Blackmoore

Julianne Donaldson · Capítulo 3 de 43

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Blackmoore

Capítulo 3

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Alguien llamó a la puerta. Dos golpes…, una pausa…, dos golpes más. Era la

señal de Oliver. El ruido me sacó de mi ensoñación y alcé la vista de golpe. Cuatro

golpes más. Oliver de nuevo. No abrí la puerta más que una rendija para que no

pudiera ver el interior de la habitación o, más bien, para que no descubriera la

maqueta destrozada de Blackmoore.

Oliver estaba pegado a la puerta. Su pelo castaño le cubría los ojos color avellana.

Necesitaba un corte de pelo; tendría que hablar con la señora Barlow, nuestra

cocinera.

—¿Qué pasa? —pregunté con la esperanza de que no notara mi aflicción.

Curvé las comisuras de los labios hacia arriba intentando sonreír por él, aun

cuando no lo habría hecho por nadie más.

Me hizo señas para que me acercara doblando uno de sus deditos sucios.

—El señor Cooper va a venir a cenar —me susurró al oído cuando bajé la cabeza.

—¡No! —exclamé echándome hacia atrás.

Él asintió con la cabeza.

—He oído cómo nuestra madre se lo decía a la señora Barlow.

¿El repulsivo señor Cooper, al que ya había rechazado, pensaba venir de nuevo?

Mi madre debía de haberle dado motivos para que regresara. Seguro que le había

hecho pensar que yo había cambiado de idea. Al parecer, no me quedaba más

remedio que huir de allí.

—Gracias, Ollie —admití dejando escapar un suspiro.

Él extendió la mano.

—¿Me das un penique para un dulce, por favor?

Su sonrisa era tan irresistible que no pude negarme. Saqué dos peniques de mi

ridículo y los deposité en su mano, pero antes de que pudiera apartarla, la agarré y le

di la vuelta. Chasqueé la lengua para mostrar mi desaprobación.

—Ve a lavarte esas uñas, hombrecito. Están sucísimas.

Él se echó a reír y un brillo de malicia se asomó a sus ojos.

—¡Me gustan así!

Salió corriendo por el pasillo aferrando los dos peniques y no pude evitar sonreír

al oír cómo bajaba estrepitosamente por la escalera de madera. Era el único al que

echaría de menos cuando partiera al día siguiente hacia…

Interrumpí mis pensamientos. No, ya no partiría hacia Blackmoore al día

siguiente. La desesperación volvió a invadirme. No solo me quedaría sin ir

Blackmoore, sino que además tendría que sufrir la compañía del señor Cooper

durante la cena. Era más de lo que podía soportar.

En ese preciso instante, un silbido se elevó por el aire e invadió la habitación. Era

el gorjeo del mirlo. Fui corriendo hasta la ventana, apoyé las manos en el alféizar,

asomé la cabeza y miré hacia abajo. Henry se hallaba bajo mi ventana con las manos

abocinadas delante de la boca para proyectar su silbido.

—He colocado la diana —gritó—. Ven a disparar unas flechas conmigo.

Le mandé callar llevándome un dedo a los labios y desaparecí en el interior de la

habitación. Guardé rápidamente la maqueta de nuevo en el baúl, lo cerré y metí la

llave otra vez en su escondite antes de regresar a la ventana y pasar una pierna por

encima del alféizar.

—¿Qué estás haciendo? —gritó Henry desde el suelo.

—¿Podrías hacer el favor de bajar la voz? —susurré ferozmente mientras pasaba

la otra pierna—. ¿Qué te parece que estoy haciendo? Saliendo de casa.

—Kate, no. Por la ventana, no. Utiliza las puertas como las personas normales.

—No puedo. Mi madre me vería. —Di media vuelta y aferré el extremo del

alféizar que daba a mi habitación, de modo que mi barriga quedó apoyada sobre la

madera—. Solo se ha vuelto un poco más difícil desde que se rompió la celosía el

verano pasado.

Busqué una grieta entre las piedras con la puntera de la bota. En ese momento,

Cora decidió que había llegado la hora de venir a husmear y saltó sobre mi cabeza.

—Oh, no. Ahora no —me quejé—. ¡Baja de ahí!

Sin embargo, tras asomarse para ver más allá de mi cabeza, prosiguió caminando

despacio y con elegancia por mi espalda. Henry se echó a reír.

—Esto es culpa tuya —murmuré—. Intenta llegar a ti.

Justo entonces, Cora debió de pensar que la pendiente era demasiado pronunciada

para ella, porque me clavó las uñas en las piernas y la espalda. Di una sacudida a

causa del dolor y la gata perdió el equilibrio. Maulló de forma lastimera y pataleó

intentando agarrarse a algo, aunque sin mucho éxito. Miré por encima del hombro y

vi cómo daba vueltas en el aire mientras caía. Por suerte, Henry la atrapó antes de que

se golpeara contra el suelo.

