Blackmoore

Julianne Donaldson · Capítulo 32 de 43

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Blackmoore

Capítulo 32

Un año y medio antes

 

María me vio en el pasillo.

—Nuestra madre se ha colgado del brazo del señor Cooper y te anda buscando.

Me estremecí del asco.

—No puedo bailar con él, de verdad. Tengo miedo de pillar esa enfermedad que

tiene, sea lo que sea.

—Pues será mejor que te escondas —me aconsejó con una sonrisilla de

satisfacción.

Oímos la voz de mi madre al fondo del pasillo. María puso unos ojos como platos

y soltó una risita; yo la fulminé con la mirada y me apresuré en la otra dirección

buscando una escapatoria o, en su defecto, un lugar donde esconderme. La puerta de

uno de los salones estaba entreabierta, así que me colé en la estancia en penumbra y

contuve el aliento mientras esperaba a que pasaran de largo. Sin embargo, después

de un buen rato, la puerta empezó a abrirse y tuve que esconderme a toda prisa.

Tenía dos opciones: detrás del sofá o detrás de las cortinas. Y escogí la segunda. Me

arrimé a la pared todo lo que pude detrás de aquellos gruesos pliegues de tela y

percibí el dulce aroma de las peonías. Allí, delante de la ventana tras cuyas cortinas

me ocultaba, yacía una mesita alta con un jarrón repleto de mis flores favoritas.

Aquella noche estaban por todas partes. Los Delafield debían de haber acabado con

todas las peonías del condado para decorar su casa.

Me quedé totalmente inmóvil tras las cortinas, pues habría hecho cualquier cosa

por no tener que tocar al enfermo señor Cooper y oler su fétido aliento. Esperaba oír

la voz de mi madre, pero la puerta volvió a cerrarse y lo único que oí fue el sonido de

unas pisadas y después, el crujido del sofá.

—¡Oh, qué maravilla poder sentarse!

Me quedé rígida. Era la señora Delafield.

—Estoy de acuerdo contigo. Mis pies ya no aguantan tantos bailes como antes.

Aquella voz me resultaba vagamente familiar. Al asomarme con disimulo por el

borde de la cortina, vi que la tía de Henry, Agnes, estaba sentada en el sofá junto a la señora Delafield. Me sumí aún más en las sombras, agradecida por la penumbra que

lo envolvía todo. Siempre y cuando no hiciera ningún ruido, ellas nunca sabrían que

había estado allí. Salir de detrás de las cortinas en ese momento solo me haría

parecer una estúpida. Esperaría hasta que se hubieran marchado para volver al

salón de baile.

—Me alegra tener esta oportunidad para que charlemos a solas —comenzó la tía

—, porque desde que mi hermano murió, ando algo preocupada por ti, hermana.

—Ah, ¿sí? ¿Preocupada? Y ¿por qué? —preguntó con voz comedida, a la

defensiva.

—Me temo que por un asunto de máxima importancia.

No debería haber estado escuchando aquella conversación, pero no podía salir

de allí sin que me vieran. Maldije mi mala suerte y deseé que su charla no fuera

demasiado personal, ni demasiado larga.

—Me preocupa que no estés cumpliendo con tu deber de proteger el apellido

Delafield de los escándalos.

Abrí los ojos desmesuradamente. ¿Cómo se atrevía a decir algo así? Y a juzgar

por el tono ofendido y glacial de la señora Delafield, tuve la sensación de que ella

coincidía conmigo.

—¿A qué te refieres?

—He visto en el baile a los Worthington. No puedo creer que los hayas invitado

después del escándalo de Brighton…

—Como habrás podido comprobar, Eleanor ni siquiera está aquí. Y el escándalo

aún no ha sido confirmado. De hecho, ni siquiera ha llegado aún a esta parte del

país. Excluirlos solo habría ocasionado más rumores en la región y ya sabes cuánto

los detesto. Soportar su compañía es un pequeño precio que debo pagar para que

nuestro apellido no esté conectado al suyo.

—Ya, pero aun así… ¡Se trata del apellido Delafield, hermana!

La voz de la señora Delafield se endureció.

—Soy muy consciente del apellido Delafield y de su importancia. Ya era

consciente de ello cuando me casé con tu hermano y lo soy mucho más ahora. No he

hecho nada que lo mancille. De hecho, con el matrimonio de George, creo que

incluso he ayudado a elevarlo.

—Sí, el matrimonio de George ha estado bien, pero seguimos sin tener un título.

Necesitamos un título en la familia.

Puse los ojos en blanco. Todo esto tenía que ver con un pariente lejano que había

recibido un título por parte del emperador del Sacro Imperio Romano. Ahora que

tenían un conde en el linaje familiar, tenían una consideración algo inflada de su

familia y de lo que consideraban su deber.

