1936
6. La faceta militar y estratégica
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LA FACETA MILITAR Y ESTRATÉGICA
El mayor éxito que cosecharon los insurgentes sobre sus enemigos en la
constitución de un Ejército regular combatiente se vio facilitado por el propio
carácter de la sublevación. Como ha escrito certeramente al respecto el
historiador militar Gabriel Cardona:
Desde los primeros momentos iniciales de la guerra civil española existió una diferencia cualitativa entre ambos bandos contendientes en el plano militar: los sublevados contaron con un Ejército mientras que los republicanos debieron organizarlo prácticamente desde cero, porque la sublevación de la mayor parte del Ejército derrumbó las instituciones de la República y permitió
el estallido de la revolución[1].
En efecto, en las zonas de España donde el golpe militar logró sus objetivos el
poder quedó en manos de la cadena de mando del Ejército alzado, con arreglo
a la preceptiva declaración del estado de guerra y previa depuración de
elementos hostiles o indecisos en sus filas. El general Mola ya lo había
advertido: «Para los compañeros que no son compañeros, el movimiento
triunfante será inexorable». Tres generales de división y tres generales de
brigada perderían la vida como consecuencia de su lealtad constitucional;
otros dos más serían fusilados tras la victoria[2].
La implacable militarización política y social consecuente respondía al
objetivo de frenar las reformas gubernamentales y conjurar al mismo tiempo
la amenaza de una revolución proletaria. La primera alocución radiofónica del
general Gonzalo Queipo de Llano en Sevilla daba cuenta de esa combinación
de motivos antirreformistas y contrarrevolucionarios que definía la
sublevación militar en curso:
Sevillanos: ¡A las armas! La patria está en peligro y, para salvarla, unos hombres de corazón, unos cuantos generales, hemos asumido la responsabilidad de ponernos al frente de un movimiento salvador que triunfa por todas partes. El Ejército de África se apresta a trasladarse a España para tomar parte en la tarea de aplastar a ese gobierno indigno que se había propuesto destruir a España para convertirla en una colonia de Moscú… ¡Sevillanos!, la suerte está echada y decidida por nosotros, y es inútil que la canalla resista y produzca esa algarabía de gritos y tiros
que oís por todas partes. Tropas del Tercio y Regulares se encuentran ya camino de Sevilla, y en cuanto lleguen, esos alborotadores serán cazados como alimañas. ¡Viva España! ¡Viva la
República[3]!
Para hacer visible la nueva autoridad, Mola constituyó en Burgos el 24 de
julio de 1936 la Junta de Defensa Nacional, «que asume todos los Poderes del
Estado y representa legítimamente al País ante las Potencias extranjeras»
(según rezaba en el decreto del Boletín Oficial del Estado del día 25). Estaba
presidida por el general Miguel Cabanellas en su condición de jefe más
antiguo en el escalafón (habida cuenta de que el general José Sanjurjo había
muerto en accidente de aviación en Portugal) e integrada por la plana mayor
del generalato sublevado: Mola, Saliquet, Ponte, Dávila, Franco, Queipo de
Llano, Orgaz, Gil Yuste, el almirante Moreno y los coroneles Montaner y
Moreno Calderón (como secretarios). Sin embargo, la dirección de las
operaciones bélicas no se sometió a mando único hasta finales de septiembre
de 1936, con la elección por la Junta del general Franco, que estaba al frente
del temible Ejército de África, como «Generalísimo de las fuerzas nacionales
de tierra, mar y aire» y «Jefe del Gobierno del Estado Español», confiriéndole
expresamente «todos los poderes del Nuevo Estado» (Boletín Oficial del
Estado [4] del día 30 de septiembre).
