Aeropuerto 77

Michael Scheff · Capítulo 10 de 12

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Aeropuerto 77

Diez

 

 

La Marina tiene más experiencia en salvamentos marítimos que cualquier otra rama de los servicios armados del país. El departamento que se ocupa de la materia fue organizado antes de la Primera Guerra Mundial y ha desarrollado cierta cantidad de instrumentos que le sirven para cumplir adecuadamente con las tareas que se le asignan. Cuando se presenta una emergencia puede enfrentarla en un tiempo verdaderamente muy corto, previsión importantísima si se tiene en cuenta que en tales casos, unos minutos pueden ser vitales.

Cuando la sirena de alerta comenzó a sonar en la base naval adjunta al Centro de Coordinación Táctica, se puso en funcionamiento un procedimiento perfectamente probado.

Se sabía que se trataba de una emergencia que implicaba salvamento. El personal de los hangares se desplazaba en vehículos especiales con objeto de facilitar los preparativos y ganar tiempo. En ellos cargaban todo lo que se iba a necesitar en la operación, tomándolo de una u otra sección. Lo que ejecutaban no era muy diferente a una expedición que se hiciera a un gran supermercado en el que se ofrecieran los más exóticos productos.

Por fin, cuando ya habían cargado todos los elementos que completaban los equipos, dirigieron sus vehículos hacia la zona de la gran nave donde se efectuaba la carga. Se veían allí muchos cables, sacos flotadores, amarres de salvamento, equipos de soldar, tanques de oxígeno y muchas cosas más.

En el campo de aviación, grandes helicópteros SH-3 tenían ya sus motores en marcha. La gran hélice superior giraba en todos ellos y las turbinas llenaban el aire con su estruendo. Sólo se requirieron unos minutos para que estuviesen completamente cargados y prontos para recibir los equipos de submarinistas, que no tardaron en llegar en los jeeps.

En el último de ellos iba Philip Stevens. Tardaba un poco porque se había detenido brevemente en el Centro de Coordinación Táctica.

Se detuvo junto al único helicóptero que no había despegado y Stevens subió por la escalerilla. Con ruido seco, la puerta se cerró y los motores ganaron rápida potencia. El aparato se elevó y se puso a perseguir a los que salieran antes. Cuando se unió a ellos, la bandada puso rumbo al punto del océano que se señalara previamente a sus pilotos. Allí se ocuparían de la misión encomendada.

 

Buchek sabía que Gallagher había llegado a la superficie —si algo no le sucediera en el trayecto hasta ella— hacía algo más de una hora. Sin embargo le parecía haber transcurrido una eternidad desde que el capitán abandonara el 747.

Estaba en la escalera que llevaba del salón al puente de vuelo. El agua hacía ya rato que caía en una pequeña cascada hacia el salón y la moqueta de éste se encontraba ya oscurecida en casi toda su extensión, en especial en aquella que mostraba mayor inclinación hacia el fondo del océano. Era sólo cuestión de tiempo. Todo el avión no tardaría en quedar cubierto por las aguas. Sólo quedaba esperar que las operaciones de salvamento no se retrasaran.

Buchek miró hacia el puente inferior por el hueco de la escalera. Desde que el capitán saliera, el nivel no había parado de crecer en las zonas situadas por debajo del salón. El ritmo de aumento parecía haberse acelerado gradualmente: ya se encontraba tan sólo a unos pies del suelo del salón, de modo que éste sería atacado por dos fuentes distintas de inundación. Trató de calcular la velocidad a que se colmaría el recinto donde se hallaban reunidos los pasajeros, pero pronto hizo a un lado el intento. Aunque llegase a una cifra correcta ¿qué diferencia iba a producirse? El destino de todos se encontraba completamente en manos de los hombres de salvamento y de Dios.

St. Downs se dirigió a él.

—¿Me ayudaría usted a trasladar a Dorothy? —le dijo.

