Aeropuerto 77
Cinco
En la aviación moderna, la tarea del controlador aéreo es de vital importancia. Su responsabilidad principal radica en registrar los recorridos de los aviones entre los principales aeropuertos del país. Con el tráfico creciente que se constata año a año, los cielos de los Estados Unidos han llegado a convertirse en algo casi tan apiñado como una autopista. Es tarea del controlador aéreo encauzar y, de ser necesario, reencauzar dicho tráfico de modo que se eviten posibles choques. Con ese objeto emplea el radar, una serie de intrincados sistemas de relais y un flujo constante de comunicaciones con las grandes aeronaves. Así se mantiene una vigilancia incesante sobre cada aparato que se encuentra en el aire de acuerdo con una ruta preestablecida.
La oficina de controladores aéreos de la costa oriental de América se encuentra situada en una serie de edificaciones que se levanta en Jacksonville, Florida. Corre por cuenta de la Federal Aviation Authority y se precia de constituir el centro más avanzado de radio y radar que funciona en el mundo de la comunicación aérea.
Dentro del complejo de construcciones con que cuenta la FAA hay una inmensa habitación. En aquellos momentos estaba oscura. En un muro podía verse un gran tablero dando cuenta de los vuelos que tenían lugar por la costa atlántica, desde el norte hasta la punta de la península de Florida. La carta tenía varias marcas, incluidas algunas pertenecientes a la dirección de la Zona de intercepción correspondiente a la Defensa Aérea. También constaban en ella otros espacios dentro de los cuales operaba el radar de la base. Sobre la carta brillaban las posiciones de los varios tipos de tráfico aéreo dentro de la zona cubierta por los monitores. La información que regulaba la posición de los marcadores sobre el mapa llegaba de los propios controladores aéreos.
Éstos formaban un grupo de especialistas vocacionales que tomaban asiento en la habitación en tinieblas prestando atención constante a los datos suministrados por las computadoras sobre latitud y longitud. Todo ello, unido a las complicadas señales emitidas por las pantallas de radar, suministraba a los controladores la información que era la base misma de su trabajo.
Cuando la marca que señalaba la posición del Stevens 747 marcó una alteración en la pantalla, se produjo una reacción instantánea.
Corrió un auténtico pánico por el salón, pues aquello significaba una grave noticia.
El controlador de turno movió unas llaves a fin de ampliar aquella zona y poder estudiarla mejor. No vio nada diferente, de modo que volvió las cosas al estado anterior, confiando que lo que veía era debido a algún desperfecto en el funcionamiento del aparato.
Se equivocaba.
—Dios mío —exclamó el hombre a media voz al ver que la marca no volvía—. ¡Ha desaparecido!
Se volvió hacia su compañero más cercano.
—Jerry, mira esto. Acabo de perder al Sierra Dos Tres. No sé cómo.
Jerry se inclinó para encender los mandos de ampliación. Nada.
—¿Has tenido antes problemas con este repetidor? —preguntó.
El otro negó con la cabeza.
—Claro que no.
Jerry llamó a un tercer controlador.
—Quiero una lectura sobre el Sierra Dos Tres. Dime cuál es su posición.
Cuando el interpelado se inclinó sobre sus indicadores, Jerry accionó la llave que encendía la luz azul sobre su tablero. Esto llevó al resto a comprender que se estaba frente a una posible situación de emergencia. Se inició la cadena de órdenes que darían por resultado una alerta en gran escala. El tercer controlador movió la cabeza.
—Tampoco está por aquí. ¿Se trata del nuevo 747 de Stevens?
Jerry no respondió. Cogiendo un par de auriculares se los colocó, abocándose de inmediato a captar la frecuencia de comunicaciones del 747.
—Sierra Dos Tres, habla el control FAA, de Jacksonville. ¿Me escuchan?
No hubo respuesta. El rostro de Jerry reflejaba su perplejidad.
—Sierra Dos Tres. Hemos perdido contacto en el radar. Por favor, identifíquense.
Jerry miró a sus compañeros. También ellos estaban confundidos con la súbita situación, aunque la desaparición de las señales y las llamadas que quedaban sin respuesta significaban sólo una cosa.
—¡Dios mío! —dijo Jerry—. Creo que el avión se ha precipitado en vuelo.
