Aeropuerto 77
Dos
Dentro del autobús azul y blanco del aeropuerto, Jane Stern estrechaba con fuerza la mano de su hija de ocho años, Bonnie. Por la ventanilla veía alejarse el edificio de la terminal y acercarse la silueta del 747.
—¿Es éste, mamá? ¿Es el avión? —preguntó la pequeña, muy excitada.
Nerviosamente, Jane le dijo que sí. Durante todo el día, Bonnie no había dejado de hacerle preguntas.
—¿Saldrá pronto? ¿No será mejor que salgamos ya? ¿No llegaremos tarde?
Desde las ocho de la mañana, hora en que tanto Jane como su marido despertaban, la niña no dejaba de importunarles con sus interrogaciones. Sin embargo, Jane comprendía que no era del caso culpar a Bonnie, la cual no había viajado aún en avión. No era extraño que considerara la perspectiva con animada agitación.
Todo había comenzado cuando en el colegio, la clase de Bonnie leyó un suelto periodístico con la noticia de que Philip Stevens había resuelto transformar su propiedad de Florida en un museo de arte y donarlo al pueblo de Estados Unidos. Todas las pequeñas resolvieron entonces escribir una carta al gran hombre de negocios manifestándole que iban a hacer dibujos con el fin de contribuir en la medida de cada una al éxito de la iniciativa. Un mes más tarde llegó carta de Philip Stevens agradeciéndoles aquella iniciativa y solicitando que la clase eligiese a una de las alumnas para que llevara consigo la donación. La escogida viajaría en el vuelo inaugural del nuevo jet, el Stevens 747, hasta Palm Beach y asistiría a la inauguración del museo.
Bonnie Stern fue la feliz elegida.
Sus padres comprendieron que no había modo de privarla de aquella trascendental experiencia; pero Tom Stern no podía dejar su trabajo, de modo que Jane tendría que llevar ella sola a Bonnie.
—¿No te sientes feliz con el viaje, mamá? —preguntaba la niña no menos de diez veces por día en el correr de la semana anterior.
—Pues claro —respondía su madre.
Pero, al acercarse el día, lenta aunque seguramente, le pareció que su valor la abandonaba. Tampoco Jane Stern había viajado hasta entonces en avión. En verdad, el hecho de hacerlo le causaba verdadero pánico.
Y ahora, cuando el autobús iba a detenerse bajo el ala inmensa del 747, su corazón pareció querer saltársele por la boca. Aquello era, bueno, ¡era tan inmenso! De pronto, los temores que ella había pensado controlar, reaparecieron. El simple hecho de acercarse al jet la horrorizaba.
—¡Ven, mamá! ¡Ven, que ya hemos llegado!
Bonnie quería arrastrar a su madre.
—No grites, niña —dijo su madre con voz apagada.
Salieron del autobús. Jane se dijo que si era tan colosal aquel monstruo, también debía de ser seguro.
Sí, ha de ser sólido como la roca, se decía continuamente. Hasta que advirtió que era característico de las rocas pesar mucho y obedecer ciegamente a las leyes de la gravedad, según las cuales lo que está en el aire ha de precipitarse necesariamente al suelo. Sonrió, o al menos trató de hacerlo, cuando una mujer muy elegante ataviada con un vestido marrón, se acercó a ella.
—¿La señora Stern? ¿Bonnie? Soy Eve Clayton. Bienvenidas a bordo.
Mientras intercambiaban saludos, Eve contempló a Bonnie. La pequeña llevaba un traje de muselina y en sus manos apretaba un gran rollo de papeles con los dibujos que la clase le encargara entregar al señor Stevens. Llevaba guantes blancos. El efecto era anticuado pero encantador.
—Me alegra verte, Bonnie. El señor Stevens me pidió que te diese una bienvenida muy especial.
—Estamos realmente muy contentas de hallarnos aquí —dijo Jane.
Vio que un hombre joven vestido de uniforme esperaba por ellas junto a la escalerilla. Sintió lo mismo que cuando la ayudante del dentista te dice que puedes pasar.
—Es bastante… grande. ¿No es así? —dijo a Eve.
De nuevo Bonnie quería arrastrarla tras ella cogiéndole firmemente la mano.
Eve contempló brevemente a Jane.
—Es la primera vez que viaja usted en avión ¿no es así?
Jane asintió con la cabeza. Eve les señaló el camino y, al pie de la escalerilla dijo a Jane:
—Estaba tan nerviosa como usted la primera vez que abordé un avión. No se alarme. Verá qué sencillo es todo. Van ustedes a hacer un viaje magnífico.
