Banquete de sangre

Tom Holland · Capítulo 13 de 48 · parte 2/3

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Banquete de sangre

principios de setiembre de 1888.

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

–¿Qué es? – pregunté con impaciencia. Eliot lanzó una mirada a su alrededor.

–Es evidente que es sangre -repuso.

Yo palidecí.

–Así pues, Lucy tenía razón -susurré-. El pobre hombre murió asesinado.

Eliot meneó la cabeza.

–Ella vio que tenía el rostro manchado de sangre.

–Sí -convine frunciendo las cejas-. ¿Qué piensa usted, entonces?

–Que los restos de sangre que hay aquí no pueden provenir de una herida grave. – Señaló el recubrimiento de madera-. Estas manchitas diminutas son una prueba evidente de que no hirieron a George con violencia, porque de lo contrario la alfombra estaría empapada.

–¿Pero por qué? – pregunté.

–Porque -contestó Eliot con impaciencia-, no quitaron las manchas. No repararon en ellas; no sólo Lucy no las vio sino que tampoco las vio ninguno de los que viven aquí. Observe la alfombra. Lucy tenía razón.

No hay restos de sangre; al menos no se ven. No -prosiguió, meneando la cabeza y poniéndose en pie-, estas manchas convierten este caso en un asunto verdaderamente espinoso. Por un lado, nos demuestran que Lucy no padeció alucinaciones cuando vio que lo amordazaban con una tela empapada en sangre. Es del todo desconcertante.

Echó varias miradas por toda la habitación, y se fue hacia la puerta que había al otro lado. La abrió y yo lo seguí por el pasillo. Al igual que en el salón, en el corredor había abundantes muebles de un gusto exquisito y, al pasar, vimos que las habitaciones que daban a él eran tan lujosas como el resto del piso. A mí me sorprendió, sin embargo, el hecho de que no hubiera ningún dormitorio y así se lo dije a Eliot.

–Es evidente -respondió- que nadie vive en este piso. – Entonces, ¿para qué lo tienen? Eliot se encogió de hombros.

–A sus propietarios les debe convenir tener un piso en el centro de la ciudad que les sirva de lugar de descanso o de refugio. Aunque no podemos saber dónde tienen su residencia principal.

–Debe de estar en un barrio extremadamente refinado. – ¿Ah, sí? – Eliot me lanzó una mirada penetrante-. ¿Y por qué lo piensa?

Yo fijé mis ojos en los suyos, sorprendido. – Pues sólo porque bien se echa de ver el dinero que han

derrochado en este piso -repuse.

–Sí -convino él-; resulta desconcertante. Precisamente por ello pienso que los sospechosos viven al descubierto en cualquier lugar.

–No entiendo qué quiere usted decir. • Eliot, perdiendo la calma, hizo un ademán. – Mire a su alrededor. Sí, Stoker, tiene usted razón; han despilfarrado mucho dinero en este piso. Pero ¿por qué? ¿Por qué justamente en un piso que hay encima de una tienda? Aunque esto sea Bond Street, seguro que se podían permitir un lugar más lujoso. Parece todo tan poco plausible. A menos… -Se interrumpió y volvió a lanzar varias e intensas miradas en derredor; de repente se le iluminó el rostro como si hubiera encontrado una salida-. Bueno -dijo muy calmoso-, es evidente que aquí no vamos a encontrar ningún cadáver. Quizá podamos rastrear otras calles con más provecho. – Me cogió del brazo-. Venga, Stoker.

Necesito que me ayude; vamos a hacer un experimento.

Volvimos al vestíbulo y Eliot abrió la puerta. – Habrá advertido -comentó señalando el suelo- lo gruesa que es la alfombra de las escaleras. Yo me di cuenta en seguida. Era a esto a lo que me referí antes, cuando estábamos abajo. – Lo siento, no me había fijado -repuse-, pero sigo sin entenderlo.

Eliot puso cara de sorpresa.

–¡Cómo, Stoker! ¿No se da cuenta? Una alfombra tan gruesa como ésta amortigua el ruido de las pisadas -exclamó lanzando una mirada al piso de arriba-. Ahora, si no le importa, suba hasta aquel descansillo y baje otra vez y no se detenga frente a la puerta; siga bajando. ¡Pero, por favor, ande con el máximo sigilo! – ¿Con el máximo sigilo? – pregunté-. Me temo que no soy una persona ágil.

–Exacto -dijo Eliot dándome con la puerta en las narices. Por fin caí en la cuenta de lo que pretendía con aquello – ¡me temo que me vas a tildar de torpe!– e hice lo que me había pedido. Bajé, esperé en la portería, pero al ver que Eliot no aparecía, volví a subir, esta vez andando normal, y al punto se abrió la puerta del piso.

–¡Excelente! – exclamó Eliot acercándose a mí-. Ahora que ha andado usted como un elefante le he oído perfectamente, pero cuando bajó no se oyó ni el más leve ruido. Esto es muy interesante, espero que estará usted de acuerdo.

Cerró la puerta con llave y subió hasta el segundo piso. – ¿Piensa entonces que el asesino fue el hindú?

– le pregunté, mientras le seguía.

–Estamos solamente barajando posibilidades -contestó Eliot-. Pero le hemos desmontado la coartada al raja, pues, aunque lo oyeron subir las escaleras, esto no prueba que viniese de la calle. Sí, creo que pudo haberse escondido muy fácilmente cuando Lucy fue a buscar al policía y luego bajar sigilosamente a la portería.

–¿Pero qué hizo con el cadáver? – pregunté. – Esto es un misterio -repuso Eliot, que volvió a coger el monóculo y se agachó. Examinó la alfombra detenidamente, pero al cabo de unos breves minutos sacudió la cabeza y se levantó-. No hay rastro alguno de sangre. Puede que la limpiaran en seguida, pero aun así se vería alguna señal. No -concluyó, haciendo un movimiento negativo con la cabeza-, esto viene a reducir las posibilidades.

–Entonces ¿tiene usted una teoría? – pregunté yo. – Parece que, con toda seguridad, estamos a punto de dar con la solución. – De repente se quedó callado y las aletas de la nariz se le ensancharon, como si hubiera olfateado un posible rastro, que lo hubiese dejado sorprendido. Cuando me miró, vi que sus ojos le fulguraban cual acero reluciente-. Vamonos de aquí, Stoker -dijo, poniéndose en camino hacia las escaleras-. Iremos a la joyería.

Y eso es lo que hicimos. Cuando mi compañero abrió la puerta de la tienda, se le acercó un hombre menudo de pelo cano.

–¿En qué puedo servirle, señor? – preguntó frotándose las manos como si se las estuviera enjabonando.

Eliot le echó una mirada con gran altivez y después pasó sus ojos por los estantes y las vitrinas.

Transcurrieron varios segundos.

–Tengo entendido -comentó Eliot al fin, arrastrando las palabras- que es usted el señor Headley, el joyero de lady Mowberley.

–Sí -respondió el joyero un tanto indeciso-. Y es para mí un honor.

