Blackmoore

Julianne Donaldson · Capítulo 1 de 43

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Blackmoore

Capítulo 1

Lancashire, Inglaterra. Julio de 1820

 

El delicado canto de la alondra es sinónimo de pena; el reclamo de la

golondrina, una rítmica carrera a dos notas; y la canción del mirlo, un silbido que

marca la vuelta al hogar.

Fue la alondra la que me atrajo a la ventana aquella mañana. Detuve mi

deambular incesante por la habitación, apoyé las manos en el alféizar y me asomé

para oírla mejor. Durante un breve instante, aquel relato de tristeza y dolor mitigó mi

desasosiego. Poco importaba cuántas veces me detuviera a escuchar su canto, las

notas finales nunca eran alegres.

Solía preferir el canto de la alondra a ningún otro, pero aquel día su lamento solo

consiguió acrecentar mi intranquilidad. Me alejé de la ventana y me volví

compulsivamente para echar un nuevo vistazo al reloj situado sobre la repisa de la

chimenea. Las tres. Maldije el lento paso del tiempo en aquel día en el que nada me

quedaba ya por hacer, salvo esperar. Aún faltaban algunas horas hasta que cayera la

noche y pudiera irme a dormir. Al día siguiente despertaría y partiría hacia

Blackmoore. La espera debería haberme resultado agradable; al fin y al cabo, llevaba

toda la vida esperando poder visitar Blackmoore. No obstante, en aquel último día, la

espera se me antojaba insoportable.

Abrí el baúl de viaje, saqué la partitura de Mozart que había guardado allí esa

misma mañana y abandoné mi habitación. En cuanto abrí la puerta, me llegó el

sonido de un llanto. Eché a correr por el pasillo y bajé las escaleras de dos en dos.

María yacía en mitad de la escalera.

—¿Qué te pasa? ¿Qué ocurre? —pregunté deteniéndome un peldaño por encima

de ella.

Me incliné sobre su cuerpo postrado mientras por mi mente desfilaban todas las

calamidades que podían haberle acontecido a mi hermana pequeña mientras yo me

dedicaba a deambular por mi habitación.

María se puso boca arriba y se quedó mirando al techo. Tenía su melena castaña y

ondulada adherida a sus empapadas mejillas y su pecho se agitaba con ímpetu debido a la fuerza de sus sollozos.

—Contéstame, María —exigí zarandeando su brazo con delicadeza—. ¿Qué ha

pasado?

—El se… El señor Wilkes se ha ido y no volverá nu… nunca.

Me eché hacia atrás y la miré con recelo.

—¿De verdad estás llorando por el señor Wilkes?

Por respuesta solo obtuve un nuevo sollozo.

Me saqué el pañuelo del bolsillo y lo acerqué a su rostro.

—Tranquilízate, María. Ningún hombre merece todo este sufrimiento.

—¡El señor Wilkes sí!

Me resultaba difícil creerlo. Intenté limpiarle la cara con el pañuelo, pero ella me

apartó la mano. Dejé escapar un suspiro.

—¿Sabes que hay sitios más cómodos que la escalera para llorar?

—¡Madre! —gritó María apretando los puños con furia—. ¡Kitty está siendo

desagradable conmigo otra vez!

—Kate —le recordé—. Y no estoy siendo desagradable, solo práctica. Hablando

de ser prácticos… —Volví a acercar el pañuelo a su cara—. ¿Cómo puedes respirar

con tanto líquido en la cara?

María apartó mi pañuelo con un nuevo sollozo.

—Llévate tu sentido práctico a otra parte, yo no lo quiero.

—Por supuesto que no —repliqué notando cómo mi paciencia se esfumaba—. Lo

que tú quieres es llorar en mitad de la escalera por un hombre al que no has visto más

de cinco veces.

—¡Madre! —gritó mientras me fulminaba con la mirada—. ¡Kitty está siendo

mezquina conmigo otra vez!

—Kate —repetí mientras mi propio enfado iba tomando forma—. Mi nombre es

Kate. Y nuestra madre ni siquiera está en casa, ha salido. En fin, si tú te niegas a

entrar en razón, yo me niego a consolarte. Ahora si me disculpas, Mozart me espera.