Era exactamente lo que cabía decir. Eve sintió de inmediato gran simpatía por la madre de Bonnie y ésta a su vez encontró que Eve era la clase de persona que le agradaba. La sofisticada ejecutiva y la tímida ama de casa de Towbridge, Maryland, trabaron amistad inmediata. Jane Stern le sonrió y, de la mano de la pequeña, llegó a la escalerilla. De algún modo las cosas se le presentaban ahora menos trágicas.
Una muchacha con gafas se apresuró a ir al encuentro de Eve. Era su secretaria, Julie Denton. Llevaba una lista en una mano y un lápiz en la otra. Tachó un nombre al aproximarse.
—Jane Stern y Bonnie ¿no es así?
Eve asintió. Le parecía que Julie irradiaba felicidad. Siempre había en ella una juvenil vivacidad y era precisamente tal carácter lo que la impulsara a contratarla como secretaria. La vivacidad y cierta vacilación tímida que a menudo mostraba, eran parte de su atractivo. Era de esas muchachas que caen bien a todos pero que rebosan de placer y gratitud al enterarse de que alguien la considera simpática. Era bonita. Tenía ojos oscuros y almendrados, amplia y sonriente boca y un cuerpo ágil, todo lo cual no le impedía mostrarse insegura de sí misma. Siempre había resistido los esfuerzos de Eve Clayton por hacerla sentirse a sus anchas con la gente. Aun cuando Eve le dijo que sin duda habría hombres encantadores en la fiesta de Palm Beach, Julie parecía considerar la perspectiva con bastante inquietud. Eve sonrió para sus adentros. Como si no tuviese ya bastantes problemas, tenía que echarse a las espaldas el papel de hermana mayor de Julie Denton. No tenía más que treinta y cinco años y ya estaba desempeñando el papel de casamentera. Bueno, a fin de cuentas, tal vez consiguiera cambiar un poco a Julie, que llevaba un vestido muy rojo que Eve no había advertido con todo el trajín de aquel día. Comprendió que la muchacha necesitaba desesperadamente todos los elogios y estímulos que pudiera depararle.
—¿Vestido nuevo?
Julie levantó la vista de sus papeles.
—Sí, ¿le gusta?
Eve sonrió.
—Te queda maravillosamente.
—Bueno, en verdad…
Eve soltó la carcajada.
—Eres incorregible, mujer. Realmente.
—Lo sé.
Ambas rieron, pero de inmediato volvieron a la seriedad propia de sus tareas respectivas. Un Rolls Royce guiado por su chófer se acercaba cruzando parte del campo hasta detenerse ante la alfombra roja. Julie consultó su lista.
—Emily Livingston. Bueno, creo que ya ha llegado casi todo el mundo.
Eve echó un vistazo al papel. Sí; todos los nombres estaban tachados con excepción del de Lisa, la hija de Philip Stevens.
—Bueno, pues aquí termina nuestra faena.
Se dirigió hacia el gran automóvil que acababa de llegar. Con un salto enérgico, Emily Livingston salió de su coche. El chófer trató de ayudarla, a cuyo efecto se apresuró a correr a su lado; pero ella le hizo un gesto prescindente con la mano, yendo hacia Eve con rapidez.
Eve estaba contenta de ver de nuevo a la vieja dama. Miró a Emily y, como tantas otras veces, se maravilló. Aquella mujer parecía ignorar lo que era la vejez. Baja y regordeta, estaba por los sesenta y tantos, aunque nadie podía decir con certeza su edad exacta. Su rostro preservaba la belleza de rasgos que hiciera de ella en otros tiempos una joven famosa por su hermosura. Ahora se había transformado en una gran dama de la alta sociedad de Nueva York. Había vivido más que gran parte de las personas que, en la década de los veinte y en la de los treinta, se habían vinculado a su nombre. Entre los hombres que se citaban al hablar de ella en aquellos tiempos, estaban los de Picasso y Hemingway. A Emily le parecía que los años le habían quitado vitalidad; pero lo cierto era que aún era capaz de vivir a un ritmo que pocas personas jóvenes podían seguir. Era un verdader dínamo, llena de energías y entusiasmo.
Se apresuró a ir en busca de Eve, a la que abrazó con fuerza y alegría.
—¡Eve! ¡Qué bueno encontrarte! Philip ha sido amabilísimo al invitarme. No hubiera querido perderme esto por nada en el mundo.
