Alcibíades

Jacqueline De Romilly · Capítulo 8 de 22

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Alcibíades

II. Insolencias y escándalos

 

La juventud privilegiada nunca fue amiga del orden. Alcibíades tenía muchos dones como para que no se le subieran los humos a la cabeza: la insolencia era inherente en su talante y su situación la hacía casi obligada. Estaba muy seguro de sí mismo y no se dejaba frenar por cualquiera.

Ello imprimía en su carácter rasgos que, si bien menos amenazadores para el futuro que su ambición, combinados con ésta, al principio, la fomentaron y, después, a fuerza de escándalos, la perjudicaron y la hicieron fracasar.

Porque Alcibíades no era en sus defectos más moderado que en sus méritos. Mientras que de Alejandro se alaba el autodominio, la discreción y la piedad, la posteridad dedica a Alcibíades todo un rosario de superlativos reprobadores. En un latín que ni siquiera hoy es necesario traducir, Cornelio Nepote lo declara «luxuriosus, dissolutus, libidinosus, intemperans» (1, 1).

Nosotros no iremos tan lejos: el lector tendrá que conformarse con menos. Pero las anécdotas que recoge Plutarco bastan para revelar todo un carácter… con los peligros que eso supone.

Las cita desordenadamente, y es posible que algunas carezcan de fundamento, porque un personaje como Alcibíades suscita pasiones, leyendas y fábulas, pero todas concuerdan entre sí, y son congruentes con el carácter de este hombre.

Por otra parte, hay que confesar que son anécdotas divertidas. Se leen con esa indulgencia que las personas sensatas muestran a veces por las calaveradas de los jóvenes, porque ven en ellas un matiz de valor desenfado y libertad. Pero no habría que disculparlas, porque, poco a poco, se pasa de una insolencia alegre a un verdadero atentado contra las personas y al desprecio de toda norma. La indulgencia no procede, visto lo resbaladiza que puede ser la pendiente. Como lo fue para Alcibíades.

Se adivina ya en la presentación del personaje que nos hace El Banquete. ¿No estaba borracho nuestro Alcibíades? ¿No llegaba vociferando? ¿No tenía que sostenerlo la flautista? Sí, era la dorada juventud. Sí, inspiraba admiración, pero habría que distinguir lo que en el bello Alcibíades anunciaba ya al insoportable Alcibíades: su doble inseparable.

 

Su insolencia se remonta a la infancia y a su primera adolescencia.

Una de las primeras anécdotas que relata Plutarco ocurre en la calle, es un incidente de circulación que podría ocurrir hoy en cualquier pequeña ciudad. Alcibíades es un niño (mikrós) y está jugando a las tabas en el arroyo cuando de pronto se acerca un carro cargado de mercancías. «En un principio, ordenó al conductor que parara, porque las tabas caían en las rodaderas por donde pasaba el carro. El carretero, un rústico, no le hizo caso y siguió avanzando. Los otros niños se apartaron.» ¿Qué hace Alcibíades? Se tiende en el suelo delante del tiro y grita: «Pasa, si quieres.» El carretero asustado tiró de las riendas y todos se precipitaron sobre el niño gritando horrorizados (2, 4).

Hubiera debido dejar pasar el carro, por supuesto. ¡Pero qué presencia de ánimo! ¡Qué valor! A Alcibíades no ha de faltarle nunca. Siempre plantará cara al peligro, tanto en la guerra, como en la política, como en el momento de su muerte. Pero esta primera imagen da una Idea de su valor casi temerario; y quizá muchos lectores de hoy evoquen la imagen de un muchacho solo, plantado delante de un tanque, en una gran plaza de China. Lo cierto es que el corazón de los atenienses que aquel día presenciaron el incidente vibró por el muchacho, a pesar de su arrogancia y su indisciplina.

Después lo encontramos, mozalbete ya, ejercitándose en la lucha. Un día, muerde al adversario, que exclama: «¡Muerdes como una mujer, Alcibíades!» ¿Y él se avergüenza? ¡Ni por asomo! Él responde, ufano: «¡No! ¡Como los leones!» (2, 3). ¡Bonita frase! Plutarco la cita además de como frase célebre de Alcibíades, también

como frase célebre de un lacedemonio.[1] En cualquier caso, encaja en el personaje. Desde luego, Alcibíades hubiera debido abstenerse de morder, pero la arrogancia de su respuesta despierta admiración. ¡Y qué, si es violenta! Muchas de las «salidas» de Alcibíades se harán célebres. Le ayudaba la inteligencia, pero también una total falta de timidez y de consideración.

Lo cierto es que, con un temperamento así, el joven Alcibíades prometía distinguirse por su insolencia. Y, en efecto, comprobamos que todos sus privilegios dieron lugar a defectos que tuvieron consecuencias cada vez más graves en la vida cotidiana.

