Banquete de sangre

Tom Holland · Capítulo 13 de 48 · parte 1/3

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Banquete de sangre

principios de setiembre de 1888.

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

No tengo mayor dificultad en reconstruir los hechos que voy a relatar a continuación, pues fueron tan sorprendentes y tuvieron un desenlace tan espectacular que me parece que cualquiera se hubiera dejado impresionar por ellos. Yo, sin embargo, tenía, además, otras razones para intentar recordar aquella aventura en todos sus detalles, pues daba la casualidad de que, por entonces, andaba yo buscando una historia excepcional con la intención de escribir una obra de teatro o, quién sabe, incluso una buena obra en prosa. Pues bien, los acontecimientos que se produjeron a primeros de abril, como tengo que decir sin más tardanza, fueron ciertamente extraordinarios.

El célebre actor de teatro cuyo manager soy yo, el señor Henry Irving, acababa de regresar de una gira por Estados Unidos que le había reportado muchos éxitos. Después de haber conquistado América, trabajaba para recibir, una vez más, el homenaje de Londres en el famoso templo de arte dramático, el Lyceum Theatre. El señor Irving y yo habíamos decidido que la temporada de verano se iniciaría en el Lyceum con la representación de Fausto, una obra sensacional y una de las favoritas, de siempre, del público londinense. No obstante, Fausto no es una obra original, como tampoco lo eran las obras que habíamos programado para el resto de la temporada. El señor Irving era muy consciente de este hecho y en las conversaciones que manteníamos me confesó que se arrepentía de haber escogido aquellas obras para la temporada. Muchas fueron las noches -y muchas siguen siendo, todavía ahora, las noches- en que nos reuníamos y charlábamos, mientras comíamos un buen bistec y bebíamos cerveza negra, de los nuevos papeles que podría interpretar él. En aquellas semanas de principios de abril, no obstante, no habíamos encontrado nada idóneo. Al fin le propuse escribir yo mismo una nueva obra de teatro, comentario que, lamento decirlo, le arrancó una carcajada al señor Irving, que lo calificó de «temible».

Pero su reacción no me arredró, más bien sucedió todo lo contrario: a partir de aquel momento empecé a buscar nuevos temas y, con tal fin, cogí la costumbre de anotar en mi diario acontecimientos o ideas insólitos que se me ocurrían. Es en estas notas, precisamente, en las que me baso ahora para relatar los hechos que paso seguidamente a exponer.

Debo confesar, sin embargo, que permanecí varias semanas sin inspiración. Mi querida esposa estaba por aquellos días enferma; había que sumarle a la crisis doméstica que desencadenan siempre tales situaciones, el agobio que sufre cualquier director de teatro al inicio de una temporada; espero que en semejante estado el fracaso de mis intentos literarios será juzgado con benevolencia. Estaba programado que la temporada empezara el día catorce; a medida que iba acercándose el día, yo era cada vez menos dueño de mi tiempo. Al fin, sin embargo, llegó el día de marras y, como a menudo ocurre en el ojo de un huracán, yo me sentí de pronto completamente tranquilo, tanto que me sorprendió a mí mismo. Estaba sentado en mi despacho, diciéndome que había hecho todo lo que estaba en mis manos y preguntándome, al mismo tiempo, si aquello iba a ser suficiente. Mas únicamente me cabía esperar y desear que las cosas fueran lo mejor posible. Fue entonces cuando me entregaron la tarjeta del doctor Eliot.

Le eché una ojeada. El nombre que figuraba allí escrito no me decía nada, pero era tal mi enervamiento que agradecí aquella distracción que me ofrecía el destino, de modo que pedí que hicieran pasar al doctor Eliot a mi despacho. Era evidente que había estado esperando junto a la puerta, puesto que entró en seguida, como si le apremiara algún asunto urgente. Aunque su carácter decidido saltaba a la vista, sin embargo, también era bien visible su calma y aplomo; a decir verdad, daba la impresión de ser una persona totalmente imperturbable, algo que llamaba la atención en alguien tan joven, pues no podía tener más de treinta años; me hice de inmediato una idea de la autoridad que debía ejercer sobre sus pacientes. Tomó asiento frente a mi escritorio y me miró fijamente a los ojos, como si quisiera taladrar mis pensamientos más íntimos.

–La señorita Lucy Ruthven -me preguntó bruscamente- es una de sus actrices, ¿no es así?

Le repuse que así era.

–Actuará en la representación de Fausto que se estrenará esta noche.

–¿Desempeña un papel principal?

–No, pero tampoco puede decirse que sea un papel insignificante. Es extremadamente joven, doctor Eliot. Es muy meritorio que haya conseguido un papel como el que va a representar.

Me lanzó una mirada astuta.

–¿Admira, pues, su talento?

–Sí, sí -convine-, será una actriz maravillosa.

Me quedé callado y de pronto me ruboricé, pues tuve la impresión de que mi entusiasmo podía interpretarse torcidamente, pero el doctor Eliot no pareció percatarse de mi turbación.

–He de hablar con ella -dijo-. Doy por sentado que no se encuentra aquí, en el teatro, en este momento,

¿me equivoco?

–No -repuse-, no está aquí; no vendrá hasta las cuatro. No obstante, si desea dejarle una nota, lo acompañaré a su camerino.

Eliot inclinó la cabeza.

–Es muy amable de su parte. – Se puso en pie y salimos del despacho; bajamos las escaleras y pasamos por los estrechos pasillos del teatro-. Me ha sido muy difícil localizar a la señorita Ruthven -dijo, andando a grandes zancadas detrás de mí-. Me habían informado de que, legalmente, es la pupila de sir George Mowberley, pero al parecer ha decidido no vivir con él. – Sí -repuse yo-. Pero debe usted comprender que pasó a ser pupila de sir George tras la triste muerte de su hermano. Tal vez estará usted enterado del asesinato del pobre sir Ruthven.

–Sí, sí -se apresuró a responder Eliot, como si no tuviera ningún deseo de hablar sobre aquel tema-.

Pero resulta extraño, ¿verdad? – Prosiguió-, que la señorita Ruthven no viva ahora con sir George Mowberley. ¿Qué edad tiene? – Creo que sólo tiene dieciocho años.

–Entonces tenía usted razón, es muy joven. – Hizo una pausa-. Anoche fui a casa de los Mowberley. Al hablarle yo de la señorita Ruthven, me dio la impresión de que lady Mowberley adoptaba una actitud de frialdad. – Calló un momento y me lanzó una mirada-. Supuse que quizá no mantenían buenas relaciones.

Había dicho esto último en un tono de voz interrogativo y yo meneé la cabeza a modo de contestación.

–Creo que tiene usted razón -repuse-. Es muy probable, me imagino, que lady Mowberley no apruebe la afición de la señorita Ruthven por el teatro.

–Debo confesar -comentó Eliot- que a mí me sorprende su decisión. Yo conocía muy bien a su hermano,

¿comprende? Son de muy buena familia.

–Sí -respondí yo un tanto ofendido- y por eso actúa aquí, en el Lyceum, donde el señor Irving tanto ha hecho por dignificar la profesión de los actores.

