Banquete de sangre
principios de setiembre de 1888.
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Para entonces nos habíamos aproximado mucho a la embarcación que perseguíamos.
–Según parece, se dirigen a aquel muelle -gritó Eliot, ¡pero creo que ya son nuestros! ¡No podrán llegar!
Tenía que gritar, pues apareció a popa un buque mercante que remontaba las aguas de Limehouse Reach y el ruido de los motores era ensordecedor. Eché una mirada a nuestro alrededor; el buque era inmenso y las olas que producía al pasar zarandearon nuestra pequeña embarcación, que era, ahora, difícil de manejar. Luché por mantener bien asido el remo, pero nos sacudieron de tal modo que caímos; entonces vi de pronto que Eliot movía los labios; dio un salto hacia delante y me obligó a tumbarme a su lado. En el mismo momento oí el silbido de algo que pasó junto a mi hombro; alcé la vista y vi que el remero de la embarcación se había puesto de pie y sostenía una arma en la mano. Volvió a disparar; el raja, al parecer, le estaba gritando algo e intentó arrebatarle el arma, pero aquel tipo lo apartó dándole un empujón y volvió a apuntar el revólver a la cabeza de Eliot. En el momento en que disparaba, una ola alcanzó su embarcación con mucha fuerza y erró el tiro. Nuestro barquero me gritó algo al oído, pero no pude oír qué me decía, pues teníamos el buque mercante pegado a nosotros y el ruido de los motores era terrible. El barquero profirió una maldición y, dándome un empujón, se fue a buscar algo que había debajo de los alquitranados y vi que tenía un revólver en la mano. Sujetó firmemente el arma y apuntó al tipo, que se había desembarazado del raja; después, oí que disparaba. En el mismo momento, sin embargo, una ola enorme alcanzó nuestra embarcación con mucha fuerza; caímos todos y, en la confusión, no distinguí si la bala había alcanzado al monstruo.
Cuando alcé la vista, sin embargo, vi que el tipo estaba tendido en la proa de la embarcación; tenía un brazo fuera de la barca, con la mano metida en el agua, y de la cabeza le salía la sangre a borbotones.
El barquero hizo una mueca y puso al descubierto su boca desdentada.
–Estuve en los mares del Sur -me grito al oído-. Piratas. Allí se aprende a disparar con tanta ola.
La estela que había zarandeado nuestra embarcación, les alcanzó a ellos; el remero muerto recibió un golpe y salió despedido boca abajo a las aguas lóbregas y negras del Támesis como la carga que se arroja a las olas para aligerar un buque cuando lo azota un temporal. El raja, a gatas, presa del horror, miraba fijamente el cadáver que flotaba en el río. El barquero volvió a apuntar su revólver.
–¡No! – le gritó Eliot, bajándole el brazo; pero el otro había ya disparado y vimos cómo el raja chillaba,
se agarraba al aire y caía a las aguas del río. Una ola de la estela que formaba el buque le alcanzó y casi lo arrastró hasta las escaleras del muelle. Ahora que el buque mercante ya nos había pasado, nuestra embarcación empezó a ir a la deriva, hacia atrás, llevada por la corriente.
–Mire -dijo Eliot.
Fijé mis ojos en el muelle y a los pies de la escalera vi algo que parecía un montón de harapos. De pronto se movió y advertí que era un ser humano. Poco a poco se puso en pie y se volvió para mirarnos.
Era el raja. Eliot frunció las cejas y se agarró al borde de la barca. Sus nudillos parecían extremadamente blancos. El raja nos dio la espalda y se dispuso a subir las escaleras. Al llegar arriba, no se volvió ni una sola vez a mirarnos. Desapareció entre las sombras y se lo tragó la oscuridad.
El rostro aquilino de Eliot estaba petrificado y sombrío. Sin embargo, no hizo comentario alguno hasta que llegamos al pie del muelle; él bajó primero y me ayudó a bajar a mí. En el borde de las escaleras se agachó.
–Tenemos con usted una deuda. ¿Cómo podemos pagarle nuestra gratitud? – le preguntó al barquero.
–Con dos guineas quedará pagada -repuso el anciano.
Eliot asintió. Se metió la mano en el bolsillo y extrajo unas monedas que puso en la palma de la mano del barquero.
–De más está decir que es preciso hallar el cadáver -murmuró.
El anciano hizo una mueca.
–Lo hallaré -dijo, soltando después una sonora carcajada-. Y nadie lo verá nunca, nunca más.
–Ocúpese de que así sea. – Eliot se volvió hacia mí-. Vamos, Stoker, nosotros también tenemos asuntos urgentes que resolver.
Empezó a subir la escalera y yo le eché una ojeada al barquero, que se estaba ya alejando. Después seguí a Eliot.
–¿Y ahora qué? – le pregunté cuando estuvimos arriba.
Eliot, que había estado examinando detenidamente las calles que desembocaban en el muelle, me lanzó una mirada.
–¿Y ahora qué? – Sonrió-. ¡Pues qué vamos a hacer, Stoker! Hallar una solución a este enigma.
–Pero le hemos perdido el rastro.
–¿A quién?
–¡Por Dios, Eliot! ¿A quién se figura que me estoy refiriendo? ¡Al raja!
–Ah, sí, claro. – Volvió a sonreír-. Muy bien, pues, vamos a buscarlo.
–¿Sabe dónde encontrarlo?
Eliot señaló una calle miserable que había enfrente de nosotros. Se acercó a la bocacalle, y con un ademán me indicó un letrero que había en la pared y que decía: Coldlair Lane.
–¡Dios mío! – Me volví hacia Eliot-. Así pues, sus sospechas estaban bien fundadas.
Eliot sacudió la cabeza.
–Eso parece. Y sin embargo, Stoker, me temo que he cometido muchos errores. Hay una cosa de este caso que no comprendo.
–¿Sólo una?
Me miró, sorprendido.
–¡Cómo! Pues sí, sólo una. Las líneas generales están claras a estas alturas, ¿no, Stoker?
–Para mí no lo están -repuse.
–Pues vamos a trabajar para que usted las vea con claridad. – Empezó a andar a grandes zancadas por Coldlair Lane, que estaba lleno de inmundicias-. Tenemos que visitar al señor Polidori. – Yo me uní a él.
Dejando a un lado la porquería, no había signo alguno de vida, pues las ventanas estaban atrancadas y la mayoría de las puertas estaban cerradas con cadenas-. Ah -murmuró Eliot, deteniéndose al fin-, ya hemos llegado. Golpeó con los nudillos una puerta donde había dibujado con tiza el número tres. Eliot esperó y después dio unos pasos atrás hasta que se quedó en medio de la calle. Yo me reuní con él. Estábamos frente a la parte delantera de la tienda; encima de la ventana había un letrero en el que se leía: J. Polidori.