Sabiéndose guapo, noble y rico, creyó que todo le estaba permitido y descuidó el respeto hacia los demás. Esta actitud se manifestó, primero, en sus modales. Ya hemos aludido a sus largas túnicas de púrpura. Pero esto no era todo. Sabemos que

lanzó unos zapatos de forma nueva llamados alcibíades;[2] se dice que criaba gallos de pelea; en resumen, se había erigido en el espejo en que se miraba la dorada juventud de la época.

En su trato con los demás, adoptaba una actitud arrogante que daba lugar a pequeñas ofensas, unas simpáticas y otras odiosas, que revelan un desprecio total del prójimo.

Como el día en que encuentra a un maestro de escuela y le pide un texto de Homero. El hombre no lo tiene. ¿Qué hace Alcibíades? ¿Le pide perdón y le da las

gracias? Sencillamente, lo abofetea.[3] No todos podemos defender de este modo el estudio de Homero, aunque a veces sintamos la tentación de hacerlo. La diferencia está en que Alcibíades no se resiste a ninguna tentación: tiene la mano larga.

Otro día es un corega el que rivaliza con él: ¡otra bofetada! (16, 5).

O el pintor al que secuestra hasta que termine su trabajo (también en esto le envidiamos, pero no por ello nos parece aceptable su conducta…).

Alcibíades critica, insulta. De él se ha dicho[4] que estaba tan seguro de sí mismo que hubiera criticado a los doce dioses…

Lo que es más preocupante, su insolencia le lleva incluso a transgredir las mismas leyes de la ciudad. Una anécdota, un tanto sospechosa, desde luego, relata que

arrancó y destruyó un acta de acusación contra uno de sus protegidos.[5] Este episodio, aunque sea inventado, no dejar de ser simbólico de la actitud del que se cree libre de hacer lo que le plazca.

A fin de cuentas, uno comprende la virulencia de los ataques de sus adversarios. Así el autor del Contra Alcibíades, texto falsamente atribuido a Andócides, se exagera: «Despoja a unos, golpea, secuestra, rescata a otros; demuestra que la democracia no es nada, ya que habla como un consejero del pueblo y actúa como un tirano» (27).

Esta falta de respeto hacia las normas se hace más patente en los casos en los que la riqueza o la belleza desempeñan un papel determinante. La primera da lugar a la soberbia; la segunda, a los atentados contra las buenas costumbres.

 

Alcibíades era rico. Como le gustaba que se hablara de él, también era pródigo. Por consiguiente, en todo momento tenía que procurarse dinero y quizá más de una vez abusó sin escrúpulos de su prestigio y de su renombre.

Tres anécdotas ilustran esta afición al derroche y a la falta de escrúpulos, que a veces confiesa para provocar.

La primera de las anécdotas es inocente y casi enternecedora. Según Plutarco, su entrada en la vida pública se hizo durante una asamblea en el curso de la cual el pueblo recibía donativos y aclamaba a los donantes. ¡Ah, qué hermoso canto el de las aclamaciones! Alcibíades se precipita a la tribuna y hace su contribución. Debió ser

importante, pues «el pueblo aplaudió y profirió gritos de alegría».[6] Alcibíades, embelesado, suelta la codorniz que lleva bajo el manto y todos corren a recuperar el ave del hombre de moda. El caso de la codorniz evoca su ligereza, el donativo, la generosidad y las aclamaciones nos recuerdan su gusto por la popularidad y el revuelo que levantaba su persona.

Pero pronto hemos de pasar a cosas más graves.

Por ejemplo, la anécdota relativa a las cuentas de Pericles. Un día en que Alcibíades quería ver a su tutor, le dijeron que estaba ocupado: buscaba la forma de rendir cuentas a los atenienses (los magistrados debían hacerlo al final de cada año, y había quienes decían que Pericles se había tomado ciertas libertades). Al parecer, Alcibíades respondió: «¡Más valdría que buscara la forma de no tener que rendirlas!».

[7] ¿No es ya toda una promesa de su futuro político? En todos los momentos de la vida de Alcibíades se observa en él una inquietante desenvoltura para alcanzar sus fines: mentiras diplomáticas, juegos de manos financieros. El joven elegante no siempre se comporta con elegancia.

La tercera y más célebre de las anécdotas es también reveladora. Es la del perro del rabo cortado. Alcibíades poseía un perro de gran valor al que cortó el rabo, que llamaba la atención por su hermosura. ¡Estupor y reprobación! Pero él está encantado: «Eso es —les respondió— lo que yo quiero; que los atenienses hablen de esto.» ¿Por qué? ¿Porque le gusta que hablen de él? ¿Porque desea llamar la atención? Desde luego, pero hay más. Alcibíades tiene siempre un propósito, y también tiene siempre algo que hacer olvidar, y concluye: «Porque quiero que los atenienses hablen de esto, para que no digan de mí cosas peores» (9, 1).