–Muy bien. – Eliot fijó sus ojos en él-. Hace algún tiempo cené con ella y con sir George. Celebrábamos su cumpleaños. Lady Mowberley llevaba unas joyas muy llamativas que, según me dijeron, compraron aquí, en esta tienda. Eran un regalo de sir George a su esposa.

El señor Headley frunció las cejas y se rascó la cabeza.

–Si tiene usted la bondad de esperar un momento, señor, iré a consultar mis libros de cuentas.

Con sus andares torpes y lentos se acercó al mostrador, pero Eliot sacudió la cabeza.

–No, no -comentó con impaciencia-, no es preciso que busque nada. Estoy seguro de que recuerda usted las joyas; eran unos pendientes y una gargantilla muy originales, de una región de la India llamada Kalikshutra. – Eliot pronunció esta última palabra con mucho énfasis; cuando volvió a hablar, su tono era áspero-. Estoy seguro de que las recuerda usted perfectamente -dijo, vocalizando bien-. No me cabe ninguna duda de que las recuerda usted perfectamente.

El joyero nos miró a los dos muy incómodo.

–No eran joyas mías -dijo al fin.

Eliot frunció las cejas.

–Pero estuvieron en su escaparate, ¿no es verdad? – Hizo una pausa y meneó la cabeza lentamente-. Sí, recuerdo que lady Mowberley fue muy explícita y tajante: las había visto expuestas en su escaparate mientras daba un paseo con sir George. Por ello vino él después a comprarlas. Sé que era esta tienda. –

Entornó los ojos-. No podía ser otra. Después de todo, usted fue ayuda de cámara de sir George, ¿no es

cierto?

El anciano, visiblemente nervioso, empezó a retorcerse las manos.

–Es muy cierto -confesó con voz quejumbrosa- que sir George y lady Mowberley vieron las joyas en el escaparate. Pero le vuelvo a repetir, señor, que aquellas joyas no eran de mi propiedad. Cuando sir George volvió con intención de comprarlas, las había devuelto al lugar de donde procedían.

Eliot sacudió la cabeza, devorado por la impaciencia.

–¿Al lugar de donde procedían? No lo entiendo.

–Me las habían prestado.

–¿Quién?

El joyero tragó saliva.

–Un hombre que deseaba entrar en el negocio.

–¿Y es él quien posee las joyas de Kalikshutra?

–Sí, pero, si está usted interesado, tengo asimismo joyas de otras regiones de la India, y también de todo el mundo…

–No, no -le interrumpió Eliot-. Las quiero de Kalikshutra. Si no tiene usted las joyas, entonces me es preciso ir a ver a este hombre. ¿Cómo puedo ponerme en contacto con él?

El señor Headley frunció las cejas.

–¿Quién es usted? – preguntó de pronto suspicaz.

–Soy el doctor John Eliot.

–¿Dijo usted que era amigo de lady Mowberley?

–¿Hay alguna razón por la cual no pueda ser amigo de ella? – repuso Eliot; en sus ojos resplandecían un interés y una viveza súbitos, pues era bien visible que aquel último comentario había despertado su curiosidad. Mas no insistió; por el contrario, se inclinó sobre el mostrador y, cuando habló, lo hizo en un tono absolutamente afable.

–A nosotros, tanto al señor Stoker como a mí, nos gusta coleccionar piezas que provengan del Himalaya. Stoker, tenga la amabilidad de darle al señor Headley su tarjeta. – Eliot hizo una pausa, mientras el anciano joyero leía con atención mis señas; después, sin decir palabra, le dio al señor Headley una guinea.

–Y ahora -afirmó Eliot, después de que el joyero hubiera cogido la moneda-, nada nos gustaría tanto como ponernos en contacto con su colega. Tal vez, antes que nada, debería explicarnos usted cuál es su relación con él… así sabremos cómo conviene que lo tratemos.

El anciano arrugó la frente.

–Vino a verme… mmm… hará unos seis o siete meses.

Eliot asintió.

–Bien. ¿Y qué le propuso?

El anciano volvió a arrugar la frente y nos miró con desconfianza, como si todavía no estuviera seguro de cuáles eran nuestros propósitos.

–Por favor, señor Headley -le apremió Eliot-. ¿Qué le propuso?

–Me propuso -respondió el joyero-, me propuso… un acuerdo.

–Por supuesto que le propuso un acuerdo -intervino Eliot con frialdad-; no le iba a proponer en matrimonio. Vamos, señor Headley, no es usted muy franco con nosotros.

–Todo a su debido tiempo -murmuró el joyero, mirándonos desafiante con los ojos entornados-. Me dijo… mi colega me dijo que tenía joyas de muchísimo valor. Al principio no lo creí; como ustedes pueden suponer, en este negocio te vienen con las cosas más absurdas. Pero resultó que… bueno, señor, usted mismo vio las joyas que llevaba lady Mowberley; eran preciosas. Preciosas de verdad. Me dijo que tenía una tiendecita en los muelles…

–¿Dónde, exactamente? – preguntó Eliot.

–En Rotherhithe, señor.

–¿Tiene usted la dirección?

El señor Headley asintió, se agachó y abrió un cajón.

–Aquí la tiene, señor -dijo, entregándole una tarjeta, que Eliot cogió. En ella se leía: «John Polidori.

Coldlair Lane número tres, Rotherhithe».

Eliot levantó la vista y miró al joyero.

–¿Es italiano este tal Polidori?

–Si lo es -repuso el anciano-, habla inglés mejor que todos los extranjeros a los que he oído hablar nuestra lengua.

–Un tal John Polidori -comenté yo- fue médico personal de lord Byron. Escribió una narración breve que nosotros adaptamos y representamos en el Lyceum.

Eliot me lanzó una mirada.

–¿No pretenderá que se trata del mismo hombre? ¿Qué edad tendría ahora?

–Oh, no -repuse-. Polidorí, el médico de lord Byron, se suicidó, creo. No, lo siento, Eliot; si lo he mencionado, ha sido únicamente debido a la coincidencia.

–Comprendo. Qué fascinante es usted, Stoker, con todos sus recuerdos del mundo del teatro. – Eliot se dirigió al joyero-. Y bien -dijo-, nos hemos distraído un poco. ¿Por dónde íbamos? Ah sí. Este tal señor Polidorí vino a verlo a usted y dijo que tenía joyas.

–Sí.

–¿Y qué quería de usted?

El señor Headley sonrió.

–El señor Polidori tenía un problema; poseía muchas piezas… pero esto era básicamente lo único que poseía. Me refiero a que ¿quién va a ir hasta Rotherhithe? Ni los grandes señores ni los acaudalados caballeros que quieran gastar su dinero van a ir allí. Si uno desea abrir una tienda decente, bueno, señor, pues no tiene más remedio que hacerlo en Bond Street.

Eliot asintió.

–¿Y por eso vino aquí?

–Sí, señor. Él me entregaría joyas, que yo expondría en el escaparate.

–Y las joyas de Kalikshutra, ¿por qué no se las dejó para que las vendiera usted? •

–Como le he dicho, señor, él tiene su propia tienda. En la tarjeta que le he entregado viene su dirección.

