Aeropuerto 77

Michael Scheff · Capítulo 11 de 12

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Aeropuerto 77

Once

 

Mientras el equipo exploratorio se encontraba bajo el agua comprobando los daños sufridos por el aparato y buscando los puntos en los cuales podrían amarrarse los artefactos que iban a izarlo, una gran actividad se desplegaba sobre la superficie.

Un gran tubo de plástico fue conectado a uno de los compresores de aire del «Cayuga». Salía de la sala de máquinas y subía por la escalera interior, hasta llegar al puente. Las barcas iban llevándolo hacia el punto bajo el cual se encontraba hundido el avión y, al hacerlo, iban agregando nuevas porciones que se sujetaban firmemente a la anterior.

Al llegar al punto, el tubo se insertó en un aparato colocado en otra embarcación situada allí, el cual regulaba la seguridad de las conexiones y la presión que se deseaba aplicar a los tubos que salían de dicho aparato. De modo que en aquella barca se recibía la línea central de aire comprimido y se separaba el suministro, dividiéndolo por medio de varios tubos más pequeños, los cuales iban a ser descendidos hasta el 747 y empalmados a los sacos de caucho.

Al mismo tiempo llegaba al lugar la motora que llevaba los colchones, todos pintados de naranja. Cada uno de ellos tenía una válvula a la cual habían de unirse los tubos de plástico que los inflarían. Cuando estaban llenos de aire llegaban a medir treinta centímetros de espesor. Eran capaces de levantar pesos de varias toneladas.

Lawson, Gallagher y el resto de los exploradores submarinos llegaron a la superficie para ser llevados instantáneamente en una lancha hasta el «Cayuga».

La tripulación del barco, compuesta de personal de probada eficiencia, entregó de inmediato a todos ellos las herramientas y demás equipos necesarios para llevar a cabo el trabajo. Cada hombre se calzó un cinturón especial dentro de cuyos compartimentos se encontraban los útiles que iban a necesitarse. De inmediato se formaron pequeños grupos, cada uno de los cuales abordó una lancha, que entretanto se había acercado al «Cayuga».

Uno de los grupos recibió los colchones inflables. De inmediato, desapareció con ellos bajo la superficie. Otro se encargó de los tubos de plástico que llevarían el aire y que sería preciso empalmar a las grandes bolsas encargadas de izar el aparato. Un tercer grupo, en el cual se encontraban Lawson y Gallagher, fue encargado de practicar los amarres que mantendrían los colchones firmemente sujetos al 747 durante el alzamiento desde el fondo del océano.

Cada grupo tenía pues, en poco tiempo, una misión concreta que cumplir y los implementos que posibilitaban el cumplimiento de dicha función. De inmediato, todos los hombres se sumergieron apresurándose en una carrera contra reloj. Debían cumplir antes de que fuese demasiado tarde.

 

Gallagher nadaba junto a Lawson sin dejar de admirar la precisión y eficiencia desplegada por los tres grupos de expertos.

Se dirigieron en línea recta hacia una de las enormes alas del aparato. Comenzarían por allí. Uno de los hombres tomó de su cinturón una pistola de aire comprimido y se quedó junto a la «X» que allí había. Gallagher le hizo una indicación y el hombre disparó. Una correa pasó por encima del fuselaje, yendo a dar a la otra ala. Luego se movió unos sesenta centímetros e hizo un disparo similar. Pronto quedarían remachados dos puntos a los cuales se podrían atar los colchones.

El equipo, siempre con Gallagher al frente, prosiguió hacia la cola del aparato, donde colocaron ganchos a los cuales se debía atar asimismo otro colchón.

Mientras Gallagher y sus hombres iban disponiendo los lugares y los ganchos, el equipo que les seguía fijaba las grandes bolsas aún deshinchadas que arrastraban con ellos y que oscilaban como grandes algas ante la corriente provocada por los hombres que recorrían el agua en todas direcciones. La operación de sujetarlas a los ganchos era muy sencilla, porque los dispositivos estaban pensados para ser fijados por simple presión.

Segundos después de haber sido colocados los colchones llegó el tercer equipo llevando los largos tubos de plástico, que parecían inmensas culebras al moverse por la masa acuática. No tardaron en conectarlos a los colchones. Cuando todos quedaron en su sitio, cada conexión fue revisada cuidadosamente por hombres especialmente encargados de tal tarea.