–Por favor -se apresuró a decir-, no era mi intención insultar a nadie. Pero debe reconocer, señor Stoker, que no es nada frecuente que una chica de su categoría social desee dedicarse al arte dramático.

–No estoy muy seguro, doctor Eliot. Muchas son las que lo desean, pero pocas tienen la valentía de seguir sus deseos.

Eliot se quedó meditabundo.

–Sí -murmuró al fin-, puede que tenga usted razón.

–Doctor Eliot -le dije-, la señorita Ruthven es una chica con mucho carácter y muy decidida. Casi me atrevería a decir que tiene una personalidad masculina, y, al mismo tiempo, una sensibilidad y una pureza muy femeninas. Y, al igual que hace honor a su apellido, también aporta distinción y prestigio al teatro. No tema por ella, doctor Eliot; es una persona excelente en todos los sentidos.

Eliot hizo, con mucha lentitud, unos movimientos afirmativos de cabeza. Yo volví a ruborizarme y tragué saliva; después me volví y apreté el paso. Eliot me siguió por el pasillo, sin hacer más comentarios.

Cuando vi los camerinos, por fin respiré.

–Ya hemos llegado -dije cogiendo las llaves que guardaba en el bolsillo. Pero en aquel momento me di cuenta de que la puerta del camerino de la señorita Ruthven estaba entornada-. Tiene usted suerte -le comenté-. La señorita Ruthven ya está aquí.

–Qué extraño -repuso Eliot- que prefiera estar a oscuras.

Advertí que tenía mucha razón al hacer aquel comentario, porque la habitación estaba efectivamente a oscuras. Fruncí las cejas y eché una ojeada a las llaves que tenía en la mano. Ninguno de los dos nos atrevimos a entrar. Tuve un extraño presentimiento, no sé exactamente qué fue lo que presentí, tal vez fuera incertidumbre… y, hablando más tarde del hecho con Eliot, supe que él había sentido lo mismo.

Observé que sus mejillas cetrinas estaban tenuemente sonrojadas. Me lanzó una mirada y se colocó detrás de la puerta.

–Lucy -dijo golpeándola con suavidad con los nudillos-. ¡Lucy! – Abrió la puerta despacio y yo entré con él en el camerino. Cogió un quinqué y vi la llamarada de una cerilla. La habitación quedó bañada en una débil luz anaranjada. Eliot sostuvo en alto el quinqué y se quedó mirando fijamente algo que había a mis espaldas, con el semblante ensombrecido. Yo me volví y di un respingo, pues en la silla había un hombre sentado. Era joven y muy hermoso, de tez delicada y pelo negro y ensortijado. Tenía los ojos cerrados; estaba hasta tal punto inmóvil y su tez estaba hasta tal punto pálida que, de no haber sido por la ligerísima dilatación de las alas de la nariz, como si aquel hombre estuviera aspirando un olor que lo transportaba, hubiera dicho que me hallaba frente a un cadáver. Muy lentamente, el joven abrió los ojos.

Unos ojos Fulgurantes. Yo sentí que su mirada me hipnotizaba; me recordó un poco la mirada de Henry Irving, aunque era más fría y turbadora, pues parecía expresar una profunda desesperación y una altivez que ningún actor es capaz de fingir. Él debió de percatarse de mi confusión, pues sus labios carnosos y rojos esbozaron una sonrisa y se levantó con languidez. Iba impecablemente vestido, con ropas elegantes y de un corte perfecto. Llevaba una larga capa.

–Me temo haberlos asustado -dijo-. Permítanme disculparme. – Su voz era melodiosa e hipnotizante, al igual que sus ojos-. He venido a ver a mi prima -nos comunicó al tendernos la mano-. Me llamo Ruthven, lord Ruthven. – Al estrechar su mano, advertí que estaba helada.

–Es un gran placer conocerlo -le dijo Eliot al estrecharle la mano a su vez-. Yo era amigo de Arthur, su primo. El semblante de lord Ruthven se ensombreció. – No lo conocí -murmuró al fin-. Murió, ¿verdad? –

En circunstancias muy lamentables -respondió Eliot. – Sí -dijo lord Ruthven-, eso me dijeron. – Entornó los

ojos y se encogió levemente de hombros-. He vivido toda mi vida en el extranjero. Hace muy poco que he regresado a Inglaterra. Quien ha viajado mucho, tiene un privilegio y es que no le une nada a sus familiares. Y, sin embargo, a veces -echó una mirada por el camerino-, incluso sus familiares pueden sorprenderlo. Por ejemplo -prosiguió, cogiendo un sobre que había encima del escritorio-, de pronto me encuentro con que tengo una actriz en mi familia. ¡Eso es más que sorprendente! ¡Es absolutamente romántico! – Abrió el sobre y extrajo un programa de teatro que llevaba, según observé, el logotipo del Lyceum, y que lord Ruthven me entregó. Vi que el nombre de la señorita Ruthven estaba subrayado en rojo-. Me lo mandaron hoy.

Eliot levantó la vista, después de haber observado atentamente el programa por encima de mi hombro.

–¿De veras? – preguntó-. ¿Y quién se lo mandó?

–No estaba firmado.

–¿Y el sobre? ¿Había escrito algo en él?

Lord Ruthven alzó una ceja.

–No -dijo hablando con mucha lentitud-. Me lo dejaron en el club. – Sonrió casi imperceptiblemente-. ¿A qué viene su interés, señor?

Eliot se encogió de hombros.

–Me preguntaba sólo quién podía haberlo enviado, eso es todo.

–Pero si no tiene nada de misterioso. Seguro que lo envió la jovencita señorita Ruthven. De hecho -

comentó lord Ruthven dirigiéndose a mí-, ésta es la razón por la cual estoy aquí. He decidido asistir a la representación de esta noche y deseo un palco privado a mi disposición. Tal vez usted, ya que mi prima no se encuentra aquí en este momento, podrá ayudarme.

–Me temo -le respondí- no poder satisfacer su petición, milord. Hoy es el día del estreno de la temporada y no queda ni un solo palco privado libre.

–¿De veras?

Habló con mucha calma y en su tono no se percibía, aparentemente, amenaza alguna; sin embargo, y a pesar de todo, sin saber por qué, de pronto el pánico hizo presa en mí. Alguna oscura fuerza me impulsó a fijar mis ojos en los de él y vi que lord Ruthven me dedicaba una sonrisa burlona. Soy alto y fuerte, y no soy ningún cobarde, o así lo espero, pero de repente me puse a temblar como una hoja. La belleza de lord Ruthven era deslumbrante y, a la vez, era también horrible, como la de una serpiente mortífera y cruel.

Tuve la sensación, casi, de que él me chupaba toda mi fuerza, como si se alimentara de ella. Me enjugué el sudor que me resbalaba por la frente.

–No me cabe ninguna duda -dije al fin en voz queda- de que este problema se podrá solventar.

–Bien -manifestó afablemente lord Ruthven. Cuando se levantó para marcharse, sentí que mi terror se desvanecía. Al acercarse a la puerta, me preguntó-: ¿Dónde dejará mi localidad?