Ningún desafío de orden político o social hizo sombra a la exclusividad de
un poder militar que, con Franco electo, tomaba rumbos de poder personal
omnímodo (el primer decreto del nuevo Generalísimo estaba firmado en
calidad de «Jefe del Estado» y creaba una Junta Técnica del Estado, BOE del
2 de octubre) y recibía el espaldarazo del reconocimiento oficial de la Italia
fascista y la Alemania nazi el 18 de noviembre de 1936. Las milicias de
voluntarios de la Falange y del tradicionalismo carlista (37 000 camisas
azules y 22 000 requetés en octubre de 1936) fueron rígidamente encuadradas
en la disciplina del Ejército y sometidas a la jerarquía militar y al mando de
jefes y oficiales regulares.
Por lo que respecta a los partidos derechistas, su previa satelización en la
primera mitad de 1936 les había privado de autonomía operativa (agravada
por el asesinato de Calvo Sotelo y por el encarcelamiento y posterior
fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera en zona republicana). Además,
con la conversión del golpe militar en guerra regular, tanto los dirigentes
como las bases de esos partidos asumieron que la emergencia bélica y la
necesidad de vencer exigían la subordinación ciega a la autoridad y decisiones
de los mandos militares y del Cuartel General del Generalísimo[5].
En estas condiciones, el Ejército franquista contó con el aparato militar-
institucional existente, aprovechó la potencia humana técnico-profesional
disponible y obtuvo las garantías de suministros materiales suficientes para
monopolizar la capacidad ofensiva estratégica desde el primer momento y
hasta la victoriosa conclusión del conflicto.
Tras el fracaso de las tentativas iniciales para tomar Madrid por asalto
frontal (noviembre de 1936) e indirecto (Batallas de la Carretera de La
Coruña, del Jarama y de Guadalajara, en diciembre de 1936 y febrero y marzo
de 1937, respectivamente), Franco daría un giro crucial a su estrategia bélica
y optaría por librar una guerra de desgaste y agotamiento en el frente norteño,
con el objetivo de derrotar gradualmente al enemigo mediante el
quebrantamiento de su capacidad de resistencia gracias a una neta
superioridad material y ofensiva: «Franco ganó la guerra y perdió una sola
batalla: la de Madrid» (Gabriel Cardona[6]).
Fue un cambio de estrategia que sus valedores italianos y alemanes no
siempre apreciaron ni comprendieron por los graves costes y riesgos
implícitos para ellos, suscitando en Roma y Berlín dudas sobre la
competencia militar de Franco. En diciembre de 1936, tras el inesperado
fracaso ante Madrid, el general Wilhelm Faupel, recién nombrado embajador
alemán en España, informó confidencialmente a las autoridades nazis:
Personalmente, el general Franco es un soldado bravo y enérgico, con un fuerte sentido de la responsabilidad: un hombre que se hace querer desde el principio por su carácter abierto y decente, pero cuya experiencia y formación militar no le hacen apto para la dirección de las
operaciones en su presente escala[7].
También en Italia se manifestaron serias dudas sobre la capacidad militar del
Generalísimo para dirigir con plena eficacia y según las modernas doctrinas
estratégicas el esfuerzo bélico nacionalista. El conde de Ciano, yerno de
Mussolini y su ministro de Asuntos Exteriores, anotaría en su diario privado
el 20 de diciembre de 1937 la «inquietud» de los generales italianos
destacados en España y sus «motivos»: «Franco no tiene idea de lo que es la
síntesis en la guerra. Sus operaciones son tan sólo las de un magnífico
comandante de batallón»[8].
Sin embargo, sobre este controvertido tema, hay que recordar un aspecto
determinante: el Caudillo español no actuaba bajo meras consideraciones
militares ni perseguía una victoria rápida al estilo Blitzkrieg [guerra
relámpago] o guerra celere, como pretendían los estrategas y gobernantes
germanos e italianos. Su pretensión era mucho más amplia y profunda:
aprovechar las operaciones bélicas para proceder a la extirpación física y total de un enemigo considerado corno la anti-España. En palabras propias de
Franco en febrero de 1937 al teniente coronel Emilio Faldella, segundo jefe
del contingente de fuerzas militares italianas que servía a sus órdenes:
En una guerra civil, es preferible una ocupación sistemática de territorio, acompañada por una limpieza necesaria, a una rápida derrota de los ejércitos enemigos que deje el país aún infestado
de adversarios[9].
