Alcibíades
VI. En el exilio: la apología de la traición
Alcibíades, al romper con Atenas, se había declarado prófugo. Su patria se había convertido en ciudad enemiga para él.
Antes de abandonar Sicilia había empezado a traicionarla: reveló a los partidarios de Siracusa, en Mesina, que las tropas atenienses marcharían sobre la ciudad y que
ésta debía ser entregada. Ello hizo abortar la operación.[1]
Pero, ¿adónde podía dirigirse él? De Turio pasó a Élida y, después, a Argos: su
política de alianza con Argos le sugirió la elección.[2] Pero en aquel momento aún no se sabía la severidad de las condenas que recaerían sobre él. Él recelaba, por supuesto. A uno que le preguntó si no se fiaba de su patria, respondió, según un testimonio que recoge Plutarco (22, 2), que, «en todo lo demás, sí; pero, tratándose de mi vida, no me fiaría ni de mi propia madre». Tenía razón en desconfiar: pronto llegó
la sentencia de muerte y la orden de destierro de toda Grecia.[3]
A partir de este momento, los amigos de Alcibíades en Argos ya no podían ayudarle. Se encontraban debilitados e inquietos, porque sobre ellos pesaban sospechas de actividades antidemocráticas, y Atenas había entregado a los demócratas de Argos a todos los rehenes que tenía: era preciso encontrar otro refugio.
No lo pensó dos veces: con su audacia característica, Alcibíades se fue… ¡a Esparta!
Ciertamente esta decisión violentaría después a sus apologistas. Así, Isócrates hace hincapié en la crueldad de los enemigos de Alcibíades que obtuvieron de la ciudad una demanda de extradición: él no deseaba sino que le dejaran permanecer «tranquilo» en Argos. Pero ¿se lo permitieron? «No sabiendo qué hacer en su infortunio, expulsado de todas partes, no viendo medio de salvación, al fin se vio
obligado a refugiarse entre los lacedemonios.»[4]
Pero esta bella proclama de inocencia no engaña a nadie; Alcibíades sabía muy bien a lo que se exponía al decidir irse a Esparta.
Plutarco explica claramente que la idea partió de él y que la acompañó de una oferta de servicios. «Escribió a Esparta pidiendo que se le garantizara la impunidad y dando palabra de que él les prestaría favores y servicios que excedieran con mucho a los daños que antes les había causado.» Tucídides no es tan explícito: dice sólo que Alcibíades había ido «por llamamiento formal de los lacedemonios y con garantías»
(VI, 88, 9); pero no hay en ello contradicción alguna:[5] Plutarco se guía por la psicología de Alcibíades y Tucídides, por el desarrollo de los hechos. Los servicios que Alcibíades prometía prestar son expuestos en el relato del historiador y hasta son objeto de un discurso.
En Esparta, Alcibíades contaba con el apoyo de un hombre influyente que había sido éforo —es decir, uno de aquellos altos magistrados elegidos que ejercían control sobre los reyes— y que estaba ligado a su familia por relaciones de hospitalidad. Alcibíades le había engañado con motivo de la alianza con Argos, pero sabía
disimular sus engaños con habilidad.[6] En realidad, este hombre, Endios, nunca dejará de apoyar a Alcibíades, quizá porque con ello esperaba aumentar su valimiento ante el rey Agis, quien no tenía ninguna razón para querer a Alcibíades; al contrario, pronto las tendría para lamentarlo.
Lo cierto es que el partido de Endios estaba dispuesto a acoger a Alcibíades, que no era un tránsfuga cualquiera.
En cuanto a Alcibíades, ¿dónde iba a encontrar un lugar en el que sus informaciones se apreciaran más y desde donde mejor pudiera vengarse de Atenas? Si Atenas era ahora una ciudad enemiga, Esparta, por lo mismo, se convertía en aliada. Una frase que Plutarco cita repetidamente da el tono de su deseo de lucha y de venganza: al enterarse de que ha sido condenado a muerte: «pues yo —repuso— les
haré ver que vivo».[7]
Así pues, en el invierno de 415-414 le vemos llegar a Esparta donde es oficialmente recibido. Viene dispuesto a ayudar a Esparta contra Atenas, utilizando toda su información, hasta la más secreta, y toda su competencia, abiertamente reconocida. Habían transcurrido sólo unos meses, y el que dirigía las operaciones de los atenienses se había convertido en el artífice de la guerra librada contra ellos.
