Alcibíades
IX. Regreso triunfal
Cuatro años demoró su vuelta: cuatro años de luchas y de victorias.
El primer episodio no es muy favorable. Nuestro audaz personaje, sin desesperar de su prestigio ante Tisafernes, decide ir a entrevistarse con él, ahora en calidad de jefe ateniense, no de exiliado. Llega muy ufano con un solo barco y con regalos de hospitalidad, como el que se dispone a tratar de poder a poder. Pero Tisafernes no lo recibe como a un igual, sino que lo hace detener y encarcelar en Sardes «declarando
que tenía órdenes del Rey de hacer la guerra a los atenienses».[1] El encarcelamiento no duró mucho: Alcibíades se fugó al cabo de un mes. Plutarco nos dice al respecto que huyó a Clazómenes «haciendo correr contra Tisafernes la voz de que él mismo le había puesto a salvo». ¡Qué mundo! O Alcibíades se sirve una vez más de la mentira para mantener su prestigio, o Tisafernes juega realmente un doble juego para tratar de reconciliarse con Esparta sin romper del todo con los atenienses. Son las costumbres de aquellas dictaduras a la oriental que tanto chocaban con el pensamiento griego. Pero una cosa es cierta: Alcibíades, por más que pretenda disimular, ya no puede ufanarse de ser quien procure a los atenienses la alianza y el dinero del Rey, en virtud de sus privilegiadas relaciones con Tisafernes. Por lo tanto, también este episodio retrasa su vuelta a Atenas: Alcibíades necesita encontrar otros argumentos y otro medio de presión.
Los encontró en una serie de victorias, cosechadas todas en la zona del Helesponto y los estrechos. No las consiguió solo, pero estuvo presente en todas ellas y, en la mayoría, desempeñó un papel muy activo.
Habíamos dejado a las tropas peloponesias y atenienses navegando hacia el Helesponto, donde Alcibíades debía reunirse con ellas. Ahora las encontramos instaladas a cada lado del estrecho del Helesponto: las peloponesias, en la orilla meridional, cerca de Frigia y las atenienses en la orilla septentrional, en el Quersoneso. Las primeras están en Abidos y éstas en Sestos.
No podemos hacer un detalle de las operaciones militares. Pero podemos enumerar las batallas principales. La primera la encontramos todavía en Tucídides: es la batalla de Kynos-sema o «del monumento de la Perra», en la que los atenienses consiguieron la victoria. Tucídides dice que entonces perdieron el sentimiento de inferioridad que les habían provocado el desastre de Sicilia y una serie de fracasos diversos. Capturaron más de veinte naves al enemigo. Y renació la esperanza.
Alcibíades no había llegado todavía. Pero llegó al poco tiempo, con dieciocho barcos, justamente mientras se libraba entre ambas flotas un combate que no estaba decidido. Su intervención lo cambió todo, y los peloponesios tuvieron que huir a Abidos. Los atenienses recuperaron los barcos que habían perdido en Kynos-sema y, dice Jenofonte, capturaron al enemigo otros treinta (I, 1,4-7).
Envalentonados por esta victoria —y este respiro—, los jefes atenienses se preparan, y cada uno va a las islas y ciudades próximas a buscar dinero y barcos, Alcibíades lo mismo que los otros.