Mi hermana me desafió con la mirada y no se movió ni siquiera un milímetro, por

lo que tuve que agarrarme al pasamanos y saltar por encima de ella para llegar al pie

de la escalera. Entré en el salón meneando la cabeza, furiosa, y cerré la puerta con

firmeza tras de mí. Al poco, me llegó alto y claro un nuevo lamento de María. Mi

gata, que estaba acurrucada sobre el pianoforte, arqueó la espalda y maulló al

unísono.

—¡Oh, tú también no! —exclamé fulminándola con la mirada.

Existen muchas maneras de interpretar mal a Mozart, pero una única forma de

hacerlo bien. Se supone que uno debe interpretar a Mozart con la misma precisión

con la que abordaría una ecuación matemática. Se supone que la música debe fluir de

forma regular, que cada nota debe ser como el soldadito obediente que no se toma

más que el espacio de tiempo que le ha sido concedido. En Mozart no tiene cabida la

irritante influencia de la pasión, ni tampoco una gatita llamada Cora arañándote el hombro en su intento por huir del molesto ruido; aunque definitivamente lo que no

tiene cabida en Mozart son las hermanas que se lamentan frente a la puerta del salón

en el preciso instante en el que yo intento practicar.

Después de intentar durante algunos minutos tocar por encima del ruido que

armaba María con sus sollozos, quedaba claro que estaba interpretando mal a Mozart.

De hecho estaba aporreando las teclas con tanta pasión que me rompí una uña.

—¡Maldita sea! —murmuré a la par que me llegaba un nuevo lamento desde el

pasillo. Eché la cabeza hacia atrás y grité por encima del ruido—: ¡No se puede

interpretar a Mozart de esta manera! ¡Es un insulto para su talento musical!

Oí unos pasos presurosos al otro lado de la puerta y los sollozos de María dieron

paso a un discurso prácticamente incomprensible.

—Kitty ha sido tan mezquina, madre. No muestra la más mínima compasión por

mi sufrimiento y me ha dicho que me fuera a llorar a otro sitio, y eso que cualquiera

puede ver que yo no elegí este lugar para llorar, sino que sentí la necesidad de llorar y

resulta que estaba cerca de las escaleras cuando el impulso se desató…

—Oh, ahora no, María.

Al oír la voz de mi madre, Cora saltó de mis hombros al suelo, cruzó la sala como

un borrón de pelo gríseo y se escondió bajo una silla.

Al instante siguiente, la puerta se abría de par en par y mi madre irrumpía en la

sala. Ni siquiera se había detenido a quitarse el sombrero y su pecho subía y bajaba

de forma casi violenta debido a su agitada respiración.

—¿Es cierto? —Se llevó una mano al pecho—. No puede ser cierto, Kitty.

—Kate —le recordé.

Seguí tocando sin inmutarme. Mozart requería concentración y, puesto que los

sollozos de María habían dado paso a meros gimoteos, me dispuse a aprovechar el

relativo silencio.

Sin darme tiempo a reaccionar, mi madre se dirigió con paso airado hacia el

pianoforte taconeando con fuerza sobre el suelo de madera y me arrebató la partitura

de malas maneras.

—¡Madre!

Me puse en pie e intenté recuperarla en vano, ella dio un paso atrás y la sostuvo

por encima de la cabeza. Solo entonces me detuve a observar su rostro

detenidamente. El corazón empezó a latirme con fuerza a causa del miedo.

—¿Es cierto? —volvió a repetir con voz queda y temblorosa—. ¿El señor Cooper

te hizo una proposición de matrimonio y tú la rechazaste? ¿Sin ni siquiera

consultarme?

Me tragué mi nerviosismo y me encogí de hombros fingiendo indiferencia.

—¿Qué tenía que consultarle? Ya le he dicho lo que pienso del matrimonio. —

Inicié un nuevo intento por hacerme con la partitura, pero ella la elevó aún más,

sacando partido de los cinco centímetros con los que me aventajaba—. ¡Además, se

trataba del señor Cooper! ¡Pero si tiene un pie en la tumba! Es probable que no viva ni para ver un nuevo año.

—¡Mejor aún! ¡Ojalá todas mis hijas tuvieran tanta suerte! ¿Cómo has podido

desperdiciar esta oportunidad, Kitty?

Mi labio superior dibujó una mueca de disgusto.

—Ya le he dicho un millón de veces madre que no tengo la más mínima intención

de casarme con nadie. Ahora, por favor, devuélvame la partitura. Estoy segura de que

querrá que toque bien en Blackmoore.