Objetos curiosos. En el escaparate sólo se veían trastos; estaba muy oscuro y sucio, y no había allí joya alguna. Eliot me señaló la ventana del primer piso-. ¿No ve -me preguntó- una débil luz temblorosa detrás de las cortinas? – Yo miré bien, mas no vi nada; todo parecía estar a oscuras-. ¡Allí! – volvió a clamar Eliot, y esta vez sí vislumbré un resplandor naranja como el de una chispa. Eliot se aproximó a la puerta y la aporreó-. ¡Por favor! – gritó-. ¡Déjenos entrar!
Se volvió hacia mí.
–Están maquinando un crimen sutil y horrible. Cuando se abra la puerta, debemos actuar con mucha frialdad. Sólo de este modo podremos, como así lo espero, dar al traste con la conspiración de nuestros oponentes. – Miró la ventana otra vez, y luego a mí-. Aquí está -me susurró. Yo oí en el interior de la tienda unos pasos que se acercaban. De pronto se detuvieron. Descorrieron un cerrojo y entornaron la puerta, que chirrió.
–¿Sí?
Inmediatamente, percibí el hedor de su aliento acre, que olía muy fuerte. Entonces recordé lo que nos había dicho Lucy del aliento del criado.
–Señor Polidori -dijo Eliot, que habló con una exquisita corrección-, un amigo me dio su dirección. Yo diría que tenemos intereses… -Se interrumpió-. Intereses comunes.
La puerta seguía entornada.
–¿Intereses? – preguntó al fin una voz silbante.
Eliot echó una ojeada a la ventana que había encima de la tienda.
–Mi amigo y yo venimos de muy lejos.
Al decir esto, me hizo un ademán. Yo pugné por no poner cara de perplejidad, pero confieso que su forma de abordarlo me había pillado desprevenido, pues no tenía ni la más remota idea de qué intereses eran aquéllos. Polidori, no obstante, pareció comprenderlo, pues al cabo de unos segundos nos abrió la puerta.
–Mejor será que entren -murmuró. Nos hizo entrar a la tienda con un gesto de la mano.
Polidori cerró la puerta con cerrojo y se volvió a mirarnos. Estaba muy pálido y en su cuello había extrañas arrugas, pero por lo demás era más bien guapo y estimé que no tendría más de cuarenta años.
Sin embargo, había algo especialmente perturbador, que no sé explicar, quizá fuera su expresión o su forma de mirar fijamente, que eran extrañas y desasosegantes. Encerrado en una tienda de reducidas dimensiones con él, automáticamente me puse tenso y me preparé para lo peor.
–¿Subimos? – preguntó Eliot.
Polidori hizo una reverencia.
–Después de usted -dijo en un tono meloso.
Nos señaló unas escaleras en mal estado y muy pequeñas, por las que subimos. Yo tenía que inclinar la cabeza para no chocar. Mientras íbamos subiendo, me dominó una espantosa sensación de repugnancia y de miedo, cosa rara en mí, pues no soy miedoso por naturaleza. La causa, sin embargo, puede muy bien haber sido fisiológica, pues, junto con el hedor del aliento del comerciante, percibí un segundo olor, dulzón y fuerte, que desprendía un humo marrón que salía de la habitación de arriba. Mientras subía los peldaños, acudieron a mi mente extraños pensamientos, que se paseaban por los márgenes de mi cerebro como insectos; intenté quitármelos de la cabeza, pero al mismo tiempo sentí una terrible tentación, pues me prometían delicias desconocidas y una gran sabiduría en las que refugiarme y gracias a las cuales ahuyentaría mi temor. Recordé, sin embargo, lo que me había advertido Eliot, y pugné por mantenerme con la cabeza despejada.
Arriba había unas cortinas de seda de color púrpura. Eliot las apartó y yo fui tras él hasta la habitación contigua. Estaba llena de un humo marrón, el mismo que había olido desde las escaleras, y me llevó un tiempo acostumbrar la visión en aquella densa neblina. Con esfuerzo, pude ver que las paredes estaban recubiertas de tapices raídos y que en un rincón había un brasero de metal; de vez en cuando echaba chispas y temblaba, y entonces me di cuenta de que había sido el resplandor del carbón de leña que ardía en él lo que habíamos visto desde la calle. Había una olla hirviendo al fuego, que vigilaba una mujer malaya; cuando alzó la vista, advertí que estaba horriblemente arrugada y que era muy vieja; sus ojos parecían de cristal opaco; no había brillo en ellos. Repentinamente, sin embargo, empezó a mecerse en el asiento y a reírse fuerte; un hombre que estaba acurrucado en un sofá que había cerca de nosotros nos miró de pronto y también se echó a reír. Empezó a hablar por los codos, muy efusivamente, aunque su tono de voz era al mismo tiempo muy monótono, como si tuviera que comunicarnos el secreto de la vida, pero sin emplear las palabras que lo expresarían de forma adecuada.
–Sangre -farfulló-, en la sangre está el alumbramiento, la vida; en la sangre… -Su voz se desvaneció y su rostro se contrajo horriblemente antes de sumirse otra vez en el letargo. En una mano tenía fuertemente agarrada una pipa de bambú oscuro, que se llevaba a los labios; cuando exhaló el humo, vi que en la tabaquera había un resplandor rojo. Por todas partes distinguí idénticos resplandores de luz roja, que luego se apagaban; las víctimas del veneno se alimentaban de aquella droga, ajenas a todo y a todos. Estaban tumbadas con las caras desfiguradas y ausentes en posiciones fantásticas; al mirarlas fijamente entre el humo, me parecieron las víctimas de una explosión de ceniza volcánica; estaban embalsamadas en su agonía para que la posteridad asistiera a aquel horror y se estremeciera ante él. Así se presentaron ante mis ojos en aquel momento los súbditos del poderoso monarca: el opio.
–He preparado para usted, señor, lo más exquisito de cuanto dispongo en mi casa.
Me volví. Polidori, con una mueca maliciosa en los labios, me ofrecía una pipa. Pude observar que, ahora que tenía la boca abierta, sus dientes eran muy afilados. Al fruncir su labio superior, tenía el aspecto de un astuto animal de rapiña.
–¿No? – dijo al fin en tono de burla. Se dirigió a mi compañero-. ¿Y usted, señor? – Volvió a fruncir los labios-. Estoy seguro de que va usted a inhalar nuestro humo, doctor Eliot, ¿verdad?
Eliot, lejos de sorprenderse al oír su nombre, permaneció impasible.
–Me figuro, pues, señor Polidori -comentó- que le han puesto sobre aviso respecto a nuestro interés por usted, ¿no es así?
Polidori torció el gesto y el cuerpo al oír aquellas palabras ingeniosas.
