Arriésgate
Capítulo 11
Ahora que Chase sabía lo del embarazo y se había subido a bordo, todo
era diferente en la casa. Todos estaban felices, Chase pasaba por allí a diario
e incluso consiguió arrastrarme hasta su casa algunas veces para que
pudiera pasar tiempo con los chicos, pero había resultado bastante
incómodo. Brandon había estado allí dos veces y sabía que Chase ya estaba
al corriente. Su expresión al vernos juntos la primera vez me destrozó.
Chase se había preocupado cuando empecé a hiperventilar, pero no le dije
lo que pasaba. La segunda vez había captado la indirecta y solo me llevaba
a la casa cuando sabía que Brandon no estaría allí. Si aquello le disgustaba,
nunca lo mencionó, y desde luego no lo demostró. Creo que se alegraba
tanto de que por fin estuviéramos juntos que nada podía ponerle de mal
humor. Y yo también estaba contenta, de verdad. Quería a Chase y me
encantaba el papel de padre que ya había adoptado. Me enamoraba de él
cada día, pero eso no disminuía el amor que sentía por Brandon. En su
lugar, era como si mi corazón creciera para albergarlos a los dos. Bueno, a
los tres, si tenía en cuenta a mi osito de gominola. Chase no me preguntó
cómo le había contado a Brandon lo ocurrido y, para ser sincera, creo que
no quería saberlo. En el fondo debía de saber que yo seguía queriéndolo, y
probablemente fuese esa la razón por la que me arrastraba en dirección
contraria cada vez que veíamos a Brandon después de aquel segundo
encuentro en la casa. Yo deseaba hablar con Brandon, a solas, para ver
cómo lo llevaba, pero no estaba segura de poder controlar la conversación,
así que seguía disuadiéndome a mí misma.
Acabábamos de entrar en la consulta de la ecografía, Chase no paraba de
sonreir y prácticamente daba saltos de emoción. La doctora Lowdry había
parecido encantada de conocerlo y le había puesto al día de todo lo ocurrido
en las dos primeras consultas, además de informarle sobre lo que cabía
esperar en esa consulta y en las posteriores a lo largo de los meses siguientes. Cuando se apagaron las luces y comenzó la ecografía, entendí al
fin por qué Claire me había dicho que solo querría estar allí con Chase.
Fue… una experiencia extrasensorial. Algo mágico. Prácticamente podía
verse el amor y la alegría que recorría nuestros cuerpos. En vez de cerrar los
ojos para escuchar los latidos, Chase y yo nos quedamos mirándonos
durante un par de minutos, sonriendo y escuchando a nuestro bebé.
—¡No puedo creer la posición tan buena que tiene ahora mismo el bebé!
Es increíble —anunció la doctora Lowdry riéndose mientras pulsaba
algunos botones para sacar fotos—. ¿Queréis saber el sexo del bebé o
preferís que sea una sorpresa?
—Yo ya lo sé —respondí sonriendo a la pantalla. Era inconfundible.
Chase se rio y me apretó la mano con más fuerza.
—Ya te lo dije, cariño. Te dije que sería un niño.
Ambos miramos a la doctora.
—Es un niño, ¿verdad? —pregunté yo. Sí, desde luego parecía un niño,
pero yo no era la profesional.
—Efectivamente, es un niño —dijo ella riéndose de nuevo, y sacó
algunas fotografías más mientras el bebé se giraba ligeramente.
Chase se inclinó sobre mí y me dio un beso.
—Te quiero —susurró contra mis labios, me miró la tripa y después
volvió a mirarme a los ojos—, y también quiero a nuestro bebé, Harper —
me acarició las mejillas con los pulgares y volvió a besarme mientras la
doctora Lowdry encendía las luces.
Nos entregó las fotografías y salimos del edificio. En cuanto llegamos al
aparcamiento, Chase me agarró la mano, me acercó a él y me besó en la
boca. Yo me reí y le rodeé con los brazos cuando me apoyó en su
camioneta.
—¡Ha sido absolutamente asombroso! —exclamó antes de volver a
besarme.
—Que hayan venido ha hecho que fuera muy especial. Las dos últimas
ocasiones solo podía pensar en lo mucho que deseaba que pudieras estar
para experimentarlo conmigo. Siento haber tardado tanto en decírtelo.
