Aeropuerto 77
Tres
Llevaban más de media hora de vuelo. Para entonces Steve Burroughs ya había podido reconocer la mayor parte de los sonidos y las voces que oyera.
Estaba sentado ante el teclado del pequeño piano junto al bar y para el observador casual, el intérprete ciego estaba totalmente concentrado en la infinita sucesión de composiciones que diestramente entretejía con el fin de dar un fondo musical a la fiesta.
De hecho, su mente estaba dividida en dos. Con una atendía a la música y con la otra a los sonidos del 747 y a los suscitados por el público. Que Burroughs pudiese hacer aquello podría dejar perplejos a muchos; más para él, la doble atención puesta sobre dos temas dispares era habitual. Podía decir que se trataba de una reacción casi instintiva, que no le demandaba esfuerzo alguno. Era ciego de nacimiento y, como la mayoría de aquellos que sufren tal tipo de ceguera, había desarrollado la habilidad de recordar personas y lugares sirviéndose de pequeños indicios auditivos u olfativos hechos de sonidos combinados, de tonos de voz, olores, y otras cosas características que a veces él sólo podía captar. La totalidad de aquellas impresiones por él recogidas le servían para representarse una imagen viva del espacio que se extendía en su torno.
A través de la miríada de ruidos de la fiesta, distinguía, por ejemplo, un constante ponk-ponk-ponk que, unido a la excitada voz de dos niños y un adulto, le dijeron que Bonnie Stern y Benjy Stevens estaban jugando con los juegos electrónicos. La voz del adulto parecía ser la de Dorothy, la mujer que acompañaba a Emily Livingston. Cerca del bar pudo saber que se hallaban jugando a las cartas, pues oía el barajar de éstas y también los golpecillos secos de las fichas de plástico al ser movidas sobre el tapete. Este dato le permitió saber que Emily Livingston y tres hombres jugaban al póker. Por lo demás, podía comprender que Emily era la que iba ganando, puesto que las risas eran especialmente de ella, por no hablar de los comentarios, que apenas necesitaba escuchar. Detrás suyo, en el mostrador del bar, los cubos del hielo caían dentro de las bebidas. Aisló una voz. Una voz de mujer baja y enérgica, propia de alguien que está acostumbrado a que las cosas se hagan a su manera. Steve notó que Eddie, el barman, la trataba respetuosamente pero con voz seca, respondiéndole con frases cortas cuando ella le preguntaba algo. Era evidente que Eddie, hombre habitualmente amable y parlanchín, no quería saber de nada con ella.
Delante suyo, Steve percibió la voz de Eve Clayton, quien conversaba con el señor Buchek. Le gustaba el tono de aquella mujer, cálido y profundo, animado de una franqueza que sólo podía ser propia de una persona honesta.
Y cerca del piano olió «aquél» perfume otra vez. Así se enteró de que la muchacha había vuelto para oírle tocar. Le sonrió, pues era la tercera vez ya que se llegaba hasta él, a pesar de que la fiesta apenas comenzaba. Steve se dio cuenta de que cada vez que ella se aproximaba, él dejaba a un lado la música más superficial para preferir canciones que para él contenían mayores significados y dentro de las cuales podía introducir más de lo que era suyo y personal.
En general le gustaba tocar en público; pero algo había en aquel público en particular que le agradaba especialmente. Había una intensidad en torno a la presencia de aquella muchacha que le resultaba muy reconfortante, porque él sabía que ella escuchaba la música y que no la tomaba como un mero telón de fondo. Tocaba mientras olía su perfume. Sabía quién le estaba escuchando; y eso bastaba para llenarle repentinamente de gozo.
—Le ha de gustar a usted realmente la música —dijo sin dirigir hacia ella la cabeza.
La voz de Steve sobresaltó a Julie Denton. Había ido hasta el piano y tomado asiento cerca del ejecutante sin decir una sola palabra. Había estado escuchando con actitud pensativa y nunca se le ocurrió que el pianista ciego pudiese enterarse de que estaba allí.
—¿Me habla usted a mí? —preguntó.
—Por cierto.
Cambió de tonalidad y pasó a ejecutar una música de ritmo más vivo.
—En cierto modo me halaga. Ésta es la tercera vez que se acerca usted a escuchar… Julie.
La muchacha se quedó muy sorprendida, sintiéndose como si la hubiesen pillado haciendo algo incorrecto. Además, estaba intrigada.
—¿Cómo supo usted que era yo?
Steve soltó la risa.
—Secreto profesional.
—Vamos —insistió Julie con interés—. Dígamelo, por favor.
Había una juvenil inocencia en la voz de la muchacha. Aparte de ello, no tenía mucho de particular. Sin embargo, oírla le hacía feliz, como si su modo de hablar contuviera una calidad especialísima. Reconocía que era perfectamente ridículo que él sintiese aquello. Sólo había encontrado a Julie dos veces antes de aquel vuelo: una de ellas fue cuando tuvo que ir a la oficina de Eve Clayton a firmar su contrato. Eve se había retrasado y, mientras esperaba, había estado charlando con su secretaria. Luego fueron a comer algo juntos y pasaron un buen rato riendo. En verdad que se lo habían pasado muy bien. La segunda ocasión se presentó poco antes de que el 747 levantara vuelo. Sólo habían intercambiado unas palabras en medio del caos de voces pertenecientes a los invitados que en aquellos momentos llegaban en gran cantidad y de órdenes impartidas en todas las direcciones a los camareros, auxiliares y tripulación. Pero el afecto con que le saludara al verle y los sentimientos que tal afecto despertara en él le decían que los ingredientes químicos existían para que algo sucediera entre ambos.
—Bueno, lo confieso —dijo Steve—. Sucede que huelo su perfume y sé que está usted cerca.
Julie rió.
—Eso es imposible. Ya sabe que hay muchas mujeres que usan mi perfume.
—Lo sé; pero usted es la única entre todas ellas que me interesa.
