Aeropuerto 77
Cuatro
Eran las ocho y cuarenta y cinco.
Chambers, el copiloto, levantó la vista de su reloj. Aunque sabía que la temperatura dentro de la cabina de mando se hallaba regulada sin que pudiera producirse un cambio superior a un octavo de grado hacia arriba o hacia abajo, tenía el cuerpo helado. Se dijo a sí mismo que debía relajarse y pensar en toda la operación como si se tratase de un mecanismo de relojería que, una vez puesto en funcionamiento, se encargaba de llevar las cosas al punto deseado. De todos modos, estaban precisamente en la hora en la que el mecanismo debía ponerse en marcha.
Se aclaró un poco la garganta y se aflojó el nudo de la corbata. El corazón le latía con fuerza sin que él pudiera controlarlo, a pesar de lo cual era imprescindible mantener la apariencia normal.
—Es tiempo de que estire un poco las piernas, capitán.
—De acuerdo —repuso Gallagher asumiendo los mandos.
Con el corazón que parecía querer salírsele por la boca, Chambers se encaminó a la puerta de la cabina. Salió y la cerró tras él.
De pie en el puente de vuelo se quedó inmóvil un momento, tratando de dominarse. Le llegaban los lejanos ecos de la fiesta que se desarrollaba en el salón. Luego escuchó un ruido de pasos que subían por la escalera de caracol que llevaba precisamente al punto en que él se hallaba. Se quedó muy tieso, pero se relajó un poco al ver que quien subía era Banker. Se preguntó cómo haría para permanecer tan sereno. Banker le miró un momento en silencio.
—Sería mejor que tratases de tranquilizarte. De lo contrario no nos servirás de nada.
Chambers afirmó con la cabeza. Sentía mareos. No le sorprendía saber que estaba muy pálido.
Banker reflexionó un instante.
—Si alguien te dice algo, responde que te sientes enfermo y que por eso bajas. ¿Tienes las llaves?
—Sí. Aquí.
Mientras hablaba extrajo de su bolsillo un llavero con tres llaves. Cada una correspondía a uno de los compartimentos de carga. Banker se las guardó.
—Bien. Tienes diez minutos. Ahora, lo importante es conseguir que Gallagher salga de la cabina de mando. Yo me cuidaré de eso. Luego, ya sabes lo que debes hacer.
—Lo sé.
Banker golpeó repetidamente con un grueso dedo el pecho de Chambers.
—Bueno, pues asegúrate de cumplir bien con tu parte.
La expresión del hombre dejó bien en claro para Chambers el modo cómo retribuiría un fracaso.
Banker se volvió hacia la escalera, seguido por los ojos de Chambers hasta que desapareció. Entonces, el copiloto se dirigió a la puerta de la cabina.
Qué sucedería, era algo que estaba por verse. De todos modos, el mecanismo ya estaba en marcha. Con paso sigiloso, Chambers penetró en la cabina de mando. Vaciló, pero sin renunciar a llevar a cabo la parte que le correspondía en la operación.
La fiesta estaba en su apogeo.
Después de dejar la biblioteca, Martin Wallace resolvió volver al salón principal. Aunque su trabajo era urgente, sabía que después de la desagradable escena de Karen ya no podría concentrarse en su tarea. Las cadenas emocionales que tenían sujetos a ambos entre sí resultaban a veces sofocantes. Necesitaba ver a otra gente.
No tardó en verse de charla con Julie, la secretaria de Eve Clayton. Sentado cerca del piano y de ella, pudo captar retazos de la conversación que la joven mantenía con el ciego. Sonrió para sí, porque los sentimientos que obviamente se intercambiaban ambos, en el pasado también los había conocido él. No sólo le eran familiares, sino que estaban dirigidos a Karen. Se preguntó qué sentía ahora por ella, sin lograr responderse nada.