Hacia el Este veían densas masas nubosas. El Stevens 747 volaba derechamente hacia ellas. Volaba tan sólo a unos cuantos centenares de pies sobre la superficie del océano. La fuerza de sus propulsores y la corriente de aire que escapaba con fuerza de ellos hacía que el agua se estremeciera a su paso.
Chambers había llevado a la aeronave a tal nivel por una razón muy simple: a tal altura, el radar no podía captar su situación en la gran pantalla que los controladores tenían en Jacksonville ni tampoco en la perteneciente al sistema de defensa costera del gobierno de los Estados Unidos. Chambers sabía que a aquella altura, el jet era imposible de localizar.
Su plan era ingenioso y en consecuencia, estaba dando sus frutos.
Dentro de la cabina, Banker escuchaba las repetidas llamadas de los controladores de la FAA que le llegaban por la radio. Al poco rato, se hubiese dicho que sonaban como un disco rayado.
—Sierra Dos Tres. Hemos perdido contacto en el radar. Por favor, identifíquense.
Y así sin cesar.
Chambers se echó hacia atrás en su asiento y estiró sus músculos.
—Ya está. Tendríamos que hallarnos cerca de la isla dentro de unos veinte minutos.
Banker sonrió.
—Y allí no encontraremos problemas.
Chambers le miró. Le gustara o no el hombre, debía reconocer que tenía estómago y que iba al grano. No había manera de negarle tales virtudes.
—¿Has pensado en todo, eh? —le dijo—. Una isla desierta. Un trozo de tierra que sólo se ha usado en el transcurso de la Guerra Mundial…
—Y un piloto con ánimos para cooperar en la operación —completó Banker con voz en la que latía un deje de desdén—. ¿Es eso lo que quería decir, señor Chambers?
Chambers apretó los dientes. No tenía nada que decir a Banker. El hombre «se las sabía todas» y le tenía atrapado, además. Ahogando su enfado dijo:
—Será mejor que hagas cuanto antes el trasbordo. Alguno podría salir de su estado inconsciente.
Banker rió.
—El que lo haga se encontrará sentado en un 747 vacío, preguntándose qué le ha sucedido. Entretanto, nosotros estaremos a medio camino de Sudamérica con una fortuna en obras de arte. Sigue mi consejo, Chambers, relájate. No te preocupes.
Había un teléfono rojo en el Centro de Controladores Aéreos de la FAA. Usándolo era posible, mediante la simple pulsación de un botón, comunicarse directamente con el servicio oficial de guardacostas de los Estados Unidos o con la armada. El teléfono no se encuentra allí porque sean frecuentes los accidentes, sino porque, en el raro caso de que los mismos ocurran, es posible gracias a él ganar unos pocos segundos que podrían resultar vitales en caso de que fuera necesario efectuar un salvamento. En tales casos la rapidez en la intervención es de suprema importancia.
En cuanto el 747 desapareció de las pantallas de radar de la FAA, un ritual bien preparado de antemano se puso en funcionamiento. Tras renovados intentos de comunicarse con el avión sin resultado alguno, se optó por emplear el teléfono rojo.
Se llamó directamente al séptimo distrito de guardia costera, cuyo cuartel general se hallaba en Miami y a cuyo frente se encontraba el comandante George Webber.
El anuncio de la FAA fue rápidamente emitido hacia la Unidad de Salvamento de Aire y Mar. El encargado principal y el controlador de vuelo de la FAA cambiaron rápidos puntos de vista teniendo a la vista los datos de la desaparición del 747. El encargado tenía instrucciones para estos casos, según las cuales debía comenzar por plantear una serie de preguntas que tuvieran que ver directamente con la situación. ¿Había en el contenido de las últimas comunicaciones del 747 algún indicio de que se hallase el mismo en peligro? ¿Cuáles eran la latitud y la longitud de las últimas señales aparecidas en la pantalla del radar? ¿Había tenido lugar por entonces algún cambio en el recorrido preestablecido que el jet debía recorrer?