Asintiendo, Buchek, con su único brazo libre, cogió por la cabeza a la negra que yacía sobre el suelo envuelta en una manta. Nicholas la agarró de los pies. Emily, que había estado junto a su amiga, sentada en el piso, al ver que los dos hombres se aproximaban se había puesto a preparar el sofá donde pensaban depositarla. La pusieron cuidadosamente sobre él.

Dorothy estaba inconsciente, pero, de vez en cuando, lanzaba gemidos. Emily tomó asiento a su lado e, inclinándose, le acarició la frente, sobre la cual aplicaba periódicamente compresas frías. La fiebre parecía ser muy alta y Emily temía por la vida de su compañera, cuya respiración parecía hacerse más y más irregular a medida que pasaba el tiempo.

Buchek se apartó para hacer otra recorrida en busca de alguien que necesitara de sus servicios. St. Downs se arrodilló junto a Emily.

—¿Qué te parece?, ¿cómo la encuentras?

—Muy mal, Nicholas. ¡Oh, Nickie, es preciso que viva! ¡Es preciso!

St. Downs le estrechó una mano, tratando de reconfortarla. Sabía, o creía saber, que todos tendrían la suerte de sobrevivir.

De pronto un murmullo corrió por todo el grupo de los pasajeros. Una especie de corriente eléctrica cargada de esperanza. A la distancia podía percibirse el ruido de máquinas de un barco que se acercaba. En los rostros de todos se veía que apenas podían creer en la novedad que de pronto se producía. Pero no tardaron en romper el silencioso susurro. Algunos reían a carcajadas; otros lloraban. Todos parecían haber cambiado súbitamente de personalidad ante la primera posibilidad seria de ser rescatados.

El ruido del motor fue aumentando. Esta vez no termino por perderse en la lejanía. Por milagroso que resultase, el socorro estaba allí.

Eve se secó las lágrimas. Su corazón dio un vuelco emocionado al pasarle por la cabeza que Don estaba casi seguramente vivo y que el resto también lo estaría tal vez dentro de poco. Lo había logrado. Don había salvado a todos. Por fin estaban a un paso de la liberación.

 

El barco de la Marina «Cayuga» estaba realizando ejercicios de práctica cuando le llegó el mensaje del almirante Corcoran. De inmediato, el capitán Mackenzie ordenó a sus hombres que se prepararan para la nueva misión y dio instrucciones al piloto para que se dirigiera a toda máquina al lugar del siniestro.

La Marina pierde poco tiempo al producirse un caso de emergencia. Mackenzie no ignoraba que si su barco había sido elegido para encabezar la misión no era tan sólo porque se hallase más cercano que otros al 747, sino también porque a bordo de él viajaban dos equipos de expertos en trabajos submarinos. Los hombres que los integraban no tardaron en comenzar la preparación, cogiendo todo el material integrante del equipo necesario y estibándolo sobre la cubierta. Todos ellos eran expertos nadadores subacuáticos y se especializaban precisamente en recuperar embarcaciones hundidas. Ahora, mientras el «Cayuga» se dirigía hacia el lugar donde se hallaba hundido el 747, iban reuniéndose en el puente, donde constataban el correcto estado del material y su eficaz funcionamiento.

Tenían plena confianza en sus equipos porque de ellos dependía la vida y la muerte de los expertos, los cuales solían hacer frente a situaciones extremadamente arriesgadas.

En su cabina de mando, el capitán Mackenzie consultaba mapas y aparatos de medición. De pronto sonó la señal del intercomunicador. Cogió el auricular.

—He establecido contacto, señor. Grados uno-cero-ocho. Hay un solo hombre en la balsa.

Mackenzie colgó y de inmediato echó mano a sus prismáticos. Sí, allá, muy lejos, vio la pequeña embarcación amarilla con su carga humana. Se volvió al primer oficial.

—Máquinas a media fuerza. Ochenta y cinco grados a la derecha. Preparados para recoger a ese hombre a bordo. Que comiencen los preparativos.