Luego de charlar un buen rato con Steve, el pianista, Julie se puso de pie y comenzó a conversar con Wallace. Era agradable hablar con ella, pensó el científico. Su franqueza y su espíritu entusiasta no tardaron en infundir al hombre energía y optimismo. Se puso a explicarle cuál era su trabajo y ella demostró tanto interés con sus preguntas inteligentes que Martin se vio espoleado a describirle las delicias de la oceanografía y su intensa vocación por los estudios vinculados a tal materia. Por fin le habló de sus hobbies y, en especial, de la pesca submarina. Este deporte le resultaba, además, útil en su profesión; pero no era lo utilitario lo que le atraía de él: hablaba del asunto como si se tratase de una experiencia religiosa.
Julie sonrió.
—Es magnífico encontrar a alguien que ama con tanta pasión su trabajo.
—Sí —repuso Martin—. Puedo decir que soy hombre de suerte. Me gusta realmente mi trabajo. Me gusta mucho.
Calló un instante, recordando las muchas horas que pasara debajo de la superficie del agua.
—Imagínese lo que es —prosiguió luego— moverse con la corriente, explorar el mundo que había estado oculto a los ojos humanos desde el principio de los tiempos…
Julie le miró muy seria.
—Me temo que he de confesarle algo. El agua me espanta. Ni siquiera sé nadar.
Wallace sonrió.
—Pues no debiera asustarla en absoluto. El mar encierra el origen de todas las formas de vida en el planeta. Es maravilloso hallarse allá, en el fondo —su mirada era ansiosa—. En verdad, a veces pienso que es en esos momentos que puedo decir que soy libre. Nada más que en esos momentos…
Al terminar, su voz sonaba triste. De pronto oyó a su lado una exclamación despreciativa y se volvió. Era de Karen; y por la expresión de su rostro, Wallace pudo advertir que buscaba problemas.
—No quisiera interferir —dijo la mujer intencionadamente.
Contempló a Julie con sonrisa sardónica.
—Por favor, querida, ¿no podrías correr un poco el trasero?
A Julie le sorprendieron sus palabras y también la furia que relampagueaba en sus ojos. Se incorporó rápidamente, pero con talante digno.
—Discúlpeme —dijo a Wallace.
Sus mejillas estaban algo rojas. Se marchó.
Por un momento, Wallace permaneció silencioso. Sus mandíbulas estaban muy apretadas. Una vena se le marcó cerca de la sien, delatando sus esfuerzos por dominarse. Con gesto infantil, Karen le pasó un dedo por la cara. Él hizo un rápido movimiento para que no siguiera y enseguida la cogió por las muñecas. Su voz sonó ahogada por la ira.
—Miserable perra. ¿Cómo es posible ser tan cruel?
Ella sacudió los brazos para liberarse de su garra.
—¿Si yo no fuera cruel, cómo haría la gente para enterarse de lo bondadoso que eres tú?
El tono de su voz fue elevándose. Los demás invitados la miraron mientras Karen se aproximaba más a su marido.
—Si yo no fuera tan pecadora ¿cómo te las arreglarías para convencer a los demás de que eres un santito, Martin? ¿No es ésa la razón por la cual aún vivimos juntos? Si no es ésa, dila para que deje de comportarme como una idiota.
Su voz se quebró, pero Martin no sentía piedad por ella. Ya había pasado la época en que la sintiera.
—No puedo responderte, querida —repuso con tono helado—. En cuanto a que te comportas como una idiota, sólo puedo decirte que gracias a las reiteraciones, lo haces cada vez mejor.
Otorgándole una mirada final, la dejó sola en el bar.
Hunter, el guardia de seguridad, se encontraba en la sala de estar de la tripulación. Cenaba lo que le fuera traído desde las cocinas en una bandeja. Era hombre acostumbrado a comidas frugales y a bocadillos, de modo que la elaborada comida francesa comenzó por sorprenderle un poco, lo cual no quiere decir que al final no la hallara deliciosa. No tardó en devorarla y contemplaba la posibilidad de ir hasta el cocinero y pedirle una segunda ración cuando algo le golpeó en la sien y el mundo pareció estallar para él. Perdida la conciencia, su cuerpo se deslizó del asiento para quedar inmóvil en el suelo.