—¡Bien hecho! —exclamé.

Henry la dejó en el suelo y luego alzó los brazos en mi dirección.

—Déjate caer y yo te atraparé —me propuso mientras yo seguía buscando a

tientas el punto en el que solía apoyarme.

—No necesito tanta ayuda. Espera a que encuentre la grieta y entonces me das la

mano…

—¿De verdad importa la cantidad de ayuda que te preste? Voy a ayudarte de

todos modos. Déjate caer y te atraparé al vuelo.

—Con una mano bastará.

Henry murmuró algo entre dientes. Pero entonces encontré la grieta, metí la

puntera de la bota en ella y deslicé las manos hasta el extremo exterior del alféizar.

—¿Qué andas murmurando? —pregunté.

—Testaruda. Algo sobre una joven testaruda a la que conozco.

De pronto, me llegó a través de la ventana un ruido de pisadas. Mi madre se

dirigía a mi habitación para hablar conmigo y, a juzgar por el vigor de sus pasos,

seguía enfadada. Llamó a la puerta con fuerza y en ese instante recordé que no había

cerrado con llave después de la visita de Oliver. Me solté del alféizar y me dejé caer;

no tenía la menor duda de que Henry me atraparía. Por el rabillo del ojo vi cómo se

abalanzaba hacia adelante y me agarraba por la cintura a tiempo para frenar la caída.

Tropecé al poner los pies en el suelo, pero él me ayudó a levantarme y echamos a

correr hasta haber doblado la esquina de la casa. Apoyé la espalda en la pared de

piedra mientras intentaba acallar mi respiración.

—¿Kitty? ¡Kitty! —se escapó la voz de mi madre a través de la ventana abierta.

Henry me miró fijamente y la diversión presente en su rostro dio paso de pronto a

la preocupación.

—Estás disgustada.

Apreté los labios negándome a confirmar o negar su afirmación. Henry entrecerró

los ojos.

—¿Quién te ha disgustado?

—¡Kitty! —volvió a gritar mi madre, más fuerte esta vez—. ¡Katherine

Worthington, contéstame inmediatamente! Como hayas vuelto a saltar por la

ventana…

Segundos después, Henry se apartó de mi lado y dobló la esquina de la casa.

Presa del pánico, intenté atraparlo para impedírselo, pero ya estaba demasiado lejos.

Lo único que podía hacer era quedarme quieta y esperar en tensión. Cora empezó a

enroscarse entre mis tobillos sin dejar de maullar y tuve que tomarla en brazos para

que se callara.

—¡Ah, Henry! —exclamó mi madre visiblemente encantada. Podía imaginármela

alisándose el cabello, asomándose aún más y sonriendo a Henry cuando este

levantara la vista hacia ella—. Estoy buscando a Kitty. ¿No la habrá visto, por

casualidad?

—Hoy no. Puede que haya ido al pueblo.

—Mmm… Quizá tenga razón. Enviaré a alguien del servicio a buscarla

inmediatamente. Gracias, Henry. Es un muchacho adorable. —Hizo una pausa, luego

bajó la voz y se echó a reír con una risa grave y gutural—. Ay, querido Henry, ¡si ya no es ningún muchacho! Sin duda es más apuesto cada día que pasa. —Cerré los ojos

muerta de la vergüenza—. Tiene que venir a cenar esta noche. No sé cuántas veces le

habré dicho a Kitty que le invite desde que su madre y Sylvia se marcharon a

Londres, pero no me hace caso. Quiero que venga a cenar, querido Henry. —Su voz

era de lo más seductora—. Lo estoy deseando.

Cora maulló y se revolvió en mis brazos, solo entonces me di cuenta de que

estaba estrechándola con demasiada fuerza, casi estrangulándola. Relajé un poco los

brazos, aunque no la solté, y escondí el rostro entre su pelaje. Ojalá hubiese podido

esconderme toda entera en algún lugar muy, pero que muy alejado de mi bochornosa

madre.

—Gracias por la invitación, señora Worthington, pero debo rehusarla. George ha

invitado a los Farnsworth a cenar esta noche y cuentan con mi asistencia.

—Entiendo. —Su voz adquirió un tono lastimero—. Aunque estoy segura de que

su hermano y su mujer se las apañarían sin usted por una noche.

—Lo siento. Quizás en otra ocasión. Si me disculpa…

—Está bien, pero le tomo la palabra. Un día de estos, Henry, cenará a mi vera.

