Alcibíades

Jacqueline De Romilly · Capítulo 1 de 22

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Alcibíades

Prólogo

 

La vida de Alcibíades es una serie de impresionantes aventuras y peripecias. Este joven, ahijado de Pericles, cuyo trato cultivaba Sócrates, estuvo en el centro de toda la vida política de finales del siglo V a.C. Empujado por la ambición y dotado de un talento extraordinario, determinó primero la política de Atenas; después, la de Esparta y, por último, la de los sátrapas persas. Su vida tuvo altibajos dignos de una tragedia griega: en Atenas, Alcibíades marcaba la pauta en todo, pero pronto tuvo que huir de la ciudad, que lo condenó a muerte; al cabo de varios años, regresó como salvador, entre honores y homenajes, para ser exiliado de nuevo por una decisión política, en una aldea de la Alta Frigia donde acabó asesinado. Siguiendo su trayectoria, pasamos de una ciudad a otra, de Sicilia a Lidia, y de un proyecto a otro, acompañados de la pertinaz piedra de escándalo que sus amores e insolencias ponen en su carrera.

Esta vida de aventuras no se desarrolla en un ambiente normal. La guerra del Peloponeso, en la que él desempeñó un papel decisivo, fue uno de los principales puntos de inflexión de la historia griega: empezó cuando Atenas estaba en la cúspide de su poderío y de su esplendor y terminó en una derrota aplastante: Atenas perdió su imperio y su flota, y aquí acabó el siglo de los grandes trágicos y de la gloria. Pues bien, Alcibíades influyó en todas las decisiones, tanto en un bando como en el otro; le cabe, pues, una responsabilidad innegable en el desaguisado. Por otra parte, murió el mismo año de la derrota de Atenas. Desde todos los puntos de vista, su aventura personal pasa por los momentos cruciales de la historia de Atenas. Por esta misma razón, su figura centró la atención de los más grandes espíritus de la época, a los que movió a la reflexión. Nada más empezar, hemos mencionado a Pericles y a Sócrates: el que dio su nombre al siglo y el fundador de la filosofía occidental, ¡casi nada! Pero pueden agregarse otros muchos nombres. Alcibíades es uno de los personajes de Tucídides, el gran historiador de la época. Platón lo menciona con frecuencia. Aparece en los escritos de Jenofonte, tanto en las obras históricas como en sus recuerdos de Sócrates. Otros, como Aristófanes o Eurípides, hacen alusiones o transposiciones del personaje y otros, como Isócrates y Lisias, disertaron sobre su trayectoria y su carácter inmediatamente después de su muerte.

En efecto, existía el problema de Alcibíades. Porque este pupilo de Pericles parecía haber seguido en política el rumbo opuesto al de su maestro. Y, durante veinticinco años, se observó que este cambio de rumbo coincidía con la ruina de Atenas. ¿Existía alguna relación? ¿En qué consistía? ¿Se trataba, simplemente, del relevo generacional, cuestión de personas y temperamentos? ¿Había que ver en ello una degeneración más amplia del sentido cívico y de la moral en los comportamientos políticos? ¿Y esta decadencia era señal o era causa de una crisis de la democracia y de su funcionamiento? Si, tal como sugiere la visión del momento, esta última hipótesis es la válida, la cuestión nos interesa sobremanera, e interesa a todo el que defienda la idea de democracia. Podemos añadir incluso, que la vida de Alcibíades planteó en el siglo V dos problemas de política que hoy siguen siendo de actualidad.

En primer lugar, Alcibíades encarna el imperialismo ateniense en su forma extrema y conquistadora, y en las imprudencias que provocaron su caída. Este personaje, que iluminan los análisis de Tucídides, nos permite, pues, hacer unas reflexiones sobre el espíritu de conquista. Por otro lado, Alcibíades es la figura que antepone la ambición personal al interés común. En esto es exponente del análisis de Tucídides que muestra cómo los sucesores de Pericles, incapaces de imponerse por méritos como hiciera él, se vieron reducidos a la necesidad de halagar al pueblo y recurrir a las intrigas personales, nefastas para la colectividad. Así pues, toda reflexión sobre los problemas de la democracia en general gana con el examen de las rocambolescas aventuras de Alcibíades, que iluminan los análisis de Tucídides y de los filósofos del siglo IV.

Alcibíades es un caso único y extraordinario, pero también es un ejemplo típico que a cada instante puede servirnos de modelo.