–Esta tarde vi a Headley -asintió Polidori-. Me dijo que usted y el señor Stoker vendrían a verme.
–Bien -repuso Eliot con frialdad-. Entonces ya sabe cuál es el objeto de nuestra visita.
Polidori hizo una mueca.
–Quieren a Mowberley.
–Veo que lo ha entendido perfectamente.
–Me temo que no, doctor Eliot.
Mi compañero enarcó una ceja.
–¿Ah, no?
–Él no se encuentra aquí.
–Sé que está aquí.
–¿Por qué está tan seguro?
Eliot sacudió la cabeza.
–Si usted no nos lleva, ya encontraremos el medio de llegar hasta él.
Dio unos pasos hacia adelante, pero Polidori lo cogió por las muñecas y lo arrastró hasta que los dos hombres estuvieron cara a cara. Vi que Eliot hacía una mueca de asco al oler el fétido aliento de Polidori.
–Suéltelo- le ordené-. ¡Suéltelo!
Polidori me lanzó una mirada, mas no soltó a Eliot hasta al cabo de un buen rato. No obstante, seguía sonriendo, más abiertamente que antes, además. Mi compañero, en cambio, permanecía impertérrito.
–Ya verá -dijo cortésmente- cómo nada va a detenernos. ¡Nada! – Polidori hizo una mueca, dejando sus dientes al descubierto.
–¿Dónde está la mujer para la cual trabaja usted? ¿Dónde está su señora?
–¿Mi señora? – Bruscamente Polidori estalló a reír. Sacudía los hombros y se retorcía las manos con una ansiedad servil-. ¡Mi señora -dijo con voz lastimera-, oh, mi hermosa señora, a quien todo el mundo desea! – De repente se dominó-. No sé a quién se refiere.
–Quienquiera que sea, se dedique a lo que se dedique… -Eliot hizo una pausa-. Sabe perfectamente a quién me refiero.
–Entonces dígamelo.
–Usted ha inducido, valiéndose de engaños, a dos amigos míos, cuyos nombres conoce, a venir a este antro de vicio y perdición. Su objetivo era anularlos con el propósito de sonsacarles la información confidencial a la que tenían acceso por sus cargos políticos. ¿Qué interés tenía usted en ello? Ninguno.
Por lo tanto, siguiendo un procedimiento deductivo lógico muy simple, usted debe trabajar para alguien, alguien que sí tiene un vivo interés en el proyecto de ley parlamentario.
–¡Ah, doctor Eliot, doctor Eliot -dijo Polidori con voz lastimera-, qué listo es usted!
Escupió esta última palabra y dio un paso hacia adelante, pero Eliot me lanzó un grito de advertencia y, antes de que Polidori pudiera ponerme las manos encima, lo cogí por los brazos. Polidori se quedó pasmado, con una mueca de desprecio en sus labios.
–Bien -dijo Eliot tranquilamente-, no deseo que esto se convierta en un asunto desagradable. No tengo ningún interés en encontrar a su… -Se interrumpió-. ¿Qué otra palabra podríamos emplear en lugar de señora? Su cómplice. Limítese a decirme dónde tiene escondido a Mowberley; después yo lo dejaré en paz a usted y usted a mí.
–¡Oh, qué extremadamente considerado es usted!
–Le advierto que si no me queda otro remedio avisaré a Scotland Yard.
–¡Cómo! – Exclamó Polidori con fingido desdén-. ¿Va a arruinar la reputación del noble ministro?
–Preferiría no tener que hacerlo -repuso Eliot-, pero si él pierde la dignidad o la reputación, o lo que sea, yo debo al menos salvarle la vida.
–No se halla en peligro.
–¿Así pues, admite usted que se encuentra aquí?
–No. – Polidori se quedó un momento callado y volvió a sonreír, enseñando los dientes-. Pero sí ha estado aquí, doctor Eliot. – Dio unos pasos hacia atrás, despacio, sin dejar de clavar sus ojos en los nuestros y con las manos levantadas. Sin mirar a su alrededor, le cogió la pipa a la vieja malaya; se la llevó a la boca y dio tres o cuatro caladas. Cerró los ojos-. Qué maravilloso es -murmuró-, qué maravilloso es, en efecto. Hay gente que viene de muy lejos para obtenerlo. – De pronto abrió los ojos-. La gente viene, doctor Eliot, créame; la gente viene aquí. – Lentamente esbozó una sonrisa y vi que sus labios, al abrirse, estaban recubiertos de una película amarilla de saliva, por la que pasó la lengua. Y de pronto sus ojos, que parecían antes empañados, volvían a ser fríos y penetrantes-. Se pasa de listo, doctor Eliot. No hay ninguna conspiración. La gente quiere opio, hasta los ministros del gobierno lo quieren.
–No. – Eliot sacudió la cabeza-. Usted lo atrajo hasta aquí valiéndose de engaños.
–¿Que yo lo atraje hasta aquí valiéndome de engaños? – Polidori se desplomó en un asiento y se recostó en él-. ¿Que yo lo atraje valiéndome de engaños? – Repitió-, ¿que yo lo atraje valiéndome de engaños?,
¿que yo lo atraje valiéndome de engaños? – Alzó la vista y nos miró, parpadeando, con una expresión de perentoriedad en sus ojos-. Necesito hombres adinerados -dijo riéndose-. Hombres con poder adquisitivo alto. Caballeros que residan en West End. – Su risa era ahora una retahíla de risitas agudas-. Así que es cierto, los atraje hasta aquí valiéndome de engaños, doctor Eliot. – Empezó otra vez a mascullar, repitiendo la misma frase una y otra vez. Lentamente se inclinó hacia adelante y con un dedo tembloroso señaló a mi compañero-. Pero si se drogaron, si aceptaron la droga que les ofrecía, ellos fueron los responsables.
Sus ojos, muy abiertos, en los que había una expresión de solemnidad moral, se cerraron repentinamente y Polidori empezó otra vez a soltar risitas chisporroteantes. Se tendió en el asiento, mascullando de vez en cuando palabras sin sentido. Eliot lo observaba con un frío interés.
–Mire -señaló- qué ateridos se le van quedando los músculos de las mejillas. Se está abismando en un profundo estupor. – Echó una ojeada por la habitación-. Esto será más fácil de lo que esperaba.
Examinó cada uno de los cuerpos que estaban tendidos por doquier, pero al fin vi que se levantaba y fruncía las cejas. Se dirigió a mí, sacudiendo la cabeza.
–Quizá esté con el raja -sugerí.
–¿Quién?
Me lo quedé mirando fijamente, sorprendido.
–Pues sir George, quién si no. ¿No es a él a quien buscamos?
Eliot soltó una breve risa, que a mí me pareció casi grosera.
–Claro que sí -repuso, dándome la espalda.
Su súbita brusquedad me irritó mucho.