Poco después, Henry dobló la esquina y se detuvo delante de mí. Me sentía

horrorizada, pero aun así levanté la vista despacio. El joven tenía las mejillas

sonrojadas y apretaba los labios con firmeza, como si estuviera intentando por todos

los medios no hacer ningún comentario. Sin embargo, cuando me miró, solo vi

ternura en sus ojos, la arruga que dibujaba su boca en su mejilla se suavizó y me

obsequió con una breve sonrisa.

—Como te iba diciendo, la diana está dispuesta y creo que he despistado a tu

madre. ¿Vienes?

Me temblaba todo el cuerpo de rabia y vergüenza. Ojalá hubiese podido

disculparme por mi madre, pero hacerlo hubiese sido como reconocer su

comportamiento y no estaba preparada para algo así.

—Es exactamente lo que necesito ahora mismo.

Dejé a la gata en el suelo, me aseguré de que no hubiese nadie en las ventanas

cercanas y salimos disparados hacia el bosque con Cora pisándonos los talones. El

claro se encontraba situado casi a medio camino exacto de nuestras casas. Cuando

llegamos, Henry se quitó la levita y la colgó de la rama de un árbol. La diana estaba

colocada junto a un arce enorme y, apoyados en un tocón, nos aguardaban dos

carcajes y dos arcos. Lo encontré todo como debía estar, exactamente igual que en las

innumerables ocasiones en las que habíamos estado allí mismo practicando el tiro con

arco, pero me sentía tan furiosa con mi madre que dudaba que fuera capaz de dar en

el blanco.

Agarré un arco y un carcaj lleno de flechas. Henry se colocó a mi lado y me

observó en silencio. Me temblaban las manos por la rabia. Inspiré hondo mientras

levantaba el arco y afinaba mi puntería. Disparé la flecha, pero esta cayó lejos de su

objetivo. No fue ninguna sorpresa, pero aun así dediqué una mirada de odio a la diana que había osado ofenderme.

Henry colocó una flecha en el arco, tensó la cuerda y entrecerró los ojos mientras

observaba la diana. El sol hacía brillar su cabello. Lanzó la flecha, que fue a parar al

centro de la diana con un triunfante golpe seco. Él nunca fallaba.

—¿Ya estás lista para hablar? —preguntó.

Tomé otra flecha y la coloqué en el arco mientras consideraba su pregunta. Miré

fijamente la diana e imaginé que se trataba de los ojos calculadores de mi madre.

—Mi madre —respondí al tiempo que disparaba la flecha.

Se clavó en la circunferencia exterior de la diana. ¡Patético!

—¡Cómo no! —exclamó Henry—. Pero ¿qué ha hecho esta vez tu adorada

madre?

Su segunda flecha dio en el blanco con la misma solidez que la primera.

—Es la madre más insensible del mundo —declaré haciéndome con otra flecha

—. No entiende mis sueños, ni tiene en cuenta mis deseos. Lo único en lo que piensa

es en que consiga marido. Y ya sabes lo que pienso yo sobre el matrimonio.

Solté la cuerda. En esta ocasión, la flecha se perdió en la hierba.

—Por supuesto.

—¡Claro! —Tomé otra fecha. Estaba disgustada con ellas por desviarse de su

camino, con Henry por seguir tan tranquilo cuando yo estaba tan furiosa y con mi

madre por no entenderme en absoluto—. Porque… ¿cuántas veces me has oído jurar

que nunca me casaré?

Esbozó una media sonrisa.

—¿Cuántas veces? No llevo la cuenta, Kate.

—Aproximadamente.

—Está bien —cedió dejando escapar un suspiro—. Unas treinta, como mínimo,

desde Navidad. Tal vez unas cincuenta durante el año pasado. Deben de sumar un

centenar en total.

Me sentí satisfecha.

—¿Y crees que hablo en serio en cuanto a mi propósito?

—Sí.

Henry tenía la mandíbula rígida mientras apuntaba con la flecha a la diana.

—¿Lo ves? Tú me entiendes en lo que respecta a este asunto y no eres más que

mi amigo. Sin embargo, mi propia sangre…

Mi comentario le hizo perder la concentración, ladeó rápidamente la cabeza para

mirarme y se le cayó la flecha al suelo. Henry bajó el arco y me escudriñó con sus

ojos grises como el acero. Luego volvió a subirlo y se concentró en la diana.

—¿Solo tu amigo? —Entrecerró los ojos y apretó los labios, de modo que se le

dibujó una arruga en la mejilla—. Creo que merezco un calificativo mejor.

—¿Como cuál? —pregunté mirándolo con recelo.

—Oh, pues no sé. —Lanzó la flecha, que dio de nuevo en el blanco—. ¿Qué tal

«el realizador de tus deseos»?