–Bueno -dijo Eliot, cuyos ojos empezaron a fulgurar otra vez-, ¿y qué?

–En algunas ocasiones quería que ciertos clientes fueran a verlo a su tienda.

–¿Porqué?

–Se trataba de personas que, según él, tenían un interés especial por las joyas… coleccionistas, si prefiere llamarlos así. Él quería tratar directamente con ellos.

–¿Y usted los mandaba allí?

–Sí, señor, si es así como quiere explicarlo. Era un buen negocio; sus recompensas fueron siempre espléndidas.

–¿Y sir George? ¿Fue él uno de los que mandó usted a Rotherhithe?

–Sí, señor. El señor Polidori fue muy explícito. Me dijo: «Mándeme a sir George. Si viene y pide alguna joya, dígale que usted no la tiene. Y me lo manda a mí.»

–¿Y a usted esto no le pareció sorprendente?

–No, señor. ¿Por qué iba a parecérmelo?

–Porque sir George, por lo que yo sé, jamás ha sido coleccionista de joyas. ¿Por qué, entonces, iba su colega a interesarse por él?

Los labios del señor Headley esbozaron una sonrisa casi imperceptible debajo de su bigote cano.

–Quizá no coleccione joyas para él -dijo-, pero hay muchas personas para las cuales sí las colecciona. –

Hizo un guiño-. Si es que entiende lo que quiero decir, señor.

–Sí -respondió Eliot con sequedad, sin sonreír-. Sí, me parece que lo he entendido a usted muy bien.

El anciano pareció asustarse de pronto.

–Espero que no me habrá interpretado usted mal, señor -balbuceó.

–¿A qué se refiere?

–Bueno… -El joyero tragó saliva-. Comprendo que lady Mowberley esté muy preocupada. Yo lo siento mucho por ella, de veras que la compadezco.

–¿En serio, Headley? ¿Y por qué la compadece usted?

El anciano frunció las cejas. Alzó la vista y clavó sus ojos en los de Eliot con una expresión de nuevo hostil; cuando habló, su tono de voz era frío y mesurado.

–Creo, señor -dijo con parsimonia-, que si usted necesita preguntármelo…

–¿Sí? – lo apremió Eliot.

–No voy a decírselo. – El señor Headley no pestañeaba y su cara parecía de piedra-. Si usted no se ha enterado ya, señor, no se lo diré. Lo siento. – Hizo una pausa y después añadió, con indiferencia ofensiva, una sola palabra-: Señor.

Eliot se metió una mano en el bolsillo.

–No intente sobornarme -protestó el anciano-. No va a sonsacarme nada de este modo.

Eliot bajó la mano lentamente.

–Muy bien -dijo. Para gran sorpresa mía, vi que su rostro parecía de pronto casi aliviado y jovial-. Al menos dígame una cosa -le pidió.

El joyero se lo quedó mirando fijamente sin contestar.

–¿Ha visto usted a sir George recientemente? ¿En las dos últimas semanas?

El anciano seguía sin responder nada.

–Debo serle franco -dijo Eliot-. Estoy trabajando para lady Mowberley. Siento haber tenido que engañarle. Ella sólo desea saber si sir George está vivo, nada más. Es su esposa, señor Headley; también usted está casado. Así que le ruego que me conteste, señor Headley. – Hizo una pausa-. Lady Mowberley está muy preocupada.

El joyero desvió la mirada y clavó los ojos en la calle; al cabo de unos segundos miró a Eliot.

–¿Cuándo? – preguntó Eliot.

El señor Headley seguía sin pestañear.

–¿Lo vio en la calle? ¿Lo vio allí?

El anciano se encogió de hombros.

–Bien. – Eliot hizo una pausa-. ¿Cuándo?

El joyero lanzó un suspiro.

–Hace dos días -dijo al fin.

–Gracias, señor Headley. – Eliot se quedó callado un momento y sonrió-. Debe tenerle usted mucho afecto a sir George -observó.

–Sí, siempre se lo he tenido -respondió el anciano con aspereza-. Desde que era un niño que no andaba todavía.

Eliot asintió.

–Sí -dijo-, es un alivio ser testigo.

–¿Un alivio, señor?

–Sí, señor Headley, un alivio. – Se dirigió a mí; su rostro parecía reflejar precisamente aquella emoción-. Vamos, Stoker, ya hemos concluido nuestro trabajo aquí. – Echó un vistazo a la tarjeta que tenía todavía en la mano-. Iré a visitar al señor Polidori en su debido momento. Pero por ahora -dijo, descubriéndose-, le deseo a usted que pase un buen día, señor Headley. Su ayuda ha sido inconmensurable. Le agradezco que nos haya dedicado tanto tiempo.

Y dicho esto, dio media vuelta y salimos de la tienda.

–Y bien, Eliot -le pregunté impaciente-, ¿qué piensa de este hombre?

–Que es honrado y leal.

–Sí, leal a sir George por supuesto que lo es. ¿Pero esperaba usted acaso que no lo fuera?

–No estaba seguro.

–¿Qué le indujo a pensar así?

Eliot se detuvo y se volvió para indicarme el edificio del cual acabábamos de salir.

–Recuerde -comentó- que los Headley no sólo tienen la tienda sino que además viven en el segundo piso de este edificio. Si ocurre en él cualquier cosa extraordinaria, a la fuerza, tarde o temprano se enteran. Esto se deducía incluso de lo que nos contó Lucy. – Dio media vuelta y siguió andando; hablaba en voz baja pero muy rápido-. Supongamos que sobornaran a los Headley. Supongamos que estuviera implicado en una conspiración contra sir George. ¡Qué negra se vuelve en tal caso nuestra investigación!

Pues es evidente, creo yo, que fuera lo que fuera lo que vio Lucy en aquel piso, no se trataba de una catástrofe repentina sino de un episodio dentro de una secuencia de acontecimientos, que probablemente se remontan a varios meses atrás. Headley debía saber que pasaba algo fuera de lo ordinario; se hace difícil creer lo contrario.

–Pero, en este caso, ¿por qué no nos lo contó?

–Porque, como hemos convenido hace un momento, cree que es leal a sir George, lo cual implica, por otro lado, que durante todo este tiempo no ha creído que sir George estuviera en peligro.

–Sí, claro. – Recordé que el anciano lo había dado a entender-. Parecía como si nos estuviera diciendo que sir George tenía una amante.

Eliot asintió.

–No puedo decir que me sorprenda su insinuación. Cuando lady Mowberley vino a verme, a mí mismo se me pasó inmediatamente por la cabeza esta posibilidad. George fue siempre muy débil con el bello sexo. Naturalmente, a lady Mowberley no le he comunicado mi teoría.

–¿Cree entonces que es posible que tenga una amante, Eliot?

–Es más que posible; yo diría que es seguro que ha tenido un lío amoroso.

–¿Por qué lo asesinaron, entonces?

–Yo no creo que lo asesinaran.

–Pero… -Me lo quedé mirando fijamente, perplejo-. Lucy dijo que… vio cómo lo…

–No, no -me atajó Eliot, meneando la cabeza-, es imposible. Usted vio la alfombra con sus propios ojos.