Después se libra una nueva batalla, en la orilla sur de la Propóntide, en Cízico, que termina con otra victoria para los atenienses. Según Jenofonte, esta victoria es en gran medida obra de Alcibíades. Se sabe que el jefe peloponesio Mindaro y el sátrapa Farnbazo están en Cízico: Alcibíades reúne a los soldados y pronuncia una arenga en la que se percibe la vibrante y aguerrida elocuencia de un Churchill. Les dice que tendrán que luchar en el mar, en tierra y al pie de los muros del ágora: porque «nosotros no tenemos dinero, mientras que nuestros enemigos reciben del Rey cuanto desean» (I, 1, 14). ¡La dureza de estas declaraciones se acentúa cuando recordamos que, hace sólo unos meses, Alcibíades prometía a los atenienses que, gracias a él, recibirían todo el dinero del Rey! Pero Alcibíades sabe sacarle partido hasta a sus reveses…
En la acción, suma a su elocuencia las dotes del buen estratega. Sabe rodearse de un secreto absoluto. Y, llegado el momento, por la mañana, bajo una lluvia torrencial acompañada de truenos que impide ver con claridad, Alcibíades arremete contra el enemigo. El tiempo es el menos indicado para presentar batalla; pero la borrasca, que no le detiene, le ayuda: con su acción, Alcibíades cierra el paso a los sesenta barcos enemigos que maniobraban lejos del puerto. Los barcos buscan refugio en tierra, él los persigue, unos y otros desembarcan, luchan, el jefe de los peloponesios cae y todos sus barcos son capturados o incendiados. Al día siguiente, Alcibíades entra en la ciudad. Tres semanas permaneció en ella y exigió un fuerte tributo. ¡Y Cízico estaba en la orilla sur, la orilla del sátrapa! Fue un hermoso golpe. Alcibíades había triunfado por su audacia y su rapidez.
A decir verdad, el relato de Diodoro es un poco diferente[2] y en él Alcibíades no desempeña un papel tan importante. Según él, la iniciativa del desembarco corresponde a Alcibíades, pero las otras decisiones se atribuyen a los estrategos, y Alcibíades, una vez en tierra, no triunfa más que gracias al apoyo de éstos. ¿Bebe
Diodoro de buena fuente?[3] ¿Atribuye Jenofonte un mérito excesivo a Alcibíades? Es posible. No obstante, la audacia parece propia del personaje. Y, en cualquier caso, todo se reduce a una cuestión de grado. Su participación y su decisión son indiscutibles.
Y es una victoria importante. Jenofonte y Plutarco citan el mensaje enviado por los lacedemonios a las autoridades de Esparta: según la fórmula es «lacónico», pero de una claridad terrible. Dice así: «Pertrechos, perdidos; Mindaro, muerto; tropas,
hambrientas; no sabernos qué hacer.»[4]
Todo esto era verdad, y las consecuencias no tardaron en llegar. Alcibíades cosechó los frutos de la victoria inmediatamente. Los habitantes de Perintio le abren las puertas de la ciudad; los de Selimbria le dan dinero: ambas ciudades están al oeste de Bizancio. Alcibíades fortifica una tercera, más al Este, lo que en lo sucesivo permitirá a los atenienses —¡preciosa prerrogativa!— percibir un tributo de los barcos que crucen el Bósforo.
Eran resultados buenos. Quizá él confiaba en que bastaran para asegurar su regreso. Lo cierto es que se concedió un tiempo de descanso. La victoria de Cízico data del invierno del 411 al 410. Y no tenemos más noticias hasta el verano del 409. Hay que decir que en Atenas el poder estaba en manos del demagogo Cleofón, que
era hostil a Alcibíades, desde luego.[5] Quizá éste esperaba una señal de buena voluntad. En vista de que ésta no llegaba, se lanzó de nuevo a la acción. Instaló sus cuarteles de invierno en Lampsaco, con lo que amenazaba a Farnabazo e incluso trató de atacar Abidos. Después, a la primavera siguiente, lo encontramos otra vez a las puertas de Bizancio, atacando a los bárbaros de los alrededores, luego se volvió contra la gran ciudad de Calcedonia, justamente enfrente de Bizancio, y la cercó con un gran muro que iba de mar a mar. El enemigo hizo una salida y presentó batalla a los atenienses, mandados por el otro jefe. Y la batalla se prolongaba… «hasta que llegó Alcibíades, con unos cuantos hoplitas y su caballería» (I, 3, 6): allí se consiguió otra victoria, y las gentes de Calcedonia volvieron a someterse a Atenas y a pagar tributo.
Pero, mientras se concertaba el acuerdo que ratificaba esta sumisión, Alcibíades ya estaba en otro sitio: ahora había ido en busca de dinero al otro extremo del Helesponto.
