1936
5. Razones de una victoria absoluta y causas de una derrota total
5
RAZONES DE UNA VICTORIA ABSOLUTA Y
CAUSAS DE UNA DERROTA TOTAL
La tercera cuestión palpitante suscitada por la guerra civil que debe abordarse
ineluctablemente concierne a las razones y causas de su terminación final con
una victoria absoluta y rotunda del bando franquista y la concomitante derrota
total y sin paliativos del bando republicano. Desde luego, no era un resultado
que estuviera implícito en la división de fuerzas configurada a finales de julio
de 1936, cuando ambos bandos estaban virtualmente empatados y operaban
bajo la amenaza de parálisis completa en vista de sus escasos medios
materiales para seguir combatiendo y de la ausencia de fuentes de suministros
militares suficientes para sostener un esfuerzo bélico de envergadura.
A este respecto, hay que recordar que cuatro días después del inicio de la
sublevación, los militares sublevados sólo habían logrado implantar su
dominio indiscutido sobre todas las colonias (Marruecos, Ifni, el Sahara y
Guinea), una amplia zona del oeste y centro peninsular (Navarra, Álava,
León, Castilla la Vieja, Galicia, Cáceres y la mitad de Aragón), un reducido
núcleo andaluz (en torno a Sevilla, Cádiz, Córdoba y Granada) y en los
archipiélagos de Canarias y Baleares (salvo la isla de Menorca).
Sin embargo, la rebelión había sido aplastada por un pequeño sector del
Ejército fiel al gobierno, con ayuda de milicias obreras armadas
urgentemente, en dos grandes zonas separadas entre sí: la zona centro-sur y
este peninsular (incluyendo Madrid, Barcelona y la región catalana, además
de Badajoz, La Mancha, Valencia y toda la costa mediterránea hasta Málaga)
y una estrecha y aislada franja norteña (desde Guipúzcoa y Vizcaya en el País
Vasco hasta toda Asturias, menos Oviedo, y la provincia intermedia de
Santander[1]).
El territorio decantado finalmente hacia el gobierno republicano era el
más densamente poblado y urbanizado (englobando a unos 14,5 millones de habitantes y a las principales ciudades), el más industrializado (incluyendo la
siderometalurgia vasca, la minería asturiana y la industria textil y química
catalana) y el de menores posibilidades agrarias y alimenticias (exceptuando
los productos hortofrutícolas de la rica huerta levantina).
Por el contrario, el área en manos de los militares insurgentes tenía menos
población y mayor poblamiento rural (unos 10 millones de habitantes), muy
débil infraestructura industrial (aunque incluía las minas de piritas de Huelva
y las minas de hierro marroquíes) e importantes recursos alimenticios agrarios
y ganaderos (más de dos tercios de la producción triguera, la mayor parte de
la patata y legumbres y poco más de la mitad del maíz).
No obstante, ese reparto genérico era especialmente gravoso para los
intereses del bando republicano en virtud de su escisión geográfica y falta de
conexión entre áreas industriales y zonas de consumo: ni el carbón asturiano
ni el hierro vasco podían abastecer a la industria catalana o levantina ni los
productos de ésta podían llegar a los mercados urbanos de la franja norteña
leal. En palabras de Josep M. Bricall, «los rebeldes les habían arrebatado el
mercado de su industria y los productos básicos para esta industria y para el
consumo de la población»[2].
En el orden financiero, la República tenía ventaja porque controlaba las
sustanciales reservas de oro del Banco de España, cuya movilización serviría
como medio de pago de los suministros importados del extranjero, en tanto
que sus enemigos carecían de recursos constantes análogos y sólo disponían
de sus posibilidades exportadoras para obtener divisas aplicables a las
ineludibles compras exteriores. Esta ventaja inicial en recursos industriales y
financieros por parte de la República hizo creer a algunos de sus dirigentes
que la prueba de fuerza planteada por los sublevados podría ganarse. Así lo
hizo explícito Indalecio Prieto en una alocución radiada el 8 de agosto de
buscado tinte optimista (por más que la realidad conocida no fuera tan
idílica):
¿De quién pueden estar las mayores posibilidades de triunfo en una guerra? De quien tenga más medios, de quien disponga de más elementos. Esto es evidentísimo… Pues bien: todo el oro de España, todos los recursos monetarios válidos en el extranjero, todos, absolutamente todos, están
en poder del gobierno. (…) Todo el poder industrial de España… está en nuestras manos[3].
