50 cosas que hay que saber sobre filosofía

25 ¿Sufren los animales?

 

«—¡Ay, mi pierna! —gritó—, ¡ay, mi pobre espinilla! —y se sentó en la nieve

para curarse con las dos patas delanteras.

—¡Pobre viejo Topo! —dijo amablemente la Rata—, me temo que hoy no es tu

día, ¿verdad? Vamos a ver esa pata —prosiguió, agachándose para mirar de

cerca.

—Sí, te has partido la espinilla, está claro. Espera que saque el pañuelo para

vendarte.

 

—Debo haber tropezado contra alguna rama enterrada bajo la nieve o algún pedrusco

—dijo penosamente el Topo—. ¡Ay de mí, ay!

 

—Es un corte muy limpio —dijo la Rata, examinando de nuevo la herida con

atención—. Una rama o un pedrusco no hace una herida así…

 

—Qué más da lo que habría sido —dijo el Topo, olvidando la gramática a causa del

dolor—. Duele igual, sea lo que sea.»

 

¿Sufren realmente los animales, o sólo sufren los ficticios, como el topo de El viento

en los sauces? Podemos estar razonablemente seguros de que los animales no hablan,

pero sabemos poco más que eso.

 

El modo en que respondemos al problema del sufrimiento de los animales, y al más

amplio problema de su conciencia, tiene implicaciones directas en otras cuestiones

candentes:

 

• ¿Es correcto usar millones de ratas, ratones, e incluso primates, en investigaciones

médicas, pruebas de fármacos, etc.?

 

• ¿Es correcto envenenar, gasear y exterminar topos y otros animales considerados

«plagas»?

 

• ¿Es correcto sacrificar en mataderos a millones de animales como vacas o gallinas

para proporcionamos alimento?

 

Cronología

 

El giro lingüístico

Por analogía con nuestras mentes, podemos inferir muchas similitudes entre las experiencias

conscientes de los humanos y las de (algunos) animales, ¿pero hasta dónde podemos llegar a partir de

ahí? La experiencia subjetiva de un animal debe estar íntimamente unida a su forma de vida y al

entorno particular al que está adaptado evolutivamente; y como Thomas Nagel señaló, no tenemos la

más remota idea de cómo sería ser un murciélago, o cualquier otro animal (véase la página 36). Este

problema se hizo aún más los evidente a partir del «giro lingüístico» que terminó por dominar la

mayor parte de la filosofía de la mente en el siglo XX. De acuerdo con este giro, nuestra vida mental

está apuntalada o mediada por el lenguaje, y nuestros pensamientos son necesariamente representados

en nuestro interior en términos lingüísticos, Tal concepción, aplicada sin más a los animales, nos

obligaría a negar que puedan abrigar algún pensamiento. Las posturas se han ido moderando y, en la

actualidad, la mayoría de los filósofos estarían dispuestos a aceptar que el resto de animales también

tienen pensamientos, por más simples que sean.

 

La mayoría de los filósofos están de acuerdo en que la conciencia, especialmente el

dolor y el sufrimiento, resulta decisiva para decidir qué consideración moral

deberíamos dispensar a los animales. Si estamos de acuerdo en que incluso algunos

animales son capaces de sentir dolor, y en que causar sufrimiento innecesario es un

error, debemos concluir que es incorrecto infligirles sufrimiento innecesario.

Desarrollar más esta conciencia (decidiendo, en particular, qué ocurre si nada

justifica adecuadamente el dolor que infligimos a los animales) se convierte así en

una tarea moral apremiante.

 

« En el interior de la mente de los animales ¿Qué A veces se dice que los sabemos de lo que pasa en la cabeza de los animales?

animales no hablan ¿Sienten los animales, piensan, creen? ¿Son capaces

porque carecen de la de razonar? La verdad es que sabemos muy poco

capacidad mental para sobre la conciencia de los animales. Nuestra falta de

hacerlo. Esto significa: conocimiento en este ámbito representa una versión

“no piensan, por eso no ampliada del problema de saber algo de las otras

mentes humanas (véase la página 48). Parece que no

hablan”. Pero

podemos tener la seguridad de que los demás

simplemente no hablan.