Le gusta el escándalo porque halaga su vanidad; también le gusta porque le sirve de cortina de humo para disimular las pruebas de su ambición y de su mala conducta.

¿Lo hacemos nosotros mejor, en nuestro siglo XX?

Lo cierto es que, con razón o sin ella, había rumores de malversación. Plutarco, en el paralelismo que hace entre Alcibíades y Coriolano, escribe: «En lo que se refiere al dinero, se dice que, con frecuencia, Alcibíades lo recibía fraudulentamente de gentes que pretendían corromperlo y que él lo utilizaba también fraudulentamente para sus lujos y sus excesos» (3). ¿Calumnia? Nunca se han lanzado calumnias semejantes contra otros hombres de Estado. La democracia ateniense ya se dejaba minar por la corrupción. En este sentido, no hemos inventado nada.

Ya sabemos adónde llevaría a Alcibíades su afán de lujo y de fama. Como se ha hecho en otras épocas, él buscó la fama por la brillantez de las victorias deportivas. Poseía una cuadra de caballos de carreras y tuvo dificultades con la justicia a causa del dinero invertido en ella. Más adelante volveremos a hablar de este asunto pero este contexto le imprime ya su significado.

Antes debemos referirnos a otro tema de escándalo, pero no el escándalo asociado con la riqueza de Alcibíades sino con su atractivo físico: las relaciones amorosas.

 

Aquí proliferan las anécdotas. Algunas quizá sean falsas, pero la impresión de conjunto es inequívoca. Por otra parte, no tiene nada de sorprendente que su belleza le hiciera llegar muy lejos en este campo. En sus relaciones tanto con mujeres como con hombres acumula escándalo tras escándalo. Se diría que también en esto quería ser el campeón.

Le fue fácil.

Normalmente en Atenas las relaciones con las mujeres daban poco que hablar. El matrimonio mantenía a las mujeres sometidas al marido, recogidas en casa, sin ver a nadie. A las relaciones con prostitutas, nadie les prestaba atención. Se habló de ellas en el caso de Alcibíades por su número y por el revuelo que, en ocasiones, las envolvía.

Pero nuestro hombre llevó el escándalo hasta su matrimonio.

Primeras habladurías: siendo muy joven todavía, Alcibíades fue a Abidos, a orillas del Helesponto, con un tío suyo. Se dice que allí tío y sobrino se casaron con la misma mujer, que ésta tuvo una hija de la que no se supo de cuál de los dos era y cuyos favores compartieron después ambos, de forma incestuosa. Muy fuerte, ¿no?,

demasiado para ser verdad.[8] Pero cuando el río suena… Después se diría que

Alcibíades había cometido incesto con su madre, con su hija y con su hermana.[9] Las invectivas que nos han sido transmitidas con el nombre de Antifonte indican, en todo caso, que Alcibíades fue a aprender de las mujeres de Abidos prácticas acordes con

sus instintos viciosos y depravados.[10]

No obstante, tuvo un matrimonio normal. La elección no podía ser más digna, ya que se casó con una mujer discreta y virtuosa, hija de un hombre muy rico y conocido. Pero genio y figura…

Para empezar, abofeteó a su futuro suegro… ¡por una apuesta! Al día siguiente, invitó al hombre a castigarle y flagelarlo. Y… fue perdonado.

La novia llevaba buena dote. Muy pronto nuestro joven esposo reclamó mucho más, alegando que así se había acordado, caso de que hubiera hijos. La familia de la esposa temió verse arruinada…

¿Fue, por lo menos, buen marido? No, por supuesto. Su esposa, viendo que Alcibíades «frecuentaba a cortesanas extranjeras y atenienses, abandonó el hogar y se retiró a casa de su hermano. Como Alcibíades no se diera por enterado y persistiera

en sus excesos»,[11] ella presentó una demanda de divorcio. Era raro y estaba muy mal visto que la mujer pidiera el divorcio, pero se daban algunos casos. Ahora bien, el día de la comparecencia, cuenta Plutarco, Alcibíades «se arrojó sobre ella y tomándola en brazos se la llevó a casa cruzando la plaza pública, sin que nadie osara arrebatársela» (8, 5). Por más que convengamos con Plutarco en que no tenía nada de ilegal, fue otro gesto de audacia del bello Alcibíades.

Hubo en su vida otras mujeres: después de la conquista de Milo por los atenienses en el 416, los hombres de la isla fueron pasados a cuchillo y las mujeres reducidas a esclavitud: Alcibíades tomó a una de ellas por compañera y educó al hijo que le dio (16, 6). No hay razón para dudar del hecho (con W. M. Ellis). Pero, aunque Plutarco lo cita como un rasgo de humanidad, es evidente que él satisface sus pasiones a expensas de un pueblo pequeño cuyo destino será siempre una vergüenza para Atenas. Y parece que Alcibíades apoyó la proposición que preveía tan duras medidas de represión contra la isla, por lo menos, la que condenaba a las mujeres a la

esclavitud.[12] Preñar a una de ellas después de esto no parece muy ético.