Mientras la FAA respondía con exactitud y rapidez a las preguntas que se le formulaban, el comandante Webber escuchaba por el altavoz, tomando rápidas notas sobre un papel que tenía ante él. Fue hasta una carta desplegada sobre una mesa cercana y localizó sin tardanza la longitud y latitud de la que se le hablara. Era hombre con gran experiencia en todo lo relacionado con la búsqueda de personas y bienes y con el rescate correspondiente. Mientras seguía escuchando los informes que le llegaban por el comunicador situado sobre la mesa de su escritorio, ideaba ya los medios que podrían ponerse en práctica para efectuar la búsqueda.
Cuando la comunicación terminó, Webber ya tenía un plan concreto para poner en acción. Ordenó a los dos barcos guardacostas que operaban en la zona, que se mantuvieran alertas y dispuso que se enviaran aviones a chorro en misión de búsqueda, que debía comenzar en el lugar mismo en el cual el 747 fuera localizado por última vez en el radar. La oscuridad dificultaría, sin duda, la operación y él lo sabía; pero los aparatos llevaban a bordo instrumentos altamente elaborados para suplir aquel inconveniente. Sin embargo, ya se sabe que el océano no es un pañuelo y que el 747 podría hallarse a muchas millas de allí, en cualquier dirección.
Por fin Webber tomó una decisión trascendental pero atinada. No esperaría los informes que le fueran enviando los aparatos de búsqueda. En lugar de eso montaría todo un vasto plan a gran escala, lo cual venía a significar que, aparte de los aviones y los barcos puestos a trabajar en la búsqueda, tendría que pedir a la Marina de los Estados Unidos que colaborara en el sector norte de la zona de búsqueda. Una vez cumplidos sus objetivos pidió que le comunicaran de inmediato con el Centro de Coordinación Táctica de la Marina en Jacksonville, Florida.
Aunque era aún temprano, el almirante Herbert Corcoran se había metido en la cama. A su lado, su esposa leía una revista mientras él trataba de concentrarse en la trama de una novela policial, haciendo cuanto podía para no pensar constantemente en el viaje de pesca programado para el día siguiente. Era una actividad que gustaba particularmente al almirante y hacía ya un mes que dicho viaje estaba programado.
Fue su mujer la que atendió el teléfono cuando el mismo, que estaba colocado sobre la mesilla de noche que separaba ambos lechos, sonó. Dijo a su marido que le llamaban y de inmediato Herb Corcoran se dijo que algo grave sucedía. Famoso por su mal carácter entre sus subordinados, sólo algo que sé saliera realmente de lo ordinario haría que éstos desafiaran la orden de no molestarle que impartiera antes de irse a la cama. La comunicación tenía que referirse a algo serio.
Lo era. Escuchó la breve comunicación del comandante Reed con gran cuidado. Se le decía que el Stevens 747 había desaparecido. Agregaba Reed una relación de las medidas de urgencia que había tomado. Corcoran se declaró conforme con todas ellas y anunció que se reuniría a la mayor brevedad posible con él en el Centro Táctico.
Mientras saltaba fuera de la cama y comenzaba a vestirse, contó a su esposa lo que estaba sucediendo. Ella se dirigió sin perder tiempo al cuarto de baño, a prepararle los implementos para afeitarse, tras lo cual volvió al dormitorio para colocar en una maleta pequeña la ropa que necesitaría para una noche fuera de casa. Ser la esposa de un miembro de la Marina significa en cierto modo hallarse casada con toda esa rama militar. Su experiencia le decía que la búsqueda que se avecinaba podía durar toda la noche e incluso mucho más.
Al poco rato, el almirante ya se estaba atando los cordones de los zapatos. Parecía muy preocupado, lo cual no dejó de extrañar a su mujer, puesto que no solía asumir aquel aspecto. Año tras año le había visto cumplir con sus deberes de comandante del Centro de Coordinación Táctica de la Marina en Jacksonville. Cada día, la suerte de muchas personas dependía de sus decisiones y ella siempre se maravillaba de la eficiencia y sangre fría que desplegaba invariablemente. Era el prototipo del hombre que se toma en serio las tareas que se le encomiendan.
Sin embargo, esta vez había en su actitud algo diferente. Su mujer sabía que, aparte del interés en él rutinario, otro elemento pesaba sobre el ánimo del marino. La verdad era que el almirante y Philip Stevens se conocían y respetaban desde hacía más de treinta años. La amistad había comenzado durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Herb apenas era teniente. Por entonces, había sido designado para actuar de vínculo entre el programa de construcción de buques y la Stevens Corporation.