 

Con creciente ansiedad Gallagher contemplaba lo que al principio apenas fuera un punto diminuto en el horizonte del océano y que crecía poco a poco. Ignoraba, naturalmente, que se trataba de un barco de salvamento de la Marina. Era un barco y, por el momento, ya estaba bien. Hacía mucho frío.

El tiempo se le hacía interminable mientras el «Cayuga» se acercaba a él. Sin embargo, los acontecimientos no tardaron en precipitarse. Aun antes de que el navío echase anclas, una motora «Zodiac» de gran velocidad fue bajada de él. En ella iban miembros submarinistas de los equipos especiales vestidos con los trajes adecuados para la exploración subacuática. Hendía firmemente las aguas picadas mientras se dirigía a Gallagher.

Cuando llegaron a él le dijeron al capitán que saltara dentro y de inmediato volvieron todos al «Cayuga». En la lancha iba un experto sanitario que practicó la primera revisión médica a Gallagher. Lo envolvieron en una manta y alguien le tendió una taza de café muy caliente que vertió de un termo.

Una vez que Don se bebió el café, el hombre de sanidad le preguntó si se sentía mejor.

—Estoy bien. Son los que se encuentran atrapados allá abajo los que me preocupan. Es necesario actuar con gran rapidez si se quiere sacarlos con vida.

Un individuo alto perteneciente al grupo de especialistas se dirigió a Gallagher, señalándole el delfín que era el símbolo de la unidad de rescate y que podía verse cosido sobre un costado de su uniforme.

—Obedecemos a esto, capitán —dijo lacónicamente.

La lancha llegó junto al «Cayuga» y su tripulación comenzó a subir por la escalerilla. Dos hombres ayudaron a Gallagher a salir de la embarcación. Se apresuró a llegar arriba. Sabía que la vital información que poseía debía ponerse en conocimiento del jefe de la operación sin perder un instante, pues sin ella no podrían iniciarse los trabajos de rescate.

En cubierta le recibió el primer oficial, quien se dio a conocer y se ofreció a llevarle hasta el capitán, el cual se encontraba en el puente. Ambos se dirigieron rápidamente hacia él. Por el camino, Don vio que se redoblaba el ritmo de preparación de los miembros del equipo de rescate.

En el puente, el capitán Mackenzie fue al encuentro de Gallagher.

—Capitán —dijo el oficial—, éste es el señor Gallagher, capitán de la aeronave hundida.

Los dos capitanes se estrecharon las manos.

—Cuénteme usted cómo ha dejado la situación, por favor —dijo Mackenzie.

—La mayor parte de los pasajeros se encuentran con vida. Muchos de ellos están heridos, algunos de consideración. El fuselaje ha resistido hasta ahora, pero está comenzando a ceder. Hay grietas en él, que podrían ampliarse en cualquier momento. Ignoro cuánta agua hay en estos momentos dentro del avión.

—¿Y el aire?

—No muy bueno. Hace ya muchas horas que se respira allá abajo. ¿Cuándo piensa usted comenzar con las operaciones de salvamento?

En aquel momento se comenzó a escuchar ruido de aviones y no tardó en llegar a ellos el de las hélices de un helicóptero. Mackenzie levantó vagamente los dedos en dirección al cielo.

—Ahí tiene usted la respuesta, capitán.

Se acercaban rápidamente al «Cayuga» tres helicópteros SH-3 de la División de Transportes Navales. Se pusieron a practicar círculos en torno al barco como si se tratase de inmensos insectos. En ellos venían técnicos del Centro de Coordinación Táctica de Jacksonville.

—Venga conmigo —dijo el capitán Mackenzie a Don.

