Blackmoore

Julianne Donaldson · Capítulo 2 de 43

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Blackmoore

Capítulo 2

Cuatro años antes

 

—¡Es injusto que paséis todos los veranos en Blackmoore y que yo no haya

podido ir ni una sola vez! Pensaba que ibas a preguntarle a tu madre si este año

podía ir con vosotros.

Sylvia, mi mejor amiga, estaba sentada junto a la ventana y me observaba con el

ceño fruncido.

—Lo sé —admitió tendiéndome una mano reconfortante que no quise aceptar—.

Lo siento, Kitty. Ya sabes que se lo he preguntado miles de veces, pero ha vuelto a

decir que no.

—Pero ¿por qué? En Blackmoore hay habitaciones de sobra y tampoco como

mucho. No habría estorbado. ¿Por qué ha dicho que no? —Mi frenético deambular

me llevó hasta el otro extremo de la estancia y de vuelta a mi posición inicial antes

de que Sylvia me hubiese respondido—. ¿Tiene algo contra mí? ¿Ese es el motivo por

el que no me ha invitado?

Sylvia se encogió de hombros y negó con la cabeza sin mucha convicción.

—No puedo responderte a eso.

Me dejé caer en el sofá a su lado, me cubrí el rostro con las manos y proferí un

grito inarticulado. El pelo me cayó sobre los hombros como un nubarrón.

Oí pasos y después la voz de Henry.

—¿A qué vienen esos gritos?

—Kitty vuelve a estar lamentándose por no poder venir a Blackmoore —aclaró

Sylvia con cierto aire de paciencia forzada que me obligó a enderezarme y dejar caer

las manos.

—Tú no puedes entenderlo. Ninguno de los dos lo hacéis. —Miré a uno y a otro.

Ambos me observaban como si me hubiese vuelto loca—. Vosotros siempre habéis

podido ir y yo nunca.

No entendían lo que había sentido al verlos marchar todos los veranos hasta

donde alcanzaba mi memoria. No podían ni imaginar la angustia que me sobrecogía

al pensar que ellos estaban explorando la costa, los páramos, aquel caserón y sus pasadizos secretos mientras yo contemplaba las mismas paredes de piedra y los

mismos setos que había visto toda mi vida.

—Solo es una casa, Kitty —refunfuñó Sylvia.

Me miraba como si hubiese perdido el juicio.

—No es tan solo una casa, no —rebatí negando con la cabeza.

Y no lo era. Al menos, no para mí. Para Sylvia, Blackmoore no era más que la

casa de su abuelo, un lugar en el que su familia se reunía todos los años para pasar

el verano. Para mí, sin embargo, ir a Blackmoore significaría liberarme de la jaula

en la que llevaba encerrada toda la vida. En mi imaginación, suponía una forma de

escapar a la monotonía interminable e inamovible de mi hogar.

—¿Y qué es si no? —preguntó Henry.

Sus ojos grises habían adquirido un cariz más serio del que era habitual en ellos

y me observaban como si mi respuesta fuera de gran importancia.

—Es también aventura —afirmé. Y la mera palabra me supo a libertad—. Nunca

he salido de este condado en el que nací, nunca he visto el océano ni los páramos, y

todos los veranos los dos me abandonáis para ir a ese caserón encaramado en lo

alto de un acantilado, con vistas al océano y los páramos a la espalda. Y luego me

tomáis el pelo… —Miré intencionadamente a Henry, que me respondió con una leve

sonrisa desprovista de arrepentimiento—. Además, me tomáis el pelo con rumores de

fantasmas que pueblan los páramos, con historias de pasadizos secretos por doquier

y de temibles contrabandistas; y os negáis a decirme si algo de eso es cierto en

realidad. —Dejé escapar un suspiro y confesé en un murmullo—: Daría cualquier

cosa por ir a Blackmoore.

—¿Cualquier cosa, seguro? —repitió él, dubitativo—. Me parece que estás

exagerando.

—¡No estoy exagerando, Henry! Te juro que daría cualquier cosa por ir.

—¿Cómo qué?

Intenté pensar en un ejemplo apropiado para que comprendieran la intensidad de

mis sentimientos. Bajé la vista. Los dedos no. Necesitaba todos los dedos de las

manos para tocar bien el pianoforte. ¿Y los de los pies? ¿Quizás uno de los

pequeños?

—Daría un dedo pequeño del pie por ver Blackmoore —anuncié.

Sylvia palideció, pero a Henry se le iluminaron los ojos.

—¿Un dedo pequeño del pie? —preguntó—. ¿Uno grande no?

