1936

Enrique Moradiellos · Capítulo 8 de 15

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1936

6. La faceta militar y estratégica

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LA FACETA MILITAR Y ESTRATÉGICA

 

El mayor éxito que cosecharon los insurgentes sobre sus enemigos en la

constitución de un Ejército regular combatiente se vio facilitado por el propio

carácter de la sublevación. Como ha escrito certeramente al respecto el

historiador militar Gabriel Cardona:

 

Desde los primeros momentos iniciales de la guerra civil española existió una diferencia cualitativa entre ambos bandos contendientes en el plano militar: los sublevados contaron con un Ejército mientras que los republicanos debieron organizarlo prácticamente desde cero, porque la sublevación de la mayor parte del Ejército derrumbó las instituciones de la República y permitió

el estallido de la revolución[1].

 

En efecto, en las zonas de España donde el golpe militar logró sus objetivos el

poder quedó en manos de la cadena de mando del Ejército alzado, con arreglo

a la preceptiva declaración del estado de guerra y previa depuración de

elementos hostiles o indecisos en sus filas. El general Mola ya lo había

advertido: «Para los compañeros que no son compañeros, el movimiento

triunfante será inexorable». Tres generales de división y tres generales de

brigada perderían la vida como consecuencia de su lealtad constitucional;

otros dos más serían fusilados tras la victoria[2].

La implacable militarización política y social consecuente respondía al

objetivo de frenar las reformas gubernamentales y conjurar al mismo tiempo

la amenaza de una revolución proletaria. La primera alocución radiofónica del

general Gonzalo Queipo de Llano en Sevilla daba cuenta de esa combinación

de motivos antirreformistas y contrarrevolucionarios que definía la

sublevación militar en curso:

 

Sevillanos: ¡A las armas! La patria está en peligro y, para salvarla, unos hombres de corazón, unos cuantos generales, hemos asumido la responsabilidad de ponernos al frente de un movimiento salvador que triunfa por todas partes. El Ejército de África se apresta a trasladarse a España para tomar parte en la tarea de aplastar a ese gobierno indigno que se había propuesto destruir a España para convertirla en una colonia de Moscú… ¡Sevillanos!, la suerte está echada y decidida por nosotros, y es inútil que la canalla resista y produzca esa algarabía de gritos y tiros

que oís por todas partes. Tropas del Tercio y Regulares se encuentran ya camino de Sevilla, y en cuanto lleguen, esos alborotadores serán cazados como alimañas. ¡Viva España! ¡Viva la

República[3]!

 

Para hacer visible la nueva autoridad, Mola constituyó en Burgos el 24 de

julio de 1936 la Junta de Defensa Nacional, «que asume todos los Poderes del

Estado y representa legítimamente al País ante las Potencias extranjeras»

(según rezaba en el decreto del Boletín Oficial del Estado del día 25). Estaba

presidida por el general Miguel Cabanellas en su condición de jefe más

antiguo en el escalafón (habida cuenta de que el general José Sanjurjo había

muerto en accidente de aviación en Portugal) e integrada por la plana mayor

del generalato sublevado: Mola, Saliquet, Ponte, Dávila, Franco, Queipo de

Llano, Orgaz, Gil Yuste, el almirante Moreno y los coroneles Montaner y

Moreno Calderón (como secretarios). Sin embargo, la dirección de las

operaciones bélicas no se sometió a mando único hasta finales de septiembre

de 1936, con la elección por la Junta del general Franco, que estaba al frente

del temible Ejército de África, como «Generalísimo de las fuerzas nacionales

de tierra, mar y aire» y «Jefe del Gobierno del Estado Español», confiriéndole

expresamente «todos los poderes del Nuevo Estado» (Boletín Oficial del

Estado [4] del día 30 de septiembre).