En aquella habitación no hubo ningún derramamiento de sangre, no degollaron a nadie allí. Y, sin embargo, el misterio existe. Lucy vio a George desde la calle, pero cuando ella entró en la habitación, él había desaparecido. ¿Adonde fue? ¿Qué le había ocurrido?

–Confieso que estoy totalmente desconcertado.

–¿Cómo va a estar desconcertado un hombre de su talento?

Me devané los sesos.

–¡Ya lo tengo! – exclamé-. ¡Estrangularon a sir George y escondieron su cadáver en el piso de los Headley!

–Muy bien -repuso Eliot, sonriendo ligeramente con sus delgados labios-, pero no es nada probable.

Hace un momento hemos convenido en que Headley es leal a su antiguo señor. Me figuro que no mostraría entusiasmo alguno ante la idea de esconder a alguien acompañado por el cadáver de sir George.

–Tiene razón. – Me encogí de hombros y meneé la cabeza.

–¡Vamos, Stoker, piense un poco! Se presentan, de forma inmediata, dos soluciones.

–¿De veras?

–Sí, diáfanas como la luz del sol. – Eliot me lanzó una mirada; sus ojos brillantes eran los de alguien cuyo talento estaba habituado a este tipo de retos-. La primera, siento decirlo, es, en cierto modo, la menos probable de las dos, pero yo diría que es posible que el raja sea en realidad el propio sir George. La idea se me ocurrió mientras oía hablar a Lucy. Sí, sí -dijo apresuradamente, al verme boquiabierto-, ya he dicho que me parecía improbable. Lucy vio al raja y le habló. Ella es una persona muy observadora y conoce muy bien a sir George; no se la puede engañar fácilmente. Además, esto no explica qué vio en la ventana del piso. No obstante, en el supuesto de que sir George tenga una aventura, tendría un buen motivo para disfrazarse. Nuestra teoría también explicaría la presencia del raja anoche en el teatro: había acudido a ver a su pupila la noche del estreno. Así que no estoy dispuesto a desechar totalmente esta teoría. Aunque primero tendría que ver al raja con mis propios ojos.

Sacudí la cabeza.

–No me convence, Eliot. Las dificultades que presenta esta teoría son mucho más numerosas que sus ventajas.

–Sí -repuso él-, estoy de acuerdo con usted. Pero debemos esperar. ¿Quién sabe qué puede desvelarnos el tiempo y una observación atenta?

–Habló usted de una segunda posibilidad.

–Sí.

–¿Cuál es?

–Ah -dijo Eliot, cuyo enjuto rostro se ensombreció ante mis ojos-, ahora nos adentramos en un territorio más oscuro.

–¿Me lo puede contar? – le pregunté, pues en su voz me pareció detectar cierta reserva.

–En detalle, no -repuso-, pues hay ciertos aspectos de esta segunda posibilidad que guardan relación con importantes asuntos de Estado y, en el supuesto de que sean éstos los que efectivamente expliquen la desaparición de sir George, como me temo que pueda ser el caso, tenemos ante nosotros una peligrosa y terrible conspiración. Ésta es la razón por la cual me aferró a la esperanza de que el raja no sea otro que sir George; la otra alternativa, es decir, que quien se hace llamar a sí mismo raja de Kalikshutra sea el verdadero raja, es demasiado siniestra.

–Pero ¿por qué? – pregunté a un tiempo horrorizado e intrigado-. ¿Qué es esa conspiración que usted sospecha que puedan estar tramando?

–Recordará -contestó- que quien primero me habló de este caso no fue Lucy sino lady Mowberley. Ella me insinuó que la desaparición de sir George puede estar relacionada con la muerte de Arthur Ruthven.

Esto me tiene profundamente inquieto y preocupado.

–Dios mío -exclamé-. ¿Dice usted que están relacionadas, Eliot? ¿De qué manera?

–Se da una extraña circunstancia. Ambos recibieron cartas anónimas insultantes. La primera era casi cómica. A Arthur, quien, a mi juicio, poseía una colección de monedas realmente excepcional, que nadie en Londres ha igualado, le decían que su colección, que había sido superada, no tenía ningún valor. La segunda carta, que enviaron poco después de la primera, era groseramente ofensiva. Informaban a Lady Mowberley, que ama a su esposo desde su más tierna edad, de que George era adúltero.

–Esto, al menos, es cierto.

–Que sea cierto o no es irrelevante. Lo que importa es la correspondencia entre las dos cartas.

–A mí me parecen bien distintas.

–Todo lo contrario -repuso Eliot-, son muy similares. ¿No se da cuenta, Stoker? Las dos desafían a sus destinatarios a demostrar su honradez.

–No lo comprendo.

–Supongo que el caso de Arthur Ruthven está bastante claro. Analicemos el de George. Stoker, usted es un hombre casado. Imagínese que le dicen a su esposa que usted la engaña. ¿Qué haría usted?

–Intentaría convencerla de que siempre le he sido fiel.

–Por supuesto. Intentaría demostrarle su honradez. Pero sigamos. Si este episodio se produjera pocos días antes del cumpleaños de su esposa, ¿qué otra cosa haría usted?

–Comprarle algo, hacerle un regalo espléndido.

–¡Una respuesta brillante! ¡Muy bien!

–Joyas, claro. Él le regaló joyas.

–A todas sus amantes les regala joyas. Recordará usted que Headley nos lo dijo. Es evidente que ellos conocían este dato y lo aprovecharon.

–¿Ellos?

–Sí -contestó-, ellos. – Se quedó callado un momento; su rostro enjuto fue ensombreciéndose y parecía muy concentrado-. Sean cuales sean las fuerzas que estén detrás de esta conspiración -murmuró-, ¡cuánta astucia despliegan! ¡Qué bien planeado lo tienen todo!

–Cree usted, pues, que este tal Polidori…

–Desde luego, es un canalla.

–¿Por qué?

–¡Todo ese galimatías sobre las tiendas de Rotherhithe y joyas fabulosas! Si de verdad posee tantas obras de incalculable valor y si es honrado, ¿por qué no se establece en Bond Street? ¿A qué vienen estos acuerdos absurdos y oscuros? ¡No, no, esto es pura villanía! Es evidente que se proponía engañar a George con el propósito de que fuera a Rotherhithe, al número tres de Coldlair Lane para ser más precisos -dijo, echando una ojeada a la tarjeta-. Pero ¿por qué? – Arrugó la frente-. ¿Por qué, Stoker, por qué?

–Dijo usted que tenía una teoría.

Me lanzó una mirada; después, como si repentinamente hubiese llegado a una conclusión, me cogió del brazo. Estábamos muy cerca ya de Covent Carden; yo me dejé llevar por una angosta y silenciosa callejuela, alejada del bullicio de las paradas del mercado y en la que las brumas amarillentas que ascendían del Támesis ahogaban nuestras voces y esfumaban nuestras siluetas.

–Recordará usted -dijo Eliot en voz más baja aún que antes- que las joyas que Polidori le prestó a Headley procedían de una región de la India.

–Sí -respondí-, de Kalikshutra.