Moviéndose con rapidez y eficacia, Banker guardó de inmediato la cachiporra en un bolsillo y extrajo un rollo de cinta adhesiva para cerrar la boca del hombre, en caso de que recuperara el sentido. Entretanto, Wilson, que estaba junto a la puerta del recinto para vigilar, se extrañó al ver el curioso ángulo que formaba la cabeza de Hunter en el suelo. De un salto se colocó a su lado y buscó el pulso del guardia. Miró a Hunter.
—Olvida esa cinta. Le has dado demasiado fuerte. Está muerto.
Si la información causó alguna clase de impresión en Banker, no lo demostró. Tras un momento hizo un gesto con la cabeza.
—Vamos. Ayúdame a ponerle fuera del alcance de la vista.
Los dos hombres arrastraron el cuerpo del guardia hacia el compartimento de carga que se encontraba algo más adelante.
En aquel momento escucharon voces de personas que se acercaban. Con rapidez colocaron el cuerpo detrás de un biombo que ocultaba unas perchas donde la tripulación, al cambiarse, colgaba sus abrigos. Dejando a Banker que se encargara de completar la maniobra, Wilson volvió a la sala de estar de la tripulación, esperando cortar el paso a quien fuera que viniese por allí.
Los dos pequeños, Bonny y Benjy, estaban en el pasillo que daba a la sala de estar. Buscaban al señor Hunter por la parte trasera del avión. Antes habían pasado por la cocina, donde el iracundo cocinero les obligó a marcharse de inmediato. Sólo les quedaba por revisar aquella habitación para encontrar al señor Hunter, que era un policía auténtico, descubierto poco antes por Benjy. Había convencido a Bonnie que le acompañara, pues el señor Hunter conocía varias historias reales de pistoleros y le había prometido contarle algunas. Ahora debía hallarle, pues de otro modo Bonnie podría creer que todo había sido pura invención de su parte. Al penetrar corriendo en la sala de estar, Benjy fue a darse contra Wilson.
—Éste no es lugar para niños —dijo el hombre.
—¿Dónde está el señor Hunter?
—He dicho que éste no es lugar para vosotros. Vamos, largo.
En muchos aspectos, Benjy era tan testarudo como su madre y su abuelo. Se dijo que Hunter debía encontrarse necesariamente por allí, de modo que, pasando por entre las piernas de Wilson, corrió por el pasillo que separaba las filas de asientos, llamando a Hunter.
Escondido tras los abrigos que colgaban de las perchas, Banker oyó acercarse a los pequeños. Extrajo la cachiporra y la pesó en una mano. No estaba dispuesto a poner en peligro su plan por causa de un crío investigador. Se dispuso a golpearle.
—Benjy, Bonnie, ¿qué estáis haciendo por aquí?
Era una voz de mujer. Banker se acercó cuanto pudo a la pared.
Se trataba de la madre de Bonnie, la señora Stern. Había recorrido gran parte del inmenso jet en busca de los dos niños y ahora, finalmente, los encontraba. Tan aliviada se sintió al hacerlo que no advirtió en absoluto la palidez que se veía en el rostro del camarero Wilson.
—Confío que no habrán acarreado problemas.
—En absoluto, señora.
La señora Stern ordenó a los niños que fueran por el pasillo y que se apresuraran a subir la escalera que daba al salón principal. En cuanto salieron cerrando la puerta tras ellos, Wilson lanzó un suspiro de alivio. De inmediato, él y Banker llevaron el cuerpo de Hunter hacia delante, hasta una puerta que llevaba un letrero: «No entrar. Sólo para personal técnico». Banker abrió la puerta con la llave que se encontraba en la cerradura y ambos dejaron caer el cadáver dentro, donde no era probable que lo descubrieran enseguida. Banker cerró la puerta guardando la llave. Los niños les habían robado un tiempo precioso que ahora sería preciso descontar.
La señora Stern llevó a los niños por la escalera hasta el salón principal, aunque ambos no dejaban de protestar en voz alta y destemplada. Ambos esperaban ansiosos oír las historias del señor Hunter, y Benjy se sentía especialmente defraudado al no haber podido dar con él y presentarlo a su nueva amiga. Pero de pronto se le ocurrió una idea. Preguntaría al señor Buchek dónde podría hallar al señor Hunter. Después de todo, el señor Buchek estaba a cargo de todo en el avión. Benjy buscó con los ojos alrededor suyo pero tampoco pudo encontrar al señor Buchek.
