1936

Enrique Moradiellos · Capítulo 5 de 15

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1936

3. Las tres Españas de 1936

3

 

LAS TRES ESPAÑAS DE 1936

 

La persistencia de la imagen de las «dos Españas» como causa última de la

guerra civil es más que notable en la conciencia pública y en algunos

escritores y publicistas de mayor o menor éxito. Sin ir más lejos, la

recientemente fallecida escritora extremeña Dulce Chacón, autora de una

novela de éxito sobre testimonios de los vencidos (La voz dormida, Madrid,

Alfaguara, 2002), declaraba con aplomo a un diario nacional sobre el tema en

noviembre de 2002: «El conflicto entre las dos Españas no ha terminado»[1].

Y pocas semanas después, la solemne declaración aprobada por unanimidad

en el Congreso de Diputados sobre «reconocimiento moral de las víctimas de

la Guerra Civil» encabezaba su texto con la cita de un muy famoso verso de

Antonio Machado: «Españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios / Una

de las dos Españas / ha de helarte el corazón»[2].

Varios años antes, con ocasión del cincuentenario, en 1986, una casi

desconocida encuesta entre 1065 personas efectuada por la Fundación

Salvador Seguí (por encargo de la Confederación Nacional del Trabajo)

ofreció los siguientes resultados sobre su concepto de la guerra civil: el

40,8 % la consideró «una guerra entre derechas e izquierdas»; un 30,6 % la

percibía como «un conflicto armado entre clases sociales»; el 16,3 % la veía

como «una guerra contra el fascismo»; y un mero 2,2 % la interpretaba como

«una cruzada contra el ateísmo y el materialismo»[3].

A tenor de esas respuestas y de otros síntomas análogos, resulta

incuestionable el elevado grado de dualismo alternativo en las concepciones

populares sobre la guerra civil, refrendado como está por el hecho evidente de

que la contienda configuró un frente de lucha que dividió sin remedio en dos

campos enemigos a la sociedad y al territorio español. Y, no obstante, quizá el

mayor logro de la investigación historiográfica más reciente consiste en haber

demostrado la patente inadecuación de ese esquema binario para comprender

cabalmente la génesis, estallido, curso y desenlace del propio conflicto. Como ha señalado Julián Casanova certeramente: «aquélla no era únicamente una

España dividida entre izquierda y derecha, oligarcas y pueblo, o socialistas y

cedistas». Porque la guerra civil estaría conformada por «muchas guerras»

paralelas y latentes, todas ellas de origen previo a julio de 1936. En palabras

de Santos Juliá:

 

Lo que ocurrió fue desde luego lucha de clases por las armas, en la que alguien podía morir por cubrirse la cabeza con un sombrero o calzarse con alpargatas los pies, pero no fue en menor medida guerra de religión, de nacionalismos enfrentados, guerra entre dictadura militar y

democracia republicana, entre revolución y contrarrevolución, entre fascismo y comunismo[4].

 

En efecto, no cabe duda de que los frentes de combate tallados en julio de

1936 dividieron en dos a la sociedad y al territorio español. Y tampoco cabe

duda de que esa división fáctica tomó cuerpo sobre la base de las dos Españas

bien reales que se habían ido articulando desde el punto de vista geográfico,

productivo, ocupacional y de poblamiento a lo largo de todo el siglo XIX y

durante el primer tercio del siglo XX.

No en vano, como se verá con mayor detalle posteriormente, la República

y sus partidarios se hicieron fuertes en aquella España básicamente urbana (la

zona centro constituida por el eje Madrid-Barcelona-Valencia y la franja

norteña desde la cuenca minera asturiana a Bilbao), empleada sobre todo en

actividades económicas de carácter industrial o terciario, con una estructura

socio-ocupacional notablemente diversificada, con población

mayoritariamente alfabetizada e inmersa en un marco cultural pluralista, que

era partícipe de un proceso de modernización lento pero sistemático.

Por su parte, la insurrección militar se consolidó de inmediato en aquella

España básicamente rural (el bloque noroccidental desde Galicia a Aragón,

pasando por Navarra y Castilla la Vieja, con su extensión en el foco andaluz

en torno a Sevilla), ocupada principalmente en actividades productivas

agrarias y ganaderas, con una estructura socio-ocupacional menos

diversificada, donde predominaba la población analfabeta y las formas

culturales más tradicionales, y cuya dinámica económica era precaria y

atrasada en comparación con las zonas modernizadas.

Para hacer visibles esas dos Españas geográfico-sociales bastaría

contrastar la situación existente en el campo minifundista gallego, en la zona

cerealícola leonesa o en las dehesas latifundistas cacereñas, con la situación

imperante en áreas de aglomeración urbana como eran la capital madrileña, la

industriosa ría de Bilbao o las comarcas fabriles en torno a Barcelona.

Aceptada la existencia de esa España dual (una en vías de modernización,

otra estancada en el atraso), hay un grave obstáculo para trasponer la misma al plano del protagonismo político y de la actuación social. Porque sobre la

base física de esas «dos Españas» no surgían dos proyectos políticos con sus

respectivos apoyos sociales, sino tres núcleos de proyectos políticos muy

distintos y antagónicos: el reformista democrático; el reaccionario autoritario

o totalitario; y el revolucionario colectivizador. Era exactamente la misma

tríada de modelos que habían surgido en Europa al compás del impacto

devastador de la Gran Guerra de 1914-1918 y que competían para lograr la

estabilización política e institucional de los traumatizados países continentales

a tono con sus respectivos apoyos sociales e intereses económicos.