Ello implica un cambio de bando y —digámoslo abiertamente— una traición como se han visto pocas en la Historia. Sí, ha podido ocurrir, incluso en esta época, que ciudadanos atenienses se refugiaran en territorio de antiguos enemigos de Atenas y recibieran la ayuda de Esparta, a la que elogiaban en sus obras: tal fue el caso de Jenofonte, que hasta intervino en una batalla contra Atenas en el bando espartano, por lo que fue desterrado. Pero se le dio una pequeña propiedad en el Peloponeso, donde vivió tranquilo, sin pretender en modo alguno influir en la política de Esparta y menos aún en contra de Atenas. Por otra parte, aquélla no era una guerra larga y decisiva entre ambos pueblos.
Alcibíades, por el contrario, traicionó en plena guerra, pasándose al enemigo. Y Tucídides, con el discurso que pone en su boca a su llegada a Esparta, no sólo le hace desempeñar el papel de traidor y dar a los lacedemonios consejos de un valor incalculable sino que, además, le hace pronunciar una osada justificación de su cambio de bando y de la actitud moral que éste implica. Ha habido traidores en la Historia, pero sin duda ninguno ha hecho la apología de la traición con tanta lucidez, audacia y autoridad.
* * *
El discurso ocupa del párrafo 89 al 92 del libro VI. Están presentes embajadores llegados de Corinto y de Siracusa para pedir la ayuda de los lacedemonios. En un primer momento, como sus demandas coinciden con las de Alcibíades, Esparta empieza por responder a Siracusa que no trate con Atenas. De aquí a ayudarla media un abismo: es entonces cuando Alcibíades «se presentó en la tribuna» y pronunció el famoso discurso.
¡Así pues, no sólo se le da asilo, no sólo se escuchan sus consejos, sino que se le permite hablar en público, libremente!
En realidad, el discurso que leemos es de Tucídides, no de Alcibíades. Es posible que el historiador haya condensado en un brillante texto toda una serie de revelaciones, de justificaciones, de consejos que quizá no fueron expresados el mismo día ni todos en público. Quizá también Tucídides deduce argumentos que no se expresaron con tanta claridad. Pero es evidente que no inventa ni las revelaciones ni los consejos, ni los principios que se atribuye Alcibíades… ni la brillante insolencia del tono.
Dejando a un lado por el momento el aspecto práctico del discurso, vemos que las justificaciones constituyen un alegato dividido en tres partes. En un principio, dos justificaciones con respecto a Esparta: ¿cómo puede ayudarla Alcibíades, después de haberla combatido y cómo puede ayudar a una ciudad oligárquica habiendo formado parte de la democracia ateniense? Sigue una justificación moral, más general: ¿cómo puede él ayudar en la lucha contra su patria (92, 2-4)?
Todas estas cosas, desde luego, distaban de estar sobreentendidas.
Primero, ¿ayudar a Esparta después de haberla combatido? ¡Pues sí! ¡Porque, en aquel entonces, Esparta le había ofendido! El deseaba asumir las funciones de proxeno que había desempeñado antiguamente su familia, se había esforzado por ayudar a los lacedemonios prisioneros en Pilos, lo había intentado todo. ¡Y Esparta, en lugar de solicitar su mediación, había acudido a Nicias! ¿No era para ofenderse, para tratar de vengarse? Él había buscado venganza infligiendo golpes a Esparta en el Peloponeso…
Esta bonita justificación plantea dos observaciones.
En primer lugar, es el típico argumento retórico que consiste en rehuir la responsabilidad remontándose en el tiempo: «Si he actuado de este modo es porque
antes se me ha hecho tal o cual afrenta; en otras palabras, yo no empecé.»[8] Nuestro brillante ateniense, pupilo de Pericles, es ducho en esta clase de debates.
Pero, al mismo tiempo, ¡qué confesión! ¡Y con qué tranquila insolencia la hace!