En aquel momento se le acercó Dorothy, la compañera y amiga de Emily Livingston. Miró a ambos niños fingiendo alarma.
—¿Dónde os habíais metido, traviesos? —dijo—. Os estaba esperando para jugar un partido en la máquina.
Los dos se echaron a reír y se dirigieron corriendo al lugar del match. Ellos también deseaban jugar con Dorothy. Ésta guiñó un ojo a la señora Stern. Los dos chicos se divertían mucho en aquel entretenimiento, ante el cual pasaran la primera hora del vuelo. Tal vez si se conseguía crear un nuevo atractivo en la disputa del juego, no molestaran a nadie por todo el resto del viaje y no volvieran a recorrer el 747 por su cuenta, alarmando a las mujeres. Dorothy y la señora Stern tomaron asiento cerca de los pequeños y el pong-pong volvió a sonar junto a las encantadoras voces infantiles.
En cuanto ambos estuvieron ante el juego electrónico, todo recuerdo del señor Hunter voló de sus mentes.
Banker y Wilson atravesaron el salón principal, internándose por el pasillo que daba a la parte trasera de la aeronave. No llamaron la atención de nadie. Para los convidados eran simplemente dos camareros.
Banker se llegó hasta la puerta que daba a la suite de dormitorios y se mantuvo quieto y vigilante. Wilson estaba en el extremo posterior del avión, muy preocupado porque los horarios que se prefijaran habían quedado trastocados. Les quedaba el tiempo justo para sacar la escalera del armario empotrado, ponerla en posición, quitar el papel del techo y penetrar al plenum. Allí esperaba a Wilson el pequeño cilindro de gas. Miró su reloj. Tenía el tiempo justo para entrar al recinto y quedarse en posición para desarrollar el papel que le correspondía en la operación. El tiempo justo; ni diez segundos más ni diez menos.
A la puerta de los dormitorios, Banker observaba mientras Wilson desaparecía por el techo, al fondo del pasillo. Constató la hora y penetró en un dormitorio.
La habitación estaba tan lujosamente decorada como el resto del gran avión. Las paredes estaban cubiertas de fina tela oscura de seda, que era de la misma clase que la colcha que cubría el enorme lecho. Al otro extremo del cuarto, cajones y armario estaban empotrados dentro de la pared. A un costado se veía la puerta, ligeramente entreabierta. Banker miró por la rendija sin notar nada anormal y luego fue hasta la otra puerta, la cual daba a un amplio cuarto de baño que se encontraba vacío. Cerró la puerta, se aproximó a la cama y cogió el intercomunicador que se hallaba sobre la mesilla de noche. Oprimió el botón que hacía sonar el timbre en la cabina de mando. Gallagher le contestó.
—Capitán, le habla el ayudante de vuelo. Me encuentro en el dormitorio principal. Será mejor que venga usted por aquí.
—¿Qué sucede?
—Se trata de uno de los pasajeros, señor. Me parece que está muy mal.
—Iré enseguida.
Sonriendo, Banker colgó el auricular, quitó la cachiporra de su bolsillo, se sentó en la cama y se dispuso a esperar. Se sentía extrañamente frío y dispuesto.
En la cabina, Gallagher se puso rápidamente de pie, pidiendo al copiloto que se ocupase de la marcha de la aeronave. Estaba preocupado, de modo que se apresuró a dirigirse al dormitorio principal.
Chambers no dejaba de consultar su reloj. Cada paso había sido medido con toda exactitud. Por nervioso que estuviera (y realmente estaba muy nervioso) sabía lo que debía hacer y también que le sería preciso realizarlo con la mayor meticulosidad. Al llegar la hora precisa se inclinó hacia delante y conectó la llave que ponía a la aeronave bajo el mando del piloto automático. Se quitó el cinturón de seguridad y buscó algo en su maletín, que se encontraba junto a su asiento. Extrajo una cuarenta y cinco automática y como mejor pudo se incorporó, dirigiéndose hacia Walker, el ingeniero de vuelo, quien le vio aproximarse. Pero sólo un instante. De inmediato, la gruesa culata del arma le dio en pleno rostro.