Me mordí el labio inferior.

—No. Creo que los grandes son fundamentales para el equilibrio. Uno pequeño.

Quizás el más pequeño de todos.

Henry se inclinó hacia adelante, los ojos le brillaban con malicia.

—¿Y cómo te lo cortarás?

—¡Henry! —intervino Sylvia.

Él alzó una mano para mandarla callar y me desafió con la mirada.

Tragué saliva.

—Pues… Pues le pediré a nuestra cocinera, la señora Barlow, que me lo corte.

Sylvia parecía horrorizada.

—¿Sangre en la cocina? No, Kitty. Eso es impensable.

Intenté reflexionar sobre ello con valentía.

—Tampoco sería algo tan terrible. Seguro que en una cocina hay algo de sangre

de vez en cuando, procedente de la carne cruda o…

Sylvia se cubrió las orejas con las manos y negó con la cabeza.

—No sigas, te lo suplico.

Henry apenas podía contener su sonrisa, aunque parecía esforzarse por

conseguirlo.

—¿Y qué harías con el dedo, eh? ¿Existe algún mercado en el que se puedan

intercambiar dedos de los pies por viajes a Blackmoore?

Mi frustración se tornó rápidamente en furia. Agarré el cojín que tenía al lado y

se lo arrojé a Henry. Él lo apartó de su trayectoria con una facilidad exasperante.

—No sé si existe semejante mercado, Henry Delafield. Quizá puedas decírmelo

tú, puesto que algún día serás el dueño de Blackmoore. ¿Y bien? —Imité su media

sonrisa exasperante—. ¿Existe un mercado de dedos? —Me incliné hacia adelante y

empecé a desatarme una bota—. Porque me lo cortaré ahora mismo para pagarme el

viaje a Blackmoore y no me importa si a vuestra cocinera le molesta que haya sangre

en la cocina.

Mis dedos temblorosos no podían deshacer las lazadas, que parecían haberse

convertido en nudos resistentes. Tiré de ellas sin éxito, se me enrojeció el rostro y mis

ojos se entelaron con la amenaza de las lágrimas. Parpadeé con fuerza y miré la

maraña de cordones con los ojos entrecerrados. De pronto Henry pasó por encima

de Sylvia, la hizo a un lado y se sentó junto a mí, luego tomó mis manos y las apartó

de las botas.

—Kitty —suplicó con voz queda—, detente. Detente. —Intenté soltarme, aunque

sin mucho afán—. Lo siento —susurró acercando su cabeza a la mía—. No debería

haberte tomado el pelo con Blackmoore sabiendo cómo te sientes al respecto.

Sus palabras tuvieron el mismo efecto sobre mí que el agua sobre el fuego.

Aparté mis manos de las suyas, me cubrí el rostro y respiré hondo. Había vuelto a

reaccionar de manera exagerada. Era uno de mis mayores defectos. En realidad, era

el de todas las mujeres de la familia Worthington. Sin embargo, ahora que el fuego

de mi rabia se había apagado me sentía avergonzada, aunque no menos triste, ni

menos despojada de mi sueño, ni menos frustrada. Durante un instante, sentí la mano

de Henry apoyada con delicadeza sobre la parte posterior de mi cabeza inclinada.

—Venga, Kitty, dejemos por hoy la sangre —propuso con un tono de voz

despreocupado y zalamero—. En su lugar, vamos a planear lo que harás mientras

estemos de viaje. Deberías correr una gran aventura para tener algo emocionante

que contarnos a nuestro regreso.

Bajé las manos y me volví hacia él.

—Sabes tan bien como yo que aquí no hay aventuras o ya las habríamos

encontrado. En todo caso, vivir una aventura uno solo no es divertido. —Me crucé de

brazos, huraña y resentida—. Pero mi pregunta sigue siendo por qué. ¿Por qué

vuestra madre nunca me ha dejado ir?

Tanto Henry como Sylvia permanecieron callados, aun cuando los miré

directamente a los ojos exigiendo una respuesta. Una sospecha desagradable fue

abriéndose paso en mi mente, ayudada por la fuerza aplastante de los celos, y me

susurró en la cabeza una pregunta tan repulsiva que hice una mueca de disgusto con

la boca, como si hubiese mordido algo amargo.

—¿Le toca ir a Blackmoore, también este año, a la señorita St. Claire?

La reticencia de Henry fue mi respuesta. Sylvia me dedicó una mirada llena de

compasión.

Mis sospechas —mis celos— rieron con júbilo y se acomodaron en mi cabeza

como si hubiesen decidido prolongar su visita. Hice una mueca con el labio al

imaginar a Henry y a Sylvia pasando un mes en Blackmoore precisamente con la

señorita St. Claire.

