1936

Enrique Moradiellos · Capítulo 3 de 15

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1936

1. Los perdurables mitos sobre la guerra

1

 

LOS PERDURABLES MITOS SOBRE LA GUERRA

 

Habida cuenta de esa doble importancia y transcendencia histórica señalada,

cabe comprender la génesis durante el conflicto y la persistencia posterior de

un modelo de interpretación de la guerra civil española que se articulaba

sobre un esquema de dualismo tan épico como maniqueo. En otras palabras:

sobre un verdadero mito por su condición de relato y representación que

organiza y trata de explicar la realidad tratada como una acción extraordinaria

a cargo de protagonistas sobresalientes (individuales o colectivos) bajo un

formato idealizado, ritualizado, de perfiles nítidos y rotundos y sin atisbos de

duda, incertidumbre o contradicción. Ya en 1954 decía Hans-Georg Gadamer

que, desde la Grecia clásica y hasta la actualidad, «la relación entre mito y

logos (razón)» es «la que existe entre el pensamiento que tiene que rendir

cuentas y la leyenda transmitida sin discusión», de modo que «el mito está

concebido en este contexto como el concepto opuesto a la explicación

racional del mundo»[1].

Esta duradera representación conceptual de la guerra como un mito de

combate heroico a vida o muerte entre dos bandos contendientes (uno

«bueno», el otro «malo») se apoyaba en la existencia de aquellas «dos

Españas» definidas por una línea de frente pero cuyo origen era anterior a las

propias hostilidades, según una variada fórmula retórica acuñada en las

décadas de entre siglos: la «España legal» frente a la «España real»; la

«España joven» frente a la «España vieja», la «España tradicional» frente a la

«España moderna», etc[2].

La simplificación dicotómica inherente a este esquema de interpretación

como gesta heroica y maniquea tenía mucho que ver con las necesidades de

movilización y unificación de cada bando combatiente y resultaba de notoria

utilidad explicativa y justificativa de cara a la retaguardia interior tanto como

al ámbito exterior. Así, al menos, lo había previsto y afirmado el escritor y

poeta gaditano José María Pemán (1897-1981), un ferviente propagandista de la causa insurgente liderada por el general Franco: «Las masas son cortas de

vista y sólo perciben los colores crudos y decisivos: negro y rojo»[3].

Precisamente Pemán, ya en plena guerra civil, habría de ser uno de los

formuladores y divulgadores de la imagen dicotómica más extendida y

aplaudida en el bando franquista. Era una visión centrada exclusivamente en

las dimensiones nacionales y religiosas del conflicto y tomó cuerpo lírico en

su Poema de la Bestia y el Ángel (elaborado durante 1937 y publicado en

1938). Aunque el título ya fuera revelador, el tono y cariz de esa

interpretación dualista, épica y fuertemente maniquea se aprecia

sobradamente en algunas estrofas del mismo:

 

Otra vez sobre el libro azul que baña

la luz naciente en oro ensangrentado,

el dedo del Señor ha decretado

un destino de estrella, para España.

(…)

San Jorge frente al dragón,

San Miguel frente a Satán.

(…)

Y el enemigo sigue siendo el mismo

Oriente pecador.

No hay más: Carne o Espíritu.

No hay más: Luzbel o Dios[4].

 

Esa interpretación dicotómica y de contenidos épicos no quedaba reducida a

las proclamas literarias de los propagandistas bélicos, ni mucho menos.

Formaba parte integral también del universo mental e ideológico de los

círculos militares y políticos que dirigían la insurrección y que conformarían

la elite gobernante del incipiente régimen franquista. Baste un mero ejemplo

para demostrar la amplia extensión de esa cosmovisión de la guerra civil

como una contienda «por Dios y por España» frente a un enemigo

demonizado y apátrida (por estar al servicio del comunismo internacional y

ser dirigido desde Moscú).

El 13 de agosto de 1936, Isidro Gomá, cardenal primado de la Iglesia

española y arzobispo de Toledo, remitió a la Santa Sede el que sería su primer

informe reservado y confidencial sobre la guerra española en curso. La

posterior sacralización del esfuerzo bélico franquista como una verdadera

Cruzada religiosa y nacional estaba ya implícita en su descripción de ambos

bandos:

 

En conjunto puede decirse que el movimiento (insurreccional) es una fuerte protesta de la conciencia nacional y del sentimiento patrio contra la legislación y procedimientos del Gobierno de este último quinquenio, que paso a paso llevaron a España al borde del abismo marxista y comunista.