El almirante tomó los útiles de afeitar que su esposa le alcanzaba, le dio un rápido beso en la mejilla y abandonó el dormitorio. Toda idea de tomarse unas vacaciones pescando se había desvanecido. Sólo una cosa le preocupaba ahora: localizar y rescatar el Stevens 747.
El tiempo parecía empeorar. Dentro de la cabina de mando del 747, Banker se hallaba cada vez más incómodo por obra de los saltos y vaivenes de la marcha, que iban en aumento.
Chambers había conectado nuevamente la radio con la frecuencia que empleaban quienes se ocupaban de la tarea del salvamento. Las preguntas y respuestas que se cruzaban entre las distintas unidades encargadas de la búsqueda resonaban constantemente en el recinto.
—Base de búsqueda, habla Búsqueda Dos. Recorro el sector, Charlie. Cambio.
—Búsqueda Dos. Aquí Base de búsqueda. Mensaje recibido. Fuera.
Banker sabía que estaba escuchando la comunicación con los aviones de la Marina y se sintió algo preocupado. Mencionó el punto a Chambers. Éste rió.
—Esos aviones vuelan a la altura que, según suponen, nos hallamos nosotros. No olvides, además, que nos alejamos de ese lugar a seiscientas millas por hora.
Banker miró fijamente al piloto.
—¿No cabe la posibilidad de que un avión de búsqueda choque con nosotros?
Chambers rió.
—Estamos ya a doscientas millas fuera de curso. No creo que nadie venga a dar precisamente contra este avión.
Banker sintió fastidio. En cierta manera le parecía que Chambers se estaba riendo de él y era hombre a quien no le gustaba hacer gracia a nadie. Tampoco le gustaba pasar por ignorante. Pero si debía ocuparse de Chambers, el momento adecuado no era precisamente aquél.
Miró su reloj.
—Será mejor que vaya a ver a Wilson —dijo.
Se incorporó, abandonando el sillón de piloto que hasta entonces ocupara. Mientras salía de la cabina y caminaba hacia la escalera que llevaba al salón principal, sintió que su cólera contra Chambers crecía en su interior. No le habían agradado los continuos temores de aquel tío antes de iniciarse la operación. Durante todo el curso de los preparativos había demostrado ser un flojo. De esa clase de individuos que, cuando todo ha pasado, se sienten propensos a hablar demasiado. Y Banker sabía que un socio bocazas puede resultar fatal. Tanteó el arma que llevaba bajo la axila. Cumplido el vuelo, poco importaba lo que pudiera sucederle a Chambers.
En el salón, Banker advirtió que varios pasajeros comenzaban a moverse. Llegó incluso a oír a algunos que se quejaban o emitían débiles exclamaciones. Se alegró de que sólo estuviesen a quince minutos de la Isla de San Jorge, donde aterrizarían. Pronto todos los huéspedes habrían recuperado los sentidos.
Siguió bajando hasta llegar a las bodegas. Sí, luego de que aquel hombre hiciera su parte, ya no le necesitarían. En realidad, desde el punto de vista del reparto, era un estorbo. Banker sonrió para sí. Era ciertamente una interesante consideración a tener en cuenta.
Banker penetró en la bodega delantera y vio que Wilson trabajaba intensamente, ordenando los cuadros y demás obras de arte frente a la puerta de carga y descarga. Banker se quitó su chaqueta de camarero, abrió una caja de aluminio y se puso a ayudar a su cómplice. Sabía que no podrían bajar del avión la pesada carga que pensaban apropiarse. Pero eso ya lo tenía planeado. En vez de hacerlo así, había proyectado desde el principio amontonar la mayor cantidad posible de pinturas y dejarlas prontas para ser bajadas del 747. De tal manera perderían poco tiempo cuando llegaran a la isla. Se felicitó de nuevo por su espíritu previsor y sus cálculos. Estaba satisfecho. Llegaban ya al final de un largo y complicado plan. Un plan que sólo él hubiese sido capaz de poner a punto. Iba a dar resultado. Ahora, ya nada podía fallar.
