Arriésgate

Molly Mcadams · Capítulo 6 de 23

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Arriésgate

Capítulo 6

 

 

—¿Por qué estás siendo así? —pregunté.

Él siguió mirándome como si yo fuese el mayor incordio del mundo, y no

tenía ni idea de por qué.

—¿He hecho algo que te haya ofendido? No me has dirigido la palabra

desde el domingo —estábamos a jueves—. Últimamente has estado tan

bipolar que ya no sé qué esperar de ti.

Mantuvo la boca cerrada y arqueó una ceja, que desapareció bajo su pelo

revuelto. Últimamente Chase y yo habíamos tenido una relación muy rara y

ya no sabía qué pensar. Bree llevaba un mes llevándome a casa de sus

padres los domingos para pasar el día con ellos y, aunque fue incómodo al

principio cuando Claire, su madre, me abrazó nada más entrar por la puerta,

pronto me encariñé de ella y de Robert, su marido. Eran extremadamente

amables, divertidos y, sinceramente, me gustaba pasar el tiempo con su

familia más que en las fiestas de casa de Chase. Sobre todo si eran como la

de la semana anterior con la declaración de amor de Carter.

Lo frustrante eran los drásticos cambios de humor de Chase. A lo largo

de las últimas tres semanas, había empezado a hablarme cada vez menos,

pero, cuando estábamos en casa de sus padres, no se separaba de mí y yo no

podía creer que fuese el mismo chico que había conocido en mi segunda

noche en California. Era divertido, cariñoso y un artista increíble.

Escuchándole discutir con su padre solíamos acabar partiéndonos de la risa,

y a Bree, a su madre y a mí nos trataba con un respeto desconcertante. Si a

alguien se le acababa la bebida, se apresuraba a rellenársela, siempre se

aseguraba de que estuviéramos a gusto y tuviéramos todo lo que

necesitáramos, y los besos que le daba a su madre en las mejillas eran los

gestos más tiernos que le había visto jamás.

La mayor sorpresa fue cuando fui a su habitación en la casa compartida

para decirle a Bree que ya estaba lista para irme y me encontré con un cuaderno de dibujo. Le pregunté por ello en otra ocasión cuando estábamos

donde sus padres, salió corriendo escaleras arriba y regresó con un puñado

de cuadernos. Tenía mucho talento y no debería haberme sorprendido

cuando me dijo que trabajaba como tatuador en la tienda a la que Bree me

había llevado para hacernos los piercings. Ver cómo se le iluminaban los

ojos mientras yo admiraba cada dibujo me provocó un vuelco en el corazón

e intenté por todos los medios controlar esos sentimientos. Había pasado un

par de horas el domingo anterior viéndole trabajar en unos nuevos diseños

que quería tatuarse en los antebrazos mientras su familia veía películas en el

salón. En algún momento debí de quedarme dormida en el sofá que

compartía con él, porque me desperté sobresaltada al oír una explosión en la

televisión.

 

—Es la película —me susurró, y me acarició la mejilla con los dedos—.

No te muevas todavía, princesa.

—¿No moverme? ¿Por qué?

—Ya casi he acabado, dame un par de minutos más.

Oí que su mano se movía lentamente de un lado a otro del papel y esperé

hasta que se arrodilló delante del sofá para quedar situado justo delante de

mí. Contuve la respiración y vi cómo sus ojos azul eléctrico recorrían mis

labios entreabiertos. Se humedeció los suyos con la lengua y se mordió

ligeramente el labio inferior mientras exploraba mi rostro con la mirada.

—¿Por qué no podía moverme? —logré preguntar cuando empezó a

recorrer la escasa distancia que nos separaba.

Se detuvo bruscamente y parpadeó varias veces.

—Eh… bueno… mira. Pero no te asustes, ¿vale? No intentaba ser

asqueroso.

—No le puedes decir a alguien que no se asuste. Esas palabras por sí

solas ya asustan.

Chase sonrió.

—De acuerdo. Entonces no me pegues ni vuelvas a utilizar conmigo tu

entrenamiento.

Antes de que yo pudiera poner los ojos en blanco, levantó el cuaderno

delante de mí y me quedé con la boca abierta. Sentí que se me sonrojaban

las mejillas y él me malinterpretó. Cerró el cuaderno maldiciendo.