Al golpear a Walker, la cuarenta y cinco hizo un ruido muy desagradable a oídos de Chambers. Vio cómo el ingeniero se desplomaba junto al tabique de la cabina e iba a descansar junto al tablero de instrumentos. De pronto hizo un ligero movimiento y Chambers se dijo que no podía correr el riesgo de que volviera en sí demasiado pronto. Apretando los dientes, volvió a golpearle. Esta vez Walker va no se movió más. Chambers registró otra vez la hora. Los acontecimientos se precipitaban. Dirigió la mano a los mandos que controlaban el sistema de radio teléfono de la aeronave.
Eddie, el barman, estaba en la sala de comunicaciones. Se encontraba realmente muy ansioso por saber algo de su mujer, de modo que había acogido encantado la invitación de Eve Clayton para que hablase con ella desde el avión. Sin embargo, hasta entonces, todos los intentos habían resultado inútiles, porque el teléfono sonaba en su casa, pero nadie atendía. Aquello sólo podía significar dos cosas: o su esposa había salido de paseo o se la habían llevado al hospital para que diera a luz los gemelos que el médico le anunciara. Eddie no se cansaba de llamar. Se sentía cada vez más nervioso. Pidió comunicación con los parientes de ella para ver si alguien podía informarle sobre lo que estaba sucediendo. Curiosamente, en casa de ninguno parecía haber nadie. Ni siquiera respondía el teléfono del negocio de su suegro. Al fin resolvió tratar de comunicarse con su propio padre. Esta vez se sintió aliviado al constatar que alguien respondía.
—¿Diga?
—Papá, soy Eddie. He estado tratando de dar con Margaret o con cualquiera de su familia, pero nadie contesta. ¿Qué sucede?
El padre de Eddie se alegró de oír a su hijo; pero no por ello se alteró la gravedad de su voz.
—Margaret está en el hospital, hijo. Se encuentra muy delicada. Oye ¿estás ahí? ¿De dónde llamas?
—Sí, te oigo, papá. Estoy a bordo del avión. Llegaremos dentro de una hora. ¿Qué dice el especialista? ¿Qué posibilidades hay?
Sólo le respondió el silencio absoluto. El teléfono quedó muerto. Sintiéndose chasqueado, Eddie trató desesperadamente de reanudar la comunicación. Pero fue inútil. La línea no respondía.
Dentro del plenum, Wilson se movía con dificultad. Las piernas le molestaban y no podía hallar un lugar donde descansar mientras esperaba. De tanto en tanto echaba rápidos vistazos a su reloj, contando los segundos que faltaban. De pronto llegó la hora. Echó mano a una máscara antigás que estaba a su lado y, tras colocársela, se aseguró de que estaba bien firme en su lugar. Satisfecho, tendió los dedos hasta el cilindro verde de gas y lo activó. Se escuchó un silbido bajo cuando el gas comenzó a correr por el sistema de aire de la aeronave.
Banker se colocó detrás de la puerta del dormitorio esperando la llegada de Gallagher. Ajustó las correas de su máscara antigás, asegurándose de que no quedara resquicio entre la misma y su rostro. Levantó la cachiporra preparando la actitud de golpear. Al oír pasos que se aproximaban, sus músculos se pusieron en tensión, prontos para entrar en acción. El picaporte giró con suavidad y la puerta se abrió para dar paso a Gallagher. Cuando estuvo dentro de la habitación, Banker descargó el golpe con gran fuerza y aún no había el visitante terminado de caer al suelo (movía un poco la cabeza, tratando de no perder el sentido), cuando Banker cerró rápidamente la puerta. Volvió a Gallagher y le descargó otro porrazo.
Ni aun así consiguió inmovilizar al capitán, quien, aunque aturdido, consiguió asirle la muñeca con fuerza instintiva. Banker se retorció de dolor. Le había agarrado con tal vigor que casi le hizo soltar la cachiporra. Con rapidez Banker usó su mano libre para aplicar a Gallagher un golpe de karate en el cuello. Entonces el hombre se desplomó, inmóvil, sobre la alfombra.
