Arriésgate

Molly Mcadams · Capítulo 2 de 23

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Arriésgate

Capítulo 2

 

Abrí los ojos de golpe a la mañana siguiente cuando sentí que algo me

apretaba. Miré hacia abajo, vi los tatuajes en el antebrazo musculoso que

me rodeaba la cintura y solté un grito ahogado al recordar que había pasado

la noche en la cama de Chase. Me zafé de su brazo y me levanté de la cama

con tanta rapidez que la cabeza me dio vueltas. Se me aceleró de nuevo el

corazón al ver el cuerpo de Chase sin camiseta. Sus tatuajes se expandían

por sus hombros y, por alguna razón, deseé recorrerlos con los dedos y

extender las manos sobre ese pecho y esos abdominales tan bien definidos.

Dios, aquel hombre estaba buenísimo.

Chase se incorporó blasfemando hasta darse cuenta de quién era yo.

—¡Dios, princesa! Casi me da un ataque al corazón. Pensé que estaba

aquí con una chica —volvió a dejarse caer sobre la almohada y se pasó las

manos por la cara.

Eso me devolvió a la realidad.

—¿Chase?

—¿Mmm?

—Siento que no te hayas dado cuenta, pero soy una chica.

Se quitó las manos de la cara, me miró con el ceño fruncido y después

recorrió mi cuerpo lentamente con la mirada. Tenía las mejillas encendidas

para cuando volvió a mirarme a la cara.

—Me di cuenta anoche, confía en mí —mi cara de interrogación debió de

provocar el resto de su respuesta—. Quería decir que pensaba que había

permitido a una chica pasar la noche conmigo.

—¿Eh…?

—Alguien con quien me había acostado, princesa. Pensé que me había

tirado a una tía y le había permitido quedarse aquí.

—Ah.

Resopló.

—Perdona, ¿eso es demasiado para tus oídos de mojigata?

—No, pero no entiendo por qué iba a ser eso algo malo.

Suspiró profundamente, se incorporó sobre uno de sus codos y me miró

directamente a los ojos.

—A las chicas a las que me tiro no se les permite venir a mi habitación, y

mucho menos quedarse a dormir. Este es el único lugar que es mío y no

pienso compartirlo con ellas.

—¿Así que te acuestas con mujeres y después las obligas a marcharse?

—ni siquiera quería preguntarle dónde se acostaba con ellas.

—No, me follo a mujeres… y después las obligo a marcharse.

Negué con la cabeza y me dirigí hacia la puerta.

—Eres un cerdo.

Soltó una carcajada irónica y me vio marcharme.

Cuando salí al salón, vi a Breanna sentada a la mesa de la cocina con uno

de los chicos de la casa. En cuanto me vieron, dejaron de hablar. Pensaba

que no podía sentirme todavía más incómoda.

Bree me miró avergonzada, se levantó de la silla y me arrastró hacia el

salón.

—Harper, lo siento mucho. Brad me lo ha contado todo —se le quebró la

voz al final de la frase—. Te juro que nunca haría nada intencionado para

avergonzarte. Sé que acabamos de conocernos, pero estaba deseando vivir

contigo y no puedo creer que te haya hecho daño nada más conocerte.

—En serio, no importa. He oído historias suficientes y suponía que no

sabías lo que hacías.

—¡Sí que importa! Deberías odiarme.

Asentí y miré hacia Brad, que estaba sonriéndome.

—Bueno, no pienso volver a ver a ninguno de estos chicos nunca más,

así que no tiene sentido hacerte sufrir —le sonreía e intenté quitarle

importancia a la situación.

Aunque aún me sentía humillada, nunca había sido rencorosa y no

pensaba empezar ahora. Había ido a comenzar una nueva vida allí y, aunque

pareciese haber retrocedido cinco pasos, seguía decidida a hacer de aquella

mi mejor experiencia. Con o sin momento embarazoso, tampoco es que

tuviera muchas opciones allí. O dejaba que aquello me afectara y me

escondía de la gente o mantenía la cabeza bien alta y seguía hacia delante.

Bree aún parecía disgustada y empezaba a sentirme incómoda.

—Bueno, al menos la gente no cree que soy una puta.

Eso hizo que sonriera y después soltara una suave carcajada.