Esos tres núcleos de proyectos de reestructuración del Estado y de las

relaciones sociales quedarían definidos sumariamente por las «Tres Erres»

políticas que iban a dominar el período de entreguerras (1919-1939):

Reforma, Reacción o Revolución. Y esa tríada antagónica, con sus peculiares

y cambiantes relaciones recíprocas, iba a protagonizar la silenciosa y

espasmódica «guerra civil europea» librada durante ese veintenio: «las

palabras que más se escuchaban en los numerosos mítines (en esos años) eran

“lucha”; “batalla” y “el enemigo”»[5]. No en vano, como ha señalado

certeramente el historiador británico Donald C. Watt:

 

La guerra civil que comenzó en Europa al tiempo que las campanas anunciaban el armisticio [de la Primera Guerra Mundial el 11 de noviembre de 1918] era en esencia un conflicto triangular: los conservadores tradicionales y los demócratas, sostenedores del Estado de Derecho, afrontaban el desafío simultáneo de los nuevos reaccionarios de la derecha antiparlamentaria y de los

revolucionarios de la izquierda antiburguesa[6].

 

El proyecto reformista, especialmente arraigado en las clases medias

burguesas de tradición liberal-constitucionalista (y triunfante en Francia, Gran

Bretaña y los países nórdicos, por ejemplo), pretendía estabilizar la situación

posbélica mediante una democratización del sistema político que conciliara el

funcionamiento básico de la economía capitalista con la integración de las

clases obreras y populares en la gestión del Estado. En esencia, era un

proyecto de construcción de un Estado democrático basado en la colaboración

de clases y en el reparto de cargas y beneficios entre la ciudadanía, con el

sufragio electoral universal y la política de provisión de servicios sociales

como mecanismos fundamentales de participación, integración y cohesión

sociopolítica.

Por su parte, la alternativa revolucionaria, de matriz básicamente obrera y

en menor medida campesina, era radicalmente antiburguesa y apostaba por la

destrucción de la economía capitalista y su sustitución por un régimen

comunista ortodoxo (en la versión de los bolcheviques vencedores en Rusia en 1917) o vagamente libertario y colectivista. En cualquier caso, como

demostraba la experiencia bolchevique y soviética, suponía la construcción de

un Estado bajo férreo control de un partido-vanguardia supuestamente

representativo de las clases anteriormente sometidas que ejercía el poder sin

cortapisas ni limitaciones en virtud de su propia legitimidad revolucionaria.

Finalmente, el modelo reaccionario pretendía acabar con la amenaza

subversiva al statu quo que atemorizaba a sectores de las clases medias y altas

mediante la anulación de la autonomía operativa de las clases obreras y su

drástica supeditación, normalmente manu militari, a un programa de

integralismo nacionalista de carácter autoritario (como en la Polonia del

mariscal Pilsudski desde 1918 o en el Portugal de Salazar desde 1926) o

totalitario fascista (como en la Italia de Mussolini desde 1922 o en la

Alemania de Hitler desde 1933). Se trataba, por tanto, de un proyecto de

Estado superador del antagonismo de clases por medio de la imposición de

una disciplina sociolaboral de impronta militar y que en la versión fascista

exigía el control estatal por un partido único animado por una ideología

ultranacionalista y dirigido por un líder carismático dotado de plenos poderes.

En el caso español, esa dura pugna y competencia entre las «Tres Erres»

políticas de la Europa de entreguerras tenía su origen inmediato en la misma

etapa bélica que en el resto de los países continentales: la grave crisis del

verano de 1917, en pleno momento cumbre de la Primera Guerra Mundial,

que rompió los precarios equilibrios de la monarquía liberal-parlamentaria

restaurada en 1874 y a pesar de que España había permanecido neutral en la

contienda por mera impotencia[7].

También cobró la forma de análogas alternativas políticas y doctrinales:

un monarquismo católico y cada vez más autoritario y ultranacionalista que

sostendría la dictadura militar del general Miguel Primo de Rivera entre 1923

y 1930; una corriente democrática que se articularía durante esa etapa sobre la

colaboración entre el republicanismo burgués y el movimiento obrero

socialista con el refuerzo de los nacionalismos periféricos (sobre todo el

catalanista); y una tendencia revolucionaria y proclamadamente

internacionalista que se aglutinaría mucho más en torno al anarcosindicalismo

que al minoritario comunismo de inspiración soviética.

Desde luego, como en el resto de Europa, los respectivos apoyos sociales

de esa tríada de alternativas se distribuían por las «dos Españas» de modo

general aunque desigual. Así, en los albores de los años treinta del siglo XX, la

España de la modernización productiva será el escenario principal de

actuación de los reformistas que se nutren de las clases medias urbanas y de los segmentos de las clases obreras cualificadas profesionalmente, pero

también contará con la presencia de reaccionarios que abundan en sus barrios

acomodados y entre sectores populares de fidelidad religiosa tradicional, del

mismo modo que sentirá el creciente empuje de los revolucionarios

implantados entre las clases obreras sin cualificación o expuestas al azote del

desempleo. Por su parte, la España rural y atrasada había visto y vería crecer

sobre su suelo a reaccionarios que se reclutaban entre los grandes, medianos y

pequeños campesinos propietarios, y a revolucionarios que proliferaban entre

la población jornalera de las tierras de latifundio, con una menor presencia

global de los elementos reformistas procedentes del campesinado no

terrateniente ni proletarizado (muy abundantes, sin embargo, entre los

rabassaires vitivinícolas catalanes, los cultivadores hortofrutícolas levantinos

y los agricultores y ganaderos asturianos en contacto con las zonas fabriles de

la región).

