Aeropuerto 77

Michael Scheff · Capítulo 1 de 12

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Aeropuerto 77

Aeropuerto 77

Michael Scheff & David Spector

Aeropuerto 77

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Titivillus 27-02-2020

Título original: Airport 77

Michael Scheff & David Spector, 1977

Traducción: Pablo Mané

Editor digital: Titivillus

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AEROPUERTO 77

David Spector & Michael Scheff

UNO

 

Philip Stevens se inclinó hacia adelante en su asiento del pequeño helicóptero Bell que en aquellos momentos describía un arco en el cielo azul y sin nubes de Florida. Allá abajo, el inquieto Océano Atlántico se veía cruzado por un estrecho dedo de tierra cubierto de lujuriante vegetación verde formada por palmas. Un canal, que se parecía a una red de autopistas, corría en medio.

Una amplia sonrisa cruzó el rostro de Stevens. Aun desde aquellas alturas, el paisaje le resultaba inconfundiblemente familiar. Se encontraba sobre la maravillosa extensión de terreno llamada Palm Beach. Se volvió hacia su copiloto, haciéndole señas para que se encargase de los controles. El hombre asintió con la cabeza y se dispuso a continuar lo previsto dirigiendo el aparato hacia la superficie de la tierra.

Philip Stevens había preferido ceder el mando con el fin de poder disfrutar mejor de la vista. Aunque su vida hubiese transcurrido principalmente en Palm Beach, nunca se cansaba de aquel lugar. Jamás le abandonó el interés absorbente que despertara en él la visión primera de aquella cadena de mansiones que se hubiese dicho inacabable y de aquellos céspedes verdes y frescos. Buscó tomar una posición cómoda en su asiento. Entendió su cuerpo delgado tanto como pudo, teniendo en cuenta lo exiguo del lugar brindado por el helicóptero. Medía bastante más de uno ochenta de altura y aunque rondaba los setenta, su cuerpo no se veía encorvado. Quien le trataba pronto olvidaba su edad. Cierto que su pelo mostraba cierta cantidad de canas y que su cara estaba surcada de arrugas; pero lo que en él llamaba de inmediato la atención eran sus ojos azules, penetrantes y siempre curiosos de ver lo que sucedía en torno a ellos. Eran los ojos de un hombre que, aun en su vejez, retenía la intensidad de los años mozos. Stevens pertenecía a esa clase de individuos a los que el tiempo no parece capaz de afectar físicamente, otorgándoles en cambio el bien de librarles de superficialidades, con lo cual lo que permanece en ellos es la pura fuerza de la personalidad.

Se bajó la cremallera de su chaquetón de cuero para sentir en su piel la frescura del aire que despedía el tubo de ventilación del helicóptero. Respiró hondamente y en cierto modo se sintió aún mejor de lo acostumbrado. Acababa de pasar veinticuatro horas en una habitación muy caldeada y llena de iracundos representantes de los trabajadores. El aire parecía haber adquirido una calidad casi palpable, cargada como estaba del humo de cigarros puros y de cigarrillos. Echó un vistazo a su reloj. Sí: allí se había pasado en verdad cerca de veinticuatro horas.

Sin embargo, valió la pena. En los cuarenta y cinco años transcurridos desde que se fundara, la Stevens Corporation nunca había suspendido el trabajo por razones laborales. Esta vez, gracias de nuevo a sus esfuerzos, la posibilidad pudo ser nuevamente evitada.

Al saber, apenas con doce horas de adelanto, que al vencerse el contrato de trabajo se encontraría con una situación no resuelta (pues las negociaciones entre la empresa y sus trabajadores estaban en un punto muerto), Philip Stevens decidió actuar sin demora. A eso de las tres de la tarde cogió el avión que salía de Nueva York para dirigirse cuanto antes hacia Jacksonville. Allí presidió personalmente las gestiones que harían posible que el trabajo de la planta no se interrumpiera. Fue, claro, una situación que puso a prueba su resistencia física, ya que duró desde la media mañana hasta bien avanzada la noche húmeda de Florida. Durante toda aquella tarde, en especial, tuvo que poner en práctica su viejo repertorio de recursos, en definitiva la negociación resultó no sólo interesante sino también provechosa. Mostrándose alternativamente duro y conciliador, impresionó a los dirigentes sindicales, tanto por su coraje como por el claro propósito que sus palabras denotaban en el sentido de lograr un compromiso que resultase, a la postre, beneficioso para ambas partes. Amanecía cuando el acuerdo estaba listo para ser redactado. En la atmósfera que olía a sudor y a humo y que parecía cargada de ansiedad, el nuevo contrato de trabajo fue por fin firmado.

Al recordar la larga noche, Stevens sintió que un grato escalofrío le recorría todo el cuerpo. El tira y afloja de la negociación… el «suspense» que la cercanía de la hora límite marcaba… Todo aquello le traía al recuerdo de nuevo hechos de tiempos pasados, cuando luchaba por fundar la sociedad que ahora llevaba su apellido. «Bueno —pensó—. Ya no viviré mucho más. He logrado formar un equipo que podrá continuar la tarea sin mí cuando yo me haya marchado para siempre y que lo hará de maravilla. Entretanto y si las fuerzas no me flaquean, he de dejar claramente de manifiesto que yo soy quien está al frente». Sonrió. Todos le decían que trabajaba demasiado: los miembros del directorio de la empresa, sus amigos, su familia. No podían comprender que para el viejo caballo de batalla, el sonido de los clarines será siempre la atracción más fuerte de la vida.

El helicóptero comenzó a perder altura, con lo que los detalles de Palm Beach comenzaron a delinearse con creciente nitidez. Las grandes mansiones señoriales de estilo español, con sus muros de revoque espeso e irregular y sus tejados rojos, fueron perdiendo su diminuta e infantil apariencia para asumir la solidez y los esplendores que daban un carácter inigualado a tan espléndidas casas.

El piloto siguió descendiendo mientras buscaba la parte occidental de la península donde se encontraba la propiedad de Stevens. Sonriente, éste aspiró el delicioso aire del océano. Al divisar sus tierras, sus ojos se le nublaron momentáneamente. De todos los lugares que habitara hasta entonces (y habían sido muchos) aquél era el que le resultaba verdaderamente su hogar.

La casa había sido levantada a mediados de la década de los veinte. Sus primeros propietarios la llamaron «Mille-flora», es decir, sitio de las mil flores. Al adquirirla, Stevens decidió hacer cuanto estuviese de su mano para que tal denominación, cierta sólo a medias, resultase acertada. La enorme casona estaba ahora rodeada de acres y acres de jardines meticulosamente cultivados. Se trataba de una inmensa propiedad, dentro de la cual no corrían menos de mil seiscientos metros de caminos. Hacia el sur contenía un pequeño lago artificial, bien provisto de peces. Él mismo había supervisado su construcción. Por el norte había plantado un bosquecillo integrado por árboles y plantas selectas procedentes de todos los rincones de la Tierra.

Pero el orgullo y la dicha de Stevens se hallaba en el centro de la propiedad. Cuando entró en su ángulo de visión fue invadido enteramente por una ola cálida que le recorrió el cuerpo.

Se la conocía, simplemente, como «la casona». Española por su estilo arquitectónico, tenía cuatro plantas. Por el exterior, todo su perímetro estaba rodeado de balcones y las grandes trepadoras que crecían bajo éstos, subían por las paredes, alcanzándolos. El efecto era tal que se hubiese dicho un escenario tomado de un cuento de hadas.

El copiloto empujó hacia delante el mando correspondiente y el helicóptero comenzó su lento y ruidoso descenso hacia la extensión de césped señalada para los aterrizajes. La larga pista, a un lado, atestada de camiones y un grupo de hombres con ropas de trabajo se afanaba por descender de ellos unas grúas, que iban depositando sobre la tierra. Otros trabajadores las llevaban desde allí hasta el punto de destino de cada una, que estaba cerca de unas amplias puertas de roble, las cuales se veían abiertas. Eran las que daban acceso a la mansión. Las furgonetas de los canales de televisión ya estaban por allí y gran cantidad de cables eléctricos corrían sobre el césped y el camino. El constante ir y venir de los obreros recordaba a Stevens la actividad reinante habitualmente en un hormiguero.