–Sí, señor -asintió Eliot-, he aquí unos hechos interesantes. Sir George Mowberley es el ministro responsable de dictar órdenes sobre nuestra frontera india. Arthur Ruthven, antes de su desaparición y de su muerte, era el principal diplomático encargado de elaborar el proyecto de ley sobre este tema. Por experiencia personal, puesto que residí allí hasta hace poco, sé que es el reino que más quebraderos de cabeza nos da de toda la frontera. Usted recordará, Stoker, cómo fue justamente allí donde asesinaron a la pobre madre de Edward Westcote. Estoy seguro de que convendrá conmigo en que parecen acumularse las coincidencias.

–¿Cree usted que alguien está conspirando con el fin de abortar el proyecto de ley?

–Digamos que parece muy posible.

–Pero a Arthur Ruthven… lo hallaron asesinado…

–Sí, y su cuerpo sin vida estaba exangüe y blanco.

–Pero entonces, siento decirlo, ¿no deberíamos pensar que han asesinado también a sir George?

–No necesariamente. Si se ha mostrado dócil y manejable, se lo habrán podido ahorrar.

–¿Dócil y manejable?

Eliot lanzó un suspiro. Estuvo un buen rato sin decir nada, mirando fijamente las volutas que formaba la niebla.

–Ya le he dicho -comentó al fin- que yo estuve en Kalikshutra. – Cerró los ojos y en su rostro flaco vi de pronto trazos de agotamiento-. Quién sabe si a sir George le han contagiado la enfermedad. Al fin y al cabo, esto explicaría lo que Lucy vio desde la calle. Nadie mataba a George, más bien le amordazaron a fin de dominarlo, a él, que ya debía tener la voluntad muy debilitada. Debió serle fácil al raja hacer subir a su víctima hasta el piso, donde los dos podían haber esperado inmóviles.

–¿Porque habían dejado a sir George bajo el poder del raja?

–Exacto. Lo habían reducido, por así decirlo, a un estado de zombi.

Reflexioné sobre lo que acababa de oír.

–Sí -dije, asintiendo lentamente con la cabeza-, sí, esto casi explicaría todos los hechos.

Eliot frunció las cejas.

–¿Casi?

–La tela con la que amordazaron a sir George, ¿insinúa usted que estaba empapada de cloroformo o algo por el estilo?

Eliot clavó sus ojos en mí.

–Sí -dijo secamente-. Algo por el estilo.

–Pero usted afirmó tajantemente que las manchas que había descubierto en la madera eran de sangre.

–Sí. – Eliot volvió a fruncir las cejas y ladeó la cabeza. Me fue fácil adivinar que estaba molesto porque, en este ínfimo detalle al menos, yo me había adelantado a él en mi razonamiento-. Yo reconocí -me recordó en un tono de voz ligeramente resentido- que el caso permanece abierto. – Se encaminó hacia el bullicioso Strand y yo lo seguí; casi tuve que correr para alcanzarlo, porque andaba a grandes zancadas.

Echó una ojeada al Aldwich, desde Wellington Street-. Mire, Stoker -exclamó- ya estamos de vuelta al Lyceum. Y ya le he retenido demasiado tiempo. Tendrá usted que trabajar.

Era evidente que lo había importunado más de lo que me había imaginado.

–¿Qué va a hacer ahora? – pregunté.

–Como usted mismo acaba de señalar, queda todavía mucho por investigar.

–¿Y no puedo ayudarlo en nada más?

–De momento no.

Pensé que me estaba despachando, de modo que me despedí de él y me encaminé hacia el teatro, pero en seguida oí que me llamaba.

–¡Stoker!

Volví la cabeza.

–¿Estará Lucy en el teatro esta tarde? – preguntó.

–En teoría sí -contesté-. ¿Por qué? ¿Qué desea de ella?

–El colgante de la cadena que lleva puesta alrededor del cuello.

Me lo quedé mirando fijamente, sorprendido.

–¿El colgante? ¿Por qué?

–¡Cómo! ¿No lo observó, Stoker? – Soltó una risita y se frotó las manos-. Bueno, puede que se trate de una imaginación mía. Veremos. – Se descubrió-. Que pase usted un buen día, señor Stoker.

–Me gustaría seguir siéndole útil -le grité cuando él ya se había puesto en camino.

–No me cabe ninguna duda -repuso sin volverse. Y pronto desapareció entre el tráfico y la niebla. Yo me abrí paso entre el gentío. Más allá me esperaba el Lyceum.

En seguida, los asuntos del teatro me tuvieron totalmente absorbido y me olvidé de todas las sorpresas con las que me había tropezado y en las que había estado cavilando hacía tan sólo unas horas. El señor Irving, como era habitual en él después del éxito del estreno, estaba desanimado e irritable; padecía de la falta de vitalidad y entusiasmo que debe sobrecoger a los grandes artistas después de los momentos de efusión y creatividad, y la verdad es que no era una compañía precisamente agradable. Me perseguía como un espectro y, como iba vestido de negro, llegué a temer su figura esbelta y de elevada estatura, casi como si se hubiera convertido en un heraldo del desastre o, al menos, de una retahíla de órdenes y quejas. Muy pronto me sentí agotado y ya casi me había olvidado por completo de Eliot cuando éste hizo su aparición, hacia las cinco de la tarde, mientras yo estaba inspeccionando las butacas reservadas de platea. Me alegró verlo, porque en su rostro había una expresión como de gratitud.

–¿Ha obtenido algún resultado esperanzador? – inquirí.

–Así lo creo -repuso-. Esta tarde he estado trabajando en mi laboratorio.

–¿De veras?

Eliot asintió.

–Analicé los dos frascos de medicamentos de lady Mowberley. El que está tomando ahora es totalmente inofensivo; sin embargo, el que había terminado y tirado estaba adulterado y contenía opiáceos.

–¿Quiere usted decir que la drogaron?

–Sin duda alguna. El hecho de que hubiera acabado el frasco y hubiera empezado uno nuevo explica, obviamente, por qué se despertó al oír a los intrusos. Debemos suponer, a mi juicio, que también habían estado allí, en su casa, otras noches.

–¿Pero con qué fin?

–Me temo que sobre eso no puedo especular.

–¿Cree, entonces, que guarda relación con asuntos de Estado?

–Stoker, usted es una persona discreta. Le ruego que no me presione sobre este particular.

–Discúlpeme -repuse-. Mi curiosidad, me temo, es un indicativo de lo intrigado que me tiene este caso.

Eliot sonrió.

–Y así la interpreto yo. ¿Desea entonces volver a ayudarme?

–Sí puedo servirle en algo.

–¿Está libre esta noche?

–Después de la representación.

–Estupendo. ¿Podría pedir un coche de alquiler y mandar que nos esperara en un callejón frente a la salida del teatro?

–¿Por qué? – le pregunté-. ¿Qué espera conseguir con ello?

Eliot hizo un ademán con la mano como pidiéndome que no insistiera y fue entonces cuando percibí el destello de un objeto de plata.

–¿Ha visto, pues, a Lucy? – pregunté-. Supongo que esto que tiene usted en la mano es su colgante.