El dinero. Siempre el dinero. Antaño, la grandeza de Atenas se nutría de las sumas que le entregaban sus aliados, de mejor o peor grado. Pero, con la ocupación de Decelea por los espartanos y las defecciones de los aliados que siguieron al desastre de Sicilia (dos circunstancias atribuible s en gran medida a Alcibíades), con el esfuerzo heroico realizado para reconstruir una flota y con la pérdida de Eubea, el dinero se había convertido en la preocupación principal. Y Alcibíades sabía lo que Pericles había dicho diez años antes: «Son las reservas las que sostienen las guerras.» En él, la intrepidez en la lucha estaba acompañada de un espíritu práctico y realista.
En el viaje de regreso, Alcibíades pone sitio a otra ciudad, Selimbria, se apodera de ella y regresa a Bizancio con hombres de a pie, griegos y bárbaros, y caballería.
Llama la atención la caballería. Casi todas las batallas del Helesponto fueron batallas navales. Pero a Alcibíades le gustaba desembarcar. Le gustaban los combates rápidos y los ataques repentinos. Y quería poder plantar cara a las fuerzas del sátrapa. Por eso apreciaba la caballería: ya hemos visto cómo, bajo sus órdenes, había desempeñado un papel importante en la batalla de Calcedonia.
Cuando regresó con tropas de refresco y dinero en abundancia, le esperaba una gran satisfacción. En su ausencia habían negociado los otros jefes el acuerdo entre los atenienses y el sátrapa a propósito de Calcedonia. Pero el sátrapa no se contentaba con el compromiso de los otros jefes: «Consideraba necesario que Alcibíades jurara
también; y esperaba su regreso.»[6]
¡Qué homenaje, una exigencia semejante! Era reconocer que Alcibíades era el verdadero jefe de las fuerzas atenienses, el auténtico vencedor. Alcibíades lo entendió así y se aprovechó: exigió al sátrapa una nueva ratificación expresa para él y un intercambio de juramentos de poder a poder, y así se hizo. El compromiso se adquiría en nombre de la comunidad. ¡No estaba mal, para un exiliado!
Este acuerdo nos ha quedado grabado en piedra. [7] y es impresionante imaginar el ritual que acompañó a la ratificación. Debió de ser como la marca de un nuevo estatus para Alcibíades. Había sido mimado por Tisafernes, al que había guiado y aconsejado; después sus relaciones se enfriaron. Pero ahora, de pronto, el otro sátrapa parecía no reconocer a nadie más que a él. Y —lo que es más importante— parecía no reconocer a nadie más que a él como jefe y representante de una ciudad en la que, oficialmente, ya no era nadie.
Indudablemente, al fin había llegado el momento de hacer que las cosas cambiaran. La atención de Atenas estaba fija en él. Cuando, en el 409, Sófocles hizo representar Filoctetes, quizá muchos pensaron en Alcibíades: Filoctetes había sido desterrado a una isla; pero la victoria en la guerra de Troya dependía de su ayuda;
Alcibíades estaba en el mismo caso.[8] En todas partes, y cada vez con más fuerza, se sentía cercana la solución. Ya no tardaría.
Durante la espera, otro éxito, y no pequeño: ¡la toma de Bizancio!
La ciudad estaba ocupada por los peloponesios y sitiada por los atenienses. El jefe peloponesio se fue a pedir subsidios a Farnabazo. En virtud de una negociación secreta, se llegó a un acuerdo con algunos de sus habitantes; Alcibíades pudo entrar con sus tropas en la ciudad por una puerta que le abrieron, y Bizancio se rindió. El procedimiento ilustra, una vez más, cómo dominaba Alcibíades el arte de la intriga y la persuasión.