–En la entrada privada, milord. – Le lancé una mirada a Eliot, que estaba sentado a la mesa escribiendo una nota-. Doctor Eliot, podría decirle a la señorita Ruthven que le dejara usted un mensaje también allí.

–¿Doctor Eliot? – La palidez de lord Ruthven pareció iluminarse por un súbito resplandor-. ¿Es así como se llama usted?

–Sí -repuso Eliot arrugando la frente-. ¿Por qué lo pregunta? ¿Le dice algo mi nombre?

Lord Ruthven no contestó; se limitó a sonreír y sólo cuando su sonrisa se hubo desvanecido, se encogió de hombros y se volvió; al pasar rozó uno de los vestidos de la señorita Ruthven. Para gran sorpresa mía, vi que sus mejillas se sonrosaban, que los ojos le fulguraban y que las alas de la nariz se dilataban. Era como si estuviera aspirando un perfume de la tela. Mas cuando se hubo marchado, me acerqué el vestido a la cara y no olí nada. Miré a Eliot y me encogí de hombros.

–Me parece que este hombre está loco -comenté. Eliot no hizo ningún comentario; se quedó mirando fijamente el pasillo por el que acababa de desaparecer lord Ruthven y luego echó insistentes ojeadas al camerino. Frunció las cejas y volvió a la mesa; lo dejé escribiendo; no quería molestarlo y, por otra parte, tenía prisa por volver a mi despacho. Eliot pronto acabó de escribir la nota, que acercó a la luz, como si la examinara; después la dejó apoyada en la lámpara del espejo. Salimos al pasillo y volvimos al teatro en silencio. Le enseñé a Eliot la entrada privada y me marché.

Me olvidé rápidamente de él, pues en cuanto nos hubimos despedido el ajetreo frenético del estreno me absorbió totalmente, y no pude pensar en nada más. No tenía tiempo de reflexionar sobre los curiosos acontecimientos de aquella tarde; eso sí, cuando me encontré a la señorita Ruthven, me pregunté en qué habría quedado con Eliot, mas no me paré a preguntárselo. Una cosa sí sabía yo, sin embargo, y es que Eliot no asistiría a la representación; cuando le pregunté si vendría, me respondió que las obras de teatro no eran lo suyo; añadió que, en realidad, ninguna obra de ficción despertaba su interés.

No obstante, estoy seguro de que el Fausto que se estrenó aquella noche hubiera cautivado incluso a Eliot. Fue un éxito clamoroso; y si el señor Henry Irving y Ellen Terry arrancaron los más sonoros aplausos, los que le dedicaron a la señorita Ruthven no les fueron a la zaga. Fue una revelación, si no para mí, al menos, para el público; al terminar la representación, estaba en boca de todos. En la entrada privada vi a lord Ruthven; me pregunté qué estaría pensando de la actuación de su prima. Estaba hablando con Oscar Wilde, pero cuando pasé junto a él interrumpió la conversación y me sonrió vagamente.

–¡Bram! – Me llamó Wilde al verme-. ¡Caramba! Esta joven actriz, la señorita Ruthven… me han dicho que éste es el primer papel importante que desempeña, ¿es así? ¡No puedo creerlo! Sólo se consigue actuar con esta naturalidad triunfal tras años de práctica y hábiles subterfugios. Hice una reverencia.

–Y a usted, milord -pregunté-, ¿le ha complacido la actuación de su prima?

–Me ha complacido en extremo. – Los ojos le fulguraron mientras asentía con la cabeza-. Ha estado

prodigiosa. Sin embargo, señor Wilde, discrepo de usted. Su naturalidad, cosa rara, no es aprendida, no es una pose. La perderá, naturalmente, pues una chica tan hermosa y tan inteligente como ella pronto empezará a valorar la distinción estudiada por encima de la verdad, pero mientras tanto -añadió con los ojos otra vez fulgurantes- disfrutaremos de sus maravillosas actuaciones. – Hizo una pausa y miró a alguien que yo tenía a mis espaldas-. Hablando de Lucy -murmuró-, he aquí a otro admirador suyo.

Eché una mirada a mí alrededor y vi a Eliot, que subía las escaleras.

–¿Admirador? – pregunté frunciendo las cejas. – Esto es lo que me figuré. – Lord Ruthven sonrió-. ¿Por qué, si no, van los hombres a ver a las actrices?

Cuando volví a mirar a Eliot, arrugué la frente todavía más. Había llegado arriba y estaba inmóvil, claramente indeciso sobre qué puerta escoger para salir. Me excusé ante lord Ruthven y Wilde, y abriéndome paso entre el gentío llegué hasta donde estaba Eliot. Al verme, vino en seguida a saludarme.

–Señor Stoker -me preguntó-, ¿qué camino se me permite tomar?

–¿Para ir al camerino de la señorita Ruthven? – inquirí-. Por aquí. Cruzaremos el escenario.

–No hay necesidad de que me acompañe. Recuerdo por dónde se va.

–No, no -dije yo-, no es ninguna molestia en absoluto.

Eliot se encogió de hombros.

–Es muy amable de su parte.

Lo conduje hasta el escenario.

–Esta noche se ha perdido usted una representación sensacional -comenté, pensando en cómo iba a plantearle lo que quería decirle.

–Esto he oído -repuso. Tras una breve pausa, añadió-: Me imagino que la señorita Ruthven ha cosechado un gran triunfo.

–Sí -dije secamente.

Eliot sonrió.

–Se ha convertido, al parecer, en la gran favorita.

–Sí -volví a decir, esta vez, si cabe, aún más seco; después me quedé callado y, de repente, me paré, mirándolo a la cara-. Doctor Eliot… -empecé.

–¿Sí?

–Creo que debería decirle a usted…

–¿Sí?

–Creo que debería decirle a usted… -Se me trabó la lengua otra vez. Tragué saliva-. La señorita Ruthven está… bueno, se lo diré sin rodeos. La señorita Ruthven está comprometida.

Se me quedó mirando fijamente; poco a poco fue relajando su musculatura facial hasta que su rostro adquirió una expresión risueña.

–Mi querido amigo -declaró, echando a andar por el escenario-, creo que ha interpretado usted mal la naturaleza de mi interés por la señorita Ruthven.

–¿De veras?

–Sí, se lo aseguro. – Soltó una risita-. Mi mente está hecha exclusivamente para pensar y calcular.

Nunca le ha interesado nada del bello sexo. Es como una máquina, vamos. Puede estar usted tranquilo, señor Stoker; no soy ningún rival para nadie. – Me escudriñó con sus ojos todavía risueños-. Pero dígame, si es que puede decirlo, ¿quién es el afortunado?

Fruncí las cejas.

–¿Qué es lo que le ha traído aquí? – pregunté-. ¿Ha venido para ayudarla?

–Si puedo. Pero ¿qué le hace pensar a usted que necesita mi ayuda?

–Porque… -Lancé un suspiro y meneé la cabeza-. Últimamente parece muy preocupada, doctor Eliot; asustada, casi.