Cuando Gallagher volvió a la superficie, estaba agotado. Nadó casi sin fuerzas hasta la motora más cercana y allí fue auxiliado por un marinero. Enseguida surgió detrás suyo la cabeza de Lawson, quien tampoco tardó en ser subido a la «Zodiac».

Lawson pidió el transmisor. Extendiendo su antena, oprimió el botón de comunicación.

—¿Capitán Mackenzie? Aquí Lawson.

La voz de Mackenzie llegó por el pequeño altavoz, alta y clara.

—¿Cómo va todo, teniente?

—El avión hace agua por todas partes, capitán. Creo que hay que izarlo sin tardanza alguna si es que se pretende rescatar con vida a sus ocupantes.

—¿Qué me dice de la distribución del peso? —preguntó el capitán.

—La cola del aparato es pesada. Pienso que subirá inclinado.

—¿No habría tiempo para equilibrarlo, agregando más sacos inflables?

—No, señor —repuso enseguida Lawson—. Sería muy peligroso.

—Entonces que salgan de la escena todas las motoras. Voy a accionar los compresores.

Para entonces, todos los integrantes del equipo que fijara las bolsas de caucho al 747 estaban ya en las lanchas, que de inmediato empezaron a dirigirse hacia el «Cayuga».

Confiando en la buena suerte, comenzaba el verdadero rescate de la aeronave.

 

Hank Buchek cogió la tira de género hecha con una sábana y la ató en torno a la cintura de Eddie.

El agua bajaba por la escalera en volumen creciente y llovía sobre la cabeza del barman cuando éste quedó atado a la baranda.

—Estoy bien sujeto, señor Buchek —dijo Eddie—. Muchas gracias.

—Siento que las cosas no puedan hacerse mejor —repuso el técnico.

Muchos otros estaban amarrados por sus cinturones o de manera parecida a Eddie, en la baranda de la escalera, la cual era sin duda fuerte. Buchek asistió a la señora Stern, que se aferraba desesperadamente a Bonnie. Ambas quedaron firmemente sujetas.

Le preocupaba Dorothy, la cual no estaba en condiciones de ser puesta de pie, así fuera precariamente. Apenas respiraba y era obvio que se encontraba en muy grave estado. Pero no era menos evidente que nada se podía hacer en su beneficio en aquellas condiciones.

A unos cuantos pasos de la escalera había una serie de barrotes que sostenían una larga mesa, la cual llegaba a la cintura de una persona. También a esos sostenes se ataron algunos con sus cinturones o con trozos de género resistente. Otros lo hicieron al eje central de una mesa empotrada en el piso. Lisa y Benjy fueron sujetados a dicho eje.

Buchek pasó revista a todos, asegurándose de que corrieran la menor cantidad posible de riesgos. Cuando estuvo seguro de que así era, fue hasta la escalera y se ató él mismo. Sabía que ya no faltaba mucho.

El capitán Mackenzie estaba en el puente del «Cayuga». A su lado se encontraba Philip Stevens. Detrás de ambos, un grupo de hombres esperaba, tensos, sus órdenes.

Mackenzie inspeccionó cuidadosamente la zona del rescate sirviéndose de sus prismáticos. Vio cómo las motoras se alejaban del lugar y la embarcación de la cual salían los tubos de aire comprimido, colocada en el lugar previsto.

Se volvió a un teniente.

—Las embarcaciones ya se han retirado a distancia conveniente. Que pongan en marcha los compresores.

El teniente se colocó unos auriculares provistos de micrófono y radió la orden. Casi enseguida comenzó a oírse el ruido de los cilindros de la máquina. La operación comenzaba.

En el puente superior, un especialista consultaba un medidor, que controlaba el paso del aire. Cuando se llegó a la presión requerida, hizo una señal a uno de sus subordinados, quien abrió la válvula.

Se escuchó un sonido parecido a un grito cuando el gran tubo de plástico, al llenarse de aire, hizo un movimiento nervioso, como si tuviera vida.