Porque la razón aducida corresponde al relato y análisis de Tucídides de V, 43, 2[9]: también él habla de la antigua proxenia y de los prisioneros hechos en Pilos, y también él declara, hablando de Alcibíades, que su conducta estaba dictada, en parte, por una ambición nacida del orgullo, «porque los lacedemonios habían negociado el
tratado con Nicias y Laques: a él le habían pasado por alto…».[10] Pero, aunque los hechos coinciden, su significado no es el mismo, según los enuncie Tucídides o el propio Alcibíades. La explicación, dada por el historiador, suena a crítica; dada por Alcibíades, se convierte en una profesión de fe audaz y provocativa. Porque Alcibíades reconoce, confiesa y proclama que sus ideas políticas se fundan en consideraciones puramente personales, ¡y su realismo parece pasar por alto que hubiera podido limitarse a buscar el interés de su patria!
Pero esto no es nada todavía, al lado de la explicación que viene ahora, con la que Alcibíades, ayer jefe electo de la democrática Atenas, ¡reniega de todo vínculo con la democracia!
Hay en sus palabras una parte de habilidad, pero también de razón. Recuerda que la oposición de su familia a la tiranía ha sido siempre proverbial: este reconocimiento podía conmover a los lacedemonios que, en todas partes, incluso en Atenas, habían combatido la tiranía, y era un punto de coincidencia entre oligarcas y demócratas. Por cierto, que los defensores de Alcibíades insistirían en este argumento después de su muerte. Aquí Alcibíades va un poco lejos al declarar: «En pocas palabras, todo lo que se opone al poder absoluto es democracia»; por un bonito malabarismo, suprime la oposición entre uno y otro régimen.
Pero, en definitiva, a grandes rasgos, el argumento es a la vez hábil y veraz.
El otro argumento que aduce también es válido: al fin y al cabo, dice, la democracia era el régimen imperante: «Y, puesto que nuestra ciudad tenía un régimen democrático, era necesario que, de forma general, nosotros preserváramos lo que había.»
Tampoco le falta razón cuando manifiesta que ni él ni los suyos han sido nunca demócratas a ultranza (como lo eran Hipérbolo, Androcles y la mayoría de los que lo habían condenado). «Pero, en el desorden imperante, nos esforzábamos en guardar en política una mayor moderación. Había otros que, tanto en nuestros días como en los tiempos antiguos, extraviaban miserablemente a las masas: éstos son precisamente quienes me han perseguido.» Y Alcibíades pasa a justificar, con fórmulas dignas de Pericles, el verdadero espíritu democrático, que no es un espíritu de partido sino un
auténtico sentido cívico: «Nosotros éramos jefes del pueblo en su conjunto,[11] y considerábamos un deber el contribuir a mantener una forma de gobierno con la cual la ciudad conocía el máximo de poder y el máximo de libertad y que era además, para cada uno, un patrimonio.» En realidad, Alcibíades describe bastante bien su tesitura política, que es la de un demócrata moderado; al mismo tiempo, revela en qué medida esta tesitura era realista y práctica más que doctrinaria. Sólo que después veremos sin sorpresa cómo los defensores de Alcibíades en Atenas asumen otro tono y hablan alto
y claro de su entrega a la democracia…[12]
Pero las cosas se tuercen cuando, para halagar a Esparta, Alcibíades trata a la democracia con un desprecio que no hubiera mostrado en ningún otro momento ni en ningún otro lugar: «Nosotros, las personas sensatas, sabemos lo que vale la democracia, y yo más que nadie [puesto que tanto daño me ha hecho] podría denostarla. Pero, ¿cómo decir algo nuevo de una locura que es universalmente reconocida como tal? No obstante, nos parecía aventurado transformarla, estando vosotros acechando cerca de nosotros, como enemigos.»
«Una locura universalmente reconocida como tal»: en los textos griegos, hemos leído muchos ataques contra la democracia y sus defectos, ¡pero no una fórmula tan radical!
¿Hay que ver en ello el reflejo de lo que se decía entre las gentes ilustradas? ¿De lo que se decía en el entorno de Sócrates? Sería ésta una hipótesis muy frágil. Al contrario, en la brutalidad del tono, uno se siente tentado a percibir el deseo de complacer a Esparta y de hablar como un espartano. Al fin y al cabo, lo sabemos por Plutarco, el muy zorro de Alcibíades apostó a esta carta con decisión. Él, que estaba habituado al lujo, a todos los lujos, adoptó inmediatamente las costumbres espartanas, rasurándose, bañándose en agua fría y comiendo alegremente el triste «caldito
negro», ¡como si en su vida no hubiera visto un cocinero ni un perfumista![13] El propio Plutarco comenta: «Estaba más pronto a transformarse que el camaleón.»