Lo cual, se decía, era la pura verdad. Esperaba no haber dicho una inconveniencia. Sabía que la muchacha era tímida. Casi llegaba a sentir su rubor en el silencio que siguió a sus palabras. Por fin ella respondió.
—Me alegra oír eso. Creo… bien, creo que a mí me sucede algo parecido.
Aquella frase le cogió tan de sorpresa que casi dejó de tocar. Pero se rehízo con tal rapidez, que nadie, ni la propia Julie, pudo advertir un fallo. Por la respiración de Julie, advirtió que ella se le había acercado más. Aquel aliento tenía un olor muy propio de ella a la vez que una especie de intimidad. Sin proponérselo había dejado de ejecutar música ligera para pasar a interpretar lo suyo. Ya no podía decir si tocaba para el público o para Julie que estaba junto al piano, tan cerca de él.
Karen Wallace dejó el bar para ir a sentarse en un sofá… Quería estar tan lejos como le fuese posible del resto de los convidados. Estaba aburrida.
La conversación que parcialmente oyera entre el pianista y Julie, la joven secretaria de Eve Clayton, había dejado de interesarle. «Dios mío —pensaba —. ¿Me ha sucedido alguna vez en la vida eso de ser tan terriblemente inocente como lo son esos dos?». Suponía que era probable que así fuera; pero en tal caso, ya no recordaba nada. Quiso entablar un poco de conversación con el barman. Era bastante guapo. Pero no tardó en darse cuenta de que el hombre no sentía interés por ella.
Reflexionó que la fiesta no debía ser algo del otro mundo cuando la única persona por la cual se sentía un poco inclinada era el barman y éste ni siquiera se dignaba darle charla. Miró en torno. ¿Quiénes eran todas aquellas personas que se movían por la suntuosa habitación? Sin duda le había sido presentada en una u otra ocasión la mayor parte de ellas; pero ¿quiénes eran en realidad?
Vació su copa e hizo señas a un camarero que pasaba cerca de ella para que le trajera otra. No podía dejar de pensar en su propia soledad y en su continuo tedio. Martin, su esposo, la ignoraba, como siempre. «Asunto importante», solía decirle para tener el pretexto de hacerlo. Amargamente Karen reflexionaba si él mismo no prepararía aquellos «asuntos» para poder dejarla de lado y justificar su desprecio. «Investigador oceanográfico», se dijo, un título que sin duda impresionaba a los demás, pero que para ella significaba tener un marido que estaba poco en casa y que le habilitaba para faltar de ella a veces por meses enteros. Concluyó que su vida era inútil.
¿Qué sería lo que ella deseaba de él?, se preguntaba. Ya contaba más de cincuenta años y era retórico, pomposo e indiferente. Sin embargo, por alguna incomprensible razón, ella no lo abandonaba. Sin duda lo mismo le sucedía a él. El lazo que les unía era tenue, pero no se quebraba. La verdad era que habían sorteado juntos toda clase de problemas y de desencantos, sin que aquella cadena se desatara del todo. Seguían juntos. ¿No existiría modo de comunicarle a él todo su hartazgo y toda su miseria? ¿Era incapaz de comprender el dolor y la desolación que ella sentía?
No. Martin no parecía saber nada de todo ello. Ni quería comprender.
¿No sería que simplemente no le importaba ya nada?
En aquel momento volvió el camarero. Tomando su copa de la bandeja, Karen se internó por el corredor situado en la parte trasera de la habitación donde se hallaban. Dentro de ella, la soledad y la desesperación se le iban transformando en cólera amarga. Apretó el paso al ver a los dos niños jugando en la máquina. Sus gritos estridentes de excitación le resultaban particularmente intolerables.
Tal vez a Martin no le importase nada de ella. Si así era, acaso ella pudiese hacer algo que le obligara a cambiar de actitud.
Al penetrar en el corredor que daba al fondo de la aeronave, decidió que su marido se iba a enterar de que su mujer aún estaba viva.
Martin Wallace se sintió feliz al dar con aquella habitación. Estaba en la biblioteca del 747. Se trataba de una estancia espaciosa situada en la parte posterior del avión, en cuyo centro se veía una gran mesa. Las paredes estaban cubiertas de estanterías cargadas de libros raros y valiosos. Necesitaría de todo el tiempo antes de que el 747 llegara a Palm Beach. Acaso ya perdiera demasiado y el que le quedaba no bastara. Hojeó la pila de papeles que estaba sobre la mesa. Era un informe sobre las muestras de un yacimiento de petróleo, situado en las profundidades del Océano Atlántico. En aquel momento Frank Powers penetró en la habitación y sin siquiera preguntarle qué buscaba en concreto, extrajo una hoja del montón y la puso delante de sus ojos. Wallace levantó la mirada para agradecerle el gesto con una sonrisa y cogió la cuartilla. Aquello era típico de la relación de trabajo entre ellos, pensó Wallace. No sólo Powers era un científico de primera categoría, sino que se entendía con él sin necesidad de hablar.
Wallace deseaba que todo estuviese pronto para presentárselo a Philip Stevens cuando llegaran a destino. De todos modos, un repaso final al informe era esencial antes de mantener con el empresario una conversación seria. Si Stevens se interesaba en el proyecto y accedía a financiarlo, los días en que Wallace tenía que pasarse solicitando créditos a fundaciones científicas poco menos que indigentes, habrían quedado atrás. Pero lo más importante era que si sus proyectos se llevaban a la práctica, las ventajas no se limitarían a recaer sobre un puñado de personas, sino que beneficiarían a la humanidad entera, porque las exploraciones no sólo buscarían fuentes de energía, sino que acaso consiguieran preparar prototipos de las primeras plantas aptas para el consumo humano y sembradas en lo profundo de las aguas oceánicas. Las inmensas posibilidades de estos estudios llenaban de ánimos a Wallace.
Pero una voz súbitamente interrumpió los estudios y los sueños del hombre. Una amargada voz femenina.
—Vosotros, los hombres, sois tan felices… Quisiera yo también tener un hobby como el vuestro.