—Ya sé que necesitamos un título en la familia y ya he hecho planes para

conseguirlo. Los St. Claire tienen uno y la unión entre Henry y la señorita St. Claire

está asegurada.

—Pero ese título no servirá de nada si Henry se decanta por una de las

muchachas Worthington.

Me ruboricé.

—No tenemos nada de qué preocuparnos en ese sentido —afirmó la señora

Delafield con rotundidad y un deje de desdén en la voz.

—¿Estás segura? Porque de acuerdo con lo que Sylvia me ha contado…

—Estoy segura.

Siguió una pausa.

—¿Qué es lo que te ha contado Sylvia? —preguntó al cabo con evidente

curiosidad y ni rastro de preocupación.

—Me ha dicho que cree que entre Henry y su amiga…, la que tiene las cejas…

—Kitty.

—Eso, Kitty. Se ha convertido en una joven muy hermosa, ¿no crees? A pesar de

las cejas.

—Tienes toda la razón. Es muy guapa. Pero continúa, ¿qué te ha dicho Sylvia?

—Cree que entre ellos podría estar surgiendo algo.

Increíble. ¡Sylvia, su tía y su madre cuchicheaban sobre Henry y sobre mí! Pensé

en lo que mi amiga había visto en el claro y me sonrojé por la vergüenza.

—Te estás preocupando por nada —observó la señora Delafield con un tono de

voz que reflejaba eficiencia—. Si llegara a surgir algo entre ellos, yo lo cortaré de

raíz. De hecho, si tengo la más mínima sospecha de que Kitty ha puesto sus miras en

Henry, los separaré a los tres. A él lo enviaré a Blackmoore y a Sylvia la mandaré a

vivir contigo hasta que la joven lamente el día que se le pasó por la cabeza que podía

amar a Henry. Ya he pensado en todo esto. Los separaré sin vacilación y sin

escrúpulos.

—¿Por qué les permites entonces que se relacionen? ¿Por qué no los separas ya?

—¡Porque de esa manera solo conseguiría hacer circular rumores y conjeturas!

Y esa niñita no los vale. Además, no me importa que Kitty se relacione con Sylvia en

este momento. Sin su amistad, mi hija se volvería aún más perezosa de lo que ya es

por naturaleza y nos resultaría muy difícil encontrarle un buen marido. No, no me

importa que sea amiga de mis hijos de momento, siempre y cuando la cosa no vaya a

más.

—¿De verdad crees que podrás controlar algo así? —La duda había teñido las

palabras de aquella mujer aventajada en años.

—Por supuesto —respondió con mofa—. Además, tengo algo que Henry desea,

algo que solo podrá tener si complace mi voluntad en este asunto.

—¿De qué se trata?

—De Blackmoore.

El corazón me dio un vuelco. Una larga pausa.

—¿Lo tienes por escrito?

El sofá volvió a crujir.

—No soy ninguna simplona. Hice venir al notario el verano pasado. La salud

mental de mi padre ya había empezado a deteriorarse y aquel magistrado estuvo de

acuerdo conmigo en que lo mejor para todos los implicados sería hacer los cambios

finales en ese punto, antes de que hubiese perdido aún más la memoria. No me costó

mucho convencer a mi padre para que firmara el nuevo testamento. ¡Y lo mejor de

todo es que él no recuerda nada de nada! —La señora Delafield soltó una risita, pero

a mí se me revolvió el estómago—. Ahora ya está hecho y si Henry intenta casarse

con alguna de las muchachas Worthington o cualquier otra que yo no haya

aprobado, perderá Blackmoore: la casa, la propiedad y la renta vinculada. Todo irá

a parar a manos de George.

Me sentía mareada. El olor de las peonías a mi alrededor se había vuelto de

pronto repugnante y sentía arcadas. Me apoyé en la pared, pues necesitaba el apoyo

que en ella encontré.

—Al parecer, te había subestimado —observó la tía.

—Mucho.

La señora Delafield parecía tan satisfecha, tan pagada de sí misma. Sentía como

si me faltara el aire tras los pliegues de aquellas cortinas.

—Te he contado todo esto en la más estricta confidencialidad —añadió la señora

Delafield—. Aún no se lo he confesado a Henry y no quiero hacerlo a menos que sea

necesario.

—¡Descuida! No hay ni un solo joven sobre la tierra que soporte la idea de que le

corten las alas.

—Cierto. —Hizo una pausa—. Sé reconocer al enemigo a mis puertas, hermana,

y sé cómo protegerme de él. No deberías haber dudado de mí.

—Mientras tengas las cosas bajo control, me sentiré satisfecha.

—Créeme, yo siempre tengo las cosas bajo control.