—Tiene usted un aspecto estupendo, señora Livingston. Me alegra infinitamente tenerla entre nosotros. ¿Dónde está Dorothy?
De pronto dijo una voz:
—Aquí, guapa.
Eve volvió los ojos en dirección al lugar de donde las palabras provenían. Una atractiva negra de unos cincuenta años venía del Rolls Royce llevando en el brazo un pesado abrigo de piel. Eve sintió alegría al verla porque Dorothy era una persona inteligente y afectuosa cuyas historias sobre hechos sucedidos veinte o treinta años atrás divertían a todos. Era alguien que funcionaba bien dentro de cualquier grupo.
Eve no recordaba momento alguno en que viera a Emily sin Dorothy. Las dos mujeres estaban siempre en compañía. Creía saber que originariamente Dorothy había sido la secretaria social de Emily. Pero desde entonces, muchos años habían transcurrido. De a poco se fue transformando en la amiga más cercana y en la confidente de la anciana.
Dorothy puso sobre los hombros de Emily el abrigo que llevaba.
Eve pensó que así daba comienzo la escena y, con gesto divertido esperó la explosión de Emily. Las dos mujeres se habían hecho famosas por sus discusiones en público.
—Dorothy, por el amor de Dios. Vamos a Palm Beach ¿sabes? no a Siberia.
—Pues aún no hemos llegado allí; y si coge usted un catarro tendré que ser yo quien la cuide —repuso Dorothy con acento resuelto.
Emily se volvió hacia Eve diciéndole en voz muy baja:
—Hace veinte años que me trata como si fuera mi madre. Y aún no sé si eso me gusta o me disgusta.
—Póngase el abrigo, Dorothy; póngase el abrigo.
Sonrió a Eve y la abrazó.
—Hola, Eve. Me alegro mucho de verte otra vez. ¿Es el avión tan fantástico como dicen los periódicos?
—Vamos dentro y así podrás juzgar por ti misma.
Dorothy miró a Emily y vio que se había quitado el abrigo de piel. Lo llevaba en el brazo. Dirigiéndole una mirada de reproche, Dorothy se dirigió al interior de la aeronave. Emily se volvió hacia Eve.
—Pues si en verdad cojo un resfriado sí que tendré que vérmelas con ella.
Sonriendo, Eve dio el brazo a Emily para ayudarla a subir. Emily encontró que su intención era buena, aunque innecesaria. Se sentía capaz de subir a una montaña.
—Sabes, Eve, puedo ir a las fiestas por mi cuenta… Es al dejarlas que necesito un poco de ayuda.
La franqueza de Emily siempre divertía a Eve y esta vez no fue la excepción. Tuvo que hacer un esfuerzo para no soltar la carcajada cuando ambas penetraron en el aparato.
Emily había pasado su vida entera en medio de la riqueza y de la alta sociedad. El lujo le decía ya muy poco, de modo que a Eve le interesaba ver qué cara pondría al ver el salón del 747. No tuvo que aguardar gran cosa. En cuanto la anciana paseó su vista por el gran salón, su boca se entreabrió. Asombrada por completo miró a Eve.
—¡Pero esto es regio! ¡Me deja sin aliento!
Eve tuvo que aceptar que la expresión era la adecuada. Dejaba realmente sin aliento contemplar tanta fastuosidad.
Emily miró en su torno. Toda la parte central de la nave había sido transformada en una habitación amplísima. No se veían las butacas propias de todos los aviones y tampoco perchas ni maleteros. Las paredes subían rectamente hasta alcanzar los diez pies a que se encontraba el techo, proporcionando una sensación espaciosa a quien penetraba. Sillones y sillas estaban dispuestas en grupos, como en el vestíbulo de un club elegante o en los salones de un gran hotel. Emily fue hasta un sofá y pasó la mano por el fino tapizado de piel. La línea verde que cruzaba en medio le dijo que los muebles habían sido especialmente diseñados por Gucci y que la tapicería era del mejor cuero italiano. Debieron costar un verdadero dineral. Advirtió que las paredes estaban cubiertas de seda y que sobre ellas se inscribía un delicado dibujo en madera labrada. Uno de los extremos de la habitación estaba dominado por una inmensa pantalla de televisión. En la otra punta se veía un bar y, a su costado, un piano en el que un ejecutante experto interpretaba música ligera. El barman servía bebidas a los convidados en vasos de cristal Waterford. El conjunto parecía pertenecer a la recepción de la más maravillosa mansión señorial.