Respirando hondamente, Banker se apartó de él, volvió a ajustar su máscara y consultó su reloj.
La etapa siguiente del plan acababa de comenzar.
El gas comenzó a invadir la atmósfera del salón principal a través de los conductos del aire acondicionado. El suave silbido que salía de ellos era ahogado por los ruidos de la fiesta.
Nicholas St. Downs y Emily seguían conversando. Mientras intercambiaban motivos de interés para ambos, narraciones de viajes y relatos sobre amigos comunes, descubrían algo más que unos instantes del pasado. Hasta llegaron a enterarse, curiosamente, que ambos habían visitado una pequeña bodega del sur de Francia en cinco ocasiones, a pesar de lo cual nunca se habían encontrado en ella. Sentían que debían agradecer a Philip Stevens el hecho de hallarse nuevamente juntos.
Nicholas extendió la mano hasta una mesa cercana con tapa de mármol sobre la cual se veía una botella de champán en un cubo de hielo. La tomó y sirvió nuevamente a Emily. La bebida llenó rápidamente el vaso y su espuma rebosó, cayendo sobre el piso. Emily, al ver a Nicholas, advirtió que su cabeza perdía el control y que la botella caía de su mano para estrellarse con un ruido seco contra la plancha de mármol de la mesa. Enseguida, el hombre cayó sobre la alfombra.
—¿Qué te sucede, Nicholas?
Fue hacia él, cogiéndole de los hombros; pero su amigo estaba inconsciente.
Emily no sabía qué hacer para reanimarle. De pronto, ella misma sintió un creciente mareo. Trató de gritar pidiendo ayuda, pero ningún sonido escapó de su garganta. Respiró profundamente como buscando restablecer sus sentidos; pero el malestar no podía ser dominado. También ella cayó, perdida la conciencia, al suelo.
Steve Burroughs tocaba el piano cuando advirtió algo extraño que comenzó al otro extremo de la gran estancia. En su mente localizó el lugar preciso, que era aquél donde estaban Emily Livingston y Nicholas St. Downs. Hasta poco antes había podido percibir algunos leves trozos de conversación provenientes de allí, aunque los mismos eran apenas audibles, aun para un oído tan sensible como el suyo. Al mismo tiempo captó un extraño olor, que venía a cambiar sutilmente el hasta entonces reinante en la fiesta. Mezclado al de los cigarrillos, puros, alcohol y comida, percibía un aroma que tenía algo de químico y que él sólo hubiese podido describir como «amenazante». Hasta que le invadió un extraño aturdimiento. Comprendió que ya no se concentraba en su música, aunque eso le tenía sin cuidado. Escuchó las notas discordantes que arrancaba al teclado, asombrándose de que fuera él mismo quien las causaba.
Las discordancias se hicieron tan evidentes, que los que se hallaban más cerca del pianista se volvieron hacia él, deseosos de averiguar qué le sucedía. En aquel momento Steve cayó sobre las teclas, suscitando un confuso ruido. Una mujer gritó y varias personas fueron hacia el ciego para saber qué era lo que pasaba. Fue en aquellos precisos instantes que el pandemónium se hizo general. El gas comenzó a afectar a todos por igual. Gritos y alaridos de terror llenaron el aire y las personas se precipitaban al suelo, luchando por respirar.
Buchek escuchó el estruendo de voces. Corrió hacia el salón principal desde la parte delantera del aparato y se quedó asombrado ante la vista que se extendía ante él. Los invitados estaban caídos como títeres sin vida sobre las mesas y el suelo de la habitación. Llegó a tiempo para ver aún a más personas que se abatían y que, luego de lanzar alguna exclamación, quedaban inmóviles. La mente del técnico buscó desesperadamente una razón para lo que estaba viendo. Sin poder hacer él nada para ayudarla, Jane Stern cayó en aquellos momentos a su lado. Los dos pequeños estaban tendidos sobre la máquina de los juegos. Dorothy había corrido hacia ellos para caer, también ella, por el suelo. Buchek recorría la gran sala tratando de obtener una clave que explicara el desastre. ¿Qué diablos estaba sucediendo?