No tardó el aire en llegar al barco, que lo distribuía hacia los tubos menores. Allí, un miembro del equipo estaba ante un medidor de presión. Esperó a que el mismo marcase plena presión y entonces movió la llave que alimentaba los seis tubos ajustados a las válvulas de los colchones que arrastrarían hacia arriba el 747. Los grandes sacos de caucho pronto se llenarían, comenzando a llevar hacia la superficie al gigantesco avión.

 

Seis eran los sacos de caucho atados a la estructura de la aeronave: cuatro de ellos a las alas, dos en cada una; uno al fuselaje y otro a la cola. El poder elevador, una vez inflados todos, sería tremendo.

Los largos tubos de plástico que pendían del barco situado encima del lugar donde estaba sumergido el avión se pusieron rígidos cuando el aire pasó por ellos y los grandes sacos del fondo comenzaron a llenarse, con lo cual el fondo arenoso se agitó, como si pasase sobre él un verdadero temporal. Los sacos se inflaban con rapidez, cambiando de forma. Ahora parecían grandes peces gordos. La estructura de metal del 747 comenzó a acusar el tirón múltiple a que era sometida. Con cada uno de éstos se producía un ruido parecido al de algo que se desgarra, el cual podían oír los hombres ocupados en vigilar la marcha de la operación.

De pronto, el avión comenzó a moverse. Con un quejido metálico se estremeció un poco, como si fuese un monstruo al que se quisiera descuartizar sometiéndolo a fuerzas contrarias. Estaba asentado sobre el fondo, de modo que al ser movido, gran cantidad de arena y pedruscos se movió con una lentitud parecida a una escena filmada con cámara lenta. Se levantó un poco, pero volvió a caer lentamente, proceso que se repitió numerosas veces.

Entretanto, los sacos seguían almacenando aire sin cesar y aumentando su capacidad de flotación. Por fin, el 747 dejó el lecho de arena al que estaba adherido y comenzó a subir lentamente.

 

La tensión reinante en el «Cayuga» era extraordinaria. La tripulación estaba como pegada a las barandillas de los puentes mostrando en su rostro el anhelo y la incertidumbre. Esperaban y confiaban en que el delicado avión resistiese aquel terrible itinerario hacia las alturas. Sólo el incesante tronar del compresor rompía el silencio.

En el puente, Mackenzie recorría la superficie con ayuda de sus prismáticos. El agua parecía bullir en el lugar donde, se esperaba, iba a surgir el gran avión.

Cuando vio que aparecían allí unas manchas color arena, supo que los sacos habían conseguido liberar al 747 de su prisión. Pero su rostro mostraba una intensa preocupación. Si sólo hubiesen contado con un poco más de tiempo… Sabía que los sacos no habían podido ser colocados de modo que equilibraran la fuerza, puesto que eran pocos los lugares donde los ganchos podían afirmarse con seguridad y poco el tiempo para calcular las resistencias. El aparato subiría entonces un poco al azar y con desprecio de todo equilibrio en su interior. Los pasajeros no iban a disfrutar, por cierto, del rescate, sino que rodarían de acá para allá dentro del avión.

Las vibraciones y temblores que sacudían al 747 parecían magnificarse dentro del salón donde se concentraban los pasajeros. Cada vez que se colocaba un saco de aire en el gancho soldado a su estructura, todo el avión sufría vuelcos que amenazaban con lanzar violentamente a las personas por el piso. El sonido ominoso del metal retorcido alarmaba a todos, que pensaban que poco tardaría el aparato en resultar desarticulado.

Los pasajeros se aferraban a sus puntos de apoyo con todas sus fuerzas y vigilaban constantemente la firmeza de aquello que les mantenía atados. Buchek, que se agarraba a la barandilla de la escalera, no cesaba de maldecir, ya que sólo tenía una mano útil. Eso le impedía socorrer a los demás y en especial a Eve Clayton, que estaba a su lado y que aparentemente estaba siendo muy mal tratada por los movimientos violentos de la aeronave.