Ningún desafío de orden político o social hizo sombra a la exclusividad de

un poder militar que, con Franco electo, tomaba rumbos de poder personal

omnímodo (el primer decreto del nuevo Generalísimo estaba firmado en

calidad de «Jefe del Estado» y creaba una Junta Técnica del Estado, BOE del

2 de octubre) y recibía el espaldarazo del reconocimiento oficial de la Italia

fascista y la Alemania nazi el 18 de noviembre de 1936. Las milicias de

voluntarios de la Falange y del tradicionalismo carlista (37 000 camisas

azules y 22 000 requetés en octubre de 1936) fueron rígidamente encuadradas

en la disciplina del Ejército y sometidas a la jerarquía militar y al mando de

jefes y oficiales regulares.

Por lo que respecta a los partidos derechistas, su previa satelización en la

primera mitad de 1936 les había privado de autonomía operativa (agravada

por el asesinato de Calvo Sotelo y por el encarcelamiento y posterior

fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera en zona republicana). Además,

con la conversión del golpe militar en guerra regular, tanto los dirigentes

como las bases de esos partidos asumieron que la emergencia bélica y la

necesidad de vencer exigían la subordinación ciega a la autoridad y decisiones

de los mandos militares y del Cuartel General del Generalísimo[5].

En estas condiciones, el Ejército franquista contó con el aparato militar-

institucional existente, aprovechó la potencia humana técnico-profesional

disponible y obtuvo las garantías de suministros materiales suficientes para

monopolizar la capacidad ofensiva estratégica desde el primer momento y

hasta la victoriosa conclusión del conflicto.

Tras el fracaso de las tentativas iniciales para tomar Madrid por asalto

frontal (noviembre de 1936) e indirecto (Batallas de la Carretera de La

Coruña, del Jarama y de Guadalajara, en diciembre de 1936 y febrero y marzo

de 1937, respectivamente), Franco daría un giro crucial a su estrategia bélica

y optaría por librar una guerra de desgaste y agotamiento en el frente norteño,

con el objetivo de derrotar gradualmente al enemigo mediante el

quebrantamiento de su capacidad de resistencia gracias a una neta

superioridad material y ofensiva: «Franco ganó la guerra y perdió una sola

batalla: la de Madrid» (Gabriel Cardona[6]).

Fue un cambio de estrategia que sus valedores italianos y alemanes no

siempre apreciaron ni comprendieron por los graves costes y riesgos

implícitos para ellos, suscitando en Roma y Berlín dudas sobre la

competencia militar de Franco. En diciembre de 1936, tras el inesperado

fracaso ante Madrid, el general Wilhelm Faupel, recién nombrado embajador

alemán en España, informó confidencialmente a las autoridades nazis:

 

Personalmente, el general Franco es un soldado bravo y enérgico, con un fuerte sentido de la responsabilidad: un hombre que se hace querer desde el principio por su carácter abierto y decente, pero cuya experiencia y formación militar no le hacen apto para la dirección de las

operaciones en su presente escala[7].

 

También en Italia se manifestaron serias dudas sobre la capacidad militar del

Generalísimo para dirigir con plena eficacia y según las modernas doctrinas

estratégicas el esfuerzo bélico nacionalista. El conde de Ciano, yerno de

Mussolini y su ministro de Asuntos Exteriores, anotaría en su diario privado

el 20 de diciembre de 1937 la «inquietud» de los generales italianos

destacados en España y sus «motivos»: «Franco no tiene idea de lo que es la

síntesis en la guerra. Sus operaciones son tan sólo las de un magnífico

comandante de batallón»[8].

Sin embargo, sobre este controvertido tema, hay que recordar un aspecto

determinante: el Caudillo español no actuaba bajo meras consideraciones

militares ni perseguía una victoria rápida al estilo Blitzkrieg [guerra

relámpago] o guerra celere, como pretendían los estrategas y gobernantes

germanos e italianos. Su pretensión era mucho más amplia y profunda:

aprovechar las operaciones bélicas para proceder a la extirpación física y total de un enemigo considerado corno la anti-España. En palabras propias de

Franco en febrero de 1937 al teniente coronel Emilio Faldella, segundo jefe

del contingente de fuerzas militares italianas que servía a sus órdenes:

 

En una guerra civil, es preferible una ocupación sistemática de territorio, acompañada por una limpieza necesaria, a una rápida derrota de los ejércitos enemigos que deje el país aún infestado

de adversarios[9].