Esa fragmentada y plural realidad sociopolítica se plasmó por vez primera

en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, que conllevaron la

caída de la monarquía del rey Alfonso XIII y la súbita y pacífica

proclamación de la Segunda República. No en vano, sus resultados fueron tan

reveladores como inesperados: las candidaturas de la conjunción republicano-

socialista triunfaron ampliamente en cuarenta y una de las cincuenta capitales

de provincia y en la mayor parte de los municipios urbanos, siendo superados

por las candidaturas oficiales y monárquicas sólo en distritos rurales y

semiurbanos. El veredicto de las urnas fue bien interpretado por Raymond

Carr: «la “masa” (las grandes circunscripciones) y la “inteligencia” (los

votantes urbanos “ilustrados”) habían rechazado a un rey todavía aceptable

para la opinión rural»[8].

En definitiva, la dinámica sociopolítica presente en España en la época de

entreguerras no era una mera lucha dual o binaria («una España contra otra»),

sino una pugna triangular que reproducía en pequeña escala la existente en

toda Europa y cuyos apoyos y soportes respectivos se encontraban tanto en la

zona de la modernización como en la del atraso. La transcendental

peculiaridad del caso español respecto del europeo residiría en que, a

diferencia de otros países continentales, en España ninguno de esos proyectos

de estabilización en pugna lograría la fuerza suficiente para imponerse a los

otros dos de modo definitivo e incontestado.

De hecho, durante el quinquenio democrático republicano de 1931-1936

fue alcanzándose un equilibrio inestable, un empate virtual de apoyos y

capacidades (y de resistencias e incapacidades), entre las fuerzas dispares de la alternativa reformista (en el poder durante el primer bienio de 1931-1933) y

su contrafigura borrosamente reaccionaria (en el poder durante el segundo

bienio de 1934-1935). Un empate y equilibrio inestable que hizo así

imposible la estabilización del país tanto por la similar potencia respectiva de

ambos contrarios (y su compartida incapacidad para reclutar otros apoyos

fuera de los propios) como por la presencia de ese tercio excluso

revolucionario, enfrentado a los dos por igual y volcado en su propia

estrategia insurreccional. Sin menospreciar el hecho, también singularmente

español, de que cada una de esas alternativas evidenciaron una notable

diversidad interna (en términos de partidos y grupos operativos tanto como de

proyectos y tácticas propias) que dificultó notoriamente su propia capacidad

de actuación.

Como apuntó en su día José Varela Ortega, la dinámica política de la

Segunda República pareció configurarse como una especie de tenaza con dos

brazos y un mismo objetivo que batir: «Reacción y Revolución frente a

Reforma»[9]. Con una circunstancia agravante de gran calado: según

transcurría el quinquenio, las fuerzas reformistas verían menguar sus filas y

entidad a medida que la crisis económica acentuaba su impacto disolvente

sobre las relaciones sociales y propiciaba una polarización política favorable a

los extremos del espectro.

El progresivo debilitamiento del reformismo democrático fue un hecho

innegable a pesar de que la conjunción republicano-socialista había

revalidado sus apoyos en las elecciones generales de junio de 1931, que le

dieron una mayoría parlamentaria suficiente para tratar de acometer su

amplísimo programa de reformas institucionales y sociales de orden

democrático[10]. No obstante, la elaboración del texto constitucional fue

fracturando la alianza original de abril de 1931 en virtud de las agudas

diferencias sobre el alcance reformador que habría de dar al régimen en

aspectos socioeconómicos y políticos. En diciembre de 1931, al aprobarse una

Constitución democrática con artículos de tinte anticlerical, Niceto Alcalá-

Zamora, exministro monárquico, católico y conservador que actuaba como

presidente del gobierno, abandonó su cargo y la coalición junto a su pequeño

partido de notables. Poco después, también dejó el gobierno el Partido

Radical liderado por Alejandro Lerroux, un grupo mucho más numeroso de

perfil centroderechista, en disconformidad con la continuidad socialista en el

gabinete y decidido a convertirse en la oposición moderada dentro de la

República.

Tras esas fracturas iniciales, Manuel Azaña, el más prestigioso de los

líderes de la izquierda republicana, formó nuevo gobierno con tres ministros

socialistas: Indalecio Prieto (Obras Públicas), Francisco Largo Caballero

(Trabajo) y Fernando de los Ríos (Educación). Para tratar de paliar el efecto

debilitador de las deserciones, Azaña propuso y consiguió que Alcalá-Zamora

fuera elegido primer presidente de la República con los votos de la antigua

mayoría gubernamental. A partir de entonces, desde diciembre de 1931 y

hasta septiembre de 1933, el gobierno presidido por Azaña acometería un

programa de reformas estructurales de orden institucional y social. En el

plano institucional emprendió una triple tarea: conseguir la plena

secularización mediante la tajante separación entre Iglesia católica y Estado;

consolidar la primacía del poder civil mediante una intensa reforma del

Ejército para eliminar la tentación pretoriana; y modificar la estructura

centralista y uniformista del Estado mediante la posibilidad de conceder

Estatutos de Autonomía a las regiones «históricas» (lo que se materializaría

en septiembre de 1932 con la aprobación del Estatuto catalán). En el campo

social, el gabinete acometería medidas de gran alcance (leyes de protección

obrera, salario mínimo, divorcio, coeducación de sexos…) y, sobre todo,

llevaría adelante, en septiembre de 1932, la Ley de Reforma Agraria en el sur

latifundista, que preveía la expropiación forzosa con indemnización a

terratenientes de cierta cantidad de tierras destinadas al asentamiento de

campesinos jornaleros.