Entonces, ¿por qué no había de adoptar también el tono del oligarca convencido? ¿Así, sin más, forzando un poco la nota? ¿Qué podía importar si con ello traicionaba un régimen al que había servido y al que volvería a servir, más adelante, con aparente convicción…?
Siempre es un placer ver con qué facilidad se mezclan, en un discurso de Tucídides, los elementos a favor y en contra, de una forma tan compleja como la realidad, pero mucho más irónica. Aquí, el argumento razonable está yuxtapuesto a la exageración hipócrita, el realismo se mezcla con la adulación. Quien lea el texto despacio se sentirá cautivado por estas sutilezas. Y es que nos pintan a Alcibíades mucho mejor que los más agudos análisis psicológicos.
Finalmente, la última justificación, y también la de carácter más general, se refería a una cuestión grave: en el discurso, resulta aún más reveladora que las dos primeras. Alcibíades tiene que demostrar que no hace nada malo al ayudar a los enemigos de su patria, es decir, al traicionarla.
Es tan importante y tan impresionante el texto, que vale la pena citar todo el párrafo (92, 2-4). En él se hace una reflexión sobre la patria, a la que se describe como el lugar en el que una persona goza de sus derechos, y que deja de serlo en el momento en que te los niega; y entonces amar a la patria es querer reconquistarla con las armas en la mano.
«Y pido que ninguno de vosotros me juzgue desfavorablemente si yo, que no ha mucho pasaba por tener el amor del país, hoy marcho resueltamente contra mi patria aliado de sus mayores enemigos; que tampoco el ardor del exiliado suscite prevención contra mis palabras. Exiliado lo soy; y así eludo la maldad de quienes me han desterrado, pero no la posibilidad de seros útil, si me escucháis, y, por otra parte, los mayores enemigos de Atenas no son aquellos que, como vosotros, veían en ella a su enemiga, sino aquellos que han obligado a sus amigos a convertirse en enemigos.
[14] En cuanto al amor al país, yo no lo siento hacia el que me ha tratado injustamente, sino hacia aquel en el que yo podía ejercer mis derechos políticos con toda seguridad; a mi modo de ver, no es verdad que yo tenga una patria y que hoy me revuelva contra ella: al contrario, dejó de ser mi patria y quiero reconquistarla. Y se ama verdaderamente al país no cuando, después de haberlo perdido injustamente, uno se niega a marchar contra él sino cuando por todos los medios y con el mayor ardor del
deseo se esfuerza por recobrarlo.»[15]
¡Asombroso Alcibíades! ¡Oyéndole, se diría que es un modelo de patriota precisamente porque se dispone a asestar contra su patria los más duros golpes!
Para medir el alcance del texto es necesario, desde luego, pensar en el eterno problema de los exiliados que vuelven «en los furgones del enemigo»: todo griego que se precie plantea los problemas en términos válidos para otras épocas. Pero, al mismo tiempo, hay que retroceder con el pensamiento hacia los siglos en los que la ciudad griega se encontraba continuamente ante el problema de los exiliados y de su afán por volver.