Lo primero que hizo el almirante Herb Corcoran al llegar al Centro de Coordinación Táctica de la Marina fue dar instrucciones a su ayudante para que localizara a Philip Stevens y le pidiera que se pusiese al teléfono. El muchacho se apresuró a obedecer y el almirante se encaminó a la sala de operaciones del Centro.
Apenas reparó en los marineros que se ponían muy rígidos y le saludaban militarmente cuando él iba por el pasillo. Sus años en la Marina eran ya muchos. Su carrera estaba llegando a su fin. Esas muestras de respeto le tenían ya sin cuidado. Lo que le preocupaba era el modo de dar con el avión perdido y deseaba saber qué posibilidades existían de lograr el éxito de la empresa.
Entró en la sala de operaciones tácticas. De inmediato comprendió, por el ritmo que llevaba la actividad allí, que reinaba en el ambiente una gran tensión y que las tareas de búsqueda y rescate se hacían febrilmente pero sin contrariar un orden preestablecido. Desde aquella habitación se dirigían todas las acciones.
La sala tenía casi las proporciones de una pista de baloncesto. Sus paredes eran muy altas, lo cual posibilitaba que se extendieran sobre ellas los mapas de situación o se proyectaran a gran tamaño pequeñas porciones de los mismos, sirviéndose los operadores de un proyector situado en medio del recinto. Los ojos de Corcoran iban nerviosamente de un plano al otro. Pudo obtener, tras breves instantes, una visión general de los detalles de la búsqueda. Una de las pantallas le mostraba las localizaciones de todos los aviones de búsqueda situados en determinada área. Otra, los lugares donde ya se había investigado infructuosamente. Otra le indicaba la situación de los barcos empeñados en la tarea, que incluían embarcaciones pertenecientes tanto a los servicios de rescate como a la Marina. Las embarcaciones se movían dentro de un radio de cincuenta millas del punto de donde el 747 radiara su último mensaje. Una cuarta pantalla describía la ruta de los vuelos comerciales en las cercanías del punto en que se cortara la comunicación con el avión de Stevens y una quinta se ocupaba de dar cuenta de la situación del tiempo, lo cual involucraba un diagnóstico aproximado de la situación atmosférica que se avecinaba. Por el suelo se veían cables pertenecientes a aparatos portátiles de radar llevados precipitadamente a la sala para reforzar los equipos habituales.
El equipo que llenaba la sala de operaciones tácticas representaba una inversión de muchos millones de dólares. Corcoran se sentía orgulloso de que aquel esfuerzo material se dedicara a aumentar la seguridad de los aviones y barcos, de modo que pudieran transitar con seguridad a través de los aires y las costas norteamericanas.
La conversación entre la gente de la Marina y los guardacostas ocupados en la búsqueda del avión se registraba en un aparato monitor. El susurro incesante de voces por innumerables canales de radio llenaba la habitación. A un no iniciado, aquello le hubiese parecido un puro ruido estático mezclado con frases dichas en idiomas irreconocibles que a veces se parecían extrañamente al inglés.
—Base de búsqueda. Aquí Rojo Siete. Sin contactos en la zona. Me dirijo a la zona Norman, dejando la zona Michael.
Para el personal ocupado en la sala de operaciones tácticas del Centro de Coordinación, el lenguaje era perfectamente claro. Era como una serie de frases taquigrafiadas que les permitía saber al instante y minuto por minuto el progreso que efectuaban los aviones y barcos empeñados en la búsqueda.
El almirante Corcoran fue inmediatamente apercibido por su segundo, el comandante Laurence Reed. Los dos hombres llevaban más de diez años trabajando juntos, de modo que no perdieron tiempo en saludos y cortesías.
Corcoran se inclinó sobre la mesa que contenía la carta general de la situación y la estudió en silencio durante unos momentos. Unos cuantos cuadrados habían sido trazados por alguien con un lápiz rojo. Señalaban los lugares que habían sido ya recorridos con minuciosidad. El almirante, como era su costumbre, no dejaba de ordenar que se obrase con mayor rapidez. La tarea era, sin embargo, parecida a la de buscar una aguja en un pajar.
Se acercó un hombre con otro informe.
—¿Se sabe algo nuevo? —preguntó Corcoran.