De pronto, las sacudidas se hicieron más violentas. El avión comenzó a balancearse de un lado a otro y el agua que ya superaba la cintura de las personas atrapadas, corrió de uno al otro extremo o mostró correntadas de distinto signo que provocaban algo parecido a un pequeño y arremolinado mar en el interior del 747. La pequeña Bonnie Stern lanzaba gritos de terror al entrarle agua por la boca y empaparle el cabello. El ángulo de inclinación comenzó a variar. Se hubiese dicho que el agua surgía de alguna fuente situada a los pies de los náufragos, porque el nivel aumentaba en gran manera: el agua acumulada en la parte delantera se precipitaba hacia la trasera. Pero Buchek comprendió que si ello sucedía, la razón estaba en que comenzaban a levantarse.

Sintió que el suelo resbalaba bajo sus pies. Tuvo que agarrarse con más fuerza a la barandilla. Al hacerse más agudo el ángulo de inclinación del piso, Buchek constató con horror la verdad: el avión sería izado en posición muy inclinada, la cual dependía, naturalmente, de la cantidad de agua que se encerraba en cada compartimento y que tenía un peso capaz de desequilibrar por completo al 747, en cuanto éste dejara el lecho de arena sobre el que descansaba. Gritó a los pasajeros, explicándoles en pocas palabras lo que estaba pasando y advirtiéndoles que la situación se pondría aún peor. Se oyeron gritos de pánico cuando una gran ola se precipitó sobre ellos desde la parte anterior hacia la posterior. Objetos diversos que flotaban sobre ella golpearon la cara de algunos. Buchek miraba desesperadamente el estado de los pasajeros. Todos parecían resistir. Sin embargo, Lisa, que estrechaba con todas sus fuerzas a Benjy y estaba sujeta a uno de los barrotes que atravesaban la estancia, y Karen Wallace, que también se atara a uno de ellos, no se encontraban seguras. Pensó que si el aparato se iba a mover violentamente de un lado a otro, quedarían en grave peligro.

Entretanto, la lenta ascensión continuaba, aunque el ángulo se agudizó aún más. Todo cuanto quedara por el suelo iba a acumularse en el fondo del salón, como si el piso fuera de aceite, o corría por el pasillo que llevaba a la parte trasera. Eddie gritó cuando algo dio con fuerza contra su pierna entablillada. Un asiento adosado a una pared se desprendió, volando por el aire y golpeando la espalda del doctor Williams antes de desaparecer por el pasillo. Si el viaje hacia la superficie tardaba mucho más, pensó Buchek, difícilmente se salvarían los pasajeros, los cuales resultarían ahogados o muertos por algún golpe.

Ralph Crawford sintió que sus manos escapaban a la barandilla de la escalera. Trató de reajustar el nudo que le sujetaba, pero en aquel momento el avión se tumbó primero hacia un costado y luego hacia el otro. Al perder el equilibrio, se sintió a merced de las olas. El agua salada le hacía arder la garganta y casi le cegaba. Frenéticamente tendió las manos para asirse a la barandilla, pero sus manos sólo cogieron agua. Sintió que se mareaba y vacilaba, como en una pesadilla.

De pronto, una mano firme le agarró y Crawford, con movimiento instintivo se asió a la cintura de quien le auxiliaba y pudo sacar la cabeza fuera del agua, aspirando un poco de aire. Su salvador era Lucas, que se había inclinado tanto como le era posible con el fin de socorrerle, aunque así pusiera en peligro su propia seguridad. Al fin, Crawford, haciendo un supremo esfuerzo, pudo agarrarse otra vez a la barandilla. Enseguida pasó ambas manos por ella y la abrazó con el último vigor que le quedaba.

 

Desde su posición, Gallagher y Lawson miraban el remolino que en la superficie del océano causaba el 747 en su accidentado viaje hacia la superficie. En un diámetro de cincuenta metros cuadrados, el agua parecía bullir. Gran cantidad de burbujas se veían por doquier. Saltaban y se perdían en el aire. Eran el testimonio del movimiento que en aguas profundas causaba el rescate del 747.

Desde su sitio, en una de las motoras «Zodiac», Gallagher pensaba que, cuando el aparato surgiese, sería preciso acudir a él de inmediato. Las lanchas estaban dispuestas, con sus motores en funcionamiento.

Con sus prismáticos, Lawson no dejaba de recorrer la zona. Vio que el movimiento de las aguas se hacía más fuerte y concluyó que ya no faltaba mucho para que el jet apareciese.