Para hacernos una idea de la situación, podemos contemplar el cuadro que pinta J. Hatzfeld, que refleja los resultados obtenidos tras la destrucción de la flota peloponesia en Cízico: «Los estrechos, reconquistados; restablecida la comunicación con el Ponto Euxino y las tierras del trigo; una aduana, instalada en la entrada del Bósforo; la flota ateniense, alimentada por abundantes requisas y el pillaje del territorio enemigo, y sin tener que sufrir por lo tanto la penuria de las finanzas de la capital; y las ciudades de la región habían vuelto a la obediencia y pagaban tributo de
nuevo.»[9] A lo que se suma la neutralidad de hecho de Farnabazo y el apoyo de los bárbaros tracios…
Todo junto, sumaba mucho. Esta vez, sumaba lo suficiente. A la primavera siguiente, se anunciaba en Atenas la candidatura de Alcibíades a las funciones de estratego. Las elecciones se retrasaron. Alcibíades esperó más en Samos, después fue a recaudar tributos a Caria y, finalmente, se puso en camino, dando un rodeo…
Estaba de viaje cuando se enteró de la noticia: había sido elegido estratego —al mismo tiempo que otro personaje, comprometido también no hacía mucho en el caso de los misterios—. Todo estaba olvidado; todo estaba reparado. Alcibíades regresaría triunfante.
* * *
En Atenas, no obstante, la opinión seguía dividida. Jenofonte, que sin duda estaba presente, evoca las discusiones, que debían de ser encarnizadas. Era fácil guardar rencor a Alcibíades; algunos recordaban que «él fue la causa de los males pasados» y podía sin duda suscitar otros en el futuro. Los argumentos no faltaban: al escándalo de los misterios había que sumar la traición, los consejos dados a Esparta que habían acarreado el desastre de Sicilia, la ocupación de Decelea, la defección de las colonias de Jonia, la ayuda prestada a Esparta por Tisafernes… Pero, frente a esto, se evocaban sus dotes y el carácter precipitado de la condena que lo había empujado al otro bando. Se recordaba que él había querido justificarse, pero que había sido víctima «de las maniobras de quienes, menos poderosos que él, compensaban su debilidad con la maldad de sus propósitos» y que después «se habían aprovechado de su ausencia para privarle de su patria». Se evocaba el exilio al que había sido «forzado», los peligros que había corrido, su imposibilidad para ayudar a su patria…
Se buscaban justificaciones, incluso, en los análisis que entonces estaban en boga: su misma situación, se decía, tenía que impedirle desear un cambio de régimen en aquel momento: sólo sus adversarios menos favorecidos podían sacar ventaja del cambio. Aquí tenemos un argumento-tipo que encontramos largamente desarrollado en el discurso xxv, 9-14 de Lisias (Para un ciudadano acusado de maquinaciones…). En resumen, se debatía en todos los sentidos y con profusión de argumentos acerca de cuáles podían ser los verdaderos sentimientos de Alcibíades. Pero sobre todo se pensaba en el futuro. Descartándolo a la ligera, se le había obligado a actuar contra la patria: devolviéndole sus derechos y el primer puesto se le facultaba para servirla mejor.
De ahí el apasionado interés con que se esperaba este regreso. Tenemos de él varios relatos. Uno de ellos, el de Jenofonte, podría muy bien ser el de un testigo
ocular; los otros son posteriores y los debemos a Plutarco y a Diodoro.[10] Pero los dos pueden haber utilizado fuentes anteriores y bien informadas, en particular el historiador Éforo, cuyo texto se ha perdido, y Duris de Samos, que se decía descendiente de Alcibíades.
Importa mencionar estas fuentes por dos razones.
La primera es de carácter literario: se da el caso de que el relato más concreto y más vívido, y también el más apto para estimular la imaginación y la emoción no es el de Jenofonte, el testigo directo, sino el que escribió unos cinco siglos después Plutarco. Aquí se ve lo que pueden el talento y las dotes literarias. También es posible que la diferencia se deba a razones menos puras. Porque quizá el relato del gran día fuera enriquecido y exagerado cada vez que pasaba de boca en boca.
Según Jenofonte, Alcibíades llega sólo[11] con veinte trirremes. Más adelante, en otros textos, lo vemos llegar al mismo tiempo que los otros estrategos con infinidad de naves. Para colmo, según Duris de Samos, que cita Plutarco, su barco tendrá una vela púrpura y estará seguido de un alegre cortejo dionisíaco. Incluso el mismo Plutarco manifiesta reservas al respecto.
A decir verdad, y aparte la prudencia que pudiera contener a Alcibíades, la realidad debió de ser espléndida.