Los jugadores de cartas, es decir, Lucas, Williams y Crawford, tenían los rostros sobre el tapete de la mesa. Las cartas estaban desordenadamente extendidas junto a ellos. Parecían encontrarse dormidos. El ambiente era de pesadilla. Buchek sacudió la cabeza con violencia, tratando de librarse de la niebla que iba apoderándose de su cerebro. La garganta le ardía y pudo oler una sustancia química en el aire. Apenas advirtió que caía de rodillas. Tendió una mano para apoyarse y evitar así irse al suelo. Oyó una exclamación.
—¿Qué sucede? ¡Auxilio!, ¡auxilio!
Las palabras resonaban como un eco vacío en su cabeza…
Comprendió que todo sucedía en breves instantes. Lo comprendió aunque su mente parecía perder reflejos y todo cuanto aún veía se hubiese dicho propio de una escena cinematográfica tomada con cámara lenta.
Julie Denton, vestida con su brillante atuendo rojo vivo, pasó a su lado tratando de llegar al piano; pero, antes de alcanzarlo se desplomó cerca suyo, como para toda la eternidad. Su cuerpo hizo un ruido sordo al caer.
Buchek quiso ir en su ayuda, pero un camarero chocó contra él dejando caer una bandeja repleta de hors d’oeuvre, cuyo contenido fue a desparramarse sobre la moqueta de lana y seda. Luchaba frenéticamente por seguir de pie, pero sabía que tenía perdida la batalla. Dios mío, pensó, tenía que mantenerse despierto, ir hasta la cabina y averiguar qué estaba sucediendo. Pero mientras se repetía aquello se estaba desplomando a su vez. Lo último que vio antes de dar con el rostro contra el piso fueron los cuerpos que cubrían el suelo del salón principal. Curiosamente, el último sonido que llegó a su conciencia desfalleciente fue el pong-pong de la máquina donde jugaban los niños. Pronto, sin embargo, también eso se esfumó en su mente y, al caer en un abismo de tinieblas, perdió el conocimiento.
La linterna de bolsillo de Wilson hendía la oscuridad del plenum. Mantuvo el pulgar sobre el botón de su reloj digital mientras contaba tensamente los segundos. Cuando llegó el instante, supo que aquella parte del trabajo estaba cumplida. Tendió los dedos hacia el cilindro verde que estaba adosado al conducto central de aireación y cortó la corriente de gas que por él fluía. El tenue silbido cesó con un sonido parecido a un chisporroteo apagado. Enseguida, constatando una vez más que su máscara estaba correctamente en su sitio, se encaminó por el estrecho sendero central del plenum hasta la abertura del suelo que daba al pasillo inferior.
Cogido a una tubería de aluminio, hizo un rápido movimiento para poner un pie en la escalerilla y descendió enseguida por ella.
Luego de permanecer durante tanto tiempo en plena oscuridad, la luz del corredor le cegó momentáneamente; pero a poco de avanzar por él en dirección al salón principal, sus ojos recuperaron la visión normal. Respirando cómodamente a través de su máscara, echó un vistazo a los dormitorios que daban al pasillo, por si en ellos veía a alguien que hubiese superado las emanaciones de gas. Pero sólo vio un par de cuerpos inconscientes. Nadie parecía haber escapado.
Penetró en la habitación central. Los pasajeros se veían tendidos por doquier, en las posturas más diversas. El silencio era completo. Apenas se escuchaba el pong-pong de la máquina que continuaba emitiendo su fantasmal sonido aunque nadie se ocupara de ella. El sonido irritó a Wilson, de modo que fue hasta el aparato y lo desconectó. Al mirar en torno, se sintió muy complacido. Resultaba evidente que ninguno de los convidados a la fiesta sabría nunca lo que le ocurriera.
Al cruzar la amplia habitación, algo atrajo su mirada. Era el brillo de los brillantes que estaban engarzados en la ancha pulsera de Emily Livingston. Wilson se inclinó en busca del cierre. Aquellas piedras debían valer un verdadero dineral. De pronto escuchó a su lado la voz de Banker.