El helicóptero tocó tierra y la velocidad de su hélice superior se hizo más lenta. Stevens se quitó la chaqueta. El día comenzaba a ponerse caluroso, a pesar de que eran apenas algo más de las diez. Podía ver a Harry Jefferson y a sus hombres que descendían por los amplios peldaños de piedra que llevaban a la puerta de entrada de la casona y se apresuraban a dirigirse hacia el aparato. Advirtió que Harry llevaba traje de paisano a pesar del calor. El hombre había trabajado para él y la empresa casi desde el principio. Como experto en relaciones públicas era insuperable; pero no se agotaba allí su capacidad: si alguien era capaz de permanecer imperturbable y no perder la cabeza en medio del caos, por grande que éste fuera, ése era Harry.

Stevens salió del helicóptero, siendo de inmediato rodeado por los periodistas que se disputaban, a veces ásperamente, la primicia de filmar la llegada del empresario, quien pensaba que, después de hallarse sometido a los ojos del público durante cincuenta años, éste bien podría haberse cansado de ver su imagen en revistas, periódicos y filmes. Sonrió a los reporteros que se daban constantes codazos mientras le fotografiaban. Levantó ambos brazos.

—Vamos, chicos, no malgastéis vuestras películas en mí. Reservadlas para la inauguración de esta noche, en que realmente podréis ver algo bueno. Por lo menos eso me han dicho.

Innumerables preguntas salieron simultáneamente del grupo. Como todos gritaban, el efecto se parecía al de una radio a todo volumen que no hubiese sido sintonizada correctamente. Sin embargo, Stevens no necesitaba entender las palabras: sabía perfectamente sobre qué versaban las preguntas. Eran las mismas que se le venían formulando desde hacía más de un año; desde que se anunciara que Philips Stevens se disponía a donar su propiedad de Florida al pueblo de los Estados Unidos.

Pero los periodistas se encontraban allí para hacer preguntas y él para responderlas. Con gesto benevolente y resignado, comenzó a hablar de su proyecto por lo que se le antojó la milésima vez. Dijo cómo ahora, cerca ya de cumplir los setenta años, le resultaba tonto aquello de vivir solo en propiedad tan extensa; repitió que creía tener una deuda con América y con el pueblo norteamericano. ¿En qué otro país de la tierra un muchacho pobre, apenas salido de una granja, hubiese podido labrarse, con el sudor de su frente, un camino que le llevara a encabezar una de las compañías más grandes del mundo? Era de tal hecho que había salido su decisión. Había resuelto que su casona fuese transformada en museo y que en ella se exhibiera su importante colección de obras de arte. Los amplios jardines se convertirían en parque público y sus plantas y el mobiliario de la casa, evaluados en millones de dólares, se destinarían al pueblo.

Harry Jefferson rompió el círculo de trabajadores de la prensa.

—Más tarde, muchachos; más tarde —dijo—. El señor Stevens no ha hecho más que llegar y debemos hacer frente a mil problemas urgentes si es que realmente pretendemos que la inauguración se lleve a cabo esta noche. Sin inauguración no habría artículos periodísticos ¿no lo creen ustedes así?

Los periodistas rieron. Acababa de pedírseles con amabilidad y diplomacia que se largaran de una vez.

—Les hemos dispuesto bebidas y unos bocadillos en el pabellón del jardín. Por allí. Está comenzando a apretar el calor y estoy seguro de que tendréis sed. Buscad junto a vuestros vasos, que tal vez encontréis, además, alguna sorpresa.

Los hombres volvieron a reír. Jefferson, luego de prometerles una conferencia de prensa en regla para aquel mismo día, aunque más tarde, guió a Stevens hacia la breve escalera que llevaba a la casa. Extrajo un puro del bolsillo de su chaqueta y lo encendió sin dejar de andar junto a Stevens. Ambos se abrían paso entre los obreros y la maquinaria de toda índole que se veía por doquier.

Cuando pusieron los pies sobre el primer escalón que conducía a las inmensas puertas de roble labrado, los ojos de Stevens se vieron atraídos por el color purpúreo de las flores que crecían junto a la escalera. Recordaba perfectamente haber plantado él mismo aquel macizo el día que comprara la mansión. Las insignificantes plantas de entonces se habían extendido avasalladoramente por el suelo y, no contentas con ello, habían cubierto los muros hasta alcanzar el tejado. Era consciente de haberlas observado con gran frecuencia a lo largo de los años, mientras crecían y trepaban; pero el período de tiempo había sido tan dilatado que el crecimiento le había resultado invisible. La experiencia tenía cierto parecido con la de contemplar a su única hija, Lisa, mientras iba cumpliendo un año tras otro. Lo que apenas fuera un bebé se fue convirtiendo imperceptiblemente en una encantadora y bien formada adolescente. De pronto tuvo ante sí a una joven hermosísima. Y luego, con la misma rapidez (al menos así le parecía a él), estaba casada.

Dentro, en lo que fuera hasta entonces el salón principal de la casona, reinaba una agitación vertiginosa. La habitación se disponía a transformarse en la sala más importante del nuevo museo de arte. En aquellos momentos se estaban colgando las pinturas, disponiendo la iluminación, lustrando los pisos. Tras meses de acondicionamiento, el museo estaba casi listo para abrirse al público.

Stevens miró en torno. El blanco frío de la sala otorgaba la perfecta ambientación para los cuadros y las esculturas, que en aquellos momentos se colocaban en sus sitios. Resultaba claro para cualquier observador que la ecléctica mezcla de estilos reflejaba un gusto exquisito. Stevens era un coleccionista que siempre había sabido lo que quería y que en todos los casos dispuso de los inagotables fondos que le permitieron adquirir lo que deseaba.

Muy interesado, Stevens contemplaba cómo los operarios procedían a colgar escrupulosamente un gran móvil de Calder. Desde aquel lugar preciso, constituía el punto de atracción del amplio recinto. Stevens se sentía más que satisfecho al ver al móvil oscilar y dar vueltas: se hubiese dicho que su autor, al crearlo, había pensado en aquella habitación y en ninguna otra.

De pronto sus reflexiones fueron interrumpidas por una voz.

—Señor Stevens ¿podría formularle unas pocas preguntas?

Al volverse, Stevens vio que quien hablara era Marcie, una joven rubia y emprendedora que trabajaba en los servicios informativos de una emisora de televisión de Miami. Pero, antes de que pudiese responder, se interpuso Jefferson.

—Pensé haber pedido a todos los reporteros que se dirigieran al pabellón del jardín —dijo.

—Es que, sabes, no me gusta el whisky, Harry —repuso la chica sonriéndole.

La salida suscitó la risa de Stevens y de Jefferson. A ambos les caía bien la joven periodista y ésta era lo suficientemente hábil para sacar provecho de la situación que ella misma creara. No tardó en disparar una serie de preguntas. Dejando escapar un suspiro, Stevens comenzó de nuevo a recitar la rutinaria serie de contestaciones. Pero Marcie no quería lo que se le decía sino algo completamente distinto y esperaba que Stevens la ayudara. En realidad, deseaba saber de la compañía que fabricaba los aviones a chorro. La que atraería aquella noche a un grupo de amigos de Stevens y de hombres de negocios asociados a él, para asistir a la inauguración del museo. Con un ligero parpadear, Stevens se estremeció un poco.

—Se trata, simplemente, de una nueva fábrica de aviones. Mis amigos están reunidos en Washington y se disponen a viajar hasta aquí. Nada especial.

Pero Marcie sabía que Stevens no le estaba diciendo toda la verdad. Reaccionó mostrando una fingida impaciencia.

—¿Nada especial cuando se trata de un 747 que les ha costado a ustedes veinticinco millones de dólares más otros quince en valores? Vamos, señor Stevens… ¿Qué clase de periodista se cree usted que soy?

Stevens se volvió a Jefferson.

—Veo que esta joven conoce su trabajo.

Miró a Marcie.

—¿De dónde ha sacado usted esa información? No hemos hecho público el costo de ese 747.

Marcie sonrió.

—¡Oh, me he paseado por la Boeing hasta encontrar a alguien que gusta de conversar!

—Pues no está mal —repuso Stevens—. Es usted una señorita de recursos.

—Según creo saber, el aparato ha sido acondicionado por dentro. Se me ha dicho que han retirado los asientos para practicar espacio y que hay salas de oficina y de conferencias a bordo.