—Sabía que era asqueroso.

—Chase —susurré, y negué con la cabeza en un intento por aclarar mis

ideas—, no es asqueroso. ¿Puedo verlo otra vez? —al ver que no se movía,

estiré el brazo hacia el cuaderno—. Por favor.

Me lo entregó con un suspiro y me miró con una sonrisa triste.

—Lo siento, pero estabas perfecta. No podía dejar pasar esa oportunidad.

Regresó mi estúpido rubor con más fuerza cuando dijo eso y me

concentré en su dibujo. Era asombroso, algo vergonzoso, pero admirable en

cualquier caso. Con el sombreado y los detalles, había capturado mi tronco

y mi cara y casi parecía una foto en blanco y negro. Era perfecto. Desde el

pecho, el cuello y la boca ligeramente abierta hasta la curva de mi pelo

sobre la cara y las pestañas sobre mis mejillas. Era yo al cien por cien.

Incluso había dibujado mi mano agarrada al cojín que tenía bajo la cabeza,

apoyado sobre su pierna, y la manta que me cubría hasta la altura de los

pechos. Se me puso la piel de gallina al darme cuenta de que había pasado

un buen rato contemplando y duplicando cada parte de mi cuerpo sin yo

saberlo. Se equivocaba, no era asqueroso, era precioso y curiosamente

íntimo.

—Chase, es… —me aclaré la garganta y volví a intentarlo—. Es

increíble —«increíble» era quedarme corta.

—¿Sí?

Lo miré a los ojos y sonreí.

—Sí.

Nos quedamos mirándonos, yo tenía la mente y el corazón

completamente divididos. Una parte de mí deseaba dejarse llevar por los

sentimientos que había provocado en mí el dibujo, pero la otra me gritaba

que me incorporase y me alejase de él. Antes de poder intentar tomar una

decisión, se oyeron más explosiones procedentes de la tele y ambos dimos

un respingo.

 

Se me encendió de nuevo la cara al recordar aquel último domingo, y

Chase pasó de mirarme molesto a hacerlo perplejo. Yo dejé a un lado mi

asombro y mi nostalgia por ese otro Chase y la rabia tomó el control de mis

emociones. No sé por qué los domingos era tan diferente, pero al menos

durante la semana solía saludarme. Tampoco era que esperase pasar más tiempo con él, dado que siempre estaba con Bree o con Brandon durante la

semana, pero, después de aquel domingo, no entendía por qué había estado

esquivándome desde entonces.

—Mira, da igual. Estoy harta de intentar entenderte. Si quieres ser un

imbécil, adelante. Pero los domingos no sigas fingiendo que no pasa nada

malo entre nosotros.

—¿Otra vez estamos con esto? —preguntó él.

—Vaya, si habla. Es un milagro.

—¿Crees que yo resulto confuso? Dios, Harper, qué valor —se rio y

entornó los párpados—. Y lo dice la chica que me decía repetidamente que

me mantuviese alejado y que, sin embargo, se echó a mis brazos al mínimo

problema con su novio. ¿Quieres que me aleje o no? —dio un paso hacia

delante, yo di uno hacia atrás y él lo imitó y me susurró—: ¿Por qué sigues

luchando contra lo inevitable, cariño? Me deseas. Ahora mismo tu cuerpo

está temblando porque estás haciendo un esfuerzo por no tocarme —sonrió

al pasar las yemas de los dedos por mi mano—. Solo con tocarte se te pone

la piel de gallina. Dime que quieres que me aleje.

—Eres un idiota —gruñí dando otro paso atrás—. Es que no entiendo por

qué no podemos ser amigos todo el tiempo. No quiero ser tu amiga los

domingos y la chica a la que no saludas el resto de la semana. Quiero lo

mismo todos los días. Así que toma una decisión y comunícamela —me

moví para pasar frente a él, pero apoyó el brazo en la pared del pasillo y me

cortó el paso.

—Te lo diré si me lo dices tú.

—¿Decirte qué?

—Siento que formo parte del grupo de los muchos chicos de Harper, pero

sin ninguno de los beneficios. Así que dime, si me comporto como tu

amigo, ¿también podré follarte?