–¿De veras? – Sus mejillas volvieron a encenderse por el interés que sin duda le despertaba el tema-. ¿Y

cree usted que hay que achacarlo a su relación amorosa?

–Yo no he dicho eso.

–No, pero lo ha dado a entender. – Esperó; después se encogió de hombros-. Si es algo relevante, la señorita Ruthven sin duda me lo comunicará. Ahora tengo la oportunidad -dijo; y tras una pausa añadió sonriendo-: de descubrirlo.

Hizo este comentario cuando llegamos al camerino, que estaba abierto. Eliot, de todas formas, llamó a la puerta y entró.

–¿Lucy? Espero no molestarte.

La señorita Ruthven, que estaba sentada frente al espejo, casi oculta por los incontables ramos de flores que había, alzó la vista. En aquel momento se estaba ajustando un sombrero en su cabeza dorada de cabellos trenzados. En su rostro de niña, asomaron unos ojos azules asustados como los de un cervatillo; pero, al reconocernos, sus mejillas lozanas se encendieron de puro contento.

–¡Jack Eliot! – susurró-. ¿De verdad eres tú? ¡Jack! – Extendió las manos y el doctor Eliot le besó los dedos enfundados en guantes blancos-. ¡Qué alegría volver a verte! – Se rió-. ¡Después de… de tanto años!

– Dio un paso hacia atrás e hizo una reverencia con exquisita elegancia-. Te debo parecer muy mayor,

¿verdad, Jack?

–Sí, muy mayor -repuso el doctor Eliot-. Una vieja.

La señorita Ruthven se rió y me miró.

–Dése cuenta, señor Stoker, Jack Eliot no me veía desde que yo era una niña con cola de caballo que jugaba todavía con muñecas y a la que le faltaban dientes.

Eliot meneó la cabeza.

–No, no, Lucy, no seas injusta. – Volvió la cabeza hacia mí-. Esta bellísima mujer fue una niña preciosa.

–¡Uf! – Repuso la señorita Ruthven-, ¡Jack Eliot, no intentes adularme! Te recuerdo muy bien. Era más frío que un témpano, señor Stoker. Para él las mujeres teníamos todas la cabeza llena de pájaros.

Eliot esbozó una imperceptible sonrisa. – ¿Yo te dije esto?

–Sí, muy solemnemente, además. Yo no debía tener más de doce años. – Dirigiéndose a mí, añadió-:

¿Sabía usted que Arthur…? – Se quedó callada un momento y de su boca se desvaneció todo rastro de risa-. Arthur era mi hermano, señor Stoker… -Hizo un esfuerzo por dominarse y sus mejillas se sonrosaron-. Arthur llamaba a Jack la calculadora. Eliot hizo una reverencia. – Qué halagador.

–Seguirás teniendo tu antigua facultad para calcular, ¿verdad, Jack? – Su voz sonó de pronto distante y extraña. Con un gesto lento y suave, cogió el colgante del collar que llevaba, acariciándolo como si fuera un amuleto, sin dejar de mirar fijamente a Eliot con los ojos graves y muy abiertos-. Jack -dijo en un susurro-. Jack. Espero que no hayas perdido tu antiguo talento, porque lo necesitamos. Me temo que están aconteciendo cosas horribles.

El semblante de Eliot permaneció impasible; cuando ella hubo terminado de hablar, alzó una ceja con lentitud. – ¿Necesitamos? – preguntó. La señorita Ruthven asintió.

–Sí, necesitamos -dijo en voz muy queda. Luego extendió un brazo-. Ned. – Del muro de flores apareció a su llamada un joven, que estaba escondido detrás de la puerta. Era muy joven, tanto como la señorita Ruthven, y también muy hermoso. Sus rasgos eran delicados y su cabello era negro y ensortijado-. Jack y el señor Stoker. – La señorita Ruthven sonrió al coger al joven del brazo-. Permítanme que les presente a Edward Westcote, el joven más maravilloso del mundo. – Fijó sus ojos en los suyos-. No puedo seguir manteniendo nuestra relación en secreto. Estamos casados y vivimos juntos.

Yo me quedé petrificado, debo confesarlo, y sin habla. Eliot, sin embargo, no parecía sorprendido en absoluto; en realidad, daba la impresión de que hubiera estado esperando aquella confesión. – Mi enhorabuena -dijo-, señora Westcote, y besó a Lucy. – Ya no puedo seguir llamándola señorita Ruthven, así que de ahora en adelante será Lucy para mí -la besó en ambas mejillas y le estrechó la mano a Westcote.

–Felicidades -repetí yo.

–No estará usted enfadado, ¿verdad, señor Stoker? – me preguntó Lucy con ansiedad.

–No, no -contesté-. Me alegro muchísimo por ustedes. Es sólo que… -Hice una pausa-. Supongo que lo único que ocurre es que me sorprende que me lo hayan mantenido en secreto.

–¡Pero si no lo sabía nadie, querido señor Stoker!

–¿Por qué? Yo no lo hubiera censurado.

El semblante de Westcote se ensombreció tenuemente.

–Usted no -dijo, cogiendo el brazo de su esposa-, pero hay otras personas, señor Stoker.

–¿Ah sí? – preguntó Eliot, ladeando la cabeza y mirando a Westcote, y luego a Lucy, sin pestañear-. No puedo creer que Arthur se hubiera opuesto a vuestra unión.

–Y no se opuso -respondió Lucy.

–Entonces ¿a qué venía esta necesidad de mantenerlo en secreto?

Lucy le lanzó una mirada a su esposo y después me miró a mí.

–Señor Stoker, se acordará -dijo- que hace un tiempo estuve muy enferma varios meses.

Yo asentí.

–Sí. Recuerdo que acababa de empezar a trabajar aquí. Fue una gran lástima que su carrera se viera entorpecida de aquel modo.

–Y, sin embargo, estuve aquí el tiempo suficiente para conocer a Ned. – Miró a su esposo y se ruborizó-.

Cuando me puse enferma, él fue quien me cuidó sin dejarme ni un minuto. Durante aquellos meses de reclusión, decidí convertirme en su esposa. Mi hermano, en esto no te equivocas, Jack, mi hermano Arthur no se opuso en absoluto.

–Entonces no veo cuál era el problema.

–Asesinaron a Arthur, Jack. Lo asesinaron antes de que pudiéramos anunciar nuestra boda.

Eliot se la quedó mirando fijamente.

–Lo siento, Lucy -dijo al fin-. Lo siento mucho.

–Ya lo sé, Jack. – Con una mano volvió a acariciar el colgante y con la otra cogió a su esposo con más fuerza-. Después de su muerte, como tal vez sepas, George Mowberley pasó a ser mi tutor.

Eliot frunció las cejas.

–Sigo sin comprenderlo. George fue siempre una persona tolerante y a ti te adoraba. ¿Cómo iba a poner objeciones a vuestro matrimonio?

–Él no las puso. – Lucy se quedó un momento callada-. Pero lady Mowberley sí.