Se me escapó una carcajada escandalosa.

—¿El realizador de mis deseos? —Una sonrisa se dibujó en su rostro—. Nunca te

llamaré así —afirmé con rotundidad mientras me hacía con otra flecha.

—¿Y por qué no? Me lo he ganado. Creo que deberías usar ese título cada vez

que te dirigieses a mí.

—¿Por qué crees que te lo has ganado?

—Te regalé a tu gata y es lo que más quieres en este mundo —respondió

señalando a Cora, que yacía en la hierba no muy lejos de nosotros—. Por lo tanto,

hice realidad uno de tus mayores deseos.

Le dediqué una mueca burlona, luego tensé la cuerda y lancé la flecha. Dio en el

blanco. ¡Por fin! Sonreí satisfecha.

—No pienso llamarte «el realizador de mis deseos». Es ridículo.

Henry se volvió hacia mí con una sonrisilla de satisfacción.

—Bueno, tus cejas han vuelto por fin a una altura normal.

—Se supone que no puedes mofarte de mis cejas, ¿recuerdas? Hicimos ese pacto

hace cinco años.

—Fue un acuerdo para una sola vez al que accedí después de que intentaras

afeitártelas con la navaja de tu padre.

Tensó la cuerda del arco y bajó la vista para ponerla al nivel de la diana. Siempre

había admirado la buena forma física de Henry, pero esta admiración se había

acrecentado en los últimos tiempos. A sus veinte años, su espalda era más ancha y

fuerte de lo que lo había sido nunca y los músculos de sus brazos destacaban como

cuerdas de luz y sombra. En su mejilla había vuelto a aparecer aquella línea que era

más próxima a una arruga que a un hoyuelo, y tuve que apartar la mirada. Oí cómo su

flecha daba en el centro de la diana mientras yo me agachaba para hacerme con la

última que me quedaba.

Mi flecha dio en el blanco y suspiré aliviada. Eso ya estaba mejor; había

recuperado mi puntería. Dejé el arco en el tocón y me dirigí con Henry a la diana para

extraer las flechas. Tras recuperar también las que habían quedado esparcidas por el

suelo, me acerqué con parsimonia al enorme arce que delimitaba un lado del claro.

Era tan alto que las ramas más bajitas empezaban muy por encima de mi cabeza.

Apoyé la espalda en su corteza jaspeada y familiar e inspiré profundamente. Tenía mi

temperamento bajo control, si bien en mi interior seguían ardiendo el dolor y el

resentimiento.

Henry vino a mi encuentro y se apoyó en el tronco. Estudié las plumas que

coronaban las flechas que aún sostenía en la mano y deseé, no por vez primera,

escapar volando de aquel lugar. Sentí la mirada de Henry clavada en mi rostro.

—¿Qué es lo que te preocupa en realidad, Kate? —preguntó en voz baja—. El

problema con tu madre no es nuevo. ¿Qué ha pasado hoy para que estés tan

disgustada?

Me pasé las plumas entre los dedos luchando contra una nueva oleada de lágrimas. Inspiré hondo y me esforcé por mantener a raya mis emociones en la

medida de lo posible.

—Me ha prohibido ir a Blackmoore —confesé al fin.

—¿Cómo? —Su róstro mostró incredulidad mezclada con rabia—. ¿Por qué?

Eché la cabeza hacia atrás y me cubrí los ojos con la mano para ocultar mi batalla

contra las lágrimas.

—Está enfadada conmigo por haber rechazado al señor Cooper.

—¿Al señor Cooper? —Henry parecía horrorizado—. ¡Pero si el hombre está

enfermo!

Solté una risita y se me escapó una lágrima.

—¡Ya lo sé! —Se me revolvió el estómago al recordar su última visita—. La

última vez que lo vi llevaba una oreja vendada. ¿Por qué siempre lleva vendada

alguna parte del cuerpo?

—No lo sé —respondió con seriedad.

Eché un vistazo a Henry y descubrí tal expresión de asco en su semblante que no

pude evitar reírme a carcajadas.

—Pues, además, la venda estaba manchada de algo verdoso… —añadí con la voz

entrecortada por la risa.

Henry negó con la cabeza.

—¡Para! No sigas.

Me reí con tantas ganas que se me saltaron las lágrimas, pero entonces recordé los

motivos que tenía para llorar de verdad y aquello me serenó.

—Es de lo más injusto que cuando por fin hemos conseguido convencer a tu

madre para que me deje ir a Blackmoore, la mía me lo prohíba —me lamenté.

Un destello que no supe interpretar cruzó fugazmente su mirada, un destello que

le obligó a volver la cabeza hacia otro lado durante un instante.