Él negó con la cabeza y me abrió la puerta.
—Hoy nada de «lo siento». Te quiero y vamos a tener un hijo. Hoy solo
puede ser un día de «te quiero».
Sonreí y me metí en la camioneta sintiéndome feliz. Nos detuvimos a
comprar algo de comer y después nos dirigimos hacia casa, pero me
sorprendió que Chase se metiera en un concesionario de Ford.
—Eh…
—He estado pensando —dijo él con una sonrisa pícara—. Pronto
necesitarás tu propio coche, y resulta que sé que quieres un Expedition.
—Chase…
—Puede que haya pedido que traigan uno a este concesionario.
—No puede ser —me quedé con la boca abierta y miré por la ventanilla.
—He dicho que puede —dijo él encogiéndose de hombros—. No he
dicho que lo haya hecho.
Le di un golpe en el brazo, me bajé de la camioneta y él se reunió
conmigo en el lado del copiloto para estrecharme entre sus brazos.
—¿Hablas en serio?
—Claro que sí —respondió antes de darme un beso en el cuello—. Pero
podemos echar un vistazo por si prefieres otra cosa.
—¡Cariño! —exclamé, aunque contuve la emoción—. No puedo
comprarme un coche —bueno, eso no era del todo cierto. Había trabajado
casi cuarenta horas a la semana casi todas las semanas durante seis años y
lo había ahorrado todo hasta que me mudé a California, e incluso entonces
Brandon había insistido casi siempre en pagar lo que quería comprar.
Seguía conservando el noventa y ocho por ciento de mis ahorros. Aunque
mi padre me hubiera cerrado el grifo, yo podría haber terminado de pagar la
universidad con lo que me quedaba, pero iba a tener un bebé y ya no
trabajaba. Necesitaba ahorrar todo lo posible para mantener al bebé y para
comprar una casa. Aunque Chase no sabía cuánto tenía; al igual que a
Brandon, no me gustaba hablar de mi dinero.
—Puede que no, pero juntos podemos.
—¿Quieres comprarlo a medias? —pregunté confusa.
Él se rio y se le iluminaron los ojos.
—No exactamente. Bueno, dímelo si te parece que voy demasiado
deprisa, pero, dado que pienso casarme contigo dentro de poco —arqueó
una ceja para asegurarse de que comprendía lo que eso significaba y yo
tomé aliento—, quería meterte en mi cuenta del banco para que puedas
tener acceso a mi dinero.
—Chase, no necesito que hagas eso y no necesito que me compres un
coche.
—Lo sé, princesa, pero quiero que tengas acceso a él. Yo gano un buen
sueldo en la tienda, pero a Bree y a mí nos dieron un buen pellizco cuando
murieron los padres de mi padre. Así que tengo más que suficiente ahorrado
para cuidar de los tres y para comprarte un coche. No es para tanto.
Me mordí el labio y cambié el peso de un pie al otro.
—Sé que deseas hacerlo y, para ser sincera, me emociona que quieras
compartir todo eso conmigo. Pero lo que quiero decir es que realmente no
necesito que lo hagas. Si vamos a compartir tu cuenta bancaria, entonces
deberíamos compartir también la mía.
—Harper, no es necesario —sonrió y me estrechó entre sus brazos, pero
palideció cuando le susurré lo que tenía ahorrado—. ¿En serio? ¿Solo de
trabajar en la base? —asentí y él dejó escapar un silbido—. Madre mía,
cariño. Eso es fantástico. Si quieres sumarlo a nuestros ahorros, me parece
bien. Pero preferiría no tocar ese dinero. Podemos ahorrarlo para
emergencias. Deja que cuide de ti.
—De acuerdo —le di un beso y suspiré entre sus brazos.
—¿Estás preparada para ir a buscar un coche?
Sonreí y di un paso atrás.
—¡No! No me hace falta buscar. ¡Sé que quiero el Expedition!