 

Soy incapaz de recordar cuánto tiempo permanecí escondida tras aquellas

pesadas cortinas esperando a que se marcharan. Hablaron de otros asuntos mientras

yo intentaba respirar sin captar el aroma de las flores, que me producía ganas de

vomitar. Cuando al fin abandonaron el saloncito, tenía la frente empapada en sudor.

Esperé unos minutos antes de escabullirme de allí, compungida por la vergüenza y

totalmente desolada. Muchos de los invitados intentaban escapar en ese momento del

calor del salón de baile por las cristaleras. Vi a Henry al fondo del pasillo. Me llamó

e intentó llegar hasta donde yo estaba, pero me di la vuelta y huí entre la multitud.

Nadie se fijó en mí cuando me dirigí a la linde del césped y simplemente seguí

caminando. Regresé a casa por el bosque con la luna llena como única compañía; el

aire frío me hizo estremecer. Nadie me oyó cuando abrí la puerta trasera de nuestra

casa y subí las escaleras hasta mi habitación. Allí me esperaba la maqueta de

Blackmoore: un regalo, un sueño, el futuro que nunca tendría, sin importar cuánto lo deseara.

Me senté en el suelo y me quité las botas despacio, primero una y después la otra.

Luego me puse en pie y contemplé la maqueta. No había derramado ni una sola

lágrima en todo el camino de vuelta, pero en ese momento la rabia se apoderó de mí.

Lancé una bota contra la maqueta, pero no di en el blanco. Tiré la otra con más

fuerza aún. Esta impactó sobre el tejado, haciendo astillas la madera. Me sentí mejor

durante dos segundos.

Pero la rabia volvió, abrasadora e implacable. Abrí la puerta de mi habitación

con gran estruendo y recorrí el pasillo hasta el cuarto de Eleanor. Entré sin llamar.

Mi hermana levantó la vista de inmediato, estaba sentada frente al tocador

cepillándose el pelo.

—¡Por el amor de Dios, Kitty! ¿Qué es lo que ocurre, hermanita?

Había vuelto hacía una semana y mi madre y ella se habían pasado horas

cuchicheando sobre algo que no se me había permitido escuchar, pero ahora quería

la verdad. Merecía saber la verdad.

—Quiero saber qué es lo que pasó en Brighton exactamente.

Eleanor dejó el cepillo con cuidado sobre el tocador, se atusó el cabello y se lo

colocó detrás de los hombros antes de responderme.

—Intenté conseguir que me propusieran matrimonio, pero fracasé. Eso es todo.

Me acerqué a ella y me agaché para poder mirarla a los ojos, de modo que no le

quedara ninguna duda de lo furiosa que estaba.

—¿Cómo? ¿Qué hiciste? ¿Por qué fracasaste? ¿En qué consistió el escándalo?

Se limitó a fruncir los labios y contemplarme detenidamente durante lo que me

pareció una eternidad; tenía ganas de gritar de impaciencia.

—Solo voy a contártelo porque quizá quieras ponerlo en práctica tú misma algún

día. Una noche me colé en la habitación de lord Rule y esperé a que volviera.

Di un paso atrás.

—¡No! —susurré.

—No salió bien porque su ayuda de cámara me descubrió y avisó a lady

Covington de la situación. Ella me sacó de allí antes de que tuviera la oportunidad

de ver a lord Rule. —Dejó escapar un suspiro y recuperó el cepillo—. Pero no

importa, simplemente lo volveré a probar con otro.

Me agarré a la columna de la cama, pues sentía la necesidad de aferrarme a algo

firme para poder seguir en pie.

—¿Pensabas tenderle una trampa para que no le quedara más opción que

casarse contigo?

—¡No me mires así, Kitty! No es algo tan terrible. Además, ni siquiera fue idea

mía, fue de nuestra madre.

Era incapaz de entenderla, ni quería hacerlo, pero lo que sí quería eran sus

secretos.

—Hablando de nuestra madre, ¿por qué la señora Delafield muestra ese odio hacia ella desde hace unos cuantos años?

Eleanor retomó su tarea de cepillarse su fina y negra melena.

—¡Ah! Pero ¿no lo sabes? La señora Delafield la descubrió coqueteando con el

señor Delafield y no puede perdonárselo.

Se me revolvió el estómago.

—No haría… nada más que coquetear, ¿verdad?

—No, él no se lo hubiese permitido.

Contemplé nuestro reflejo en el espejo. ¡Nos parecíamos tanto! Y, sin embargo, al

mirar a Eleanor sentí como si estuviera viendo a una extraña, así que me marché de

allí y regresé a mi habitación. Me sentía algo adormecida por dentro, pero en cuanto

mis ojos se detuvieron en la maqueta destruida de Blackmoore, aquella sensación

desapareció y dio paso a un dolor agudo y una intensa sensación de vacío. Me senté

a los pies de los destrozos que había ocasionado y lloré amargamente.