A lo largo de 1933, el impulso reformador del gabinete azañista había

perdido pulso y vigor. En gran medida, porque a la altura de ese año

empezaron a notarse crudamente en España los efectos de la depresión

económica internacional con su cosecha de restricciones financieras,

contracción de los fondos disponibles para políticas de provisión social y

reforma agraria, aumento de la tasa del paro obrero (especialmente jornalero)

e intensificación de la militancia laboral y sindical[11]. Sin embargo, la causa

principal del desgaste gubernativo tuvo que ver con el renovado fuego

cruzado que supuso la intensificación de la tenaza creada por el

insurreccionalismo revolucionario anarquista y por la resistencia

parlamentaria conservadora y reaccionaria.

El brazo izquierdo de la tenaza se articulaba en torno a la Confederación

Nacional del Trabajo (CNT), el viejo sindicato anarquista que había resurgido

tras la dictadura como organización de masas (unos 535 000 afiliados en junio

de 1931) y estaba bien implantado en el campo de Andalucía y el área

industrial de Cataluña. Su dirección había pasado a manos de la Federación Anarquista Ibérica (FAI), responsable de la estrategia insurreccional que fue

jalonando todo el bienio de huelgas e incidentes armados. Sólo la huelga

general de enero de 1933, duramente reprimida, había ocasionado varios

muertos (muchos de ellos en Casas Viejas, Cádiz) y una considerable pérdida

de prestigio del gobierno entre las clases obreras y jornaleras. En

comparación con el acoso cenetista y faísta, la simultánea oposición del

Partido Comunista de España (PCE) era relativamente poco importante dada

su limitada militancia y su escasa implantación obrera: menos de 12 000

militantes en 1932 concentrados en algunos puntos de Vizcaya, Asturias y

Sevilla[12].

El brazo derecho de la tenaza estaba vertebrado básicamente por la

Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), un partido de

nuevo cuño que agrupaba a las masas católicas bajo la dirección de José

María Gil-Robles. Declarándose «accidentalista» respecto a la forma de

gobierno, la CEDA renunciaba al uso de la fuerza, aceptaba la vía electoral

para llegar al poder y pretendía reformar la Constitución en sentido autoritario

y corporativo para garantizar tres objetivos: mantener el orden social, respetar

la propiedad privada y salvaguardar los derechos de la religión católica[13]. Al

lado de la eficaz resistencia parlamentaria cedista, la oposición derechista al

gobierno también cobró la forma de una reacción violenta. Los grupos

monárquicos, tanto partidarios del exiliado Alfonso XIII (Renovación

Española) como fieles a la rama dinástica carlista (Comunión

Tradicionalista), apostaron desde el principio por una estrategia golpista y

militar que tuvo su oportunidad y fracaso el 10 de agosto de 1932, con la

tentativa frustrada que encabezó el general José Sanjurjo. Todavía menos

impacto tendría la actuación violenta de Falange Española, el pequeño partido

fascista fundado en 1933 por José Antonio Primo de Rivera, el hijo del

dictador[14].

Cuando el desgaste de la coalición azañista se puso de manifiesto en el

otoño de 1933 (evidenciado por sucesivas derrotas parlamentarias y crecientes

tensiones internas con los ministros socialistas), el presidente Alcalá-Zamora

optó por convocar nuevas elecciones en el mes de noviembre. Y precisamente

el punto culminante en ese proceso de debilitamiento del reformismo

democrático tuvo lugar entre las elecciones generales de noviembre de 1933 y

la resolución de la crisis de octubre de 1934.

Con motivo de la primera circunstancia señalada, las candidaturas

separadas de republicanos de izquierda y del PSOE sufrieron un desplome

muy considerable en términos de escaños de diputados. Por el contrario, el republicanismo conservador articulado en torno a Lerroux consiguió una

notable representación parlamentaria, convirtiéndose en el segundo grupo por

número de diputados. La sorpresa imprevista fue la fuerza electoral cosechada

por la CEDA, que se alzó con el mayor número de escaños y se configuró

como el mayor grupo parlamentario (algo superior al radical). Lerroux mostró

en seguida su disposición a gobernar con el apoyo de la CEDA (que no podía

gobernar en solitario y tampoco había manifestado su acatamiento leal de la

Constitución). Esa decisión crucial supuso una ruptura política y orgánica casi

irreversible en la amplia coalición reformista que había triunfado en abril de

1931. Entre otras cosas porque, frente a la esperanza lerrouxista de incorporar

a la CEDA al marco constitucional democrático, el republicanismo de

izquierda y el movimiento socialista desconfiaban de los propósitos últimos

cedistas y temían que su triunfo electoral fuera el preludio para la

implantación de un régimen autoritario en la línea del salazarismo portugués o

de la dictadura católica austríaca (en vigor desde marzo de 1934 de la mano

del canciller Dollfus y previo aplastamiento de los socialdemócratas en

Viena).