 

Apenas dos meses después, ante la insistencia de Mussolini en la necesidad de

apurar el tiempo y agilizar las operaciones, Franco volvió a repetir al

embajador fascista las razones de su nueva estrategia militar supeditada a un

fin político de «limpieza» y «redención» de enemigos y desafectos:

 

Debemos realizar la tarea, necesariamente lenta, de redención y pacificación, sin la cual la ocupación militar sería totalmente inútil. La redención moral de las zonas ocupadas será larga y difícil, porque en España las raíces del anarquismo son antiguas y profundas. (…) Querido embajador, puedo asegurarle que no tengo interés en el territorio, sino en los habitantes. La reconquista del territorio es el medio, la redención de los habitantes, el fin. (…) No tomaré la capital ni siquiera una hora antes de lo necesario: primero debo tener la certeza de poder fundar

un nuevo régimen[10].

 

En abierto contraste con lo sucedido en el bando insurgente, el acosado

gobierno republicano sufrió la defección de más de la mitad del generalato y

de cuatro quintas partes de la oficialidad, viéndose obligado a disolver los

restos del Ejército y quedando sus defensas en manos de una multiplicidad de

milicias sindicales y populares improvisadas y a duras penas mandadas y

dirigidas por los escasos mandos militares que se mantuvieron leales (y previa

depuración de los mandos hostiles o sospechosos: 21 generales fueron

fusilados o asesinados en la zona republicana durante el transcurso de la

guerra[11]). El hecho de que la República retuviera en su poder dos tercios de

la minúscula fuerza aérea y algo más de la anticuada flota de guerra (después

de que la marinería hubiera depuesto y eliminado a los oficiales

proinsurgentes e indecisos), no mermaba esa desventaja crucial y decisiva en

el ámbito terrestre en los primeros momentos.

La compleja tarea de reconstruir un aparato militar regular, jerarquizado y

disciplinado, sometido al control y dirección de un embrión de Estado Mayor

profesional, resultó sumamente dificultada por las tradiciones antiestatistas y

antimilitaristas imperantes en la anarquista Confederación Nacional del

Trabajo y en la radicalizada Unión General de Trabajadores dirigida por

Largo Caballero.

Los militantes armados de ambas organizaciones sindicales (aunque

mucho más los ácratas que los caballeristas) se vanagloriaban en los primeros

meses de ser «milicianos del pueblo» y se negaban a convertirse en «soldados

encuartelados y con uniforme»[12]. Por eso mismo, en frentes tranquilos como

el de Aragón, dominado por las milicias confederales reclutadas en Cataluña,

se dieron espectáculos insólitos: «Los hombres regresaban a Barcelona los

fines de semana»; «discutían las órdenes»; «se negaban a entregar material a

Milicias de diferentes opiniones políticas o a fortificar las posiciones»[13].

Como amargamente recordaría ya en 1939 el presidente Azaña:

 

Reducir aquellas masas a la disciplina, hacerlas entrar en una organización militar del Estado, con mandos dependientes del gobierno, para sostener la guerra conforme a los planes de un Estado

Mayor, ha constituido el problema capital de la República [14].

 

Sólo a partir de septiembre de 1936 comenzó el penoso proceso de

constitución del Ejército Popular de la República, una vez comprobada la

amarga realidad del imparable avance de las tropas franquistas sobre Madrid

(tras sus victorias sobre las milicias en Andalucía y Extremadura) y después

de constituido el nuevo gobierno de coalición presidido por Largo Caballero e

integrado por todas las fuerzas políticas (incluyendo a la CNT y al Partido

Comunista).