Eliot abrió la palma de la mano.

–Mírelo con detenimiento -dijo.

Al examinarlo vi que lo que antes se me había escapado: era, en realidad, una moneda maravillosamente labrada y muy antigua.

–¿De dónde procede? – pregunté.

Eliot alzó la vista y me miró.

–De la mano fría y húmeda del cuerpo sin vida de Arthur Ruthven -repuso.

–No irá a decirme…

–Sí. Es la que tenía apretada en su mano cuando hallaron su cadáver en el Támesis.

–Pero ¿por qué? ¿Cree usted que tiene algún significado especial?

–Eso -respondió Eliot, poniéndose en pie- es lo que espero poder averiguar. No, no, Stoker, quédese donde está. Nos veremos esta noche. Y, por favor, no se olvide usted de pedir un coche.

Sin esperar a que yo le contestara, se escabulló entre las cortinas que hay detrás de los asientos, y volvió a desaparecer. Yo me levanté para seguirle, pero al salir de las butacas reservadas de platea por poco choco con Henry Irving, que andaba hecho una furia porque había habido un percance con el decorado, que yo tuve que ir a solventar inmediatamente. Una vez hecho esto, tuve que contentarme con pedir un coche de alquiler y esperar, pues era lo único que podía hacer.

Aunque, a decir verdad, las horas se me pasaron volando. En seguida llegó la hora de la representación y, sin darme cuenta, los actores estaban ya vistiéndose y maquillándose. Yo me vestí de etiqueta y, como solía hacer cada noche, me fui a la entrada privada, y me quedé en lo alto de las escaleras, a fin de saludar a nuestro público. Se concentraron allí las estrellas más luminosas del firmamento de la sociedad londinense y, el rato que estuve dándoles a cada uno de ellos la bienvenida, sentí una fuerte emoción: yo era el director del Lyceum Theatre y el gran actor que manejaba todos los hilos. Y, sin embargo, estaba distraído; hasta cuando charlaba con mis invitados, y les sonreía, me preguntaba qué me depararían las hazañas de aquella noche, qué conspiración de oscuros secretos íbamos a descubrir. A medida que pasaba el tiempo, se hacía más intensa la sensación de que el mundo cálido del teatro se me convertía en extraño y lejano, y así la muchedumbre de mujeres enjoyadas y hombres con pecheras me parecieron meras sombras, espectros insustanciales que se contraponían a la viveza de mi fantasía. Me imaginaba que veía a la extraña mujer, extraordinariamente bella y de ojos misteriosos, que nos había descrito Lucy; me imaginaba que veía al raja, aniquilador y cruel. Y entonces, repentinamente, arrastrado por el río de gente que subía las escaleras, ¡estoy seguro de que lo vi! ¡Era el raja, estoy seguro de que lo era! Iba vestido de etiqueta y llevaba una larga y holgada capa; en la cabeza, el característico turbante, de una tela de maravillosa calidad con adornos preciosos, justo sobre la frente, con una joya de unas dimensiones que yo no había visto nunca. Al andar, observé que la gente fruncía las cejas o palidecía, y que se hacían a un lado para cederle el paso.

Sin pensarlo dos veces, me acerqué a él con la intención de saludarlo en mi calidad de anfitrión, pero, cuando lo miré fijamente a los ojos, descubrí que me quedaba sin palabras, que las palabras no me salían.

No puedo explicar por qué, pero aquel hombre me inspiraba un asco y una repugnancia notables. Tenía los labios excesivamente carnosos y húmedos, y además se le torcían en las comisuras, formando una mueca que daba la sensación de mofa, desprecio y lascivia. Tenía los ojos muy negros. Sus rasgos eran de una gran dureza, como de piedra, aunque, por otro lado, había en ellos, también, una blandura y debilidad que apuntaban a una personalidad que se dejaba vencer por el desenfreno y la lujuria. Su tez era extraordinariamente pálida. En resumen, nunca había conocido a ningún hombre que me inspirara tanta repugnancia nada más verlo. Pugné por no levantar la mano y propinarle un buen puñetazo. El raja debió percibir mi odio, pues me sonrió, mostrándome sus dientes blanquísimos y afilados; con aquella sonrisa la crueldad de su expresión no hizo más que acrecentarse. Como un autómata, di un paso atrás; el raja volvió a sonreírme, esta vez burlándose cruelmente de mí, y después se volvió y desapareció. Yo lo seguí con la intención de ver qué palco ocupaba; era el mismo que había reservado la noche anterior. Una vez comprobado, me fui a mi despacho, absolutamente perplejo. Me pregunté cómo iba a interpretar Eliot aquello.

Cuando la representación estaba a punto de concluir, salí afuera precipitadamente con el propósito de cerciorarme de que el coche de alquiler estuviera donde yo le había indicado. Y allí estaba, en efecto: en

un callejón oscuro donde era casi imposible verlo. Le di una propina al conductor, y le ordené que estuviera listo para partir en cualquier momento; después me dirigí al Lyceum y, justo cuando iba a entrar, noté que alguien me cogía del brazo y me volví. Era Eliot.

–Gracias a Dios -exclamé-. ¡El raja esta aquí!

–Estupendo. – Eliot se frotó las manos-. Me imaginé que vendría. Vamos, entremos. Hace un viento muy frío para esta época del año.

Nos dirigimos al vestíbulo, en donde nos sería fácil observar a la gente que saliera del teatro.

–Tengo datos muy interesantes -me comentó Eliot al entrar-. El caso está a punto de cerrarse.

–¿De veras? – pregunté yo-. Así, pues, sus pesquisas sobre la moneda ¿han sido satisfactorias?

–Sí, señor -repuso-; han sido extremadamente satisfactorias. – Se metió la mano en el bolsillo y extrajo una moneda, que acercó a la luz-. Observará que las letras, Stoker, son griegas.

Me dio la moneda y yo deletreé lo que había escrito; me costó trabajo porque estaba muy gastada.

–Kirkeion. – Alcé la vista-. ¿Es una ciudad? Nunca había oído esta palabra -le confesé.

–No tenía por qué haberla oído, pues su fama no ha llegado a la modernidad. La moneda, sin embargo, es auténtica sin lugar a dudas. Su valor es literalmente incalculable.

–¿Quién se lo dijo?

–El experto a quien se lo consulté. Está en Spink. Me figuro que habrá oído hablar de ellos, pues es el negocio de tasación de monedas más importante de Londres. Y, por supuesto, allí conocen muy bien a Arthur Ruthven. Hablé con la persona que fue la última en tratarlo.

–¿Y qué le contó?

–Recordaba muy bien todo lo que estuvieron hablando. Al parecer Arthur estaba extremadamente agitado. Estuvo atosigando al comerciante por si había oído ciertos rumores, si le habían llegado noticias de que estuvieran circulando ciertas monedas únicas. El comerciante no le pudo decir nada, porque nada sabía, pero, como Arthur insistió tanto, recordó entonces que hacía poco que había llegado un par de monedas muy raras. Eran de plata, muy antiguas, y procedían de una ciudad absolutamente desconocida.

