónomas), Buenaventura Durruti

(fundador de la Federación Anarquista Ibérica y prohombre del

insurreccionalismo anarcosindicalista), Dolores Ibárruri (La Pasionaria, voz y

emblema del comunismo ortodoxo prosoviético), José Antonio Primo de

Rivera (hijo del dictador, admirador de Mussolini y fundador de la Falange

Española), Francisco Franco Bahamonde (prototipo del militar africanista,

héroe de la guerra de Marruecos y reputado jefe del Estado Mayor en 1935),

etc.

Una posibilidad ensayable para escapar a esa excesiva singularización de

las responsabilidades en la catástrofe consistiría en la gradación de las mismas

en un sentido colectivo y que preste atención a las servidumbres impuestas

por el pasado tanto como a la eficacia o ineficacia de los programas políticos

puestos en acción con anterioridad al estallido del conflicto. Sobre el

particular, a nuestro leal y falible saber y entender, las palabras del hispanista

norteamericano Edward Malefakis con ocasión del cincuentenario de 1986

siguen siendo plenamente válidas y acertadas:

 

Si en 1936 no hubiese estallado un fogonazo, la mecha no se habría encendido (…). Si no ocurrió así en España, no fue a causa de la impaciencia de los republicanos, de los regionalistas, de las clases trabajadoras o de los intelectuales, todos los cuales estaban demasiado divididos para ser capaces de provocar una chispa lo bastante fuerte. La mayor responsabilidad recae sobre aquellos que no aceptaron un cambio social de tal magnitud y tenían a su disposición importantes medios técnicos de coerción y la disciplina para emplearlos de manera eficaz. Los conspiradores militares de 1936 no pretendían, claro está, provocar la chispa que envolvió a España en llamas. Sólo deseaban derribar al régimen progresista de la República. Lograron su propósito. Pero, al mismo

tiempo, sumieron al país en la guerra civil más destructora de toda su historia[15].

 

Efectivamente, lo que marcó la diferencia de España respecto del resto de los

países continentales y abrió la vía a la guerra civil fue la situación del Ejército

y su respuesta a la crisis sociopolítica imperante en la primavera y principios

del fatídico verano de 1936. Sin la fractura relativa que había en su seno y sin

la amplia conjura en marcha en favor de una intervención militar

anticonstitucional, no hubiera sido posible el enfrentamiento fratricida por

razones de mera falta de elementos de combate. Como ha señalado al respecto

Santos Juliá recientemente:

 

Una guerra civil era impensable en el verano de 1936 sin esa fragmentación de la corporación militar, pues en ningún sitio, excepto en los cuarteles, había armas que tomar por más que no faltara gente dispuesta a empuñarlas. Cuando un ejército se sitúa en bloque al lado de la legalidad, no hay revolución que triunfe (…). Lo contrario también es verdad: cuando un ejército es unánime en su decisión de dar un golpe de Estado, no hay constitución ni pueblo en armas que resista (…). Lo que abre las puertas a la indeterminación es el golpe faccioso, el perpetrado por

una facción del ejército [16].

 

Ciertamente, si la sublevación militar iniciada el 17 de julio de 1936 hubiera

sido un fenómeno general en todo el país, se habría asistido a una repetición,

mutatis mutandis y más o menos cruenta, del pronunciamiento del 13 de

septiembre de 1923 encabezado por el general Miguel Primo de Rivera. Así lo

habían ideado y así lo esperaban los propios conjurados con grave exceso de

optimismo, según reconocería con mucha posterioridad uno de sus

colaboradores civiles más destacados, el jurista Ramón Serrano Suñer,

diputado de la CEDA y cuñado del general Franco:

Aunque la hipótesis de la guerra civil estaba prevista, el designio del Movimiento (militar) no era precisamente el de encenderla, sino el de reaccionar ante la criminal claudicación del Gobierno

republicano, asumiendo el poder mediante un incruento golpe de Estado [17].

 

Sin embargo, en esta ocasión la operación golpista planeada por los

conjurados no fue la tarea unánime de la corporación militar en tanto que tal y

tuvo que enfrentar asimismo la oposición decidida (y muy pronto armada) de

un movimiento obrero y sindical activo y fortalecido. Como apuntó Guillermo

Cabanellas, hijo del general Miguel Cabanellas (el más antiguo y superior de

los jefes militares sublevados), la guerra civil fue «el resultado de la división

interna del país; pero, al mismo tiempo, de la del Ejército. Desunido,

quebrantado en su disciplina, tiene en él origen la “guerra de España”»[18].

En esa división crucial en el seno del Ejército estaba implícita la

contingencia finalmente materializada: un golpe militar auspiciado y

protagonizado por una facción de las fuerzas armadas resulta sólo

parcialmente victorioso (o, lo que es lo mismo, parcialmente fracasado) y abre

así las puertas a la guerra civil. En palabras del reputado historiador militar y

excombatiente en las filas insurgentes, general Ramón Salas Larrazábal:

 

En general los conspiradores pecaron de superficialidad y optimismo; subestimaron al adversario y supervaloraron su propia influencia en las filas militares (…). De todas maneras, reconocidos estos fallos y otros muchos, si las fuerzas armadas se hubieran levantado en su totalidad o simplemente en la proporción que comúnmente aceptan los historiadores y publicistas, la rebelión

hubiera triunfado con sorprendente facilidad[19].