Chase se rio y me condujo hacia el interior del concesionario. Tras hablar
con un par de personas, trajeron mi coche y yo intenté no gritar. Era negro,
con los embellecedores negros y con asientos de cuero negros. Me
encantaba aquel coche. Chase me dejó probarlo y yo daba saltos de alegría
mientras rellenábamos los papeles. Me quedé con la boca abierta cuando
Chase lo pagó al contado allí mismo. Sabía que tenía más dinero que yo,
pero pagarlo así me parecía una locura. Incluso el tipo que nos dio a firmar
los documentos arqueó una ceja cuando Chase dijo que lo pagaría todo ese
mismo día. Cuando por fin terminamos, fuimos al banco cada uno en
nuestro coche para que Chase pudiera meterme en su cuenta y yo pudiera
sumar mis ahorros a los suyos. Por suerte ya éramos clientes del mismo
banco, así que no tardamos mucho, pero pensé que me iba a dar un ataque
cuando vi todo el dinero que teníamos entre los dos. No había razón para
que una pareja de veintidós y diecinueve años a punto de tener un bebé y
estudiando en la universidad tuviese tanto dinero. La mayoría de parejas casadas de cincuenta años no tenían tanto dinero. Ahora entendía por qué
Bree me compraba bolsos de marca como si no fuera gran cosa. Porque, al
parecer, no lo era.
Volvimos a casa de papá y mamá y, tras mostrarles a todos mi nuevo
coche, nos sentamos a cenar y les contamos las novedades de la consulta en
el ginecólogo. A todos les hizo una ilusión tremenda y sacamos allí mismo
el libro de nombres para empezar a buscar. Resaltamos aquellos que nos
gustaban y nos reímos de los nombres hipsters más ridículos. Una hora
después de la cena, Chase se inclinó por encima del respaldo del sofá y me
rodeó con los brazos.
—¿Puedes hacerme un favor? —me susurró al oído, y se me puso la piel
de gallina solo con oír su voz.
—Lo que quieras —murmuré ladeando la cabeza para que pudiera
besarme el cuello.
—Ve a hacer una maleta para unas pocas noches y reúnete conmigo aquí
dentro de diez minutos —deslizó los labios hacia mi oreja y su voz se
volvió sexy y aterciopelada—. No necesitarás mucha ropa.
Se me encendieron de inmediato las mejillas.
—¿Vamos a tu casa? —me incomodaba ligeramente. No nos habíamos
tocado en ese sentido desde el fin de semana que me quedé embarazada y
prefería no hacer nada en una casa en la que estuviera mi exnovio.
—No, pero es una sorpresa. No puedo decírtelo.
—Tú y tus sorpresas —me reí y puse los ojos en blanco—. De acuerdo,
estaré lista en diez minutos.
Corrí escaleras arriba, agarré una bolsa de viaje y metí algunas cosas de
baño y muy poca ropa. Y cuando digo «muy poca» me refiero a que solo
llevé un conjunto extra y un pijama, aunque sabía que no lo usaría. En siete
minutos estaba ya en la camioneta de Chase. Condujo durante un buen rato,
pero el tiempo pasó volando mientras hablábamos de las cosas que
habíamos planeado para el futuro de nuestro hijo. Me quedé con la boca
abierta cuando aparcó frente a una preciosa posada en Dana Point.
—Dios mío —susurré mientras bajaba del coche—. Chase, no sé cómo
vas a poder superar este día. Primero descubrimos que vamos a tener un
niño, luego me compras un coche, unimos nuestras cuentas bancarias, ¿y
ahora esto?
—Te prometo que siempre intentaré superar esto, pero quería que hoy
fuese perfecto —agarró nuestro equipaje y yo lo seguí. Cuando llegamos a
nuestra habitación, me estrechó entre sus brazos y me miró a los ojos—. Sé
lo que te dije antes, pero no creas que tenemos que hacer algo este fin de
semana. Solo quería pasar tres noches a solas contigo. No espero nada.
—Ya sé que no, pero yo también deseo esto, Chase —le agarré del
dobladillo de la camiseta, tiré hacia arriba y dejé que él terminara de
quitársela. Cuando cayó al suelo, deslicé los dedos por su torso y por su
abdomen y los coloqué en la cintura de sus vaqueros. Comencé a
desabrochárselos, pero me detuvo.
—¿Estás segura, Harper?
Me reí y me señalé la tripa.
—Eh…
—El hecho de que vayamos a tener un bebé no significa que tengamos
que hacer nada.
—Chase, no me refería a eso. Pero sí, estoy segura. Ahora no intentes
detenerme y deja que te ame.
