1936
Prefacio
Si se presta la debida atención, aún puede escucharse el eco del estruendo
lejano del fragor de los combates: un ruido ensordecedor de metralla y
cañones que eclipsó las palabras y segó tantas vidas humanas. Todo comenzó
hace poco menos de setenta años (67, para ser más exactos, desde el mes de
julio de 2003) y tan sólo duró dos años, ocho meses y quince días. La
detonación inicial se produjo el 17 de julio de 1936 con una extensa
sublevación militar contra el gobierno de la República iniciada en el
Protectorado español de Marruecos y rápidamente propagada por las
guarniciones peninsulares, insulares y coloniales de España. Su terminación
oficial cobró la forma de un parte de guerra triunfal emitido el 1 de abril de
1939 por el general Francisco Franco Bahamonde (Ferrol, 1892-Madrid,
1975) desde su Cuartel General del Generalísimo en la ciudad de Burgos.
Todavía viven algunos protagonistas y testigos, relevantes o anónimos, de
lo que fue un enorme cataclismo en el seno de la sociedad española con una
cosecha mínima de 300 000 muertos (sólo la mitad en operaciones bélicas, el
resto víctimas de la represión en retaguardia), otros 300 000 exiliados
definitivos y más de 270 000 prisioneros políticos en las cárceles en el primer
aniversario del final de la contienda. Y también persisten aún no pocas huellas
y vestigios, tanto físicos como psicológicos, de su corta pero intensa
existencia y duración.
Claros exponentes de las huellas materiales son, a título de mero ejemplo
impresionista, la villa destruida de Belchite en el centro de Aragón; las
invocaciones a generales victoriosos o mártires de la Cruzada que siguen
poblando los callejeros de muchas ciudades españolas (sólo la capital
cántabra cuenta con treinta vías urbanas dedicadas a personajes o
instituciones del bando vencedor); y el Arco de Triunfo en la entrada de la
Ciudad Universitaria de Madrid con su expresiva dedicatoria latina: «Fundada
por la generosidad del Rey, restaurada por el Caudillo de los españoles, la
sede de los estudios matritenses florece en la presencia de Dios»[1]. También
lo son las tres grandes obras inspiradas en la contienda española que han
pasado a ser clásicos canónicos de la novelística universal del siglo XX: La esperanza, del francés André Malraux (publicada en 1937), Homenaje a
Cataluña, del británico George Orwell (que vio la luz en 1938), y ¿Por quién
doblan las campanas?, del norteamericano Ernest Hemingway (editada en
1940[2]).
La persistencia de vestigios psicológicos se comprueba igualmente en los
resultados de las encuestas realizadas por el Centro de Investigaciones
Sociológicas entre la ciudadanía sobre la memoria de la guerra civil y el
olvido o recuerdo de sus «divisiones y rencores». En diciembre del año 2000
el 51 % de los encuestados (2486 españoles mayores de dieciocho años de
ambos sexos y de 46 provincias) consideraban que «No se han olvidado»,
frente a un 43 % que opinaba lo contrario. Era un resultado que mostraba una
ligera variación respecto de otra encuesta del año 1995 entre 2478
encuestados que había dado el siguiente panorama: 48 %, «Sí se han
olvidado»; 41,6 % «No se han olvidado»[3].
También se demuestra esa vitalidad actual del fenómeno en la declaración
aprobada por el Congreso de los Diputados, por unanimidad de todos los
grupos parlamentarios, el 20 de noviembre de 2002, vigésimo séptimo
aniversario de la muerte del general Franco. A tenor de la misma,
inspirándose en el deseo de «Paz, Piedad y Perdón» expresado en plena
guerra por el presidente de la República, Manuel Azaña, los diputados
españoles expresaban su «reconocimiento moral de las víctimas de la Guerra
Civil, así como de cuantos padecieron posteriormente la represión de la
dictadura franquista»[4].