—Eres de las que ven el vaso medio lleno, ¿verdad?

—Desde luego.

Me dio un fuerte abrazo antes de volver a su taza de café y dijo:

—Al menos deja que te compre un nuevo conjunto.

—¡Ja! No te detendré. Pero, ¿estás segura de poder hacer eso hoy?

Pensaba que no tendrías cuerpo para nada después de lo de anoche.

—Cariño, siempre tengo cuerpo para ir de compras. Ve a cambiarte. Yo

estaré lista cuando tú lo estés.

Volví a la habitación de Chase y la encontré vacía. Me quité sus

pantalones de baloncesto y me apresuré a volver a ponerme la falda de

Bree. Antes de poder subírmela, se abrió la puerta y entró Chase.

—Es una auténtica pena que no permitas a nadie ver ese cuerpecito tan

sexy.

Me puse roja como un tomate, me subí la falda y me volví para mirarlo.

—Cálmate, no tienes nada que no haya visto antes —ladeó la cabeza y

levantó una ceja, que desapareció bajo su pelo rubio revuelto—. No digo

que no me gustaría ver el tuyo.

—Que te jodan —lo rodeé y me dirigí hacia la puerta.

—¿Eso es una invitación?

—Ni de lejos.

Me agarró de la muñeca, tiró de mí contra su pecho y me acarició la

mandíbula con la nariz.

—Cualquier día de estos, princesa, te lo prometo.

Me di la vuelta para mirarlo con odio una vez más.

—Nunca estaría tan desesperada como para desearte —vale, eso era

mentira; se me había acelerado la respiración solo con sentir su cuerpo

cincelado pegado al mío.

—Ya lo veremos —respondió él con una sonrisa perezosa y sexy.

 

Breanna y yo estábamos tumbadas en nuestras camas en la residencia

después de seis horas de compras en un centro comercial al aire libre. Como

había prometido, le dejé escoger toda mi ropa y me pagó uno de los

conjuntos. Ahora que habíamos acabado, me arrepentía de haberme gastado tanto dinero, pero me había comprado quince camisetas diferentes, cuatro

pares de vaqueros, un par de pantalones cortos y faldas, tres vestidos sexys,

pero muy monos y cinco pares de zapatos. Después nos fuimos a Victoria’s

Secret, donde no paré de sonrojarme mientras ella elegía mis bragas,

sujetadores y pijamas. Nuestro último destino del día fue Sephora, donde

compramos mi propio arsenal de maquillaje después de que Bree jurara

enseñarme a usarlo. Y, para haber comprado todas esas cosas, creo que no

estaba del todo mal. Lo único que mi padre me había permitido hacer

cuando era pequeña había sido trabajar en una de las tiendas de ropa de la

base. Normalmente a los niños de mi edad no se les permitía, pero todos

sabían cuál era nuestra situación, así que empecé a trabajar allí cuando tenía

doce años y ahorré cada centavo.

—Estoy agotada.

—¡Pero ha merecido la pena! Ahora por fin estás preparada para la

universidad.

Al mirar las bolsas de basura donde habíamos metido casi toda mi ropa

vieja me reí y dejé caer la cabeza sobre la almohada.

—Creo que tienes razón.

—Ahora solo tenemos que conseguir que te sientas cómoda estando con

chicos monos y ya está. ¿Cuál es tu tipo?

«Tu hermano», pensé.

—Eh, creo que no tengo un tipo concreto.

—Entonces, ¿no tienes preferencias? ¿Color de pelo, de ojos, de piel?

¿Atlético, friki, músico?

Surfista robusto, con el pelo rubio y revuelto, unos ojos increíblemente

azules, el cuerpo cubierto de tatuajes y la sonrisa más sexy que haya visto

jamás. Uno de esos, por favor.

—No, ninguna. Tendremos que empezar desde cero.

Solo pensar en sus tatuajes hizo que me mordiera el labio y fantaseara de

nuevo con recorrerlos con los dedos. Era justo el tipo de chico que mi padre

no soportaría, así que, claro, me sentía atraída hacia él.

—Eh, Bree.

—¿Sí?

—Hay una cosa que llevo tiempo queriendo… ¿Sabes qué? No importa.

Bree se puso de rodillas sobre la cama y empezó a dar botes.