Molesto por la intromisión, Wallace se volvió, viendo a su mujer que entraba en la biblioteca. Andaba con paso indeciso y de su vaso saltaba de tanto en tanto algún chorro de licor que iba a parar a la lujosa alfombra. Wallace comprendió que de nuevo Karen estaba ebria y que, como tantas otras veces, se aprestaba a hacer una escena.
—Se trata de un hobby que puede transformar a los mares en verdaderos campos de labranza y salvar del hambre a millones de seres humanos —dijo.
Karen se inclinó, remedando una reverencia. Al hablar imitó burlonamente el acento inglés de su marido.
—Lo siento tanto… No pretendía ofenderte. Es que estoy tan aburrida que he resuelto buscar un pequeño hobby para mí esta noche.
Wallace la miró, perplejo.
—¿Qué clase de hobby?
Sonriendo, Karen abrió su bolso y comenzó a extraer de él una colección de pequeñas botellas de bebidas alcohólicas.
—Mira, Martin: minimargaritas, pequeños martinis… ¿No son encantadoras?
Tomando un pequeño frasco de ginebra, se dirigió hacia él.
—Mira ésta, Martin. Es más o menos de tu tamaño ¿no lo crees? Acaso ésa sea la razón por la cual me encuentro tan hastiada.
El rostro crispado de Wallace mostraba una expresión de desprecio. Trató de contener su ira, juntando los papeles que se encontraban sobre la mesa ante él.
—Será mejor que guarde todo esto con la documentación restante. Excúsame.
Su ira parecía crecer por momentos, a pesar de lo cual salió de la habitación sin decir nada más. Cerró la puerta tras él.
Karen se acercó a Frank, le pasó la mano por los cabellos y luego se dedicó a seguir con una uña el contorno de sus músculos del brazo. El hombre movía la cabeza lentamente al mirarla desarrollar aquel gesto tonto. Para alejarse un poco de ella fue hasta la mesa y cogió un cigarrillo. Sonriendo, Karen levantó las cejas.
—Touché —dijo—. Mi marido me desprecia a mí y yo a ti. Sois como hermanos gemelos.
—¿Por qué le tratas de ese modo, Karen? —preguntó el hombre.
—¿De qué modo?
Un deje de enfado apareció en la voz del hombre de ciencia.
—Diablos, ya sabes que Martin se preocupa mucho por ti.
Ella volvió a sonreír, acercándose de nuevo a Frank.
—Y yo me preocupo mucho por él. Me preocupo por él mucho más que tú. No sé si sabe que has seducido a su esposa, por ejemplo.
Frank lo esperaba. Era lo que inevitablemente traía a colación en situaciones como aquélla. Se trataba de algo de lo que se avergonzaba.
—No me lo repitas. Bien quisiera yo que eso nunca hubiese sucedido, Karen.
Ella bebió un largo sorbo y midió a Frank con una mirada fría.
—Estoy sola. Necesito que alguien sea bueno conmigo esta semana. ¿Serás bueno conmigo?
—¿Y si me niego?
Un ligero escalofrío recorrió el cuerpo de la mujer.
—¿Qué te piensas tú que diría Martin si supiese la verdad de lo sucedido entre nosotros dos? La verdad, no creo que le importara gran cosa. De todos modos ¿por qué no preguntárselo?
Frank casi suelta la risa. No sólo era una perra calculadora. Simplemente estaba chiflada. Mas por lo mismo, pensó, era capaz de cumplir la sucia amenaza que acababa de hacerle.
—¿De modo que estás chantajeándome?
Karen hizo un signo afirmativo con la cabeza, sonriendo significativamente.
—En efecto. ¿A quién chantajearía, de no ser a ti? No hay tantos contra quienes tenga yo algo.
Le envió por los aires un beso con expresión burlona.
—Te veré en Palm Beach.
Volviéndole a mirar con una expresión sugestiva y a la vez desagradable, se encaminó a la puerta, por la cual salió cerrando tras de sí. Frank se quedó mirándola y luego de un momento se sentó. Encendió un cigarrillo pero apenas lo fumó, lo aplastó con rabia en el cenicero. En verdad, no sabía qué podía hacer.
La puerta de la cabina de mando se abrió y Eve Clayton entró llevando una bandeja con tres tazas de café.
—Pensé que querríais una taza, caballeros.
Walker, el ingeniero de vuelo, sonrió e inclinándose, cogió la suya.
—Me has leído el pensamiento.
Eve se acercó con la bandeja a Chambers, el copiloto, quien cogió la suya sin decir nada.
Gallagher tenía puestos los auriculares y estaba comunicándose con Palm Beach. Mientras hablaba, hizo señas a Eve para que se acercara.
—Eve Clayton acaba de entrar a la cabina, señor Stevens. Creo que tiene algo que comunicarle.
Eve se apresuró a ir junto a Gallagher. Se colocó los auriculares. Le agradó sentir las manos de Don que la ayudaban. Su calor le resultaba muy grato. Pero pronto las manos se hicieron a un lado y ella estaba al habla con Philip Stevens. Muy excitada le dio cuenta de las buenas nuevas olvidando saludarle previamente.
—Philip, ¡Lisa y Benjy están a bordo!
Por respuesta sólo logró oír un breve suspiro, aunque ignoraba si era debido a la gratitud, el alivio o la dicha.
Por fin Stevens habló. Su tono traicionaba la emoción.
—¡Esto es maravilloso, Eve! No sé cómo te las has arreglado para que sea así, pero, de todos modos, muchísimas gracias.
—No, oye Philip, esto es lo mejor de la historia. No tienes que agradecerme nada. Fue ella quien resolvió venir por su cuenta.
—Os iré a buscar al aeropuerto.
—Pues allá nos veremos, Philip.