(…) Puede afirmarse que en la actualidad luchan España y la anti-España, la religión y el ateísmo,

la civilización cristiana y la barbarie[5].

 

Apenas un día después de redactado ese informe confidencial, una alocución

radiada del canónigo magistral de Salamanca, Aniceto de Castro Albarrán

(luego impresa y difundida), daba publicidad a esa interpretación religiosa y

patriótica. No en vano, el mencionado canónigo se interrogaba abiertamente

sobre si las operaciones en curso eran «una guerra santa o una execrable

militarada». Y su respuesta no admitía duda alguna: «Es una lucha por Dios y

por la Patria. (…) Será nuestro grito el grito de los cruzados: ¡Dios lo

quiere!»[6].

Frente a la interpretación insurgente y franquista, el bando republicano,

por supuesto, no tardó en elaborar y producir su propia imagen alternativa de

la naturaleza y significado del conflicto fratricida en curso. Tendría el mismo

formato dualista y análogos tintes heroicos y maniqueos. Pero, a diferencia de

los contornos nacionales y religiosos predominantes en el campo enemigo, la

lectura mayoritaria en la zona republicana tendería a centrarse en aspectos

clasistas y político-ideológicos de la contienda: la resistencia del «pueblo»

frente a los «privilegiados» y sus valedores extranjeros «invasores» (la Italia

fascista y la Alemania nazi); de los «demócratas», «republicanos» y

«antifascistas» frente a los «reaccionarios», «monárquicos» y «fascistas».

Así, por ejemplo, cabe considerar que el poeta zamorano León Felipe

(1884-1968) adelantó su réplica literaria a José María Pemán en un artículo en

prosa publicado en el diario madrileño El Sol el 14 de noviembre de 1936:

 

Hay dos Españas: la de los generales bastardos y traidores y la de los poetas hijos de la tierra y de la historia verdadera; la España de Franco y la España de Machado. La de la hombría y la del señorito degenerado, la del Cid y la de los infantes de Carrión, la de los privilegios de la rapiña y

la de la justicia luminosa[7].

 

Y aunque las organizaciones políticas y sindicales leales a la República (u

hostiles a la sublevación) carecieran de la férrea unanimidad interpretativa de

sus enemigos (como veremos con posterioridad), podría aceptarse que la

siguiente declaración de José Díaz, secretario general del Partido Comunista

de España, hace justicia a la interpretación (en clave clasista y política)

predominante en sus filas a la altura del año 1938:

 

El punto de partida de la guerra que hoy se libra en España es la sublevación de las castas reaccionarias, dirigidas por los generales traidores, contra la enorme mayoría del pueblo que, basándose en la Constitución y en la ley republicana, querían resolver de una vez y para siempre

los problemas de la revolución democrática[8].

Incluso los adversarios más radicales del comunismo ortodoxo estalinista en

las filas republicanas no dejaron de aceptar buena parte de esa interpretación

clasista alentada por el PCE y la Internacional Comunista. El propio León

Trotsky, al comentar los últimos estertores de la guerra civil en febrero de

1939, recogía la idea de una mayoría del «pueblo» haciendo frente a militares,

«propietarios» y potencias «capitalistas» como clave de lectura de la crisis

bélica española:

 

En el bando de Franco no hay ni un Ejército poderoso ni apoyo popular. Sólo está la codicia de propietarios dispuestos a ahogar en sangre a tres cuartas partes de la población, aunque sólo sea para mantener su dominio sobre la parte restante superviviente. Sin embargo, esta ferocidad caníbal no era bastante para ganar la victoria sobre el heroico proletariado español. (…)

Las clases posesoras de todos los países capitalistas, tanto fascistas como democráticos, se alinearon como era natural con el bando de Franco. La burguesía española se había pasado en

bloque al bando de Franco[9].