Se rio y acercó mi cara a la suya antes de apartarse y dejarme terminar de
desnudarlo. Cuando acabé, empezó a desnudarme él a mí muy despacio. Ya
estaba tremendamente excitada antes de que me quitara los pantalones. Nos
quedamos allí mirándonos, completamente desnudos, sin tocarnos, hasta
que él se agachó para darme un beso en la tripa, después en el tatuaje y
finalmente levantarse para besarme en la boca. Me tomó en brazos, me
tumbó sobre la cama y se colocó encima para poder seguir explorándonos
con los labios y con las manos hasta que acabamos con la respiración
entrecortada y yo le rogué que me poseyera. Fue lento y apasionado, justo
como lo recordaba de las dos primeras veces.
El resto del fin de semana fue asombroso, y no solo un festín de amor,
aunque es cierto que nos dejamos llevar por completo un par de veces cada
día cuando los besos se volvían intensos y eso nos llevaba a más. Pero
pasamos la mayor parte del tiempo abrazados, hablando de todo. Desde los
días que habíamos pasado separados, antes y después del fin de semana de
enero, hasta los días que llevábamos juntos, pasando por lo que deseábamos
hacer en el futuro. Cuando llegó la mañana del domingo y solo nos
quedaban unas pocas horas, yo me entristecí, porque no estaba preparada
para que se acabara aquello.
—Podemos hacerlo todos los fines de semana si quieres —me dijo antes
de darme un beso en la coronilla y deslizar los dedos por mi pelo.
—Es tentador, pero entonces perdería su atractivo. No sería una escapada
romántica de fin de semana; serían simplemente nuestros fines de semana.
—Cierto. Pero no estoy preparado aún para que se acabe.
Dejé escapar el aliento y me metí en la cama para poder mirarlo a los
ojos.
—Yo tampoco, pero tenemos que volver al mundo real.
—Bueno, pero todavía no. Aún nos quedan unas horas —sonrió y me
tumbó boca arriba—. Estoy seguro de que se nos ocurrirá algo que hacer en
ese tiempo.
Tomé aire cuando comenzó a bajar con los labios desde mi cuello hasta
mi vientre. Me dobló una pierna y deslizó las manos lentamente por la cara
interna del muslo antes de hacer lo mismo con la otra. Volvió a subir hasta
mis labios, unió su cuerpo al mío y emitió un gemido ahogado. Me puso
una mano en la espalda y me acercó más a él mientras nos movíamos,
disfrutando de la última vez que tendríamos ese tipo de intimidad durante
algún tiempo. Cuando terminamos, nos quedamos abrazados,
susurrándonos nuestro amor antes de abandonar la cama y hacer las maletas
para marcharnos.
—Ey, princesa, ¿puedes pasarte por la tienda?
Miré el reloj y apreté los labios.
—Voy a cenar con Bree en poco más de una hora, pero puedo pasarme un
momento por allí. ¿Necesitas algo?
—Solo tu presencia. Brian está enfadado porque no vienes por aquí. Y
tenemos una nueva tatuadora que quiere conocerte después de todo lo que
le hemos contado sobre ti.
—¡Pero si estuve la semana pasada! —ambos nos reímos mientras
hablábamos por teléfono. Brian era otro tatuador al que había conocido
cuando Chase y yo nos hicimos pareja. Nada más verme había decidido que
el bebé era suyo y que Chase estaba muy confundido. Era uno de sus
mejores amigos allí y, tras conocer a su despampanante esposa, Marissa,
habíamos salido los cuatro en varias ocasiones. Incluso Marissa preguntaba
cómo iba el bebé—. Salgo ahora mismo. Te veo enseguida.
—Te quiero.
—Yo también te quiero, Chase.
Me puse rígida al ver a una mujer sentada en el mostrador de Chase,
riéndose con él, con la mano en su brazo y rozándole la pierna cada vez que
la movía. Chase me vio y se le iluminó la cara como si estuviese mirando a
la persona más asombrosa del mundo. Me quedé confusa al ver que no
reaccionaba como si le hubiera pillado con las manos en la masa.
—¡Ven aquí, cariño! —cuando me acerqué me rodeó con los brazos y me
besó antes de girarme hacia la mujer—. Harper, esta es Trish. Trish, esta es
mi preciosa Harper.
