Blackmoore

Julianne Donaldson · Capítulo 33 de 43

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Blackmoore

Capítulo 33

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Henry seguía aguardando mi respuesta. Los grajos se habían callado y el aire

traía un intenso olor a lluvia. La pena me consumía. No podía responderle, no podía

revelarle los secretos de aquella noche, sin importar el precio que tuviera que pagar

por esa decisión.

—No —dije negando con la cabeza.

—¿No?

—No.

Henry agachó la cabeza y me miró fijamente con sus ojos grises. Los tenía

entrecerrados, aunque percibí en ellos un sentimiento muy vivo que era incapaz de

identificar.

—Necesito saberlo.

Me mordí el labio mientras intentaba apartar de mi mente el olor de las peonías.

—Lo siento —susurré.

De pronto, se apartó de mi lado y se encaminó hacia el otro extremo de la torre;

se detuvo al llegar al muro de piedra y se dio la vuelta.

—¿Incluso si eso significa tener que renunciar a tu viaje a la India?

Negarme a responder podía costarme mi viaje a la India, pero lo que era aún más

importante —¿más importante? Sí, realmente me lo parecía—, podía costarme lo que

tenía con Henry en ese momento: esa proximidad, esa transparencia, ese

compañerismo.

Asentí y tragué saliva.

—Si es necesario, sí. Incluso si eso implica tener que renunciar a mi viaje, no

responderé a esa pregunta.

Volvió hacia donde yo me encontraba, pero más despacio esta vez.

—Es lo único que deseo saber. Por favor… —Hablaba con voz ronca—. Por

favor, no salgas huyendo hacia un país dejado de la mano de Dios mientras yo me

quedó aquí haciéndome la misma pregunta durante el resto de mi vida.

Aparté la mirada.

—Lo siento, Henry.

Me sentí muy pero que muy pequeña al decir aquello. Permanecimos en silencio

durante bastante tiempo, hasta que al final Henry lo rompió con un suspiro.

—¿Qué hacemos ahora?

—Quizá podríamos… renegociar, supongo. —No conservaba la más mínima

esperanza, pues no merecía indulgencia alguna, pero lo intenté de todos modos—.

Podría darte algo a cambio de tu última proposición. Algo que desees tanto como ese

secreto.

Henry me miró a los ojos y algo en los suyos cambió. Bajó la mirada y la detuvo

en mi boca.

—Un beso —propuso en voz baja.

Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.

—No hablas en serio.

—Ah, ¿no?

En su voz había un poco de burla, pero también algo más: un deje grave y

tentador que consiguió que me estremeciera de nuevo.

El viento se embraveció y me sacudió un nuevo escalofrío y, de pronto, sin previo

aviso, una lluvia helada empezó a caer del cielo. No fue algo progresivo, sino que

sobre nosotros se cernió una cortina de agujas congeladas que me hizo poner cara de

sorpresa.

Henry tomó mi mano y echamos a correr. Recuperé el farol, pero se me cayó al

suelo con las prisas y la llama se apagó. La torre se sumió entonces en la oscuridad y

nos encontramos a ciegas. Henry se detuvo y choqué con él. Me agarró y me acercó

hacia sí.

—No te separes de mí —me dijo al oído por encima del martilleante ruido de la

lluvia—. Yo te guiaré. No quiero que te caigas por la trampilla.

—De acuerdo.

Respiré al fin.

—Espera un momento hasta que mis ojos se acostumbren a la oscuridad —

murmuró.

Su brazo me sujetaba con fuerza alrededor de la cintura y tenía la mano apoyada

en la parte baja de mi espalda. Me recliné sobre él mientras la lluvia nos empapaba.

El corazón me latía con fuerza y la mente me gritaba que hiciera algo, que encontrara

una forma de recomponer lo que se había roto entre nosotros para no tener que

apartarme nunca de su lado. Sin embargo, no había forma de arreglarlo y yo lo sabía.

Por lo tanto, cerré los ojos, aspiré el débil aroma a brezo mojado que me llegaba y

permití que mi corazón se rompiera un poco más.

Por desgracia, se apartó de mi lado demasiado pronto. Su mano descendió por mi

brazo hasta detenerse en mi muñeca y yo moví la mano para entrelazarla con la suya.