 

Estas visiones contrapuestas (y ambas dualistas, épicas y maniqueas) sobre el

carácter y sentido de la guerra civil española fueron intensamente divulgadas

durante las hostilidades y tuvieron una prolongada vida y vigencia con

posterioridad, tanto en el plano del discurso público como en el ámbito

historiográfico. No en vano, el supuesto enfrentamiento entre dos mitológicas

y cuasi-eternas Españas que habían combatido a muerte entre 1936 y 1939

servía para legitimar moralmente las opciones políticas y evitaba mayores

afanes críticos (sobre todo en relación con los defectos y carencias del propio

bando).

En todo caso, la persistencia de la interpretación de la guerra civil como

una gesta heroica y maniquea fue particularmente intensa en el bando

franquista en razón de su propia victoria y de la longeva duración del régimen

político triunfante en el conflicto. Basta comprobar, al respecto, la notable

identidad de dos publicaciones oficiales en dos momentos bien distintos de su

existencia: la ingente Historia de la Cruzada Española (dirigida por el

periodista Joaquín Arrarás Iribarren y publicada en Madrid en ocho

volúmenes por Ediciones Españolas entre 1939 y 1943) y la más breve

Síntesis histórica de la Guerra de Liberación (publicada en Madrid por el

Servicio Histórico Militar del Estado Mayor Central del Ejército en 1968).

Por el contrario, la intensidad de las divisiones internas en el bando

derrotado y la fragmentación orgánica y geográfica del exilio republicano

crearon dificultades casi insalvables para conformar una visión unitaria y

compartida del fenómeno bélico más allá de su mínima condición de «guerra

antifascista». Así se comprueba, por ejemplo, en el contenido de tres

versiones muy contrapuestas, si no antitéticas: la del presidente Manuel Azaña (recogida en sus artículos de 1939 posteriormente publicados como

Causas de la guerra de España); la del dirigente anarquista Diego Abad de

Santillán (Por qué perdimos la guerra. Una contribución a la historia de la

tragedia española, de 1940); y la tardía historia «oficial» del Partido

Comunista de España dirigida por Dolores Ibárruri (Guerra y revolución en

España [10] , aparecida entre 1966 y 1977).

En el caso franquista, la persistencia inalterada de la visión dualista

original fue producto de la imposición de una férrea censura militar en el

tratamiento de lo que se denominó oficialmente la «Guerra de Liberación»

(contra el comunismo) o la «Cruzada Española» (contra el ateísmo). El

prefacio del decreto de 23 de septiembre de 1941 sobre las «Obras referentes

a la Guerra de Liberación o su Preparación» afirmaba que, «estando tan

reciente la terminación de la campaña, pudiera suceder que al enjuiciar, se

desvirtuase la significación del Movimiento Nacional o padeciese la verdad

histórica». Por consiguiente, se disponía:

 

Artículo 1.º Las entidades y personas civiles y militares, autores, editores o traductores de obras en las que se trate de la campaña de nuestra Cruzada, o que en cualquier forma o extensión se refieran al aspecto militar o preparación de la misma, la someterán a la previa autorización del Ministerio del Ejército, sin perjuicio del cumplimiento de las disposiciones que regulan toda clase de publicaciones.

Artículo 2.º Queda prohibido a editores, impresores y establecimientos comerciales, editar ni poner a la venta obras de esta clase que, a partir de la publicación de este Decreto, no lleven el «visado» del Ministerio del Ejército. (Boletín Oficial del Estado, 24 y 25 de septiembre de 1941).

 

Habría que esperar hasta 1964 (con motivo de la celebración oficial del

«XXV Aniversario de la Paz de Franco») para que esa estricta vigilancia

militar sobre las interpretaciones históricas de la guerra fuera eliminada como

parte del programa de remozamiento y apertura tecnocrática del régimen

franquista auspiciado por Manuel Fraga Iribarne desde el Ministerio de

Información y Turismo.

Al mismo tiempo, Fraga también creaba en el seno de su ministerio una

«Sección de Estudios de la Guerra de España» que pasaría a estar dirigida por

un funcionario e historiador muy prolífico: Ricardo de la Cierva. Las

publicaciones de la nueva entidad, por expreso deseo de su director,

comenzaron a utilizar el más aséptico vocablo «guerra de España» con

preferencia a «Cruzada» y «Guerra de Liberación», pero sin admitir

inicialmente el término «guerra civil» por sus connotaciones de equidad entre

bandos combatientes y reconocimiento de fractura interna y endógena del

propio país[11]. Ya había dejado suficientemente claro el motivo en 1945 el

padre redentorista Andrés Goy, autor de un texto oficial de formación religiosa y patriótica para los jóvenes escolares: «No era aquélla guerra civil,

porque no es guerra civil la que mantiene la autoridad contra los ladrones,

asesinos e incendiarios: eran los momentos del ser o no ser del alma

española»[12].