—Deja eso y atiende a tu trabajo.
Wilson se volvió, incorporándose. Banker venía de la escalera que daba a la parte inferior de la aeronave. Wilson señaló la joya.
—Eso vale por lo menos cincuenta de los grandes.
Con fastidio, Banker se acercó a él.
—¿No eres capaz de ver que eso es cosa de niños? —preguntó—. Estamos haciendo algo mucho más importante de acuerdo a un plan estricto. Deja de perder tiempo.
Ante la expresión airada del otro, Wilson retrocedió, tratando de parecer conciliador.
—Está bien, Banker. Como digas.
Hizo una pausa.
—¿Qué sucedió allá abajo?
—Todo el mundo ha quedado fuera de combate. Ahora ve a las bodegas y comienza a abrir los contenedores especiales. Ya sabes.
¿A qué discutir? se dijo Wilson. Pronto sería rico y no tendría que obedecer instrucciones de Banker ni de nadie. Ni siquiera vería más a su compañero de atraco. Se encaminó a la escalera que llevaba a los compartimentos de carga.
Al desaparecer su compañero por el hueco, Banker atravesó el salón principal en que se hallaba, buscando cuidadosamente a alguien que diera señales de hallarse así fuera semiconsciente. Pronto llegó a la conclusión de que todos estaban completamente abatidos. Aparentemente, la cantidad de gas empleada había sido la necesaria. Si alguien despertaba a destiempo, ya se encargaría él de eliminarle a tiros.
Sin pérdida de tiempo se encaminó a la escalera que llevaba al puente de vuelo. Había llegado el momento de coordinar planes con Chambers.
Abrió la puerta de la cabina, pasando al interior. Chambers estaba ante los controles, con su máscara puesta. El avión seguía funcionando con el piloto automático. Un mapa de navegación aérea se extendía ante Chambers. Se volvió, viendo a Bunker. La mirada del hombre expresaba a las claras la ansiedad que le embargaba.
—No hay cuidado. Todo va bien —le dijo el visitante.
Al hablar notó que los ojos de Chambers se dirigían a menudo hacia el suelo, donde el cuerpo del ingeniero de vuelo Walker yacía inmóvil. Su cabeza estaba bañada de sangre. Banker concentró su mirada en Chambers, advirtiendo que el piloto carecía de coraje para llevar a cabo la operación que tenían entre manos. Sonrió. La cobardía ajena siempre le había divertido muy particularmente.
—Sácale de aquí ¿quieres? —le pidió Chambers con voz ahogada.
Sin pronunciar palabra, Banker se inclinó, cogiendo a Walker por las axilas. No era fácil arrastrar el peso de aquel individuo, pero consiguió sacarlo de la cabina y depositarlo fuera de la puerta, sobre el puente de vuelo.
Frente a la cabina estaban las oficinas superiores, de modo que Banker pensó que éste sería un lugar idóneo para depositar el cuerpo del ingeniero. Abrió la puerta y siguió arrastrando el cuerpo para dejarlo dentro de la habitación. Por todo el camino, la sangre de Walker dejaba su rastro sobre la moqueta. Banker dejó caer el cuerpo y se incorporó. Se detuvo un instante para recuperar el aliento. Vio que Eve Clayton y otra mujer estaban extendidas sobre el sofá. Advirtió que la más joven era muy hermosa. Hasta que de pronto recordó quién era: la hija de Stevens, una niña rica malcriada. Bueno, pensó, la perra y su viejo padre estaban abocados a recibir desagradables sorpresas no muy tarde.
Dejó la oficina, volviendo a entrar en la cabina. Chambers se había quitado la chaqueta y Banker advirtió dos grandes círculos húmedos debajo de las axilas, en su camisa.
El piloto cogió la carta de navegación y marcó la nueva ruta de vuelo sobre el plano; una ruta que les alejaba centenares de millas del trazado original. Satisfecho, consultó su reloj y miró a Banker.
—Muy bien —dijo—. Ha llegado el momento de que nos esfumemos.
Quitó la conexión del piloto automático, adelantó una palanca y el avión se inclinó hacia adelante.