–Ya. – Eliot asintió lentamente-. Debí figurármelo. Pero ¿porqué te…?

–¿Que por qué me odia? – le interrumpió Lucy, de pronto muy acalorada-. No lo sé, Jack, pero me odia.

Al principio era muy amable, pero después, cuando me puse enferma, no vino a verme ni una sola vez.

Cuando me recuperé y se enteró de que Ned me había estado cuidando, volvió a estar fría conmigo.

Enfadada incluso. Y le prohibió a Ned entrar en la casa. Eliot le lanzó una mirada a Westcote. – ¿Qué tiene ella contra ti?

–No lo sé -repuso Westcote-. Jamás la he visto. Lucy meneó la cabeza.

–Contra él no tiene nada; es a mí a quien odia. – Qué extraño -comentó Eliot pensativo-. Lady Mowberley me ha parecido una mujer encantadora. – Y lo es con casi todo el mundo.

Eliot frunció pronunciadamente las cejas y se quedó mirando a la pareja, que tenía los brazos entrelazados.

–Muy bien. Comprendo que su oposición os alterara a los dos. Pero ¿tan importante era? Tu tutor era

George, no ella.

–Pero es lady Mowberley quien tiene el dinero. Es ella quien administra los gastos. ¿Te acuerdas, Jack, de las deudas que tenía George? – Lucy esbozó una débil sonrisa-. No puede permitirse el lujo de contrariar a su esposa.

–Ya. – Eliot se quedó muy pensativo; después, con mucha lentitud, movió la cabeza afirmativamente-.

Sí, esto parece verosímil.

–Por supuesto que lo es -convino Lucy-. ¿Lo comprendes, Jack? No podíamos actuar de otra forma. Si nos casábamos, teníamos que hacerlo en secreto, no teníamos otra alternativa. Habíamos esperado casi dos años y estábamos locamente enamorados. No podíamos esperar ni un solo día más.

Eliot sonrió casi imperceptiblemente.

–Pues claro que no podíais esperar más. – Le dirigió una mirada a Westcote-. Y usted, señor, ¿lo saben sus padres?

El rostro de Westcote se ensombreció.

–Mi padre está en la India -dijo tras un silencio-. No he tenido oportunidad de informarle. Pero, por descontado que, a su debido tiempo, lo haré.

Eliot lo escudriñó detenidamente con la cabeza ladeada, un gesto que era habitual en él y que hacía pensar en un cernícalo observando a un campañol.

–¿Y su madre? – preguntó.

Westcote tragó saliva.

–Mi madre… -Su voz se desvaneció y tuvo que tragar saliva otra vez. Tenía la mirada perdida en el infinito-. Mi madre, lamento decirlo, está muerta. – Lucy le apretó la mano. Westcote siguió hablando con la mirada pérdida-. Desapareció hará unos dos años, junto con mi hermana. Unos miembros de una tribu que vive en el Himalaya las secuestraron. Nunca se halló el cadáver de mi hermana, pero sí el de mi madre. Lo habían abandonado en el sendero de una montaña, sin enterrarlo; lo habían dejado sin sangre y le habían rajado el cuello. ¡Fue terrible, doctor Eliot! ¡Terrible!

–Lo siento -dijo Eliot tras un silencio-. Perdóneme, no tenía que habérselo preguntado.

–No tenía por qué saberlo -repuso Westcote.

–No -comentó Eliot-. Por supuesto que no tenía por qué saberlo.

–En realidad -prosiguió Westcote con los ojos clavados en los de su esposa-, mi dolor era tan grande que me unió más a Lucy. Usted es al parecer un viejo amigo de ella, doctor Eliot. Sabrá entonces que es huérfana y que su padre desapareció y fue asesinado. Perdóname, queridísima Lucy, por tocar un tema como éste, pero, al fin y al cabo, por eso está él aquí, ¿verdad? Lucy lo miró a los ojos sin decir nada.

–¡Lucy! – Westcote parecía desesperado-. Vas a contármelo, ¿verdad? – Nos dirigió una mirada a Eliot y a mí-. Vive atormentada por un peligro amenazador, lo sé. Asesinaron a su padre y también a él, al igual que hicieron con mi madre, lo dejaron exangüe. Después, hace un año, su hermano sufre el mismo destino. Creo que no es exagerado hablar de una maldición… una maldición que ha caído sobre la casa de los Ruthven. Y ahora Lucy vive preocupada por algo terrible que no me quiere contar. ¡A mí, que soy su esposo y que daría mi vida por ella! Lucy seguía con los ojos clavados en los de él.

–Cariño -dijo en voz muy queda-, me he equivocado al no contártelo todo. – Levantó una mano y le acarició su pelo alborotado; después lo besó con ternura y se volvió hacia nosotros.

–Ned tiene mucha razón. – Su voz era muy suave, casi un susurro-. Vi algo espantoso. – Hizo un ademán en dirección a Eliot-. Él lo sabe muy bien.

El rostro de Eliot seguía impasible, pero advertí que sus ojos estaban muy atentos y le brillaban.

–Fuiste muy listo, Jack, al deducir que fui yo quien escribió a lady Mowberley para decirle que cabía la posibilidad de que George estuviera muerto.

Eliot se encogió de hombros.

–Fue sencillo. – Cogió una carta que había encima del tocador de Lucy y vi que era la que él mismo había escrito aquella mañana. Le dio la vuelta al papel. – ¿Ves, Lucy? Son polvos. La carta que le escribiste a lady Mowberley tenía las mismas manchas.

Westcote miraba fijamente a Lucy, perplejo. – ¿Le escribiste? – preguntó-. ¿Escribiste a esa…? – La indignación le impidió encontrar una palabra adecuada-. Pero ¿por qué, Lucy?

Lucy lanzó varias miradas por la habitación y después, alisándose las faldas, se sentó. Yo me volví con la intención de marcharme de allí, pues tuve la sensación de que iba a hacer una confesión personal, mas alzó la mano y me pidió que me quedara-. Quiero que comprenda qué me ha tenido tan preocupada estos últimos días, señor Stoker. Soy consciente de que no debe haber sido fácil convivir conmigo.

Levantó la vista y miró a su esposo a los ojos. – No es por mí por quien tengo miedo, querido -dijo-.

¿Crees de verdad que yo te hubiera ocultado algo si no estuviera en peligro la vida de alguien? Nunca jamás lo haría, Ned. Pero estoy asustada, terriblemente asustada; temo por la vida de George Moewberley.

Eliot extendió sus largos dedos.

–Ah, sí -murmuró-. George. – Volvió a entrelazar las manos y apoyó en ellas la barbilla, con los ojos clavados en Lucy e imperturbable-. Así pues, viste que lo asesinaban. Cuéntame qué viste.

–¡Un asesinato! – exclamé yo.

Eliot asintió lentamente.

–Eso dijiste, ¿verdad, Lucy? Que habías visto cómo lo asesinaban.

Lucy tenía la mirada perdida en la lejanía. Volvió a coger la gargantilla y a juguetear con ella; después asintió-. Sí, eso me pareció.

–¿Sólo te lo pareció? – Eliot frunció las cejas.