Pero, al hilo de sus aventuras amorosas nos hemos deslizado hasta su carrera política. No importará, pues, que nos deslicemos un poco más: dos episodios de su carrera muestran con claridad la importancia que, con el tiempo, tendrían sus relaciones con mujeres de todas clases y países.

Alcibíades, exiliado en Esparta, todo lo debe a sus nuevos amigos. ¿Y qué hace? Según los textos, se aprovecha de que Agis, rey de Esparta, está en campaña, para seducir a su esposa y dejarla embarazada (¡otra más!). ¡Y tan poseída por la pasión estaba la reina que, cuando nadie la oía, llamaba al niño Alcibíades! ¡Menudo escándalo…! ¡Y nuestro héroe se jactaba de haber obrado de esta manera para que un día sus descendientes fueran reyes de Esparta! Menos ufano debió de sentirse el rey de Esparta cuando sus cálculos le confirmaron su infortunio (durante un terremoto,

ocasión fácil de datar, se vio salir al bello ateniense de los aposentos de la reina).[13]

Uno de tantos incidentes, se dirá. Sí, pero el lance contribuyó a que Alcibíades rompiera con Esparta y se aproximara a Persia que, en lo sucesivo, arbitraría en el conflicto. El resultado de la guerra se resintió de ello. Atenas salió ganando. Pero quizá, indirectamente, ello afectó al destino de Europa respecto de Asia. Un seductor, cuando actúa entre los grandes, influye en la política, lo quiera o no lo quiera.

Saltemos unos años y vayamos al final. Alcibíades vuelve a estar en el exilio. Se

halla en una aldea de Frigia en compañía de una cortesana llamada Timandra.[14] Allí muere asesinado. La última imagen del joven dios de Atenas es la de un cuerpo acribillado por flechas y venablos que una cortesana cubre con sus propios vestidos y para el cual improvisa, allá lejos, muy lejos, las más honrosas exequias posibles. Esta mujer fue la madre de otra cortesana, la célebre Lais.

Todas estas mujeres fueron fieles a Alcibíades. Él no lo fue a ninguna. De ahí que la vida escrita por Plutarco termine con una pirueta que muestra lo fácilmente que nacen las leyendas a partir de los rasgos conocidos de los personajes: según Plutarco, los asesinos no habían sido contratados por adversarios políticos sino por las víctimas de otro escándalo: «Había seducido a una joven de buena familia, a quien tenía consigo, y los hermanos de la mujer, exasperados por el ultraje», una noche pusieron fin a los días del seductor.

¡Qué moraleja! ¡Y cómo invita a la reflexión este final! Plutarco no parece muy convencido. Pero nos deja con la duda, sin agregar conclusión ni comentario alguno. Nosotros podemos optar entre estas dos figuras de mujer que flanquean la muerte de Alcibíades.

 

Así pues, Alcibíades era un mujeriego, y sus conquistas femeninas levantaban gran revuelo en Grecia. Pero practicaba también, como era cosa corriente en Atenas, la otra clase de amor. Su belleza atraía a muchos admiradores, que le hacían la corte con más o menos éxito.

Plutarco nos lo muestra en ocasiones duro e insolente. Por ejemplo, con Anito, el que más tarde sería el acusador de Sócrates, pero que por aquel entonces frecuentaba a todo el grupo y estaba prendado de Alcibíades. Una noche dio una cena a la que invitó al amado. Alcibíades rehusó la invitación, se embriagó en su propia casa y, acompañado de un alegre cortejo, se presentó en casa de Anito y ordenó a sus esclavos que se llevaran la mitad de la vajilla, toda de oro y plata. Los invitados de Anito se quedaron atónitos, pero el enamorado no se lamentaba sino muy al contrario: «Decid mejor que me ha tratado con moderación y benevolencia, porque, dueño como era de llevárselo todo, nos ha dejado una parte» (4, 5). Es otra célebre y reveladora anécdota que nos muestra hasta dónde puede llegar la sumisión que impone el amor; pero muestra también la insolencia con que podía tratar Alcibíades a aquellos a los que esclavizaba con su belleza.

Contrariamente, en otro episodio se nos aparece generoso, no con sus favores, sino con el dinero. ¡Y no es que lo regalase, sino algo mejor! Cierto meteco (esta palabra no tenía nada de peyorativo en Atenas), enamorado de Alcibíades, vendió todos sus bienes y le ofreció el producto. Esto divirtió a Alcibíades, que invitó al meteco a cenar, le devolvió su oro y le aconsejó que al día siguiente pujara a los arrendadores públicos. Él lo acompañó y salió garante del meteco. Y es que tenía un pleito con los hombres asentistas en reclamación de algunos intereses propios, ofrecieron dinero al hombre para hacerle desistir. Alcibíades le indujo a regatear… y el hombre se marchó con un talento, que era mucho más de lo que en un principio había ofrecido a Alcibíades. Una argucia hábil y provocativa del joven. La perspicacia y la artimaña dan la impresión de que Alcibíades se burla de todo y de todos, del pretendiente y de los personajes más o menos turbios a los que hace pagar.