El regreso tuvo lugar el día en que se celebraba la fiesta de las Plinterias en la que se lavaban los vestidos de la estatua de Atenea (de plúno, yo lavo); la elección puede parecer aventurada, ya que ese día la estatua de Atenea estaba cubierta por un lienzo, y nadie hubiera realizado un acto importante en semejante momento. Pero también era día de fiesta, y toda la ciudad se precipitó al puerto: la muchedumbre llegaba del Pireo y de Atenas, excitada por el acontecimiento y deseosa de ver al gran hombre.
Ya llega. Veinte barcos, dice Jenofonte. Pero Plutarco agranda el cuadro: «Las embarcaciones estaban adornadas en derredor con muchos escudos y botín, llevando a su estela muchas naves tomadas al enemigo y ostentando, en mayor número todavía, los mascarones de proa de las naves vencidas y echadas a pique, que entre unas y otras no bajaban de doscientas» (32, 1). ¿Por qué no agregar a la pequeña escuadra victoriosa este largo cortejo de emblemas que recordaban sus victorias? Alcibíades no era hombre que desdeñara semejante argumento ni semejante exhibición.
Y ahora dejémonos seducir un poco por los detalles, quizá imaginarios, de Duris. Porque Plutarco prosigue: «Lo que añade a esto Duris de Samos, que se da por descendiente de Alcibíades, diciendo que Crisógono, coronado en los juegos píticos, les llevaba la cadencia a los remeros con la flauta; que daba las órdenes Calípides, actor de tragedias, adornado de un rico vestido, con el manto real y todo el aparato de
teatro» (32, 2). ¿Y por qué no, después de todo?[12] No iremos tan lejos como para creernos lo de la vela púrpura, para no pasamos de la raya, pero es indudable que este regreso, aun al cabo de los años, era apto para estimular la imaginación.
Alcibíades, por si acaso, estaba ojo avizor: reconoció a los amigos, a los familiares que lo aclamaban, y entonces desembarcó.
«Luego que estuvo en tierra —prosigue Plutarco—, cuantos le iban al encuentro ni siquiera parece que veían a los otros estrategos, sino que puesta la vista en él, le aclamaban, le saludaban, le acompañaban y acercándose le ponían coronas; los que no podían llegarse a él le miraban de lejos, y los más viejos lo mostraban a los más jóvenes» (32, 3).
Inmediatamente, Alcibíades —que se encontraba en una situación extraña, puesto que ahora era estratego, pero sobre él pesaba todavía una pena de muerte— sube a la ciudad, rodeado de una escolta de amigos seguros, dispuestos a evitar cualquier tentativa de acercarse a su persona. Es recibido en el Consejo y después en la Asamblea, ante la que pronuncia un discurso de justificación sin que nadie se atreva a intervenir. Y el pueblo… le ofrece coronas y lo proclama jefe supremo, con plenos poderes.
Poco después, seguirían los honores y reparaciones. «Se decretó asimismo que se le restituyesen sus bienes y que los eumolpidas y heraldos levantaran las
imprecaciones que habían proferido contra él por orden del pueblo.»[13] Sabemos que incluso se le concedieron tierras, en compensación por los bienes que le habían sido
confiscados.[14] En definitiva, la gente no sabía qué hacer para borrar los recuerdos del pasado. Le fue otorgada una corona de oro, mejor dicho, varias coronas de oro (nos dice Plutarco, 33, 2). Más adelante, se hablará de los «presentes» que recibió del
pueblo.[15] Prueba de la fragilidad del favor popular es que estos presentes le serían arrebatados nuevamente; pero el hecho no quita nada al fervor del regreso. Alcibíades no podía esperar recibimiento más solemne.
Alcibíades debía de sentir dudas y temores. Así lo afirman Jenofonte y Plutarco. Jenofonte escribe que, a su llegada, no tenía prisa por desembarcar, pues temía a sus enemigos y «de pie sobre el puente, trataba de ver si estaban presentes sus allegados» (1, 4, 18). Dice también que sus amigos le rodeaban para prevenir cualquier mal golpe. Plutarco, a su vez, le atribuye estos temores guiándose por un criterio de verosimilitud: desecha los detalles exagerados que encuentra en Duris con esta explicación: «Además de que no es de creer que se presentara a los atenienses con tan insolente lujo, volviendo del destierro, y después de haber pasado tantos trabajos. Antes, entró temeroso…» (32, 2).