–No vi ningún cadáver, Jack.

Eliot alzó una ceja.

–Qué intrigante. ¿Qué viste entonces?

–Estaba detrás de una ventana.

–¿Dónde?

–En un piso que da a Bond Street. Hace dos días andaba yo por allí. La noche anterior había soñado…

con la muerte de mi hermano, y que a George le aguardaba el mismo fin terrible. Te parecerá estúpido, Jack, lo sé, pero aquella pesadilla me afectó mucho, porque me parecía todo muy real. Incluso le escribí una carta a George, donde le describía lo que había visto en mis sueños, pero más tarde decidí que una carta no era suficiente. Que tenía que verlo.

–Muy bien -dijo Eliot-, pero ¿por qué en Bond Street?

–Hay allí una joyería cuyo dueño es un viejo ayuda de cámara de George. Cuando mis relaciones con lady Mowberley pasaron por sus peores momentos, George y yo solíamos encontrarnos allí.

–¿En qué número?

–El noventa y seis.

Eliot asintió y le hizo un ademán a Lucy a fin de que prosiguiera su relato. Ella seguía jugueteando con el colgante, pero habló con voz decidida y bien clara.

–Aquel día habíamos estado ensayando hasta muy tarde -dijo-. Cuando llegué a Headley's, que así se llama la joyería, me encontré con que estaba cerrada. Me aparté y miré hacia arriba, pues el señor Headley y su esposa viven en un piso del mismo edificio de la tienda, porque quería ver si había luz. Pero las ventanas estaban a oscuras; estaba a punto de volverme y marcharme cuando vi que algo se movía en el piso de abajo. Vislumbré la figura de un hombre en la ventana. Él me vio y presionó su rostro contra el cristal. Estaba muy pálido y su mirada era terrible, pero era George, sé que era él, no tengo ninguna duda de que era él. Parecía que me estuviera llamando, pero entonces unas manos lo apartaron y vi que lo amordazaban con una tela. Él pugnó por quitarse la mordaza; entonces vi que tenía la barbilla manchada de sangre; volvieron a amordazarle y vi que caía. Apagaron la luz y no vi nada más. Aporreé la puerta por la que se va a los pisos que hay sobre la tienda, pero nadie me abrió. Entonces me fui y llamé a un policía.

–Un momento, por favor. – Eliot alzó la mano-. ¿Te quedaste todo el rato frente a la puerta?

–Sí -contestó Lucy.

–De modo que, si alguien hubiera entrado o salido por la puerta, tú lo habrías visto.

–Sí.

–¿Y el edificio no tiene ninguna otra salida?

–No, ninguna.

Eliot asintió.

–Muy bien. Es evidente que esto es algo importante. – Entrelazó las manos-. Bien; nos estabas contando que fuiste a llamar a un policía.

–Sí -dijo Lucy con los ojos encendidos-. Le conté lo que había visto y me escuchó con mucha amabilidad, pero debió de pensar que yo estaba histérica, porque actuaba con mucha calma, y, cuando me interrogó, advertí, por su tono de voz, que dudaba de la veracidad de lo que le acababa de contar. No obstante, fue conmigo a Headley's y empleó un trozo de alambre para abrir la puerta de la calle. Yo subí las escaleras más deprisa que él hasta que me encontré con una segunda puerta. Desesperada, intenté abrirla con todas mis fuerzas, pero estaba cerrada con llave. Le lancé un grito al policía para que se apresurara; justo en aquel momento oí que alguien descorría el cerrojo y me abrieron. Un criado, aunque su voz y forma de hablar no eran las de un criado, me preguntó si podía ayudarme en algo. Yo me quedé petrificada y sin habla; sus ojos eran de una crueldad inenarrable, como los de una serpiente de cascabel, y el aliento le hedía tanto que recordaba la pestilencia de ciertos productos químicos. Volvió a preguntarme si podía ayudarme en algo; yo ya me había repuesto del susto y había recobrado mis facultades, de modo que, movida por lo acuciante de la situación, entré sin decirle nada, con la esperanza de poder descubrir al asesino. Pero en la habitación no había nadie, ni vi en ella señal alguna de violencia, ni sangre tampoco; en realidad, era la viva imagen de un hogar lujoso y tranquilo. La única nota discordante era una capa de noche que habían dejado tirada de cualquier modo en un sillón; pero esto no constituía ninguna prueba de que hubieran perpetrado un brutal asesinato. Empecé a pensar, con preocupación, que me había comportado de forma absurda y ridícula.

»El policía, que entre tanto había llegado al piso, era del mismo parecer, aunque no dijo nada. Le informó al criado de lo que yo había visto, mas no hizo ni el menor esfuerzo para darle verosimilitud a lo que contaba. El rostro del criado se iluminó; sonrió de oreja a oreja, satisfecho.

–Lamento decirles -dijo dejando escapar una sonrisita que sonó como un silbido- que el señor no se encuentra aquí en este momento, pero la señora sí está. Si lo desean, puedo preguntarle si ha cometido un asesinato recientemente. – Volvió a reírse con disimulo y todo su cuerpo se retorció; era evidente que todo aquello le hacía mucha gracia. Después se volvió y le hizo unas señas al policía para que lo siguiera; a mí me dejaron sola en la habitación delantera.

»Al cabo de unos minutos abrieron la puerta y apareció una mujer. ¿Cómo podría describirla? Su vestido, de terciopelo rojo y muy escotado, era precioso. Llevaba el pelo muy largo y trenzado. Su rostro era tan hermoso que casi resultaba doloroso mirarlo. De forma extraña me sentí… atraída por ella. Tenía…

algo, un poder, un atractivo arrebatador… -Lucy cerró los ojos y estuvo un buen rato sin decir nada-. Me llenó de terror -susurró al fin.

–Hasta aquel momento -prosiguió con voz distante-, había empezado a dudar de que hubieran asesinado a George. Pero, Jack, en cuanto vi a aquella mujer, tuve la certeza de que yo no había sufrido

ninguna alucinación sino que había presenciado algo terrible. Y entonces, cuando recibí la carta de lady Mowberley… -Su voz se desvaneció; frunció las cejas y sacudió la cabeza-. Lo supe -repitió simplemente-, lo supe con certeza.

–¿Qué supiste con certeza? – preguntó Eliot; en su voz se detectaba impaciencia.

Lucy alzó la vista.

–Aquella mujer que vi en la habitación era la misma que ha estado persiguiendo a lady Mowberley. –

Nos dirigió una mirada a Westcote y a mí-. Lady Mowberley la vio anoche -explicó-; había entrado en su casa.

–¿Pero cómo puedes estar tan segura de que era la misma mujer?

–En la carta me la describió… -Lucy volvió a sacudir la cabeza-. ¿Recuerdas que lady Mowberley no sabía cómo definir con exactitud el rostro de la intrusa, y que sólo podía decir que era el rostro más extraordinario que había visto en toda su vida? Pues bien -afirmó, asintiendo con la cabeza-, esta misma impresión tuve yo. Como he dicho, era hermosa, Jack, y mucho, pero al mirarla a los ojos uno sentía una fortísima sensación de peligro; había en ellos algo fascinante pero también maldad, mezclada con grandeza… ¿Cómo podría describirlo? No puedo, simplemente no puedo hacerlo. – Apretó la mano y se la llevó a los labios, un gesto de evidente frustración y fracaso por no saber cómo definir lo que había visto-.