Dejé que tirara de mí hasta que estuvimos al borde de la trampilla. Los escalones

estaban resbaladizos a causa de la lluvia, por lo que descendimos despacio por la empinada y tortuosa escalera.

Nos detuvimos un momento en el túnel para recuperar el aliento y aproveché para

apartar los mechones chorreantes que me caían sobre el rostro.

—Si no nos damos prisa, acabarás resfriándote. Sigamos —me instó Henry.

No soltó mi mano en ningún momento y yo le seguí a través del túnel oscuro que

discurría bajo los páramos. Me di cuenta entonces de que si dependiera de mí, le

seguiría a cualquier parte.

El frío fue incrementándose y la ropa empapada se adhirió a mi cuerpo, empecé a

tiritar y los dientes me castañetearon. Abandonamos el pasadizo secreto con mucho

cuidado; Henry se encargó de comprobar que no hubiese nadie en la sala del pájaro ni

en el pasillo antes de que yo saliera. Levantó la vela que había dejado encendida y

corrimos escaleras arriba hacia el ala oeste dejando un reguero de lluvia a nuestro

paso. Finalmente, llegamos al pasillo que conducía a mis aposentos y Henry me

obligó a detenerme delante de la puerta de mi habitación. Notaba el calor de su mano

junto a la mía. Dejó la vela en el alféizar de la ventana frente a la que habíamos

charlado mi primera noche en Blackmoore y al volverse hacia mí, con el pelo

totalmente empapado, me hizo pensar en el día que me había rescatado del río. Sus

ojos se me antojaban tan oscuros como las nubes de tormenta del exterior, su pecho

subía y bajaba al ritmo de su respiración, la camisa empapada se le pegaba a los

hombros, al pecho, a los brazos.

Tragué saliva y me aparté un poco de él. Los nervios se extendían por mi cuerpo a

toda velocidad avivando el fuego en mis venas. Nuestro trato aún no había concluido.

Henry debía de pensar lo mismo, ya que su boca se curvó a medio camino entre una

sonrisa y una mueca de satisfacción.

—Con respecto a ese beso…

Retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la pared contigua a mi habitación.

—No hablabas en serio —afirmé, aunque solo creía en mis palabras a medias.

Henry, sin embargo, siguió avanzando hasta que se plantó delante de mí. Apoyó

las manos en la pared, por encima de mi cabeza. Me humedecí los labios y el corazón

se me disparó. Intenté reírme, pero solo obtuve un sonido leve y ronco que no se

parecía en nada a lo que había pretendido.

No podía negar lo cerca que estábamos el uno del otro; el agua que resbalaba de

su cabello aterrizaba en mi mejilla. No obstante, estaba aterrorizada. Nunca habíamos

cruzado esa línea. Entonces apoyó una mano en mi cintura y sentí el fuego de su roce

incluso a través de la tela del vestido. Apoyé las palmas de las manos en la pared a mi

espalda, intentando ralentizar el ritmo de mi respiración, que era inusualmente rápido,

al igual que el de mi pulso. Me preocupaba que Henry llegara a oírlo y supiera que

era capaz de causar ese efecto en mí. Ejercí más fuerza con las manos para luchar

contra las ganas de acariciarle.

—Hablaba muy en serio —susurró y me sujetó la cintura con más fuerza.

Mis manos abandonaron finalmente la pared y aterrizaron en las solapas de su blazer. No era mi intención agarrarle, al menos no de ese modo, pero mis manos no

me consultaron. Juntaron la tela de ambas solapas y le acercaron a mí. El tiempo de

pensar se había esfumado. Habíamos estado manteniendo el equilibrio al borde de ese

precipicio durante demasiado tiempo y ahora íbamos a caer por él irremediablemente.

Lo sabía, con una certeza abrumadora que era incapaz de obviar.

Su mano libre abandonó la pared y se acomodó en mi nuca con delicadeza, con

seguridad, como si hubiese imaginado aquella escena miles y miles de veces, y…

De pronto, una luz hendió la oscuridad del pasillo y ambos nos sobresaltamos.

Aparté a Henry de un empujón e inspeccioné la procedencia de ese resplandor.