—Eso no es todo. Hay más —replicó Stevens—. Le contaré cómo son las cosas si me busca esta noche en el aeropuerto de Palm Beach. Traiga con usted a todo el personal de filmación, que la llevaré a recorrer todo el avión. Yo personalmente.

Marcie, invadida por el entusiasmo, obedeció a sus impulsos y estrechó a Stevens entre sus brazos.

—Maravilloso. Si cumple usted con su palabra, la emisora tal vez le dedique un espacio entero.

—Bien, así lo espero.

Sonriendo, Stevens siguió con los ojos a Marcie que corría en busca del personal de cámaras y sonido. Jefferson se volvió hacia él.

—No le falta iniciativa a la chiquilla. La veremos hacer carrera.

—No lo dudo ni por un instante —dijo Stevens.

Mientras la chica se alejaba, el empresario sintió que sus ánimos le flaqueaban un poco. Su aspecto se tornó preocupado, como si toda la energía y el juvenil entusiasmo de la periodista le hubiesen hecho recordar algún problema no del todo grato.

—¿Ha llegado Eve Clayton? —preguntó.

—Hemos tratado de dar con ella; pero siempre estaba entre las oficinas de Washington y la de Dulles.

Stevens, sin dejar su gesto tenso, asintió.

—Ya. Hazme saber en cuanto llegue o en cuanto puedas ponerte en contacto con ella.

—Claro, Phil. ¿Puedo hacer algo más por ti?

Stevens le dirigió una sonrisa triste mientras rodeaba con un brazo los hombros de su colaborador.

—No, mi viejo amigo. Es algo estrictamente personal. Algo que, me temo, se encuentra enteramente en manos de Eve Clayton.

Jefferson devolvió a su interlocutor la sonrisa que éste le deparara. Había figurado en el más íntimo círculo de sus amigos durante tanto tiempo que sabía que, fuese el que fuera, el asunto que preocupaba a Stevens debía ser de extraordinaria importancia. De otro modo, hubiese confiado ciertamente en él.

 

A Callahan le dolía una muela.

Le había comenzado a molestar temprano por la tarde y ahora, al conducir su automóvil por las afueras de Roanoke, se preguntaba si habría olvidado hacer la visita anual al dentista. No era hombre metódico ni ordenado, de modo que no podía recordar si últimamente había recibido o no una de aquellas pequeñas tarjetas que el doctor Sloan solía enviar a su clientela para recordarle que convenía pedirle hora. De momento, lo que sabía era que la muela le dolía. ¡Oh, sí; de eso estaba seguro!

Miró su reloj e hizo virar a su destartalado Plymouth en la esquina de Oak Street. Era ya casi mediodía y el tráfico se espesaba sin cesar. Sintió un ligero temor. ¿Y si llegaba tarde? ¿Le esperarían? De pronto, una procesión de angustiosos pensamientos le invadió. ¿Qué sucedería si no se presentaban? ¿Cómo echar las cosas atrás? Ya le había resultado bastante dificultoso llegar al punto en que se hallaba; pero volverse atrás… Aquella posibilidad, que no contemplara hasta aquel momento, le llenó de verdadero pánico.

Aceleró tan sólo para frenar enseguida con violencia. Había conseguido evitar apenas a un Cadillac nuevo que se detuviera para permitir el paso a un peatón. Entornando un poco los ojos, porque la luz del sol era muy intensa, divisó al ocupante del Cadillac. «Rico hijo de perra», pensó. Hasta que cambiaron las luces del semáforo y el gran automóvil se puso de nuevo en marcha, Callahan siguió con la mirada fija en el Cadillac con la amargura que reservaba para todos aquellos que parecían tener más dinero que él.

Puso la primera, se internó por la Calle Cuarta y se dirigió a Thompson. El tráfico era mucho menos denso en aquella vía poco frecuentada y supo que no encontraría problemas para llegar a tiempo a destino. Encendió un cigarrillo, tratando de relajarse, aunque el dolor persistía.

Frunció la nariz con repulsión al pasar junto a la hilera de casas viejas de madera y a los pisos modestos y ruinosos, reliquias de los tiempos de la guerra: habían sido edificados apresuradamente para que sirvieran de alojamiento a los centenares de trabajadores que acudieran a Roanoke para trabajar en los astilleros y en las bases militares. Treinta y cinco años más tarde estaban aún en pie, pero ahora los ocupaban principalmente los negros y los puertorriqueños. Callahan disminuyó la velocidad y tuvo que detenerse para que un autobús descargara gran cantidad de personas que volvían de trabajar. Los niños jugaban en las aceras y también en la calle. Acá y allá, grupos de negros, sentados en taburetes o en el suelo, bebían cerveza al sol. Callahan sacudió la cabeza. Cuando él era pequeño, Roanoke no parecía llamada a transformarse en una verdadera ciudad.

Y ahora no era más que un apestoso suburbio.

Pensó nerviosamente en el cilindro verde que llevaba en la parte trasera de su coche. Estaba bien envuelto en mantas, de modo que no corría peligro. Sin embargo, aunque desconocía lo que el cilindro pudiera contener, iba a sentirse mucho mejor cuando lo entregara a los hombres que le habían contratado.

Poco antes de la hora señalada para el encuentro, condujo con cuidado por las callejas del suburbio. Alguna que otra taberna situada en una u otra acera parecía dirigirle amistosas invitaciones. Estaba seguro de que un vaso de whisky, aunque fuese bebido de carrerilla, se encargaría de aliviar el dolor que sentía en la mandíbula. Miró su reloj. Se había ahorrado siete minutos al coger por aquella zona; pero no quería correr riesgo alguno de llegar tarde. Pensó en los mil dólares que le prometieran. Sí que la idea le resultaba reconfortante… sin embargo, seguía con deseos de beberse unos tragos.

Al llegar al cruce de la Tercera y Lake llevaba tres minutos de adelanto. Torciendo hacia un costado, fue a detenerse ante un restaurante cerrado. Cerró el motor de su automóvil, disponiéndose a esperar. Pasó un instante de temor cuando cerca suyo vio un coche patrulla, pues sus ocupantes parecieron mirarle con atención. Pero continuó su marcha, perdiéndose rápidamente. Sentía deseos de hacer algo. Por otra parte, recordó que le habían dado instrucciones de disimular. Apeándose, se dirigió hacia la esquina con aspecto despreocupado y compró un periódico de una máquina tragaperras. Al volver a su coche, se sorprendió al ver que la furgoneta blanca ya había llegado. Estaba aparcada detrás de su auto. El corazón comenzó a latirle con furia a medida que se acercaba a los hombres que le contrataran para robar el pequeño cilindro verde que se encontraba ahora en el maletero.

Al llegar a ellos comprendió finalmente por qué le dolía la muela: hacía tres horas que llevaba apretando mucho los dientes.

 

—Torre Dulles. Aquí Sierra Dos Tres. Pesado. Tres mil VFR para aterrizaje.

—Roger, Sierra Dos Tres. Continúa acercándote. Pista libre.

El capitán Don Gallagher desconectó el piloto automático del 747, el cual comenzó a perder altura. Con gran destreza hizo los preparativos para el descenso, a cuyo fin aminoró la fuerza de los motores del jet. En consecuencia, el ruido fue menos intenso en el gran avión. Era evidente al ver a Gallagher que era hombre de larga práctica en lo suyo. Al acercarse a la pista del Aeropuerto Dulles, sus ojos iban rápidamente de un indicador a otro en el tablero de mandos, vigilando la presión del combustible aquí, la tabla de desaceleración allá, el altímetro que se encontraba ante él. Tenía poco más de cuarenta años, aunque su pelo canoso y sus bigotes le otorgaban aparentemente mayor edad. Pequeño, flaco y poseedor de nervios de acero que le permitían mostrarse siempre tranquilo, suscitaba confianza en sus pasajeros, que veían en él al hombre más indicado para cuidar de una gran aeronave.

Se volvió hacia su copiloto, Robert Chambers.

—Es todo tuyo.

Chambers hizo un gesto con la cabeza, encargándose del mando. Gallagher se dirigió al ingeniero de vuelo Les Walker.

—¿Tienes los datos del LDG?

—Están listos. Y el equipo de presión también —repuso Walker.

—¿Algún fallo?