A Eve le deleitaba observar la reacción de Emily. Ya estaba acostumbrada al aspecto del 747, puesto que comenzó a trabajar en el proyecto desde el primer día y había tenido oportunidad de estudiar los planos mucho antes de que lo proyectado se convirtiera en realidad. En cierto modo, la reacción de Emily la llenaba de contento porque venía a darle razón en muchos detalles que ella misma escogiera.
—¿Quiere usted ver el resto del avión?
—¿Cómo? ¿Hay más?
—¡Oh, claro! La habitación en la que nos encontramos es uno de los salones; pero hacia la cola del aparato se encuentra la biblioteca, el cuarto de comunicaciones, una suite de dormitorios y un comedor pequeño.
Señaló una escalera situada un poco más adelante.
—Aquellos escalones llevan a la cabina del piloto. También hemos previsto una pequeña oficina arriba. El señor Stevens y sus ejecutivos la usarán para estar permanentemente en contacto con la compañía, aunque se encuentren en pleno vuelo. Lleva un teletipo y un comunicador de los precios de la Bolsa. Debajo nuestro están las bodegas, el depósito de equipajes y las cocinas. Hasta tenemos una cava con quinientas botellas, de modo que nuestros huéspedes puedan pedir sus vinos favoritos. ¿Qué le parece, Emily?
La anciana sonrió, estrechando la mano de Eve.
—Creo que vamos a hacer un viaje inolvidable y único, chica.
Mientras hablaba, paseaba la mirada por la habitación, que estaba muy concurrida. Descubrió a tres hombres sentados ante una mesa cubierta por un fino tapete verde.
—He olvidado mis gafas —dijo a Eve—. ¿Es Ralph Crawford el que está allí?
Eve miró, viendo que así era. Sonriendo ampliamente, Emily le dijo:
—Algo me dice que este viaje no sólo será agradable sino también provechoso.
Guiñando el ojo a su acompañante, Emily se abrió paso entre los invitados y se acercó a la mesa. Al verla aproximarse, Ralph Crawford, que era un hombre muy distinguido de edad mediana, le dirigió una sonrisa.
—Esperaba que te encontraras en este viaje, Emily. ¿Quieres sentarte con nosotros?
Así lo hizo Emily con evidente satisfacción y fue presentada al resto de los ocupantes de la mesa, a quienes miró con detenimiento mientras Crawford los nombraba. El doctor Herb Williams, de unos cincuenta años, calvo, peso pesado. A pesar de tales elementos en contra, desplegaba una contagiosa vitalidad e inspiraba confianza. Emily pensó que no le costaría ser amiga suya. El otro era un hombre nervioso, cadavérico y pequeño. A Emily no le atrajo en absoluto y, al saber quién era, tal sensación le resultó aún intensa.
—Te presento a Gerald Lucas, Emily, el conocido crítico de arte.
Emily dirigió a Lucas una fría sonrisa, extendiendo su mano de un modo que dejaba pensar que el acto de estrechársela fuese algo no del todo saludable. Lucas prefirió no darse por enterado.
—Encantado de conocerla —le dijo—. Admiro mucho el apoyo que presta usted a los jóvenes artistas.
—Desgraciadamente yo no le admiro a usted, que les ataca en las columnas de su periódico.
Lucas se puso rígido.
—Mis comentarios no contienen ningún ataque personal —repuso con altanería.
—Sólo un político hubiese podido defenderse mejor —dijo Emily.
El tema le interesaba y se disponía ya a iniciar una pequeña batalla verbal con el crítico cuando advirtió el aspecto embarazado de los otros dos hombres. Prefirió, pues, coger el mazo de cartas que estaba ante ella.
—No se preocupen, caballeros. Declaro una tregua con todos los críticos de arte.
Hizo una pausa que duró exactamente lo justo. Se hubiese dicho la propia de una consumada actriz.
—Que sólo durará lo que el vuelo.
Hubo un momento de carcajada general, mientras Emily mezclaba las cartas.
—Por ahora, el juego se llama póker —dijo—. ¿Tiene alguien que decir algo contra la idea de jugar una partida amistosa?
Todo el mundo pareció estar de acuerdo con ella.
—Muy bien. Por diez dólares de base, sin límite de apuestas. Mejor que en Las Vegas.
Hizo una pausa, sonriendo con dulzura.
—¿Comenzamos, muchachos?
Le dijeron que sí y Emily comenzó a barajar con una destreza que le hubiese envidiado el más experto profesional. Mientras distribuía las cartas pensaba que le hubiese gustado enviar a aquel «maldito crítico de arte» a la lavandería.