En términos militares, como ya se ha visto, los sublevados contaban con la
totalidad de las bien preparadas y pertrechadas fuerzas de Marruecos
(especialmente el contingente humano de la temible Legión y de las Fuerzas
de Regulares Indígenas: «los moros») y con la mitad de las fuerzas armadas
existentes en la propia Península, con una estructura, equipo y cadena de mando intactos y funcionalmente operativos. El mayor problema en este
ámbito residía en las dificultades de transporte del llamado «Ejército de
África» a la Península (habida cuenta de la falta de flota y aviones para
llevarla a cabo), motivo por el cual el general Franco había emprendido sus
propias gestiones para hacer posible la empresa mediante la solicitud del
apoyo aéreo italiano y alemán. El 25 de julio, desde Tetuán, Franco solicitaba
nuevamente al cónsul italiano en Tánger ese apoyo («doce aviones de
transporte, diez aviones caza y diez aviones reconocimiento») y daba cuenta
de la favorable situación militar presente: «Franco me asegura que con tal
material y con fuerzas armadas y armas de que dispone es seguro éxito»[4].
Frente a la relativa confianza militar que imperaba en el área sublevada,
en la zona republicana las autoridades estaban realmente aterradas por la
situación en su fuero interno. Tanto que Santiago Casares Quiroga dimitió de
su cargo de jefe del ejecutivo el mismo día 18, el republicano moderado
Diego Martínez Barrio fracasó en su efímero intento de formar un gobierno
para mediar con los rebeldes aquella tarde-noche y, por último y por
exclusión, el azañista José Giral tuvo que sustituirlo al frente de un nuevo
gabinete exclusivamente republicano el 19 de julio de 1936.
Para entonces era evidente que el gobierno había sufrido la defección de
más de la mitad del generalato y de cuatro quintas partes de la oficialidad,
viéndose obligado a disolver la casi totalidad de sus unidades por decreto de
aquel 19 de julio: «Quedan licenciadas las tropas cuyos cuadros de mando se
han colocado frente a la legalidad republicana». Ese mismo día, muy
consciente de su falta de medios y pertrechos bélicos, Giral remitía su
demanda telegráfica de ayuda militar al nuevo gabinete del Frente Popular
que había asumido el poder en Francia escasamente dos meses antes.
La gravedad de la situación se acentuaba porque, dada la ausencia de esos
instrumentos coactivos, la defensa de la legalidad republicana había quedado
en manos de milicias sindicales y populares improvisadas y a duras penas
mandadas y dirigidas por los escasos mandos militares que se mantuvieron
leales. Y había sido una combinación de esas fuerzas de seguridad leales y
milicianos sindicales y partidistas la que había conseguido el aplastamiento de
la sublevación en las grandes capitales y centros urbanos. Como reconocería
después un periodista anarquista barcelonés que participó en los combates al
lado de las fuerzas de la Guardia Civil y de la Guardia de Asalto:
La combinación fue decisiva. A pesar de su combatividad, de su espíritu revolucionario, la CNT sola no habría podido derrotar al ejército y a la policía juntos. De haber tenido que luchar contra
ambos, en unas pocas horas no habría quedado ni uno de nosotros [5].
No obstante la catástrofe que supuso la práctica disolución de su Ejército, la
República pudo congratularse por retener en sus manos casi dos tercios de la
minúscula fuerza aérea y algo más de la anticuada flota de guerra, cuya
marinería se había amotinado contra los oficiales rebeldes y había implantado
un bloqueo del Estrecho de Gibraltar para evitar el traslado de las decisivas
tropas marroquíes al mando del general Franco.
