50 cosas que hay que saber sobre filosofía
26 ¿Tienen derechos los animales?
En todo el mundo, durante cada año de la primera mitad de la década de 2000:
se usaron aproximadamente 50 millones de animales en investigaciones
científicas y pruebas farmacológicas;
se produjeron unos 250 millones de toneladas de carne;
se capturaron unos 200 millones de toneladas de pescado y otras especies
acuáticas en mares y ríos.
Las cifras son aproximadas (especialmente las relativas a la investigación, la mayor
parte de las cuales no se registran), pero es evidente que cada año se usa una inmensa
cantidad de animales para satisfacer intereses humanos. Muchos de nosotros (cada
vez más) diríamos que son «explotados» o «sacrificados» en vez de «usados». Porque
muchos consideramos el uso de los animales (como alimento o como instrumento de
investigación) como algo moralmente indefendible y como una violación de los
derechos fundamentales de los animales.
El fundamento de los derechos de los animales ¿Cómo podemos fundamentar los
derechos de los animales? Un argumento común, de carácter esencialmente
utilitarista, es el siguiente:
1. los animales sufren;
2. el mundo es mejor sin sufrimiento innecesario; de modo que
3. no debe infligirse sufrimiento innecesario a los animales.
La primera premisa ha sido la más debatida recientemente (véase la página 104).
Parece muy improbable suponer que animales como los simios y los monos, que
tanto se parecen a nosotros en aspectos relevantes, no tengan la capacidad de sentir
algo muy similar a nuestro dolor. Sin embargo, parece improbable que animales
como las esponjas marinas o las medusas, que tienen sistemas nerviosos muy
simples, sientan algo remotamente parecido al dolor humano. La dificultad radica
entonces en dónde establecer la frontera (algo que ocurre a menudo cuando se trata
de establecer las fronteras [véase la página 89]) y resulta difícil eludir un considerable
tufillo de arbitrariedad. Podemos acordar un ponderado «algunos animales sufren»,
pero un inquietante signo de interrogación pende sobre cuáles son realmente.
Cronología
La segunda premisa podría parecer irrecusable (salvo a los raros masoquistas), pero
una vez más entraña un peligro y es que puede llegar a resultar vacía. Es posible
cuestionar la pretensión de esta premisa estableciendo una distinción entre el dolor y
el sufrimiento. Se supone que el ultimo es una emoción compleja, que implica tanto
el recuerdo del dolor pasado como la anticipación del dolor por venir, mientras que el
dolor en sí mismo no es más que una fugaz sensación del presente; lo que cuenta
cuando se trata de hacer valoraciones morales es el sufrimiento, pero los animales, o
algunos animales, sólo son capaces de sentir dolor. Pero incluso si aceptamos esta
distinción, parece poco razonable pretender que el dolor no es algo malo, por más que
el sufrimiento sea peor.
Mucho más problemático resulta el «innecesario» de «Llegará un día en que la segunda premisa. Porque no sirve para persuadir a un oponente que defienda que un poco de dolor el resto de animales de
animal es un precio aceptable por los beneficios la creación adquieran
humanos, ya que permite la mejora de la salud, la los derechos que la
seguridad de los fármacos, etcétera. Desde el punto de tiranía nunca debería
vista utilitarista, el argumento aparentemente apela a haberles negado.» una especie de cálculo del dolor, sopesando el
sufrimiento animal y el beneficio humano; pero el Jeremy Bentham, 1788 cálculo necesario —dificilísimo incluso si sólo se
tratara de medir el sufrimiento humano— parece completamente irrealizable cuando
el sufrimiento animal se incorpora a la ecuación.
Este ataque a las premisas afecta inevitablemente a la conclusión. Por desgracia, hay
que admitir que, a lo sumo, el argumento se traduce en la reivindicación de no hacer
daño a algunos, tal vez muy pocos, animales, a menos que hacerlo brinde algún
beneficio, tal vez mínimo, a los humanos. Desde este punto de vista «los derechos de
los animales» se reducen al derecho de un pequeño número de animales a los que no
debe infligirse sufrimiento, a menos que hacerlo nos proporcione algún beneficio, por
pequeño que sea, a los humanos.