—Encantada de conocerte, Trish —le ofrecí la mano, pero ella se negó a
responder y a estrechármela. Me miró descaradamente de arriba abajo con
una expresión de suficiencia—. O no —murmuré dejando caer la mano. Me
recordó al día en que Chase había conocido a Carter, salvo que Chase ni
siquiera se había cerciorado de lo que pasaba, porque estaba hablando con
Jeff. Miré a Trish una última vez antes de darme la vuelta para unirme a la
conversación de los chicos.
Si hubiera tenido que adivinarlo, habría dicho que la mujer tenía
veintitantos años y era increíblemente guapa. Parecía una pin-up tatuada y,
aunque no hubiera tocado a Chase, me hacía sentir incómoda. Terminé de
abrazar a Jeff y oí una voz estridente que gritaba desde la trastienda.
—¿Por fin puedo ver a mi futura mamá?
Chase y yo nos reímos y Brian me dio un abrazo y un beso en la mejilla.
—¿Dónde te habías metido? ¿Ahora no me vas a dejar ver a mi hijo?
Yo me acaricié la tripa y sonreí.
—Nunca haría algo así. ¿Por qué te crees que estamos aquí?
—¿Qué pasa, pequeño BJ? —dijo Brian acariciándome la barriga antes
de darle un golpe cariñoso a Chase en el brazo.
—Eh… ¿BJ? —pregunté con una ceja levantada.
—Sí. Brian Junior. Le llamaremos así.
Chase, Jeff y yo nos reímos.
—¿Se lo has preguntado a Marissa? Estoy segura de que no necesita a
otro Brian al que cuidar —bromeó Chase, y pegó mi espalda a su pecho
para poder rodearme con los brazos y besarme el cuello.
«Punto para mí, Barbie Pin-up», pensé.
Estuvimos los cuatro hablando unos minutos hasta que entraron clientes
para Brian y Chase. Me di la vuelta y vi que Trish seguía sentada en el
mostrador de Chase.
Yo tenía que irme de todos modos, así que me acerqué e intenté ser
amable.
—Bueno, ha sido un placer conocerte. Ya nos veremos por aquí —le
ofrecí la mano y, una vez más, ella la rechazó.
—Me aseguraré de cuidar de tu novio cuando tú no estés por aquí —se
enderezó y su sonrisa se volvió auténtica—. Ey, tío, ¡menuda chica tienes!
—¿A que sí? ¿Vas a quedarte a mirar, cariño?
Apreté los dientes y me volví para mirar a Chase.
—No. He quedado con Bree. Nos vemos en casa.
—De acuerdo. Te acompaño fuera —su cliente seguía mirando un libro
de diseños, así que me rodeó con el brazo y me llevó a la calle—. Gracias
por venir. Todos te echaban de menos.
Yo asentí y saqué mis llaves.
—¿Estás bien?
—No. En realidad no —respiré profundamente—. No me cae bien Trish.
Nunca les había dicho a Chase o a Brandon que no me caía bien una
chica de la que fuesen amigos. Cierto, me habían entrado celos cuando las
chicas se pegaban a Brandon, pero normalmente me contenía. Las fotos de
Amanda habían sido otra historia, pero, en cualquier caso, no era una de
esas novias que les decía que no quería que se relacionasen con ciertas
chicas, porque sabía que yo no les habría hecho caso si me hubieran dicho
que no me relacionase con ciertos chicos. Carter era un buen ejemplo de
ello. No tenía sentido ser así, te hacía parecer insegura, pero no soportaba a
esa mujer.
—¿Qué? Trish es asombrosa. ¿Por qué no te cae bien?
—Puede que sea porque se ha negado a devolverme el saludo, o porque
me ha dicho que va a cuidar de ti cuando yo no esté.
Chase se rio y me abrazó.
—Oh, princesa, está de broma. No tienes nada de lo que preocuparte. Es
lesbiana.
—Te prometo que no lo es.
—Sí que lo es. Me lo dijo ayer.
—De acuerdo, Chase —negué con la cabeza y le devolví el abrazo. ¿De
verdad iba a creerse eso? Yo sabía reconocer un flirteo cuando lo veía y
sabía exactamente lo que significaba el comentario de Trish. Si Chase
prefería pensar que era lesbiana, allá él—. En serio, tengo que irme. Te veré
cuando llegues a casa.