—Cuánta razón tienes. —Dejó escapar un suspiro—. En fin… Veo que tu madre

aún no ha aceptado lo rematadamente obstinada que eres. ¿Todavía cree que puede

convencerte para que te cases? ¿Para que te conviertas en una hija obediente y toda

una señorita? Mmm… ¿Por qué no reorganiza el orden del universo, ya que está?

Sonreí con tristeza.

—Eso parece.

—Por cierto, nunca me has explicado por qué has decidido no casarte.

Negué con la cabeza. Por muchas veces que me lo hubiese preguntado en el

último año y medio, me había negado a darle una respuesta.

—Hoy no, Henry. Tenemos que librar una batalla más importante. —Me volví

hacia él y nuestras miradas se encontraron—. Tengo que ir a Blackmoore. Es muy

importante —susurré—. Creo que si me retiene aquí, nunca se lo perdonaré.

Asintió con la cabeza. Sus ojos grises habían ganado en seriedad, como si

comprendiese a la perfección la gravedad de la situación. Si alguien podía hacerse

cargo de eso, era él. Al fin y al cabo, me había hecho aquella maqueta. Me enjugué otra lágrima y, en esta ocasión, estuve segura de que la había visto.

Me dio un golpecito con el codo.

—Vamos, no hace falta que desesperes. Somos dos personas muy inteligentes y

creo que seremos capaces de manipular a una madre. —Se apartó del árbol y se puso

a caminar de un lado a otro—. ¿Qué es lo que tu madre más desea?

—Que me case —respondí de inmediato.

—Pero estás decidida a no hacerlo.

—Exacto.

—Mmm… —Siguió caminando. Entonces se detuvo y se volvió hacia mí—. ¿Y

no puedes fingir que quieres casarte? Dile que en Blackmoore habrá muchos

caballeros solteros y que tal vez allí encuentres marido.

Le miré con incredulidad.

—No. Bajo ningún concepto ganaré una batalla comprometiendo la guerra. —Di

golpecitos con las flechas en el tronco del árbol, decidida a dar con una solución—.

¿Qué otra cosa podría desear mi madre? —Reflexioné durante un buen rato y

finalmente me encogí de hombros—. Nada. Mi madre vive única y exclusivamente

para casar a sus hijas.

«Y para flirtear con todos los hombres que pueda», añadí en mi cabeza.

Henry se volvió hacia mí de repente.

—Sus hijas —repitió poco a poco—. En plural.

—Sí. Somos cuatro. Bueno, tres si no contamos a Eleanor.

—María —añadió con una sonrisa. Le devolví una mirada inquisitiva—. Dile que

María también podrá venir y así tendrá la oportunidad de encontrar marido en

Blackmoore.

Consideré su sugerencia con recelo.

—¿Y qué ganaría mi madre con eso?

—Se libraría de María, le brindaría a ella la oportunidad de encontrar marido…

—Hizo una pausa y en sus ojos apareció un brillo malicioso—. Y conseguiría

enfurecer a mi madre.

Esbocé una sonrisa torcida. Mi madre y la señora Delafield habían sido enemigas

civilizadas durante los últimos cuatro años, si bien nuestras familias habían seguido

relacionándose. No estaba segura de si Henry conocía la razón que se ocultaba tras su

mutua aversión. No había vuelto a abordar el tema desde que descubrí el motivo de

su desavenencia y, a buen seguro, no quería ser yo quien se lo contara.

—Quizá funcione —insistió.

—No sé si conseguiré convencerla. Parece muy decidida a castigarme…

—¿Acaso no sería suficiente castigo tener que cargar con María?

Me eché a reír.

—Tienes toda la razón. Sería un gran castigo. —Me mordí el labio mientras

meditaba el plan de Henry. Tuve que admitir que no se me ocurría ninguno mejor—.

¿Crees que tu madre se opondrá? ¿O Sylvia?

Sylvia y la señora Delafield se habían marchado a Londres hacía cuatro meses

para disfrutar de la primera temporada de la joven y pensaban reunirse con nosotros

en Blackmoore.

Henry negó con la cabeza.

—En absoluto. Hay sitio para una invitada más.

—En todo caso, vale la pena intentarlo —admití encogiéndome de hombros—.

Ya me ha arrebatado el sueño de mi vida. —Le tendí las flechas—. Debo poner en

práctica el plan de inmediato, de modo que si falla, tengamos tiempo aún para probar

con otro.

Había andado ya una decena de pasos cuando me detuve y di media vuelta.

—Henry. —El joven había vuelto a situarse en la posición de tiro, pero volvió la

cabeza para mirarme—. Eres un buen amigo.

Él negó con la cabeza, colocó una flecha en el arco y lo puso en posición.