Salieron de la cabina de mando. El primer helicóptero maniobraba para descender sobre un espacio que ya había sido preparado en el «Cayuga». El aire que provocaba y los ruidos del rotor eran muy considerables, aunque la verdadera hazaña del piloto fue hacer descender su aparato en el escaso lugar que se le pudiera señalar, ya que el «Cayuga» no estaba destinado a aquel género de maniobras mixtas. Aunque el barco se movía bastante por obra de la mar, que estaba muy picada, y el lugar señalado al helicóptero no era mucho mayor que el propio aparato, su piloto consiguió bajar, realizando la faena con una limpieza y perfección tales que el lego hubiese podido creer que lo que acababa de ver era fácil de cumplir.

Así fueron bajando sucesivamente tres helicópteros, depositando a bordo del barco hombres y equipos. Cuando el último tripulante de ellos bajaba, Gallagher vio en el grupo que estaba en el puente un rostro familiar. Philip Stevens, que le viera un poco antes, se dirigía ya hacia él y no tardó en estrecharle calurosamente la mano. Don le dijo que la mayoría de los pasajeros se encontraban bien y que tanto su hija como su nieto se contaban entre los que no sufrieron heridas.

Stevens le miró con indescriptible expresión de alivio; pero enseguida se interesó por el resto. La desesperada situación reinante en el 747 devolvió la preocupación a su semblante tenso.

Mackenzie y Gallagher llevaron a Stevens lejos del ruido y la agitación que reinaba a bordo. Fueron hasta donde estaba el teniente Lawson y su equipo esperaban órdenes.

—Estamos preparados señor. Sólo esperamos sus órdenes para comenzar con la operación.

Stevens se dirigió a Mackenzie.

—Capitán ¿cómo piensa usted llevar a cabo el rescate?

—Si sólo se encontrara un pequeño puñado de personas en el avión hundido, los problemas serían pocos, señor Stevens. Nuestros expertos sabrían cómo penetrar en el aparato y proporcionar rápidamente a cada uno máscaras y botellas de oxígeno, tras lo cual inundarían lentamente el avión y practicarían aberturas con el fin de que saliesen. Pero en este caso tal maniobra no puede llevarse a efecto. Son demasiadas las personas que se encuentran allí y varias de ellas están imposibilitadas.

—¿Qué hacer, entonces?

—Vamos a izar el avión, señor Stevens. Usaremos grandes colchones inflables. Es la técnica que empleamos para rescatar barcos hundidos. El teniente Lawson, aquí presente, comandará el equipo que los colocará.

Gallagher dio un paso adelante, mirando de frente a Mackenzie.

—Yo iré con ellos.

—¿Es usted buceador, señor Gallagher? —preguntó el capitán escépticamente.

—Aficionado.

Mackenzie meneó la cabeza.

—Lo siento, pero será imposible. No puedo permitirlo.

De inmediato, el capitán, como si con su frase hubiese puesto punto final a la conversación, se dirigió al teniente Lawson. Pero Don no estaba dispuesto a ser eliminado tan fácilmente. Había soportado una tremenda tensión durante las pasadas horas y sus nervios se encontraban en tensión.

—Capitán —dijo—, sus hombres no conocen los puntos de flexión de la estructura del 747. Yo sí. Si se colocan los colchones de modo que no respeten dichos puntos, el fuselaje se partirá y todo se habrá perdido.

Sentía que el apasionamiento se iba haciendo más intenso en su interior. Algunos tripulantes que pasaron cerca le miraron con sorpresa. En la Marina de los Estados Unidos nadie grita al capitán de un barco.

Mackenzie guardó silencio. Miraba a Gallagher mientras éste levantaba gradualmente el tono de su voz, con aspecto glacial.

—Aquella gente ha soportado demasiado para que la salvación escape en el último momento de sus manos —exclamó Don—. ¡Maldita sea, me necesitan ustedes!

Los tripulantes que le oían miraron al capitán Mackenzie, esperando verle estallar. Sabían que no era hombre que soportara fallos en la disciplina y que tenía un carácter impaciente.

