Blackmoore
Capítulo 1
Lancashire, Inglaterra. Julio de 1820
El delicado canto de la alondra es sinónimo de pena; el reclamo de la
golondrina, una rítmica carrera a dos notas; y la canción del mirlo, un silbido que
marca la vuelta al hogar.
Fue la alondra la que me atrajo a la ventana aquella mañana. Detuve mi
deambular incesante por la habitación, apoyé las manos en el alféizar y me asomé
para oírla mejor. Durante un breve instante, aquel relato de tristeza y dolor mitigó mi
desasosiego. Poco importaba cuántas veces me detuviera a escuchar su canto, las
notas finales nunca eran alegres.
Solía preferir el canto de la alondra a ningún otro, pero aquel día su lamento solo
consiguió acrecentar mi intranquilidad. Me alejé de la ventana y me volví
compulsivamente para echar un nuevo vistazo al reloj situado sobre la repisa de la
chimenea. Las tres. Maldije el lento paso del tiempo en aquel día en el que nada me
quedaba ya por hacer, salvo esperar. Aún faltaban algunas horas hasta que cayera la
noche y pudiera irme a dormir. Al día siguiente despertaría y partiría hacia
Blackmoore. La espera debería haberme resultado agradable; al fin y al cabo, llevaba
toda la vida esperando poder visitar Blackmoore. No obstante, en aquel último día, la
espera se me antojaba insoportable.
Abrí el baúl de viaje, saqué la partitura de Mozart que había guardado allí esa
misma mañana y abandoné mi habitación. En cuanto abrí la puerta, me llegó el
sonido de un llanto. Eché a correr por el pasillo y bajé las escaleras de dos en dos.
María yacía en mitad de la escalera.
—¿Qué te pasa? ¿Qué ocurre? —pregunté deteniéndome un peldaño por encima
de ella.
Me incliné sobre su cuerpo postrado mientras por mi mente desfilaban todas las
calamidades que podían haberle acontecido a mi hermana pequeña mientras yo me
dedicaba a deambular por mi habitación.
María se puso boca arriba y se quedó mirando al techo. Tenía su melena castaña y
ondulada adherida a sus empapadas mejillas y su pecho se agitaba con ímpetu debido a la fuerza de sus sollozos.
—Contéstame, María —exigí zarandeando su brazo con delicadeza—. ¿Qué ha
pasado?
—El se… El señor Wilkes se ha ido y no volverá nu… nunca.
Me eché hacia atrás y la miré con recelo.
—¿De verdad estás llorando por el señor Wilkes?
Por respuesta solo obtuve un nuevo sollozo.
Me saqué el pañuelo del bolsillo y lo acerqué a su rostro.
—Tranquilízate, María. Ningún hombre merece todo este sufrimiento.
—¡El señor Wilkes sí!
Me resultaba difícil creerlo. Intenté limpiarle la cara con el pañuelo, pero ella me
apartó la mano. Dejé escapar un suspiro.
—¿Sabes que hay sitios más cómodos que la escalera para llorar?
—¡Madre! —gritó María apretando los puños con furia—. ¡Kitty está siendo
desagradable conmigo otra vez!
—Kate —le recordé—. Y no estoy siendo desagradable, solo práctica. Hablando
de ser prácticos… —Volví a acercar el pañuelo a su cara—. ¿Cómo puedes respirar
con tanto líquido en la cara?
María apartó mi pañuelo con un nuevo sollozo.
—Llévate tu sentido práctico a otra parte, yo no lo quiero.
—Por supuesto que no —repliqué notando cómo mi paciencia se esfumaba—. Lo
que tú quieres es llorar en mitad de la escalera por un hombre al que no has visto más
de cinco veces.
—¡Madre! —gritó mientras me fulminaba con la mirada—. ¡Kitty está siendo
mezquina conmigo otra vez!
—Kate —repetí mientras mi propio enfado iba tomando forma—. Mi nombre es
Kate. Y nuestra madre ni siquiera está en casa, ha salido. En fin, si tú te niegas a
entrar en razón, yo me niego a consolarte. Ahora si me disculpas, Mozart me espera.
Mi hermana me desafió con la mirada y no se movió ni siquiera un milímetro, por
lo que tuve que agarrarme al pasamanos y saltar por encima de ella para llegar al pie
de la escalera. Entré en el salón meneando la cabeza, furiosa, y cerré la puerta con
firmeza tras de mí. Al poco, me llegó alto y claro un nuevo lamento de María. Mi
gata, que estaba acurrucada sobre el pianoforte, arqueó la espalda y maulló al
unísono.