Frunció los labios, se puso colorada y tiró al suelo la partitura, que no salió bien

parada. Las páginas acabaron esparcidas por el suelo, arrugadas, como las alas de un

pájaro herido.

—¡Madre! ¡Mozart!

Me agaché rápidamente para recuperar las páginas desperdigadas.

—¡Oh, madre! ¡Mozart! —se burló con voz chillona y agitando las manos

alrededor de la cara—. Madre, no quiero hacer nada sensato como conseguir un buen

marido. Lo único que quiero es ir a Blackmoore y tocar a Mozart y desaprovechar

todas y cada una de las oportunidades que tanto esfuerzo han supuesto.

Me puse en pie aferrando la partitura contra el pecho y con el rostro encendido.

—No considero que mis metas, aunque difieran de las suyas, sean desperdiciar…

—¡Tus metas! ¡Esta sí que es buena! —Se paseó de un lado a otro delante de mí

taconeando con fuerza, como si intentara de paso pisotear también mi voluntad y mi

voz—. ¿Y cuáles son exactamente esas metas?

—Ya sabe cuáles son —murmuré.

Se detuvo delante de mí con las manos en jarras.

—¿Qué metas? ¿Decepcionar a tu familia? ¿Malgastar unos recursos muy

valiosos? ¿Convertirte en una vieja solterona como tu tía Charlotte? —Frunció sus

cejas oscuras—. ¿Para eso he invertido en ti? ¿Para no recibir absolutamente nada a

cambio salvo una niña tonta a la que solo le preocupan Blackmoore y Mozart?

Alcé la barbilla, decidida a no dejar que me temblase.

—Eso no es cierto. Me preocupan más cosas. La India, Oliver y…

—Oh, no me nombres la India, jovencita. ¡Otra vez no! —Levantó los brazos y

me estremecí involuntariamente—. No puedo creer que Charlotte se atreviera a

invitarte en contra de mi voluntad. ¡La India! Como si no fueras ya suficiente carga

para mí con esa cabezonería tuya y esa…

Se dio la vuelta de pronto y vino con paso airado en mi dirección. «No

retrocedas», me dije. Apreté a Mozart contra el pecho y le ordené a mi barbilla que

permaneciera erguida. Le sostuve la mirada.

—Se acabó, Kitty —concluyó levantando un dedo y agitándolo delante de mi cara

—. Me he cansado de tu testarudez. Pienso demostrarte que sé lo que es mejor para ti

y pienso empezar ahora mismo. No irás a la India. Escribiré a tu tía Charlotte para

decirle que ya he tomado una decisión. Y… —Me agarró por la barbilla y me obligó

a cerrar la boca, que se había abierto automáticamente dispuesta a protestar. A esa distancia podía oler su aliento a té rancio. Continuó en un susurro—: Y no irás a

Blackmoore. Te quedarás aquí hasta que aprendas cuál es tu sitio y no te molestes en

recurrir a tu padre o aún tendrás más problemas de los que ya tienes.

Al soltarme, un brillo triunfal centelleaba en sus ojos marrones.

Negué con la cabeza mientras el corazón me latía con fuerza.

—No, madre. Por favor… Blackmoore no. Por favor, no me arrebate

Blackmoore…

—¿No? ¿No? —Alzó un dedo, me silenció con la más dura de sus miradas y

prosiguió en voz baja—: Ve a tu habitación y deshaz las maletas, Kitty.

Miré a mi madre fijamente a los ojos. Eran del mismo color que un viejo cepo

oxidado que había encontrado en el bosque a los siete años y que con sus fauces de

hierro tenía apresado a un conejo. El pobre animal ya no luchaba cuando lo encontré,

aunque aún respiraba y pudo verme. Sus ojos se movieron cuando me incliné sobre

él. Intenté liberarlo por todos los medios, pero el viejo metal oxidado se negaba a

obedecer a mis dedos entrometidos.

A la desesperada, acabé por salir corriendo hacia la casa de los Delafield y

arrastré a Henry hasta el bosque. Este echó un vistazo al conejo y negó con la cabeza.

Agarró una piedra grande y me ordenó que me diera la vuelta y que me tapara los

oídos. Empecé a llorar, pero hice lo que me había pedido.