En definitiva, aunque habían triunfado ampliamente en la España rural y
agraria, el fracaso de los militares sublevados en las partes de España más
modernizadas, incluyendo la propia capital del Estado (cuyo dominio
conllevaba el reconocimiento jurídico internacional), les obligaba a
emprender su conquista mediante verdaderas operaciones bélicas. El golpe
militar parcialmente fallido devenía así en una verdadera y cruenta guerra
civil. Y como ningún bando disponía de los medios y el equipo militar
necesarios y suficientes para sostener un esfuerzo bélico de envergadura,
ambos se vieron obligados a dirigirse de inmediato en demanda de ayuda a las
potencias europeas más afines a sus postulados, abriendo así la vía al crucial
proceso de internacionalización de la contienda.
La distribución inicial de fuerzas materiales entre los dos bandos
contendientes ofrecía, por tanto, la imagen de un empate virtual imposible de
alterar con la movilización de los recursos propios y endógenos. Y nada en
esa situación coyuntural hacía presagiar una victoria total o una derrota sin
paliativos por parte de ninguno de ambos contendientes.
Por si fuera poco, más adelante, en varias ocasiones durante el despliegue
cronológico del conflicto (en virtud de razones internas tanto como
exteriores), volvió a parecer sumamente improbable dicho final efectivo y
tomó cuerpo como posibilidad viable la idea de una mediación internacional o
una capitulación negociada para poner término al conflicto: en el verano de
1937, cuando las primeras ofensivas republicanas en Brunete y en Belchite
demostraron la existencia de una máquina militar con cierta capacidad de
ataque y maniobra (con el consecuente desánimo ítalo-germano y las
paralelas gestiones anglo-francesas en pro de un armisticio); en el invierno de
1937-1938, cuando tiene lugar la única victoria ofensiva republicana con la
ocupación efímera de la ciudad de Teruel (en el contexto de una tensión
creciente de la entente anglo-francesa ante la anunciada anexión alemana de
Austria); y en el verano de 1938, cuando el asalto republicano en la
desembocadura del Ebro desbarata el avance franquista sobre Valencia y da
origen a la batalla más larga y cruenta de toda la contienda española (en vísperas de la grave crisis germano-checa que puso a Europa al borde de la
guerra general).
Sin embargo, ni un armisticio, ni una mediación internacional, ni una
capitulación negociada y condicionada pusieron término al conflicto
fratricida. Y no fue así al final por varias razones difíciles de aquilatar y
ponderar en su medida exacta. El presidente Azaña, ya en su exilio en Francia
desde febrero de 1939, enumeraría con notable perspicacia las razones de la
abrumadora derrota republicana (más que los motivos de la victoria total
franquista):
El presidente considera que por orden de importancia, los enemigos del Gobierno republicano han sido cuatro. Primero, la Gran Bretaña [por su adhesión al embargo de armas prescrito por la política colectiva de No Intervención]; segundo, las disensiones políticas de los mismos grupos gubernamentales que provocaron una anarquía perniciosa que fue total [favorable] para las operaciones militares de Italia y Alemania en favor de los rebeldes; tercero, la intervención
armada ítalo-germana; y cuarto, Franco[6].
El juicio de los historiadores no está muy lejos de compartir y suscribir esas
apreciaciones de testigos y protagonistas, aunque pueda alterar el orden de
prioridades y el peso de cada factor. Así, al menos, se observa en el balance
apuntado cuarenta años más tarde por Raymond Carr y Juan Pablo Fusi:
¿Por qué ganaron los nacionalistas? La respuesta, como en todas las guerras, es: un liderazgo y una disciplina superiores en el Ejército, y un esfuerzo militar respaldado por un gobierno de guerra unificado. Los nacionales fueron mejor ayudados que la República por sus simpatizantes extranjeros en cuanto a suministros de armas: la Legión Cóndor alemana y las tropas y el material italianos compensaron sobradamente la ayuda soviética al Frente Popular, que tan vital fue en las primeras fases de la guerra. Igualmente importantes fueron el disciplinado ejército africano bajo las órdenes de Franco y el adiestramiento superior de los ejércitos nacionales. (…) La disciplina militar de los nacionales era un reflejo de su unidad política: la debilidad militar del Frente
Popular una consecuencia de sus luchas políticas intestinas[7].