Mi puño iba dirigido hacia su perfecta nariz, pero Chase se estampó

contra la pared antes de que yo pudiera golpearle. Brandon tenía el

antebrazo contra el cuello de Chase y estaba rojo de ira.

—¿Qué coño acabas de decirle? —gruñó mientras apretaba a Chase con

más fuerza contra la pared.

La única respuesta de Chase fue escupirle a la cara.

Brandon lo agarró de la camiseta con la otra mano para acercarlo y le dio

un puñetazo en el estómago con el brazo que hasta entonces tenía en el cuello. Chase se giró y golpeó la pared cuando Brandon se movió, pero al

hacerlo chocó con el puño izquierdo de Chase. Yo empecé a gritarles que

parasen y acabaron en el suelo, con Chase encima. Cuando los demás

compañeros de piso salieron de sus habitaciones, Brandon le dio un golpe a

Chase en la cabeza y este volvió a escupirle en la cara, aunque en esa

ocasión estaba lleno de sangre.

—Joder, ¿otra vez? —dijo Brad mientras pasaba corriendo frente a mí y

agarraba a Chase por los brazos para echarlo hacia atrás. Derek mantuvo a

Brandon en el suelo mientras Zach ayudaba a Brad a llevarse a Chase hacia

un pasillo situado en el otro extremo del salón.

—Joder, princesa —dijo Drew pasándome un brazo por los hombros,

pero yo me aparté—, sí que vuelves locos a los tíos. Estos han sido los dos

meses más entretenidos que he vivido en esta casa, y todo parece ser por ti.

—Drew.

—¿Sí, princesa?

—Si quieres tener hijos en algún momento de tu vida, te sugiero que te

marches.

Chasqueó la lengua, pero se apartó.

—Qué susceptible. Oye, B, creo que tienes algo en la cara.

—Estoy a punto de dejar que se levante —le advirtió Derek, y Drew se

marchó hacia el jardín.

En cuanto Derek lo soltó, Brandon se puso en pie y se alejó hacia su

cuarto de baño sin decirme nada. Derek me entregó la mochila de Brandon

y señaló con la cabeza hacia su habitación.

—Espéralo ahí. Voy a hablar con él aunque estoy seguro de que ya sé lo

que me va a decir. Dale unos minutos. Y una cosa…

—¿Sí?

—Mantente alejada de Chase. Así será todo más fácil.

Me sonrojé intensamente y asentí antes de encerrarme en la habitación de

Brandon. Me quedé allí sentada durante diez minutos que parecieron tres

horas. Oí que se abrían y cerraban numerosas puertas, voces en diferentes

partes de la casa y lo que debía de ser Chase burlándose de Brandon.

Después todos empezaron a gritarse y Brandon empezó a amenazar a

Chase. Se abrió la puerta y vi a Derek y a Drew intentando meter a Brandon

en la habitación a empujones.

—¡Cálmate, tío! —dijo Derek mientras empujaba a Brandon para que no

pudiera salir—. Lo está haciendo para provocarte más. Tranquilízate.

—¡Es mía! —gritó Brandon, y volvió a empujar.

—Sí, es tuya y ahora mismo la estás asustando. ¡Cálmate!

Brandon se dio la vuelta y dejó de intentar escapar cuando me vio. En

cuanto los otros dos se apartaron, cerró de un portazo y echó el pestillo,

pero no se volvió para mirarme. Apoyó la cabeza en la puerta y una mano

en la pared.

Empecé a levantarme de la cama, pero su voz me detuvo.

—No. Dame un minuto.

Cuatro interminables minutos después me puse en pie de todos modos.

—Voy a irme…

—Te llevaré a tu residencia —al fin me miró y negó con la cabeza—. Da

igual, le diré a Derek que te lleve.

Sentí un vuelco en el estómago. Yo pensaba salir fuera para darle más

tiempo; no esperaba que quisiera que me fuera de verdad. Normalmente

intentaba alargar nuestra regla de los fines de semana, aquella era la primera

noche desde el sábado que pasaríamos juntos, y deseaba que me fuera a la

residencia. Ni siquiera quería ser él quien me llevase. ¿Tan enfadado estaría

conmigo por la pelea con Chase? Se me cerró la garganta, así que asentí y

agarré mi bolsa.

