50 cosas que hay que saber sobre filosofía

43 Razón y fe

 

A pesar de algunas heroicas tentativas recientes, la mayoría de los filósofos

coincidirían en que no hay quien pueda resucitar los argumentos tradicionales

para probar la existencia de Dios. Sin embargo, a la mayoría de los creyentes no

les preocuparía demasiado está conclusión. Su creencia no depende de tales

argumentos y, difícilmente, podría verse afectada por su refutación.

 

Para los creyentes, los requisitos normales del discurso racional son inadecuados a los

asuntos religiosos. La especulación y el razonamiento abstractos de la filosofía no son

lo que les ha llevado a creer en primera instancia, y tampoco podría convencerlos de

renunciar a la creencia. Además, es arrogante, afirman, suponer que nuestros

esfuerzos intelectuales podrían esclarecer o hacer comprensibles los designios

divinos. Creer en Dios, no es, en ultima instancia, cuestión de razón sino de fe.

 

Tal vez la fe sea ciega, pero no se trata «simplemente de creer». Quienes ponen la fe

por encima de la razón —el llamado «fideísmo»— sostienen que la fe es un patrón

alternativo de verdad y que, en el caso de la creencia religiosa, constituye el camino

correcto. Un estado de convicción, que se alcanza al cabo mediante la acción de Dios

en el alma, exige no obstante un acto deliberado y libre de la voluntad a favor de la

fe; la fe requiere un salto en el vacío. Los filósofos, en cambio, pretenden hacer una

valoración racional de los argumentos posibles a favor de la creencia religiosa, para

cribar y sopesar las evidencias, y alcanzar una conclusión a partir de ellas. El fideísta

y el filósofo parecen, pues, involucrados en proyectos diametralmente opuestos. Y,

dada la aparente distancia, ¿existe alguna posibilidad de acuerdo o de encuentro entre

ambos?

 

Cronología

 

Abraham e Isaac

 

El relato bíblico de Abraham e Isaac ilustra bien la insuperable distancia que separa la fe de la razón.

Abraham es presentado como el ejemplo arquetípico y paradigmático de la fe religiosa por la

indiscutible buena voluntad con que obedeció los mandatos divinos, hasta el punto de estar dispuesto a

sacrificar a su hijo, Isaac. Sin embargo, si se extrapola su figura del contexto religioso y se la considera

desde el punto de vista racional, el comportamiento de Abraham parece el de un individuo trastornado.

Cualquier alternativa hermenéutica de la situación era preferible y plausible a la que él escogió (¿acaso

estoy loco/he oído mal/acaso Dios me está poniendo a prueba/no será el diablo haciéndose pasar por

Dios/no podrían darme la orden por escrito?), de modo que su comportamiento es simple y llanamente

incomprensible para la racionalidad del que no está dispuesto a creer.

 

El balance general de la fe En manos de un fideísta, el «Quien comienza hecho de que la creencia religiosa no pueda defenderse de forma adecuada a partir de amando más al

fundamentos racionales se toma una virtud. Si cristianismo que a la

existiera una vía (completamente) racional no sería verdad proseguirá

necesaria la fe, pero como la razón no consigue queriendo más a su

encontrar una justificación, la fe permite salvar esa propia secta o Iglesia brecha. El acto necesario de voluntad del creyente

que al cristianismo, y

vincula el mérito moral a la adquisición de la fe; y, al menos, quienes comparten la devoción que no terminará queriéndose

cuestiona a su objeto la reverencian como simple y a sí mismo más que a

 

honesta piedad. Algunos de los encantos de la fe son cualquier otra cosa.» bastante obvios: la vida cobra un sentido evidente, las tribulaciones de la vida hallan alivio, los creyentes Samuel Taylor

disponen del consuelo de saber que algo mejor les Coleridge, 1825

espera tras la muerte, etc. Es evidente que la creencia

religiosa da respuesta a algunas necesidades y preocupaciones humanas

fundamentales, primordiales, y mucha gente mejora visiblemente, incluso se

transforma, al adoptar un modo de vida piadosa. Al mismo tiempo, los símbolos y

bondades de la religión han suministrado una inspiración y una riqueza culturales

prácticamente ilimitadas.

 

La apuesta de Pascal

 

Supongamos que sentimos que la evidencia de la existencia de Dios simplemente no es concluyente.