De hecho, como ha escrito Julián Casanova, después de dos meses de

verdadera guerra en los frentes, las milicias, «aquella fuerza superior llamada

“pueblo en armas”, resultaban inútiles para una guerra de largo alcance»: no

habían detenido la progresión del Ejército de África por los campos andaluces

y extremeños y tampoco habían logrado el sueño de reconquistar la ansiada

«capital confederal» (Zaragoza[15]).

La amarga aceptación anarquista y caballerista de la militarización como

«una necesidad impuesta por la guerra» no acabó con todos los obstáculos, ni

mucho menos. Al margen de la persistencia de focos de resistencia ácrata a

esa medida, el Ejército Popular de la República siempre adolecería de graves

problemas estructurales, sobre todo por las dificultades para cubrir las

necesidades humanas de oficiales y suboficiales experimentados y para

abastecer las demandas materiales de suministros y repuestos bélicos. Sin

mencionar el posible efecto disolvente que hubieran podido tener las

rivalidades políticas en el nombramiento y destitución de los altos mandos y

en la composición del nuevo cuerpo de comisarios militares (sobre todo por la

pretensión hegemónica mostrada por los comunistas y la resistencia de los

otros grupos a transigir al respecto).

El efecto de todas esas carencias y limitaciones se plasmó en la adopción

de una estrategia bélica defensiva cuya vertebración operativa corrió a cargo

del general Vicente Rojo, nombrado por el doctor Negrín jefe del Estado

Mayor Central en mayo de 1937. Asumiendo la superioridad material y profesional del enemigo y las dificultades propias de abastecimiento, dicha

estrategia trataba de conjurar la lenta derrota final mediante una serie de

inesperadas ofensivas de distracción en frentes secundarios encaminadas a

aliviar la continua presión del avance franquista en el frente principal de sus

ataques.

En consecuencia, tras el éxito defensivo en Madrid, la triunfal ofensiva

enemiga en el norte trató de ser debilitada por los ataques sorpresivos en torno

a Madrid (Brunete, julio de 1937) y Aragón (Belchite, agosto-septiembre de

1937). De igual modo, la prevista reanudación de la ofensiva de Franco sobre

Madrid tras la ocupación de Asturias en el mes de octubre de 1937 fue atajada

por el inesperado y victorioso ataque republicano en Teruel (diciembre de

1937-enero de 1938). Y, finalmente, la arrolladora campaña franquista sobre

Levante (iniciada en marzo de 1938), que cortó en dos mitades el territorio en

manos de la República, fue frenada durante meses por el ataque del Ejército

Popular en la desembocadura del río Ebro (julio-noviembre de 1938), la

mayor y más cruenta de las batallas registradas durante toda la guerra y una

de las más modernas en términos de material y equipamiento. Como ha

escrito Gabriel Cardona al respecto de esas operaciones de distracción:

 

Entre el verano de 1937 y el siguiente invierno del mismo año, el Ejército Popular de la República desencadenó las ofensivas de Brunete, Belchite y Teruel, siempre con el mismo desarrollo. En los tres casos, el primer ataque republicano, encomendado a tropas escogidas, logró un gran éxito. Sin embargo, al cabo de dos o tres días de combates, el escalón de ataque estaba desgastado, sin que existieran reservas capaces de tomar el relevo y de continuar la ofensiva. Mientras tanto, el general Franco transportaba al lugar de la batalla tropas frescas en ferrocarril en tanto que su aviación dominaba el cielo. A los pocos días del primer ataque, la ofensiva republicana se

convertía en derrota [16].

 

Al término de la guerra civil, la entidad numérica de ambos ejércitos

enfrentados era básicamente equiparable, aunque su capacidad de actuación y

sus recursos y fuentes de suministro fueran muy distintos. El servicio secreto

militar británico realizó en el verano de 1939 una comparación entre ambas

fuerzas armadas muy fidedigna y básicamente corroborada por la

historiografía posterior. Merece la pena reproducir su evaluación:

 

a) Las fuerzas republicanas crecieron desde un total de 100 000 o 150 000 en agosto de 1936 hasta cerca de 600 000 o 700 000 en diciembre de 1938.

b) Las fuerzas nacionalistas, incluyendo los contingentes italianos y alemanes, se elevaron desde cerca de 50 000 o 60 000 en agosto de 1936 hasta cerca de 600 000 o 700 000 en diciembre de 1938.