—¡Oh, tú también no! —exclamé fulminándola con la mirada.
Existen muchas maneras de interpretar mal a Mozart, pero una única forma de
hacerlo bien. Se supone que uno debe interpretar a Mozart con la misma precisión
con la que abordaría una ecuación matemática. Se supone que la música debe fluir de
forma regular, que cada nota debe ser como el soldadito obediente que no se toma
más que el espacio de tiempo que le ha sido concedido. En Mozart no tiene cabida la
irritante influencia de la pasión, ni tampoco una gatita llamada Cora arañándote el hombro en su intento por huir del molesto ruido; aunque definitivamente lo que no
tiene cabida en Mozart son las hermanas que se lamentan frente a la puerta del salón
en el preciso instante en el que yo intento practicar.
Después de intentar durante algunos minutos tocar por encima del ruido que
armaba María con sus sollozos, quedaba claro que estaba interpretando mal a Mozart.
De hecho estaba aporreando las teclas con tanta pasión que me rompí una uña.
—¡Maldita sea! —murmuré a la par que me llegaba un nuevo lamento desde el
pasillo. Eché la cabeza hacia atrás y grité por encima del ruido—: ¡No se puede
interpretar a Mozart de esta manera! ¡Es un insulto para su talento musical!
Oí unos pasos presurosos al otro lado de la puerta y los sollozos de María dieron
paso a un discurso prácticamente incomprensible.
—Kitty ha sido tan mezquina, madre. No muestra la más mínima compasión por
mi sufrimiento y me ha dicho que me fuera a llorar a otro sitio, y eso que cualquiera
puede ver que yo no elegí este lugar para llorar, sino que sentí la necesidad de llorar y
resulta que estaba cerca de las escaleras cuando el impulso se desató…
—Oh, ahora no, María.
Al oír la voz de mi madre, Cora saltó de mis hombros al suelo, cruzó la sala como
un borrón de pelo gríseo y se escondió bajo una silla.
Al instante siguiente, la puerta se abría de par en par y mi madre irrumpía en la
sala. Ni siquiera se había detenido a quitarse el sombrero y su pecho subía y bajaba
de forma casi violenta debido a su agitada respiración.
—¿Es cierto? —Se llevó una mano al pecho—. No puede ser cierto, Kitty.
—Kate —le recordé.
Seguí tocando sin inmutarme. Mozart requería concentración y, puesto que los
sollozos de María habían dado paso a meros gimoteos, me dispuse a aprovechar el
relativo silencio.
Sin darme tiempo a reaccionar, mi madre se dirigió con paso airado hacia el
pianoforte taconeando con fuerza sobre el suelo de madera y me arrebató la partitura
de malas maneras.
—¡Madre!
Me puse en pie e intenté recuperarla en vano, ella dio un paso atrás y la sostuvo
por encima de la cabeza. Solo entonces me detuve a observar su rostro
detenidamente. El corazón empezó a latirme con fuerza a causa del miedo.
—¿Es cierto? —volvió a repetir con voz queda y temblorosa—. ¿El señor Cooper
te hizo una proposición de matrimonio y tú la rechazaste? ¿Sin ni siquiera
consultarme?
Me tragué mi nerviosismo y me encogí de hombros fingiendo indiferencia.
—¿Qué tenía que consultarle? Ya le he dicho lo que pienso del matrimonio. —
Inicié un nuevo intento por hacerme con la partitura, pero ella la elevó aún más,
sacando partido de los cinco centímetros con los que me aventajaba—. ¡Además, se
trataba del señor Cooper! ¡Pero si tiene un pie en la tumba! Es probable que no viva ni para ver un nuevo año.
—¡Mejor aún! ¡Ojalá todas mis hijas tuvieran tanta suerte! ¿Cómo has podido
desperdiciar esta oportunidad, Kitty?
Mi labio superior dibujó una mueca de disgusto.
—Ya le he dicho un millón de veces madre que no tengo la más mínima intención
de casarme con nadie. Ahora, por favor, devuélvame la partitura. Estoy segura de que
querrá que toque bien en Blackmoore.