—Por favor, ¿puedes llevarme a un hotel? —le pedí a Derek cuando me

metí en su coche.

—¿A un hotel? ¿No quieres ir a la residencia?

—No. Konrad va a quedarse con Bree esta noche. Llévame a un hotel.

Apretó los labios, pero no dijo nada hasta que estuvimos en la entrada del

hotel más cercano.

—No seas demasiado dura con Brandon, ¿de acuerdo? Intenta

perdonarlo. Se siente muy mal por hacerte esto.

¿Qué? ¿Por hacerme qué? Dios mío, ¿iba a romper conmigo? No le había

pedido que se peleara con Chase, estaba decidida a encargarme de la

situación yo sola. Se me llenaron los ojos de lágrimas y ni siquiera pude

darle las gracias a Derek por llevarme, temiendo que, si abría la boca,

empezaría a sollozar.

Derek se bajó del coche y me acompañó hasta el mostrador de recepción.

Yo seguía sin poder hablar, así que le dijo a la recepcionista que necesitaba una habitación para pasar la noche. Cuando ella pidió una tarjeta, él sacó su

cartera. Le agarré del brazo, negué con la cabeza y las lágrimas empezaron

a brotar.

—No puedo creer que esté a punto de dejarte aquí sola, princesa. Al

menos concédeme la tranquilidad de saber que no te he hecho pagar por una

habitación por lo que ha ocurrido —le entregó la tarjeta a la mujer, que

estaba lanzándole cuchillos con la mirada. Cuando tuve la tarjeta llave en

mi poder, me dio un abrazo y se apartó—. Si necesitas algo, díselo a

cualquiera.

Oí que la mujer murmuraba «imbécil» en voz baja cuando Derek salió

por la puerta. Cuando me metí en el ascensor me di cuenta de la impresión

que debía de haberle causado. Entre mis lágrimas y lo que él había dicho,

debía de parecer un mal tío. El pobre Derek.

En cuanto llegué a la habitación, me acurruqué sobre la enorme cama y

dejé que se me rompiera nuevamente el corazón por el hombre al que creía

que siempre amaría. Me llamó una hora después, pero ya estaba devastada

con lo que sabía que me iba a decir, así que ignoré la llamada y apagué el

teléfono. Tal vez así interpretara que yo ya era consciente de que no me

deseaba.

Los golpes me despertaron tiempo después y al principio me asusté

porque no sabía dónde estaba. Volvieron a sonar los golpes y miré hacia la

puerta. No tenía ni idea de qué hora era, pero Brandon había llamado justo

antes de las diez, así que sabía que sería muy tarde. ¿Sería algún borracho

intentando entrar en la que pensaba que era su habitación?

—Harper, cariño, abre la puerta.

Abrí más los ojos y me levanté de la cama. Dios, debería haber

respondido al teléfono. Romper por teléfono habría sido mucho más fácil

que cara a cara. Tomé aliento, quité el cerrojo a la puerta y la abrí.

Brandon entró, me estrechó entre sus brazos y me besó.

—¿Qué diablos estás haciendo aquí, cariño?

¿Yo? ¿Qué estaba haciendo él, y por qué me besaba?

—Estaba volviéndome loco. ¿Por qué has apagado el teléfono?

—No… no quería hablar contigo.

Apartó los brazos y se puso serio.

—No podía soportar que rompieras conmigo.

—Espera, ¿qué? ¿Romper contigo? ¿Por qué demonios iba a romper

contigo?

Me quedé pensando unos segundos intentando recordar todo lo que

habían dicho Derek y él.

—Porque… ¿es que no…? ¿No era por eso por lo que querías que me

fuera?

—¡No! —se inclinó y me rodeó la cara con las manos—. Pensaba que te

había asustado con la pelea, pensaba que querías alejarte de mí.

Dejé escapar un sollozo y las lágrimas comenzaron a resbalar de nuevo

por mis mejillas mientras negaba con la cabeza.