Ambas medidas «aperturistas» trataban de responder a las demandas del

nuevo perfil de la visión y memoria de los españoles sobre la contienda civil,

muy transformada por los profundos cambios socioeconómicos que estaba

experimentando la sociedad durante el decenio «desarrollista» y por las

nuevas concepciones abrigadas sobre aquel fenómeno histórico. De hecho, no

cabe duda de que por entonces un nuevo modelo interpretativo estaba

suplantando a la previa imagen dualista de la gesta heroica y maniquea.

Se trataba de una concepción quizá igualmente dualista en formato

(seguían presentes las dos «Españas»), pero que concebía el conflicto como

una «tragedia colectiva» vergonzante y vergonzosa. Era una visión de la

guerra civil como una inmensa «locura colectiva» y como un rotundo

«fracaso» conjunto de todos los españoles («Todos fuimos culpables, en

mayor o menor grado»), sin claros tintes heroicos que loar y con muchos

componentes trágicos que lamentar. En cierto sentido, parecía ser la triunfal

reactualización de las viejas tesis de Miguel de Unamuno en 1936 sobre la

guerra «incivil» en curso: «Entre marxistas y fascistas, entre los hunos y los

hotros, van a dejar a España inválida de espíritu»[13].

Por supuesto, la transición desde el mito de la gesta heroica al mito de la

locura trágica fue lenta, progresiva y quizá nunca completa (en el sentido de

que no desterró la supervivencia de los mitos iniciales en ámbitos

minoritarios). Pero sus orígenes son bien perceptibles ya en la década de los

años cincuenta con la publicación (y el enorme e inesperado éxito) de la

novela de José María Gironella Los cipreses creen en Dios (1953), que

versaba sobre los antecedentes inmediatos de la contienda y mostraba (hecho

insólito hasta entonces) la existencia de republicanos honestos y

bienintencionados: «Gironella fue el primer novelista que planteó el

sentimiento de la guerra como una gran catástrofe» (según el historiador

Fernando García de Cortázar[14]).

Igualmente resulta perceptible ese nuevo ánimo y discurso en la adopción

por el Partido Comunista de España en junio de 1956 de la política de

«reconciliación nacional» para derribar el franquismo «pacíficamente». Justo

en aquel mismo año, testigo de una de las primeras y más graves crisis

internas del régimen, también la muy minoritaria oposición

democratacristiana articulada por Manuel Giménez Fernández, exministro de la CEDA, declaraba su voluntad de «dar al olvido esa catástrofe, a cuyo fin se

esforzará por borrar todo recuerdo de la contienda» (manifiesto de octubre de

1956).

Al año siguiente, era el Partido Socialista Obrero Español el que

reconocía que las nuevas generaciones del interior de España guardaban

«remoto recuerdo» de la guerra y comenzaban a definirla como «inútil

matanza fratricida» (El Socialista, 22 de agosto de 1957). Lo mismo, casi

exactamente, que haría dos años más tarde la también minoritaria y selecta

oposición monárquica afecta al pretendiente exiliado en Portugal, don Juan de

Borbón: «creemos que una guerra civil es una inmensa tragedia sobre la que

no cabe fundar el porvenir» (Joaquín Satrústegui en la presentación de Unión

Española en el Hotel Menfis de Madrid el 29 de enero de 1959). Incluso el

semanario Ecclesia, portavoz de la cauta jerarquía episcopal española,

empezaba a reflejar los aires preconciliares impuestos por el nuevo Papa

Juan XXIII y expresaba en 1959 su deseo de «llegar a la reconciliación de

todos los españoles»[15].

La principal y decisiva consecuencia política e ideológica, a la altura de

los años sesenta, de esa mayoritaria conversión popular de la gesta heroica en

una locura trágica fue el eclipse de los odios y rencores del pasado en favor de

una básica lección moral asumida y compartida para el futuro: «Nunca más la

guerra civil» (o lo que es lo mismo: «Ante todo y, sobre todo, paz»). Se

trataba de una transformación de principios de cultura cívica (al compás del

inevitable reemplazo biológico generacional) que renunciaba a la inculpación

ajena para reconocer la culpabilidad colectiva del comportamiento brutal de

los españoles en la contienda. El consecuente arrepentimiento y propósito de

enmienda implicaba, a su vez, cierta amnesia en la medida en que el perdón

recíproco exige el olvido voluntario y, en su corolario lógico, la amnistía.