Pero el capitán permaneció un momento en silencio, tras lo cual sonrió a Gallagher con benevolencia.

—Admiro su tenacidad, capitán Gallagher. Pienso que si no hubiese entrado usted a servir en la aviación civil, hubiese hecho un buen trabajo en la Marina.

Se dirigió a Lawson.

—¿A qué esperan? Denle a este hombre un equipo completo.

 

El agua corría por la escalera que llevaba al puente superior del 747. El fluir aumentaba poco a poco su intensidad. En algunas partes del salón principal, el agua llegaba a la rodilla de los pasajeros.

Buchek comprendió que pronto sería imposible mantener a Dorothy y al resto de los heridos fuera del agua, cuyo nivel aumentaba a ritmo creciente. Sin embargo, pensó que acaso pudiera disponerlos de la mejor forma posible. Haciendo señas a St. Downs para que lo siguiera, se dirigió trabajosamente hacia la extremidad posterior del salón. Se detuvo ante el armario que contenía los chalecos salvavidas y empezó a quitarlos apresuradamente. St. Downs lo secundaba. Luego fueron hacia donde estaban los convidados. Buchek pidió que le prestaran atención y todos fueron acercándose a él, temblando de frío, empapados y con expresión aterrada.

—Es preciso colocar estos chalecos salvavidas a los heridos, de modo que, aunque el nivel del agua suba, puedan mantener la cabeza fuera.

Se dirigió a ellos, distribuyendo los chalecos y murmurando palabras de aliento. Reinaba una atmósfera de desaliento. Aunque el rescate estaba cercano, pocos de los pasajeros pensaban que pudiese llegar antes de que el avión quedase completamente inundado. Sería su macabra suerte: todos morirían cuando la salvación estaba por realizarse.

Aunque Buchek compartía en buena parte aquella impresión generalizada, hizo lo que pudo por no traicionar sus pensamientos.

—Escúchenme todos: cuando todos los heridos tengan colocados los chalecos salvavidas, el resto de ustedes pónganse los que quedan. Cuando hayan comenzado las maniobras de rescate necesitaremos los chalecos, de modo que lo mejor será tenerlos puestos cuanto antes.

Las azafatas colaboraron en la tarea, explicando a los pasajeros cómo se habían de colocar los chalecos. Ante el nuevo trabajo, que venía a distraerles, evitándoles pensar, todos los ánimos parecieron levantarse un poco. Buchek fue hasta la señora Stern y la ayudó a poner el salvavidas a la pequeña Bonnie. Mientras la dejaba para ir a otra dirección, notó que el nivel del agua crecía ahora a mayor rapidez que minutos antes.

 

Los dos equipos de nadadores submarinos se dirigieron hacia el lugar debajo del cual se encontraba hundido el 747, a bordo de las lanchas «Zodiac». Los poderosos motores de éstas les permitían surcar las aguas alborotadas sin que el interior se sacudiese mucho. Los hombres iban vestidos ya adecuadamente para desempeñar la función encomendada y llevaban consigo todo el material requerido.

Gallagher y Lawson (quien estaba al mando de las dos unidades) iban en la primera motora. Cuando llegaban ya al punto donde habían de detenerse, Lawson hizo varias preguntas a Gallagher, para poder obtener la mayor información posible antes de penetrar en las profundidades.

Antes, Don había hecho un plano en el que constaba un esbozo basto del 747. Ahora, mientras hablaba, marcaba con una cruz en el papel los sitios que, a su modo de ver, representaban los puntos más débiles.

—Las peores averías en el fuselaje se hallan en el depósito delantero — dijo, mientras indicaba el lugar en el plano—. Fue allí donde el avión chocó con la torre de petróleo.

—Entonces comenzaremos por revisar esta zona. ¿Hay riesgo si intentamos insuflar un poco de oxígeno dentro del salón donde se encuentran las personas?

Gallagher movió la cabeza.

—Mucho. Si se intenta cortar, así sea un trozo pequeño del casco de aluminio, sólo Dios sabe lo que podría suceder.

