50 cosas que hay que saber sobre filosofía
40 El argumento ontológico
Tómate un minuto para someter mentalmente a tus papilas gustativas el
anacardo más grande imaginable: gordito, con su forma de «u» elegante y
sinuosa, saladito y, lo mejor de todo, la textura: al masticarlo en tu boca se
convierte en una pasta cremosa, blanda y suave. Todas las cualidades propias de
un anacardo, cada una llevada al grado de su perfección. Ñam, ñam. ¿Lo ves en
tu mente? Pues ahora viene lo mejor. Ese anacardo existe: el anacardo exquisito,
que encama el grado más elevado de todas las perfecciones del fruto seco ¡existe
de veras!
Porque lo que tenemos en mente es el mejor anacardo imaginable. Pero un fruto seco
que exista en la realidad es, con toda seguridad, mejor que uno que sólo existe en
nuestra mente. De modo que si el fruto seco en el que estamos pensando sólo
existiera en nuestras cabezas, podría haber otro anacardo más rico, a saber, el que
existe en nuestras mentes y en la realidad. Pero si éste existiera sucedería que sería
posible imaginar un fruto seco más rico que el fruto seco más delicioso que quepa
imaginar: y eso es una contradicción. De modo que el anacardo que imaginamos —el
más rico que quepa imaginar— existe realmente: el anacardo insuperable debe existir,
pues de lo contrario no sería insuperable.
De los frutos secos a Dios Lo que vale para los anacardos vale para Dios. O eso
sugiere san Anselmo, el teólogo del siglo XI que acuñó la clásica formulación del
argumento ontológico, uno de los argumentos a favor de la existencia de Dios más
influyentes. Pasando completamente por alto los anacardos, san Anselmo empieza
con la definición indiscutible (para él) de Dios como el ser «más excelso que
cualquier cosa que pueda concebirse». Pues bien, si podemos concebir perfectamente
a Dios como tal, Dios debe existir como idea en nuestras mentes. Pero si Dios sólo
existe en nuestras mentes, podríamos concebir a un ser todavía más excelso, a saber,
uno que existiera en nuestras mentes y en la realidad. De modo que, a riesgo de
incurrir en contradicción, Dios debe existir no sólo en nuestras mentes sino también
en la realidad.
Cronología
Lógica modal y mundos posibles
La segunda afirmación del argumento ontológico de san Anselmo se parece mucho a la primera, pero
la «existencia» se reemplaza ahora por la «existencia necesaria»: la idea de que no puede concebirse
que Dios no exista.
La existencia necesaria ha inspirado una serie de tentativas recientes (la más notable la de Alvin
Plantinga) para reelaborar el argumento ontológico usando la lógica modal, en la que las ideas de
posibilidad y necesidad se analizan en términos de mundos lógicamente posibles. Por ejemplo,
supongamos que «absolutamente excelso» significase «existe y es omnipotente (etc.) en cualquier
mundo posible»; y concedamos que es al menos posible que un ser absolutamente excelso existiera (es
decir, hay un mundo posible en el que semejante ser existe). Pero este ser que existe en un mundo
posible implica que existe en todos los mundos, de modo que existe necesariamente. En lugar de
aceptar esta conclusión, podemos preguntar qué concesiones hemos hecho para llegar a ella; en
particular, que un ser absolutamente excelso deba existir en cualquier mundo posible. Pero negar esta
posibilidad implica decir que un ser absolutamente excelso sea autocontradictorio. Así que ¿es posible
que Dios, concebido como un ser absolutamente excelso, no tenga sentido?
A diferencia de la base empírica del argumento del diseño y del argumento
cosmológico, el argumento ontológico se establece para probar, a priori y como si se
tratara de un problema de necesidad lógica, que la existencia de Dios no puede
negarse sin incurrir en contradicción: la idea de Dios implica su existencia.
Exactamente igual que la comprensión del significado del concepto de un cuadrado
implica cuatro lados, del mismo modo, arguye Anselmo, la comprensión del concepto
de Dios implica saber que existe.
¿La idea de Dios es incoherente?
Todas las versiones del argumento ontológico giran en torno a la idea de que podemos concebir un ser
superior a cualquier otra cosa que podamos imaginar. Si no es de hecho posible (si el concepto de Dios
resulta incoherente o ininteligible), todo el argumento se derrumba. Si el argumento debe probar la
existencia de Dios tal como se ha concebido tradicionalmente (omnisciente, omnipotente, etc.), estas
cualidades deben ser individualmente coherentes y compatibles entre sí, y cada una de ellas debe estar
presente en Dios en el mayor grado posible.