También es cierto que ese balance historiográfico no es unánimemente
aceptado por todos los historiadores. A título de ejemplo relevante, el general
Ramón Salas Larrazábal discrepa de que el apoyo ítalo-germano a Franco
fuera superior en número o calidad a la ayuda soviética a la República e
influyera crucialmente en el desenlace de la contienda. Y se inclina a resaltar
como razones prioritarias del triunfo final nacionalista su superior eficacia
administrativa y su mayor entusiasmo moral y arraigo popular[8].
En todo caso, parece indudable que los factores apuntados por Azaña en
1939 y refrendados por Carr y Fusi en 1979 resultan inexcusables a la hora de
tratar de explicar y dar cuenta y razón del modo y manera en que terminó la
guerra civil. No en vano, ya a principios del siglo XX, un analista informado
como era Winston Churchill había profetizado que «las guerras de los pueblos serán más terribles que las guerras de los reyes». Y esto porque el novedoso
concepto y realidad de «Guerra Total» que iba a imperar en la nueva centuria
demandaría de las modernas sociedades industriales y de masas mucho más
que las antiguas guerras de otras épocas previas y otras sociedades
preindustriales: «no puede ser más que una lucha cruel que … exigirá, durante
años quizá, toda la población masculina de la nación, la suspensión completa
de las industrias de paz y la concentración en un solo punto de toda la energía
vital de la comunidad»[9]. No otra cosa había predicho, algunos años antes, un
notable estratega norteamericano al analizar las lecciones de la Guerra de
Secesión (1861-1865) y de la Guerra Franco-Prusiana (1870):
La estrategia adecuada consiste en infligir golpes tan cruciales como sea posible al ejército enemigo y después en causar tanto sufrimiento a la población civil que ésta sólo aspire a la paz a
todo precio y así presione a su gobierno para demandarla[10].
Las profecías de Churchill y del general Sheridan se hicieron amarga realidad
durante la Gran Guerra de 1914-1918, con su cosecha de millones de muertos
y heridos. En ella, las capacidades militares estuvieron determinadas por la
eficacia institucional, el aprovechamiento de los recursos económicos y la
entidad y fortaleza del «frente interior»: la moral de la retaguardia civil y la
disposición popular a asumir y soportar las privaciones y sacrificios exigidos
por el esfuerzo de guerra. Precisamente esa cualidad de «Guerra Total»
devastadora sería la principal lección derivada de la Gran Guerra. Así lo
expresaría un militar español pocos años después, subrayando certeramente
las enseñanzas derivadas de la reciente movilización general impuesta por el
conflicto mundial en todos los países beligerantes, dada la necesidad de cubrir
en lo posible la creciente brecha entre limitadas fuentes de abastecimiento
militar y reposición demográfica e ingentes desgastes de material y de
hombres exigidos por la Guerra Total: «Cesarán de construirse relojes,
pianos, gramófonos, para dedicarse a la fabricación de espoletas, fusiles y
proyectiles». Y todo ello con el objetivo de convertir a «la nación entera en
una inmensa fábrica de material de guerra»[11].
En efecto, al igual que había sucedido con los beligerantes de la Primera
Guerra Mundial, los dos bandos combatientes en la contienda civil española
tuvieron que hacer frente a tres grandes y graves problemas inducidos por la
Guerra Total en el plano estratégico-militar, en el ámbito económico-
institucional y en el orden político-ideológico. En gran medida, el éxito o
fracaso de sus respectivos esfuerzos bélicos dependió de la acertada
resolución de estas tres tareas básicas. A saber:
1.º la reconstrucción de un Ejército combatiente regular, con mando
centralizado y jerarquizado, obediencia y disciplina en sus filas y una
logística de suministros bélicos constantes y suficientes, a fin de sostener con
vigor el frente de combate y conseguir ulteriormente la victoria sobre el
enemigo o, al menos, evitar la derrota;
2.º la reconfiguración del aparato administrativo del Estado en un sentido
fuertemente centralizado para explotar y hacer uso eficaz y planificado de
todos los recursos económicos internos o externos del país, tanto humanos
como materiales, en beneficio del esfuerzo de guerra y de las necesidades del
frente de combate; y
3.º la articulación de unos «Fines de Guerra» comunes y compartidos por
la gran mayoría de las fuerzas sociopolíticas representativas de la población
civil de retaguardia y susceptibles de inspirar moralmente a esa misma
población hasta el punto de justificar los grandes sacrificios de sangre y las
hondas privaciones materiales demandados por esa cruenta y larga lucha
fratricida.