Pero tuve la sensación de que casi me estaba seduciendo -dijo en voz muy queda-. Sí, me seducía. Al final saqué fuerzas de flaqueza y conseguí desviar la mirada.

Siguió un largo silencio; Eliot se cruzó de brazos y se apoyó en la pared.

–En Londres hay mujeres muy bellas -comentó. – No, Jack, tienes que escucharme, todavía no he acabado. – Lucy aflojó su mano cerrada y nos miró-. Lady Mowberley vio a otra persona anoche: un caballero extranjero de tez oscura; hindú, quizá, o árabe.

–Ah -exclamó Eliot, de pronto animado y sorprendido-. ¿Tú nunca viste a este hombre?

–Sí -repuso Lucy-, sí lo vi. El policía acababa de volver a la habitación en la que yo estaba esperando.

Me dijo que había rastreado todo el piso y que no había hallado ninguna señal de violencia, y menos todavía un cadáver. Pidió disculpas a la señora de la casa y comentó que debíamos retirarnos. En aquel preciso momento oí unos pasos que subían por las escaleras…

–¿Que subían por las escaleras? – le preguntó Eliot interrumpiéndola.

–Sí -contestó Lucy. – ¿Estás segura? – Segurísima. Eliot frunció las cejas.

–Perdona -murmuró-. Sigue, te lo ruego. – No hay mucho que decir. El caballero entró en la habitación.

Iba vestido de etiqueta, sin gabán, y de pronto deduje que la capa que había tirada encima del sillón era suya. Escuchó al policía, que le explicó lo que yo había visto; aquello lo sorprendió sobremanera y entonces nos fuimos de allí. No tenía ninguna prueba para sospechar de él. Pero cuando recibí la carta de lady Mowberley mis dudas se convirtieron en sentimientos de terror. ¡Jack, yo había visto a George en aquel piso! ¡Yo vi cómo lo asesinaban!

Eliot había estado escuchando con los ojos semicerrados.

–Convengo -murmuró- en que es todo de lo más intrigante. No obstante, dime una cosa: ¿cómo reaccionó el caballero al verte a ti en la habitación? ¿Advertiste algún indicio de que estuviera nervioso?

–Ni por asomo -repuso Lucy-. Estaba absolutamente tranquilo. En realidad, parecía casi que se estuviera burlando de mí. Su autodominio era de lo más repugnante.

–¿Repugnante?

–Sí. Ésta es la sensación que me causó. – Lucy volvió a repetir aquella palabra con insistencia-.

Repugnante.

Eliot asintió.

–¿Y te dijo algo?

–Se limitó a lo mínimo; hizo unos cuantos comentarios graciosos.

–Ya. – La frente de Eliot se ensombreció y abrió bien los ojos, como antes-. Éste es en verdad un caso enigmático -convino-. Me figuro, querida Lucy, que deseas que llegue hasta el final para dilucidarlo.

–Por supuesto que sí, Jack. Arthur murió; y acabo de enterarme de las circunstancias que rodearon su muerte. Pensar que a George le puede aguardar un fin igualmente atroz…

–De acuerdo. – Eliot asintió y echó una ojeada al reloj-. Si no tienes nada más que decir, entonces me iré en seguida…

–¡Jack! ¡Claro que tengo más cosas que decir!

Lucy fue a detenerlo y Eliot lanzó una mirada a su alrededor, sorprendido.

–¿Qué tienes que contarme? – preguntó.

–Esta noche los he vuelto a ver. Estaban aquí, en el teatro.

–¿En el teatro? – exclamé yo-. ¿Que esa mujer y el extranjero han estado en el teatro?

Lucy asintió.

–Estoy segura de que eran ellos. Estaban sentados en un palco privado, a la derecha, el que está más cerca del escenario; por eso pude distinguirlos. La mujer no vio la segunda parte, pero el caballero estuvo hasta el final de la representación y se marchó apresuradamente, justo cuando el señor Irving salió a agradecer al público su asistencia y su caluroso recibimiento. Eliot se volvió hacia mí.

–¿Tiene usted anotado el nombre de la persona que alquiló el palco?

–Por supuesto -respondí-. Guardo todo en mi despacho.

–Entonces no esperemos más. Vayamos a su despacho. – Eliot se acercó a Lucy-. No tengas miedo -dijo cogiéndole las manos-. Haré todo cuanto pueda por resolver este caso. – La besó, cogió su gabán y salimos del camerino; íbamos por el pasillo cuando oí unos pasos que nos seguían; me volví y vi que era Westcote.

–Doctor Eliot, debo saber si Lucy se halla en peligro. ¿Cuál es su parecer? – preguntó.

Eliot se encogió vagamente de hombros.

–Es demasiado pronto para saberlo con certeza -repuso.

–Si hay algo que yo pueda hacer, si hay que arriesgarse…

Eliot asintió.

–Quédese junto a su esposa. No la deje ni un momento sola. Y esté preparado, porque pueden suceder cosas imprevisibles.

Westcote se lo quedó mirado fijamente, dubitativo.

–¿Así es como mejor puedo ayudarla?

–Desde luego. – Eliot sonrió y le dio una palmada en el hombro-. Buena suerte -dijo-. Sea usted digno de la mujer con la que se ha casado. – Dio media vuelta y yo lo acompañé a mi despacho. Oímos cómo Westcote regresaba junto a su mujer.

–¿De verdad piensa que la señorita Ruthven se halla en peligro? – le pregunté una vez que llegamos a mi despacho.

–Querrá decir la señora Westcote.

–Sí, claro. La señora Westcote -corregí.

Eliot cogió el libro mayor que le había entregado yo, y meneó la cabeza.

–No creo que se halle en peligro. – Frunció las cejas-. Pero la verdad es que este caso no es tan sencillo como creí al principio. – Arrugó todavía más la frente y volvió a menear la cabeza, mirando fijamente el libro mayor por la página por la que yo lo había abierto.

–Mire -dije, señalando un punto-, éste es el palco. ¡Santo cielo, doctor Eliot! ¿Qué demonios le ocurre?

El doctor Eliot estaba pálido como un muerto. Tenía los ojos clavados en una anotación del libro, boquiabierto.

–Y sin embargo -murmuró poniéndose en pie-, debe tratarse de una pura coincidencia…

Sus ojos habían perdido todo su brillo y él parecía sumido en un ensueño en el que nadie podía entrar.

Miré la hoja del libro a fin de descubrir la causa de su asombroso pasmo. El palco estaba reservado a nombre de un tal raja de Kalikshutra.

–¡Un raja! – exclamé-. Así pues, la señorita Ruthven tenía razón. Ese hombre es hindú.