Apenas dos meses después, ante la insistencia de Mussolini en la necesidad de
apurar el tiempo y agilizar las operaciones, Franco volvió a repetir al
embajador fascista las razones de su nueva estrategia militar supeditada a un
fin político de «limpieza» y «redención» de enemigos y desafectos:
Debemos realizar la tarea, necesariamente lenta, de redención y pacificación, sin la cual la ocupación militar sería totalmente inútil. La redención moral de las zonas ocupadas será larga y difícil, porque en España las raíces del anarquismo son antiguas y profundas. (…) Querido embajador, puedo asegurarle que no tengo interés en el territorio, sino en los habitantes. La reconquista del territorio es el medio, la redención de los habitantes, el fin. (…) No tomaré la capital ni siquiera una hora antes de lo necesario: primero debo tener la certeza de poder fundar
un nuevo régimen[10].
En abierto contraste con lo sucedido en el bando insurgente, el acosado
gobierno republicano sufrió la defección de más de la mitad del generalato y
de cuatro quintas partes de la oficialidad, viéndose obligado a disolver los
restos del Ejército y quedando sus defensas en manos de una multiplicidad de
milicias sindicales y populares improvisadas y a duras penas mandadas y
dirigidas por los escasos mandos militares que se mantuvieron leales (y previa
depuración de los mandos hostiles o sospechosos: 21 generales fueron
fusilados o asesinados en la zona republicana durante el transcurso de la
guerra[11]). El hecho de que la República retuviera en su poder dos tercios de
la minúscula fuerza aérea y algo más de la anticuada flota de guerra (después
de que la marinería hubiera depuesto y eliminado a los oficiales
proinsurgentes e indecisos), no mermaba esa desventaja crucial y decisiva en
el ámbito terrestre en los primeros momentos.
La compleja tarea de reconstruir un aparato militar regular, jerarquizado y
disciplinado, sometido al control y dirección de un embrión de Estado Mayor
profesional, resultó sumamente dificultada por las tradiciones antiestatistas y
antimilitaristas imperantes en la anarquista Confederación Nacional del
Trabajo y en la radicalizada Unión General de Trabajadores dirigida por
Largo Caballero.
Los militantes armados de ambas organizaciones sindicales (aunque
mucho más los ácratas que los caballeristas) se vanagloriaban en los primeros
meses de ser «milicianos del pueblo» y se negaban a convertirse en «soldados
encuartelados y con uniforme»[12]. Por eso mismo, en frentes tranquilos como
el de Aragón, dominado por las milicias confederales reclutadas en Cataluña,
se dieron espectáculos insólitos: «Los hombres regresaban a Barcelona los
fines de semana»; «discutían las órdenes»; «se negaban a entregar material a
Milicias de diferentes opiniones políticas o a fortificar las posiciones»[13].
Como amargamente recordaría ya en 1939 el presidente Azaña:
Reducir aquellas masas a la disciplina, hacerlas entrar en una organización militar del Estado, con mandos dependientes del gobierno, para sostener la guerra conforme a los planes de un Estado
Mayor, ha constituido el problema capital de la República [14].
Sólo a partir de septiembre de 1936 comenzó el penoso proceso de
constitución del Ejército Popular de la República, una vez comprobada la
amarga realidad del imparable avance de las tropas franquistas sobre Madrid
(tras sus victorias sobre las milicias en Andalucía y Extremadura) y después
de constituido el nuevo gobierno de coalición presidido por Largo Caballero e
integrado por todas las fuerzas políticas (incluyendo a la CNT y al Partido
Comunista).