Eve se quitó los auriculares, devolviéndoselos a Don Gallagher. Éste, al tomarlos, retardó brevemente el roce de su mano con la de ella. Eve sonrió respondiendo a la sonrisa de él y al hacerlo sintió de nuevo el gran cariño que le tenía desde hacía tiempo. Gallagher volvió a colocarse los auriculares y continuó con su trabajo. Eve permaneció detrás suyo, dejando descansar una mano sobre su hombro. Aquel sentimiento la hacía sentirse vulnerable. Hubiese querido librarse de sus emociones, archivarlas en algún lugar de su ser, tratarlas como a otra de las innumerables tareas con las que tenía que lidiar a diario en su calidad de directora ejecutiva de la Stevens Corporation. De tal modo le hubiera resultado tan cómodo, tan previsible… Hubiese estado en condiciones de decidir fríamente y, tal vez, de prescindir por completo de Don, como ella misma le dijera aquella tarde mientras ambos bebían un vaso de whisky. Lo malo era, naturalmente, que sus emociones se negaban a ser manipuladas a capricho; y el propio Don se había encargado de recordárselo. Tenía que reconocer que, llegado el instante de tomar una resolución, lo haría como mujer de carne y hueso. Pero así eran las cosas entre ambos desde el principio: difíciles y dolorosas. De todos modos, pensó, la situación en conjunto había valido la pena.
Por fin decidió hablar. Estaban solos en la cabina.
—He estado pensando en lo que me has dicho esta tarde.
Don la miró.
—Yo también.
—Quisiera verte en Palm Beach.
Gallagher le tendió una mano, que ella cogió.
—No creo que sea difícil.
En su tono de voz había una calidez muy especial. Eve le estrechó la mano y se quedó contemplando en silencio, junto a él, la noche que se veía por el gran parabrisas. Las estrellas parecían brillantes cabezas de alfiler. El 747 volaba mucho más arriba de las nubes en una atmósfera de serena calma que Don le describiera en alguna ocasión. Debajo de ellos, Eve pudo ver las nubes iluminadas por la plateada luz lunar, que se extendían como una mullida alfombra.
De pronto comprendía por qué Don Gallagher hablaba a veces con tanta emoción de los vuelos nocturnos. Había en aquella experiencia algo que podía ser compartido, ciertamente; pero no explicado. Sonrió de nuevo y otra vez estrechó la mano del piloto. Decidió volver al salón.
En menos de dos horas habrían llegado a Palm Beach. Luego, pensó Eve, tendrían ante ellos bastante tiempo para conversar sobre lo que les interesaba.
Los rojos y luminosos números del reloj digital marcaban las siete y cuarenta y cinco. Wilson prestó atención a la hora exacta, encendió un cigarrillo y absorbió una rápida y honda bocanada de humo. El encargado de los vinos le había enviado a la despensa para que subiera más botellas de vino tinto y él quería aprovechar la ocasión para descansar un poco. Mientras fumaba se asombraba a sí mismo de su completa falta de inquietud. De pronto, los pasos de alguien que bajaba por la escalera le hizo ponerse de pie.
Era Banker, quien entró a la despensa.
—Anda rápido. El encargado de los vinos me ha preguntado si te sucedía algo.
—¿Qué importa? Todo estará listo dentro de treinta minutos.
Nervioso, Banker echó un vistazo a su reloj y meneó la cabeza.
—Esto puede ser un acto teatral para ambos; pero ha de desarrollarse tal como fue planeado, hasta en sus menores detalles. Venga, apresúrate a subir el vino.
Wilson comprendió que el otro llevaba razón, de modo que se apresuró a seguir la instrucción. Había demasiado en juego para correr riesgos inútiles.
—Tengo tres reinas, señor Lucas —dijo Emily Livingston—. ¿Tiene algo mejor?
Desplegó su juego sobre el tapete verde mirando a Gerald Lucas en los ojos. Tenía la fuerte sospecha de que aquel pozo sería suyo. Lucas echó sus cartas sobre la mesa.
Dos sotas no matan tres reinas. Encantada, Emily echó mano a sus ganancias. Mientras lo hacía, un camarero uniformado se le acercó con una bandeja de plata en la mano sobre la cual había una sola copa de cristal.
—Champagne con hielo, señora.
Emily vaciló un instante, terminando por coger la copa.
—Bueno, ésta es mi bebida favorita, pero ¿cómo lo ha sabido usted?
El camarero le extendió una tarjeta elegantemente grabada.
—Nicholas St. Downs III —leyó Emily en voz alta.
Estaba asombrada y debía notarse, porque Ralph Crawford interrumpió el barajar de las cartas y la miró con cierta preocupación.
—¿Sucede algo, Emily?
Pero ella ni siquiera le oyó. Su mente estaba fija en el nombre de Nicholas St. Downs III. ¿Sería realmente él? Se puso de pie y contempló en torno.
Sentado en un sillón situado al fondo de la gran estancia vio a un anciano que le sonreía y a quien reconoció de inmediato. Aunque el tiempo había pasado, era aún la viva estampa del hombre de mundo encantador.
—¡Nicky, eres tú! ¡Apenas puedo creer lo que veo! —exclamó ella.
Todas las miradas se dirigieron hacia ella y hubo muchas sonrisas cuando Emily salió disparada en dirección a Nicholas St. Downs. A ella no le parecía importar gran cosa que todo el mundo tuviera puestos en ella los ojos. Todo cuanto le interesaba era el hombre de cabello gris ondulado que se ponía de pie para ir a su encuentro con los brazos extendidos y una amplia sonrisa en el rostro.
Nicholas la estrechó entre sus brazos. Reteniéndole las manos, Emily dio un paso atrás para contemplar mejor al anciano. Estaba tal como ella le recordaba: ojos azules muy lúcidos, profundamente hundidos en sus cuencas, que parecían juzgar serenamente al mundo, y hondas arrugas en torno a la boca cuando reía. La voz era la magnífica de siempre, profunda, melodiosa y con el ligero acento sureño que preservara de su infancia.
Emily sacudió la cabeza, maravillada.
—De modo que después de tantos años vienes a reaparecer. ¿Dónde has estado?
Nicholas sonrió.
—En Londres, la mayor parte del tiempo.