–¡Santo cielo! – Miré la moneda que tenía en la mano-. ¿Era como ésta?

–Exactamente igual. El comerciante se excitó mucho cuando le enseñé esta moneda que tiene usted en la mano. Me mostró las dos monedas originales, que no habían vendido desde el día en que Arthur estuvo allí. Como ya le he dicho, su precio era astronómico. Cuando las vi, me di cuenta enseguida de que el comerciante tenía razón; procedían del mismo lugar.

–¿Y de dónde cree usted que procedían?

–¿Se refiere a la fuente más inmediata? – Eliot esbozó una tenue sonrisa-. ¿No lo adivina usted? – Volvió a meterse una mano en el bolsillo y esta vez extrajo una libreta-. Habían adjuntado una tarjeta en la caja de las monedas. Si se deseaba información sobre ellas, había que dirigirse a la persona cuyo nombre figuraba en la tarjeta y que el comerciante tuvo la amabilidad de comunicarme. – Eliot abrió la libreta-.

Aquí está.

–John Polidori -leí-. Coldlair Lane, número tres. ¡Santo cielo, Eliot, esto es extraordinario!

–Todo lo contrario -repuso Eliot-; no tiene nada de extraordinario. Viene a confirmar, simplemente, mi primera teoría: que sedujeron tanto a Arthur como a George para que fueran a Rotherhithe.

–¡Entonces tenemos que ir allí ahora mismo! – exclamé-. ¿A qué esperamos, Eliot?

Me dio unas palmadas en el brazo.

–Me alegra que vea las cosas como yo, Stoker -repuso-, pero primero debemos tener un poco de paciencia. Este tal Polidori, quienquiera que sea, no es el único pez que tenemos que coger. ¿Ha dicho usted que el raja ha venido al teatro? Muy bien, vamos a esperarlo. – En aquel instante oí los calurosos y estruendosos aplausos del público-. ¿Ha terminado la obra?

Eché una ojeada al reloj.

–Eso parece -contesté.

–Entonces, rápido -dijo con impaciencia-, no tenemos ni un minuto que perder. – Salimos a la calle apresuradamente y nos dirigimos al callejón oscuro donde nos estaba esperando nuestro coche de alquiler-. Avance un poco -le susurró Eliot al conductor-, para que podamos ver a la gente que sale por la entrada privada. Pero manténgase siempre en la oscuridad.

El conductor hizo lo que le habían ordenado y vimos cómo salían los primeros espectadores.

–¿Van a reparar en su ausencia esta noche? – me preguntó Eliot.

–No le quepa ninguna duda -repuse.

–Pero el señor Irving estará encantado de librarle a usted de sus obligaciones, ¿no?

–No, no lo estará -contesté con una sonrisa-, pero a veces hay que oponerle resistencia. De lo contrario, acabaría con mi vida.

Eliot se sonrió al oír estas palabras y se volvió para responderme, mas en aquel momento se quedó inmóvil y me cogió el brazo.

–Allí está -susurró; yo me quedé mirando fijamente al personaje que él me había indicado con un gesto y vi al raja, que estaba bajando las escaleras. Volvió a sorprenderme cómo la gente se apartaba para cederle el paso; parecía Moisés abriendo las aguas. Eliot se inclinó hacia adelante-. Su estatura y complexión son las de George -murmuró-, pero su semblante… -Su voz se desvaneció; a mí me pareció detectar en ella la misma repugnancia que había sentido yo.

–¿Ha sentido usted -le pregunté- un asco inexplicable?

Eliot me lanzó una mirada. Nunca lo había visto tan ceñudo, mas no me contestó nada. Sólo se aproximó al cochero y le susurró al oído unas palabras.

–Sígalo -le oí decir.

El coche de caballos se puso en marcha dando un chirrido. Vi que el raja también había subido a un coche de alquiler. Esto me desconcertó porque había imaginado que un hombre de su posición, dada la suntuosidad de su porte, tendría su propio carruaje. Eliot, no obstante, no parecía sorprendido. Se limitó a pedirle al cochero que no perdiera de vista el otro coche.

–Si se mantiene siempre oculto, le daré una guinea, aparte de lo que suba el importe.

El conductor se tocó la gorra, y vimos cómo el vehículo en el que iba el raja nos adelantaba. Nosotros permanecimos donde estábamos casi un minuto, transcurrido el cual el cochero fustigó a los caballos con el látigo y nos pusimos en marcha, traqueteantes, calle abajo.

Una vez hubimos dejado atrás la multitud de carruajes y el gentío, avanzamos con mucha rapidez.

Cuando nos aproximamos a la esquina de London Bridge, Eliot se inclinó hacia adelante con el semblante alerta y tenso el cuerpo. Mas el coche en el que iba el raja no giró sino que siguió por la calle que bordea la orilla norte del río. Eliot se dejó caer abatido en el asiento.

–Según parece, mis cálculos son erróneos -dijo-. Estamos perdidos, amigo mío. Estaba convencido de que el raja se dirigiría a Rotherhithe a visitar al misterioso Polidori. Pero ahora ¡mire!, hemos pasado el último puente que cruza el Támesis y todavía no hemos dado la vuelta hacia el sur. Soy un chapucero, nada más que un chapucero.

–¿Desea poner fin a la persecución? – pregunté.

Eliot se encogió de hombros, irritado, y agitó la mano; después, miró entre la bruma el objeto de nuestra persecución. El coche era sólo una silueta borrosa, aunque en aquel momento aminoró la marcha, pues habíamos dejado atrás la City y nos adentramos en el East End; las calles estaban llenas de baches y eran cada vez más estrechas; sobre el pavimento húmedo había blancos cendales de niebla, de modo que las luces de las farolas o de las tabernas quedaban amortiguadas y no iluminaban en absoluto. Pronto estuvimos completamente a oscuras; todas las ventanas de las casas estaban atrancadas a cal y canto y las entradas, atiborradas de inmundicias. Las caras que vimos parecían las de los seres damnificados que viven en los infiernos, pues eran pálidas y hueras; cuando se nos quedaban mirando fijamente, no había expresión alguna en sus ojos. A veces chillaban como de puro odio, otras, se reían de forma espantosa. Yo empecé a ponerme nervioso, pero Eliot, que tenía los ojos clavados en el coche de caballos que iba delante de nosotros, parecía más bien relajado, como si su decepción hubiera dado paso a su habitual curiosidad.

–Deténgase -le susurró en tono apremiante al cochero, pues el vehículo en el que iba el raja había aminorado el paso y había girado por una calle angosta y oscura, desapareciendo de nuestra vista.

Muy lentamente nos acercamos a la calle. Eliot asomó la cabeza. La calle estaba desierta. Al instante le hizo un ademán al cochero para que siguiera. El pavimento estaba tan maltrecho y grasiento que íbamos dando bandazos en el interior de la cabina. Algunas ventanas estaban iluminadas. Eran luces rojas y tenues, y de vez en cuando detrás de las cortinas veíamos pasar unas sombras; en la calle, apoyadas contra los muros, había unas figuras negras; a nuestro paso, algunas se ponían en pie, pero la mayoría permanecían inmóviles; no parecían, en su miseria, seres humanos. Eliot les devolvía la mirada y noté que su semblante traslucía una cólera infinita. Pero cuando él y yo volvimos a mirar a nuestro alrededor, forzando la vista, vi que delante de nosotros había algo que me pareció un bosque y nuestro coche se detuvo dando bandazos.