Una muestra clara de esa nueva actitud popular se refleja en el éxito del

llamado «cine de reconciliación», en el que se enmarcan, con distinto grado

de compromiso, películas como La venganza, de Juan Antonio Bardem

(1957), La fiel infantería, de Pedro Lazaga (1959), o Tierra de todos, de

Antonio Isasi Isasmendi (1961[16]). En esta última, por ejemplo, dos soldados

enemigos extraviados se ven en la obligación de ayudar a una mujer

embarazada que está a punto de dar a luz en medio de una mortífera batalla.

Cuando ambos la transportan en una improvisada camilla al hospital, una

bomba acaba con sus vidas. Pero sobre el cráter del proyectil nacerá el bebé,

símbolo de una España nueva.

La significación alegórica y el mensaje político es aún más explícito en la

película de Bardem, un militante comunista clandestino que propagaba la

nueva política de reconciliación nacional. En la misma, un escritor caminante

(protagonizado por Fernando Rey) se encuentra con los dos protagonistas

(emblemas de los dos bandos) y pronuncia ante ellos una reflexión moral que

podría considerarse la clave de toda la obra:

 

Que muchas veces los enemigos lo son por estar apartados y sin hablar, y no por otra cosa. Porque nadie puede vivir solo, ni nadie está solo, y cada hombre debe contar con su vecino. Y, así, la mejor palabra es amigo, que quiere decir lo contrario de egoísta. Al amigo se le conoce porque olvida, y si ha de perdonar, perdona. (…) Esta tierra nuestra, lo que conozco de ella, es grande y hermosa. A ratos, buena. A ratos, mala…, y en ella estamos todos juntos. Todos somos vecinos, y todos podemos ser amigos. Por eso, nadie puede sembrar cizaña y llamar a unos buenos y a otros malos. Porque de todo hay, y mezclado. Se me antoja que todos formamos una gran cuadrilla, cada uno con sus cosas por dentro, pero todos juntos. Todos a la par. Todos

segando la misma mies[17].

 

Si fuera preciso tratar de cuantificar el grado de implantación popular de esa

nueva visión trágica y doliente de la guerra, cabría recurrir al apoyo recibido

por el decreto gubernamental de 31 de marzo de 1969 que declaraba

prescritos «los delitos cometidos con anterioridad a la fecha del 1 de abril de

1939»: de los 1953 encuestados por el Instituto de Opinión Pública, un 77 %

lo consideraba «muy bien» o «bien», sólo un 6,5 % lo veía «regular» o «mal»,

en tanto que un mero 14,4 % optaba por no opinar[18].

Como han señalado numerosos autores y analistas, en esa lección moral

sobre la culpabilidad colectiva en la locura de la tragedia española se

encontraban los firmes orígenes culturales y antecedentes sociales que

hicieron viable la gran operación política de desmantelamiento del régimen

franquista y de transición pacífica hacia la democracia que se pondría en

marcha tras el fallecimiento del general Franco el 20 de noviembre de

1975[19].

Es significativo que los sectores más intransigentes del régimen franquista

fueran los que más se resistían a esa tendencia revisionista sobre el carácter de

la guerra, porque ponía en cuestión la legitimidad de la victoria que

fundamentaba el propio régimen. El almirante Luis Carrero Blanco,

vicepresidente del gobierno y auténtico alter ego de Franco desde 1941, anotó

para su Caudillo a principios del año 1970: «El tópico de que ya no hay que

hablar de la guerra es una manifestación más del opio que se quiere dar a la

generación que no la conoció»[20].

Y serían los sectores más aperturistas del propio franquismo los que

replicarían al hombre fuerte del inmovilismo y recogerían la voluntad

dominante por entonces en la sociedad española. En palabras de Manuel Fraga Iribarne en 1972: «[ha] llegado el momento no sólo del perdón mutuo,

sino del olvido, de ese olvido generoso del corazón que deja intacta la

experiencia»[21].