–Debo ser muy estúpido -le dije-, pero no acierto a comprender por qué mi comentario le ha merecido
tanto desdén.
Eliot se volvió al instante.
–Siento haberlo ofendido, Stoker. Su comentario, sin embargo, era irrisorio, aunque ahora no podemos perder el tiempo debatiéndolo. Y a pesar de todo… -Entornó los ojos y su voz se desvaneció-. Y a pesar de todo, su razonamiento no era tan absurdo como al principio parecía. No… -Con súbita energía se aproximó a la pared y apoyó las manos en ella.
–¿Qué hace? – pregunté.
Me lanzó una mirada.
–Dijo usted que estaba con el raja. Yo me reí porque es evidente que no hay ningún raja… – ¿Qué? –
exclamé yo.
–No hay ningún raja -repitió-, pero hay una reina. ¿Pero vive ella en este mísero lugar?
Hizo un ademán con los brazos y algo atrajo su mirada en una esquina de la habitación. Era el brasero.
Inmediatamente se acercó a él y lo arrastró; después dio golpecitos con los nudillos en la pared que había detrás. La bruja que estaba sentada mirando hipnotizada las brasas lo miró y empezó a chillar. Eliot no le hizo ningún caso, a pesar de que se había agarrado a su gabán, farfullando palabras incomprensibles, aterrada; yo fui hacia allí e intenté calmarla, mas era imposible soltar sus dedos, que tiraban del dobladillo del gabán de Eliot con fuerza. Tenía la vista clavada en la pared, como si presentara una amenaza para ella; Eliot apartó las cortinas sucias y manchadas de humo; detrás de ellas había una puerta de madera tosca.
–¡Ya llega! – Parloteaba la mujer malaya-. ¡Ya llega a por su sangre! ¡Oh, reina, reina del dolor y del placer excelso! – De pronto se ahogó y su cara quedó contraída en un rictus horrible, como el de una calavera-. Oh, mi diosa -farfulló-, mi diosa que da vida, mi diosa que da muerte.
Eliot me lanzó una mirada. Advertí que desviaba la vista y arrugaba la frente. Yo eché una ojeada a nuestro alrededor y vi que Polidori nos estaba observando. Estaba todavía recostado en su asiento, pero tenía los ojos abiertos y despiertos. Eliot desatrancó la puerta y la abrió; sentí de inmediato una bocanada de aire fresco de la noche en mi piel; fue un verdadero alivio después del humo que envenenaba mis pulmones. Eliot dio un paso hacia adelante y después le echó una mirada a Polidori, que seguía observándonos con sus ojos brillantes y estáticos como los de un felino. Eliot me cogió del brazo.
–Por el amor de Dios, vamos, Stoker -susurró. Él se volvió y yo no miré hacia atrás; lo seguí y salimos a un puente. Abajo vi agua; arriba, un muro de ladrillos rojizos y sucios. Miré hacia atrás y vi que Polidori seguía observándome. Di un violento portazo para no verlo más.
Caía una lluvia fina y fría, que me empapó la frente. Lejos de los humos del opio, recobré mi energía y mi coraje. Eché una ojeada a mí alrededor. El puente era de madera y viejo; se extendía sobre un río estrecho que debió ser antaño una vía utilizada por los buques mercantes, pues en la orilla opuesta había un almacén. En aquel momento, sin embargo, sólo había una pequeña embarcación amarrada allí. Al mirar a la desembocadura del río en el Támesis divisé una serie de puntas de hierro incrustadas en los muros, claro indicio de que estaba vedado el acceso a las grandes embarcaciones. El almacén parecía completamente abandonado; el muro estaba pintado con rayas negras y las ventanas, al igual que las de Coldlair Lane, estaban atrancadas. Fijé mis ojos en él y me venció la desesperación; era evidente que estaba deshabitado y que no encontraríamos a nadie allí dentro.
Eliot, no obstante, ya había cruzado el puente e intentaba abrir la cerradura de una puerta maciza de madera. Al fin dio un paso hacia atrás y la puerta se abrió, chirriante. Para sorpresa mía vi una rendija de luz roja. Eliot me lanzó una mirada y entró. Yo lo seguí.
Y, de repente, los dos nos quedamos paralizados. Aquella noche había visto cosas muy extrañas, pero nada que se pudiera comparar con lo que se desplegaba ahora ante mis ojos. De hecho, me pregunté si no seguiríamos en el fumadero de opio, atrapados en un sueño provocado por aquellos humos venenosos. Lo que veíamos era irreal. No podía ser que estuviéramos en un almacén. Aquello parecía el vestíbulo de un palacio fantástico, y, sin embargo, no… Vestíbulo no es la palabra adecuada, pues era de dimensiones impresionantes y muy extraño; pensé que era como un piso suspendido en el espacio, ya que el techo estaba a oscuras y las únicas paredes que distinguí estaban detrás y frente a nosotros. En el centro de estas dos paredes había puertas de ébano. En cada una de ellas había una escultura; eran figuras de diversos estilos; uno pensaba, al verlas, en culturas y tiempos históricos muy distintos; vi una egipcia y otra china. Y a pesar de todo aquellas esculturas tenían algo en común, algo que al principio era imposible de especificar y que producía desasosiego; las examiné una a una y de pronto me di cuenta de que, por variados que fueran los estilos, en todas las caras había la misma expresión: sensual, hermosa y muy fría.
Era como si las estatuas fueran de la misma mujer; esto, evidentemente, era imposible, y, sin embargo, a pesar de todo, era muy extraño.
Fijé mis ojos en las caras alineadas frente a mí y a mi espalda y me estremecí; ¡tuve que mirar a otra parte, pues, por absurdo que parezca, sentí que aquellos ojos me miraban! Clavé la vista en las paredes que tenía a mi izquierda y a mi derecha y que estaban a oscuras, detrás de los nichos en los que fulguraban unas llamas de gas; no podía ver qué había porque estaba todo en tinieblas. En los márgenes, sin embargo, había una escalinata de líneas delicadas y curvas imposibles; imposibles, digo, porque no se apoyaban en ninguna estructura, sino que daban vueltas como los hilos de una tela de araña y dibujaban filamentos en el aire. No veía dónde acababan ni dónde empezaban; el efecto que producían era espectacular y delirante.
Miré a Eliot.
–Imagínese el dinero que debe de haber costado construir un lugar así -le dije.
Al principio, no me contestó. Advertí que estaba mirando fijamente una de las estatuas, que a todas
luces había esculpido un artista oriental, pues tenía la forma y el ropaje de esas obras de arte hindúes que he admirado con frecuencia en los museos de Londres. Pero aquella diosa no se parecía en verdad a ninguna obra de arte de las que yo había visto con anterioridad. En su rostro había una voluptuosidad burlona presente también en los rostros de las demás estatuas; suscitaba a un tiempo repulsión y fascinación; sólo con mirarla sentí un hormigueo en la piel. Con un gran esfuerzo, Eliot dominó su voluntad y pudo deshacerse del hechizo de su mirada.