Evidentemente, no decía siempre que no. Y tampoco en este campo temía el escándalo. Se cuenta que, siendo niño, un buen día desapareció. Los de la casa, inquietos, pensaron iniciar la búsqueda oficial. Pericles se opuso: el niño estaba en casa de Demócrates, uno de sus erastai o amantes, y el gran hombre estimó que valía más no llamar la atención y no comprometer al muchacho (3, 1). El propio Alcibíades nunca observó tanta prudencia.

Los textos aluden con frecuencia a estas relaciones. Se habla de los amantes de Alcibíades. Al parecer, envolvía al joven un ambiente de asedio y voluptuosidad. Más arriba hemos relatado la anécdota de la entrada de Alcibíades en la Asamblea y de la codorniz que levanta el vuelo. Para poder estar en la tribuna, tenía que haber dejado de ser un niño, y sabemos que estas aves domésticas, gallos o codornices, solían ser regalo de enamorados. Aristófanes, en Las aves (707) se refiere a los bellos efebos que «han sido ganados y han cedido a sus amantes por haber recibido quién una codorniz, quién una focha, quién una oca, o quién un gallo». El vuelo del ave bien podía trazar en torno al joven donante la marca de las relaciones amorosas en las que se complacía.

Todas estas alusiones, todos estos perfiles de amantes, aceptados o rechazados, bastan para demostrar que Alcibíades no era más discreto ni moderado en este terreno que en otros. Más adelante veremos cómo pueden explicarse las relaciones entre Sócrates y Alcibíades. Pero ya desde ahora, unidas a todas las anécdotas, verdaderas o falsas, que citamos aquí, bastan para justificar la severidad de ciertos juicios sobre el bello Alcibíades. Jenofonte, en Los Memorables (I, 2, 12), le otorga la palma por tres defectos especialmente odiosos para la moral griega: carecía de autodominio (akratéstatos), era dado a los excesos y a las ofensas (hubristótatos) y también a la violencia (biaiótatos). El autodominio le hubiera permitido resistirse a las tentaciones de los placeres de la carne, de la popularidad y del lujo; y el húbris y la violencia hacían que se mostrara tan insolente siempre que le venía en gana.

El expediente sería abrumador si, al contemplar sus excesos, pudiéramos olvidar la seducción con que Alcibíades los cometía. ¡Cómo era este diablo de hombre! Podía ser ambiguo en asuntos de dinero y, al momento, mostrar una generosidad asombrosa. Podía entregarse a aventuras amorosas de toda especie, ser provocativo y seguir siendo el guapo muchacho al que todos quieren. Y, sobre todo, podía ofender, abofetear e insultar, y hacerse perdonar por su gracia y su desenvoltura. Como dice Plutarco, «incluso algunos de sus defectos encontraban una acogida indulgente y favorable». También dice que «no fue odiado por sus conciudadanos, ni cuando les causaba daño», mientras que Coriolano «a pesar de ser admirado, no consiguió hacerse querer».

Toda la reprobación que, indiscutiblemente, Alcibíades se mereció en grado sumo, se suavizaba con una indulgencia que se le otorgó durante mucho tiempo y que también nosotros sentimos hoy, a pesar de condenar sin reservas unos defectos que nadie niega.

Esta particularidad nos invita a detenernos, finalmente, en dos episodios que han llamado la atención desde la antigüedad. En ellos se hacen patentes tanto la simpatía del hombre como sus reprobables costumbres. El primer hecho al que nos referimos es a sus relaciones con Sócrates, en la medida en que las costumbres amatorias de la época influyeron en ellas; el otro nos sitúa ya en su vida de hombre responsable, entregado a la política.

 

En todas partes se nos presenta a Sócrates como uno de los admiradores de Alcibíades. Plutarco habla de su amor por Alcibíades (éros, en varias ocasiones) y menciona a sus rivales. El Alcibíades mayor empieza por una declaración de Sócrates, que se dice el primero que lo ha amado (erastés) y el único que le permanece fiel. Las primeras palabras del Protágoras son para apostrofar a Sócrates: «¿De dónde vienes, Sócrates? Apuesto a que de perseguir al bello Alcibíades.» En el Gorgias, Sócrates dirá tener dos amores: Alcibíades, hijo de Clinias, y la filosofía. En todas partes —una muestra: la entrada de Alcibíades en El Banquete—, las relaciones entre los dos hombres se presentan a esta luz de asedios y coqueteos matizados de una ternura homosexual confesada abiertamente, quizá, un poco, por juego y también tratada con ironía, quizá, porque es sincera.