De hecho, como ha escrito Julián Casanova, después de dos meses de
verdadera guerra en los frentes, las milicias, «aquella fuerza superior llamada
“pueblo en armas”, resultaban inútiles para una guerra de largo alcance»: no
habían detenido la progresión del Ejército de África por los campos andaluces
y extremeños y tampoco habían logrado el sueño de reconquistar la ansiada
«capital confederal» (Zaragoza[15]).
La amarga aceptación anarquista y caballerista de la militarización como
«una necesidad impuesta por la guerra» no acabó con todos los obstáculos, ni
mucho menos. Al margen de la persistencia de focos de resistencia ácrata a
esa medida, el Ejército Popular de la República siempre adolecería de graves
problemas estructurales, sobre todo por las dificultades para cubrir las
necesidades humanas de oficiales y suboficiales experimentados y para
abastecer las demandas materiales de suministros y repuestos bélicos. Sin
mencionar el posible efecto disolvente que hubieran podido tener las
rivalidades políticas en el nombramiento y destitución de los altos mandos y
en la composición del nuevo cuerpo de comisarios militares (sobre todo por la
pretensión hegemónica mostrada por los comunistas y la resistencia de los
otros grupos a transigir al respecto).
El efecto de todas esas carencias y limitaciones se plasmó en la adopción
de una estrategia bélica defensiva cuya vertebración operativa corrió a cargo
del general Vicente Rojo, nombrado por el doctor Negrín jefe del Estado
Mayor Central en mayo de 1937. Asumiendo la superioridad material y profesional del enemigo y las dificultades propias de abastecimiento, dicha
estrategia trataba de conjurar la lenta derrota final mediante una serie de
inesperadas ofensivas de distracción en frentes secundarios encaminadas a
aliviar la continua presión del avance franquista en el frente principal de sus
ataques.
En consecuencia, tras el éxito defensivo en Madrid, la triunfal ofensiva
enemiga en el norte trató de ser debilitada por los ataques sorpresivos en torno
a Madrid (Brunete, julio de 1937) y Aragón (Belchite, agosto-septiembre de
1937). De igual modo, la prevista reanudación de la ofensiva de Franco sobre
Madrid tras la ocupación de Asturias en el mes de octubre de 1937 fue atajada
por el inesperado y victorioso ataque republicano en Teruel (diciembre de
1937-enero de 1938). Y, finalmente, la arrolladora campaña franquista sobre
Levante (iniciada en marzo de 1938), que cortó en dos mitades el territorio en
manos de la República, fue frenada durante meses por el ataque del Ejército
Popular en la desembocadura del río Ebro (julio-noviembre de 1938), la
mayor y más cruenta de las batallas registradas durante toda la guerra y una
de las más modernas en términos de material y equipamiento. Como ha
escrito Gabriel Cardona al respecto de esas operaciones de distracción:
Entre el verano de 1937 y el siguiente invierno del mismo año, el Ejército Popular de la República desencadenó las ofensivas de Brunete, Belchite y Teruel, siempre con el mismo desarrollo. En los tres casos, el primer ataque republicano, encomendado a tropas escogidas, logró un gran éxito. Sin embargo, al cabo de dos o tres días de combates, el escalón de ataque estaba desgastado, sin que existieran reservas capaces de tomar el relevo y de continuar la ofensiva. Mientras tanto, el general Franco transportaba al lugar de la batalla tropas frescas en ferrocarril en tanto que su aviación dominaba el cielo. A los pocos días del primer ataque, la ofensiva republicana se
convertía en derrota [16].
Al término de la guerra civil, la entidad numérica de ambos ejércitos
enfrentados era básicamente equiparable, aunque su capacidad de actuación y
sus recursos y fuentes de suministro fueran muy distintos. El servicio secreto
militar británico realizó en el verano de 1939 una comparación entre ambas
fuerzas armadas muy fidedigna y básicamente corroborada por la
historiografía posterior. Merece la pena reproducir su evaluación:
a) Las fuerzas republicanas crecieron desde un total de 100 000 o 150 000 en agosto de 1936 hasta cerca de 600 000 o 700 000 en diciembre de 1938.
b) Las fuerzas nacionalistas, incluyendo los contingentes italianos y alemanes, se elevaron desde cerca de 50 000 o 60 000 en agosto de 1936 hasta cerca de 600 000 o 700 000 en diciembre de 1938.