—¡No, no! Ahora tienes que contármelo. ¿Qué es lo que quieres hacer?

—Bueno, muchas cosas. Pero probablemente sea mala idea hacerlas

todas a la vez. Debería dosificarlas y pensar más en ellas.

—Soy toda oídos, Harper.

Suspiré y me acurruqué contra la pared.

—Quiero hacerme un par de piercings.

—Pff, pensé que ibas a contarme algo más jugoso —era lógico que no le

emocionara, al fin y al cabo llevaba cuatro piercings en cada oreja.

La miré con el ceño fruncido.

—¡De acuerdo, de acuerdo! ¿Qué piercings quieres?

—No sé cómo se llaman. Pero aquí y aquí —me señalé con el dedo el

labio superior y la oreja.

—¡Oh, qué monos! El del labio se llama Monroe y el de la oreja es un

tragus. ¡De hecho yo también quiero hacerme uno en el labio! ¿Quieres que

vayamos juntas un día de estos?

Miré hacia abajo antes de mirarla de reojo.

—¿Y crees que podríamos ir ahora? Llevo dieciocho años sin poder

hacer lo que me apetece y estoy un poco impaciente.

—Harper, creo que vamos a ser muy buenas amigas —sin decir una

palabra más, se levantó de la cama y se dirigió hacia la puerta. Supuse que

eso significaba que nos íbamos.

Me alegré mucho de que ella conociera la zona, porque condujo directa

hasta una tienda de tatuajes y, tras charlar con el tío de los piercings, nos

llevó a su sala a escoger los pendientes antes de que pudiera plantearme que

aquello podría ser una mala idea. Para mi sorpresa, no me puse nerviosa

hasta que estuve sentada en la silla y él estaba haciéndome las marcas con

el rotulador.

—Oh, Dios mío, Breanna, necesito tu mano.

Ella se rio y se acercó a mí.

—No te rías, tú eres la siguiente —con eso se calló.

—De acuerdo, toma aire —dijo el tío—. Y échalo lentamente —tras

terminar de ponerme el de la oreja, abrió otro paquete y se puso con el del

labio—. Toma aire otra vez… y échalo.

Me lloraban los ojos, pero por suerte ya había terminado. Me miré en el

espejo y sonreí. Me encantaban.

—¡Dios, te quedan perfectos! ¡Ahora estoy deseando hacerme los míos!

—Bree también había decidido hacerse el tragus para que ambas nos hiciéramos dos piercings, pero el de la tienda y ella habían acordado que, en

su boca, le quedaría mejor el labio inferior.

Pasados diez minutos ya tenía los suyos. Hice que se comiera sus

palabras cuando me agarró la mano en el último momento y apretó hasta

que pensé que iba a cortarme la circulación para siempre. Pagamos al tipo,

corrimos hasta su coche y nos miramos en los espejos retrovisores antes de

marcharnos.

—¿A tus padres les importará?

—¿Qué? Para nada. ¿Has visto a mi hermano? Les encantan sus tatuajes,

así que esto no les importará. Además, estoy segura de que no lograría que

se enfadaran conmigo ni aunque lo intentara —se rio—. Déjame adivinar, tu

papi se va a cabrear mucho.

—¡Ja! Sí, estoy casi segura de que intentará arrancármelos. ¡Es una

suerte que no vaya a volver a casa hasta dentro de diez meses!

—¿Diez meses? ¿Y qué me dices de las vacaciones de Navidad?

Me encogí de hombros.

—Me quedaré aquí. Tampoco sería muy distinto a estar allí. No pasamos

mucho tiempo juntos si estamos en la misma casa.

—Vaya, Harper, debiste de tener una infancia muy deprimente, ¿verdad?

—En realidad no. Quiero decir que es lo único que he conocido. Pensaba

que era lo normal hasta hace unas semanas, cuando tú y yo empezamos a

escribirnos —creo que tengo que dejar de hablar de mi pasado, porque la

gente siempre parece deprimirse—. Bueno… ¿cenamos?

Sonrió y se giró para mirarme.

—Me has leído el pensamiento. Vamos a por unas hamburguesas. Y

luego podemos quedarnos en mi casa esta noche. Mañana llevaremos mis

cosas a la residencia.

 

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