La cruda retórica de la CEDA, pese a ser más autoritaria que fascista, no

hacía nada para aliviar esos temores y recelos de sus adversarios. Muy al

contrario, ya antes de lograr su triunfo electoral, Gil-Robles había reclamado

para sí el mérito de la eficaz labor de desgaste del gabinete azañista y había

definido su proyecto político con tintes autoritarios en una declaración

rotunda en octubre de 1933:

 

Y seguimos nuestra táctica, y fuimos a las elecciones (municipales) en abril (de 1933) y, a consecuencia de ellas, conseguimos que el Gobierno de Azaña quedara vencido, y muerto, y vilipendiado. (…) Así fuimos minando a un Gobierno, vencimos al Parlamento en las elecciones, fuimos hundiendo la política de izquierda. (…)

Nuestra generación tiene encomendada una gran misión. Tiene que crear un espíritu nuevo, fundar un nuevo Estado, una Nación nueva; dejar la Patria depurada de masones, de judaizantes… Como soñar no está prohibido, soñad todos en común. (…)

El Poder sólo cuando venga íntegro.

Hay que ir a un Estado nuevo, y para ello se imponen deberes y sacrificios. ¡Qué importa que nos cueste hasta derramar sangre! Para eso nada de contubernios. No necesitamos el Poder con contubernios de nadie. Necesitamos el Poder íntegro y eso es lo que pedimos. Entre tanto no iremos al Gobierno en colaboración con nadie. Para realizar este ideal no vamos a detenernos en formas arcaicas. La democracia no es para nosotros un fin, sino un medio para ir a la conquista de

un Estado nuevo. Llegado el momento el Parlamento o se somete o le hacemos desaparecer[15].

 

Contrariando su declarada aversión al «contubernio», tras las elecciones Gil-

Robles aceptó servir de apoyo parlamentario a un gobierno radical

minoritario. La subsecuente colaboración radical-cedista no sólo tuvo como resultado una progresiva dependencia del gabinete radical respecto de su

socio mayor parlamentario (con episodios de escisión en el radicalismo por

disconformidad con esa situación: en abril de 1934, Diego Martínez Barrio,

lugarteniente de Lerroux, y veinte parlamentarios abandonan el partido para

fundar Unión Republicana y abogar por la colaboración con la Izquierda

Republicana de Azaña[16]). Lo más grave fue que proporcionó estímulo,

cobertura y apariencia de justificación a la progresiva radicalización de un

sector socialista bien implantado en la Unión General de Trabajadores y

acaudillado por su secretario general y exministro, Francisco Largo Caballero.

Sin duda, las raíces de esa radicalización ya estaban plantadas en el último

año de colaboración gubernamental republicano-socialista y se nutrían de la

frustración de las bases socialistas (sobre todo jornaleras del sur latifundista)

por la lentitud de realización de las mejoras asociadas al régimen republicano

y por la eficacia de la resistencia patronal ofrecida a las medidas de Largo

Caballero desde el Ministerio de Trabajo. Pero la severa derrota electoral y la

paralela victoria inesperada de la CEDA aumentaron la sensación de alarma y

peligro (agravada por las noticias sobre el trágico destino sufrido por el

movimiento socialista en Alemania y Austria). El efecto de la conversión

«bolchevique» de Largo Caballero fue muy dañino para el PSOE porque

sentó las bases de una división interna entre radicales y moderados

(encabezados éstos por Indalecio Prieto) y dificultó notablemente la

expectativa de una recomposición de la conjunción republicano-socialista

para volver al poder por vía electoral. En todo caso, la retórica de la izquierda

socialista de Largo Caballero durante la campaña electoral de 1933 no dejó de

ser tan cruda y amenazante como la de Gil-Robles:

 

Yo no tengo gran fe, y ahora menos que antes, en que dentro de una democracia burguesa se pueda hacer Socialismo; pero hay que reconocer que dentro de una República, en el orden político, se pueden hacer muchísimas cosas y que la República española las ha hecho. Mas, sobre todo, hay algo que nos interesaba mucho a nosotros, y es que colaborando con la República podíamos evitar el triunfo de la Reacción. (…)

Nosotros sabíamos, y la experiencia lo está confirmando, que no es suficiente para la emancipación de la clase trabajadora una República burguesa. (…)

Que conste bien: el Partido Socialista va a la conquista del Poder, y va a la conquista, como digo, legalmente si puede ser. Nosotros deseamos que pueda ser legalmente, con arreglo a la Constitución, y si no, como podamos. Y, cuando eso ocurra, se gobernará como las circunstancias y las condiciones del país lo permitan. Lo que yo confieso es que si se gana la batalla no será para

entregar el Poder al enemigo [17].

 

No cabe duda de que la crisis de octubre de 1934 constituyó un jalón crucial

en el deterioro de la vida sociopolítica republicana. El desencadenante de la

misma fue la exigencia de Gil-Robles a Lerroux para entrar en el gobierno con sus propios ministros como contrapartida a la continuidad de su apoyo

parlamentario. El republicanismo de izquierda, por boca de Azaña, había

advertido a Lerroux y al propio Alcalá-Zamora contra esa medida de

«entrega» de la República a «los monárquicos, más o menos disfrazados»[18].