Poniéndole una mano en el hombro le pidió que se sentara a su lado en el sofá. Cuando ella lo hizo, ambos se miraron un buen rato antes de seguir hablando. Emily sintió que su pulso se disparaba. Se sentía torpe y embarazada ante la mirada de su viejo amigo. Una sensación que no le asaltaba desde hacía años. Nicholas era un personaje importante en su pasado. Sin embargo, recordaba todo tan claramente… Habría jurado que era cosa de ayer mismo. Ella era por entonces una niña ingenua que viajaba por Europa. Nicholas no tendría muchos más años que ella; pero a sus ojos era el hombre de mundo más acabado que pudiera imaginarse nadie. Juntos habían recorrido Escocia y la zona inglesa de los lagos. Habían sido unos días idílicos, que le quedaron marcados para siempre por la honda sensualidad que ambos compartieron. Por un momento se sintió casi la nerviosa adolescente que por entonces fuera; pero no tardó en dominarse y la conversación tomó por cauces más formales, como correspondía a dos viejos amigos que se encuentran luego de muchos años en una fiesta. Sin embargo, a Emily le resultaba difícil sofocar sus pensamientos, que la arrastraban imperiosamente a aquel maravilloso tiempo.
—¿Conoces a Philip Stevens? —le preguntó.
—Es difícil dedicarse a negocios que tengan que ver con el arte o con las finanzas internacionales sin conocer tarde o temprano a Stevens —repuso él.
—¿Y a qué negocios te dedicas tú?
—A los dos que te he citado. Me ocupo de financiar compras para museos diversos y de coleccionar obras por mi cuenta.
Su voz traicionaba cierto orgullo, pero se detuvo allí. Sin duda no deseaba hablar abiertamente de sus propios éxitos, pensó Emily. Siempre había sido igual y ello constituía uno de sus atractivos. Para ella aquel hombre era una perfecta mezcla de fortaleza y modestia. No había otro en el mundo para eso como Nicholas.
El hombre, por su parte, sentía que sus propios afectos crecían en su interior. Para cambiar de tema preguntó a Emily si deseaba ver el obsequio que llevaba a Stevens con motivo de la inauguración de su museo. Ella asintió.
Inclinándose, Nicholas cogió una magnífica maleta plana de piel y la colocó sobre sus rodillas. Sonreía serenamente y sabía que también ella lo haría al ver lo que se encontraba dentro del maletín. Quitó los cierres y lo mantuvo abierto para que ella mirara el interior. Su reacción no le desengañó. Destacándose contra el terciopelo azul de que estaba recubierto el fondo, se veían dos iconos rusos. Estaban adornados con amatistas, cuyo azul suscitó escalofríos en Emily.
Nicholas estaba muy complacido de constatar el efecto que las obras de arte hicieran a su vieja amiga.
—¿Te imaginas? —dijo—. Estas dos maravillas desaparecieron misteriosamente de Rusia hace más de ciento cincuenta años. Una fue encontrada hace poco en Japón y la otra, fíjate tú, en Finlandia.
Emily paseó delicadamente los dedos por los iconos y miró a Nicholas.
—Otra vez juntos, como se dice en las películas.
—Otra vez juntos —asintió él—. Nunca más cierto que en esta ocasión.
Impulsivamente, Emily le cogió la mano.
—¡Oh, Nicky!, sí que es bueno volverte a ver.
En aquel momento pasaba junto a ellos un camarero, quien tomó con destreza de su bandeja dos copas de champán. Le tendió la primera a Emily y la otra a Nicholas.
—Pues beberemos a nuestra salud —dijo él.
Bebieron champán en silencio. Estaba delicioso. Cuando Emily bajó su copa pudo ver que Nicholas irradiaba felicidad.
—¿Recuerdas aquel viejo castillo escocés? Yo nunca he podido despintármelo de la mente.
Emily asintió.
—Teníamos tanto en común —repuso—. ¿No te lo parece? Fuiste mi primer amor.
Rió con alegría.
—Felizmente sólo hay uno solo. Hay que ser muy joven y muy animoso para enfrentar tantos problemas… y tanta felicidad.
—Cierto, Emily, muy cierto.
Nicholas bebió otro sorbo de champán.
—¿Y ahora? ¿Estás casada, Emily?
Ella se estremeció.
—De momento no. He pasado por tres maridos, sabes. Ninguno de ellos pudo conmigo. ¿Y tú?
—Mi mujer murió hace tres años.
—Lo siento.
Nicholas movió la cabeza.
—No es preciso. La nuestra fue una unión muy larga y muy feliz. Tengo dos buenos hijos varones y tres nietos. Hasta ahora.
—Estupendo.
Emily pensó un momento. Qué extraño, se dijo. No hacía tanto, ella y Nicholas habían sido poco más que dos niños ellos mismos, con lo que parecía una sucesión interminable de años por delante. Y ahora allí estaban los dos, hablando de nietos.
—Me gustaría verlos.
—¿Por qué no? Vuelve a Londres cuando quieras y te los presentaré.
Puso sus manos sobre las de ella.
—¿Sabes? Aquel castillo aún sigue en su sitio, en Escocia; y la campiña por allí es tan hermosa como siempre lo ha sido.
Emily sonrió. A pesar de los años transcurridos, Nicholas no dejaba de ser el mismo irresistible conquistador.
—¿Sabes? —le dijo—. Creo que haré lo que me aconsejas.
Afuera del gran avión el cielo era como un pacífico mar de la tranquilidad. Cierto que muy por debajo de él, fuertes vientos huracanados y espesa lluvia estaban configurando una tempestad de grandes proporciones. Pero, a cincuenta mil pies de altura, la aeronave se colocaba por encima de ella.
En la cabina de mando la tripulación de vuelo trabajaba con serena eficacia. El ingeniero de vuelo, Walker, bebía su café mientras charlaba con Gallagher sobre los problemas de la pesca con moscas.
De pronto, Walker advirtió que uno de los instrumentos del tablero señalaba cantidades excesivamente bajas. Movió una palanca para cambiar la receptividad del marcador, pero la aguja no acusó cambios. Preocupado, llamó la atención a Gallagher.
—Capitán, mire esto.