—Prueba de nuevo, Kate. Henry, eres «el realizador…».

Tensó la cuerda y me miró de reojo esperando a que continuara.

—Nunca —añadí entre risas—. Jamás te llamaré así.

Me dedicó una sonrisa antes de volver la cabeza y disparar la flecha, cuya

trayectoria impoluta dio sin dificultad en el centro de la diana. Nunca fallaba.

 

Encontré a mi madre en su habitación sentada frente al espejo. Ya estaba vestida

para la cena y sobre el tocador se veían desparramados todos sus productos de

maquillaje. Miró en mi dirección cuando traspasé el umbral de la puerta y empezó a

hablar antes de que tuviera ocasión de hacerlo yo.

—¿Dónde has estado? —preguntó volviéndose para contemplar su reflejo—. He

enviado a John al pueblo a buscarte. Si has vuelto a saltar por la ventana, no tendré

más remedio que tapiarla. Y ¿por qué no has invitado a Henry Delafield a cenar

durante la ausencia de su madre? Tendría que haber cenado aquí por lo menos dos

veces por semana. Mañana partirá hacia Blackmoore y ya no tendremos la

oportunidad de gozar de su compañía. Y se ha convertido en un joven muy apuesto al

que me gustaría ver por aquí, Kitty. Si no quieres invitarle por el bien de tus

hermanas, al menos hazlo para complacerme…

—Madre precisamente vengo a hablar de mis hermanas. De hecho, he venido a

proponerle algo que le satisfará.

Tomé aire para comprobar si había conseguido interrumpir su perorata. Mi madre

enarcó una ceja, pero no añadió nada más, lo que interpreté como una buena señal.

—Estará de acuerdo conmigo, espero —continué eligiendo las palabras con

cuidado—, en que María ha estado insoportable desde que el señor Wilkes abandonó

la región. Estoy convencida de que no puede tener ni un minuto de diversión con sus

constantes lloriqueos, y mientras esté aquí encerrada llorando, no conocerá a otros

hombres en situación de desposarse.

Hice una pausa. Mi madre se acercó al espejo para verse mejor mientras se

aplicaba colorete en las mejillas. Hice una mueca. Siempre se ponía demasiado

cuando teníamos invitados a cenar.

—Continúa —murmuró.

—Pues bien… —Inspiré hondo antes de entrar en materia—. Le propongo

librarse de María y brindarle a ella la oportunidad de conocer a otros hombres… en

Blackmoore.

Dejó de lado el colorete y vi cómo arqueaba una ceja con interés.

—¿Quién te da permiso para invitar a tu hermana a Blackmoore?

—Henry. Fue idea suya.

—Mmm… —Percibí el interés en su voz—. Así que has estado con Henry.

—Sí —admití en un susurro.

Ojalá no hubiese visto la expresión de su rostro. Ojalá no hubiese visto cómo

arqueaba una ceja y curvaba los labios.

Un silencio incómodo se instaló entre ambas y cambié el peso de un pie al otro

mientras ella centraba toda su atención en dibujarse un lunar en lo alto de la mejilla.

—Ahora que lo mencionas —comentó tras separarse un poco del espejo y

contemplarse desde un nuevo ángulo—, estoy segura de que la señora Delafield

invitará a muchos de sus conocidos para que vean el ala de la casa que ha reformado.

Sería una buena oportunidad para conocer a otros hombres.

Más colorete en las mejillas.

—Supongo que te permitiré ir si llevas a María contigo —observó con

brusquedad.

Me quedé inmóvil. No podía creer que me hubiese salido con la mía tan

fácilmente.

—¿Lo dice en serio?

Ella se echó a reír.

—¡Pues claro, tontaina! ¿Por qué iba a privarte de semejante oportunidad?

Y entonces, puesto que parecía estar de un humor tan apaciguado y razonable,

decidí tentar a la suerte.

—¿Y puedo también escribir a la tía Charlotte y aceptar su invitación para

acompañarla a la India?

Dio un golpe en el tocador con la mano abierta.

—¡Ni hablar! Tienes que casarte. No todas las mujeres tienen la suerte de tener

nuestro aspecto, Kitty. Desaprovechar tu belleza sería un pecado contra la naturaleza.

Me puse colorada por la rabia. Odiaba que comparara mi aspecto con el suyo; no

nos parecíamos tanto. Es cierto que teníamos el mismo cabello castaño y ondulado y

los mismos ojos color avellana. Los años la habían tratado bien. En su cabello aún no

se percibían las canas y sus cejas seguían siendo las mismas líneas oscuras y pobladas

de su juventud. Mis cejas. Las mismas que había intentado afeitarme, pues era

nuestro mayor vínculo. Sin embargo, diferíamos en muchas otras cosas. En las cuestiones fundamentales, no era como ella.