–Tenemos que apresurarnos -dijo, mirándome a mí-. No debemos permanecer más tiempo aquí.
Se aproximó a la puerta que había enfrente de nosotros y la abrió; yo lo seguí. Daba a un pasillo muy largo lleno de alfombras de vivos dibujos y colores; las paredes eran rojas, con incrustaciones de oro, y las puertas que había a intervalos regulares eran de ébano, como las que habíamos visto. Al final del largísimo pasillo había otra puerta. De pronto, oí el sonido de unas cuerdas que se me metió en las venas.
Nunca en mi vida había oído una música tan sublime como aquella. Era… irresistible. Había en ella algo sobrenatural, aterrador casi. Apreté el paso. Eliot trató de retenerme; me cogió del brazo y con la otra mano intentaba abrir las puertas de ébano, pero estaban todas cerradas y a mí me satisfizo mucho que así fuera. Únicamente había una puerta que yo deseaba abrir, y era la que me llevaría a aquella música cautivadora.
No obstante, por rápido que yo andará por el pasillo, no me daba la impresión de que me acercara al final. Era, por supuesto, una ilusión óptica; a la fuerza tenía que serlo: era como si el humo del opio siguiera en mi cerebro, jugándome una mala pasada. Me detuve, meneando la cabeza, y pugné por poner orden en mi mente, mas la puerta seguía alejada de un modo que exasperaba. Miré por encima del hombro y vi que la puerta por donde habíamos entrado parecía igualmente lejos. Le lancé una mirada a Eliot. Estaba muy pálido y el sudor le perlaba la frente. Intentaba abrir una puerta lateral, pero el picaporte no se movía; intentó entonces accionar el de al lado; en vano. Dándose por vencido, se apoyó en la pared y se enjugó la frente. Yo lo miré fijamente y observé que en su rostro, normalmente tan contenido e impertérrito, afloraban ahora la incredulidad y la desesperación.
–¡Mowberley! – Gritó con las palmas de las manos alrededor de la boca-. ¡Mowberley!
Al instante, la música paró. Yo parpadeé. Era evidente que la voz de Eliot había logrado despertarme de mi sueño, en el que me había sumido inducido por el opio, pues la puerta de ébano me parecía ahora mucho más cercana. Me aproximé a ella y la abrí.
La habitación era acogedora y estaba pintada de rosa. Parecía el cuarto de una niña; en una esquina había una chimenea en la que ardía un fuego que creaba una atmósfera cálida y plácida; junto a la lumbre vi que había una casita de muñecas y una pila de libros infantiles. En el centro de la habitación, sin embargo, había un gran escritorio encima del cual había un montón de manuscritos y en la pared, varios mapas clavados con alfileres, algunos de los cuales parecían muy antiguos; era evidente que eran todos ellos herramientas de trabajo de un estudiante. En la pared más alejada de nosotros había cuatro hombres que sostenían unas violas y unos violines. Al entrar nosotros, dieron un respingo, pero ninguno de ellos nos miró; por el contrario, bajaron las cabezas y, aunque tenían los ojos abiertos, tenían la mirada perdida. Algo me llamó la atención de inmediato y es que la expresión de sus rostros era idéntica a la del timonel que habíamos perseguido por el Támesis.
–¿Quiénes son ustedes?
Era la voz, clara y fuerte, de una niña de corta edad que había asomado la cabeza por encima de los manuscritos apilados en el escritorio. Le lancé una mirada a Eliot, que parecía tan sorprendido como yo.
Nos aproximamos al escritorio. Ahora vi que, efectivamente, quien estaba sentada frente a él era una niñita deliciosa y hermosa, de pelo largo y rubio atado con una cinta, y de rasgos delicados como los de una muñeca de porcelana. Llevaba un precioso vestido de color rosa, un delantal, y calcetines blancos; no paraba de mover sus piernecitas debajo del escritorio. Se llevó a la boca la pluma que sostenía con una mano, y se quedó mirándonos fijamente con sus grandes ojos con una solemnidad casi cómica. Aquella criatura no tenía más de ocho años.
–No deberían estar ustedes aquí, ¿saben? – dijo con la serenidad y el aplomo tan característico de los niños de su edad.
–Lo siento muchísimo -repuso Eliot cortésmente-. Hemos venido a buscar a un amigo.
La niña asimiló la información que acababan de transmitirle.
–¿No han venido a ver a Lilah? – preguntó al fin.
–No -contestó Eliot, meneando la cabeza-. Queremos ver a un amigo mío. George Mowberley.
–Ah, ya.
–¿Sabes dónde está?
–Estará abajo -respondió la niña, que arrugó la nariz un gesto ligeramente desdeñoso.
–¿Podrías llevarnos hasta allí? – le preguntó Eliot.
La jovencita sacudió la cabeza con mucho remilgo.
–¿No se dan cuenta de que estoy muy ocupada? – Dejó la pluma con mucho esmero sobre el escritorio y bajó del sillón. Alzó la vista y nos miró.
–Llamaré a Stumps. Él los acompañará.
Se acercó a un cordón con una borla y, poniéndose de puntillas, tiró de él. Después señaló la puerta que había detrás de su escritorio y que no era de ébano, como las que habíamos visto, sino que estaba pintada de rosa y blanco al igual que el resto de la habitación.
–Ya pueden marcharse -dijo-, les estará esperando fuera.
Se echó el pelo para atrás con coquetería y volvió a su sillón. Antes de que le diera tiempo de subirse en él, Eliot la cogió, la levantó y la sentó.
–Muchísimas gracias -dijo ella obedientemente-. Y ahora debo seguir estudiando.
–Por supuesto -dijo Eliot-. Adiós.
–Adiós. – La niña no había levantado la vista; estaba ya abismada en un libro que había sobre la mesa; movía los labios; leía en voz alta. Eliot la miró y sonrió casi imperceptiblemente; después me hizo un ademán y salimos de la habitación. Al cerrar la puerta, volví a oír aquella música que me había trastornado. Yo quería quedarme allí y escuchar, pero Eliot me tiró del brazo.
–A menos que ande errado, aquí llega nuestro guía.