Aviación en España (incluyendo la de potencias extranjeras.

Todos los tipos)

Republicanos Nacionalistas

Agosto de 1936 160 120

Septiembre de 1937 215 455

Noviembre de 1938 250 662

 

La fuerza aérea nacionalista consistía en: a) fuerza área española, utilizando personal español y material italiano y germano; b) la «Aviazione Legionaria» italiana; y c) la «Legión Cóndor» alemana. Las dos últimas son realmente contingentes «regulares».

La aviación republicana en sus etapas iniciales consistía en: a) la fuerza aérea republicana española, compuesta por personal español y extranjero y material ruso y francés; y b) los escuadrones rusos. En 1938 el material nuevo era principalmente ruso, pero el personal ruso había

sido en gran medida reemplazado por españoles [17].

 

No cabe duda alguna de la crucial importancia del apoyo exterior para el

sostenimiento de ambos ejércitos y para el despliegue de sus estrategias

bélicas contrapuestas. Sin la vital ayuda italiana y alemana a finales de julio

de 1936 y durante el mes de agosto, las tropas insurgentes no habrían podido

superar el empate de fuerzas iniciales y tampoco Franco hubiera podido

transportar por vía aérea a la Península al experimentado Ejército de África y

así iniciar la triunfal y meteórica marcha sobre Madrid. Del mismo modo, si

en octubre de 1936 la Unión Soviética no hubiera decidido prestar ayuda

militar directa a la República, hubiera sido impensable el éxito de la

resistencia gubernamental en Madrid.

Desde la primavera de 1937 el equilibrio inestable alcanzado en el frente

madrileño fue desmoronándose poco a poco pero sin remisión en favor del

general Franco, como consecuencia de la reactivación de los envíos ítalo-

germanos en una medida y proporción que no pudo ser compensada por las

remesas soviéticas y que posibilitó la adopción franquista de la estrategia de

guerra de desgaste y agotamiento. El resultado sería patente durante la

ofensiva final sobre Cataluña desatada por Franco el 23 de diciembre de 1938.

Un mes más tarde, el representante diplomático británico ante la República

comunicaría confidencialmente a su gobierno las razones del colapso de la

resistencia republicana, que preludiaba su derrota final y definitiva:

 

La situación militar era muy grave. La escasez de material bélico era enorme. La artillería estaba reducida a menos de doce cañones por división y éstos estaban desgastados por el uso constante. En aviación, la inferioridad del gobierno era aproximadamente de un avión por cada seis

enemigos. No tenían siquiera suficientes ametralladoras [18].

 

No parece que quepa duda razonable alguna al respecto: desde los primeros

meses del año 1937 y durante el resto de la contienda hasta su terminación, el bando franquista contó con más y mejores pertrechos bélicos que sus

enemigos. Como ha escrito recientemente Gerald Howson en su revelador

estudio sobre las fuentes de suministro bélico republicano, ésa era una

realidad bien conocida y apreciada por el propio bando vencedor y no sólo

por sus adversarios y las cancillerías extranjeras:

En 1940, el coronel Alfonso Barra, del Servicio de Recuperación Nacional, que había examinado y clasificado las armas apresadas a los republicanos, afirmó que, a consecuencia de haber tenido que comprar de fuentes tan dispares, el ejército republicano había tenido cuarenta y nueve tipos distintos de fusiles de repetición, cuarenta y un tipos distintos de armas automáticas y no menos de sesenta tipos distintos de piezas de artillería. Normalmente, un ejército tiene un solo tipo de fusil (y tal vez también de carabina), tres o cuatro tipos de ametralladoras (pesada y ligera, o de metralleta) y probablemente diez tipos distintos de piezas de artillería, desde cañones ligeros hasta

de costa y sitio[19].