Gallagher, que en esos momentos estaba de espaldas a Walker, imprimió un rápido movimiento a su asiento para que girara y poder así ver de qué se trataba.
—Cierto que la medición es baja. ¿Cuál es la presión en estos momentos?
Walker consultó los indicadores de presión y de suministro de aire. La presión era constante en todas partes. Así se lo comunicó a Gallagher y éste le señaló con la cabeza que había comprendido.
—¿Confirmaste el cambio en la receptividad del marcador?
—Sí, capitán.
—Si la presión se mantiene constante y el marcador ha sido confirmado, el problema tiene que girar en torno al sensor. En estos casos, toda precaución es poca. Pediré a Buchek que eche un vistazo.
Cogió el intercomunicador.
Buchek estaba con Eve en el bar. Con un vaso de ginger ale en la mano, gozaba de la conversación de Eve y de Eddie, el barman. El teléfono intercomunicador que estaba detrás de éste sonó y él cogió el auricular.
—Es para ti, Buchek. El capitán.
Buchek tomó el teléfono y fue con él hasta el extremo del mostrador para hablar con Gallagher. Eve escuchó algo, pero las frases eran tan técnicas que no tardó en perder el hilo. Volvió a dirigirse a Eddie. Eve sabía que el barman era de ordinario un hombre alegre; pero aquella noche tenía razones para hallarse más alegre aún que de costumbre.
—Según me han dicho, éste es un día muy especial para ti, Eddie.
Al contestarle, la voz del hombre era excitada y feliz.
—Sí. ¿Sabes lo que ha dicho el médico? Que tendremos gemelos.
—¿Y no estás nervioso?
Eddie la miró con ojos muy abiertos.
—¿Nervioso? No, aterrado. Era el primero y de pronto son dos.
Buchek colgó. Eve le miró inquisitivamente, como preguntándole si sucedía algo irregular, pero él descartó sus temores. En realidad, el reemplazo de lo que parecía ser un sensor defectuoso no era asunto de cuidado. Se sentía a sus anchas charlando con Eve y con Eddie y le hubiese gustado quedarse; pero no había técnico más escrupuloso que él. Vació de un trago el contenido de su vaso y se dirigió a la escalera que llevaba al puente inferior.
Viendo a Buchek alejarse, Eve recordó que también ella tenía que hacer. Se volvió hacia Eddie.
—¿Has visto a la hija del señor Stevens?
Eddie asintió.
—Estaba en la oficina de arriba. Le envié un cocktail hace poco.
Eve se dispuso a retirarse; pero antes, como si se le ocurriera de golpe, dijo a Eddie:
—¿Por qué no vas a la sala de comunicaciones y llamas a tu mujer? Estoy segura de que estarás ansioso por oír su voz.
Hizo una seña al camarero más próximo.
—Larry, encárgate del bar por unos minutos ¿quieres?
El hombre pasó a la parte posterior del mostrador y Eddie se apresuró a dirigirse a la sala de comunicaciones, agradeciendo calurosamente a Eve sus bondades.
Con rostro serio, Eve fue hacia la escalera que llevaba al puente superior. Había llegado el momento de hablar seriamente con Lisa.
La oficina superior estaba situada al nivel del puente de vuelo del 747 y justamente enfrente de la cabina de mando. Estaba decorada con una alfombra multicolor de lana sobre la cual se veía una gran mesa de caoba. Los muros estaban recubiertos de madera de palo de rosa. Empotrados en una de las paredes estaban el teletipo y el comunicador de las noticias de la bolsa de valores.
Lisa estaba sentada sobre un amplio sillón de piel y sorbía lentamente un martini. Tenía los pies bajo su cuerpo.
Sus zapatos estaban en el piso. Contemplaba el teletipo y el marcador de la Bolsa, que estaban de momento silenciosos pero que, una vez cumplido el vuelo inaugural del 747, pasarían a prestar servicios asiduos, ya que el aparato quedaría a disposición de los ejecutivos de la empresa. Aquellos dispositivos pronto marcarían el latir del gran organismo mundial que era la Stevens Corporation.
Ambos emitían ligeros sonidos intermitentes, sonidos que Lisa aprendiera a odiar desde pequeña y que odiara cada vez más desde entonces. Parecían simbolizar la actividad incesante y frenética que apartara siempre a su padre de ella.
Oyó que se abría la puerta y se volvió hacia ella. La que entraba era Eve Clayton, quien le dirigía una cordial sonrisa. El rostro de Lisa demostró su placer tic que Eve fuera a verla. Le tenía mucha simpatía. Desde que perdiera a su madre, a los catorce años, Eve fue para ella como una hermana mayor, que la guiara durante el problemático periodo de la adolescencia. Pero no se detenían ahí las razones de su amistad. Lisa admiraba realmente la inteligencia y el buen juicio de Eve, demostrando con ello poseer más parecidos con su padre de los que ella estaba dispuesta a conceder. Veía una objetividad y una rectitud poco frecuentes en su amiga. Este hecho daba lugar a que no encontrara fácil oponer razones a los intentos de acercamiento entre ella y su padre intentados por Eve de tanto en tanto.
La visitante se sentó junto a Lisa, dejando descansar la mano sobre su hombro.
—Se te ve triste, Lisa. ¿Sucede algo?
La interpelada bebió un sorbo de su martini tratando de poner en claro sus pensamientos. Era presa de sentimientos encontrados y no le resultaba fácil exponer sumariamente la situación en que se hallaba.
Finalmente habló.
—Creo que estoy un poco confusa. Papá me llama y la pequeña Lisa ha de salir corriendo en su busca. Siempre la misma historia ¿no es así?
—No mires las cosas desde ese ángulo. Te ha echado mucho a faltar. ¿No crees que dos años es mucho tiempo?
Lisa suspiró.
—Sí —miró de frente a Eve. Había llegado el momento de hablar claro—. No sé si lo sabes, Eve; pero en este tiempo he tratado de edificar una vida para Benjy y para mí. He querido ser yo misma, no simplemente «la hija de Philip Stevens».