El movimiento socialista, por inspiración de Largo Caballero y con el visto

bueno de Prieto, había secundado la advertencia con un añadido crucial: si esa

entrada en el gobierno se producía, «públicamente contrae el partido socialista

el compromiso de desencadenar, en este caso, la revolución»[19]. Así pues, a

la altura de octubre de 1934, la colaboración ministerial cedista se había

constituido en la piedra de toque de la coyuntura política, en particular para

los dos grandes partidos del espectro político por razones bien apuntadas por

Paul Preston:

 

Tanto el PSOE como la CEDA tenían confianza en que el aparato represivo del Estado podía ocuparse adecuadamente de la conspiración monárquica o de la subversión anarquista. Lo que realmente temía cada uno era que el otro llegase al poder legalmente y le diese al régimen un

contenido legal y constitucional que dañase los intereses materiales de sus seguidores [20].

 

La decisión de Lerroux de atender la exigencia de Gil-Robles y la aprobación

presidencial de la medida condujeron a la formación de un nuevo gobierno de

coalición radical-cedista el 4 de octubre de 1934. Ésa fue la señal para que los

socialistas pusieran en marcha una huelga general indefinida de protesta en

todo el país al día siguiente. También fue la señal para que el gobierno

autónomo catalán, presidido por el líder de la Esquerra Republicana, Lluís

Companys, aprovechase la ocasión y proclamara «el Estado Catalán dentro de

la República Federal Española». Aunque el republicanismo de izquierda

denunció la entrada de la CEDA en el gobierno, no secundó ninguna de

ambas iniciativas porque no podía «cooperar ni directa ni indirectamente en

actuación alguna que signifique un apartamiento violento del orden legal

establecido». Ambas acciones fueron un verdadero fiasco rápidamente

aplastado por las fuerzas de seguridad y por el Ejército sin graves

dificultades: el general Domingo Batet consiguió la rendición de Companys

en Barcelona sin apenas derramamiento de sangre y en poco más de

veinticuatro horas[21].

No obstante, en Asturias la huelga general socialista se convirtió en

insurrección armada protagonizada por milicias mineras y al amparo de una

alianza sindical entre la UGT y la CNT con el apoyo del Partido Comunista.

El inesperado éxito inicial de los milicianos sobre la Guardia Civil en las

poblaciones de las cuencas mineras desembocó en una verdadera revolución

social (con su cosecha de varias decenas de muertes de «enemigos de clase»: guardias, patronos y religiosos). Incluso permitió una sostenida incursión de

las milicias sobre la capital regional, Oviedo, donde las fuerzas militares

sostuvieron el frente hasta la llegada de refuerzos por vía marítima y terrestre.

Las operaciones fueron coordinadas desde Madrid, en virtud del estado de

guerra, por un joven general, Francisco Franco Bahamonde, que actuaba

como asesor personal del ministro de la Guerra. Apenas quince días más tarde

de iniciada la insurrección, ante el abrumador despliegue militar en la región

(incluyendo el uso de la Legión y tropas de regulares indígenas), los líderes

mineros socialistas y anarquistas cesaron su resistencia y capitularon

incondicionalmente[22].

La efímera revolución asturiana había terminado una quincena más tarde

que la huelga general en el resto del país. Sin embargo, sus decisivos efectos

tardarían mucho más en amortiguarse y desaparecer. Amplios sectores

sociales conservadores y republicanos quedarían verdaderamente alarmados

por la violencia de aquella experiencia revolucionaria y abrigarían serias

dudas sobre la lealtad democrática y constitucional del movimiento socialista

y del catalanismo de izquierdas. Por su parte, a la vista de las medidas de

fuerza empleadas para acabar con la insurrección y con anteriores

manifestaciones de protesta (la huelga general campesina del verano de

1934), extensos segmentos sociales obreros y jornaleros confirmarían su

desconfianza hacia las vías políticas parlamentarias y nutrirían las filas de las

bases militantes que forzaban la radicalización de los sindicatos.

En ese proceso de polarización fue reduciéndose aún más el ámbito de

apoyos sociales y políticos del reformismo democrático. El fenómeno fue

agravado por la práctica desintegración del Partido Radical a lo largo del año

1935, al compás del desmoronamiento de la coalición gobernante por

divisiones en cuanto al alcance de las medidas contrarreformistas (por

ejemplo, respecto a la aplicación de las sentencias de muerte dictadas contra

los participantes en la insurrección asturiana). Para entonces, los líderes y

seguidores del reformismo democrático estaban enfrentándose a un dilema

crucial que fracturó no pocas de sus filas y de sus bases sociales. Aquellos

sectores donde predominaba el temor a la reacción sobre el miedo a la

revolución seguirían apostando por la vía de la cooperación con el

movimiento socialista con la esperanza de reconducirlo hacia la legalidad y

retomar la iniciativa política truncada en 1933. Aquellos sectores donde era

superior el miedo a la revolución sobre el temor a la reacción persistirían en la

necesidad de cooperar con la CEDA con la esperanza de lograr su apoyo para la estabilización de la República y para superar la crisis institucional

imperante.