En las luchas políticas de los siglos VI y V, era frecuente ver condenados al exilio a todo un grupo de ciudadanos: unas veces se expulsaba a los partidarios de la oligarquía, o de los ricos, y otras les tocaba el turno a los demócratas. Y, naturalmente, ellos en seguida se ponían a tramar la manera de regresar y para conseguirlo solicitaban la ayuda de otras ciudades. Esparta y Atenas, o Atenas y Corinto solían hacer esta clase de mediación que, so pretexto de ayudar a los desterrados, les permitía hacer alarde de prestigio o de poder. La guerra del Peloponeso empieza por las luchas de Epidamnos y Corcira; y con frecuencia se leen frases como: «el pueblo expulsó a los aristócratas y éstos se unieron a los bárbaros…» (I, 24, 5), «Corcira se debatía en la guerra civil…» (III, 70, 1): precisamente a propósito de los desórdenes de Corcira, Tucídides hace un análisis general sobre las guerras civiles de Grecia (III, 82). Pero, es que, de igual manera, hemos visto cómo Argos se pasaba sucesivamente de un bando al otro y cómo grupos de hombres eran llevados de acá para allá y cómo surgían luchas contra tal o cual
ciudad «que había dado asilo a los desterrados».[16]
Esta particularidad de la vida política de la antigua Grecia justifica, en cierta medida, la argumentación de Alcibíades. Pero hay diferencia, y es considerable. Alcibíades era el jefe, el máximo responsable, el que lo sabía todo: su paso al enemigo era, pues, mucho más grave. Además, él no pedía ayuda para regresar a su país, sino que la ofrecía, y grande, para arruinarlo, ya que su regreso no era sino una consecuencia posible, pero incierta, de esta ruina. Finalmente, lo hacía en un momento en el que Atenas lo había arriesgado todo (a causa de él) y se exponía a perderlo todo (a causa de él). El deseo de regreso adquiría visos de deseo de venganza sin piedad.
Por una circunstancia extraordinaria, varios años después el problema volvería a encender los ánimos. Atenas fue derrotada en el año 404 y Esparta le impuso un gobierno oligárquico. Los demócratas partieron hacia el exilio y después regresaron gloriosamente; lucharon, vencieron y liberaron Atenas. Éste sería uno de los motivos de orgullo de la historia ateniense, en especial porque entonces los demócratas supieron hacer gala de moderación y sentido cívico y concertaron una reconciliación nacional que sería respetada.
Alcibíades ya no lo vio. Pero tenía un hijo que, al parecer, había heredado del padre el gusto por el escándalo, aunque no su genialidad. Este hijo tuvo procesos que, indirectamente, fueron procesos contra el padre, y en ellos encontramos todo el debate del exiliado patriota.
El discurso de Isócrates, que aboga por el hijo, recuerda que Alcibíades, en el exilio, combatió contra su patria; y también hace mención de la liberación de Atenas por los demócratas: también ellos combatieron contra la ciudad: «¿No ocupasteis vosotros el Pireo? ¿No destruisteis las cosechas de los campos? ¿No saqueasteis las
tierras? ¿No incendiasteis los arrabales? ¿No asaltasteis, en fin, las murallas?».[17] Todo esto está muy próximo al argumento del discurso que Tucídides pone en boca de Alcibíades: sólo se le agrega el reflejo halagador de un recuerdo glorioso.
Pero los adversarios del joven y, por consiguiente, del padre, distinguen la falla
del razonamiento y protestan. Lisias,[18] en un discurso pronunciado contra el joven (en otra ocasión), declara: «Alcibíades, tiene la audacia de decir, no hizo algo tan grave al marchar contra su patria: vosotros mismos, durante vuestro exilio, tomasteis File, cortasteis árboles, asaltasteis las murallas y, lejos de legar con ello oprobio a vuestros hijos, ganasteis la consideración de los hombres. ¡Como si no hubiera diferencia entre los desterrados que marchan contra su país aliado del extranjero y los que regresan a su ciudad ocupada por los lacedemonios! Pienso yo que está claro para todo el mundo que los primeros pretendían entrar en Atenas para entregar a los espartanos el imperio de la mar, mientras que el pueblo que volvía del exilio expulsó a los enemigos y liberó a aquellos ciudadanos que habían aceptado la esclavitud…».
[19]
Indudablemente, la comparación con los exiliados del año 404, tentadora y halagadora, ayudaba a medir, por lo menos en parte, la diferencia. Y aquí tenemos otro ejemplo de la manera en que, entre los griegos, los problemas se plantean y concretan al ras de la experiencia y a la luz del debate.
El discurso que nos ofrece Tucídides no puede establecer comparación con unos hechos que no se producirían hasta diez años después. Pero, con su concisión y su fuerza, nos da el principio teórico en su forma pura. Sin duda, ello es característico de Tucídides: también lo es de la inteligencia y de la insolencia sin escrúpulos de Alcibíades.
Pero lo que imprime gravedad a su traición y poder de persuasión a su discurso es que, entre estas diversas justificaciones, figuran proposiciones, revelaciones y consejos que cambiarán el curso de la historia griega. Cualesquiera que sean los ejemplos en los que hoy podamos pensar o que podamos imaginar —espías del Este que se pasan al Oeste y viceversa, investigadores atómicos y generales tránsfugas— nunca ha habido traición que aportara tanto al enemigo.