—Y has demostrado que podías conseguirlo, Lisa. Todo el mundo lo sabe. Sin embargo, hagas lo que hagas, eres su hija, lo cual no te quita personalidad.
—A veces pienso que papá olvida mi personalidad.
Eve tuvo que admitir que no le faltaba algo de razón. En el pasado, Philip Stevens había sido extraordinariamente posesivo en lo que respectaba a su hija. Era comprensible. Siendo su única hija, el hombre, sólo tras la muerte temprana de su esposa, se había aferrado a lo único que le quedaba, a lo único que le vinculaba a los afectos profundos de los seres humanos. Su hija era lo que más amaba en la vida; pero Eve podía comprender que aquel amor hacía de Lisa una prisionera.
Stevens quería lo mejor para ella y pensaba saber qué era lo que más le convenía. A menudo acertaba; pero otras, no. Y, siendo un hombre extraordinariamente ocupado, no podía estar con ella el tiempo necesario. De tal modo, con razón o sin ella, su impaciencia fue derivando hacia la firme negación de los deseos de su padre; una negación que había desembocado en un enfriamiento progresivo de sus relaciones, y finalmente en un abismo que les separaba.
Sin embargo, Eve pensaba que Philip Stevens había dejado a un lado todo cuanto podía enervar antagonismos con Lisa y trataba con todas sus fuerzas de recuperarla. Había llegado el momento de que su hija obrara en consecuencia y entre ambos se pactara una tregua. Pero cuando Eve le comunicó sus puntos de vista, Lisa movió tristemente la cabeza.
—Ya sé que todo cuanto hizo ha sido por mi bien. Sé que deseaba ayudarme y que lo deseaba porque me amaba. Pero es un hombre voluntarioso y, aunque trate de ser de otro modo, ha de someter a todos a sus deseos. Necesita dominar.
Dejó escapar un suspiro.
—Y dominarme especialmente a mí —agregó.
Miró a Lisa con expresión triste.
—Dejé mi casa con la intención de encontrar un camino, una vida para mí y para Benjy. Bueno, pues lo he encontrado. Sin embargo, papá nunca respetó mi lucha por defender mi identidad. Me ofrecía dinero, me enviaba empleados para ver qué tal me iba… Todo eso ha constituido una serie de insultos para mí, porque era como decirme que seguía siendo una cría.
Miró a Eve con ojos desafiantes.
—Pero se ha acabado. Le dejaré ver claramente que he de hacer mi propia vida.
—¿De modo que te diriges a Palm Beach tan sólo para enfrentarte a tu padre?
Lisa asintió con la cabeza.
La vehemencia con la que se expresara alarmó a Eve. Sabía que la llegada de Lisa a Florida implicaría serios problemas. Tenía que encauzar hacia otro lado la cólera de Lisa antes de que viera a Philip y le dirigiera un sinnúmero de denuestos que no tardaría en lamentar. Tomó a la muchacha del brazo, acercándose un poco más a ella.
—Ésta es una hora importante en la vida de tu padre, Lisa —le dijo con voz grave—. Por favor, no le trastornes ahora.
Su voz encerraba una plegaria y evidenciaba la honda preocupación que sentía ante las posibles consecuencias que la actitud de Lisa podía acarrear.
Lisa reaccionó movida por la acumulación de ira y frustraciones que aquellos años le dejaran.
—Le diré exactamente todo cuanto siento; me tienen sin cuidado sus trastornos. Luego, habremos terminado para siempre. Es mi decisión definitiva.
Eve comprendió que no podría hacerla cambiar de actitud. Estaba en un estado emocional explosivo que necesitaba un escape y Eve sabía lo que aquello le costaría a Philip y también lo que a la postre iba a costarle a Lisa.
Resolvió, pues, decirle la verdad. En cierto modo, hacerlo era un alivio. Había estado conteniendo sus propias emociones sobre el delicado asunto durante demasiado tiempo y ya no podía casi soportar la tensión que le causaba.
—Lisa, hay algo que has de saber. Por justificada que sea tu cólera contra Philip, éste no es momento para que la dejes estallar.
Lisa se aprestaba a responder violentamente; pero algo inusual en el tono de Eve la mantuvo en silencio; algo que la asustó. Quiso esperar a que terminara de hablar.
—Tu padre está muy enfermo. Precisa tu amor y tu apoyo ahora.
Lisa dejó escapar una exclamación ahogada al oír la inesperada noticia. De inmediato, como era lógico, se calmó.
—El museo, las nuevas fundaciones de beneficencia… —dijo con voz algo trémula—. Comprendo. Está… está poniendo sus cosas en orden porque… ¿No es así?
Eve asintió bajando la cabeza.
—¿Cuánto hace que lo sabe?
—Unos meses. Puede vivir otros tantos, quizás un año. No se sabe.
Lisa siempre se había vanagloriado de ser inflexible; pero de pronto se sintió debilitada y algo mareada. Le pareció que iba a perder el conocimiento. Con mano temblorosa cogió el brazo de Eve.
—Eso es imposible —dijo, hablando con dificultad.
Aspiró profundamente, miró a Eve con gesto desafiante y repitió:
—¡Eso es imposible!
Se hubiese dicho que con aquella exclamación pretendía borrar las palabras de su amiga.
Eve le cogió tiernamente una mano.
—No sabes cómo lo lamento, Lisa; pero es la verdad.
Los ojos de Lisa eran como los de un animalillo herido. No pensaba, pero sufría.
—¿Comprendes ahora, Lisa? Philip te necesita. Ahora más que nunca.
Lisa trató de responder, pero, antes de que pudiera articular las palabras, grandes lágrimas asomaron a sus ojos, que corrieron enseguida por sus mejillas. Sin hablar, se arrojó a los brazos de Eve. Con ademán bondadoso, Eve la rodeó con sus brazos como si fuese una niña asustada. En aquellos momentos, los sentimientos que sentía por su padre, tanto tiempo contenidos, brotaron sin freno y se puso a llorar desconsoladamente. Eve la estrechó un poco más en sus brazos.