—Al parecer, vuestra madre no se opone a invitar a gente, sino solo a invitarme a

mí.

—No es nada personal, Kitty. Ya sabes que mi madre quiere casar a Henry con la

señorita St. Claire…

—¡Sylvia! —Henry le dedicó a su hermana una mirada de advertencia.

Sylvia se quedó boquiabierta.

—¿Qué? ¡No es ningún secreto! Todos lo sabemos desde hace años.

Nadie añadió nada más durante un buen rato. El silencio se me antojó de lo más

violento. Fijé la vista en la tela amarilla con la que estaba tapizado el sofá y pensé

en lo celosa que estaba de la señorita St. Claire, a la que ni siquiera conocía.

De repente, Henry se volvió hacia mí y yo me sobresalté. Le contemplé

sorprendida. Sus ojos grises parecían de acero y, por un momento, distinguí algo en

ellos que no había visto hasta entonces: una voluntad indómita.

—Algún día vendrás a Blackmoore, Kitty. Te lo prometo. —Tomó mi mano una

vez más y la apretó entre las suyas con fuerza—. Te doy mi palabra.

Mantuve la boca cerrada para que de ella no se escapara mi incertidumbre. La

señora Delafield siempre se salía con la suya. Siempre. Si ella no me quería en

Blackmoore, nunca pondría un pie allí. Al final, sin embargo, como no dejaba de

apretarme la mano y estaba empezando a hacerme daño, se la apreté a mi vez.

—De acuerdo —susurré rindiéndome y esbozando una sonrisilla por él.

El mes siguiente pasó despacio, tanto que pensé que me volvería loca. Durante

aquel interminable mes de verano lleno de inactividad, monotonía y de una nada que

parecía no tener fin, cada vez que pensaba en los Delafield en Blackmoore con la

señorita St. Claire, apretaba los dientes y maldecía por lo bajo.

Pero al fin, un día como cualquier otro, oí decir a un miembro del servicio que

los Delafield habían por fin regresado. Bajé corriendo las escaleras, me agarré al

pasamanos para tomar la curva en la primera planta y salté los últimos tres

escalones. Entonces me di cuenta de que la puerta principal estaba abierta.

Jameson, nuestro mayordomo, se encontraba de pie en el umbral y me impedía

ver quién era. Cuando interrumpí mi carrera, aún sorprendida, oí que una voz me

llamaba.

—Si eres tú, Kitty, tápate los ojos.

Se me aceleró el corazón al oír la voz de Henry y me agaché para intentar ver

más allá de la espalda de Jameson.

—¡Lo digo en serio! Tápate los ojos o daré media vuelta y me iré a casa ahora

mismo, y nunca verás tu sorpresa.

Dejé escapar un suspiro y me cubrí los ojos con una mano.

—De acuerdo, ya está.

Tuve que esperar mucho rato mientras oía cómo alguien pasaba por mi lado

arrastrando los pies en dirección al salón. Solo mi total confianza en la amenaza de

Henry me llevó a seguir con los ojos tapados, ya que la paciencia no era una de mis

virtudes.

—¿Puedo mirar ya? —supliqué.

Una mano tomó la mía en respuesta a mi pregunta.

—No, mantén los ojos cerrados —me susurró Henry cerca de la oreja. El corazón

se me aceleró a causa de la emoción—. Por aquí —añadió tirando de mí.

Choqué contra una pared, después contra el marco de una puerta y finalmente di

con la rodilla en uno de los muebles.

—¡Ay! ¿No puedes tener más cuidado?

—¡Chis! Prohibido quejarse.

Henry me soltó y se situó justo detrás de mí.

—Ahora. Ya puedes mirar.

Abrí los ojos tan rápido como pude y contemplé con estupor lo que tenía delante.

Henry me había conducido hasta el comedor y sobre la mesa reposaba lo que parecía

ser la maqueta de una casa.

Volví la cabeza para interrogar a Henry con la mirada y entonces lo vi por

primera vez. Aunque solo había transcurrido un mes, estaba cambiado. Llevaba el

pelo más largo y me pareció que lo tenía más oscuro; siempre volvía de Blackmoore

con el cabello más claro debido al sol, pero ese año se le había oscurecido y había

adquirido un tono dorado más próximo al castaño. También las pecas que salpicaban

sus mejillas habían perdido intensidad. Al menos, sus ojos grises y aquel círculo

como el carbón que delimitaba su perímetro seguían allí. Y en aquel instante, me

quedé paralizada al descubrir la amplia sonrisa que iluminaba su rostro.