Las respectivas opciones quedaron bien patentes en febrero de 1936, con

motivo de las terceras elecciones generales celebradas durante el quinquenio

republicano: mientras que el republicanismo de izquierda concurría a las

urnas en coalición con los socialistas e incluso con los comunistas bajo la

fórmula de Frente Popular, muchos náufragos del republicanismo radical y

conservador aceptaban formar parte de coaliciones derechistas articuladas por

la CEDA y con participación de monárquicos, falangistas y en algún caso

carlistas. La reorganización de fuerzas operada a principios de 1936 no dejó

de afectar igualmente, pero en menor medida, a las alternativas reaccionarias

y revolucionarias: mientras que el nacionalismo vasco rompía su alianza

táctica con el tradicionalismo carlista en el frente de la reacción, el

comunismo de inspiración soviética abandonaba tácitamente el bando de la

revolución en consonancia con los nuevos dictados de la Comintern.

En definitiva, parece indiscutible que el empate y equilibrio en el

triángulo de fuerzas operantes en España alcanzó su cumbre máxima con

ocasión de esas elecciones del 16 de febrero de 1936. Al final, los resultados

electorales dieron el poder al Frente Popular sobre las antagonistas

candidaturas «contrarrevolucionarias» por una apretada victoria (no superior a

200 000 votos populares) pero con una mayoría absoluta en las Cortes (278

escaños frente a 124 de las derechas y 51 de partidos centristas, en virtud del

sistema electoral mayoritario). El posterior deterioro de la situación política

(agravada por la debilidad de un gobierno exclusivamente republicano dada la

negativa socialista a participar en el mismo) y la patente quiebra de la

concordia social fueron bien percibidos por los responsables gubernamentales

y acremente denunciados por los líderes antirrepublicanos. El 1 de mayo de

1936, Indalecio Prieto, firme partidario de que los socialistas cooperasen con

los republicanos en el gobierno, pronunció un crucial discurso en Cuenca

alertando sobre los riesgos de un golpe militar reaccionario y denunciando los

peligros de la estéril movilización revolucionaria auspiciada por la izquierda

largo-caballerista y el cenetismo:

 

No podemos negar, cualquiera que sea nuestra representación política y nuestra proximidad al Gobierno (…) que entre los elementos militares, en proporción y vastedad considerables, existen fermentos de subversión, deseos de alzarse contra el régimen republicano, no tanto seguramente por lo que el Frente Popular supone en su presente realidad, sino por lo que, predominando en la política de la nación, representa como esperanza para un futuro próximo. (…)

La convulsión de una revolución, con un resultado u otro, la puede soportar un país; lo que no puede soportar un país es la sangría constante del desorden público sin finalidad revolucionaria

inmediata; lo que no soporta una nación es el desgaste de su poder público y de su propia

vitalidad económica, manteniendo el desasosiego, la zozobra y la intranquilidad [23].

 

Ni el diagnóstico ni las advertencias eran baladíes, aunque estas últimas

cayeran en saco roto por lo que respecta al anarcosindicalismo y a la

tendencia largo-caballerista del PSOE-UGT. El primero, tras la clausura del

congreso confederal de la CNT en Zaragoza el 15 de mayo, «se había

encastillado en un universo de sueño», no concedía la mínima importancia al

peligro golpista y esperaba la ocasión para ensayar en la práctica su programa

de «concepto confederal del comunismo libertario»[24]. La segunda, mediante

resolución de la Agrupación del PSOE de Madrid, reiteraba su retórica

revolucionaria el día 21 de mayo y desestimaba el riesgo de un golpe militar

fiándose en la experiencia fracasada de Sanjurjo en 1932: «El proletariado no

debe limitarse a defender la democracia burguesa, sino que debe asegurar por

todos los medios la conquista del poder político con el fin de hacer la

revolución social»[25]. Todavía más insensatamente, el propio Largo

Caballero, en plena huelga de la construcción madrileña, declararía

públicamente a los obreros ugetistas del sector el 26 de junio de 1936:

 

Se nos está hablando todos los días del peligro de la reacción y del golpe de Estado. En efecto, estamos siempre ante ese peligro, pero yo tengo la pretensión de que si ahora no ha surgido no es debido a la política que algunos preconizan y propugnan sino a la actitud de la clase obrera (…). No se puede negar que un día puede amanecer con una dictadura. ¡Ah! Pero que tengan en cuenta los que lo hagan que al día siguiente, por muchos entorchados en la bocamanga, la producción no la harán ellos. (…) Si se quieren proporcionar el gusto de dar un golpe de Estado por sorpresa, que lo den (…). No conseguirán más que disfrutar unos días o unos meses de la satisfacción que pueda proporcionarles el mando. Porque no quiero suponer que nos vayan a cortar a todos las

cabezas ( [26] sic).

 

Desde luego, Prieto acertaba al señalar que la persistente crisis de orden

público y de conflictos laborales en la primavera de 1936 estaba engrosando

las filas de los partidarios de cambiar el voto por las armas para dirimir los

conflictos y resolver el empate imperante. Y esa sensación de crisis de

autoridad no fue atajada, sino al contrario, por la destitución parlamentaria del

presidente de la República, por la subsecuente elevación de Azaña a ese cargo

y por el nombramiento de un gobierno exclusivamente republicano (sin

presencia de socialistas, como deseaba Prieto) encabezado por Santiago

Casares Quiroga.