—Sé cómo te sientes, Lisa. También yo lloré cuando lo supe.
Las dos mujeres, firmemente unidas, lloraron, conmovidas por el destino de un hombre que de modos diferentes habían amado y cuya muerte cercana era inminente.
Buchek se detuvo en la zona de carga intermedia del avión. Había llamado a Hunter, el guardia de seguridad para que se uniese a él y juntos corrieron unas pesadas cajas para dejar al descubierto la pared de piezas machihembradas, detrás de la cual había sido instalado el sensor de presión. Mientras Hunter observaba, Buchek cogió un destornillador portátil que llevaba consigo y con él se puso a quitar la plancha gris que cubría y protegía al aparato.
Hunter tendría que haber estado presente en la operación aunque Buchek no le hubiese llamado, porque parte de sus obligaciones consistían en averiguar quién entraba o salía de la zona de carga intermedia. Un trabajo fácil, como él mismo decía; pero falto de emociones. Le parecía dudoso que sucediese algo al avión mientras volaba; y en Palm Beach habría cantidad de guardias que se ocuparían de hacer frente a cualquier situación que escapase a lo normal. Lo único que se le encomendaba era una vigilancia vaga dentro de un avión que hacía un largo y aburrido viaje. Lo bueno, si acaecía, sería cosa de otros. Entretanto, podía tomar asiento en el nivel inferior de la aeronave.
No era, pues, de extrañar que para Hunter, aunque sólo fuera el ajuste de un sensor, se presentase como un interesante pasatiempo.
Antes de transformarse en guardia de seguridad, había sido policía. De ahí que no pueda sorprender que sintiese la presencia de alguien, aunque ese alguien viniera por detrás de él sin pronunciar palabra. Se dio la vuelta y vio a Benjy, el hijo de Lisa, que estaba mitad dentro y mitad fuera de la pared de madera machihembrada. Resolvió decirle que saliera de allí y se quedase en el corredor.
—No debieras estar aquí, hijo.
Buchek volvió los ojos al pequeño y sonrió al verle.
—Está bien, Hunter. Hola Benjy. Anda, ven un poco.
El niño se le acercó sin dejar de mirar todo a su alrededor. Aquella zona del avión era completamente nueva para él. Al revés de lo que sucedía allá arriba, aquí todo era estrictamente utilitario. Benjy contempló las cajas de madera repletas de cables y otros implementos, los contenedores cuidadosamente estibados y sujetos con gruesas cintas de plástico, los tubos. Aquí los paneles de madera fina no recubrían las paredes. En cambio abundaban las anillas de aluminio que sujetaban innumerables hilos eléctricos, los cuales se extendían de un extremo al otro del recinto. Era precisamente la especie de habitación apta para interesar a un pequeño de su edad.
Sin dejar de sonreír, Buchek cargó a Benjy en sus brazos, sentándolo sobre una caja de madera. Se volvió hacia Hunter.
—Creo que el desperfecto está arreglado. Cierre la puerta cuando salgamos. Iré a ver si los indicadores están en orden.
El guardia asintió con la cabeza, encaminándose hacia la pesada puerta. La cerró y corrió la rueda central que la sujetaba. Se escuchó un silbido como el producido por el aire comprimido al salir de un agujero en el momento en que la puerta se cerraba. Sorprendido, Benjy miró a Buchek.
—¿Qué ha sido eso? Sentí que mis oídos hacían «pop».
Buchek asintió.
—Es la presión del aire. Ciada uno de los compartimentos de carga del avión es a prueba de aire, una vez que se cierra la puerta.
Benjy le miró perplejo.
—¿Cómo es eso?
Buchek trató de explicarle el sistema con palabras simples para que el niño comprendiera, aunque era imposible toda explicación que careciera de términos técnicos. El planteo de los compartimentos de carga del 747 era de diseño muy avanzado. Cada uno de ellos estaba hecho de manera tal que la presión y el índice de humedad en el interior podía regularse independientemente del resto de los compartimentos del aparato. De aquella manera, las obras de arte podían ser transportadas sin el menor perjuicio para ellas durante el viaje. Se evitaba así cualquier posible deterioro en la carga de mercaderías muy delicadas. Era cosa sabida que, por ejemplo, una momia egipcia no podía transportarse bajo condiciones que podrían ser las adecuadas para un cuadro de Rembrandt. El Stevens 747 había sido proyectado para hacer frente a ese tipo de problemas.
Pero ¿cómo explicar todo eso al pequeño? Buchek se esforzó. Benjy tenía una mente despejada y él era mejor de lo que pensaba al explicar llanamente las cosas, pues el niño no tardó en captar la esencia del asunto.
Buchek se detuvo ante un intercomunicador. Oprimió el botón que hacía sonar la señal en la cabina de mando y esperó a que se pusiera Gallagher.
—Tenías razón, capitán —le dijo—. El sensor estaba, efectivamente, averiado. ¿Marca bien ahora?
Se alegró al oír a Gallagher afirmar que los instrumentos marcaban normalmente. Satisfecho, colgó el auricular para entrar de nuevo al compartimento y colocar la plancha gris y el panel en sus sitios.
Benjy observaba trabajar a Buchek. Luego se volvió al guardia de seguridad.
—¿Es usted policía de verdad, señor Hunter?
—Algo así —repuso el hombre, sonriendo.
—¿Ha cogido a muchos criminales?
—Algunos, aunque no últimamente —contestó el guardia con cierta ironía.
—Si vuelvo por aquí ¿me contará usted cómo hizo para encarcelarlos?
Hunter pasó la mano por el cabello del pequeño.
—Claro, Benjy. Cuando quieras.
Hunter vio que Buchek acababa de colocar la plancha. Se dirigió de nuevo a la puerta, que se abrió con el pequeño silbido ya característico. Cuando los tres salieron de nuevo al corredor, Hunter pensaba que le divertiría narrar a Benjy algunas de sus aventuras policiales. El pequeño le hacía recordar a su propio nieto, de modo que esperaba que volviese a por él antes de que el vuelo llegara a su fin.