—No pienso casarme, madre. ¿Cuándo va a creer mis palabras?

Se dio la vuelta en su taburete para que estuviéramos cara a cara. Su sonrisa

rivalizaba con la mirada glacial en sus ojos.

—Nunca creeré semejante insensatez, Kitty. Porque si la creyera, tendría que

admitir que todo lo que he hecho por ti ha sido una pérdida de tiempo, atención y

recursos. Serías un desperdicio de ser humano. ¿Acaso es eso lo que quieres ser?

Me ardía el rostro y mi furia estaba preparada, como un animal salvaje agazapado

antes de atacar. Entrelacé las manos intentando no perder el control y respiré hondo.

—Sí, madre —respondí en voz baja—. Quiero ser un desperdicio de ser humano.

Quiero que pierda la esperanza de que algún día acabe casándome.

—Qué graciosa eres, Kitty —comentó riendo.

—Kate. Quiero que me llamen Kate. —Me habría gustado poder gritar para dar

rienda suelta a mi frustración. A pesar de todos mis esfuerzos por controlar el tono de

mi voz, este acabó elevándose—. ¿Cuántas veces tengo que decírselo? Y ¿cuántas

veces le he dicho ya que no deseo ser como usted o como Eleanor? Que no quiero un

matrimonio ventajoso. Que en realidad, no quiero casarme. ¿Eh, madre? ¿Cuántas

veces? Porque Henry jura que al menos me lo ha oído decir un centenar de veces y

me he mantenido firme en la decisión que tomé hace casi dos años. Rechazaré a

cualquier hombre que sea lo bastante insensato como para proponerme matrimonio.

¿Cuántas proposiciones tengo que rechazar para que acepte el hecho de que nunca me

casaré?

Entrecerró los ojos, ladeó la cabeza y me estudió en silencio durante un buen rato.

Durante ese lapso de tiempo no dejaron de temblarme las manos ni mi rostro perdió

su enrojecimiento.

—Tres —respondió finalmente con indiferencia.

Luego se volvió de nuevo hacia el espejo.

—¿Cómo? —solté echando atrás la cabeza, sorprendida.

—Si rechazas tres propuestas de matrimonio mientras estés en Blackmoore,

aceptaré el hecho de que eres una causa perdida.

Tomó un cepillo y empezó a cepillarse la melena.

Contuve la respiración.

—¿Quiere decir que me permitirá viajar a la India si rechazo tres proposiciones?

—Sí —afirmó con una sonrisa en los labios—. Eso es exactamente lo que he

querido decir.

Di un paso atrás, tambaleante, sin saber cómo ni por qué había conseguido

aquella concesión.

—Gracias… —empecé a decir, pero me interrumpió con un dedo.

—Y a cambio…

El corazón me dio un vuelco. Al ver mi expresión, se le escapó una risita.

—Sí, querida, a cambio… Todo pacto tiene dos caras. Cada interacción que uno hace con otra persona es una transacción potencial, una oportunidad para obtener un

beneficio. Y todo lo que uno gana tiene un precio. La transacción más sabia es

aquella en la que el beneficio potencial es mucho mayor que el pago.

Odiaba cuando se ponía a hablar de transacciones comerciales. Detestaba la

frialdad y la insensibilidad con las que me hablaba. Aborrecía sentirme como si para

ella solo fuera un beneficio potencial.

—Ahora hablemos de nuestra transacción. Si cumples tu parte, podrás marcharte

a ese país dejado de la mano de Dios en el que tal vez mueras, te engulla el mar o

sufras cualquier otra calamidad, y yo perderé a una hija que podría haberse casado

con un buen partido, enorgullecido a su familia y cuidado de mí cuando fuese una

anciana.

Hice una mueca de disgusto con la boca.

—Es un gran sacrificio que estoy dispuesta a hacer por ti, Kitty. Por lo tanto, tú

también tendrás que hacer uno por mí. Si no consigues al menos tres propuestas de

matrimonio en Blackmoore, accederás a cualquier cosa que yo te pida. —Enarcó una

de sus cejas oscuras—. Cualquier cosa que te pida, Kitty, sin cuestionarlo, sin

escaparte y sin discutir.

A toda velocidad, sopesé mentalmente si el atractivo de la India compensaba las

consecuencias reales de estar a merced de mi madre si fracasaba.

—Hacer cualquier cosa que me pida parece un trato demasiado amplio.

—¿Y?

Contesté con evasivas mientras pensaba en una razón válida para rehusar su

petición.

—¿Y…? ¿Y si me pide que cometa un delito? No podría hacerlo.

Se volvió hacia el espejo con fingida indignación.