Poco después, cuando apoyó su mano en mi hombro, abrí los ojos y bajé las

manos. Dijo que el pobre animal había dejado de sufrir. Que era lo mejor que

podíamos haber hecho por él. Imagino que después de aquello Henry se deshizo del

cepo, ya que nunca más volví a verlo, a pesar de que iba al bosque casi todos los días.

Sin embargo, nunca pude olvidarlo. No pude borrar de mi mente sus dientes enormes,

ni su color oxidado o la tenacidad de su mordedura.

En aquel preciso instante, vi la misma tenacidad fría en los ojos de mi madre.

Pensaba arrebatarme Blackmoore y la esperanza de viajar a la India, y no había nada

que yo pudiera hacer para detenerla. No podía escapar de ella ni de su voluntad. Y la

desesperación me golpeó con sus puños, puños que me vi incapaz de esquivar.

—Mi nombre —repliqué en voz baja— no es Kitty. ¡Es Kate!

Pasé de largo por su lado, me agaché para sacar a la gata de debajo de la silla y

salí del salón sin derramar ni una sola lágrima. Pero fuera tropecé con María, pues

había olvidado que se hallaba tirada en mitad de la escalera, y caí sobre los codos

mientras sujetaba a Cora y a Mozart.

No lloré, a pesar de que un dolor intenso me subió por los brazos y de que Cora

me arañó la mejilla en su esfuerzo por escabullirse. No lloré al ponerme en pie con

dificultad en medio de los gritos que María profería para recordarme que mirara

dónde pisaba; ni lloré mientras subía los escalones que me quedaban, recorría el

pasillo hasta la última habitación a la derecha y cerraba la puerta con llave tras de mí.

Dejé a Cora en el suelo y arrojé la partitura sobre la cama. Me dolían los codos y

las espinillas; sin embargo, el dolor retorcido de la impotencia gritaba más alto que ningún dolor físico. Me llevé ambas manos a la cabeza y me puse a caminar por la

estancia de aquí para allá mientras luchaba contra las ganas de llorar. Tendría que

haber previsto algo así. Cuando estaba a punto de conseguir lo que de verdad

anhelaba, mi madre solía aparecer de pronto y arruinarlo todo. No obstante, lo que

más me enfurecía no era la intromisión de mi madre, sino la sensación de absoluta

impotencia que me embargaba. A mis diecisiete años, estaba presa en aquella casa de

piedra y cristal, de sentimientos gélidos y de expectativas que nunca satisfaría.

Un grito ahogado azotó mi garganta y me poseyó la necesidad arrolladora de

destruir algo. Sentí miedo y me quedé paralizada. La última vez que me había dejado

llevar por ese sentimiento, lo había lamentado profundamente. Mis ojos se detuvieron

en la tablilla suelta que había bajo la ventana y acto seguido me volví hacia el baúl de

madera que guardaba a los pies de mi cama. Llevaba cerrado tanto tiempo. Aunque

tampoco perdía nada por echar un vistazo a su contenido.

Intenté levantar la tablilla suelta que había bajo la ventana con manos

temblorosas, cuando un crujido en señal de protesta me anunció que había

conseguido liberarla. Introduje la mano en el agujero y con las yemas de los dedos fui

palpando la vieja madera astillada hasta que mis dedos se cerraron en torno al suave

metal de una llave. Me arrodillé delante del baúl de madera y observé la cerradura

que no había abierto en años. Finalmente, respiré hondo, metí la llave, la giré y

levanté la tapa.

Un intenso aroma a cedro me dio la bienvenida. Se trataba del olor de mi infancia,

del olor de mis secretos. Contuve la respiración al sacar la maqueta del baúl; siempre

me parecía más pesada de lo que recordaba. La dejé en el suelo, bajé la tapa y luego

la coloqué con cuidado encima del baúl.

Me senté en cuclillas y observé la maqueta de madera con una mezcla de

admiración y pesar. Siempre era así. La adoraba, pero al mismo tiempo me invadían

los remordimientos. La adoraba por lo que era y sentía remordimientos por lo que le

había hecho. Recorrí con el dedo el contorno del tejado y me detuve al llegar al punto

en el que estaba estropeado, al alcanzar los restos astillados de lo que había sido un

trabajo de artesanía laborioso. Aparté el dedo, me salté el destrozo y volví a apoyarlo

donde la maqueta estaba intacta. «Te presento Blackmoore», susurré para mí. «Tiene

treinta y cinco habitaciones, doce chimeneas, tres plantas, dos alas…».