No vamos nosotros a intentar definir aquí, después de tantos otros, y sin asomo de prueba, lo que realmente sentía Sócrates. Pero de todos los testimonios se desprende una certeza: cualesquiera que fueran sus sentimientos, Sócrates no buscaba la unión corporal sino una relación de orden espiritual. En este ámbito, como en todos los que se evocan en El Banquete, su firmeza (kartería) era legendaria. Resistía las tentaciones como resistía el frío, la fatiga y el sueño. Más aún, tiene palabras de

indignación para toda exigencia sexual respecto de los seres amados.[15] Diversos textos nos lo muestran contraponiendo el amor de los cuerpos al de las almas, la belleza física a la belleza interior. Es fácil la confusión, a causa del vocabulario que se emplea. En ocasiones ha inducido a los críticos a interpretar mal un bellísimo texto de Esquines de Esfeto en el que Sócrates compara lo que él siente por Alcibíades con la experiencia de las bacantes. A muchos les ha faltado tiempo para ver en esto delirio y pasión. Pero, si leemos la frase hasta el final, descubrimos que significa todo lo contrario. ¿Por qué precisamente las bacantes? «Porque las bacantes, cuando están poseídas por el dios, extraen leche y miel de pozos de los que otros no pueden sacar ni agua. Del mismo modo, también yo, pese a no poseer ningún saber con cuya enseñanza poder serle útil, pienso que, frecuentándolo, podría mejorarlo por mi

amor.»[16] Extraer leche y miel de un alma que parece poco apta para producirlas: he aquí en qué puede compararse el amor de Sócrates al de las bacantes.

Mas, ¿cómo no iban a engañarse los sabios, si el primero en engañarse fue el propio Alcibíades? Siendo como era tan perspicaz, no cometió la tontería de tomar a Sócrates por un enamorado corriente. Se sentía turbado, asombrado. Comprendía que Sócrates poseía algo que a él le faltaba. Pero pensaba que bastaría con que se entregara a él como hubiera podido entregarse a otro. Por lo menos, esto es lo que Platón le hace explicar, con una plasticidad, una ironía para consigo mismo y un encanto inigualables.

Alcibíades se reúne con Sócrates; ha despedido a los criados; espera las insinuaciones a las que está decidido a ceder: ¡nada! Entonces invita a Sócrates a compartir sus ejercicios sin testigos: ¡nada! «Así pues, lo invito a cenar conmigo, buenamente, como el amante que quiere intentar algo con el bien amado.» Sócrates tarda en aceptar y quiere marcharse inmediatamente después de la cena. Alcibíades insiste, le obliga a quedarse… El relato es delicioso y casi cándido. Pero el resultado es que Sócrates y Alcibíades yacen juntos, tapados con la misma manta, sin que medie entre los dos nada más que un noble coloquio acerca de la belleza interior y la belleza exterior. La belleza interior de Sócrates había triunfado.

Incluso es posible que, desde este momento, se trocaran los papeles. Porque, en El Banquete, Alcibíades confiesa, con la franqueza que da la embriaguez, lo que siente cuando escucha a Sócrates, «el corazón me palpita con más fuerza que el de los colibantes en su frenesí; sus palabras me hacen derramar lágrimas» (215 e). La emoción ha cambiado de campo y el amor de naturaleza. Para confesar esta aventura se necesitaba toda la audacia del bello Alcibíades, por cuanto que revela el recurso a unos procedimientos que su fracaso hacía ridículos. Era una aventura para callársela. Pero Platón supo descubrir la valiente táctica de Alcibíades, que consistía en decirlo todo, ayudado por el vino, burlándose de sí mismo. Sus éxitos dejaban a salvo su fama… y no era hombre que se dejara coartar por el pudor.

Y es una bella historia, porque muestra el descubrimiento de otro significado del amor. Si la hemos citado es porque demuestra lo ajena que era esta revelación al carácter de Alcibíades.

Pero, por lo demás, sin duda ya llegaba tarde para modificar su carácter. Cualquiera que sea la supuesta fecha de su noche con Sócrates, El Banquete en el que la refiere se sitúa en el 416. Alcibíades ya estaba volcado en la vida política, en la acción, en la conquista de la gloria.

El segundo episodio, con el que deberíamos terminar, tiene lugar también una vez iniciada con brillantez la carrera de Alcibíades. En él se combinan una gloria deslumbrante con esa falta de escrúpulos de la que tantas pruebas hemos visto.