—Hija, pensaba que me conocías. Nunca te pediría que cometieras un delito. Pero

si te preocupa tanto como para impedirte aceptar el trato, quizás es que no tienes

tantas ganas de ir a la India como dices.

—¡Sí que las tengo! —Extendí la mano como si intentara atrapar la esperanza con

la que me estaba tentando—. Deseo fervientemente visitar la India. Acepto sus

condiciones. Acepto… sin rechistar.

Una sonrisilla curvó las comisuras de su boca hacia arriba. Me sobrecogió un mal

presentimiento y el corazón me dio un vuelco. ¿Por qué estaba sonriendo? ¿En qué

clase de trampa había caído? Le di la espalda deseando que desapareciera el

desasosiego que me invadía. Lo lograría, seguro. Conseguiría las tres propuestas de

matrimonio y me marcharía a la India, lejos de mi madre. No tenía nada que temer.

—Conseguiré que me hagan tres proposiciones en Blackmoore —declaré con la

barbilla levantada y voz segura— y en cuanto las tenga, partiré directamente a casa

de la tía Charlotte. No pasaré antes por aquí.

Ya casi había llegado a la puerta. Alargué la mano hacia el picaporte.

Mi madre se encogió de hombros con indiferencia.

—Me da igual cuándo te marches, hija. Para entonces me habré desentendido de

ti. —Abrí la puerta—. Por cierto, Kitty…

Me detuve en el umbral. Mi madre seguía cepillándose el pelo y contemplando su

reflejo con aquella sonrisilla en los labios.

—Ya no podrás echarte atrás. Tenemos un trato.

Enarqué las cejas con desdén.

—Pensaba que me conocía. Nunca cambio de idea.

Al ver cómo se cepillaba el pelo, la furia que había estado conteniendo tomó

impulso, se liberó de sus cadenas y se extendió por mi cuerpo. En cierta medida, ella

había ganado. Aunque había conseguido lo que había ido a pedirle, estaba segura de

que mi madre había ganado de algún modo. Había caído en algún tipo de trampa y la

sensación gélida que se había apoderado de mi corazón era fiel testigo de ello. Ni

siquiera se volvió para verme marchar. Me demoré unos instantes mientras iba

aumentando mi rabia, hasta que al final no pude contenerme.

—Por cierto, madre, esta noche no cenaré con toda la familia. Tendrá que

disculparme ante el señor Cooper. —Hice una pausa y levanté la barbilla para

pronunciar mi frase final—. Y, madre, definitivamente lleva demasiado colorete.

Cerré la puerta rápidamente, justo a tiempo para bloquear el cepillo que salió

volando en dirección a mi cabeza. Oí cómo se estrellaba contra la puerta de madera

con un ruido sordo. Di media vuelta y me encaminé con parsimonia hacia la salida.

Llevaba una sonrisa en los labios. Eché a correr antes de llegar al bosque.

 

Henry estaba atento a mi regreso, pues se volvió hacia mí en cuanto puse un pie

en el claro.

—¿Y bien?

—Pues… —Había borrado la sonrisa de mi rostro con la esperanza de engañarlo

—. Siento decirte que…

Pero no pude refrenarla. Escapó de mi control y Henry sonrió de oreja a oreja.

—¿Ha funcionado? —preguntó.

—Sí, ha funcionado.

Recuperé el arco con un suspiro de felicidad y me fijé en que Cora seguía hecha

un ovillo sobre la hierba a los pies de Henry; aquella gata siempre había sentido

debilidad por él.

—Así que yo tenía razón —soltó con una sonrisa triunfante—. Vamos, que soy un

genio.

Me eché a reír.

—Me maravilla tu humildad, Henry.

—¡Eh! Soy un genio manipulador de madres que, una vez más, ha conseguido

hacer realidad tu deseo, por lo que merezco el título de…

Sonrió burlonamente; los ojos le brillaban de pura malicia.

Volví a echarme a reír y le dediqué una mirada que dejaba claro que estaba loco si

pensaba que alguna vez iba a llamarle «el realizador de mis deseos». Apunté a la

diana. En esta ocasión, la flecha dio en el centro y quedó clavada junto a la de Henry.

—¿Qué piensas hacer con Cora mientras estés fuera? —preguntó este bajando la

vista hacia la gata aovillada sobre la hierba.

—Le pediré a Oliver que cuide de ella.

Asintió.

—No podemos llevárla con nosostros a Blackmoore —se disculpó.

—Lo sé, pero odio tener que dejarla aquí.

Tensó la cuerda del arco y estudió la diana con los ojos entrecerrados por el sol

del atardecer.

—Espero que no olvides llevarte el corazón a Blackmoore. No me gustaría nada

que te lo dejaras aquí.