No está nada claro que esto sea posible. Un dios omnipotente debería, por ejemplo, ser capaz de crear
seres libres; un dios omnisciente excluye la posibilidad de que tales seres existan. Parece que la
omnisciencia y la omnipotencia no pueden estar presentes al mismo tiempo en el mismo ser (un
quebradero de cabeza considerable para la concepción tradicional de Dios). En el origen del problema
del mal (véase la página 168) también se plantea el problema de si la idea tradicional de Dios es
coherente.
Objeciones ontológicas Igual que el argumento cosmológico, el argumento
ontológico constituye una familia de argumentos que comparten una única idea
central. Todos son igualmente ambiciosos, pero ¿funcionan? La situación es
complicada pues las distintas variantes del argumento afrontan diferentes tipos de
crítica. Incluso san Anselmo presentó dos versiones distintas (en la misma obra). La versión que ya hemos dado (la primera formulación de san Anselmo del argumento y
su planteamiento clásico) es vulnerable a dos líneas de ataque relacionadas entre sí.
Uno de los primeros críticos de san Anselmo fue un contemporáneo llamado Gaunilo,
un monje de la abadía de Marmoutier en Francia. La preocupación de Gaunilo era
que los argumentos como el ontológico podían utilizarse para probar que nada existe.
Su propio ejemplo era una isla perfecta, pero el argumento funciona tan bien con los
anacardos como con cosas inexistentes como las sirenas o los centauros.
Evidentemente, si un argumento puede servir para probar la existencia de cosas
inexistentes tiene un problema serio. Para hacer frente a esta línea de ataque, el
defensor del argumento ontológico debe explicar por qué Dios es un caso especial
(hasta qué punto difiere en aspectos relevantes de los anacardos). Algunos insisten en
que las cualidades o «perfecciones» en las que reside la excelencia de Dios son
literalmente perfectibles (susceptibles de alcanzar en principio un nivel más elevado)
de un modo en que las propiedades del mejor anacardo no lo son. Si Dios es capaz de
hacer todo lo que es concebible hacer, es omnipotente en un grado que no puede ser
lógicamente superado; mientras que un anacardo gordito es un anacardo
extraordinario, sigue siendo posible concebir uno más gordito y más extraordinario.
De modo que la idea misma del anacardo más delicioso imaginable —a diferencia de
Dios, el ser más poderoso que quepa imaginar— es incoherente. Así pues, el
corolario, para que el argumento de san Anselmo funcione, es que el concepto de
Dios debe formarse del todo de esas cualidades intrínsecamente perfectibles.
Irónicamente, la aparente incompatibilidad entre estas cualidades tan similares
amenaza con convertir el concepto de Dios en incoherente, minando todas las
versiones del argumento ontológico (véase el cuadro de la página anterior).
Gaunilo sólo tenía problemas con las artimañas «Y definitivamente, que verbales (creía que san Anselmo había conseguido definir la existencia de Dios). La misma preocupación algo que es lo más
parece subyacer al famoso ataque que Kant hace del excelso que cabe
argumento, en su Crítica de la razón pura de 1781. concebir, no puede
Su objeción es relativa a la consecuencia —explícita existir sólo en la
en la influyente reformulación cartesiana— de que la comprensión; así que existencia sea una propiedad o predicado que puede
puede concebirse como
adscribirse tanto a una cosa como a otra. La posición
algo que existe en
de Kant, completamente acorde con la lógica del siglo
XX realidad, lo cual es más (véase la página 116), consiste en que decir que
Dios existe no es atribuirle la propiedad de la excelso. » existencia, junto con propiedades como la omnipotencia o la omnisciencia, sino afirmar que San Anselmo de
existe, de hecho, una instancia conceptual que reúne Canterbury, 1078
esas propiedades; y la verdad de tal predicado no puede ser determinada nunca a priori, sin observar cómo son, de hecho, las cosas en
el mundo. En efecto, la existencia no es una propiedad sino una precondición de la
posesión de propiedades. Tanto san Anselmo como Descartes cometen un error, la
particularidad del cual se reconoce a la perfección si consideramos una afirmación
como «Los anacardos que existen son más sabrosos que los que no existen». San
Anselmo realiza un salto ilícito desde un concepto hasta la instanciación del mismo
concepto: primero asume que la existencia es una propiedad que algo puede tener o
no tener; luego sostiene que tener esta propiedad es mejor que no tenerla; y por
último concluye que Dios, puesto que es el ser más excelso que quepa imaginar, debe
tenerla. Pero todo este prolijo edificio se desmorona de golpe si se niega a la
existencia el estatus de predicado.
La idea en síntesis:
el ser más excelso
imaginable