Me dio un beso y se apartó lo justo para mirarme a los ojos.
—Alégrate, cariño. Yo también te quiero.
Fui murmurando para mis adentros durante todo el camino hasta
encontrarme con Bree y, tras contarle punto por punto lo ocurrido, declaró
que la pin-up era una perra y dijo que tendríamos que pasarnos por allí otro
día para ver si volvía a hacerlo. Yo sonreí abiertamente. Mi amiga siempre
me respaldaba. Estaba intentando no atragantarme con el té helado,
riéndome mientras escuchaba a Bree decir que iba a darle una paliza a
Trish, cuando Derek, Zach y Brandon entraron en la cafetería.
Pidieron la comida y, al vernos, se acercaron a saludar. Zach y Derek nos
dieron un abrazo, pero Brandon se quedó a un lado sin decir nada. No
parecía grosero, solo hacía falta mirarle a la cara para entender por qué no
se sumaba a la conversación. En sus ojos se veía tanto dolor y tanto anhelo
que no pude evitar mirarlos. Era como un accidente de tren que no querías
mirar, pero no podías apartar la vista. Abrió la boca, pero volvió a cerrarla,
se acercó al mostrador donde ponían los pedidos para llevar, agarró la
comida y se marchó. Derek me dirigió una sonrisa triste y me dio un beso
en la coronilla antes de sacar a Zach de la cafetería.
—Aún le quieres —afirmó Bree cuando nos quedamos solas.
Yo la miré con miedo a que se enfadara conmigo, pero estiró el brazo por
encima de la mesa y me estrechó la mano.
—No pasa nada, Harper. Nadie esperaba que fueses a desenamorarte de
él. Es una situación difícil.
—No soporto lo que he hecho, Bree.
Ella asintió y me apretó la mano.
—¿Aún le quieres tanto como antes de romper?
Podría haberle mentido, pero se habría dado cuenta y además no se
merecía más mentiras.
—Más. Mucho más.
—También quieres a Chase, ¿verdad? —asentí y se inclinó hacia delante
—. ¿Y eres feliz con él?
—Lo soy, Bree. No sé cómo explicar lo encontradas que son mis
emociones.
—No tienes por qué hacerlo, amiga. Creo que empiezo a entenderlo y
siento que estés pasando por ello. Te has metido en un buen lío, pero lo
estás llevando lo mejor que puedes —abrí la boca, pero ella me detuvo—.
Sé que quieres a Chase y que no estás utilizándolo. No me hacía falta
preguntarlo para estar segura, solo intentaba ver tu reacción. Sé que serás
feliz con mi hermano y lo querrás mejor de lo que podría quererlo nadie.
Pero entiendo que nunca superarás lo de Brandon. Todos lo entendemos,
incluido Chase. La gente se enamora y se desenamora a todas horas y a
veces las personas tienen numerosos amores a lo largo de sus vidas. Pero tú
tienes dos amores épicos y da igual con quién estuvieras, porque no creo
que pudieras olvidarte del otro.
—¿Crees que soy una persona horrible? —porque yo desde luego me
sentía así.
—En absoluto. Y tú tampoco deberías —me miró con una ceja levantada.
Me conocía tan bien…
La noche siguiente estábamos sentados en torno a la mesa de la cocina,
tomando fruta y escuchando a Bree contar la historia de una loca a la que se
había encontrado en el centro mientras estaba con Konrad. Chase se rio a
carcajadas y, cuando le preguntó a su hermana si le había dado dinero a la
indigente bailarina, yo noté algo extraño. Me quedé de piedra y me miré la
tripa.
—¿Me tomas el pelo? ¡Claro que sí! Esa mujer era divertidísima,
teníamos que darle dinero —Bree se bajó de su silla e intentó recrear el
baile.
Chase se rio y de nuevo volví a notar algo extraño. Otra vez me quedé de
piedra y miré hacia abajo antes de mirar a los demás. No sabía por qué
pensaba que serían conscientes de todo lo que ocurriera en mi interior, pero
nadie me miraba. Yo me había quedado mirándome la tripa y apenas
prestaba atención a lo que estaba diciendo Robert. En cuanto Chase
comenzó a hablar, noté dos cosas, solté un grito ahogado y le agarré la
mano a Chase.