Miré a la persona que me había indicado. Estábamos en un rellano y ante nosotros se desplegaban, hacia arriba y hacia abajo, unas escaleras muy parecidas a las que había visto antes. Pero había entre ellas una diferencia crucial, y ahora estaba más que seguro de que había sido, pasajeramente, víctima del opio, pues mientras que antes las escaleras parecían estructuras oníricas, estas que veía ante mis ojos no tenían nada de extraño, salvo lo incongruente que resultaba su presencia en un almacén. Pero esto era en todo caso sorprendente, no imposible. Supuse que al dueño de aquel lugar le gustaban las cosas extrañas y grotescas; el criado que venía a nuestro encuentro lo confirmaba. Aquel hombre, según mis cálculos, no medía más de tres pies, y su rostro parecía que se hubiera fundido. En lugar de nariz, tenía dos agujeritos y la mandíbula presentaba una malformación: la lengua le colgaba sobre unos dientes negros y mellados.
En el cuero cabelludo había abundantes calvas. Sus miembros eran cortos y gordos, como los de una criatura de meses, y, sin embargo, a pesar de su uniforme de paje, era evidente que era un hombre de edad avanzada. Al verlo, me estremecí; pero luego vi que en sus ojos astutos había una expresión de dolor, que me hizo sentirme casi avergonzado.
Se paró frente a nosotros y gruñó unas palabras difíciles de comprender, dado su defecto físico, aunque estaba claro que nos preguntaba qué deseábamos.
–Sir George Mowberley -dijo Eliot-. ¿Nos puede llevar hasta él?
El enano se lo quedó mirando fijamente y pareció fruncir las cejas, aunque era difícil apreciarlo, porque tenía la cara muy deformada. Señaló las escaleras y con un ademán nos rogó que lo siguiéramos.
Avanzamos despacio, puesto que él no podía andar muy aprisa. A mitad de las escaleras, di un respingo al ver que había una pantera observándonos. Me puse rígido, pero la pantera sólo bostezó y muy indolentemente, se lamió las zarpas. En el vestíbulo que había al final de la escalera vi algo que parecía un pitón enroscado a una silla; en una de las habitaciones por las que pasamos nos sobresaltó el ver dos ciervos.
–¿Qué es esto? – murmuré-. Parece que estemos en un zoo.
Eliot meneó la cabeza parsimoniosamente, pero no contestó nada. Estaba visiblemente tenso; su rostro parecía rígido y muy chupado y no dejaba de mirar por encima del hombro como si temiera que lo pillaran desprevenido. No obstante, no vimos a nadie; yo, quizá contagiado por el recelo de Eliot, empecé a ponerme muy nervioso.
Al fin el enano se paró frente a una puerta.
–Aquí está.
El esfuerzo que le costaba articular las palabras parecía que le causaba mucho dolor. Nos abrió la puerta y Eliot le dio las gracias. Mi miedo se convirtió en terror. Lo percibía desplazándose dentro de mí como una nube.
Eliot me apretujó fuerte el brazo.
–¿Se encuentra bien? – preguntó. Mi compañero tenía la frente húmeda y fría; me dio la impresión de que los ojos le salían un poco de las órbitas, como presas del terror, y me pregunté si los míos tendrían también aquel aspecto. Por extraño que parezca, sin embargo, me tranquilizó ver que él estaba tan asustado como yo.
Yo asentí.
–Vamos, Eliot -dije-. Afrontemos lo peor.
Supongo que yo me temía que al entrar en aquella habitación sería víctima de una alucinación como la que había sufrido antes. Pero estaba a oscuras; una oscuridad densa, de terciopelo rojo. Tardé unos segundos en acostumbrarme a la oscuridad. Poco a poco advertí que había unas velas encendidas, diminutos destellos de luz titilantes formando un arco. Más allá distinguí vagos perfiles de muebles y detrás de ellos unas cortinas, recargadas y suaves como la oscuridad misma; me sentí encerrado, atrapado en algo vivo y opresivo. El aire estaba muy cargado de humo de incienso y de opio, y de los perfumes exóticos de unas flores cargadas de polen. Me sentí como si me hubieran chupado toda mi energía, como si la oscuridad se alimentara de mí, y anhelé poder recobrarla. Enfrente de nosotros, donde el arco de velas se juntaba con la pared, era el único sitio donde no reinaba la oscuridad y donde habían descorrido las cortinas. En la pared había un cuadro, iluminado. Parecía muy pálido en contraste con la pared pintada de rojo. Era una mujer y me di cuenta en seguida de que su rostro era el mismo de las estatuas que habíamos visto en los nichos. En aquel cuadro, no obstante, estaba representada vestida a la última moda. Era de una belleza espantosa. Yo tuve que desviar la mirada. Y al hacerlo vi por primera vez un cuerpo tendido en el suelo como si fuera una ofrenda. Era el raja. Su ropa estaba empapada; tenía una pierna herida y el rostro manchado de hilillos de sangre.
Eliot se aproximó a él, y le dio la vuelta. Yo lo seguí y vi que junto a la cabeza del raja había una fuente grande de plata en la que no había reparado. Estaba llena de un líquido espeso y oscuro. Metí un dedo y lo levanté a la luz de una vela.
–Eliot -susurré-, creo que es sangre.
Eliot me lanzó una mirada.
–¿De veras? – preguntó.
Me estremecí y miré a mí alrededor.
–Hay algo en este sitio -murmuré- que me parece…
–¿Sí? – inquirió Eliot.
Me encogí de hombros.
–Casi sobrenatural -repuse.
Eliot se rió de buena gana.
–Creo que deberíamos agotar todas las explicaciones naturales -dijo- antes de aferramos a semejante teoría. Y de hecho -añadió, mirando de nuevo el cuerpo tendido en el suelo al que había tomado el pulso-éste no es un caso que desafíe las leyes de la naturaleza.
Había un dejo en su tono que me alertó.
–¿Tiene usted, pues, una solución? – exclamé.
–Al final -repuso- resulta que era todo muy sencillo.
Me quedé mirando fijamente el rostro del raja; era el mismo y… no lo era. Sus rasgos eran los que había visto en las escaleras de la entrada privada del Lyceum, pero la crueldad se había suavizado, en realidad había desaparecido de ellos, y vi, a pesar de los hilillos de sangre, que sus mejillas ya no estaban pálidas sino rosadas y regordetas.
–No lo entiendo -dije-. Es, sin duda, el rostro del raja, pero está tan increíblemente cambiado que parece imposible que lo sea.
–Le doy la razón -asintió Eliot-; llevaba un disfraz milagroso. Incluso yo, cuando lo vi por primera vez, no alcancé a darme cuenta.
–¿Quién es, entonces? – pregunté.
–Pues quién va a ser -repuso Eliot-. Sir George Mowberley, por supuesto.
–¿Está…?
–Sí -asintió Eliot-. Está vivo. – Observó brevemente la herida que tenía sir George en la pierna-. Debió ser la bala -murmuró-. No es nada grave. Pero tenemos que sacarlo de aquí lo más rápido posible.