Se volvió a Gallagher:

—En cuanto aparezca, habrá que apresurarse. Con los colchones así colocados, el equilibrio será precario. Por otra parte, una vez llegados arriba, los amarres quedarán sueltos y el avión podría volver a hundirse.

Volvió a mirar. Dejó a un lado los prismáticos e hizo una señal a la tripulación de las otras lanchas, que estaba precisamente a la espera de ese movimiento. Significaba que el 747 podía aparecer en cualquier momento.

Gallagher y Lawson se calzaron las máscaras y ajustaron sus reguladores de aire.

 

Dentro del avión los pasajeros seguían aferrándose a sus puntos de apoyo, con el fin de que no les arrastrase el agua y manteniéndose alertas por si algo volaba en dirección a ellos, arrojado por las violentas convulsiones del aparato.

Benjy y Lisa no se sentían seguros en absoluto. El lugar al que estaban cogidos era pequeño y, por debajo del agua, corría toda suerte de objetos que, al golpearles no sólo los lastimaba, sino que amenazaba con hacerles perder el equilibrio.

De pronto, el 747 se volcó hacia un lado y Lisa notó con terror que Benjy acababa de ser arrancado de sus brazos por la ola que se desencadenara. El pequeño lanzó un alarido de pánico al sentir que su cuerpo escapaba a su sostén y parecía disponerse a correr con la corriente hacia la parte posterior de la aeronave. Alcanzó a aferrarse al vestido de su madre; pero poco a poco la fuerza del agua tornaba inútiles los esfuerzos que desplegaba. Una mano de Lisa no alcanzaba a sujetarlo y no podía soltar la otra, pues entonces ella y su hijo quedarían por completo sometidos a las olas. Miró frenéticamente en torno, viendo que Karen podía sujetar a Benjy, pues éste había quedado al alcance de su brazo. Gritó en dirección a ella.

—¡Ayúdeme, por el amor de Dios! ¡Ayúdeme!

Sin poder creer a sus ojos, vio que Karen contemplaba a Benjy sin hacer nada y que luego desviaba los ojos en otra dirección, mientras cogía con redoblada fuerza el barrote al que estaba unida.

Tampoco Buchek podía dar crédito a lo que estaba viendo. Entretanto, el niño escapaba irremediablemente a todo auxilio. Buchek, con sólo una mano, no podía ir en su socorro: sólo conseguiría que ambos se estrellaran contra algún tabique o que el agua, en su tremenda turbulencia, les sepultara sin darles tiempo de actuar.

De pronto se le ocurrió una idea. Se volvió a Frank Powers que estaba cerca suyo.

—Agarre con fuerza mi cinturón y reténgame con todas sus fuerzas. Voy a sujetar al niño.

Powers se apresuró a hacer lo que el otro le ordenaba. Buchek soltó la barandilla y tendió su único brazo disponible hacia Benjy, aunque apenas podía ver lo que hacía, ya que el agua le cruzaba en todas direcciones y la gran salinidad le hacía arder los ojos. Por fin sintió que agarraba las ropas del pequeño y pudo atraerlo hacia sí. Pero la corriente era muy fuerte, de modo que apenas conseguía algún progreso. Por fin pudo tender más la mano y pasar su brazo en torno al cuello de Benjy.

Powers tiraba con todas sus fuerzas del cinturón de Buchek. Después de mucho luchar, Buchek pudo finalmente dejarle el niño y volver a sujetarse a la barandilla. Powers se encargó de Benjy y Lisa lanzó una exclamación de alivio y agradecimiento.

El metal del avión no dejaba de chirriar a medida que subía hacia la superficie. De pronto, dio un súbito vuelco y Karen Wallace sintió que escapaba a su atadura. Sus manos corrieron por el barrote mientras el vuelco se hacía más y más grave. Chillando de terror aflojó por fin su puño y fue envuelta en el tremendo torbellino de agua y objetos que ésta arrastraba.

Los pasajeros asistieron impotentes a la tragedia. La corriente la arrastró a gran velocidad hacia el fondo de la aeronave. Se oían sus gritos entrecortados, hasta que de pronto fue golpeada por una pesada caja de madera que flotaba siguiendo las bruscas oscilaciones del agua.

Su cuerpo fue a dar contra el tabique del fondo del salón. No tardó en desaparecer arrastrada por el agua que se precipitaba por el corredor.