Eve colgó el auricular del teléfono intercomunicador. Acababa de preguntar a Gallagher si era posible retardar un poco la salida del avión, pero él le había contestado que no. Un frente de mal tiempo se estaba formando en la costa atlántica y tendrían que vérselas con vientos contrarios durante toda la travesía. No quería enfrentar el riesgo de llegar tarde. Eve comprendió sus puntos de vista, aunque deseaba esperar, así fuera un poco: acaso Lisa reconsiderara sus puntos de vista y decidiera al fin unirse a ellos. En tal caso, podría ser que se hubiese retrasado algo. Era, desde luego, una esperanza un poco frágil; pero su presencia hubiese significado tanto para Philip aquella noche…
Julie vino a interrumpir el curso de sus pensamientos. Llegaba con los ojos despidiendo verdaderas llamaradas de excitación. Se inclinó hacia el oído de Eve, tratando de susurrarle algo. Pero su entusiasmo transformó el susurro en algo que sonó como un trueno.
—¡Están aquí!
—¿Quiénes?
—Lisa ¿quién si no? Lisa y Benjy.
El ánimo de Eve voló por las nubes de improviso. Parecía que hubiese ocurrido un milagro. Pero ella ni siquiera trató de entender.
Llena de júbilo corrió a la puerta del avión, llegando a ella en el momento preciso en que Lisa salía del autobús del aeropuerto. Con ella se encontraba Benjy, que así se llamaba su pequeño de ocho años. Muy excitada, Eve se precipitó por la escalerilla para dar a ambos la bienvenida.
Cogió a Benjy en sus brazos y le besó. Había crecido y se parecía aún más a su abuelo que la última vez que le viera. El chico estaba entusiasmado.
—¿Cuándo saldrá el avión, señorita Clayton?
—Muy pronto. Te gustará el viaje, Benjy.
El pequeño se volvió hacia su madre.
—¿Puedo subir ya, mamá?
Lisa le alisó el cabello y asintió con la cabeza, sonriéndole. Con una exclamación de alegría, su hijo corrió por la escalerilla.
Eve miró a Lisa. Era una hermosísima mujer de cuerpo esbelto, que representaba menos de los veintiséis años que contaba. Su pelo tenía el mismo tono trigueño que el de su hijo y su actitud mostraba la independencia y fortaleza de su carácter. Eve advirtió que estaba vestida demasiado simplemente para integrarse con el resto de los invitados. Tal vez lo hubiese hecho exprofeso, pensó. Impulsivamente, la abrazó.
—Lisa, me alegro tanto de verte aquí. Realmente no pensé que vendrías.
—Ni yo —repuso Lisa.
Había un dejo irónico en su voz que no pasó desapercibido a su interlocutora. Sabía que los viejos rencores aún ardían en el pecho de Lisa. Tendrían que entablar pronto una nueva conversación. Tal vez antes de que el avión aterrizara en Palm Beach. Cogiendo a Lisa por ambos hombros, la miró de pies a cabeza.
—Te ves estupenda.
Era la verdad. Estaba realmente maravillosa. Eve pensó en los años que transcurrieran desde que había conocido a Lisa. La invadió un momentáneo sentimiento de nostalgia mezclado con cariño. Cuando comenzó a trabajar en la Stevens Corporation, la hija de Philip era apenas algo más que una niña. Su padre había deseado siempre lo mejor para ella; pero aun en medio de las mejores niñeras y gobernantas, resulta difícil para una niña prescindir de su madre. Eve así lo había comprendido y el lazo de amistad entre ambas no cesó de fortalecerse con el paso del tiempo.
—Tu padre se sentirá muy feliz al verte —le dijo estrechándole con fuerza una mano.
La expresión de Lisa cambio de pronto. Se leía ahora en su rostro una expresión de intensa preocupación, como si al ver a Eve hubiese olvidado de momento muchos malos recuerdos de su padre; recuerdos que de pronto le volvían en tropel.
—Tal vez se sienta muy feliz al verme; pero me temo que la felicidad no es mutua. Si hago esto es por Benjy. Quería ver a su abuelo, de modo que aquí estamos.
Eve consideró la situación. Luego movió la cabeza, tomó a Lisa por la cintura y ambas se encaminaron a la escalerilla del avión.
—Sabes, Lisa, de pronto he advertido lo mucho que te pareces a tu padre.
Lisa le miró con asombro.
—¿En qué?
—En la testarudez. Ambos sois tercos como nadie.
Eve rió. Siempre con su brazo en la cintura de Lisa, la hizo entrar en el gran vestíbulo del jet. Lisa miró el lujoso ambiente y se volvió hacia Eve, bastante asombrada.