Lo menos que puede decirse es que Alcibíades no llegaba con las manos vacías.
* * *
Entre los consejos que tanto debían contar, hay dos que figuran en el discurso de Alcibíades en Esparta. Dejando aparte la revelación del «gran proyecto» que Alcibíades había mantenido en secreto en Atenas pero cuyos detalles explica minuciosamente en Esparta, para estimular el celo de los lacedemonios, hay que pararse a examinar estos dos consejos, que fueron seguidos y resultaron extraordinariamente eficaces. El primero, evidentemente, es el de ayudar a Siracusa para hacer fracasar la expedición ateniense. Pero, ¿cómo? Nada de enviar una pequeña tropa más o menos eficaz. ¡Quiá! Alcibíades quiere más y sabe lo que puede ser útil allí: «Enviar un ejército de desembarco formado por hombres que sirvan de marinos durante la travesía y, después del desembarco, de hoplitas; además —algo que considero todavía más útil que el ejército— el mando deberá ostentarlo un espartano, que organice los apoyos adquiridos y obtenga por la coacción los que se resistan. De este modo, los amigos con los que contéis tomarán confianza y los
vacilantes perderán el miedo a unirse a vosotros.»[20]
Así se hizo. El jefe designado fue Gilipo, a quien se encargó que preparara las tropas, de común acuerdo con los corintios. ¡La operación estaba en marcha!
Los últimos capítulos del libro VI de Tucídides y los primeros del VII muestran una carrera entre los esfuerzos de Nicias en Siracusa y la llegada de Gilipo. Varios pueblos se alían, a causa «de la fuerza que Gilipo parecía traer de Lacedemonia»: desde el primer momento, las ideas de Alcibíades se muestran eficaces. Por fin, llega Gilipo. Su llegada coincide con el momento en que los atenienses acaban de bloquear Siracusa, y, como comenta el sobrio Tucídides, «eso es decir lo cerca que había tenido el peligro Siracusa» (VII, 2, 4).
En lo sucesivo, todo se desarrollará como había previsto Alcibíades… para desgracia de Atenas. En el curso del libro VII vemos sucederse los combates en Siracusa y en la rada; vemos también que, a medida que se robustece la resistencia contra los atenienses, se multiplican las alianzas. Y siempre encontramos juntos a Gilipo y a Hermócrates, el espartano y el siracusano, tan enérgicos el uno como el otro, apoyándose y completándose. Atenas envía refuerzos a su vez, pero es en vano.
Imaginemos este último esfuerzo ateniense, esta terca esperanza. Al parecer, a ella alude Eurípides al final de su Electra, cuando hace aparecer a los Dióscuros que declaran, al término mismo de la obra: «Nosotros vamos de prisa al mar siciliano, para salvar las naves azotadas por las olas…» (1348-1349).
Pero, contra la acción organizada según los consejos de Alcibíades, nada prevaleció. Demóstenes, que manda esta nueva flota (y que nada tiene que ver con el célebre orador del siglo siguiente), a su llegada, no puede hacer más que comprobar la gravedad de la situación (VII, 42, 3-5). Quiere intentar una acción rápida, que aún podría tener éxito: de lo contrario, habrá que reembarcar. Ya sabemos cómo acabó aquello: la acción rápida fracasó. Entonces, ¿reembarcar? Demóstenes así lo quería, pero Nicias, como siempre, vacila. El resultado fue una derrota sin precedentes. Ambas partes se jugaron el todo por el todo y Atenas llevó las de perder. El relato de esta batalla, en la obra de Tucídides, tiene mucha plasticidad y emoción. El resultado es que los atenienses no podrán ni regresar: se retiran a la desbandada, hay matanzas, prisioneros, unos se rinden previo acuerdo y otros sin acuerdo. Demóstenes fue hecho prisionero y condenado a muerte; Nicias, poco antes amigo de los lacedemonios, se entregó a Gilipo, pero no por ello dejó de correr la misma suerte. Son conocidos los sufrimientos de los prisioneros atenienses en los fosos de las canteras de Siracusa. De la flamante expedición conquistadora no quedó nada. Dejemos concluir a Tucídides: «Éste resultó ser el hecho más considerable de nuestra guerra y, en mi opinión, también de todos los hechos griegos de los que se guarda recuerdo, hazaña sin igual para los vencedores, obra maestra de infortunio para los vencidos. Denostados en todas partes y de todas las maneras, puestos a prueba en la desgracia sin ningún miramiento ni ningún respeto, fue, como suele decirse, el desastre en grado sumo. ¡Infantería, navíos, nada que no pereciera! Y de tantos hombres como partieron muy
pocos regresaron al hogar.»[21]
Durante este tiempo, Alcibíades, que había aconsejado la expedición y, dos años atrás, la había mandado, estaba en Esparta, muy orgulloso sin duda del efecto del consejo que había dado. De este «desastre en grado sumo» él era, por su inteligencia, el feliz responsable.