Echó varias miradas a nuestro alrededor y en aquel momento las velas temblaron. Tuve la sensación de que la habitación palpitaba como un ser vivo y de que una entidad invisible me dejaba sin fuerzas; tenía la lengua correosa y me imaginé que los huesos se me estaban convirtiendo en ceniza; y los ojos los tenía secos y me escocían, como si me hubieran aspirado la humedad que los protege; incluso las cuencas me dolían. Agotado y sin vida, miré el cuadro que había colgado en la pared. Eliot también lo estaba contemplando fijamente.
–¿Lo siente? – pregunté.
Se volvió. Tenía el rostro más chupado y enjuto que nunca. De repente, sin embargo, estalló a reír, sacudiendo la cabeza.
–¿Qué ocurre? – le pregunté, algo sorprendido.
–Pero si esto es como el decorado de una de sus obras de teatro, ¿no cree, Stoker? ¿No será una casa encantada con sus trucos efectistas? No, no -añadió, sacudiendo la cabeza-, éste es un lugar donde acecha el peligro, pero no procede de ningún ser sobrenatural. Los enemigos con los que nos enfrentamos son diabólicos, mas, ¡ay!, no por ello son menos humanos. – Se agachó-. Vamos, Stoker -dijo levantando uno de los brazos de sir George-, no debemos dejar que nos descubran aquí. A nuestros conspiradores no les gustará que les arrebatemos su trofeo. Tenemos que irnos en seguida.
Yo cogí a sir George por los pies y le ayudé a levantarlo. Con la otra mano abrí la puerta; no recordaba haberla cerrado, pero no abrí la boca, pues no deseaba que volviera a burlarse de mí. Aun así, en mi imaginación sentía que la oscuridad me dejaba sin fuerzas; me pregunté si mis piernas y mis brazos crujirían de lo maltrecho y seco que me sentía el cuerpo. Pensé que Eliot también luchaba lo suyo, porque parecía muy debilitado; y, aunque me sonrió para tranquilizarme, tenía la cara rígida y muy pálida.
Salimos de la habitación, no sin antes fijar los dos nuestros ojos en el cuadro. Aquella mujer brillaba con luz tenue; después la habitación pareció llenarse de tinieblas; las velas se apagaron una a una hasta que quedó todo a oscuras.
–Por el amor de Dios -murmuró Eliot-, salgamos de aquí.
Anduvimos vacilantes por el pasillo. Del piso superior me llegaba el sonido apagado de las melodías que había oído antes. Apretamos el paso. Al final del pasillo había un amplio vestíbulo; y al final del vestíbulo, dos macizas puertas de metal, que estaban abiertas. Pasamos por ellas y sentimos que nos caían gotas de lluvia en la cara. Por fin habíamos salido a la calle.
–Por aquí -dijo Eliot, señalando una farola de gas titilante. No dejaba de mirar por encima del hombro, pero nadie nos seguía, y cuando llegamos a la calle principal supe que estábamos a salvo, pues en la acera había una aglomeración. Me sorprendió ver a tanta gente, pues todavía no había amanecido; la multitud estaba agolpada en la oscuridad, lejos de la luz de la farola; estaba todo negro como la boca del lobo y era prácticamente imposible distinguir qué les tenía allí reunidos. Había un policía agachado junto a un cuerpo desplomado. Eliot le preguntó qué había ocurrido; el guardia le respondió que habían agredido a una mujer y que la habían dado por muerta. Eliot, ni que decir tiene, ofreció de inmediato sus servicios; se agachó y vi que, de pronto, fruncía las cejas y le cogía una muñeca a la víctima.
–¡Rápido! – gritó-. ¡Rápido, denme un trapo! – Se lo ató a la muñeca y vi que se formó una mancha morada que poco a poco iba extendiéndose por la tela. Eliot miró al policía-. ¿No vio usted -le preguntó-que le habían cortado en la muñeca?
–¡Es lo que hicieron con todos los demás! – Gritó una mujer de la multitud-. ¡Todos tenían cortes como éste, sí, todos, algunos en el cuello, otros en el cuerpo y otros en las muñecas! – ¿Los demás? – preguntó Eliot.
–La gente de por aquí -asintió la mujer. Se oyeron gritos de la muchedumbre que expresaba su acuerdo con ella-. ¡La policía no hace nada por nosotros! ¡Les es indiferente! ¡Lo mantienen en silencio!
El policía tragó saliva; era muy joven. Le dijo a Eliot en voz queda que él no sabía nada del caso. Él no hacía sus rondas en Rotherhithe. Había llegado de los muelles de la zona norte a fin de investigar el ruido de un tiroteo en el Támesis del que habían informado a la policía y, aunque no había descubierto indicio de tiroteo alguno, se había encontrado con aquella mujer; hacía lo que podía y, como ya había dicho, no hacía las rondas allí. Clavó los ojos, nervioso, en la muñeca teñida de sangre de la mujer y volvió a tragar saliva.
–¿Vivirá? – preguntó al fin. Eliot asintió.
–Eso creo -comentó-, pero debemos llevarla a un hospital cuanto antes. – Miró fijamente al policía-. Si usted trabaja en los muelles del norte de la ciudad, tendrá aquí una lancha. El policía asintió.
–Bien -dijo Eliot, poniéndose en pie-. Entonces llévenos a la otra margen. Tengo que llevarla a Whitechapel; allí podré atenderla.
El policía asintió, pero de repente frunció las cejas. – Perdone la pregunta, señor, pero ¿qué están haciendo ustedes aquí?
–¿Nosotros? – Eliot se encogió de hombros-. Estábamos… -Sonrió casi imperceptiblemente-. Estábamos disfrutando de una noche en los muelles. – Señaló a sir George, cuya herida, según pude ver, había disimulado con cuidado-. Y me temo que uno de nosotros ha disfrutado de lo lindo. El policía asintió con parsimonia. – Sí, señor. – De pronto torció el gesto-. Comprendo. – Le agradecería que no se lo dijera a nadie -dijo Eliot con vehemencia-. Y ahora no perdamos más tiempo. Vamos. Tenemos que llevar a esta pobre mujer a su lancha, y después a la cama.
Y así fue como cruzamos el río y volvimos al norte, a Whitechapel. Una vez allí, un par de policías nos ayudaron a llevar a la mujer hasta el hospital; Eliot, antes de entrar en el edificio, me pidió que subiera a sir George al piso de arriba.
–Y por todos los santos -me susurró-, no deje que nadie le vea la herida de la pierna.
Yo asentí y lo llevé hasta arriba sin problemas; permanecí a su lado más de una hora. Al fin llegó Eliot.
–La mujer se recuperará -dijo, sentándose junto a sir George-. La he acostado en una cama del piso de abajo.
–¿Y qué hacemos con él? – pregunté, indicándole a sir George.
–¿Con él? – Eliot sonrió-. Se ha portado muy mal. Debemos devolvérselo a su mujer en seguida.
–¿Pero de veras cree usted que se encuentra bien de salud?