—Se podrán decir muchas cosas contra mi padre; pero lo cierto es que cuando hace algo, lo hace como Dios manda.
Eve le respondió con una sonrisa, llevando a su amiga hasta un sillón que estaba en medio de la habitación. El anuncio de abrocharse los cinturones parpadeaba desde hacía unos segundos y los pasajeros se preparaban. Lisa llamó a Benjy que estaba al otro extremo del recinto, contemplando la enorme pantalla del televisor. Corrió alegremente junto a su madre.
Por doquier, los camareros y las azafatas recorrían el interior del avión colocando en finas bandejas los vasos y las copas de cristal o bien ayudando a los pasajeros a encontrar asientos o a colocarse los cinturones.
Eve comprobó los cinturones de Lisa y de Benjy. Luego, mirando en torno, vio que casi todos estaban ya prontos.
Sentadas ante una mesa de juegos electrónicos estaban Dorothy, la señora Stern y Bonnie. Esta última miraba por la ventanilla, presa de gran excitación. Su madre la contemplaba con cierta aprensión, mientras se aprestaba a soportar tan estoicamente como podía su primer viaje por los aires.
Eve se alegró al ver que Dorothy se ponía a conversar con la señora Stern. Excelente, pensó. Dorothy la haría reír sin duda todo el trayecto. Tal era precisamente la suerte de distracción que la señora Stern necesitaba en la ocasión.
Una de las azafatas ayudaba a Emily Livingston a abrocharse el cinturón, aunque la señora insistía, naturalmente, en que podía arreglárselas sola. Junto a ella se sentaban Crawford y Lucas. Este último parecía hallarse satisfecho de que las operaciones previas al despegue hubiesen interrumpido la partida de naipes. Si Eve conocía a Emily, le había ganado hasta entonces todos los juegos.
En el bar pudo ver a Eddie, el barman, que contemplaba los procedimientos para proteger de golpes a su finísima cristalería. La saludó con la mano al dejar momentáneamente el bar para dirigirse a la escalera que daba al puente inferior, donde se hallaban las instalaciones de la tripulación. Todo marchaba de acuerdo a las previsiones. Dos personas estaban aún en el bar. Una era una mujer delgada, vestida de negro. Era pelirroja y se llamaba Karen Wallace. Al saludarla Eve a la entrada del avión ya había advertido que la invitada había estado bebiendo aquella tarde, antes de llegar siquiera al aeropuerto. Ahora el marido de Karen, un individuo alto y distinguido de algo más de cincuenta años, se había dirigido hasta ella y, tomándola suavemente de la mano, la llevaba a uno de los asientos. Eve se alegró al notarlo, porque algo en Karen parecía siempre indicar tormenta. De momento, ya era bueno saber que durante un rato no bebería. Sentado cerca del matrimonio Wallace, estaba Frank Powers. De éste Eve sólo sabía que era el asistente de Wallace. Tenía unos treinta años y era guapo y muy atlético. Sin embargo, no se dedicaba a los deportes, sino a la ciencia: era quien supervisaba las operaciones del instituto oceanográfico de Wallace.
De pronto, Eve vio a un hombre de setenta años que salía del corredor que llevaba a la parte trasera del avión. No tardó en encontrar un sillón, al cual se sujetó con el cinturón. Llevaba consigo un portafolios y estaba magníficamente bien vestido. Aunque su rostro estaba surcado de arrugas, sus azules ojos brillaban vivaces. Eve pudo percibir que la excitación de la partida le daba los ánimos de un muchacho. Era un viejo amigo de Philip Stevens. Su nombre era Nicholas St. Downs III.
Los otros veinte o treinta pasajeros estaban en sus lugares, esperando que el avión se pusiese en marcha. Eve se preguntaba dónde podía estar Hank Buchek cuando precisamente éste se presentó ante ella, viniendo de la parte de atrás del aparato por el pasillo.
Eve mostró alegría. Buchek se había pasado todo el período anterior al vuelo paseándose por el jet. A veces saludaba a algún invitado o lo mismo se acercaba a él para intercambiar alguna palabra; pero Eve no ignoraba que su verdadera razón para recorrer el aparato estaba en sus deseos de verificar hasta el último momento todo cuanto tenía que ver con su obra maestra. Parecía un niño que interrumpiera a cada instante su sueño para ver si no había sucedido nada a su regalo de Navidad y para asegurarse de que estaba donde él lo dejara.