A juzgar por el curso y desenlace de la guerra civil, parece evidente que el
bando franquista fue superior al bando republicano en la imperiosa necesidad
de configurar un Ejército combatiente bien abastecido, construir un Estado
eficaz para regir la economía de guerra y sostener una Retaguardia civil
unificada y moralmente comprometida con la causa bélica. Y, sin duda, el
contexto internacional en el que se libró la contienda española impuso unas
condiciones favorables y unos obstáculos insuperables a cada uno de los
contendientes.
No en vano, sin la constante y sistemática ayuda militar, diplomática y
financiera prestada por la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini, es harto
difícil creer que el bando liderado por el general Franco hubiera podido
obtener su rotunda victoria absoluta e incondicional. De igual modo, sin el
asfixiante embargo de armas impuesto por la política europea de No
Intervención y la consecuente inhibición de las grandes potencias
democráticas occidentales, con su gravoso efecto en la capacidad militar,
situación material y fortaleza moral, es altamente improbable que la
República hubiera sufrido un desplome interno y una derrota militar tan total,
completa y sin paliativos.
En este sentido, es bien revelador el juicio contenido en el siguiente
informe confidencial elaborado por el agregado militar británico en España
para conocimiento de las autoridades británicas:
Es casi superfluo recapitular las razones (de la victoria del general Franco). Éstas son, en primer lugar, la persistente superioridad material durante toda la guerra de las fuerzas nacionalistas en tierra y en el aire, y, en segundo lugar, la superior calidad de todos sus cuadros hasta hace nueve meses o posiblemente un año. (…)
Esta inferioridad material (de las tropas republicanas) no sólo es cuantitativa sino también cualitativa, como resultado de la multiplicidad de tipos (de armas). Fuera cual fuera el propósito imparcial y benévolo del Acuerdo de No Intervención, sus repercusiones en el problema de abastecimiento de armas de las fuerzas republicanas han sido, para decir lo mínimo, funestas y sin duda muy distintas de lo que se pretendía.
La ayuda material de Rusia, México y Checoslovaquia (a la República) nunca se ha equiparado en cantidad o calidad con la de Italia y Alemania (al general Franco). Otros países, con independencia de sus simpatías, se vieron refrenados por la actitud de Gran Bretaña. En esa situación, las armas que la República pudo comprar en otras partes han sido pocas, por vías dudosas y generalmente bajo cuerda. El material bélico así adquirido tuvo que ser pagado a precios altísimos y utilizado sin la ayuda de instructores cualificados en su funcionamiento. Tales
medios de adquisición han dañado severamente los recursos financieros de los republicanos[12].
El acierto de ese juicio del analista militar británico resulta corroborado por
un informe remitido a Berlín por el embajador alemán en España, Eberhard
von Stohrer, tras la ocupación de Cataluña y en vísperas del colapso de la
resistencia republicana. A tenor del mismo, «las causas de la derrota roja»
eran las siguientes:
La explicación de la decisiva victoria de Franco reside en la mejor moral de las tropas que luchan por la causa nacionalista, así como en su gran superioridad en el aire y en su mejor artillería y otro material de guerra. Los rojos, todavía sacudidos por la Batalla del Ebro y en gran medida lastrados por su escasez de material bélico y sus dificultades de suministros alimenticios, fueron
incapaces de resistir la ofensiva[13].