Sí, estaba corriendo riesgos. Los que le habían expulsado seguían allí, y su conducta de los últimos años había podido suscitar contra él nuevas hostilidades. Pero la timidez no entraba en su carácter. Gusta imaginar esa rápida ojeada del jefe, para comprobar que sus amigos han venido; después, confiado por naturaleza, no debió de sentirse sorprendido de un triunfo que con tanta energía había preparado y orquestado. Si hay que mencionar estos temores y estos riesgos es sólo para destacar la magnitud del triunfo. Nadie se alzó. Nadie protestó. El triunfo, a pesar de los pesares, fue absoluto y sin reserva. Y, a decir verdad, es un triunfo asombroso.
Es un triunfo que ha asombrado a muchos a lo largo de los siglos. Mably, por ejemplo, escribe con vehemencia en sus Observations sur l’histoire de la Grèce (en 1766): «El pueblo, que no sabía en quién depositar su confianza, volaba delante de él y lo idolatraba cuando antes lo había perseguido.»
La Historia ha conocido muchos regresos triunfales de héroes vencedores. Todos salimos a la calle para ver a De Gaulle, aunque fuera de lejos. Todos lloramos de emoción en medio del fasto de los Campos Elíseos recuperados para los franceses. Todos hubiéramos votado cualquier cosa para dar las gracias al que la víspera era todavía un rebelde. Pero ¡cuidado! El héroe al que aclamábamos no había sido condenado por un tribunal popular. No había traicionado a su país. No había acudido junto a Hitler para ayudarle a vencer a Francia. No había viajado a los Estados Unidos para sugerirles que debían ayudar a Alemania… Nunca, en el curso de la Historia, ha sido más evidente la veleidad popular que en este recibimiento triunfal que dispensó a Alcibíades que, cinco años antes, aún combatía contra Atenas. ¡Si sería voluble el pueblo! ¡Si sería brillante y capaz Alcibíades…!
Porque hay que agregar que se le recibía como a un salvador, pero Atenas no estaba salvada. Con motivo del regreso de Alcibíades, Plutarco hace una reflexión sobre los remordimientos que debían de tener los atenienses al pensar en todos los males que habían tenido que padecer por haberse privado de Alcibíades; y, por otro lado, ya admiraban todos los bienes que le debían: «Pues que aun ahora, tomando a su cargo la ciudad desposeída casi del todo del mar, y dueña en la tierra apenas de sus arrabales, dividida además y sublevada contra sí misma, levantándola de tan débiles y apocadas ruinas no solamente le había restituido el imperio del mar, sino que hacía ver que también por tierra doquiera había vencido a sus enemigos» (32, 4).
En realidad, este halagüeño cuadro está muy lejos de la realidad. Alcibíades había conseguido victorias en el Bósforo y se había ganado aliados para Atenas; pero la guerra continuaba, los persas seguían ayudando a Esparta y, en plena Ática, las fuerzas enemigas ocupaban Decelea con un bloqueo que causaba a los atenienses, además de una humillación fácil de imaginar, graves daños económicos.
Es ahora cuando Alcibíades da un golpe genial con una audacia que aún hoy nos impresiona.
Para comprenderlo, hay que recordar que los Misterios de Eleusis se celebraban una vez al año y que los atenienses tenían por costumbre asistir a ellos en una gran procesión oficial. Se hacía en septiembre. Era un acto de Estado comparable a las Panateneas o a las Dionisíacas. Ahora bien, desde que Decelea estaba ocupada, la procesión no podía seguir el itinerario normal sin peligro: Eleusis quedaba al oeste de Atenas y Decelea al norte. Pero el enemigo podía presentarse y cortar el paso. Por ello, los participantes se trasladaban a Eleusis por mar, sin ningún fasto. Y esta modificación acarreaba el abandono de varios ritos, porque la costumbre exigía paradas y sacrificios.