El segundo consejo contribuyó no poco a este resultado, por lo menos, indirectamente, y sus consecuencias se dejaron sentir mucho después de la expedición a Sicilia.
Cuando la expedición no era todavía más que un proyecto, Nicias había señalado que era grande el peligro de marchar tan lejos cuando en la misma Grecia no estaba consolidada la paz: el segundo consejo de Alcibíades tuvo por efecto reavivar la guerra, de un modo especialmente peligroso para Atenas. Alcibíades aconsejó a los espartanos que hicieran la guerra en Grecia, para impedir que Atenas enviara refuerzos a Sicilia, y que se apoderasen de una fortaleza en el Ática, en Decelea. Decelea está a veinte kilómetros al norte de Atenas, en el camino de Beocia.
«Por otra parte, hay que fortificar Decelea en el Ática, es lo que más han temido siempre los atenienses, la única de las pruebas de la guerra, piensan, que no les es conocida […]; en cuanto a las ventajas que os valdrá esta fortificación de un puesto de control y de las que privará al adversario, omitiré muchas para no citar en resumen más que las principales: de las riquezas en propiedades con que cuenta el país la mayor parte os corresponderá, ya sea por conquista, ya por cesión espontánea; las minas de plata del Laurión, el rendimiento que actualmente obtienen de la tierra y de los talleres lo perderán también y, sobre todo, las rentas que les aportan los aliados, que ya no les llegarán con tanta abundancia, porque éstos, al estimar que la guerra es conducida enérgicamente por vosotros, tomarán de ellas cuanto deseen» (91, 6-7).
Esto era imaginar un golpe directo contra los atenienses; con una mentalidad muy moderna, Alcibíades calculaba los distintos efectos económicos y financieros: pérdida de las fincas, de la pequeña industria y de las minas, y de las sumas que pagaban los aliados. Y había elegido el emplazamiento estratégico más propicio.
De hecho, fortificar una posición en territorio enemigo era uno de los medios de acción en los que se pensaba en tiempo de guerra. Pericles lo había evocado cuando se preparaba la guerra; a este respecto, había tranquilizado a los atenienses al mostrarles que no podía establecerse un puesto importante sin grandes dificultades y que un simple puesto haría menos daño que el que podía causar Atenas, a la que su
marina permitía unas represalias mucho más eficaces.[22] Y, en realidad, fue Atenas la
que, en el 424 levantó un fortín en Pilos, en el Peloponeso, [23] causando graves daños a Esparta. Aquellas defensas de Pilos fueron objeto de múltiples controversias con motivo de la paz de Nicias: Esparta exigía que se le entregara el fortín y Atenas hacía oídos sordos. Pero ahora se habían trocado los papeles: ¡se trataba de un fuerte espartano en plena Ática!
Se había hablado de ello inmediatamente antes de la paz, pero sin precisar el sitio. El consejo de Alcibíades revelaría una extraordinaria sagacidad.
Los lacedemonios se sintieron tentados, pero seguramente también un poco asustados, y actuaron inmediatamente; pero cuando se supo que Atenas iba a enviar refuerzos a Sicilia, decidieron, presionados por sus aliados, que había que pasar a la acción. Estaban hartos de las amenazas atenienses y de la negativa a ceder Pilos; y, puesto que ya peleaban en Sicilia, había que seguir la lógica. Se dedicó todo un invierno a los preparativos y, en la primavera del año 413, los lacedemonios
invadieron el Ática y empezaron a fortificar Decelea, de acuerdo con lo previsto.[24] La fortificación se terminó en el verano y en ella se sucedían las guarniciones, y seguirían sucediéndose durante toda la guerra así reavivada, la guerra a la que a veces se ha dado el nombre de «guerra de Decelea» (413-404).