 

Una simple ojeada a la relación de fuerzas militares generada por el golpe a

los cuatro días de su inicio confirma esa impresión de división prácticamente

equitativa del Ejército sin ningún género de dudas (Cuadro I). Y por lo que

respecta a los mandos de esa fuerza militar, el mismo Salas Larrazábal

sostiene que se produjo un empate similar en número, si no en calidad: «en

cuanto a efectivos, se produjo una situación de equilibrio, que se rompía a

favor del bando nacional por la superior calidad de las fuerzas africanas»[20].

De hecho, de los aproximadamente 16 000 generales y oficiales que

formaban el Ejército español, la mitad quedó en una zona y la otra mitad en la

enemiga: en torno a 7624 (el 49,6 %) en territorio republicano; el resto en

territorio sublevado. Otra cosa es que esos militares estuvieran disponibles

para ejercer el mando en su zona respectiva: de la cifra global de 7624 jefes y

oficiales que quedaron en el área gubernamental, unos 1500 serían fusilados o

asesinados por traidores o desafectos, otros 1500 sufrieron condena o

encarcelamiento, unos 1000 lograron refugiarse en embajadas o esconderse

hasta poder pasar al enemigo y tan sólo 3500 sirvieron efectivamente en las filas del Ejército Popular de la República (de los cuales unos 500 darían su

vida por la causa).

En el bando insurgente no fue preciso ni se registró una depuración tan

profunda y amplia en la oficialidad y el generalato por razones de íntima

convicción ideológica de los interesados o mera lealtad geográfica y

corporativa. Pero, desde luego, fueron eliminados fulminantemente los

mandos leales a la República: seis generales fueron fusilados o asesinados en

los primeros días de la sublevación y otros dos al término de la guerra; y tres

almirantes o contralmirantes fueron igualmente fusilados por análogo motivo

al comienzo de la contienda[21]. La sublevación comenzaba, así pues, como

una verdadera guerra civil en el seno del propio Ejército y en las filas de sus

mandos.

 

CUADRO I

RELACIÓN DE FUERZAS MILITARES A FINALES DE JULIO DE 1936

 

Unidades Zona republicana Zona insurgente Total

Ejército de Tierra 58 249 59 136 117 385

Ejército del Aire 3200 2107 5307

Marina 12 990 6996 19 986

Fuerzas de Orden Público 42 062 25 477 67 300

Ejército de África — 47 127 47 127

 

Total general 116 501 140 604 257 105 Fuente: Ramón Salas Larrazábal, Los datos exactos de la guerra civil, Madrid, Rioduero, 1980, pp. 62-63.

 

Dos casos singulares contrapuestos dan idea de la intensidad de la fractura

militar y de sus letales consecuencias internas: el destino de los generales de

división Manuel Goded Llopis (1882-1936) y Domingo Batet Mestres

(1872-1937).

El primero, que contaba con cincuenta y cuatro años, había hecho su

carrera en Marruecos, fue el primer jefe del Estado Mayor Central de la

República y desde marzo de 1936 era comandante militar de las islas

Baleares. Sublevado con éxito en Mallorca el 18 de julio, se trasladó

rápidamente a Barcelona para ponerse al frente de la insurrección en la ciudad

condal. Incapaz de lograr el concurso de toda la tropa, tuvo que enfrentarse a

las fuerzas de la Guardia Civil dirigidas por el general Aranguren en Cataluña

y el coronel Escobar en Barcelona, asistidas por las milicias sindicales de la CNT. Fracasado y acosado en la Capitanía General, acabó rindiéndose a las

tropas leales el día 20 y, a petición de Lluís Companys, radiando una

declaración en la que reconocía su derrota y recomendaba deponer las armas.

Fue juzgado en Barcelona por un tribunal militar por el delito de sedición y

rebelión y pasado por las armas el 12 de agosto de 1936[22].

El segundo, con sesenta y cuatro años, había iniciado su carrera en Cuba y

estaba al frente de la IV División Orgánica (Cataluña) durante la insurrección

catalanista de octubre de 1934, que contribuyó a sofocar sin apenas

derramamiento de sangre (lo que le valió la concesión de la Gran Cruz

Laureada de San Fernando). Fue posteriormente jefe del Cuarto Militar del

presidente de la República hasta la destitución parlamentaria de Alcalá-

Zamora. Desde junio de 1936 era comandante de la VI División Orgánica

(con sede en Burgos, que incorporaba las provincias de Santander, Logroño,

Palencia, Navarra y las tres vascongadas). Opuesto a la sublevación, el 18 de

julio fue detenido en la Capitanía General por sus subordinados bajo el mando

de su jefe de Estado Mayor, el coronel Moreno Calderón. Encarcelado,

juzgado y sentenciado por el delito de «rebelión militar», a pesar de las

peticiones de clemencia de muchos de sus compañeros de corporación, fue

pasado por las armas el 18 de febrero de 1937[23].