 

La agitación arremolinada en la superficie del agua crecía a medida que el 747 se acercaba a ella. Aunque las embarcaciones de rescate se mantenían a cierta distancia, la marejada las movía y sacudía en virtud de la turbulencia que el aparato creaba.

De pronto, con un rugido sordo, comenzaron a aparecer los grandes colchones color naranja. No tardó en brillar la tersa superficie metálica de la aeronave y finalmente, desplazando toneladas de agua que parecían hervir, todo el 747 se presentó a la vista de las embarcaciones de socorro. Brillaba a los rayos del sol, no sólo a causa del metal de que estaba hecho, sino por el agua que chorreaba en abundancia de él. Se hubiese dicho que una gran ballena herida surgía de las profundidades.

Las ondas de agua que su aparición disparó en torno vinieron a chocar contra los cascos de las motoras. Lawson dio una orden y de inmediato todas corrieron a toda marcha hacia el jet rescatado de las profundidades.

Las gigantescas alas quedaron al nivel del agua, dando grandes palmadas sobre la superficie cuando el aparato era zarandeado por la agitación del mar.

Lawson, que iba delante, llegó a una de las alas. Encima de ella se veía una puerta de emergencia y fue por allí que los ocupantes fueron saliendo, dirigiéndose a las lanchas. Lawson se mostraba muy inquieto, sin embargo: la inestabilidad del avión sobre el agua y la falta de apoyos abundantes y firmes en éste para que se sostuvieran firmemente todos los colchones, le hacía temer que de pronto se zafara, yéndose de nuevo al fondo.

 

El avión se sacudió como nunca y osciló tremendamente de acá para allá cuando llegaba a la superficie. De pronto, la luz del sol invadió el recinto en que se encontraban todos los pasajeros. Tan fuerte pareció a todos (que habían pasado las últimas ocho horas al tenue fulgor del sistema de emergencia) que tuvieron que entrecerrar los ojos.

Por un momento reinó un gran silencio. Nadie parecía creer que estaba realmente fuera de la trampa que les retuviera en las profundidades. La primera que gritó de alegría fue Jane Stern. De inmediato, las exclamaciones y los llantos se multiplicaron. Todos se dedicaron a desabrochar sus cinturones y a deshacer los nudos de los géneros que les retuvieran durante el ascenso.

Buchek se apresuró a advertirles:

—Rápido. Tenemos muy poco tiempo. Comencemos por llevar a los heridos a la salida de emergencia. Una vez evacuados, saldremos nosotros.

Se dirigió a Eddie, ayudándole a llegar a la puerta. Eve Clayton le cogió de un brazo que pasó en torno a su cuello y entre ambos pudieron recorrer el trecho existente. El agua salía rápidamente de la estancia, pero el piso estaba muy resbaladizo.

En la escalera, Nicholas St. Downs estrechaba a Emily Livingston en un silencioso abrazo. La cabeza de Dorothy descansaba sobre el hombro de su compañera de tantos años.

—Estamos a salvo, querida —le decía Emily—. Ya verás como pronto estarás perfectamente.

Pero no recibió respuesta. La cabeza de Dorothy cayó hacia un costado. Su pulso no daba señal alguna. Con indescriptible amargura Emily constató que su compañera estaba muerta. Las lágrimas comenzaron a brotarle a torrentes. Nicholas la estrechaba más cerca de él, tratando de consolarla.

—Vamos —le decía—. Ya no hay nada que podamos hacer por ella, Emily.

Miró en su torno.

—Apresurémonos, Emily —agregó con dulzura.

Tenían que hacerlo. Ya estaban todos junto a la salida de emergencia que daba a una de las alas del aparato. Buchek y Eve organizaban la evacuación, que debía hacerse cuanto antes. Los heridos ya estaban junto a la puerta, preparados para salir.

—Pero Nicky, no podemos abandonar aquí a Dorothy —dijo Emily.

El hombre no respondió.

Buchek movió el mecanismo de la puerta y ésta se abrió lentamente hacia adentro. El técnico tiró de ella y terminó por franquear la salida. El aire frío penetró al interior, barriendo la atmósfera viciada que reinaba. Su olor era delicioso. Los pasajeros pudieron ver la mar picada afuera y las lanchas de rescate que les aguardaban.