El hombre negó con la cabeza.
—Nada, señor. Tenemos a veinte aviones de búsqueda S-3 en operación. También hay por aquí un nuevo guardacostas. Sin embargo, nadie ha visto al avión ni tampoco los restos de alguno que se hubiese precipitado al suelo o al agua.
El almirante continuó analizando los planos, en los que comenzaron ahora a inscribirse datos recibidos vía satélite. En otros se anunciaba que un frente de mal tiempo se dirigía al sector norte de la zona de búsquedas. Sabía que una espesa niebla acompañaría sin duda alguna a aquel frente tormentoso.
Se volvió hacia Reed.
—¿No está el Galway por esta zona?
La gran aeronave de carga era exactamente lo que necesitaban.
—Veremos si es posible avivar un poco los procedimientos —dijo Corcoran—. Este frente borrascoso traerá consigo una visibilidad nula. Que despeguen quince S-3 más. Debemos aprovechar la visibilidad decreciente, mientras podamos. Además, quiero contar con todos los barcos disponibles en esta zona.
—Muy bien, señor.
Se volvió a cumplir con toda la premura posible las órdenes del almirante.
Un marinero se aproximó a Corcoran.
—Acabamos de tomar contacto telefónico con el señor Stevens, señor. Línea nueve.
Haciéndole un vago gesto con la cabeza, Corcoran cogió el auricular de uno de los numerosos teléfonos que se encontraban ante él. Tenía una larga experiencia en la ingrata tarea de hablar con los parientes del personal de la Marina que se habían perdido en el mar, pero en este caso no sabía cómo encarar el problema. Stevens no sólo era un viejo amigo a quien apreciaba infinitamente, sino que debía darle noticias que debían causarle especial ansiedad: por el manifiesto del 747 sabía que la hija de Philip y su nieto se encontraban a bordo de la aeronave desaparecida. Oprimió el botón que daba paso a la comunicación que tanto temía.
En realidad, las cosas resultaron menos embarazosas de lo que temía. Aunque Philip Stevens estaba visiblemente conmocionado, no había perdido en absoluto el perfecto control de sí mismo. Corcoran trató de infundirle ánimos con algunas palabras de optimismo; pero su amigo le impidió que se embarcara en ese orden de consuelos.
—Sé que la situación es muy grave, Herb. De nada vale disimularlo. Pero sé también que si eres tú el que está al frente de los procedimientos, todo lo que humanamente se pueda hacer será hecho con total solvencia.
A Corcoran le conmovió el sereno coraje de Philip. Reaccionó espontáneamente.
—Oye, Philip, ¿por qué no te unes a nosotros en el Centro de Operaciones? Dirigimos la búsqueda de los guardacostas al mismo tiempo que las nuestras. Si coges un avión podrás llegar aquí en menos de una hora.
El tono sobrio de Stevens se animó.
—Gracias, Herb. Allá voy.
—Daré orden de que tengan una pista despejada para ti en el aeropuerto militar.
Después de despedirse, Corcoran colgó. Se quedó un instante inmóvil y enseguida encendió un cigarrillo. Prestó atención a los susurros que provenían de los canales de comunicación. Aquellas extrañas voces parecían provenir de otros mundos, aunque eran en realidad uno de los pocos vínculos que el Centro tenía con aquellos que, lejos de sus hogares, navegaban o volaban sobre el océano. Corcoran sintió piedad por la tremenda ansiedad que su amigo Phil Stevens estaba pasando en aquellos momentos. Pero más valía no pensar en ello. Aspiró profundamente el humo de su cigarrillo y contempló trabajar a sus hombres, que se mantenían intensamente alertas ante los radares mientras escuchaban los informes radiados referentes a la búsqueda y corregían constantemente los datos sobre el tiempo reinante en el lugar de la búsqueda con el fin de poder avisar sobre los posibles cambios que iban a sobrevenir. Era un personal extraordinariamente eficiente, el suyo, pensaba el almirante; y eso era lo único que humanamente contaba. Vio que el comandante Reed se encaminaba hacia él. Sabía que su propósito era decirle que ya podían coordinar sus operaciones con las de la flota situada en la zona. Aplastando su cigarrillo en un cenicero, se preparó a escucharle. Aquélla sería una larga noche.