Frunció los labios, se puso colorada y tiró al suelo la partitura, que no salió bien
parada. Las páginas acabaron esparcidas por el suelo, arrugadas, como las alas de un
pájaro herido.
—¡Madre! ¡Mozart!
Me agaché rápidamente para recuperar las páginas desperdigadas.
—¡Oh, madre! ¡Mozart! —se burló con voz chillona y agitando las manos
alrededor de la cara—. Madre, no quiero hacer nada sensato como conseguir un buen
marido. Lo único que quiero es ir a Blackmoore y tocar a Mozart y desaprovechar
todas y cada una de las oportunidades que tanto esfuerzo han supuesto.
Me puse en pie aferrando la partitura contra el pecho y con el rostro encendido.
—No considero que mis metas, aunque difieran de las suyas, sean desperdiciar…
—¡Tus metas! ¡Esta sí que es buena! —Se paseó de un lado a otro delante de mí
taconeando con fuerza, como si intentara de paso pisotear también mi voluntad y mi
voz—. ¿Y cuáles son exactamente esas metas?
—Ya sabe cuáles son —murmuré.
Se detuvo delante de mí con las manos en jarras.
—¿Qué metas? ¿Decepcionar a tu familia? ¿Malgastar unos recursos muy
valiosos? ¿Convertirte en una vieja solterona como tu tía Charlotte? —Frunció sus
cejas oscuras—. ¿Para eso he invertido en ti? ¿Para no recibir absolutamente nada a
cambio salvo una niña tonta a la que solo le preocupan Blackmoore y Mozart?
Alcé la barbilla, decidida a no dejar que me temblase.
—Eso no es cierto. Me preocupan más cosas. La India, Oliver y…
—Oh, no me nombres la India, jovencita. ¡Otra vez no! —Levantó los brazos y
me estremecí involuntariamente—. No puedo creer que Charlotte se atreviera a
invitarte en contra de mi voluntad. ¡La India! Como si no fueras ya suficiente carga
para mí con esa cabezonería tuya y esa…
Se dio la vuelta de pronto y vino con paso airado en mi dirección. «No
retrocedas», me dije. Apreté a Mozart contra el pecho y le ordené a mi barbilla que
permaneciera erguida. Le sostuve la mirada.
—Se acabó, Kitty —concluyó levantando un dedo y agitándolo delante de mi cara
—. Me he cansado de tu testarudez. Pienso demostrarte que sé lo que es mejor para ti
y pienso empezar ahora mismo. No irás a la India. Escribiré a tu tía Charlotte para
decirle que ya he tomado una decisión. Y… —Me agarró por la barbilla y me obligó
a cerrar la boca, que se había abierto automáticamente dispuesta a protestar. A esa distancia podía oler su aliento a té rancio. Continuó en un susurro—: Y no irás a
Blackmoore. Te quedarás aquí hasta que aprendas cuál es tu sitio y no te molestes en
recurrir a tu padre o aún tendrás más problemas de los que ya tienes.
Al soltarme, un brillo triunfal centelleaba en sus ojos marrones.
Negué con la cabeza mientras el corazón me latía con fuerza.
—No, madre. Por favor… Blackmoore no. Por favor, no me arrebate
Blackmoore…
—¿No? ¿No? —Alzó un dedo, me silenció con la más dura de sus miradas y
prosiguió en voz baja—: Ve a tu habitación y deshaz las maletas, Kitty.
Miré a mi madre fijamente a los ojos. Eran del mismo color que un viejo cepo
oxidado que había encontrado en el bosque a los siete años y que con sus fauces de
hierro tenía apresado a un conejo. El pobre animal ya no luchaba cuando lo encontré,
aunque aún respiraba y pudo verme. Sus ojos se movieron cuando me incliné sobre
él. Intenté liberarlo por todos los medios, pero el viejo metal oxidado se negaba a
obedecer a mis dedos entrometidos.
A la desesperada, acabé por salir corriendo hacia la casa de los Delafield y
arrastré a Henry hasta el bosque. Este echó un vistazo al conejo y negó con la cabeza.
Agarró una piedra grande y me ordenó que me diera la vuelta y que me tapara los
oídos. Empecé a llorar, pero hice lo que me había pedido.