De inmediato, con la ayuda de los hombres rana que, con la máscara sobre la frente, caminaban por el ala, comenzó la evacuación de los heridos.

 

El capitán Mackenzie y Philip Stevens contemplaban el rescate desde el puente del «Cayuga», sirviéndose de sus prismáticos.

Asombraba ver la aparente pequeñez de las lanchas «Zodiac» cuando se las comparaba con el descomunal tamaño del avión. Hasta los grandes helicópteros SH-3 que planeaban por encima, parecían simples moscas inquietas.

Stevens, gracias a los poderosos prismáticos, pudo seguir de cerca todas las alternativas de la operación. Vio a cinco hombres rana con sus ropas negras, subir a las alas y encaminarse enseguida a la puerta de emergencia que daba a una de ellas. Entretanto, los pasajeros abrían la misma. El agua barría constantemente la superficie del ala, dificultando la tarea.

El primero en salir fue Eddie, el barman, a quien ayudaban desde dentro. Stevens descubrió entre los que colaboraban a Frank Powers, a quien conocía por ser el asistente del científico Martin Wallace. Powers y uno de los hombres rana consiguieron que Eddie saliese al ala. Luego venía la señora Stern y su hija Bonnie. Como Eddie, una vez puesta sobre el ala, era bajada por los hombres a la lancha que estaba junto a ésta. Uno por uno fueron así evacuados todos los heridos y conducidos a las lanchas «Zodiac» que les esperaban.

Cuando los pasajeros que no estaban heridos comenzaron a salir, el procedimiento que los equipos de hombres rana estaban siguiendo resultaba claro. Un grupo trabajaba sobre el ala del 747 y ayudaba a los rescatados a salir por la puerta de emergencia, dándoles instrucciones para que se deslizasen hacia una de las motoras, aprovechando que la superficie estaba resbaladiza por el agua que aún caía por ella. En la embarcación eran ayudados a entrar en ella por otro grupo que se encontraba allí.

Aún en medio de aquellos minutos expectantes, Philip Stevens sonrió al ver aparecer a Emily Livingston en la puerta, junto a Nicholas St. Downs, su viejo amigo. Quería hacer las cosas a su manera, prescindiendo de la ayuda que se le quería prestar. Muy propio de ella.

El resto no tardó en salir. Cuando una de las embarcaciones estaba completa, salía rumbo al «Cayuga» y otra ocupaba su lugar. Stevens vio por sus prismáticos caras de personas que conocía y estimaba. Hasta que por fin reconoció a su hija, que llevaba a Benjy muy junto a ella. Como Gallagher le había adelantado ya, estaba ilesa y también el niño. Vio a ambos dejarse caer por el ala y ser auxiliados por los hombres de la motora. Contempló la maniobra con un poco de aprensión. Pronto estarían a su lado.

Bajó los prismáticos porque no podía ver nada. Tenía los ojos anegados por las lágrimas. Comprendió que, acaso por primera vez en su vida, lloraba.

Junto a él, sobre el puente, estaba el capitán Mackenzie, que vigilaba con gran cuidado la operación desde el principio, atendiendo, desde luego, más a los aspectos formales de la operación que a la identidad de los rescatados. Deseaba que todo se hiciese con la mayor precisión pues sabía que con ésta iba la rapidez.

Podía declararse satisfecho con el desarrollo de la maniobra. Lawson había cumplido cada etapa del plan con absoluta escrupulosidad. Las embarcaciones estaban a la distancia exacta del avión. Cuando éste apareció sobre la superficie, las «Zodiac» no estaban demasiado cerca como para poner en peligro la seguridad de sus ocupantes ni demasiado lejos como para no acudir de inmediato.

También la evacuación se hacía siguiendo el proyecto previamente esbozado. Esperaba que a los diez minutos de comenzada no quedase nadie dentro del 747.

Pero de pronto vio algo que no le gustó en absoluto. Cerca de la cola del aparato, uno de los colchones de goma estaba junto a una lámina de metal destrozado. Con el movimiento del agua, aquello actuaba como una sierra. Sabía que la calidad del caucho, que a su vez estaba recubierto por varias láminas de plástico resistente, era firme; pero el metal destrozado era sin duda muy filoso y el movimiento de sierra, constante.