—¿Estás bien? —me preguntaron todos al unísono.
—Di algo, Chase —susurré con la mirada puesta en mi camiseta.
Él se inclinó e intentó mirarme a la cara.
—Cariño, ¿qué sucede?
Tomé aliento y empecé a reírme.
—¡Está dando patadas! ¡Da patadas cada vez que hablas!
Chase se levantó de la silla, se arrodilló y me cubrió la tripa con las
manos. Se acercó a la barriga y comenzó a hablar lentamente. Sentí otra
patada cuando Chase apartó la cabeza y me miró asombrado.
—¡Dios mío! —volvió a acercar la cara a mi tripa y siguió hablando y
riéndose cada vez que sentía una patada.
Todos se turnaron para ponerme las manos en la tripa y, para cuando
volvió a tocarle el turno a Chase, solo hubo una patada más.
—Creo que se ha dado la vuelta —no sé por qué susurraba, pero Chase
había sido el único en hablar y su voz sonaba tan baja que me resultaba
extraño romper ese silencio—. ¡Ha sido increíble! —me reí cuando Chase
se levantó y me dio un beso largo y lento.
—Lo mismo pienso yo —me susurró antes de volver a besarme.
Cuando se lo contamos a la doctora Lowdry a la mañana siguiente,
arqueó una ceja,
—Un momento, ¿decís que los demás también lo notaron?
—Sí —respondimos a la vez sin dejar de sonreír.
—Perdón, creo que no lo había entendido al principio. Harper,
normalmente las madres sienten al bebé alrededor de la decimoquinta
semana, pero en el caso de las madres primerizas lo normal es no sentir
nada hasta que estás de veinte semanas. Y tú estás justamente en ese punto,
¿verdad? —asentí y continuó—. Así que eso es normal, pero generalmente
los demás no pueden notarlo hasta dos semanas y media después, como
mínimo.
—Oh —miré a Chase y después volví a mirarla a ella—. ¿Y eso es algo
malo?
—No, no. No es nada malo, simplemente es un poco pronto, nada más.
Vamos a hacer una ecografía para medirlo —cuando entramos a la sala,
tomó las medidas y después volvió a tomarlas—. Tu bebé mide unos
diecinueve centímetros, más cerca de los veinte.
—De acuerdo —yo no sabía si eso era normal o no.
—Normalmente rondaría los dieciocho a estas alturas, así que parece que
se está desarrollando bastante deprisa. Va casi con dos semanas de adelanto
—la doctora Lowdry se acercó a su ordenador y comprobó algunas cosas—.
En tu última visita medía justo lo que tenía que medir —dijo más para sí
misma.
—No pretendo ser grosero —dijo Chase apretándome la mano—, pero
me está asustando. ¿Es malo que se esté desarrollando más deprisa que la
mayoría de los bebés?
—No, no quiero que penséis eso. Está sano. Lo que significa es que cabe
la posibilidad de que a Harper se le adelante el parto. No me preocupa que
dé a luz demasiado pronto, pero seguiremos monitorizando su crecimiento.
En el peor de los casos tendrá que guardar reposo absoluto dentro de dos
meses, o dará a luz unas semanas antes, lo cual tampoco sería malo,
siempre y cuando haya terminado de desarrollarse. En el mejor de los casos,
saldrá de cuentas en la fecha establecida y tendrá un bebé grande. En
cualquiera de los dos casos, no hay nada de lo que preocuparse.
Ambos respiramos aliviados, le dimos las gracias y regresamos a casa
con las nuevas fotos. Estuvimos un rato ojeando el libro de nombres de
bebé, pero decidimos cerrarlo. Aún teníamos diez nombres que nos
gustaban, pero Chase decía que quería esperar hasta que naciera para
decidir el nombre. Vi una película en sus brazos hasta que tuvo que irse a la
tienda, así que me marché para ir a comprar la cena para todos. Chase no
volvería a casa hasta más o menos las dos de la mañana, así que después de
cenar estuve un rato con Bree, con Claire y con Robert y me quedé dormida
mucho antes de que Chase saliera de trabajar.
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