Lawson hizo un gesto de comprensión. Tendiendo una mano, tomó una pizarra de cuyo costado colgaba una tiza oleosa, atada a ésta por un hilo de plástico.

—Usaremos esto para hacer saber a los pasajeros lo que nos disponemos a hacer. ¿Están bien organizados? ¿No hay riesgo de pánico?

Gallagher pensó en Buchek y en Eve, en quienes tenía completa confianza.

—No tema. Pienso que no tendremos mayores problemas en ese aspecto.

Miró hacia atrás. El «Cayuga» se veía por encima de las aguas encrespadas. De él descendían grandes embarcaciones auxiliares, que las grúas iban depositando sobre la superficie. Se trataba de lanchas que, en una eventualidad, podían actuar como unidades de desembarco. En este caso iban cargadas con los equipos que se necesitarían para izar al 747. Gallagher las vio dirigirse hacia ellos. Necesitarían los equipos en cuanto Lawson, él y los hombres que harían el primer reconocimiento, volvieran.

Las barcas «Zodiac» disminuyeron su velocidad al llegar a los alrededores del punto bajo el cual se encontraba la aeronave. Cuando se detuvieron, Lawson se dirigió a sus hombres.

—Caballeros, ya conocen sus instrucciones. Es necesario hacer esto de modo que se logre el rescate de las personas que se encuentran en el avión.

De inmediato se colocó firmemente la máscara y, seguido por Gallagher, se acercó al borde de la embarcación y se sumergió en el agua. Uno por uno, los restantes miembros del equipo de reconocimiento le siguieron.

 

Gallagher sintió el agua fría cuando ésta tocó sus ropas; pero enseguida su traje especial le protegió. Llevaba en su interior un sistema de agua tibia que, pese a no ser muy espesa, protegía todo su cuerpo, alejando todo peligro de sufrir el intenso frío de las aguas oceánicas profundas. Ajustó su máscara, respiró profundamente el oxígeno del tanque y prosiguió nadando hacia el lugar donde se encontraba el 747.

Nadaba junto a Lawson. Poco a poco distinguieron a lo lejos la forma aún borrosa del avión hundido, que permanecía inmóvil en medio de la misteriosa luminosidad verde. Les pareció tan inmenso cuando se acercaron más, que ambos parecían reducirse por momentos por comparación.

Las ventanillas parecían una fila de ojos amarillentos. Poco después pudieron ver los rostros de los pasajeros pegados a los cristales. El conjunto, pensó Gallagher, se parecía más a un prehistórico Leviatán que a un objeto de metal fabricado por seres humanos.

Los dos bajaron más, acercándose a la monstruosa aeronave. Los miembros del equipo se separaron entonces en grupos. Uno de éstos se dirigió hacia los depósitos de carga delanteros, otros a los traseros y dos más se pusieron a inspeccionar las alas. Lawson y Gallagher fueron directamente a las ventanillas. Un reconocimiento de la zona donde se encontraban atrapados los seres humanos era necesaria para calcular las posibilidades del rescate.

Dentro reinaba un gran alboroto. Los pasajeros habían visto a los hombres rana atravesar las aguas y dirigirse al aparato. Era la primera prueba tangible de que la ayuda estaba allí y que era real. Ni un minuto demasiado pronto, pensó Buchek. El agua caía cada vez con mayor intensidad del plano superior, de modo que el nivel reinante en el salón subía visiblemente en aquellos momentos. Ya llegaba a la cintura. El técnico calculaba que el recinto se habría llenado por completo una hora más tarde.

Temblando de frío había inflado el chaleco salvavidas en torno al cuello de Dorothy. Como ya no quedaba ningún lugar seco donde depositarla, al menos el artefacto mantendría su cabeza fuera del agua. Lo mismo se hizo con Eddie, aunque hasta momentos antes éste se las arreglara para mantenerse de pie sobre su única pierna sana. El frío reinante era intensísimo y el hecho de hallarse todos parcialmente dentro del agua aumentaba los padecimientos generales.