Mackenzie sabía que el aparato necesitaba cada libra de apoyo para no irse nuevamente al fondo. Si aquel colchón no resistía, nada se iba a poder hacer.

 

Gallagher sentía que el agotamiento podía más que su voluntad. Estaba junto a la salida de emergencia del 747, ayudando a salir al último rescatado, con excepción de Eve y Buchek, que aún permanecían dentro, ayudando a los demás. Finalmente también éstos aparecieron por la abertura. Gallagher se aprestaba a ayudarles, cuando sucedió.

El colchón situado cerca de la cola terminó por abrirse por obra del continuo rozar de la plancha de acero contra él. Se escuchó un silbido ronco cuando el aire empezó a salir del gran saco inflado y el aparato casi se dio la vuelta antes de enderezarse otra vez. Don se fue al suelo y también Buchek. Cuando ambos se deslizaban por el ala, Gallagher vio que Eve había resultado impulsada por el movimiento del aparato hacia dentro del salón, al cual cayó de espaldas.

De inmediato Don se quitó los cilindros de aire que llevaba a la espalda para poderse mover con más desenvoltura y se volvió hacia la salida de emergencia, escalando como podía la resbaladiza superficie. Echó un vistazo hacia atrás y, al hacerlo, divisó a dos hombres que ayudaban a Buchek a subir a la lancha. Luego, sin vacilar un instante, se lanzó dentro del avión por la abertura desde donde viera caer a Eve hacia el interior del aparato. De inmediato se puso a auxiliarla. La muchacha estaba tendida sobre el piso, aparentemente aturdida.

—Debemos apresurarnos —dijo Don.

Eve jadeó al ver la salida de emergencia. El piso se inclinaba mientras la cola comenzaba a hundirse en el agua y toneladas de agua volvían a introducirse en el interior del 747. La situación era desesperada.

Ya no se podría usar la salida que los demás emplearan porque el avión se inclinaba por ese lado y las aguas se precipitaban por allí. Era necesario buscar otra.

—¡La cabina de mando! —gritó Don.

Cogiéndola firmemente de la mano, comenzaron a afanarse por llegar. Pero no pudieron hacerlo tan rápido como la crítica situación lo exigía. Una gran ola cayó sobre ellos, tirándolos al piso. Semiahogado por el agua, Don puso a Eve nuevamente de pie. Tenían que llegar cuanto antes a la escalera y situarse en el puente de vuelo. No tenían otra posibilidad de salir con vida.

Con mucho trabajo consiguieron llegar a la escalera, sorteando los obstáculos representados por la gran inclinación del piso y la multitud de objetos que se interponían. Por fin pudieron llegar y Gallagher empujó a Eve para que subiera, a pesar de que el ángulo de inclinación se había hecho tan abrupto que costaba muchísimo hacer progresos.

Gallagher la seguía. A cada peldaño que escalaban el agua parecía perseguirles. El nivel subía con gran rapidez. El ruido del agua era como un rugido ensordecedor. Don sabía que quedaban segundos para que el avión volviera a hundirse definitivamente en el fondo del océano.

Consiguieron llegar a la cabina. Tenían que salir al exterior por allí: el resto ya comenzaba a desaparecer bajo la superficie. Gallagher movió la palanca que abría la puerta de cristal tan gruesa como un tabique. La abrió y arrastró a Eve.

Fuera, el agua bullía mientras el 747 volvía a hundirse. En medio de los remolinos, ambos consiguieron, sin embargo, nadar hasta alejarse considerablemente del aparato. Era necesario. De otro modo, la fuerza de succión que el mismo haría les hubiera arrastrado sin remedio.

Encima de sus cabezas se escuchaba el motor de los helicópteros. Uno de ellos no tardó en situarse en posición y lanzarles una escalerilla de cuerda. Al primer intento de cogerla, Don fracasó; pero al segundo consiguió asirse y, pasando una pierna, consiguió afirmarse lo suficiente como para levantar a Eve en sus brazos. De inmediato, el helicóptero empezó a desplazarse hacia un lado, alejándose de la cabina del 747 que aún sobresalía. No tardó en desaparecer en medio de las rabiosas aguas.