Aviación en España (incluyendo la de potencias extranjeras.
Todos los tipos)
Republicanos Nacionalistas
Agosto de 1936 160 120
Septiembre de 1937 215 455
Noviembre de 1938 250 662
La fuerza aérea nacionalista consistía en: a) fuerza área española, utilizando personal español y material italiano y germano; b) la «Aviazione Legionaria» italiana; y c) la «Legión Cóndor» alemana. Las dos últimas son realmente contingentes «regulares».
La aviación republicana en sus etapas iniciales consistía en: a) la fuerza aérea republicana española, compuesta por personal español y extranjero y material ruso y francés; y b) los escuadrones rusos. En 1938 el material nuevo era principalmente ruso, pero el personal ruso había
sido en gran medida reemplazado por españoles [17].
No cabe duda alguna de la crucial importancia del apoyo exterior para el
sostenimiento de ambos ejércitos y para el despliegue de sus estrategias
bélicas contrapuestas. Sin la vital ayuda italiana y alemana a finales de julio
de 1936 y durante el mes de agosto, las tropas insurgentes no habrían podido
superar el empate de fuerzas iniciales y tampoco Franco hubiera podido
transportar por vía aérea a la Península al experimentado Ejército de África y
así iniciar la triunfal y meteórica marcha sobre Madrid. Del mismo modo, si
en octubre de 1936 la Unión Soviética no hubiera decidido prestar ayuda
militar directa a la República, hubiera sido impensable el éxito de la
resistencia gubernamental en Madrid.
Desde la primavera de 1937 el equilibrio inestable alcanzado en el frente
madrileño fue desmoronándose poco a poco pero sin remisión en favor del
general Franco, como consecuencia de la reactivación de los envíos ítalo-
germanos en una medida y proporción que no pudo ser compensada por las
remesas soviéticas y que posibilitó la adopción franquista de la estrategia de
guerra de desgaste y agotamiento. El resultado sería patente durante la
ofensiva final sobre Cataluña desatada por Franco el 23 de diciembre de 1938.
Un mes más tarde, el representante diplomático británico ante la República
comunicaría confidencialmente a su gobierno las razones del colapso de la
resistencia republicana, que preludiaba su derrota final y definitiva:
La situación militar era muy grave. La escasez de material bélico era enorme. La artillería estaba reducida a menos de doce cañones por división y éstos estaban desgastados por el uso constante. En aviación, la inferioridad del gobierno era aproximadamente de un avión por cada seis
enemigos. No tenían siquiera suficientes ametralladoras [18].
No parece que quepa duda razonable alguna al respecto: desde los primeros
meses del año 1937 y durante el resto de la contienda hasta su terminación, el bando franquista contó con más y mejores pertrechos bélicos que sus
enemigos. Como ha escrito recientemente Gerald Howson en su revelador
estudio sobre las fuentes de suministro bélico republicano, ésa era una
realidad bien conocida y apreciada por el propio bando vencedor y no sólo
por sus adversarios y las cancillerías extranjeras:
En 1940, el coronel Alfonso Barra, del Servicio de Recuperación Nacional, que había examinado y clasificado las armas apresadas a los republicanos, afirmó que, a consecuencia de haber tenido que comprar de fuentes tan dispares, el ejército republicano había tenido cuarenta y nueve tipos distintos de fusiles de repetición, cuarenta y un tipos distintos de armas automáticas y no menos de sesenta tipos distintos de piezas de artillería. Normalmente, un ejército tiene un solo tipo de fusil (y tal vez también de carabina), tres o cuatro tipos de ametralladoras (pesada y ligera, o de metralleta) y probablemente diez tipos distintos de piezas de artillería, desde cañones ligeros hasta
de costa y sitio[19].