–Sí -afirmó Eliot mirándome-. Al menos esto parece. – ¿Le es familiar el nombre de Kalikshutra? – Un poco -repuso. Volvió a echar una ojeada a la página del libro, esta vez con su rostro impertérrito de siempre; después se encogió de hombros y cerró el libro de golpe.

–Se ha hecho tarde -dijo-. Tengo que irme, señor Stoker, le agradezco que me haya dedicado parte de su tiempo.

–Iré con usted -repuse yo. Cerré el despacho con llave y acompañé a Eliot hasta la calle. Anduvimos juntos por Drury Lane en busca de un coche de alquiler, pero era más tarde de lo que yo creía e incluso las calles adyacentes al Covent Carden estaban casi desiertas. Bajamos por Floral Street y entonces me percaté de que nos seguía un carruaje. Negro, con un escudo de armas en la portezuela, el vehículo iba traqueteando por la calle adoquinada detrás de nosotros. Al alcanzarnos, oímos cómo alguien daba un golpecito con un bastón en la ventana y el coche se paró. La ventana estaba abierta y una mano pálida nos hizo señas. Eliot hizo caso omiso y siguió andando calle abajo.

Lord Ruthven se asomó a la ventana del carruaje. Vi que estaba sonriendo.

–Doctor John Eliot -gritó-. Sé que su hospital está en una situación financiera ruinosa y que necesita fondos. Eliot se volvió y lo miró sorprendido.

–Y si lo está -comentó-, ¿acaso le incumbe a usted esto? Lord Ruthven extendió la mano en la que sostenía un sobre que dejó caer.

–Léalo -dijo-. Puede que sea beneficioso para usted. – Después dio unos golpes con el bastón en el tejadillo del carruaje. El cochero sacudió las riendas y el coche se alejó de nosotros. Eliot lo observó hasta que dio la vuelta por la primera bocacalle y desapareció. Después se agachó y recogió el sobre del suelo.

Lo abrió y leyó lo que había escrito. Cuando terminó, me lo entregó. En las señas grabadas en relieve que constaban en el margen superior reconocí el nombre de una calle de Mayfair. «Visíteme -había escrito lord Ruthven-. Tenemos mucho de qué hablar.» Alcé la vista y miré a Eliot. – ¿Va usted a ir? – le pregunté.

En un primer momento no me contestó nada; tiritó y se ajustó el gabán.

–A decir verdad, tengo ya demasiados misterios que resolver -murmuró al fin. Me cogió la carta de las manos y siguió andando.

–Si puedo ayudarlo en algo… -le grité.

Él no se volvió.

–¿Sabe? – Volví a gritarle-, haría cualquier cosa por ayudar a la señorita Ruthven, si se halla en peligro.

–Mañana en Bond Street -dijo sin volverse-. A las nueve en punto.

–Allí estaré -le prometí.

–Buenas noches, señor Stoker.

Reemprendió la marcha y desapareció rápidamente en la oscuridad.

A la mañana siguiente, cuando llegué a Bond Street, yo esperaba encontrarlo frente a la joyería, mas estaba delante de la puerta que hay a la derecha de Headley's y que, según advertí, era la puerta de entrada a los pisos que hay encima de la tienda. Al verme, Eliot me sonrió y se me acercó para cogerme del brazo.

–Stoker -dijo con jovialidad, aunque me agarró muy fuerte y tiró de mí casi con violencia a fin de impedirme que siguiera andando calle abajo-. No pase por delante de la joyería -siguió diciéndome con la misma voz jovial de antes, como si me invitara a desayunar con él. En realidad, sus maneras eran las de alguien que invita a un amigo a subir a su casa. Abrió la puerta y me hizo pasar adentro; después, con

pasmosa tranquilidad, entró él y cerró la puerta con llave.

–¿Cómo ha conseguido usted la llave? – le pregunté sorprendido.

–En Lahore -repuso; su sonrisa se había desvanecido por completo de su rostro; levantó la vista y miró las escaleras con una expresión perfectamente inescrutable.

–¿No ve usted nada que le llame la atención? – preguntó.

Lancé varias miradas escrutadoras a mí alrededor.

–No -contesté.

–¿No ha reparado usted en la alfombra?

Bajé la vista y la escudriñé atentamente.

–No parece que haya nada fuera de lo común -comenté por fin.

Eliot clavó sus penetrantes ojos en mí.

–Yo no le he hablado de algo fuera de lo común, le he dicho sólo si había visto algo que le llamara la atención -repuso-. Bueno, es algo que puede esperar. – Se volvió y enfiló las escaleras. Yo lo seguí.

–¿Qué vamos a hacer? – pregunté.

Eliot se había detenido frente a una puerta que había en el primer piso. La llave seguía en su mano. La introdujo en la cerradura y sólo entonces volvió la cabeza y me lanzó una mirada.

–No se preocupe -me comentó-. He estado toda la noche observando el piso. No hay nadie dentro.

–¡Por todos los santos, Eliot! – le susurré alarmado-. Esto es un allanamiento de morada. ¡Piense bien en lo que estamos haciendo!

–Ya lo he hecho -me respondió mientras hacía girar la llave-. No tenemos más alternativa. – Abrió la puerta y me hizo entrar deprisa. Con mucho cuidado, sin hacer ningún ruido, cerró la puerta y me miró a la cara-. ¿Cree usted que Lucy nos contó la verdad? – me preguntó.

–Pues claro que sí -respondí.

–En este caso está justificado que actuemos así, Stoker, porque me temo que aquí ocurren cosas muy peligrosas. Dios sabe dónde nos hemos metido. Créame, no nos quedaba más remedio que entrar aquí furtivamente. – Echó una mirada a su alrededor. La habitación era exactamente como nos la había descrito Lucy. Era lujosa y estaba decorada con un gusto sumamente refinado y exquisito, y, sin embargo, había también una suntuosidad y una sensualidad casi decadentes; aquello era de una belleza sobrecargada, como una orquídea marchita. Me puse, sin saber por qué, muy nervioso y Eliot también; no dejaba de lanzar miradas en todas direcciones, pero la verdad es que parecía asqueado. Yo miraba todos los sitios en los que él posaba sus ojos. Con un ademán me señaló la pared en la que había dos ventanas rasgadas que daban a la calle-. Aquí debía de estar George cuando Lucy lo vio -murmuró Eliot. Extrajo de un bolsillo un pequeño monóculo y se arrodilló. Estuvo examinando la alfombra con minuciosidad; de pronto frunció las cejas y meneó la cabeza; después se acercó a la segunda ventana y repitió la operación.

Yo fui a su lado. La alfombra era gruesa y de un color vivo, pero vi en seguida que no estaba manchada.

De repente oí que Eliot contenía el aliento-. ¡Mire aquí! – Susurró, señalando un friso-. ¿Cómo interpreta usted esto, Stoker?

Miré y vi tres manchitas tan diminutas que apenas eran visibles. Eliot las escudriñó; rascó una de ellas y levantó el dedo a la luz; tenía la punta de la uña teñida de un color rojizo. Frunció las cejas y se llevó el dedo a la lengua.

Seguir: parte 2 de 3