Aeropuerto 77
Doce
Philip Stevens y el capitán Mackenzie habían contemplado angustiados el desenlace de la aventura. Al abrirse el colchón, consideraron que Eve no podría sobrevivir, pues la cola del aparato comenzó a hundirse de inmediato. Stevens contemplaba aterrado cómo el avión volvía a llenarse precipitadamente de agua en el momento preciso en que Don Gallagher se lanzaba a su interior intentando salvar a Eve. Pero su temor pasó al ver que un helicóptero les lanzó una escalerilla en cuanto ambos pudieron salir por la cabina y nadar un poco, alejándose del jet que se iba a hundir para siempre.
Siguió mirando por sus prismáticos hasta que, de pronto, lo último de lo que fuera hasta muy poco antes una proeza de la ciencia y de la tecnología, desapareció de la vista.
Los rescatados comenzaron a llegar al «Cayuga». Sabía que debían encontrarse ateridos y agotados. Acaso algunos se hallaran en estado de «shock». ¡Pero estaban vivos! Cuando se volvió al capitán Mackenzie, su voz temblaba de emoción:
—No sé cómo podré agradecerle esto, capitán. Nunca le quedaré bastante agradecido.
Mackenzie sonrió.
—Creo que ambos debemos todo a esos equipos de hombres, señor Stevens, que son quienes han podido realizar esta hazaña.
Se estrecharon las manos. Debajo de ellos, el último de los náufragos llegaba al «Cayuga», que estaba en plena agitación. Se veían hombres rana, médicos y asistentes. Entre ellos, los rescatados se abrazaban y reían, aunque algunos se encontraban exhaustos. Stevens quería hallarse entre ellos y, en especial, deseaba estar junto a su hija y su nieto. Dejó el puente superior y se dirigió hacia el de abajo.
Descendía animosamente, pues sabía que allí, en alguna parte, estaba Lisa con Benjy. Y que también se encontraban sus amigos más queridos; aquéllos con quienes les uniera en muchos casos una amistad muy antigua.
Un marinero le tomó la mano para ayudarle a pisar el puente inferior, que estaba resbaladizo, pues pasajeros y miembros de los equipos de salvamento habían derramado mucha agua sobre él. Agradeciendo al hombre su gentileza, comenzó a andar en dirección al grupo de rescatados. De pronto pudo divisar a Lisa que, con su pequeño, se hallaba a un lado del grupo que reía mientras se iba envolviendo en las mantas que se les alcanzaba. En aquellos momentos Stevens comprendió que aquellos dos seres eran lo más preciado que había en su vida. Se abrió camino hacia ellos. Al verle, Lisa abrió los brazos y ambos se estrecharon largamente.
—¡Oh, papá! —dijo ella—. ¡Cuánto te quiero!
A cambio de aquellas palabras, Stevens hubiera dado su fortuna entera. Venían a curar como por encanto las terribles heridas de una separación que sufriera durante años. La abrazaba y besaba constantemente, hasta que Lisa, inclinándose, levantó al pequeño Benjy, que contemplaba la escena cogido a sus ropas. Stevens, al mirarle, encontró que se parecía extraordinariamente a él, aunque, como no tardó en confesárselo, lo mismo debían pensar todos los abuelos al ver que tenían nietos guapos.
—Hola, Benjy —le dijo—. Soy tu abuelito.
El pequeño le dirigió una sonrisa a la vez tímida y graciosa.
Un encargado del servicio de radio se acercó al feliz grupo.
—Excúseme, señor Stevens. ¿Conoce usted a este hombre?
Le enseñó un papel que llevaba en la mano.
Al leer lo que había allí escrito, Stevens sonrió.
—Por cierto —repuso—. Creo que entregaré yo mismo el mensaje.
Dio otro beso a Lisa y a Benjy.
—Volveré enseguida —dijo.
Comenzó a abrirse paso a través del apiñado puente, buscando a alguien con la mirada.
De momento no pudo encontrarlo. En cambio vio a su viejo amigo Nicholas St. Downs, que estaba con Emily Livingston. Ambos, envueltos en gruesas mantas, estaban abrazados. Les sonrió, dirigiéndoles un saludo con la mano, pero continuó buscando. Vio a Herb Williams. Julie Denton se acercó a él, con expresión muy inquieta.
—Señor Stevens —dijo mientras lloraba—. ¿Dónde está Eve? No puedo encontrarla.
—Está muy bien, Julie —respondió él dándole unos golpecitos afectuosos en la mano—. No te preocupes. Ha sido rescatada finalmente.
—¿Y el capitán Gallagher?
—También.
Un poco más allá localizó a Frank Powers. A su lado no pudo ver a Martin Wallace, lo cual le extrañó.