Cuando una persona quería dar que hablar, llamar la atención del pueblo, destacar, uno de los mejores medios para conseguirlo consistía en obtener victorias en los grandes Juegos. Evidentemente, las pruebas atléticas propiamente dichas estaban reservadas a los especialistas. Pero también el que poseía una cuadra de caballos podía competir en la carrera de cuadrigas, lo cual procuraba una inmensa popularidad, casi tanta como pueda tener hoy el entrenador de fútbol que prepara a un equipo para una de las grandes competiciones; era el medio infalible para conquistar la fama y el fervor de la ciudad sobre la que recayera el honor de la victoria. Con un poco más de fasto en el siglo V a. C. y una nota un poco más popular en el siglo XX, el principio es rigurosamente comparable.

En la familia de los alcmeónidas, a la que pertenecía Alcibíades, era tradición brillar por las victorias en los grandes Juegos. Él quiso continuar la tradición. Y, en el año 416, consiguió una victoria, mejor dicho, varias victorias memorables.

Como dice sobriamente Plutarco, «adquirió gran notoriedad por su cuadra de caballos de carreras y número de carros. Ningún otro, ni particular ni soberano, lanzó siete carros a la vez a la carrera de Olimpia: fue él el único» (11,1).

Era grandioso. Y no lo fue menos el resultado: Alcibíades se llevó tres premios, entre ellos, el primero y el segundo.

Respecto al otro premio, las crónicas difieren: Tucídides dice que era el cuarto e Isócrates, que el tercero, y la misma indicación se hace en una oda que Plutarco

atribuye a Eurípides:[17] bonito ejemplo de la manera en que tienden a simplificarse los relatos por la exageración. En nuestros días, si una persona consigue el primer premio de latín en un concurso y el segundo de griego, toda la prensa le atribuirá los dos primeros premios: lo digo por experiencia.

De todos modos, fue un triunfo. Tucídides, Plutarco e Isócrates hablan de ello y coinciden en calificarlo así. Y las fiestas que siguieron a los Juegos fueron inolvidables. Da el tono la oda que Plutarco atribuye a Eurípides: «A ti te cantaré, hijo de Clinias. Es bello vencer, pero más bello lo que ningún otro griego alcanzó jamás: ganar en la carrera de carros el primero, el segundo y el tercer premios y marchar coronado de olivo dos veces sin haber sufrido percance, proclamado

vencedor por el heraldo.»[18] Las distintas ciudades griegas lo colmaron de honores: Éfeso le regaló una tienda magníficamente decorada, Quíos le ofreció alimento para los caballos y víctimas para sus sacrificios, Lesbos, vino y vituallas para su mesa y para las recepciones que daba en Olimpia.

El mismo dio a este triunfo todo el esplendor que cabe imaginar. Entre las fiestas que ofreció figura una procesión en Olimpia, para la cual fue autorizado a tomar prestados los vasos de oro de la ciudad: según el Contra Alcibíades, erróneamente atribuido a Andócides Alcibíades debía utilizarlos en una fiesta particular; pero se los guardó para la procesión que se celebró al día siguiente, una procesión organizada por él, aparte de la procesión oficial que se hizo después. Resultado: los forasteros creyeron que los vasos pertenecían a Alcibíades, y no faltaron los que quisieron ver en ello el afán de ostentación propio del personaje, «se reían de nosotros, al ver que un hombre solo era más poderoso que toda la ciudad» (29).

La brillantez de estas victorias y sus fiestas permanecería en la memoria de la gente: todos los autores aluden a ellas. Se sabe también que se hicieron pinturas (citadas por Ateneo) y una escultura del siglo III que menciona Plinio. Se ha representado a Alcibíades más de una vez conduciendo una cuadriga. Pero ¿qué decir de la falta de escrúpulos? Que es evidente, y no sólo por el Incidente del uso indebido de los vasos prestados. Una vez más, en nuestro hombre se mezclan una desenvoltura desvergonzada con una gesta fabulosa. Y es que en el deporte, como vemos también en nuestros días, las cosas no siempre son muy transparentes en el aspecto económico.

Alcibíades tenía un amigo, Diomedes, un hombre honrado que también deseaba distinguirse en las carreras de carros. Diomedes supo que en Argos había un buen carro perteneciente al Estado que podía ser adquirido, y solicitó a su influyente amigo Alcibíades (influyente, sobre todo, en Argos, y después se verá por qué) que lo comprase «por cuenta suya, de Diomedes». ¡Muy bien! ¿Qué hace Alcibíades? Compra el carro… y se lo apropia. Indignación de Diomedes, demanda, proceso. El discurso Contra Alcibíades que ha llegado hasta nosotros y, como ya hemos dicho, se le atribuye a Andócides, habla de un tronco de caballos «sustraído» y de una carrera hecha «con caballos ajenos» (26-27). Ya hemos visto que el discurso de Isócrates sobre Alcibíades se titula «Acerca del tronco de caballos» y trata precisamente de éstos. Ciertamente, el asunto fue largo. El proceso incoado por Diomedes a propósito de este incidente ocurrido el año 416 fue interrumpido por el exilio de Alcibíades y, a pesar de una tentativa hecha por Diomedes en el 408, no se vio hasta el 396, es decir, veinte años después. Entonces figuraba como demandante un tal Tisias, cuyo vínculo

con Diomedes[19] se ignora y tuvo que responder el hijo de Alcibíades que acababa de cumplir la mayoría de edad. Las irregularidades asociadas con la obtención de victorias deportivas pueden causar muchos disgustos… El hijo de Alcibíades adujo, por supuesto, que el asunto era perfectamente correcto y que la acusación respondía a una vil intriga.