Y, como el mismo Prieto había sugerido, hablar de armas, que no de

votos, en esa coyuntura crítica implicaba necesariamente hablar del Ejército

como corporación estatal encargada del monopolio del uso de las armas y del

ejercicio de la violencia legítima. Para esas fechas, la amplia mayoría de los militares españoles estaba mucho más cercana de los postulados reaccionarios

que de los reformistas o, por supuesto, de los revolucionarios, en consonancia

con la tradición militarista y pretoriana imperante en el Ejército español desde

la crisis del Antiguo Régimen y la Guerra de la Independencia de 1808-

1814[27].

En realidad, una parte del generalato y un segmento amplísimo de la

oficialidad estaban ya comprometidos con una conspiración militar dirigida

técnicamente por el general Emilio Mola y apoyada por figuras tan reputadas

como el general Francisco Franco (verdadero héroe de la opinión pública

conservadora por su protagonismo en el aplastamiento de la insurrección de

octubre de 1934 en Asturias). El perfil político de la conjura correspondía a

las concepciones nacional-militaristas ya expuestas por José Calvo Sotelo,

líder del monarquismo alfonsino, en una abierta apelación al golpe de fuerza

antes de la consulta electoral:

 

Hoy el Ejército es la base de sustentación de la Patria. Ha subido de la categoría de brazo ejecutor, ciego, sordo y mudo, a la de columna vertebral, sin la cual no es posible la vida. (…) Cuando las hordas rojas del comunismo avanzan, sólo se concibe un freno: la fuerza del Estado y la transfusión de las virtudes militares —obediencia, disciplina y jerarquía— a la sociedad misma, para que ellas desalojen los fermentos malsanos que ha sembrado el marxismo. Por eso invoco al

Ejército y pido al patriotismo que lo impulse[28].

División de España. Finales de julio de 1936. (Fuente: Enrique Moradiellos, La perfidia de Albión,

Madrid, Siglo XXI, 1996, p. 42).

En razón de esas fracturas y alineamientos previos, cuando finalmente

estalló la amplia (pero no unánime) insurrección militar contra el gobierno reformista del Frente Popular en la tarde del 17 de julio de 1936 se fue

configurando en España una situación insólita y a la postre crucial: el golpe

militar parcialmente fracasado en casi la mitad del país (precisamente aquélla

más urbanizada y modernizada) devino ineluctablemente en una cruenta

guerra frontal entre reaccionarios, a un lado de las trincheras, y una

combinación forzada e inestable de reformistas y revolucionarios, en el otro

lado.

Miguel de Unamuno, desde su amargo retiro en la Salamanca insurrecta,

apreció bien poco antes de su muerte que el enemigo de los militares

sublevados no era sólo «el comunismo y la anarquía» reiteradamente

denunciados: «Ésta es una campaña contra el liberalismo, no contra el

bolchevismo. Todo el que fue ministro en la República, por de derecha que

sea, está ya proscrito»[29]. En el otro lado, Manuel Azaña, desde su

privilegiado observatorio en Madrid, primero, y después en Barcelona,

también dejó constancia de las hondas divisiones latentes en la retaguardia

republicana: «En todas partes, los partidos obreros y los sindicatos acosan a

los republicanos, prescinden de ellos cuanto pueden, los atacan. (…) Los

republicanos se aguantan, protestan o se defienden como pueden. No pasan de

ahí»[30].

En efecto, sin atender a las «tres Españas» que estaban presentes antes de

1936 y al modo y manera en que sus respectivos proyectos sociopolíticos

fueron letalmente afectados por el estallido de la guerra civil, no cabe

entender la génesis y desarrollo del conflicto, ni la firme unidad alcanzada por

el bando finalmente vencedor, ni las tensiones y fracturas que socavaron al

bando postreramente derrotado. Porque, contra lo que pudiera parecer y a

veces se sostiene injustificadamente, las «tres Españas», sus programas

políticos y sus soportes humanos y sociales, no desaparecieron como tales en

la catástrofe bélica y en el despliegue de los frentes de combate, sino que se

reagruparon mal que bien en las respectivas retaguardias: notablemente bien

las fuerzas reaccionarias en el bando insurgente (luego «franquista» o

«nacionalista») y más mal que bien las fuerzas reformistas y revolucionarias

en la zona gubernamental (también «republicana» o «frentepopulista»).

A su muy peculiar y poco matizada manera, Salvador de Madariaga, en su

influyente obra titulada España. Ensayo de historia contemporánea (edición

argentina de 1944), caracterizaría retrospectivamente aquella lucha triangular

de preguerra como la «batalla de los tres Franciscos»: Francisco Largo

Caballero, «caudillo del ala revolucionaria de la Unión General de

Trabajadores, que no era comunista»; Francisco Franco Bahamonde, «caudillo de la Unión General de Oficiales, que no era fascista»; y Francisco

Giner de los Ríos, alma de la Institución Libre de Enseñanza y exponente de

la «otra tradición española, la de la transacción razonable y el acuerdo

mutuo». Según Madariaga, «el efecto combinado» del doble pronunciamiento

del primero y el segundo fue la destrucción del legado del tercero, «el que era

esperanza de España» y «fue la víctima de la acción violenta». Y añadía con

no poco propósito desiderativo: «sin embargo, aunque todavía demasiado

inorgánica para hacerse oír, la verdadera España estaba con Francisco

Giner»[31].