Pero ahora que la ayuda estaba allí, todos olvidaron momentáneamente la penosa situación y se apiñaron en las ventanillas para seguir las alternativas del salvamento.

 

También Buchek miraba. Advirtió que uno de los buceadores llevaba una pizarra en sus manos y que estaba escribiendo algo en ella sirviéndose de una tiza, hecha sin duda de alguna sustancia especial. Fue a la ventanilla que estaba más próxima al hombre para poder leer mejor. El buceador había dado vuelta a la pizarra y ponía a la vista de todos lo que en ella escribiera: VAMOS A IZAR EL AVION. ASEGÚRENSE.

Buchek hizo una señal que significaba que el mensaje había sido correctamente recibido. Enseguida se volvió a los pasajeros.

—Se disponen a hacer lo posible por levantar el avión hasta la superficie. Cuando la labor comience, será como si un huracán nos diera de lleno. Que cada uno se agarre a cualquier elemento firme. Busquen algo que sea realmente sólido y aférrense a él. Usen los cinturones. Presten atención a los heridos.

Se movió lo más rápidamente que pudo entre los pasajeros con el fin de ayudarles a encontrar salientes o soportes a los cuales agarrarse.

—Escúchenme otra vez. Aquellos que no tengan cinturones o que los hayan perdido, cojan sábanas o trozos fuertes de género y átense con ellos.

Miró hacia el extremo de la habitación.

—La baranda de la escalera es firme. Pueden atarse a ella.

Todos se dispusieron a obrar de acuerdo con las instrucciones. Buchek se dirigió a ayudar a Emily y a St. Downs, que deseaban asegurar bien a Dorothy.

 

Gallagher pudo ver a través de la ventanilla a Eve Clayton. Como en el de todo el resto, podía verse en su rostro el terror, pero también una anhelante esperanza. El hecho de que el agua dentro del recinto subiera con tanta rapidez asustaba a Don. Esperaba ardientemente que alcanzase el tiempo para llevar a cabo los preparativos necesarios. Lawson se dirigió hacia él, señalándole el depósito delantero de la carga. Don dio muestras de entender y nadó rápidamente en aquella dirección.

Ante ellos estaba el metal retorcido que antes fuera parte del casco del 747. En él se veía la abertura practicada por el contenedor durante el choque. De no haber sido por aquella hendidura profunda, acaso el avión se hubiese mantenido a flote suficiente tiempo. La radio hubiese podido establecer contacto y los pasajeros salir del aparato sin necesidad de la expedición de salvamento que ahora era preciso llevar a cabo. Pero, naturalmente, por aquel agujero pudieron penetrar miles de litros de agua, que arrastraron al 747 hacia el fondo del océano como si fuese una sólida masa de piedra.

Lawson tomó de sus ropas una linterna y la encendió. Unos cuantos hombres del equipo fueron hacia él y todos comenzaron a inspeccionar los trozos desgarrados del casco, ampliando la abertura para que el jefe de la expedición y Gallagher pudieran penetrar por ella.

Una increíble cantidad de elementos flotaban blandamente de aquí para allá con el movimiento que a las aguas imprimían las manos y los pies de los hombres rana. El haz de luz de la linterna daba a todo un aspecto sobrenatural, sobre todo a las pinturas y esculturas que, arruinadas, aparecían de pronto, para desaparecer cuando el haz luminoso se desplazaba. De pronto la luz dio con algo que sobresaltó aun a los experimentados hombres del equipo de salvamento. Era una cara, inflada y repulsiva tras la larga permanencia bajo las aguas, que en vida fuera la de Banker. Su cuerpo estaba aún atrapado por el pesado contenedor de aluminio que se abatiera violentamente contra él.