Esto afectaba a Alcibíades de dos maneras: había sido condenado precisamente por haber parodiado los misterios; y las maldiciones contra él habían sido pronunciadas por quienes tenían la misión de velar sobre ellos. Por otra parte, la ocupación de Decelea era obra suya, puesto que él la había aconsejado a los lacedemonios, y todos lo sabían.
De ahí esta gesta que denota toda su bravura y también su gusto por la ostentación, para no decir la provocación y, por encima de todo, su habilidad para ganarse a la opinión pública.
Corría el mes de mayo y los misterios debían celebrarse en otoño. Ahora él era el jefe militar; debía actuar, combatir, conseguir victorias. Pues no: esperó a septiembre. Quería restaurar la procesión, bajo su protección.
«Parecióle a Alcibíades —escribe Plutarco— que ganarían en piedad respecto de la diosa y en gloria respecto de los hombres, dando a la fiesta su aspecto tradicional, acompañando por tierra la pompa de la iniciación y pasando las ofrendas por entre los enemigos, porque, o haría estarse quieto a Agis [el rey de Esparta], pasando por esta humillación, o librarían una batalla sagrada y grata a los dioses, por la causa más sacrosanta y más noble, ante los ojos de su patria; teniendo a todos sus compatriotas por testigos de su valor» (34, 5).
Así lo hizo. Con la aprobación de los eumolpidas y los heraldos, apostó centinelas, agrupó a sus tropas alrededor de los dignatarios religiosos y, dice Plutarco, «los condujo con orden y sin ruido».
Plutarco, hombre religioso, no tiene palabras para describir la emoción y la admiración que puede inspirar un gesto semejante. Y lo cierto es que los atenienses se conmovieron. Alcibíades se convirtió de sacrílego en garante de la ceremonia; él, que tan dura condena había recibido por haber escarnecido a los hierofantes, recibió los más altos honores en la celebración de los misterios. ¡Fue nombrado mistagogo y hierofante!
Y el enemigo no se movió. Los ocupantes habían tenido miedo de él: era invencible.
El éxito fue, incluso, excesivo. Porque, entre la alegría y las esperanzas que suscitaba su regreso, empiezan ya a apuntar las viejas banderías políticas: todo el mundo quería confiarse a él, utilizarlo. Diodoro cuenta que los pobres veían en él «a su mejor valedor y al hombre más capaz de sacarlos de la miseria por una revolución
política».[16] Plutarco cuenta que varios hombres del pueblo, en vista del éxito de la procesión, le propusieron convertirse en tirano, invitándole a que «despreciando la envidia, se sobrepusiera a los decretos, a las leyes y a los embaucadores que perdían a la ciudad, para poder obrar y manejar los negocios como le pareciese, sin temor de calumniadores». ¡Extraño destino el de este hombre que, atacado y apartado años atrás por ser sospechoso de aspirar a la tiranía, ahora era instado a aceptarla! En el entusiasmo del momento, hubiera podido hacerlo. Pero no lo hizo. Los meses que siguieron así lo demuestran: gobernó con plenos poderes, pero según las reglas
democráticas.[17]
Porque, en efecto, estas sugerencias son un signo un poco inquietante en la vida política de Atenas: demuestran que, bajo las apariencias de una unanimidad recobrada, siguen alentando rencillas y pasiones políticas.
Pero, por el momento, la agitación era sólo halago; y estos ofrecimientos y sugerencias demuestran en qué medida Alcibíades había triunfado desde su regreso: todos depositaban sus esperanzas en él, volvían los ojos hacia él, contaban con él. Era el hombre providencial.
* * *
Puede ser peligroso heredar este papel. Ha ocurrido, incluso muy recientemente, que el hombre providencial acaba en un amargo retiro. También ha sucedido que los regresos inesperados empiezan con charanga y acaban como el rosario de la aurora: el regreso de la isla de Elba duró cien días.
Alcibíades los había conquistado a todos: al pueblo, a los que sentían la religión, a los patriotas que esperaban la victoria. Era como un dios, adorado por todos.
Pero había que conseguir otras victorias a toda costa, y pronto. Los triunfos personales siguen a las victorias, pero también las exigen.