Walker movió negativamente la cabeza. Aquél era el último vuelo de prueba y todo había sido ajustado y puesto perfectamente a punto.

—Ni uno solo.

Gallagher se acomodó mejor en su asiento con expresión complacida. El vuelo había sido excelente. Lo cual venía a significar que, tras una larga serie de constataciones y análisis, el nuevo avión se podía considerar técnicamente inobjetable. Los vuelos de prueba habían sido sumamente rigurosos y en ellos se pudo estudiar y revisar cada detalle de la máquina y los accesorios. Se había pasado escrupulosamente revista al funcionamiento de cada uno de los seis sistemas retropulsores que hacían del 747 el avión más seguro de cuantos se fabricaran hasta aquella fecha.

Gallagher miró hacia fuera por la ventanilla. A medida que la nave descendía, la neblina que se cernía sobre Washington se despejaba. Ya podía divisar las luces intermitentes situadas allá abajo, las cuales se encendían y apagaban con tal rapidez que el espectador podía creer que se hallaba viendo una película de cine mudo. Pero la escasa visibilidad no importaba gran cosa. Tenían a bordo instrumentos para el aterrizaje y, de todos modos, Gallagher había tocado tantas veces tierra con los 747 en el aeropuerto de Dulles que hubiese podido ejecutar la maniobra a ciegas, sin aparatos y aun con los ojos vendados.

Tomó la lista de lo que era preciso comprobar y comenzó con la rutina del aterrizaje. Cada vez que descendía un 747, la tripulación tenía que comprobar cada detalle del sistema que se ponía en funcionamiento a tales efectos. Gallagher leía en voz alta y le respondían el copiloto y el ingeniero de vuelo, según los casos.

—¿Presión?

—Normal.

—¿Altímetros?

—Normales. Han sido comprobados recíprocamente.

—¿Velocidad?

—Normal.

—¿Unidad barométrica?

—Normal. Sus componentes han sido comprobados entre sí.

La familiar letanía siguió. Era preciso atender a más de cien detalles, repasando cada uno, antes de que el 747 tomara contacto con tierra.

El avión continuó bajando. Las nubes se fueron disipando y por fin allá, a unas millas y en plena luminosidad, se extendía el aeropuerto Dulles. Gallagher miró por la ventanilla hacia el sur. En lo alto podían verse cúmulos algodonosos rodeados de nubes más grises y oscuras que se extendían hasta el horizonte. El profundo contraste de claros y oscuros resultaba grato a la vista; pero, como piloto experimentado que era, Gallagher sabía que aquella formación nubosa tenía un significado meteorológico claro: habría mal tiempo durante varios días, el cual iba a extenderse hasta la costa atlántica. Esperaba que Philip Stevens no hubiese dispuesto muchas actividades al aire libre con motivo de la inauguración de su museo, porque los diagnósticos decían que eran muy probables próximos temporales en la zona de Florida.

Gallagher supervisó las maniobras normales de aterrizaje llevadas a efecto por Walker, porque en el curso del último vuelo de prueba, se había impuesto la tarea de comprobar no sólo el buen funcionamiento del aeroplano sino la conducta eficiente de su tripulación. Vio cómo Chambers impartía su voluntad a los motores y cómo vigilaba que todo estuviese en regla. Advirtió la precisión de cada uno de los movimientos del copiloto. Sí, era evidente que el hombre sabía lo que estaba haciendo.

Sus auriculares recibieron señales.

—Sierra Dos Tres, todo dispuesto para el aterrizaje.

Gallagher habló por su micrófono.

—Roger, torre de Dulles. Fuera.

Hizo una señal con la cabeza a Chambers y éste comenzó a maniobrar para llevar a la nave hasta la pista, tomando como límite la luz roja intermitente que marcaba el extremo de la misma. A lo lejos Gallagher admiró la ultramoderna torre y el edificio que acogía a los pasajeros.

No dejó de constatar cada maniobra del aterrizaje. Se unió a la tripulación para facilitar el complicado proceso, aunque comenzó a sentir cierta inquietud sobre Chambers. Algo había en aquel hombre que no le resultaba del todo claro.

Como norma, se inclinaba por conocer en lo posible a cada miembro del equipo. Había trabajado con Walker antes y lo tenía por un experto ingeniero de vuelo, en el cual se podía confiar por entero. Era un individuo con agudo sentido del humor y despertaba las simpatías de cuantos le trataban, cualidades nada despreciables cuando se pensaba en lo reducido de la cabina del 747 y en las largas horas que era preciso pasar dentro de ella. También (y esto era acaso más importante) Walker era una excelente persona.

Pero Chambers seguía siendo un misterio para Gallagher. Aunque había pasado a integrar el equipo del proyecto un mes más tarde que él mismo, es decir, desde el principio, Gallagher no hubiese podido afirmar que le conocía mejor ahora que antes. Chambers era un hombre corpulento de poco más de cuarenta años. No mostraba, por cierto, inclinación por el humorismo: aunque Gallagher reía a menudo a carcajadas con las bromas de Walker, Chambers solía permanecer inmutable. No porque las salidas de aquél le irritaran particularmente; en verdad diríase que se trataba de un aspecto de la relación de trabajo que era necesario soportar. Este verbo en cierto modo lo definía, se decía Gallagher, porque Chambers no parecía reaccionar emocionalmente ante nada, sino soportarlo todo con total serenidad. A pesar de los meses y meses pasados junto a él, Gallagher no podía decir que, finalizado y concretado lo que apenas fuera proyecto, hubiese llegado a poseer una clave que le permitiese interpretar el modo de ser de Chambers.

Sin embargo, se trataba de un individuo capaz, que sabía realizar su trabajo. Esto no era poca cosa para Gallagher; pero se inclinaba por saber más sobre los hombres a su mando. No por mera curiosidad: cuanto más y mejor se les conocía, con sus lados fuertes y débiles, más fácil resultaba prever de qué modo se conducirían en un caso crítico. En la profesión de Gallagher, el conocimiento previo de tales reacciones podía suponer en cierto momento asunto de vida o muerte. Aun teniendo en cuenta el impresionante dispositivo de seguridad que había pasado a ser habitual en la aviación moderna y todos los aparatos automáticos puestos a disposición del técnico, el elemento humano y el juicio personal seguían siendo de primerísima importancia en caso de emergencia.

El 747 dejó atrás la línea que marcaba el inicio de las instalaciones del aeropuerto de Dulles. Acercándose a tierra, pareció suspenderse brevemente sobre ella y por fin, con un ligero estremecimiento, las ruedas entraron en contacto con el suelo. Ya estaba en tierra.

 

Hank Buchek estaba junto a las amplias puertas abiertas del hangar «C», contemplando el aterrizaje del 747 de Stevens. Dejó escapar un suspiro de alivio.

Poco antes, ese mismo día, Don Gallagher había hecho bromas, diciendo que el estado emocional de Buchek se encontraba «en proceso de deterioro». Por malo que resultase confesarlo, se decía Buchek, no podía sino darle la razón. Estaba realmente un poco nervioso. Aquella misma mañana, a las nueve y media llevaba ya fumado medio paquete de cigarrillos, olvidando que precisamente el día anterior se había propuesto dejar de fumar.

Su estado nervioso era, sin embargo, comprensible. Era un hombre flaco y tenso, conocido por su temperamento explosivo y por su afán perfeccionista. Como supervisor del proyecto 747 de Stevens, había derrochado sus considerables energías en el correr de más de un año y medio para que el aparato que ahora descendía al mando de Gallagher no tuviese ni un solo fallo.

Se recostó contra el muro del hangar y aspiró profundamente el aire húmedo. Era el primer momento de tranquilidad que tenía desde que se levantara aquella mañana muy temprano. De pronto, el cielo, aunque amenazaba tormenta, le pareció maravilloso.

Aquél sería el día en que todos sus esfuerzos se vieran coronados por el éxito.

Detrás de aquellos momentos quedaba un año y medio de experimentación severa y exigente, en el curso del cual no hubo jornada de trabajo ni esfuerzo que se ahorrase. De ahora en adelante quedaban ocho horas. Ocho horas para el alistamiento definitivo, la carga del aparato y el despegue del mismo en viaje inaugural, que tendría lugar aquella misma noche. La nave se dirigiría a Palm Beach. A partir de ahí, el 747 se colocaba fuera de la responsabilidad de Buchek.