Poco después, cuando apoyó su mano en mi hombro, abrí los ojos y bajé las
manos. Dijo que el pobre animal había dejado de sufrir. Que era lo mejor que
podíamos haber hecho por él. Imagino que después de aquello Henry se deshizo del
cepo, ya que nunca más volví a verlo, a pesar de que iba al bosque casi todos los días.
Sin embargo, nunca pude olvidarlo. No pude borrar de mi mente sus dientes enormes,
ni su color oxidado o la tenacidad de su mordedura.
En aquel preciso instante, vi la misma tenacidad fría en los ojos de mi madre.
Pensaba arrebatarme Blackmoore y la esperanza de viajar a la India, y no había nada
que yo pudiera hacer para detenerla. No podía escapar de ella ni de su voluntad. Y la
desesperación me golpeó con sus puños, puños que me vi incapaz de esquivar.
—Mi nombre —repliqué en voz baja— no es Kitty. ¡Es Kate!
Pasé de largo por su lado, me agaché para sacar a la gata de debajo de la silla y
salí del salón sin derramar ni una sola lágrima. Pero fuera tropecé con María, pues
había olvidado que se hallaba tirada en mitad de la escalera, y caí sobre los codos
mientras sujetaba a Cora y a Mozart.
No lloré, a pesar de que un dolor intenso me subió por los brazos y de que Cora
me arañó la mejilla en su esfuerzo por escabullirse. No lloré al ponerme en pie con
dificultad en medio de los gritos que María profería para recordarme que mirara
dónde pisaba; ni lloré mientras subía los escalones que me quedaban, recorría el
pasillo hasta la última habitación a la derecha y cerraba la puerta con llave tras de mí.
Dejé a Cora en el suelo y arrojé la partitura sobre la cama. Me dolían los codos y
las espinillas; sin embargo, el dolor retorcido de la impotencia gritaba más alto que ningún dolor físico. Me llevé ambas manos a la cabeza y me puse a caminar por la
estancia de aquí para allá mientras luchaba contra las ganas de llorar. Tendría que
haber previsto algo así. Cuando estaba a punto de conseguir lo que de verdad
anhelaba, mi madre solía aparecer de pronto y arruinarlo todo. No obstante, lo que
más me enfurecía no era la intromisión de mi madre, sino la sensación de absoluta
impotencia que me embargaba. A mis diecisiete años, estaba presa en aquella casa de
piedra y cristal, de sentimientos gélidos y de expectativas que nunca satisfaría.
Un grito ahogado azotó mi garganta y me poseyó la necesidad arrolladora de
destruir algo. Sentí miedo y me quedé paralizada. La última vez que me había dejado
llevar por ese sentimiento, lo había lamentado profundamente. Mis ojos se detuvieron
en la tablilla suelta que había bajo la ventana y acto seguido me volví hacia el baúl de
madera que guardaba a los pies de mi cama. Llevaba cerrado tanto tiempo. Aunque
tampoco perdía nada por echar un vistazo a su contenido.
Intenté levantar la tablilla suelta que había bajo la ventana con manos
temblorosas, cuando un crujido en señal de protesta me anunció que había
conseguido liberarla. Introduje la mano en el agujero y con las yemas de los dedos fui
palpando la vieja madera astillada hasta que mis dedos se cerraron en torno al suave
metal de una llave. Me arrodillé delante del baúl de madera y observé la cerradura
que no había abierto en años. Finalmente, respiré hondo, metí la llave, la giré y
levanté la tapa.
Un intenso aroma a cedro me dio la bienvenida. Se trataba del olor de mi infancia,
del olor de mis secretos. Contuve la respiración al sacar la maqueta del baúl; siempre
me parecía más pesada de lo que recordaba. La dejé en el suelo, bajé la tapa y luego
la coloqué con cuidado encima del baúl.
Me senté en cuclillas y observé la maqueta de madera con una mezcla de
admiración y pesar. Siempre era así. La adoraba, pero al mismo tiempo me invadían
los remordimientos. La adoraba por lo que era y sentía remordimientos por lo que le
había hecho. Recorrí con el dedo el contorno del tejado y me detuve al llegar al punto
en el que estaba estropeado, al alcanzar los restos astillados de lo que había sido un
trabajo de artesanía laborioso. Aparté el dedo, me salté el destrozo y volví a apoyarlo
donde la maqueta estaba intacta. «Te presento Blackmoore», susurré para mí. «Tiene
treinta y cinco habitaciones, doce chimeneas, tres plantas, dos alas…».