Especismo
La mayoría de los individuos no someterían a un igual a condiciones de hacinamiento y suciedad para
terminar comiéndoselo; ni probaría productos químicos de propiedades desconocidas con niños; ni
modificaría genéticamente a humanos para estudiar su biología. ¿Existen razones para tratar de este
modo a los animales? Debe existir alguna justificación moral atendible (según los defensores de los
derechos de los animales) para rechazar conceder la misma consideración a los intereses de los
animales que a los de los hombres. De otro modo estaríamos ante un caso de prejuicio o de
intolerancia, de discriminación por cuestiones de especie, es decir, de «especismo»: una falta de
respeto fundamental de la dignidad y las necesidades de los animales que no son humanos, tan
ilegítima como la discriminación por cuestiones de género o de raza. ¿Es una falta evidente favorecer a
nuestra propia especie? Los leones, por ejemplo, por lo general son más considerados con otros leones
que con las gacelas; ¿por qué no deberían los humanos comportarse con una parcialidad similar? Se
han sugerido muchas razones:
los humanos tienen un nivel de inteligencia más elevado que los animales, al menos potencialmente;
la depredación es natural (los animales comen otros animales); los animales son especialmente criados para ser comidos/usados en experimentos (si no fuera por eso no existirían);
necesitamos comer carne, aunque millones de personas aparentemente sanas no lo necesitan; los animales no tienen alma (¿estamos seguros de que los humanos la tienen?),
Es difícil rebatir estas justificaciones y, en general, resulta complejo establecer criterios que abarquen a
todos los humanos y excluyan a todos los animales. Por ejemplo: si decidimos que lo decisivo es la
superioridad intelectual, ¿utilizaríamos este criterio para justificar el uso de niños o de personas
mentalmente discapacitadas, con un nivel de inteligencia menor que un chimpancé, en un experimento
científico? O si decidimos que lo decisivo es la «naturalidad», advertiremos de inmediato que hay
muchas cosas que los animales, incluidos los humanos, hacen con «naturalidad» que no nos gustaría en
absoluto promover: algunos leones macho, llevados por su naturaleza, matan a las crías de sus rivales,
pero semejante comportamiento estaría muy mal visto entre los humanos.
Las tres erres
El intenso debate sobre el bienestar y los derechos de los animales se centra en dos preguntas:
¿deberían usarse animales en experimentos y (si lo fueran) cómo deberían ser tratados en práctica?
Como resultado de estas preguntas, se aceptan actualmente tres principios generales, «las tres erres»,
como guía para la técnica experimental humana:
• reemplazar a los animales siempre que sea posible por otras alternativas;
• reducir el número de animales que se usan en experimentos hasta un nivel la coherente con la
producción adecuada de datos estadísticos,
• refinar las técnicas experimentales para reducir o erradicar el sufrimiento de los animales.
¿Están bien los derechos? No es una conclusión que pueda complacer a ningún
defensor serio de los derechos de los animales. Pero ha habido justificaciones más
sólidas y sofisticadas que la versión resumida antes, y todas ellas pretenden ofrecer
una versión menos débil del tipo de derechos de los que deberían disfrutar los
animales. Peter Singer ha sido el defensor de la concepción utilitarista sobre el
asunto, y otra línea muy influyente ha sido la deontológica, defendida por el
norteamericano Torn Reagan. Según Regan, los animales son «sujetos de una vida»
(al menos los animales con un cierto grado de complejidad); este hecho les confiere
algunos derechos básicos, que son los que se violan cuando un animal es tratado como un simple pedazo de carne o como un representante de los hombres en las
pruebas con fármacos. En este sentido, los animales no deberían ser sometidos a
análisis de costes-beneficios que pueden ser muy perjudiciales para una concepción
utilitarista.
Existen considerables dificultades para defender una concepción en que los derechos
de los animales sean equiparables a los derechos humanos, e incluso algunos autores
se preguntan si es apropiado y útil emplear la noción de derechos para el caso. Se
suele suponer que los derechos imponen deberes u obligaciones a sus titulares; hablar
de derechos implica algún tipo de reciprocidad (algo que precisamente nunca existirá
entre los animales y los hombres). Lo que está en juego es un problema real —el trato
adecuado y humano que debemos a los animales— que se oscurece al plantearlo
provocadoramente en el lenguaje de los derechos.
La idea en síntesis:
¿se equivocan los
humanos?