Aunque le interesase mucho el proyecto 747, era evidente que había consumido sus energías por demasiado tiempo. Ya era hora de que emprendiera algo diferente.

Al ofrecérsele trabajar en el 747, se sintió muy halagado, porque muy pocas naves volantes habían pasado de ser de aviones de línea a aparatos de uso privado. Era un gran honor que te eligiesen para desempeñar un trabajo que implicaba un reacondicionamiento casi total de una nave preexistente. Realizó consultas con los ingenieros, diseñadores, armadores aéreos. Lo suyo era transformar en hechos los datos abstractos de los técnicos. Pues bien, lo había logrado. Con fuertes inyecciones monetarias dispensadas por el señor Stevens, había elegido meticulosamente a sus colaboradores, creando divisiones separadas, estableciendo horas de conferencias para todo el equipo, dispuesto los horarios en que se servirían las comidas (integradas por verdaderos manjares gastronómicos) y previendo cada detalle.

En otras palabras, Buchek se había encargado del aparato de pasajeros más perfecto del mundo para transformarlo en el más lujoso que compañía alguna poseyera para uso privado. Se preguntaba cuál sería la reacción de Stevens al verlo, aunque no dudaba que lo juzgaría muy cercano a la perfección que ambos hombres perseguían siempre.

Un pequeño vehículo de dos motores salió de la nave y, atronando el aire, pasó junto a Buchek. Se dirigía al 747, el cual se acercaba ya. Estaba brillantemente pintado de amarillo y consistía en poco más que una gran maquinaria diésel a la cual se le hubiesen agregado ruedas y algo de carrocería. Su función era la de colocarse debajo de las ruedas del 747 e introducirlo en el hangar o sacarlo de él.

Buchek no podía quitar los ojos del gran avión que acababa de detenerse a unas cien yardas de él. Aunque ligeramente escorzado desde su ángulo de visión, mostraba claramente una gran «S» roja y, debajo de ésta, el emblema de la compañía presidida por el gran hombre de empresa, la Stevens Corporation. Ambos signos estaban sobre la alta cola que brillaba a los rayos solares. Cuando el pequeño vehículo amarillo llegaba al aparato, el estridente chillido de los motores de éste se fue desvaneciendo. Los encargados de la pista se dirigían ya hacia él, llevando consigo la escalerilla para que la tripulación pudiese bajar y el aparato seguir lentamente hasta el hangar donde quedaría cobijado. Hombres, vehículo y escalera parecían de juguete al llegar junto a las enormes proporciones del 747.

Sin embargo, pensó Buchek, ¿qué sería lo que el 747 no reducía a proporciones ridículas? Él, que hiciera posible aquel gigantesco aparato, aún se maravillaba ante la singular combinación de tamaño y alta tecnología que venía a simbolizar. Alto como un edificio de cuatro plantas y tan largo como media pista de béisbol, tenía un poder de millones de caballos de fuerza y generaba energía suficiente como para calentar y alumbrar a una ciudad de tamaño mediano durante veinticuatro horas o más. Y junto a tanto poder llevaba en sí una serie de sistemas de seguridad que daban pábulo a los dichos según los cuales la historia de la aviación jamás había contado con un aparato tan perfeccionado en la materia.

Buchek oprimió el botón de su reloj digital. Los números purpúreos le dijeron que eran las diez y veinte, informe que tomó como un desafío: quedaba mucho por hacer antes de que el aparato estuviese en condiciones de volver a levantar vuelo dando principio a su viaje inaugural hacia Palm Beach. Sabía que dentro del hangar, un puñado de especialistas que él mismo escogiera con todo cuidado estaba listo para llevar a efecto una última revisión. En aquellos momentos, un pequeño ejército de técnicos repasaba el estado de las herramientas y se aprestaba a deslizarse por los lugares más recónditos de la maquinaria y la transmisión apenas el 747 penetrara en el hangar y fuera colocado en el sitio adecuado. Sería la última comprobación pero también la más exigente.

Bueno, pensó Buchek, ya es hora de trabajar. Se dirigió al avión que ya se aproximaba con el ánimo de constatar desde el principio que todo se hacía como él deseaba que se hiciera. Para las seis de la tarde, el 747 podría levantar vuelo.

 

En la cabina del 747, Chambers cerró uno por uno botones y llaves. Por fin llegaba el momento en que se terminaban las constataciones de la lista. Gallagher leyó rápidamente las últimas preguntas. Al oír las respuestas correctas de Chambers hacía una ligera marca a un costado.

—¿Luces de emergencia?

—Apagadas.

—¿Luces de señalización?

—Apagadas.

—¿Radios?

—Cerradas.

Chambers se echó atrás en su asiento. Gallagher sonrió.

—Muy bien —dijo.

Se volvió para dirigirse al ingeniero de vuelo, quien le tendía las hojas de papel sujetas con una pinza a un tablero, en las cuales constaban las últimas consideraciones y datos correspondientes al último vuelo de prueba efectuado por el 747. Gallagher les echó un rápido vistazo. Todo había salido a la perfección, tal como él esperaba. Con el tablero sobre las rodillas, fue poniendo sus iniciales en cada hoja, tras lo cual las devolvió al ingeniero Walker.

—Bien, muchachos. La nave está en plena forma para esta noche.

Apenas dejó de hablar se quitó el cinturón, poniéndose de pie para colocarse la chaqueta azul.

—Chambers, Walker, ¿os parece bien a las cinco de esta tarde?

—Sí, capitán —repuso Chambers—. Allí estaré.

Cuando también Walker, quien con un poco de atraso preparaba sus efectos personales, dio su asentimiento, Gallagher salió de la cabina cerrando la puerta tras él.

Chambers corrió la cremallera de su maleta tras lo cual se irguió. Al hablar sorprendió a Walker, quien no recordaba que Chambers le hubiese dirigido antes la palabra para referirse a algo que no estuviese directamente relacionado con los procedimientos del vuelo. En esta ocasión el copiloto quiso saber por qué Walker había dado cuenta a Gallagher de un insignificante hecho relativo a una unidad de bombeo.

—¿Por qué lo mencionaste? Él no se había dado cuenta.

La pregunta era más un reproche que otra cosa y por lo mismo molestó a Walker.

—Sí que se dio cuenta.

Chambers sonrió.

—Pareces muy seguro.

Cuando Chambers se dirigió a la puerta, Walker le miró con fastidio.

—¿Por qué diablos crees que Stevens contrató a un tío como Gallagher? Advierte todo.

Chambers se encogió de hombros y abrió la puerta para salir. Pero por un momento dirigió a su compañero la misma sonrisa que antes.

—Le veré a las cinco, señor Walker.

Gallagher, al salir del 747, pisó la escalerilla y comenzó a descender haciendo oscilar su maletín a cada paso. Sonrió al ver a Buchek que estaba al pie y que, como siempre, mostraba hallarse muy nervioso. De nada le servía adoptar aquel aire despreocupado: Gallagher le conocía de años atrás; unos quince. Estaba, por lo tanto, al corriente de las reacciones de Buchek y no ignoraba que para su amigo no existía en el mundo nada tan angustiante como la supervisión de un proyecto realizado, de cuyos resultados el piloto viene a dar cuentas.

—¿Y bien?

Gallagher sonrió.

—Tranquilo, Hank. No pudo salir mejor. Este avión es perfecto.

El otro se relajó y se encogió ligeramente de hombros.

—Claro que lo es. No estaba preocupado en absoluto.

Echó mano al bolsillo, extrayendo su tabaco. Luego se puso a buscar los fósforos. Sin dejar de sonreír, Gallagher le dijo:

—¿No te dispondrás a fumar, verdad?

Buchek, sobresaltado, se quitó el pitillo de la boca, metiéndoselo de nuevo en el bolsillo.

—¡Oh, no! ¡Lo he dejado!

Los dos hombres se encaminaron al hangar. Detrás de ellos el vehículo amarillo de dos motores acababa de acoplarse a las ruedas del 747 y se aprestaba a remolcarlo en dirección a las grandes puertas abiertas, Gallagher dio a Buchek unos golpecitos en el hombro.