Gallagher hizo señas a Lawson para que orientara la luz de su linterna un poco hacia su izquierda. Le hizo recorrer el tabique, hasta que Don descubrió lo que buscaba: la puerta que llevaba del compartimento en que fuera muerto Banker al interior de la aeronave. El mecanismo de cierre de la puerta aún aguantaba; pero no parecía ya en condiciones de resistir mucho más. Algunas burbujas salían constantemente de ella. Los dos hombres nadaron, examinando con cuidado el cierre. Enseguida Lawson hizo señas a sus hombres. Se proponía colocar un parche que momentáneamente cortara la entrada del agua por aquel lado. Podría significar una pequeña ayuda; pero la duda fundamental seguía en pie: ¿Toleraría el aparato los movimientos que necesariamente tendrían que causarle para amarrarlo, colocarlo sobre los colchones e izarlo?

Asegurar aquella puerta era sin embargo indispensable, puesto que era por ella que entraba la mayor cantidad de agua al interior del avión. Por otra parte, su inseguridad era tal que en cualquier momento era capaz de ceder, anegando instantáneamente el interior. En cuanto a la maniobra principal, sólo cabía intentarla y esperar que la suerte acompañara al equipo.

Lawson hizo una seña a Gallagher y ambos salieron del recinto inundado.

Comenzó entonces un proceso que iba a llevar su tiempo, pero que resultaba de primera importancia. El avión sería levantado con los colchones que a su vez serían izados hacia la superficie. Se iba a aplicar el procedimiento más recientemente puesto a punto por la Marina y proyectado teniendo en cuenta aquel tipo de emergencias. Los colchones en cuestión eran inmensas porciones de caucho que debían atarse a la embarcación —en este caso a la aeronave—, que se pretendía izar. Cumplida aquella etapa del procedimiento, los sacos huecos eran inflados con aire, el cual proporcionaba una extraordinaria ayuda al anular el peso del objeto que se quería rescatar.

El proceso había sido puesto a punto, como se ha dicho, para levantar barcos sumergidos, los cuales, como es natural, son mucho más pesados que un gran avión. Surgía, pues, otro problema, que era la posibilidad de que, sometida a tan extraordinaria fuerza, la estructura del avión se destrozase. De ahí que hubiese que colocar los colchones teniendo en cuenta los puntos de resistencia de dicha estructura. Si se aplicaba a puntos débiles, la catástrofe sería inevitable.

De ahí que la presencia de Gallagher resultara tan imprescindible como él mismo insistiera ante la negativa del capitán Mackenzie.

Desechando dos puntos en la parte trasera del aparato, Don eligió por fin otros dos cerca de la cola. Luego encontraron cuatro puntos más, donde las inmensas alas se unían al fuselaje.

Al fijar definitivamente cada punto, un hombre rana hacía una «X» para que el equipo que bajara luego las grandes bolsas de caucho supiera dónde debía fijarlas antes de proceder a darles aire.

El trabajo progresaba de manera desesperantemente lenta. Mientras Gallagher investigaba con gran atención en busca de los puntos a los que se podrían atar los colchones, trataba de no mirar los rostros que se apiñaban tras las ventanillas. Los pasajeros parecían no comprender la razón de aquella larga espera. El agua seguía subiendo en la habitación y los ojos de aquellas personas tenían un aspecto hondamente patético.

Por fin, los trabajos preparatorios quedaron terminados. Don esperaba que Buchek hubiese explicado a todos las razones de aquella dilación. Las bolsas de caucho pronto serían atadas a los lugares marcados, que eran donde menos riesgos había de que se partiera el fuselaje. Si éste resistía, las manipulaciones a las que necesariamente iba a ser sujeto enseguida, las posibilidades de llevar el 747 a la superficie, eran bastante elevadas.

Lawson hizo señas a Gallagher y al resto de los integrantes del equipo de reconocimiento. De inmediato subieron a la superficie del océano.

Comenzaba la segunda fase del proyecto de rescate.