A pesar de todo, en este momento de gloria, único en todo el siglo V, se proyectaron unas sombras a las que la vida del personaje daba especial consistencia.

 

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Estas insolencias y escándalos pueden distraer y hasta divertir. Pero, a partir del instante en que el hombre entra en política, adquieren peso y desempeñan un papel, a propósito del cual no han dejado de reflexionar los historiadores, empezando por Tucídides.

Puede ser útil levantar tanto revuelo. El prestigio conduce al poder. Incluso puede repercutir en beneficio de la ciudad. Tucídides pone en boca de Alcibíades un análisis brillante de esta posibilidad que no podemos pasar por alto.

Nicias ha prevenido a los atenienses contra la ambición desmesurada de Alcibíades quien, explica su detractor, «lo que pretende es deslumbrar por el lujo de su cuadra y encontrar en el desempeño de su cargo el medio de sufragar sus enormes gastos». A lo que Alcibíades responde: «Ante la brillantez excepcional de mi participación en las fiestas olímpicas, los griegos han llegado a hacerse una idea exagerada del poderío de nuestra ciudad, a la que creían aniquilada por la guerra: yo lancé a la arena siete carros —más de los que hubiera lanzado hasta entonces cualquier particular—; yo conseguí la victoria, y el segundo, y el cuarto puestos; yo tomé disposiciones en consonancia con esta victoria. Si bien, según los usos, esto no son sino títulos honoríficos, la gesta es una prueba de poder. Por otra parte, el lustre que me doy en la ciudad como corega puede ser motivo de envidia para mis compatriotas; pero los extranjeros también ven fuerza en todo esto. Y dista mucho de ser inútil la locura del que, a sus expensas, sirve no sólo a sus intereses sino también a los de la ciudad» (VI, 16, 2-3).

Huelga agregar comentarios a este texto vigoroso y contundente. Son argumentos que se han utilizado en todo tiempo y lugar para justificar las grandes obras de prestigio, las fiestas con mucho dispendio y las conmemoraciones espectaculares.

Pero existe una contrapartida. Esta política es cara y da pábulo a la envidia. Y, si intervienen los escándalos, genera desconfianza y hostilidad. La política de Alcibíades hubiera podido ser excelente, hubiera podido tener éxito; pero muy pronto fue socavada por los rencores y la irritación que él mismo había sembrado. Y las causas de su desastre fueron menos sus propuestas que el recuerdo de esta negativa a respetar las reglas, esta libertad de fondo y formas, esta paranomía, como dice

Tucídides.[20]

Este historiador lo explica en un texto profundo, que da sentido a la larga serie de truhanerías y extravagancias a las que acabamos de pasar revista. Se trata de una reflexión de carácter general. Tucídides recuerda el mantenimiento de la cuadra de caballos de carreras y los otros gastos que excedían de los medios de Alcibíades y agrega: «No fue esto, justamente, lo que menos contribuiría a la ruina de Atenas. Las masas populares, asustadas tanto por la extrema independencia que observaba en su vida personal como por el alcance de las miras que se manifestaban sucesivamente en cada una de las empresas a las que se entregaba, se convencieron de que aspiraba a la tiranía y se hicieron enemigos suyos; y, a pesar de que hubiera tomado, para la ciudad, las mejores decisiones relativas a la guerra, como no podían soportar su manera de obrar en lo privado, no tardaron en perder la ciudad confiando a otros sus asuntos» (VI, 15, 3-4).

Este texto ha sido muy discutido, puesto que parece fundir en uno solo dos momentos diferentes. Fue escrito a propósito de los acontecimientos del año 416 y de las hostilidades que provocaron el primer exilio de Alcibíades; pero a renglón

seguido se refiere al desastre final que sobrevino después del segundo exilio.[21] Este salto en el tiempo, que no vamos a discutir aquí, no deja de ser revelador: demuestra que, en la vida de Alcibíades y en la historia de la guerra, las cosas se repiten. En realidad, toda su participación en la vida pública puede leerse como un diálogo en el que se oponen sus virtudes y sus defectos, tan llamativas las unas como los otros.

Una lección se desprende ya, que aún hoy interesa, porque muestra la temible interacción que se establece entre los escándalos privados y las empresas públicas o, si se prefiere, entre la moral y la política.