—Bueno, Hank, ahora que Stevens tiene la máquina de sus sueños, bien podrías tomarte un poco de descanso. Volver quizás a tu antigua vida de ejecutivo. Dos horas para almorzar, golf cada viernes…

Buchek rió ante la descripción que Gallagher hacía de la jornada habitual del hombre de empresa. De todos modos, su trabajo presente no estaría terminado hasta que entregara el 747 al señor Stevens en Palm Beach aquella noche. Entretanto, el tiempo corría y quedaba mucho por hacer.

—Dios mío —dijo—, realmente he de apresurarme.

 

Gran cantidad de personas llenaban la futurista terminal de vuelo de Dulles. Como era media mañana, la actividad estaba en su apogeo. A cada momento llegaban y salían aviones. Se veía la habitual clientela de hombres de negocios, políticos y turistas, que se mezclaban con niños, mozos de equipajes y empleados del aeropuerto. Todos iban y venían de los aviones y de los mostradores, cada uno abismado en sus propias ideas y proyectos. Nadie parecía pensar paramada en los demás, situación que encajaba perfectamente en los planes de Joseph Banker.

El hombre dio un ligero tirón a la chaqueta de su uniforme de piloto. Le iba un poco estrecho en las axilas, pero en conjunto, sabía que le quedaba bien y que su aspecto era convincente. Llevando su maletín de vuelo, se encaminó a la puerta que daba a uno de los salones reservados para las tripulaciones. El guardia plantado ante la misma, al ver en su solapa la tarjeta azul, le sonrió y Banker penetró en la habitación.

Allí se sintió más tranquilo. Acababa de franquear uno de los últimos obstáculos. Por un corredor se dirigió apresuradamente a uno de los vestuarios. Estaba vacío; pero a Banker no le hubiese importado ver por allí a algún piloto. Llevaba el uniforme de la línea aérea más grande y extendida del mundo. Aunque se cruzara con otro piloto de la misma compañía nada tendría de extraño que el mismo no le conociera. Era esa especie de planificación en profundidad la que hacía a Banker sentirse muy muy seguro sobre los resultados de la operación.

Buscó en la fila de armarios el que llevaba las señas «17A» y, una vez hallado, lo abrió rápidamente con una llave, sacando de él un uniforme de obrero especializado. Sin perder un momento se quitó el que llevaba, colocándolo de cualquier modo en la maleta que llevaba consigo. Oyó que alguien penetraba al salón y esperó pacientemente que hiciese allí lo que había ido a hacer y se marchase. Subiéndose a un banquillo, levantó la tapa al tanque de agua del retrete. Allí, flotando en la superficie dentro de un saco de plástico impermeable y a prueba de aire, había una pistola automática calibre cuarenta y cinco. Quitándola del saco, la escondió entre sus ropas y salió del lavabo.

Volviendo al armario, depositó en su interior el maletín con su uniforme de piloto y lo cerró con llave. Por allí había un gran espejo, en el cual se miró de cuerpo entero para analizar su nuevo aspecto. A todos los efectos, era el más completo obrero especializado que pudiera verse en un aeropuerto. Sin embargo, no, algo faltaba. Buscó en uno de los bolsillos superiores, no tardando en hallar la enseña identificadora, la cual fijó a su solapa izquierda. La misma decía: «STEVENS PROJECT. PASE LIBRE PARA EL HANGAR C». Verificó la hora. Sonriendo fue hasta la puerta que llevaba al campo. Todo iba bien.

 

En cuanto el 747 penetró en el hangar, fue rodeado por un enjambre de trabajadores especializados y obreros. Ahora que el último vuelo de prueba estaba cumplido, podía comenzar la tarea de carga. Una fila de camiones comenzó a entrar en el vasto recinto. Una vez que era bajada la carga que cada uno llevaba, el vehículo volvía a salir.

Además, estaban allí los camiones de servicio y aparcados entre ellos se veían dos furgonetas acorazadas dentro de las cuales había cajones con pinturas y esculturas. Lo mejor de la colección de Philip Stevens, que sería colocado en las bodegas del 747 y llevado a Palm Beach aquella noche para ser dispuesto en el nuevo museo.

Gallagher y Buchek contemplaban, mientras otros realizaban con destreza y cuidado la tarea de sacar a las obras de los cajones y depositarlas en unos contenedores de aluminio especialmente diseñados. Dentro de éstos había planchas pequeñas que aseguraban los cuadros de modo que pudiesen realizar el vuelo sin la menor posibilidad de resultar dañados. En cuanto uno de ellos quedaba lleno, era llevado al ascensor hidráulico que lo subía hasta las puertas de la bodega del avión donde serían dispuestos en orden.

Gallagher miraba cómo Utrillos, Van Goghs y cuadros de otros pintores impresionistas eran llevados cuidadosamente a los contenedores. Se volvió sonriendo a Buchek.

—¿Qué valdrá más? ¿El avión o la carga que lleva?

—No lo sé. Cuando las cosas llegan a estas alturas, son un juego de adivinanzas.

Los dos hombres reían al llegar a la siguiente zona de carga, a la cual entraban otros camiones, llevando comidas y bebidas. No tardaron en comenzar a ser depositadas en otro ascensor hidráulico. No se trataba de los componentes del menú usual en los aviones. Había cajas con Caviar Beluga en hielo, un gran surtido de quesos franceses, platos y fuentes de cristal y de porcelana, todo ello iba a ser depositado en los almacenes del gran 747. Una pila de cajas destapadas de botellas de vino estaba sin su tapa sobre una de las plataformas del ascensor, lista para ser izada. Con curiosidad, Gallagher se llegó hasta ella, cogiendo una de las botellas. La etiqueta le llenó de sorpresa. Volviéndose a un camarero de vinos que estaba cerca con una lista del inventario le dijo:

—Lafitte Rothschild, 1945. No sabía que quedara ya de este vino.

El hombre asintió.

—Sí; es lo que opinaba la mayor parte de la gente. De todos modos, pasada esta noche, podrá decirse que definitivamente se ha terminado, capitán.

Gallagher depositó delicadamente la botella en su caja. La última vez que viera una parecida en cierta tienda, pedían por ella doscientos cuarenta dólares. ¿Quién, sino Philip Stevens, podía darse el lujo de ofrecer aquel vino como otro de los tantos en el curso de un corto vuelo?

Notó que Buchek[1] comenzaba a mostrar en su rostro algo parecido al alivio. Aunque aún quedaba mucho por hacer, las cosas se desarrollaban sin accidentes.

Buchek y Gallagher fueron en otra dirección y se pusieron a examinar el trabajo de un operario especializado que controlaba parte del sistema de frenado del 747. En aquel momento, Gallagher tendió la mirada ante sí y pudo ver a Eve Clayton, la cual parecía estar muy atareada en un escritorio situado a lo largo de la pared más alejada del hangar. Aun a tal distancia, pensó Gallagher, era una mujer extraordinariamente atractiva.

 

Eve estaba demasiado ocupada para advertir que Gallagher la estaba mirando. Tareas diversas la habían retenido por la mañana durante más tiempo que el previsto y ahora debía apresurarse para cumplir con ciertas obligaciones importantes. Para ella, como para Buchek, aquél no era un día como otros. Contratada para el proyecto desde hacía más de un año, había llegado el momento culminante, el cual implicaba, por cierto, cantidad de trabajo. Repasó rápidamente las listas de carga, de invitados y otras que le recordaban diversas tareas que debían llevarse a cabo. Todo había sido bien dispuesto según un orden de prioridades y en cuanto a ello podía declararse satisfecha. Los papeles estaban en orden gracias a su secretaria, Julie Lathrop. Aunque la chica era nueva, podía decirse que se trataba de alguien muy valioso.

Poniendo en orden sus pensamientos, volvió a considerar la lista de cuanto debía ser hecho antes de que el avión despegara. Su rostro mostraba su profunda concentración. Era, ciertamente, una mujer muy hermosa, con un magnífico cabello castaño, muy espeso, y un cuerpo alto y flexible propio de una modelo profesional. Cuando iba por las calles, los hombres se volvían para mirarla. Sin embargo, poseía tal confianza en sí misma y tanta autoridad, que nadie se sorprendía mucho al enterarse de que Eve ocupaba un alto cargo ejecutivo en la Stevens Corporation. En verdad ella era la mano derecha del jefe y también su confidente. La larga asociación de ambos le había enseñado al empresario que podía confiar en la habilidad de aquella mujer en los negocios y en su discreción en lo referente a la amistad.