Fue terrible para Atenas: ocurrió exactamente lo que Alcibíades había anunciado.
Tucídides declara que esto fue «un golpe de primera importancia» para Atenas.[25] Puntualiza que Atenas «se veía privada de todo el país». Más de veinte mil esclavos y gran número de artesanos habían pasado al enemigo; los rebaños se habían perdido, los caballos, malogrado; los avituallamientos que llegaban de Eubea tenían que hacer costosos rodeos. Y Atenas vivía bajo una amenaza constante. «Ya ni era una ciudad, sino una plaza en estado de sitio: con guardias en las fortificaciones durante el día, por turnos, y por la noche, todos, excepto los de a caballo (unos aquí y allá, frente a los depósitos de armas, los otros en la muralla), los atenienses sufrían en verano y en invierno. Pero nada les abrumaba tanto como tener que librar dos guerras a la vez…»
Alcibíades había apuntado bien y acertado en la diana. No es de extrañar que la gente le guardara rencor: con motivo de un proceso póstumo, Lisias escribe: «El hijo de aquel Alcibíades que indujo a los lacedemonios a fortificar Decelea…» Habría
nuevos motivos de queja, a causa del tercer consejo que dio a los lacedemonios;[26] pero éste seguiría provocando encono, y con razón.
A la vista de las consecuencias de estos dos primeros consejos, es indiscutible que Alcibíades prestó a Esparta considerables servicios. Después de ser el gran hombre de Atenas, se había convertido en el gran hombre de Esparta.
* * *
Apenas consumado para los atenienses el desastre de Sicilia, Alcibíades daría a Esparta su tercer consejo, que valía por los dos primeros: acabar de arruinar a Atenas separando de ella a sus aliados de Jonia, la fuerza de su imperio.
Pero, antes de seguirle por este camino, si nos anticipamos unos meses, veremos que el gran hombre de Esparta tropieza con los mismos obstáculos que el gran hombre de Atenas. ¡Otro escándalo! Y este escándalo, a pesar de todo, debilitará su posición.
¿Deseaba, realmente, como se desprende de una frase citada por Plutarco, tener descendientes que fueran reyes de Esparta? Lo cierto es que sedujo a la esposa del rey
Agis[27] y la dejó encinta; durante un terremoto, se le vio salir de la habitación de la
reina.[28] Plutarco, interpretando mal un texto de Jenofonte, se hace un pequeño lío con lo de la escapada nocturna y el terremoto; pero una cosa es segura: el escándalo fue público. Más adelante, pesaría en la historia de Esparta, porque este hijo, llamado Leotíquidas, llegado el momento de convertirse en rey, tropezó con la oposición de los que le reprochaban su nacimiento ilegítimo. Jenofonte narra todo el asunto en Las Helénicas (III, 3, 2 y ss.): Leotíquidas tuvo que ceder el puesto a Agesilao. En vano ciertos historiadores modernos han querido ver en todo ello un infundio urdido precisamente para apartar a ese hijo de la línea de sucesión, y durante las últimas
décadas se ha escrito y se ha hablado mucho de esta paternidad.[29] Pero el mismo número de artículos y discusiones es prueba suficiente de la falta de indicios seguros. Lo menos que puede decirse es que, en la Antigüedad, el relato fue admitido por todos y, por lo demás, no tiene nada de sorprendente. Alcibíades podía dárselas de perfecto espartano, pero seguía siendo Alcibíades, siempre tan seductor, tan imprudente y, evidentemente, tan desaprensivo.
Me complazco en las comparaciones con nuestro tiempo que a veces se imponen; pero aquí Alcibíades, a fuerza de ser él mismo, desafía cualquier comparación.
Por lo demás, ahora era un aliado precioso, y el rey, por lo menos oficialmente, no se dio por enterado. Alcibíades no tuvo contratiempos evidentes. Con la frente alta, pudo continuar con la puesta a punto de su tercer consejo que iba a marcar el nuevo rumbo de la guerra.