Saludó a Eve y fue hacia ella. Estaba perfectamente vestido con un traje nuevo que sin duda había adquirido para la ocasión. También su corbata parecía recién estrenada, aunque más que tal, pareciera el nudo de un ahorcado. Como muchas personas que no tienen por costumbre vestirse formalmente, su idea de un hombre bien vestido era que se trataba de hallarse lo más incómodo posible. Cuando se sentó junto a Eve, ella se acercó para aflojarle un poco la corbata. Buchek dejó escapar un suspiro de alivio. Sus ojos parecían decir a su amiga que no se le había ocurrido que una corbata puede estar algo más suelta.
La jefa de azafatas anunció por los altavoces que el avión se aprestaba a iniciar el vuelo. Entretanto, el señor Stevens quería enviar un mensaje personal a todos los pasajeros. Todos vieron a una muchacha de uniforme que se dirigía a la pantalla de televisión llevando un video cassette. No tardó en colocar la cinta en su sitio. En la gran pantalla apareció el rostro de Philip Stevens.
—Buenas noches. Me siento muy complacido de que hayan podido ustedes hallarse aquí cuando nos disponemos a efectuar este viaje inaugural. Me hubiese gustado hallarme entre ustedes pero, como ya sabrán, me encuentro en Palm Beach, cuidando los últimos detalles del museo que se abre esta noche.
La voz y la imagen de Stevens continuaron explicando a sus invitados todo lo referente a la galería de arte y a la fiesta que ofrecería aquella noche en cuanto el 747 llegara a Palm Beach. Benjy, el hijo de Lisa, miraba la imagen con gran curiosidad.
—¿Quién es ése, mamá?
Inclinándose hacia él, Lisa revisó su cinturón de seguridad.
—Es tu abuelo.
—¿Le he visto yo alguna vez?
—Sí, cuando eras pequeñito.
—¿Muy pequeñito?
Divertida, Lisa sonrió. Benjy estaba en la edad durante la cual la conversación de los niños no es más que una sucesión de preguntas. Pero en esta ocasión Lisa no estaba de ánimos para contestarlas.
—En cuanto lleguemos a Palm Beach ya podrás hacerle a tu abuelo todas las preguntas que desees.
Aquella afirmación pareció resultar convincente al pequeño. Lisa se echó atrás en su asiento. Su mente estaba llena de recuerdos, súbitamente desencadenados por aquella imagen familiar e inmensa de pronto encendida en la pantalla. Detrás suyo oyó decir a Emily Livingston:
—Mírenlo: tan guapo como siempre.
Era cierto, pensó Lisa. Su pelo era casi blanco por entonces; pero el cuerpo apenas se le había encorvado y había en él algo parecido a la solidez de una roca, que los años parecían incapaces de cambiar. Comenzó a pensar que fuese aquel algo lo que fuera, comenzaba a ponerla incómoda. Cuando Stevens terminó con su mensaje, su cara se borró en la pantalla. La misma muchacha que colocara el video cassette en el televisor fue a recogerlo.
Lisa pensó en su próximo encuentro con él. Al verlo en la pantalla su vida había parecido dar un salto hacia atrás. De pronto se sintió de nuevo una niña pequeña. Al constatarlo sintió cólera. «Bueno —pensó—. Ya no soy una niña pequeña; y se lo he probado. A él y a todo el resto».
—Mamá.
—¿Qué, hijo?
—Abuelo sí que tiene un avión grande ¿no te parece?
Lisa luchaba, tratando de permanecer firme contra la marea de viejos recuerdos que inexplicablemente la asaltaban.
—Tu abuelo tiene muchos juguetes caros, Benjy.
La ironía no estaba, naturalmente, al alcance de la comprensión del pequeño. Sin embargo, por extraño que resultara, Lisa se sintió culpable por lo que acababa de decir.
«Tal vez Eve Clayton tiene razón; tal vez me esté comportando como una terca tonta», reflexionó. No le gustaba reconocer sus errores ni rectificarse ante nadie, ni aun ante sí misma; pero lo cierto era que no podía dejar de pensar en los años de su infancia.
De todos modos, los pensamientos de los pasajeros quedaron interrumpidos con los primeros movimientos del inmenso aparato que comenzaba a moverse por la pista.
Cuando el avión comenzó a moverse por la pista buscando el punto desde el cual aceleraría antes de emprender vuelo, se oyó por el altavoz la palabra del capitán Gallagher.