No muy conscientemente Eve advirtió la campanilla del teléfono. Siempre le molestaba porque interrumpía su concentración para obligarla a prestar cuidado a otra cosa que a su vez tenía que ser abandonada para volver a la concentración anterior. Sin embargo, cuando, al coger el auricular, reconoció la voz del otro extremo de la línea, una gran sonrisa bañó su rostro y su propia voz se hizo cálida. Quien la llamaba era Philip Stevens.

—¿Cómo estás, Eve? ¿Todo se desarrolla con normalidad por ahí?

—Me alegra mucho oírte, Philip. Sí, todo se desarrolla de acuerdo con lo proyectado. En estos momentos están cargando el avión. Tengo a la vista la operación que realizan. Algo magnífico.

—¿Qué hay de los invitados?

Eve rió. ¿Quién que se encontrara en su sano juicio iba a rehusar una invitación como aquélla?

—Todos han aceptado.

Al otro lado se hizo un breve silencio. Eve sabía que Philip, hombre que nunca se apartaba de la realidad, trataba de reunir coraje para hacerle una sola pregunta.

—¿Has hablado con Lisa, Eve?

De inmediato, Eve concluyó que sería mejor decirle la pura verdad. Por duro que le resultase, tenía que hacerlo.

—No viajará, Philip. Lo siento.

Casi podía sentir el dolor que sus palabras causaban a Stevens. Hubiese dado lo que fuese porque todo fuera de otro modo; pero la larga discusión que mantuviera con Lisa aquella tarde nada había podido hacer para colmar el abismo que se extendía entre Philip y su hija. Por el contrario, había reavivado el viejo rencor de Lisa contra él, el cual se fundaba en la oposición de su padre cuando ella le manifestara que pensaba contraer matrimonio. Lisa le acusó (no del todo injustamente) de tratar de dictarle la vida que debía llevar.

Ahora no hubo modo de convencerla para que se uniese al grupo de invitados que se dirigían a Palm Beach. Hacia el fin de la conversación de ambas, Lisa había perdido los estribos. Eve le tenía aprecio; pero lo cierto es que solía comportarse más como una niña malcriada que como una mujer. Eve le dijo que, desde luego, estaba en su derecho si no quería hablar con su padre ni verle. Sin embargo, Philip Stevens tenía el derecho de ver a su nieto. Esta consideración calmó los ánimos de Lisa, que se serenó un poco. Pero, lamentablemente, se mantuvo en sus trece sobre la invitación a Palm Beach. No iría.

Philip escuchaba el relato que Eve le hacía. Cuando ella terminó de hablar, se produjo una larga pausa, como si el hombre tratase de digerir las amargas palabras de su amiga. Por fin habló con voz dolorida y algo confusa. Era la primera vez que Eve advertía por su voz que era un anciano.

—Esperaba que esta vez todo sería un poco diferente. Pensé que su resentimiento estaba cediendo…

Eve trató de infundirle optimismo.

—Sigue siendo tu hija, Philip. Sé que, más allá de su rencor, te quiere. Ya habrá ocasión para que se reconcilie contigo.

—No nos engañemos, Eve. No habrá otra ocasión —la voz de Stevens era áspera—. Sé muy bien lo que he sufrido y también lo sabes tú.

Eve apretó el auricular en su mano y se mordió el labio.

Aquél era un secreto entre ambos, que ella bien quisiera olvidar. Pero, como sabía que Stevens sufría de un cáncer inoperable, tuvo que hacer un gran esfuerzo para superar la ola de tristeza que se abatió sobre ella.

—Philip, déjame que te diga…

—Lo último que pediré en la vida es que se me compadezca —el tono del hombre era terminante y por experiencia Eve sabía que no cambiaría de opinión—. Mira, Eve, nos veremos aquí esta noche y así podremos charlar. Gracias. Gracias por todo.

—Está bien, Philip. Adiós.

Del otro lado de la línea se escuchó un clic. Eve depositó de nuevo el auricular en su sitio. Antes de la llamada se había sentido rebosante de energías. Ahora ya no. Con ambos codos sobre la mesa del escritorio portátil, se llevó una mano a los ojos.

—¿Cansada?

La muchacha levantó la vista. Sonrió. De pie ante ella se encontraba Tom Gallagher.

—Pues ya lo ves.

Gallagher la miró con afecto.

—Te invito a ir hasta la oficina a bebernos un café.

Eve levantó una ceja, mirando a su interlocutor con ironía.

—Bien sabes que no hay café en la oficina.

Gallagher sonrió más.

—Cierto. Bueno, pues vayamos a cualquier otro sitio, entonces.

Eve no pudo contener la risa. Él la rodeó por los hombros y juntos fueron hacia la oficina del proyecto 747, que era una instalación provisional que se había levantado junto a una de las paredes del inmenso hangar.

 

Banker se encaminó al hangar con paso relajado y fácil. Pensaba que el traje de operario especializado le iba mejor que el uniforme de piloto. Era de la clase de personas que se preocupa más de los detalles de una operación que de las líneas generales de la misma. Era su convencimiento que si todos los detalles se manejaban con estricta atención, el plan general se cumplía por sí solo.

Fuera del hangar, Chambers, el copiloto del 747, le esperaba nervioso. Banker sonrió. Se consideraba un acabado profesional y cuanto más se acercaba la hora crucial, más frío se sentía. En cambio, Chambers estaba asustadísimo. Bastaba verle. Sin embargo Banker pensaba que había tenido suerte al encontrar a un hombre como aquél. Chambers había conducido aviones de línea regular entre Los Angeles y Las Vegas durante bastante tiempo. Sabía manejar grandes aeronaves y su experiencia era indiscutible. Pero lo más importante era que, en Las Vegas, había llegado a acumular una deuda de juego que hubiese hecho temblar al más templado. De hecho, la gente a quien el hombre solicitara el dinero era de la que mata si no cumples. Fue en el peor momento que Banker se apareció junto con sus amigos. Pagaron al acreedor y fueron muy amables: con razón, ya que acababan de comprar a un piloto de primer orden, quien quedaba en sus manos.

—Serénate —dijo Banker a Chambers, quien llevaba el rostro cubierto de transpiración—. Verás cómo todo sale de maravilla.

—Así lo espero —repuso el otro—, Wilson ya está dentro. Me pidió que te dijera que todo iba de acuerdo a lo planeado.

Banker asintió con la cabeza.

—¿Qué hay del dispositivo?

Aterrorizado, Chambers miró en torno suyo. No había nadie cerca.

—Lo recibimos esta mañana.

Banker miró su reloj.

—Será mejor que me mueva.

Anduvo hacia las puertas del hangar y el piloto le siguió, muy nervioso.

—Cuidado contigo. Gallagher y Buchek aún están ahí dentro.

Sonriendo, Banker le señaló vagamente con el dedo la tarjeta de pase que llevaba en la solapa.

—¿De qué te asustas? Trabajo aquí. ¿O ya no lo recuerdas?

Se dirigió hacia la nave, dejando detrás suyo al preocupado Chambers.

 

Era cierto que en la oficina no había café. Pero Gallagher sabía que Buchek escondía en alguna parte una botella de whisky. Tras rebuscar entre archivos, estanterías y papeles, dio con ella. Tras servirse las bebidas, él y Eve tomaron asiento. Los dos últimos días habían sido demasiado agitados para ambos, de modo que no tuvieron ocasión de hallarse juntos por mucho rato. El hombre sabía que su amiga se sentía contenta de charlar un poco con él, aunque en esta ocasión algo parecía perturbarla. Podía notar como una tristeza en ella, que no era propia de su carácter habitual. Por fin habló con acento de broma, tratando de alegrarla.

—Mi problema consiste en que me da miedo volar. ¿Cuál es el tuyo?

Eve sonrió pero nada dijo, limitándose a mover la cabeza en silencio. Gallagher insistió.

—Eve, querida, ya sabes que hemos vivido en pecado por más tiempo que muchas personas casadas que aún ignoran lo que es la felicidad. Cuando algo te inquieta, lo sé.

Con expresión desalentada, Eve terminó su bebida y se volvió a él.

—Don, Stevens desea que me encargue de la oficina de Ginebra.