–Estoy seguro de ello. Pero voy a examinarlo y a cuidar su herida, que, como ve… -dijo, poniéndola al descubierto- es sólo un arañazo… -Se quedó callado un momento, mirando fijamente el rostro de sir George; después sonrió casi imperceptiblemente y sacudió la cabeza; a renglón seguido frunció las cejas, como avergonzado, y volvió a vendarle la herida. Pero su sonrisa había sido una sonrisa llena de afecto y para un hombre tan frío como él aquel afecto, pensé, debía ser muy importante. – ¿Son amigos íntimos? –
le pregunté. Eliot meneó la cabeza.
–Ahora no, pero en el pasado nos atrajimos como suelen atraerse dos seres opuestos. Yo, Ruthven y Mowberley. Yo asentí y volví a mirar fijamente a sir George. – ¿Cuándo lo supo? – pregunté al fin. – ¿Qué?
¿Que él y el raja eran la misma persona? Eliot esbozó una sonrisa llena de tristeza. Prosiguió su trabajo en silencio y yo pensé que no iba a contestarme.
–George siempre fue… -dijo de pronto-. Siempre fue… -Sacudió la cabeza-. Muy mujeriego.
–Sí, eso ya me lo dijo. – Asentí lentamente-. ¿Por eso se fue con la prostituta del callejón? – Exacto.
–Pero… perdone mi falta de delicadeza… pero hay muchos hombres que… bueno… ¿no es posible que un raja también tenga…? En fin, ya me entiende.
–Sí -repuso Eliot secamente-. Por supuesto. Pero yo estaba convencido de que, si el raja no era sir George, entonces lo que buscaba en la prostituta no era sexo sino otra cosa bien distinta.
–¿De veras? – Miré fijamente a Eliot, perplejo-. ¿A qué se refiere? ¡Dígamelo, en nombre de Dios!
–No deseo hablar de ello. – Se le quedó el rostro paralizado-. Fue una locura pensarlo. – Pero no me cabe duda que…
–No deseo hablar de ello -dijo esto en un tono de voz súbitamente gélido y yo debí poner cara de sorprendido, pues inmediatamente Eliot me tocó el hombro, como pidiéndome disculpas-. Se lo ruego, Stoker, no me haga más preguntas sobre este tema. Es un asunto para mí desagradable. Recordará que le hablé de la enfermedad que padecían ciertas personas en Kalikshutra… Es algo que he intentado arrancar de mi mente; sin embargo, es evidente que no lo he conseguido del todo, pues a veces me imagino que algunas personas, que no pueden padecerla, la padecen. Baste con decir que mis suposiciones eran falsas y que a partir de aquel momento supe a ciencia cierta que el raja era sir George. Cuando lo vi en aquella embarcación, la expresión de sus ojos al verme… no me cupo ninguna duda.
–Hay algo, sin embargo -afirmé-, que sigo sin entender.
–¿Ah sí?
–Sí. – Volví a escudriñar el rostro de sir George-. ¿Cómo es posible que sus rasgos cambiaran tanto?
¿Cómo es que no lo reconocimos en seguida?
–Ah ya -asintió Eliot-. Recordará, Stoker, que en Coldlair Lane le comenté que el caso estaba perfectamente claro para mí, excepto por un detalle que no encajaba. Bien, usted acaba de mencionar este detalle, que sigue dejándome perplejo. Confieso… que no puedo responder a su pregunta.
–¿No tiene ninguna teoría?
Eliot frunció las cejas.
–Tal vez… -murmuró.
–¿Sí?
Sacudió la cabeza.
–No -dijo al fin-, es imposible.
–Dígamelo -le apremié.
–Tan sólo iba a comentarle una coincidencia -me dijo. – ¿Una coincidencia? Eliot asintió.
–Recordará que Lucy, cuando vio el rostro de Mowberley junto a la ventana, imaginó que estaba manchado de sangre. Esta noche, cuando lo encontramos, también tenía la cara manchada de sangre.
–¡Santo cielo, Eliot! – exclamé-. ¡Tiene usted mucha razón! ¿Cómo hay que interpretarlo?
–Confieso -respondió Eliot- que no sé cómo interpretarlo.
Mi decepción debió ser bien visible, pues Eliot sonrió.
–Me temo que debemos esperar -afirmó poniéndose en pie- a que Mowberley recobre el conocimiento.
Tal vez sus comentarios arrojen luz sobre el asunto. Y con este fin, Stoker, me pregunto si puedo pedirle un último favor.
–Desde luego -repuse yo-, ya sabe cómo me gusta ayudarle en este caso.
Eliot se había aproximado a su escritorio. Se había sentado y estaba escribiendo una nota.
–Tenemos que llevar a Mowberley a su casa -dijo-. Lady Mowberley ha llevado su ausencia con mucho valor. No podemos tenerla apartada de él más tiempo. – Se volvió a mirarme-. Por tanto, Stoker, me pregunto si sería mucha molestia para usted llevar al ministro hasta su casa.
–No es ninguna molestia -repuso.
Eliot asintió.
–Iría yo mismo -murmuró-, pero he dejado a Llewellyn solo demasiado tiempo, ésta es la verdad. –
Siguió escribiendo y, cuando al fin hubo concluido la nota, la metió en un sobre y me lo dio-. Tenga la amabilidad de entregarle esto a lady Mowberley.
–Tiene que prometerme que me mantendrá informado de cómo se desarrolla el caso.
Eliot sonrió.
–Pues claro que sí, mi querido Stoker. ¿En quién, si no, podría yo confiar? Pero dudo que este caso nos dé más guerra. Creo que podemos considerar que hemos dado con la solución.
Y, después de guardar la nota, me fui. Sentado en el coche de caballos, sin embargo, no dejaba de darle vueltas al asunto, pues no estaba tan seguro de que hubiéramos resuelto todos los enigmas. Pensé en todo lo que había vivido y visto aquellos días, hasta que, rendido, las imágenes empezaron a mezclarse unas con otras de forma inconexa. Veía a Lucy; al raja; a lord Ruthven y a sir George; los perseguía con Eliot en una embarcación por el Támesis; después me encontraba en el antro de Polidori. Y luego veía el cuadro que colgaba de aquella habitación perfumada; y de pronto me desperté sobresaltado. Aquel recuerdo me hizo estremecer, no sabría decir por qué; la hermosura de aquella mujer era tan imponente y tan imposible que me pregunté si no sería esto lo que me tenía alterado. Seguíamos sin saber quién era, ni qué hacía en Rotherhithe y, sin embargo, Eliot daba el caso por acabado.
Sacudí la cabeza. No quería desconfiar de un hombre que tenía un talento tan extraordinario. Tuve la corazonada de que no tardaría mucho en volver a verlo…
Carta del doctor John Eliot a lady