Todo lo anterior no quiere decir, ni mucho menos, que la política de No
Intervención (la «traición de las democracias» que tanto denunciarían los
líderes republicanos) fuera la razón única y exclusiva de la victoria de Franco
y de la derrota de la República. De ningún modo parece posible o razonable
suscribir este tipo de sencillas explicaciones unicausales y unilaterales. Frente
a ese tipo de argumentaciones cabría subrayar, en todo caso, que tan
importante en el desenlace de la guerra como esa persistente inhibición de la
entente franco-británica habría sido la sistemática intervención ítalo-germana
y las limitaciones de la asistencia soviética, por mencionar sólo a las
dimensiones internacionales presentes y operantes en la contienda. De todos
modos, a nuestro juicio, lo que sí resulta innegable es otra dimensión más
compleja y transcendental de esta faceta del asunto. A saber: el hecho de que
el contexto internacional conformado por la realidad práctica de la política
europea de No Intervención incidió de manera directa y con resultados
diferenciales sobre el esfuerzo de guerra de ambos bandos contendientes y
sobre sus ineludibles tareas para hacer frente a la Guerra Total.
Dicho en otras palabras: los condicionamientos del marco internacional
plantearon ventajas notorias e impusieron servidumbres sustanciales que cada
uno de los bandos utilizó, sorteó o sobrellevó a fin de engrosar su capacidad
de acción militar, fortalecer la moral de combate de su población civil de
retaguardia, y acrecentar la eficacia de su aparato estatal y el
aprovechamiento de sus recursos económicos. Y en este engarce y conexión
dialéctica entre contexto internacional y circunstancias internas se fueron
labrando las razones de una victoria total y los motivos de una derrota sin
paliativos.
La justa ponderación de todos estos factores concurrentes a la hora de
explicar el modo y manera de terminación de la guerra civil española cuenta
con un precedente tentativo muy notable y distinguido. Se trata de la
estimación realizada, apenas unos meses después de terminada la contienda,
por el general Vicente Rojo Lluch (1894-1966), jefe del Estado Mayor
Central del Ejército Popular de la República y auténtico estratega supremo del
bando derrotado. Su balance, por eso mismo, tiene especial valor testimonial
al proceder de quien fuera el antagonista fundamental que tuvo Franco en el
plano militar durante la contienda. A juicio del general Rojo, «las causas del
triunfo de Franco» se debían a un conjunto de razones correlacionadas que
atendían a varios frentes distintos:
En el terreno militar, Franco ha triunfado:
1.º Porque lo exigía la ciencia militar, el arte de la guerra. (…)
2.º Porque hemos carecido de los medios materiales indispensables para el sostenimiento de la lucha. (…)
3.º Porque nuestra dirección técnica de la guerra era defectuosa en todo el escalonamiento del mando. (…)
En el terreno político, Franco ha triunfado:
1.º Porque la República no se había fijado un fin político, propio de un pueblo dueño de sus destinos o que aspiraba a serlo. (…)
2.º Porque nuestro gobierno ha sido impotente por las influencias sobre él ejercidas para desarrollar una acción verdaderamente rectora de las actividades del país. (…)
3.º Porque nuestros errores diplomáticos le han dado el triunfo al adversario mucho antes de que pudiera producirse la derrota militar. (…)
En el orden social y humano, Franco ha triunfado:
1.º Porque ha logrado la superioridad moral en el exterior y en el interior. (…)
2.º [14] Porque ha sabido asegurar una cooperación internacional permanente y pródiga. Cabría discutir el orden de prelación y la importancia respectiva de cada una
de esas razones expuestas por el general Rojo con el característico laconismo
y contundencia castrense. Pero apenas cabe dudar que todas ellas tuvieron su
parte correspondiente, mayor o menor, en la conformación del resultado final
de la guerra civil con su victoria absoluta y su derrota total. Así lo permitiría
corroborar un repaso más detallado y minucioso a las tres grandes
dimensiones interiores operantes en la contienda y al contexto exterior
determinante que actuó como marco envolvente y condicionante de la misma.