Gallagher no se sorprendió. Sabía que Eve era una ejecutiva brillante, destinada a llegar tarde o temprano a las máximas alturas en la Stevens Corporation.

—Soy piloto veterano —repuso—. Me cabe el derecho de solicitar que se me altere la ruta y no hacer ya Nueva York-París, sino Nueva York-Ginebra. Ése no es un problema.

Pero los ánimos de Eve no parecieron mejorar.

—Eso significa, Don, que sólo nos podremos ver una vez a la semana. Acaso dos.

Gallagher pensó un poco.

—¿Conoces alguna fórmula mejor para una pareja de casados?

Eve le miró de lleno a los ojos. Sabía que los temores que abrigaba en lo más profundo de su corazón tendrían que ser atacados de frente. Temía perder aquel hombre; pero una parte de ella temía asimismo conservarlo.

—Ya sabes —dijo— que he pasado por un divorcio. No quiero los riesgos ni la responsabilidad de otro matrimonio. ¿No podríamos dejar las cosas tal como están? Al menos durante cierto tiempo.

Gallagher terminó su whisky, encogiéndose de hombros.

—No lo creo. Nada permanece como está. Es una ley de la vida: todo ha de cambiar o morir. Sin embargo, pienso que debiéramos dejar en suspenso esta conversación sobre nuestros destinos. A ambos nos queda aún mucho por hacer, hoy. Podremos hablar en Palm Beach después del vuelo. ¿De acuerdo?

Eve movió la cabeza, asintiendo. Luego se puso de pie y le besó ligeramente en los labios.

—Que el destino espere. Entretanto ¿por qué no me invitas a comer algo?

Él la cogió entre sus brazos.

—De acuerdo. Buscaremos a Buchek y nos iremos a la ciudad.

 

Banker no encontró obstáculos para penetrar al hangar. Chambers le había proporcionado una tarjeta que le identificaba como trabajador de la empresa y el guardia apenas dirigió una ojeada al distintivo y le hizo una seña con la mano para que entrase. Una vez dentro, no tardó en dirigirse al 747. Subió a la rampa provisional levantada junto al aparato y entró a la bodega de la aeronave, separada de las cocinas por unos pasos. En ellas le esperaba Wilson.

Al penetrar, Wilson colocaba cuidadosamente la vajilla de cristal en un armario. Cuando puso la última pieza hizo una seña a Banker, dirigiéndose a la parte delantera del avión. Era un hombre pesado y más bien bajo. Su pelo era espeso y llevaba el mismo atuendo que Banker. Llegado a una habitación de servicio, extrajo de un cajón cerrado una pequeña caja de herramientas. Luego, seguido por el otro, se encaminó a la escalera que llevaba a la planta de pasajeros.

Todo estaba silencioso y en penumbra en la sala de los invitados. La gente de la limpieza aún no llegaría. Faltaban unas horas, en realidad, pues aquella actividad era de las últimas. Sólo brillaban las luces de seguridad, que impartían débiles fulgores. Wilson se dirigió a un oscuro pasadizo. Antes de internarse en él había tomado una linterna de su caja de herramientas, la cual encendió. Él y Banker se encaminaron a la parte trasera del avión.

Dentro de un mueble pequeño que se encontraba al fin del corredor había una escalera. Mientras Wilson alumbraba con su linterna, Banker la tomó, colocando su extremidad inferior en unos hoyos que se veían a un costado. De inmediato subió por ella hasta alcanzar el techo, que estaba hecho de paneles. Uno de éstos fue quitado y por el agujero se coló Banker, desapareciendo de la vista. Llevaba consigo la linterna.

Penetró a un recinto del 747 llamado el «plenum». Se trataba de un pasaje oscuro que iba de un extremo al otro de la aeronave y que corría por encima del techo correspondiente al salón de pasajeros y demás dependencias. En el plenum se veían las estructuras que daban forma al aparato, el sistema de acondicionamiento de aire, millas y millas de cables, tubos y medidores. Se trata de una parte de todo avión que ningún pasajero puede ver pero que es de vital importancia.

En medio del piso se veía una estrecha vía de pasaje. Iluminándose con su linterna, Banker se movió cautelosamente por la vía. Dirigía los rayos de luz de un lado a otro, en busca de los conductos del aire acondicionado. Dejó escapar un sonido de satisfacción al vislumbrar los tubos relucientes. Se detuvo a esperar a Wilson, que debía encontrarse con él en el lugar. Entretanto observó la maraña de tubos, que debían llevar necesariamente a alguno que sería principal.

En cuanto alcanzó a Banker, Wilson abrió su caja de herramientas, extrayendo de ella un pequeño berbiquí accionado por pilas. Acercándolo al conducto principal comenzó a practicar un agujero de dos centímetros de diámetro. Al terminar, volvió rápidamente el aparato a su caja, colocando sobre la abertura recién practicada una pequeña plancha de cobre.

Entretanto Banker sostenía la linterna, para que Wilson pudiera emplear sus dos manos y trabajara con tranquilidad. Era un experto en todo cuanto se refería a mecánica y hacía con gran rapidez trabajos que requerían gran solvencia. Sin embargo, no podía ocultar cierto nerviosismo, que Banker advirtió. No era la primera vez que trabajaban juntos, sin embargo, y sabía que Wilson merecía confianza en aquella clase de tareas.

Wilson terminó. Un receptáculo de cobre lustroso quedaba permanentemente incorporado al conducto de aire acondicionado del 747. Se inclinó de nuevo hacia la caja de herramientas y sacó de ella un pequeño cilindro verde. Una inscripción al costado del mismo rezaba: «CR-7 Gas». Un poco más abajo se leía: «Sólo para usos militares». Wilson adhirió el cilindro a la pieza que colocara en el conducto. Se oyó un ligero clic y todo quedó en orden, listo para verter su peligroso contenido en la red acondicionadora de aire del 747. Lanzó un suspiro de alivio. Banker se volvió hacia él.

—Vamos. Debemos disponer las armas en la bodega de abajo.

Wilson asintió.

—¿Y después, qué?

—Después sólo hemos de esperar la hora en que el avión ha de despegar.

Banker sonreía. Tenía razones para sentirse confiado. Hasta allí, toda la operación se había llevado a cabo con facilidad y eficiencia.

 

Alrededor de las siete de aquella tarde, todos los preparativos del vuelo se habían completado.

Las elegantes formas del 747 brillaban a los focos de luz que circundaban el aeropuerto de Dulles y una gran cantidad de invitados llegaba sin cesar con el fin de subir al avión. Parecieron muy satisfechos al notar la alfombra roja que se extendía desde el punto en que se detenían los automóviles hasta la escalerilla que daba acceso al aparato.

Don Gallagher se encontraba junto a Eve cerca de la llegada. Ambos daban la bienvenida a los pasajeros. Media hora antes de la fijada para el inicio del vuelo, tuvo, sin embargo, que ir en busca de Chambers y de Walker, que se encontraban en la cabina de mando, para dar comienzo a las operaciones previas al vuelo.

Tomando asiento ante el tablero, Gallagher conectó la radio.

—¿Servicio de vuelo? Aquí Sierra Dos Tres. ¿Algún comunicado nuevo sobre el tiempo?

La radio emitió unos sonidos confusos antes de que la contestación le llegara.

—El centro meteorológico anuncia actividad frontal de consideración hacia afuera de la costa del golfo, la cual parece ir aumentando. Sería mejor que obrase con gran cuidado, capitán.

—Bien.

Desconectó la radio. Por cuanto se veía, les esperaba una llegada pasada por agua. Por los sonidos que le llegaban del intercomunicador supo que la gente continuaba afluyendo al aparato. Ya no tardaría mucho en llenarse. Sin duda, todos se sentían encantados ante la perspectiva del vuelo y, de momento, habrían olvidado cuantas preocupaciones pudieran albergar sobre sus asuntos particulares. Gallagher pensó en la tarde que pasara junto a Eve. Nunca una relación amorosa le había dado tantos quebraderos de cabeza, aunque, justo era decirlo, tampoco ninguna le había proporcionado tantos momentos felices. Pero no había tiempo ahora para pensar en ello. Volvió a concentrar su atención en el tablero de mandos. Tenía ante sí horas de trabajo delicado. Las decisiones que en la relación suya con Eve tuvieran que ser tomadas tendrían que esperar hasta que ambos llegaran a Palm Beach.