
Memorias de un vagón de ferrocarril
de Eduardo Zamacois

En una taberna del Campo del Sur, con el Atlántico enfrente, Soledad despacha manzanilla y aguanta los desprecios de Perico Velázquez, el majo por el que dejó en Medina Sidonia a un señorito que la quería de verdad. Ese antiguo novio reaparece una noche en la tienda, y desde ahí la balanza empieza a moverse: Velázquez acaba perdiendo la cabeza por ella justo cuando ella ha dejado de quererlo. Alrededor bulle la clientela fija, con sus carnavales, sus bodas, sus celos y sus brujerías caseras. Lo mejor de Palacio Valdés aquí es el oído: el habla andaluza suena viva y guasona hasta en los pasajes más duros. Abre el volumen un prólogo suyo, bastante peleón, sobre cómo debería componerse una novela.