—Buenas noches, señoras y caballeros. Soy el capitán Gallagher, piloto del 747. El señor Stevens ha considerado que acaso ustedes podrían interesarse en ver el despegue de la aeronave. De ser así, observen por favor la pantalla de televisión, en la cual podrán obtener una clara visión de la maniobra. Acabamos de recibir instrucción de salir, de modo que tomen ustedes cómoda posición y diviértanse.
La gran pantalla volvió a cobrar vida y, muy complacidos, los pasajeros pudieron observar en ella la larga extensión de la pista del aeródromo de Dulles brillantemente iluminada y reluciente bajo el sombrío cielo de Washington. Los convidados miraron las luces que parpadeaban intermitentemente y que desfilaban a cada lado del jet a velocidad creciente. De pronto comenzaron a desvanecerse hasta resultar casi imperceptibles. Ahora, el televisor mostraba los puntitos de luz que, como pequeños brillantes, salían de los edificios de la ciudad. Estaban en el aire.
El espectáculo agradó particularmente a Emily Livingston. Volviéndose entusiasmada hacia Crawford y Lucas que estaban a su lado observó que este último tenía una expresión más agriada aún de lo que era habitual en él. La razón sólo podía ser una y Emily, por un momento, se hizo reproches; pero no tardó en decirse que no era culpa suya si era tan mal jugador de póker como crítico de arte.
Le miró con gesto algo simpático.
—No debió usted plantarse con ese juego en la mano, señor Lucas. Yo no faroleo, ¿sabe usted?
Un levantar de cejas fue la única reacción de su interpelado.
Crawford no pudo retener una sonrisa. Bien propio de Emily, pensó, aquello de mostrarse implacable en cierto momento y atender luego a los heridos.
—Pues ahora ya lo sabe. ¿No es así, Jerry?
Lucas concedió a Crawford una sonrisa desvaída y asintió. Sabía muy bien que como jugador de cartas no era lo que podría llamarse un as.
Crawford sacudió la cabeza al recordar el juego y las alternativas del mismo.
—Te has portado, Emily. Podría asegurar que no hiciste una sola jugada errada.
Emily reflexionó un instante.
—No soy mala para el juego, Ralph. En cambio, sí que lo soy en otros terrenos. En el del amor, por ejemplo. En eso nunca he tenido suerte y estarás de acuerdo conmigo si te dignas recordar a mis tres exmaridos.
—Cierto —repuso Crawford—. Pero es mejor haber amado y perdido que…
—Sí, sí, ya lo sé: que no haber amado nunca. Pero es que hice la experiencia demasiadas veces.
Hasta Lucas rió esta vez.
Los tres se pusieron cómodos, dispuestos a disfrutar de la amable velada que tenían por delante.
Las cocinas del 747, las bodegas y las salas reservadas a la tripulación, se encontraban situadas debajo del salón de entrada del avión. Allí, la red de aparatos, tubos y marcos de acero inoxidable contrastaba con el lujo sin límites existente en el plano superior. Sin embargo, no podía decirse que faltase del todo lo lujoso. Los asientos en el lugar reservado para charlar se parecían a los que se usan en la primera clase de los aviones de línea. Allí estaban precisamente varios tripulantes, esperando con cierta impaciencia que se apagara el letrero que decía «Abróchense los cinturones». Había mucho que hacer y el personal de servicio repasaba en la cabeza la lista de tareas que les esperaba. Los camareros charlaban con las azafatas sobre amigos comunes y sobre las otras compañías a las que pertenecieran. Eddie, el barman, conversaba con el chef en tono bastante ceremonioso. El gran cocinero le hablaba de los exóticos platos que se servirían aquella noche y a Eddie se le hacía agua la boca. Por allí se veía asimismo a un individuo un poco mayor que el resto, el cual llevaba uniforme de guardia de seguridad. Lo cierto era que su presencia apenas obedecía a una formalidad: con tal cantidad de obras de arte y demás bienes valiosos a bordo, se había pensado que no estaría de más tomar ciertas precauciones, así fueran elementales. El hombre permanecía silencioso y hojeaba la página de deportes de un periódico sin percatarse en absoluto de que dos individuos vestidos con la ropa de los camareros de la aeronave le vigilaban estrechamente, como si calcularan sus posibles reacciones.
Los dos «camareros» eran Banker y Wilson. Estaban completamente tranquilos. Colocar el cilindro de gas en el lugar indicado había sido la última y más comprometida etapa de la operación. El resto marcharía de acuerdo al plan previsto, plan que suponía comenzar por hacerse cargo del guardia de seguridad. Banker y Wilson se recostaron confortablemente en sus sillones. Sería fácil.