experimenten las cosas igual que nosotros, o ni

O mejor aún: no usan el siquiera de que experimenten, de modo que no es

lenguaje, exceptuando sorprendente que no estemos en mejores condiciones

las formas más (posiblemente sean bastante peores) con respecto a los

 

primitivas de lenguaje. demás animales. »

 

Ludwig Wittgenstein,

1953

 

Tanto en el caso de la mente humana como en el de la del animal, todo lo que

podemos hacer es usar un argumento por analogía con nuestro propio caso. Los mamíferos parecen reaccionar al dolor de un modo parecido a los humanos, pues

rechazan lo que les produce dolor, prorrumpen en gritos y gemidos, etc. También en

términos fisiológicos existe una uniformidad básica entre los sistemas nerviosos de

los mamíferos; asimismo se han encontrado profundas similitudes en la composición

genética y el origen evolutivo. Dadas todas estas similitudes, es plausible suponer que

también deberían existir semejanzas en el nivel de la experiencia subjetiva. Y cuanto

más próximas sean las similitudes psicológicas, y de otros aspectos relevantes, más

segura será la inferencia de similitudes en la experiencia subjetiva.

 

El perro de Crisipo

 

En el mundo antiguo, no había consenso sobre si los animales pensaban y razonaban. La discusión más

interesante giraba en torno al perro de Crisipo, un filósofo estoico del siglo III a. C. Se trata de la

historia de un perro de caza que persigue a su presa y llega a un cruce de tres caminos; tras perder el

rastro en los dos primeros caminos, el perro toma el tercero sin mayor investigación, asumiendo

supuestamente el silogismo «A B o C: ni A ni B; entonces C». Este caso de lógica canina no convenció

a todos los filósofos posteriores, y muchos de ellos consideraron la racionalidad como la facultad que

establecía una diferencia esencial entre hombres y animales. Descartes en particular, tenía mala

opinión sobre el intelecto animal, y consideraba a los animales poco más que autómatas desprovistos

de cualquier forma de inteligencia La idea de que la capacidad de sufrir es la clave para admitir a los

animales en la comunidad moral —el criterio que con mayor frecuencia se invoca en las discusiones

recientes sobre ética animal— fue planteada por el filósofo utilitarista Jeremy Bentham: «La cuestión

no es “¿razonan?” ni “¿piensan?”, sino “¿sufren?”».

 

La experimentación con animales: ¿es correcta y

 

sirve para algo?

 

La moralidad con respecto al uso de animales en la investigación médica y en las pruebas de fármacos

puede considerarse de dos modos. Uno de ellos consiste en preguntar si es correcto para nosotros usar

a otros animales como meros medios para nuestros fines; si es ético causar sufrimiento a los animales

(asumiendo que sufran) y quebrantar sus derechos (asumiendo que puedan tenerlos) para mejorar

nuestra salud, probar fármacos, etcétera. Éste es un aspecto de la pregunta general sobre la posición

moral que debemos adoptar con respecto a los animales (véase la página 108).

La otra consideración es más práctica. Probar la toxicidad de un producto con un ratón sólo tiene valor

(asumiendo que sea ético hacerlo) si el ratón y el hombre son suficientemente similares en aspectos

fisiológicos relevantes como para que las conclusiones puedan aplicarse a los hombres, El problema es

que esta segunda consideración pragmática alienta el uso de mamíferos como los monos y otros

simios, porque desde el punto de vista psicológico son más parecidos a los humanos; pero

precisamente el uso de estos animales es el que nos resulta más censurable desde el punto de vista

ético.

 

En este sentido nuestras inferencias sobre nuestros parientes cercanos, los simios y

los monos, parecen apoyarse en un terreno relativamente firme; pero el terreno es

menos firme con mamíferos más alejados como las ratas y los topos. La analogía es débil pero plausible en el caso de algunos vertebrados (pájaros, reptiles, anfibios y

peces), y decididamente precaria cuando se trata de invertebrados (insectos, babosas,

medusas). Lo cual no significa que estos animales no sientan, o no experimenten

dolor, pero sí que resulta dudoso explicar lo que sienten a partir de una analogía con

nuestra conciencia. La dificultad consiste en saber cómo podría apoyarse la

reivindicación de que sí sienten.

 

La idea en síntesis:

 

¿crueldad con los

 

animales?