–Manténgase en la oscuridad -le ordenó Eliot al cochero con un susurro, pues ahora habíamos dejado atrás la calle y las casas; estábamos parados en un muelle que se extendía a nuestra izquierda y en el que se veían montones de sacos y mercancías apilados. Delante de nosotros, se erigían negros mástiles que parecían horcas recortadas por la luz amarilla de la luna llena. Más allá de las embarcaciones, silencioso y oscuro, vislumbré el Támesis, que fluía en dirección al mar.

–Por allí -susurró Eliot con un ademán.

Yo miré en la dirección que él había indicado. El raja se había apeado del coche de caballos y andaba pegado a los edificios que había a lo largo del muelle, alejándose de nosotros. Pronto lo perdimos de vista; Eliot se apeó del coche de un salto y yo detrás de él. Pagamos al cochero y anduvimos, con cuidado de no ser vistos, en pos del raja. En la esquina de un callejón Eliot me dijo que bajara la cabeza; avanzamos a rastras y nos quedamos quietos detrás de un montón de cajas, desde donde dominábamos la calle, que estaba relativamente iluminada. Vimos al raja, aunque era difícil distinguirlo, pues su capa negra formaba una masa oscura con los adoquines llenos de barro. Estaba hablando con una mujer y de pronto la estrechó en sus brazos. Eliot se quedó rígido – ¡Mire! – me susurró. Miré a la calle y vi que el raja, que tenía fuertemente abrazada a la mujer, estaba besándola en el cuello.

–¿Merece la pena que presenciemos esta escena? – Le susurré a Eliot-. No alcanzo a ver nada que sea indicio de peligro.

Pero Eliot, para gran sorpresa mía, parecía totalmente abstraído y su semblante, iluminado por la luz de la luna, parecía petrificado y sombrío. Yo no podía imaginarme qué temía él. Ciertamente, lo que veía me parecía muy evidente. Los besos del raja eran cada vez más prolongados, y estaba desabrochándole poco a poco la blusa a la mujer, a quien tenía apoyada en un muro. La levantó y frotó sus mejillas contra los pechos desnudos de ella. Eliot extendió la mano, como si fuera a alertarme de algún peligro inminente.

Pero yo ya había visto bastante y desvié la mirada. De pronto oí suspiros y jadeos, y la risa ahogada de Eliot en mi oído. Volví a mirar al raja y a la puta, que estaban copulando. A mí no me pareció que hubiera nada divertido en aquella escena sórdida. Eliot, por el contrario, estaba encantado.

–Gracias a Dios -me dijo- que no ha ocurrido nada de lo que yo más temía. – Volvió a echar una ojeada al callejón y soltó otra risita-. Me parece que ahora lo que necesitamos es una embarcación. Vaya a ver si podemos conseguir alguna y luego espéreme.

Abrí la boca para exigir una explicación, mas Eliot agitó la mano y se puso a observar otra vez al raja y a la puta. Yo me fui de allí sigilosamente y, como tengo que reconocer, con harto desasosiego. Mi fe en Eliot, no obstante, seguía intacta, de modo que hice lo que me había pedido; encontré a un anciano barquero que alquilaba su embarcación, aunque a un precio desorbitado. Yo me escondí bien, agachado junto a las escaleras por las que se bajaba a la embarcación, y esperé una media hora larga a que llegara Eliot. Empezó a chispear. Negros nubarrones deshilachados tapaban, de vez en cuando, la luna.

De repente vi a Eliot, que me buscaba. Me puse en pie de un salto y le hice un ademán con la mano; me vio y, cambiando de dirección, se puso a correr a lo largo del muelle hasta llegar a las escaleras.

–Rápido -dijo al bajar a la embarcación-, están remontando el río, pero nosotros tenemos remos y podremos darles alcance.

–¿Quiénes son? – pregunté, mientras hacíamos maniobras entre dos embarcaciones enormes para salir a río abierto.

–Un bestia horriblemente feo pilota la embarcación. Me temo que nos va a dar un trabajo endiablado.

Parece un hombre muy fuerte.

–A mí, en mis tiempos, me consideraban un excelente remero -le dije.

–¡Estupendo, Stoker! – exclamó-. Entonces, si no tiene inconveniente, coja los remos, que yo quisiera conservar mis energías para resolver el caso que tenemos entre manos. – Y dicho esto fue arrastrándose hasta la proa, desde donde observaba las aguas con su mirada penetrante, pues estábamos muy apartados de los muelles, deslizándonos por el centro del río-. ¡Allí! – exclamó Eliot de pronto, indicándome un punto con la mano. Vi una embarcación diminuta, no muy alejada de nosotros, que avanzaba contracorriente y había puesto rumbo a la orilla más apartada del río-. Se dirigen a Rotherhithe -dijo Eliot con el júbilo de los cazadores que nunca yerran-. ¡Estaba seguro que irían allí! – Echó una mirada a nuestro alrededor; su delgado semblante parecía animado por una energía extrema-. ¡Más rápido! – clamó-. ¡Más rápido!

Debemos adelantarlos antes de que lleguen a la orilla.

Aquélla iba a ser una dura lucha, pues nuestra presa se hallaba todavía a gran distancia de nosotros.

Cuando de repente surgió de las aguas, delante de nosotros, un remolcador, iluminando la oscuridad con su farol, pude ver con claridad las siluetas de los hombres que estábamos persiguiendo. El raja iba sentado de espaldas a nosotros, pero en más de una ocasión echó una mirada en derredor y entonces vi que la espantosa crueldad que había advertido yo en su rostro había desaparecido, pues su expresión era ahora de aprensión y casi de miedo. Su compañero, no obstante, remaba de cara a nosotros y parecía un hombre absolutamente insensible. Como había dicho Eliot, era una persona de una fealdad y de una fuerza notables. Su rostro era pálido en extremo e incluso en la oscuridad parecía reluciente, como si una luz interior lo iluminara; sus ojos, sin embargo, era tan inexpresivos que daba la impresión de que sus cuencas estuvieran vacías. Era, en pocas palabras, algo horrible de ver y en la oscuridad de las aguas parecía el barquero que transporta a los muertos. Ésta era, pues, nuestra presa. Nosotros remontábamos con esfuerzo las aguas grasientas del río; delante de nosotros se veía el lívido resplandor de la ciudad de Londres, que a través de la cortina de lluvia que caía más bien parecía rojizo; a ambos lados se cernían sobre nosotros la oscuridad y las tinieblas silenciosas. Nadie podía vernos desde la ciudad; y nosotros remontábamos con gran dificultad el río que atravesaba su corazón, sabiendo que estábamos solos y que una persecución tan extraña como aquella pasa siempre inadvertida.

Seguir: parte 3 de 3