Henry dio un paso al lado y con gestos grandilocuentes señaló la maqueta.

—Señorita Katherine Worthington, le presento Blackmoore.

El corazón me latía con tanta fuerza que hasta dolía. Miré la maqueta y luego

otra vez a él y cuando asintió con una sonrisa en los labios, me arrodillé para

examinar la casa. Las ventanas, la madera pintada imitando la piedra, la puerta

principal, las chimeneas. No faltaba nada.

—¿De dónde la has sacado? —pregunté maravillada.

—La he hecho yo.

Levanté la vista y le miré asombrada.

—¿Tú?

—Mi abuelo me ayudó a diseñarla —aclaró con tono despreocupado— y Sylvia

me echó una mano al final con la pintura, pero la mayor parte del trabajo la he

hecho yo.

—¡Ha debido de ocupar todas las horas de luz de tus vacaciones!

Se limitó a levantar un hombro con indiferencia, pero la media sonrisa que

esbozaba me dio la razón. ¡Eso explicaba su aspecto! Fui consciente entonces de lo

que le había supuesto aquel proyecto. A Henry le encantaba estar al aire libre en

Blackmoore. Se pasaba el día entero en los páramos o en la playa y le encantaba ir a

observar los pájaros acompañado por el jardinero. Solo el mayor de los estímulos

podría haberle mantenido encerrado durante todo el mes.

Me sentí abrumada y, de pronto, me faltó la voz. Carraspeé.

—No te ha debido de quedar mucho tiempo para la señorita St. Claire.

Henry se arrodilló a mi lado y contuvo una sonrisa. Al hacerlo, una línea se

dibujó en su mejilla.

—No, no mucho.

Asentí con la cabeza mordiéndome el labio. Una pregunta se había quedado en el

aire. La tenía en la punta de la lengua, pero no me atrevía a formularla. Sin

embargo, quería saberlo. Necesitaba saber si la había construido para mí, si aquello

significaba algo, si yo significaba algo para él.

—Supongo que ahora estoy en deuda contigo y tendré que encontrar alguna

forma de compensarte. —Contuve la respiración y me sonrojé—. Después de haber

renunciado a tus vacaciones y a la señorita St. Claire…

Henry me miró de reojo y sonrió satisfecho.

—No la he hecho por ti, Kitty.

—Ah, ¿no?

Me sobrecogió una mezcla de alivio y decepción.

Él negó con la cabeza.

—No, mocosa desagradecida.

Se acercó a la maqueta para examinarla y ladeó la cabeza. Luego puso la mano

sobre el diminuto picaporte de la puerta principal y la abrió.

—La he hecho por los dedos de tus pies.

Contuve un grito de alegría. Bajé la cabeza y eché un vistazo por el hueco de la

puerta abierta. El suelo, blanco y negro, me recordaba a un tablero de ajedrez, en un lateral había una chimenea y al fondo un arco daba paso a una gran escalinata.

Me mordí el labio para no sonreír y cerré con fuerza los ojos para no llorar. Era

sencillamente impresionante.

—Los dedos de mis pies te dan las gracias —susurré al fin.

Sentí cómo su sonrisa se ensanchaba a pesar de que no me volví para mirarlo.

Era como un rayo de sol sobre mi rostro y me ruboricé.

—Tiene treinta y cinco habitaciones —explicó señalando la maqueta—, doce

chimeneas, dos alas, un invernadero, establos y unas vistas espléndidas. Se dice que

existe un pasadizo secreto que utilizaban los sacerdotes durante el tiempo de la

Reforma, aunque ni confirmaré ni desmentiré los rumores, pues estoy convencido de

que la incertidumbre hará que la casa te parezca aún más fascinante y misteriosa.

Aparté la mirada de la maqueta y la fijé en su rostro. Hablaba deprisa, estaba

diciendo algo así como que la biblioteca contenía más de tres mil libros; aunque lo

único que yo veía era a Henry: aquel brillo en sus ojos grises, la sombra de un

reguero de pecas en sus mejillas bronceadas, su pelo de color oro viejo cayéndole

sobre la frente y la singularidad de sus labios, capaces de sonreír mientras hablaba.

—Está encarada al océano y detrás de ella se encuentran los páramos. Y ahora

ya lo sabes —resolvió en tono triunfante—. Ahora ya sabes exactamente cómo es

Blackmoore. Algún día la verás, tal y como te prometí. —Me miró a los ojos

esbozando una cálida sonrisa—. Hasta entonces puedes quedártela.