Por ello, sin duda, descubrimos tanto parecido con la actualidad de nuestro tiempo. En la vida de Alcibíades encontramos ambición y lucha por el poder; encontramos victorias deportivas que tanto contribuyen a la popularidad de los campeones, pero que acarrean procesos de índole financiera. Encontramos «casos» en los que, de la noche a la mañana, aparecen comprometidos todos los grandes. Encontramos virajes de la opinión pública en uno u otro sentido. En algunos momentos, tenemos la impresión de que el célebre texto en el que Tucídides compara a Pericles con sus sucesores podría aplicarse al general De Gaulle y los suyos.

Sin duda, hay que guardarse de las comparaciones, que siempre son odiosas, pero uno siente que se le aviva el interés por esta vida de Alcibíades al descubrir que se sitúa en una crisis que nos la hace sentir muy próxima.

Por ello se me ocurrió escribir este libro.

A Alcibíades lo conozco desde siempre. Es imposible dedicarse durante toda la vida al siglo V ateniense, como he hecho yo, sin tropezarse con él a cada paso. Es imposible dedicar años a Tucídides y al imperialismo ateniense sin cobrar afecto por el que fue uno de los grandes personajes de Tucídides y uno de los hombres que dio al imperialismo ateniense su forma más ambiciosa. Por añadidura, fui alumna de Jean Hatzfeld en la École des Hautes Études cuando, año tras año, él trabajaba en desenmarañar, para dos o tres alumnos ya especializados, cada uno de los grandes procesos de la época. Aquello era erudición. Y, durante dos o tres años, consagré mis cursos en la École Normale Supérieure de Sevres, a la explicación de textos sobre Alcibíades. ¡Siempre Alcibíades! A pesar de todo, nunca me hubiera puesto a escribir este libro de no ser porque un día, casi por sorpresa y con una fuerte impresión, no hubiera reparado en que aquellos textos respiraban actualidad. Antes de una hora ya estaba escribiendo.

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Estas diversas circunstancias explican el tono adoptado en este libro.

En primer lugar, no es una biografía novelada. No se encontrará en él ni una sola palabra puesta en boca de un personaje que no esté contrastada por los textos originales. Ni se encontrarán diálogos, escenas reconstruidas ni monólogos interiores de nadie. Es el libro de una helenista formada en el respeto a las fuentes y al rigor crítico. Me parece que, al citar y al decir a quién cito, pongo en lo que digo un sello de autenticidad. Además, admiro estos textos; me gusta citarlos, no sólo a título de garantía, sino por placer, por pura admiración y porque se valora su sutileza y su profundidad. Con frecuencia, también, dejo hablar a Plutarco, a Tucídides o a Platón. Quizá sorprendan ciertas peculiaridades de su estilo, pero estos textos aportan la marca de la autenticidad; porque no podemos conocer la verdad sobre Alcibíades más que a través de ellos.

Incluso señalo los problemas que se plantean, las divergencias que se aprecian entre los textos y las inquietudes que éstos han suscitado en algunos especialistas. Esto forma parte de la investigación de la verdad. Y me ha parecido que, a veces, para nosotros, la aventura de la investigación agregaba interés a la aventura política, la de Alcibíades.

Vaya, dirán algunos, ¿un libro «de griegos» destinado a los helenistas? Pues tampoco.

En general, los helenistas ya conocen a Alcibíades; yo he escrito este libro para los que no lo conocen o lo conocen mal, y he tomado muchas precauciones para no cansarlos.

He seleccionado, podado y simplificado.

Ante todo, he suprimido todas las discusiones de detalle que no interesan más que a los eruditos, que se encontrarán fácilmente en los libros especializados. He suprimido también un buen número de nombres propios. Por la lectura de las novelas rusas sé lo mucho que se prestan a confusión los nombres propios que no nos son familiares. Además, crean la impresión de un tecnicismo muy desalentador. Por lo tanto, con frecuencia digo «un adversario», «el general lacedemonio» o «un allegado de Alcibíades» en lugar de nombrarlos, a pesar de que sus nombres me son familiares, como lo son a muchos helenistas. También este dato podrá verificarlo o completarlo fácilmente quien lo desee. Espero que estas omisiones agilicen la lectura.

Por el contrario, he procurado no mencionar instituciones ni situaciones políticas sin explicar sucintamente lo que eran (ya se trate de funciones como la del estratego, de usos como el del ostracismo u otros datos cuyo nombre conocemos pero no quizá su exacta naturaleza).

Si esta obra tiene el inconveniente de ser un libro de un profesor, que tenga por lo menos la ventaja de dar a conocer, a propósito de este personaje singular, cierto número de textos y realidades de la civilización a la que perteneció. Ello dará mayor relieve a las reflexiones que pueda inspirarnos.

