Alcibíades

Jacqueline De Romilly · Capítulo 2 de 22

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Alcibíades

I. Todos los dones, todos los medios…

 

No es necesario presentar a Alcibíades: Platón se encargó de hacerlo en páginas inolvidables. En El Banquete imaginó una reunión de hombres eminentes que, alrededor de una mesa, hablan del amor. Son unos cuantos. Hablan, escuchan, el diálogo progresa. Pero, avanzada la discusión, llega, mucho después que los otros, un último personaje. Su entrada se ha demorado hasta el final, para mayor efecto, y súbitamente todo se anima. Suenan golpes en la puerta acompañados de algazara y del sonido de una flauta. ¿Quién llega tan tarde? Es Alcibíades, completamente ebrio, sostenido por la flautista.

«Allí estaba, en el umbral de la sala, llevaba una guirnalda de violetas y hiedra con numerosas cintas» (212 e).

Todos le saludan y se instala al lado del dueño de la casa. Al otro lado está Sócrates, al que en un principio no ve el recién llegado. Luego entran en conversación el joven coronado de hiedra y el filósofo: a partir de este momento el diálogo se desarrolla entre los dos. Triunfal y espectacular es la entrada en escena del personaje, y en ella está contenida ya, en germen, toda su seducción y también todos sus defectos, más o menos escandalosos.

Se le aclama, se le da la bienvenida; ¿por qué? Todos los presentes en el banquete lo saben; pero, veinticinco siglos después es necesario puntualizar. En realidad, el recién llegado lo tiene todo.

 

Belleza

 

Su primer atributo salta a la vista: Alcibíades es bello, excepcionalmente bello. Lo dicen todos los autores que evocan los asedios amorosos de que fue objeto. Es el rasgo que Jenofonte señala en primer lugar en Los Memorables, afirmando, con su candor característico, que «a causa de su belleza, Alcibíades era perseguido por

muchas damas de renombre».[1] Se le llamaba normalmente «el bello Alcibíades». Al principio del Protágoras de Platón, cuando se hace burla de la admiración que le tiene Sócrates y se le encuentra un tanto indiferente, se le pregunta: «¿Qué cosa extraordinaria ha podido ocurriros a vosotros dos? ¿Supongo que no habrás conocido en Atenas a nadie más bello que él?» No había hombre más bello: sólo podía existir una belleza distinta de la belleza física, y éste es el significado de la respuesta que da Sócrates, que dice que él ha conocido a Protágoras, el más sabio de todos los hombres

del momento. Es ésta una distinción sobre la que volverá con frecuencia.[2]

Ahora bien, hay que recordar que en aquel tiempo la belleza era un mérito, abiertamente reconocido y celebrado. La belleza, combinada con las cualidades morales, constituía el ideal del hombre cabal, kalós kaiagathós. También podía suscitar admiraciones menos virtuosas, que no se disimulaban, como atestiguan las pinturas de los vasos en los que, para celebrar a algún efebo, no se emplea más término que el de «bello». A veces, en las crónicas costumbristas de la época encontramos la evocación casi lírica del embeleso que inspiraba la belleza de uno u otro mancebo. Así se ve en El Banquete de Jenofonte, en el que el tema aparece varias veces, y, muy especialmente, en el fervor con que el joven Critóbulo celebra su propia belleza y la de su amigo Clinias: «Yo aceptaría ser ciego para todas las cosas,

antes que serlo sólo para Clinias.»[3] Este joven Clinias era primo hermano de Alcibíades.

Volviendo a nuestro héroe, nos gustaría contemplar aquella belleza suya, pero tenemos que contentamos con imaginar su perfección por las reacciones de sus contemporáneos. No hay descripciones físicas de Alcibíades, ni poseemos de él una

imagen auténtica. Se nos dice[4] que, después de sus victorias en los grandes Juegos, se hizo pintar en el momento de recibir la gran corona, pero los dos cuadros se han perdido. Existieron varias estatuas en las que se le veía conducir una cuadriga, pero eran muy posteriores. De modo que cada cual puede imaginar el rostro más puro y la figura más gallarda: ése será él.

Sabemos, sí, que su belleza iba acompañada de donaire y del arte de la seducción. Plutarco se admira de ello desde el comienzo mismo de su biografía: «En cuanto a la belleza de Alcibíades, no hay más que decir sino que floreciendo la de su semblante en toda edad y tiempo, de niño, de adolescente, de hombre adulto, le hizo siempre amable y gracioso. Pues lo que dijo Eurípides, que en los que son hermosos es también hermoso el otoño, no es así. Éste fue el privilegio de Alcibíades y de algunos otros. Él se lo debe a un buen natural y a una excelente constitución física. En cuanto a su forma de hablar, se dice que hasta su defecto de pronunciación le agraciaba y prestaba a su lenguaje un encanto que contribuía a la persuasión.»

Sabía engatusar, incluso a los que le habían ofendido. Otro bello pasaje de Plutarco nos lo muestra seduciendo a un sátrapa persa hasta conseguir moverlo a su

antojo.[5]

Él no podía ser ajeno a este poder de seducción, y se complacía ejerciéndolo. Una anécdota: aunque el pequeño Alcibíades aprendía todo lo que tenía que saber un joven de buena familia, se dice que se negó a aprender a tocar la flauta: porque deformaba la cara y estorbaba la buena pronunciación. Cuentan las crónicas que la indignada negativa del niño fue tan celebrada, que la flauta se suprimió del programa de estudios libres.

El joven Alcibíades, presuntuoso y provocativo, se paseaba por el ágora con túnica de púrpura que le llegaba hasta el suelo. Era la vedette, el niño mimado de Atenas, al que todo se le permite y se le ríen todas las gracias. Las estrellas del cine y la televisión son hoy para nosotros un poco lo que aquel apuesto joven era para Atenas, con la particularidad de que en aquella pequeña ciudad todos lo trataban y conocían.