¿Qué hacer? Podemos creer en Dios o no. Si decidimos creer y acertamos (es decir. Dios existe),

ganamos la dicha eterna; y si nos equivocamos, perdemos muy poco. Por otro lado, si decidimos no

creer y acertamos (es decir, Dios no existe), no perdemos nada pero tampoco ganamos demasiado;

pero si nos equivocamos, nuestra pérdida es colosal (en el mejor de los casos perdemos la posibilidad

de la dicha eterna, y en el peor de los casos sufrimos la condena eterna). Mucho que ganar y muy poco

que perder: hay que ser idiota para no apostar por la existencia de Dios. Este ingenioso argumento para

creer en Dios, conocido como la apuesta de Pascal, fue propuesto por Blaise Pascal en sus

Pensamientos de 1670: y tal vez sea ingenioso, pero es fallido. El problema evidente es que el

argumento requiere que decidamos qué creer, y ése no es precisamente el modo como funciona la

creencia. Aunque hay algo peor, y es que lo primero que sentimos al hacer la apuesta es que no

tenemos suficiente información sobre Dios para poder apostar; y además hacer la apuesta correcta

depende de tener un conocimiento detallado de las ventajas y los inconvenientes de Dios. ¿Y qué

ocurre si se da el caso de que a Dios no le molesta demasiado que lo adoren, pero le molestan

considerablemente los tipejos calculadores que sólo apuestan si pueden esperar sacar algún beneficio

para sí mismos?

« Muchas de las cosas que el fideísta apuntaría en el Dejadnos sopesar qué haber de la fe figuran como deberes del filósofo ateo.

 

ganamos y qué Pero entre los principios más preciados del

perdemos apostando liberalismo secular, acuñado de un modo memorable

por la existencia de por J. S. Mill, se encuentra la libertad de expresión y

Dios. Dejadnos valorar de pensamiento, que convive difícilmente con el

estas dos posibilidades. hábito del asentimiento acrítico que ensalza el

Si ganas, lo ganas todo; creyente piadoso (véase el cuadro). La devoción

acrítica que valora el fideísta puede parecer al no

si pierdes, no pierdes

creyente una forma de credulidad y superstición. La

nada. Apuesta pues, sin perfecta aceptación de la autoridad puede conducir a

dudar, por su los individuos a caer bajo la influencia de sectas y

 

existencia. » cultos inescrupulosos, y ello puede desembocar a

veces en el fanatismo más atroz. Tener fe en los otros

Blaise Pascal, 1670 es admirable siempre que los otros en cuestión sean

admirables. Cuando se acalla a la razón, cualquier

forma de exceso puede apresurarse a ocupar su lugar; y hay que admitir que a veces

el sentido religioso y la simpatía son arrojados por la ventana, y sustituidos por la

intolerancia, la superstición, el sexismo y algunas otras cosas peores.

 

J. S. Mill y la libertad intelectual

 

En su Sobre la libertad de 1859, en una apasionada defensa de la libertad de pensamiento y de

expresión, John Stuart Mill advertía de los peligros de una cultura intelectualmente represiva, en la que

se disuadiera de los cuestionamientos y la crítica de las ideas recibidas, y en la que «los intelectos más

activos y críticos» tuvieran que temer limitarse a «especular libre y audazmente sobre los asuntos

elevados». El desarrollo mental se encontraría constreñido y la razón intimidada, y el fundamento de la

verdad se debilitaría: «tolerar las opiniones … como un prejuicio, una creencia independiente del (y a

prueba de) argumento; ésa no es la manera en que debe defender la verdad un ser racional … La

verdad, la verdadera, no es más que una superstición más, accidentalmente unida a palabras que

enuncian una verdad».

 

De modo que ya tenemos el balance general, con el «Creo para debe y el haber en cada lado, y a menudo los activos

que hay en un lado parecen pasivos en el otro. En la comprender.» medida en que los métodos de recuento usados son distintos, las cuentas mismas carecen de sentido, y ésa Agustín de Hipona, c.

suele ser la inevitable impresión que nos deja el 400

debate entre creyentes y no creyentes. Normalmente

hablan de cosas distintas, no consiguen establecer ningún espacio común y lo único que consiguen es no moverse ni un milímetro de su posición inicial. Los ateos se

complacen en demostrar que la fe es irracional; y el creyente considera esta presunta

prueba irrelevante y bastante fuera de lugar. Al final, la fe es irracional o no racional;

se enfrenta, orgullosa y desafiante, a la razón y, en un sentido, consiste precisamente

en eso.

 

La idea en síntesis:

 

el salto de la fe