
Años de juventud del doctor Angélico
Ángel Jiménez desembarca en Madrid en octubre de 1870 decidido a ser un sabio. Lo que deja escrito no es su vida, sino la de sus amigos. En la pensión de la calle de Carretas están Pasarón, erudito prodigioso; Jáuregui, espiritista; y Sixto Moro, hijo de un zapatero de Alcalá, enamorado sin esperanza de Natalia, hija del general que tutela al narrador. De las aulas de Ciencias sale Pérez de Vargas, geólogo de vocación y militar por necesidad. Empieza casi como sainete estudiantil, con noviazgos de ventana a ventana y pedantería de café, y se va ensombreciendo: el idilio de Moro acaba en un intento de suicidio, y años después llegan un frasco de ácido sulfúrico, un juicio, una absolución y una dicha que llega tarde. Palacio Valdés cierra con un brindis y una lágrima caída en la copa.