—Cariño —volvió a estrecharme entre sus brazos—, ¿estás loca? ¿Cómo

puedes pensar que no quiero estar contigo? Al ver tu cara en la habitación,

estabas aterrorizada y odiaba que hubieras visto aquello. No debería haber

perdido así los nervios delante de ti.

—Entonces, ¿no vamos a romper?

—Dios, no.

Me sentí tremendamente aliviada.

—Sí que estaba asustada en tu habitación, pero porque pensaba que

estabas enfadado conmigo. Pensaba que estabas enfadado por haberte

metido en otra pelea por mi culpa. Y ha sido horrible que se metieran todos.

—Harper, me enfrentaría a cualquiera por ti —me dio un beso y se

acercó a la puerta—. Enseguida vuelvo, ¿de acuerdo?

—Antes de que yo pudiera decir nada, salió por la puerta y se alejó

corriendo por el pasillo. Cuando regresó, algunos minutos más tarde, me

tomó en brazos y, sin dejar de besarme, me tumbó sobre la cama.

—¿Dónde has ido? —le pregunté casi sin aliento cuando empezó a

recorrer mi mandíbula con los labios.

—He reservado la habitación hasta el domingo por la mañana —sonrió

con picardía y yo me apresuré a quitarle la camiseta.

 

—Princesa, deja de caminar y háblame.

—¿Para qué? ¿Para que puedas decirme otra vez lo puta que crees que

soy?

—No lo creo —soltó un sonido mitad gruñido mitad suspiro—. No creo

que seas una puta. Es que me pillaste en un mal día.

—Déjame adivinar, Chase. Me hiciste daño porque estabas muy

enfadado, ¿verdad? —le lancé a la cara su misma frase de hacía un mes y se

quedó pálido.

Levantó el brazo, me apartó el pelo de la cara y lo mantuvo agarrado

mientras me miraba a los ojos.

—Por esto es por lo que te dije que nunca sería lo suficientemente bueno

para ti, porque no paro de hacerte daño, princesa.

—Esto no se trata de que seas o no suficientemente bueno para mí. Solo

quiero ser tu amiga, pero haces que resulte imposible.

—Amiga —murmuró él en voz baja mientras se rascaba la cabeza antes

de agarrarse un mechón de pelo—. Vale, de acuerdo, somos amigos. Pero

necesito que dejes de acercarte a mí en mi casa y en la facultad.

—¿Qué? Así es como hemos estado las últimas tres semanas, eso no

cambia nada.

—Tiene que ser así —soltó su pelo y el mío al mismo tiempo y se volvió

un instante antes de mirarme de nuevo—. Los domingos son el único día en

que te tengo. Son los únicos días en los que estás conmigo —yo abrí la

boca, pero me detuvo—. No, ya sé que no estás allí por mí… pero estás. Y

él no está —dobló las rodillas para estar a la misma altura—. Necesito esos

días contigo, Harper. Pero los demás días eres de él y entonces no es buena

idea que estemos cerca. Así que mantente alejada, por favor.

—Chase…

—Si crees que actuar como si no existieras no es lo más difícil que he

hecho nunca, te equivocas. No soporto no hablar contigo, no soporto no

discutir como una pareja de ancianos que lleva casada muchos años y no

soporto no poder pasar todos los días junto a ti. Pero así ha de ser. Brandon

me odia y, princesa, confía en mí cuando te digo que tiene motivos. Así

que, si después de todo lo que te he hecho, sigues queriendo ser mi amiga,

tendrá que ser solo los domingos.

—A Brandon le dará igual que seamos amigos —de acuerdo, no estaba

del todo segura de que eso fuese cierto.

Chase sonrió y negó con la cabeza.

—Sé que no eres tan ingenua. Ahora vete a comer con mi madre y con

Bree y después vuelve aquí para que pueda pasar contigo esas horas

robadas.

Caminé hacia la entrada, pero me detuve a los pocos metros.

—Chase.

—¿Sí, princesa?

Miré por encima del hombro y le aguanté la mirada.

—Por favor, ¿vas a dejar de hacerme daño… en todos los sentidos?

Él recorrió la distancia que nos separaba y me dio un fuerte abrazo.

—Vete a comer, cariño.

Eso no era un «sí», ni un «no». Pero no pensaba seguir insistiendo.

 

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