Parece comprensible, en consecuencia, que un fenómeno histórico de
tanta actualidad latente, patente o difusa como es la guerra civil española de
1936-1939 siga suscitando el interés de los historiadores (tanto españoles
como, ya en menor medida que antes, extranjeros). Y, del mismo modo,
resulta lógico y razonable que continúe ejerciendo una especie de fascinación
entre los lectores legos o duchos en la materia (mayormente españoles, pero
también todavía extranjeros). Sobre todo, por los múltiples interrogantes que
plantea la polifacética entidad de la contienda y las correlativas e inagotables
demandas de respuestas y explicaciones sobre la misma. Y no es para menos
dicho interés historiográfico ni dicha fascinación pública. Como mínimo por
dos razones estrechamente ligadas.
En primer lugar, porque el conflicto fratricida de la década de los años
treinta del siglo XX constituye, sin ningún género de dudas, el acontecimiento
central y decisorio de la historia contemporánea española: «el punto crítico
del siglo XX» (Julio Aróstegui); «una cesura traumática para la sociedad española» (Walther L. Bernecker); «la condensación de todos los debates
políticos de la primera mitad de nuestro siglo» (Santos Juliá); «la culminación
de una serie de accidentadas luchas entre las fuerzas de la reforma y las de la
reacción» (Paul Preston); «el más profundo desgarro moral que han conocido
(los españoles) como pueblo» (Alberto Reig Tapia); «una ruptura
cronológica» (Carlos Seco Serrano); «un tajo asestado a la convivencia de la
sociedad española» (Manuel Tuñón de Lara[5]).
Fue, por tanto, un acontecimiento tan central y crucial para todas las
generaciones españolas del último siglo recién clausurado que se ha llegado a
decir con propiedad que «vive en nosotros» como una herida «cicatrizada»
pero todavía sensible y sentida (Javier Tusell[6]).
Además de esa importancia indisputada para la propia historia española, la
guerra civil también arrastra una cualidad notable y reveladora: constituye el
fenómeno histórico español de mayor transcendencia internacional en los dos
últimos siglos por su intensa repercusión exterior, sobrepasando incluso a los
otros tres hitos que podrían hacerle mínima sombra y competencia: la Guerra
de Independencia frente a Napoleón en 1808-1814; el Desastre colonial y la
guerra hispano-norteamericana de 1898; y la pacífica Transición política de la
dictadura franquista a la democracia entre 1975 y 1978[7].
Ese impacto externo de la contienda española fue agudamente percibido
desde el mismo inicio de las hostilidades por los analistas diplomáticos
occidentales: «Creo que la importancia para Europa de los sucesos españoles
se incrementa a medida que se prolongan en el tiempo» (informe reservado
remitido a Berlín por el conde Welczeck, embajador alemán en París, el 2 de
agosto de 1936[8]); «Es una de las amenazas más graves, si no la más grave,
que el mundo ha tenido que enfrentar desde la Gran Guerra» (juicio
confidencial de sir George Mounsey, alto funcionario del Foreign Office
británico, el 15 de agosto de 1936[9]).
Y su condición de símbolo y emblema del vigoroso paradigma antifascista
que en vísperas de la Segunda Guerra Mundial estaba suplantando al previo
paradigma anticomunista dominante en Occidente, ha sido recientemente
recordado por el escritor norteamericano Arthur Miller:
No hubo ningún otro acontecimiento tan trascendental para mi generación en nuestra formación de la conciencia del mundo. Para muchos fue nuestro rito de iniciación al siglo XX, probablemente el peor siglo de la historia. (…) La palabra «España» en los años treinta era
explosiva [10].
Probablemente sea éste de Arthur Miller uno de los más recientes ejemplos de
esa consideración de la guerra española como la «última causa buena» de las generaciones europeas de la centuria recién agotada. Una tradición intelectual
cuyo origen pudiera estar en el poema de 1937 de W. H. Auden que figura en
la apertura de esta obra y algunos de cuyos hitos más destacables son Arthur
Koestler («España fue el último aldabonazo en la conciencia moribunda de
Europa») o Albert Camus («Los hombres de mi generación han tenido a
España en su corazón… En España aprendimos que uno puede tener razón y
sin embargo ser vencido»[11]).