—Excúsame —dijo a Julie.
Se llegó hasta Powers.
—¿Dónde está Martin?
Frank miró a los ojos a Stevens y de inmediato éste supo que no vería ya más al científico.
—No está con nosotros, señor. Murió tratando de ayudarnos y colaborando con el capitán Gallagher.
—¿Y Karen?
Powers se limitó a menear la cabeza sin cambiar de expresión.
—Lo siento muchísimo —murmuró Stevens.
Haciendo un gesto con la cabeza, Powers se hizo a un lado. Por fin, allá, en el extremo del puente, Stevens vio a Eddie, tendido en una camilla. Un médico le estaba examinando. El magnate se apresuró a ir hasta él.
—¿Cómo te sientes, Eddie?
El barman estaba muy pálido pero no abatido.
—Me pondré bien, señor Stevens. Puedo decir que tuve suerte, considerando las circunstancias.
Stevens le miró sonriendo.
—Pienso que te sentirás mejor cuando leas esto —le dijo.
Le tendió el mensaje que poco antes llegara a la radio del barco.
Al leerlo, el rostro se le cubrió de animación.
—¡Hey! —exclamó—. ¡Oigan esto!
Leyó el mensaje en voz alta.
—«Mamá bien. Niñas gemelas. Siete libras cada una». ¿Pueden creerlo? —agregó mirando en torno con expresión radiante—. ¡Soy padre! ¡Esto es grandioso!
Philip Stevens le miraba sonriendo. Como él mismo era padre, conocía las dichas y preocupaciones que tal condición lleva aparejadas.
—Es grandioso y muchas otras cosas más, Eddie —comentó.
Dos hombres levantaron la camilla para llevarse a Eddie a la enfermería. Esperaron un momento para que el barman estrechara calurosamente la mano de quien le llevara la notificación, poniéndose luego de inmediato en camino. Stevens, que le miraba mientras se alejaba, vio entonces a Buchek. Estaba junto a la barandilla y llevaba un brazo en cabestrillo. Miraba a lo lejos el lugar donde se hundiera definitivamente el 747. Stevens no pudo sino pensar en las largas horas durante las cuales él y el técnico habían planeado infinitos detalles en la construcción del aparato. Al cabo de meses de trabajo en conjunto, los dos hombres habían aprendido a estimarse mutuamente.
Era extraño, pensó Stevens. Él y Buchek habían trabajado en los proyectos aun antes de que los mismos comenzaran a tomar forma definitiva. Y ahora, juntos, acababan de verlo desaparecer. Fue hacia él. Buchek se volvió y le miró con una sonrisa desvaída. Se alegraba de ver a Stevens; pero sus pensamientos no se apartaban de la tragedia que acababa de vivir.
—Hola, Phil.
—¿Cómo está tu brazo?
Buchek lo movió un poco para mostrarle que no había en él ningún daño irreparable.
—Creo que se arreglará. O al menos así lo espero —dijo.
Volvió a mirar el océano. Grandes nubes se acercaban por el Este, dándole un aspecto melancólico.
—¿Sabes?, Phil, ¡no puedo dejar de pensar en aquellos que no pudieron salvarse!
Su acento era el de quien se está acusando a sí mismo.
—Hiciste cuanto estaba de tu mano, Hank. Nadie tiene derecho a exigirse más.
Buchek suspiró profundamente.
—Supongo que tienes razón.
Miró de nuevo a Stevens. Su frente se arrugó y una leve sonrisa movió su boca.
—¿Sabes?, Phil…
Pero no continuó.
—¿Qué?
—A veces, saber que sigues vivo es la mejor sensación que se puede tener.
Philip Stevens sonrió, recostándose contra la baranda. Su mirada se perdió en la lejanía. Las palabras de Buchek contenían muchos significados.
—Lo sé —dijo.
La tripulación del helicóptero había envuelto a Gallagher y a Eve en dos gruesas mantas de lana. Ambos estaban sentados en el suelo del aparato. Cuando éste se dirigió hacia el «Cayuga», se estrecharon en un abrazo.
Eve sintió que un intenso escalofrío le recorría el cuerpo.
—¿Tienes mucho frío?
—¡Oh! —repuso ella—, comienzo a entrar nuevamente en calor.
Al hablar, se acercaba aún más a Don.
Gallagher sonrió.
—Ya sabes que tienes una cita esta noche. Conmigo. En Palm Beach. ¿No lo habrás olvidado?
—¿Qué te parece si la dejamos? Tenemos todo el resto de nuestras vidas por delante.
Gallagher la contempló con gesto burlón.
—Convénceme de lo que has dicho.
Riendo, ambos se confundieron en un largo beso.
FIN
Terminaste Aeropuerto 77
Michael Scheff
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