 

* * *

 

Es costumbre que el autor de una biografía cite las fuentes en las que se inspira. Puesto que aquí se trata de textos griegos y de nombres que cito con frecuencia, deseo, para terminar, dar una lista de los autores en que me he inspirado y la relación que mantienen con Alcibíades.

En primer lugar, entre los historiadores, tenemos, por orden cronológico, a los siguientes:

 

TUCÍDIDES, que tenía unos veinte años más que Alcibíades y lo conoció personalmente. Escribió la historia de la guerra del Peloponeso y conoció su final, en el 404, pero se detiene en el 411. Alcibíades aparece en su obra desde el libro V hasta el final, es decir, del año 420 al 411.

JENOFONTE era más joven. Escribió la continuación de la historia que Tucídides dejó inacabada. Se titula Las Helénicas. Alcibíades aparece entre los años 411 y 404. También habla de Alcibíades en sus recuerdos de Sócrates, en Los Memorables.

Con DIODORO DE SICILIA saltamos varios siglos: nació en el 90 a.C. Escribió una gran obra de síntesis titulada Biblioteca histórica, cuyo interés por lo que respecta a Alcibíades reside en que el autor se inspiró en Éforo, un historiador del siglo IV a.C., cuya obra se ha perdido.

PLUTARCO se sitúa en el siglo I d.C. Para sus Vidas paralelas consultó

numerosas fuentes. Existe una [1] Vida de Alcibíades , valiosísima, que se completa con la Vida de Lisandro (el lacedemonio que venció a Alcibíades).

CORNELIO NEPOTE es un historiador latino del siglo I d.C., autor de Vidas de hombres ilustres. Su testimonio puede valer todavía ocasionalmente.

Entre los filósofos, citamos, además de Jenofonte, a PLATÓN. Pudo conocer a Alcibíades, aunque era bastante más joven (más de veinte años). Lo menciona o lo pone en escena en numerosos diálogos, principalmente en el Alcibíades mayor y en El Banquete.

Los diversos discípulos de Sócrates, menos conocidos, se citan en el capítulo XII.

Finalmente los oradores que intervienen aquí son los siguientes:

 

ANDÓCIDES, algo más joven que Alcibíades. Interviene sobre todo porque desempeñó un papel importante en los asuntos que provocaron el exilio de Alcibíades. Narra los hechos en su discurso Sobre su regreso. Un discurso apócrifo se refiere al ostracismo que implicó a Alcibíades; se titula Contra Alcibíades, y no es

más que un ejercicio literario con una retahíla de críticas más o menos gratuitas.[2]

ISÓCRATES, maestro de retórica y autor de discursos no pronunciados en los que da consejos políticos. También pudo conocer a Alcibíades. Tenía, aproximadamente, quince años menos. Escribió un alegato en favor del hijo de Alcibíades, en el que hace el elogio del padre.

LISIAS era un poco más joven que Alcibíades, pero no escribió hasta después de la muerte de éste. En su obra encontramos dos discursos Contra Alcibíades, el XIV y el XV, en los que la emprende con el hijo de Alcibíades. En el primero, ataca también al padre. Su autenticidad es discutida, pero hay quienes la admiten.

 

De todos estos autores, sólo los historiadores Diodoro, Plutarco y Cornelio Nepote no pudieron conocer a Alcibíades. Pero incluso éstos pudieron, directa o

indirectamente, nutrirse de testimonios contemporáneos auténticos[3] perdidos en el naufragio de tantos textos.

No citaré aquí, junto a estas fuentes, las obras modernas sobre Alcibíades. Si procede, aparecerán en las notas. Pero deseo mencionar, por lo menos, la gran obra, muy precisa, de Jean Hatzfeld titulada Alcibíades, publicada en 1940 por las Presses Universitaires de France. Desde entonces ha habido diversas ediciones, en distintas

lenguas.[4] Por lo que se refiere a las discusiones, éstas se han centrado con frecuencia en cuestiones de detalle, como cuando los eruditos polemizan sobre si Alcibíades dejó embarazada o no a la esposa del rey de Esparta, cuestiones que no siempre son fáciles de resolver, incluso sin el obstáculo de una pantalla de veinticinco siglos. Más provechosos son los comentarios sobre los autores, empezando por el gran comentario histórico a Tucídides, en cinco grandes volúmenes, en inglés, editado en Oxford de 1945 a 1981, obra empezada por A. W. Gomme y terminada por

A. Andrewes y K. Dover.[5]

Además, en el caso del personaje histórico que fue Alcibíades, la brillantez de los textos literarios hace que se vuelva sobre él una y otra vez. Porque ellos son los que dan a Alcibíades su relieve inmarcesible y nos ayudan a ver en él un significado que lo sitúa en nuestro tiempo.