Alguien se dirigía hacia nosotros desde el otro extremo del pasillo con una vela en la

mano. Escudriñé la figura con más ahínco. La luz parpadeante de la vela iluminó el

rostro de María y maldije entre dientes.

Y así, sin más, mi comprometida situación se presentó ante mis ojos de la forma

más clara. Estaba fuera de mi habitación en mitad de la noche con un hombre, ambos

estábamos empapados y había estado a punto de besarle. El hecho de que se tratara de

Henry solo empeoraba las cosas. Yo podría haber sido Eleanor y aquello podría haber

sido Brighton una vez más.

Alargué la mano hacia el picaporte y el pavor me invadió: ¡la puerta de mi

habitación estaba abierta!

—Tienes que irte antes de que ella nos vea.

Henry dudó unos instantes, pero yo ya estaba entrando a toda prisa en mi

dormitorio. Para mi sorpresa, choqué contra algo blando antes de haber dado dos

pasos en el interior del cuarto.

Escuché un juramento apagado y acto seguido me encontraba en el suelo junto a

mi madre, que no dejaba de repetir que me quitara de encima. Luego apareció María

en el umbral con su vela y se quedó mirándonos.

—¿Qué pasa aquí? —Apuntó la vela hacia nosotras y entrecerró los ojos con

recelo—. ¿Por qué estás empapada, Kitty? ¿Y qué haces tirada encima de nuestra

madre?

Intenté desesperadamente levantarme, pero las faldas se me enrollaron alrededor

de las piernas y me hicieron tropezar y caer de nuevo. Mi madre me apartó de un

empujón, se puso en pie y le arrebató la vela a María; luego pasó por encima de mí y

encendió todos los candelabros que había esparcidos por la habitación. Para cuando

lo conseguí, la habitación estaba inundada de luz y pude ver la gloriosa expresión de

triunfo en el rostro de mi madre.

 

—Tiene que casarse contigo. ¡Es su deber!

Mi madre se rió a carcajada limpia mientras se paseaba de aquí para allá delante

de mí. Me había sentado sobre la cama y estaba empapándolo todo, aunque poco me

importaba en realidad, pues en ese momento me sentía profundamente miserable.

—No, no tiene que hacerlo. No ha pasado nada entre nosotros. Ni siquiera me ha

besado.

—Querida, no importa si vuestros labios han llegado a tocarse o no. Os he visto a

los dos. —Una nueva carcajada. Las mejillas me ardían por la vergüenza—. Te he

pillado viéndote a hurtadillas con él, sola, en mitad de la noche. Y os estabais

abrazando. —Se echó a reír de nuevo y dio palmas como si fuera una niña pequeña

—. ¡Oh, a su madre le dará un ataque! No pongas esa cara, Kitty, ¡es una noticia

estupenda! ¡Estupenda! Tu matrimonio será mejor que el de Eleanor y yo podré

restregarle por las narices a la señora Delafield que tú te convertirás en la dueña y

señora de esta casa.

Solté un lamento.

—No, madre. Eso no pasará. Henry solo estaba… Solo estaba tomándome el pelo

con eso de que yo le debía un beso a cambio de la proposición, pero no ha pasado

nada.

Mi madre se interrumpió en seco y me miró con dureza.

—¿De qué proposición estás hablando?

Me dejé caer de espaldas sobre la cama y me cubrí los ojos con las manos.

—Henry es quien me ha propuesto matrimonio. Lo ha hecho como un favor, para

que pueda ir a la India, pero no ha pasado nada inapropiado entre nosotros. ¡Se lo

juro! Se ha comportado como un perfecto caballero todas las veces.

Mi madre me miró con los ojos entrecerrados.

—¿Me estás diciendo que has estado por ahí a solas con él y en plena noche en

más de una ocasión desde que llegaste?

Asentí con la cabeza. Me odié por lo que acababa de revelar.

—Sí —murmuré totalmente desconsolada.

Esbozó una gran sonrisa, se puso a dar palmas y soltó una risotada estridente en

señal de triunfo.

—Eres más astuta que Eleanor. Debo admitir que nunca hubiese esperado esto de

ti, Kitty. No tendrá más remedio que casarse contigo.

Me incorporé en la cama presa del pánico; las lágrimas resbalaban sin fin por mis

mejillas.

—No, madre. Eso es imposible. No puedo obligar a Henry a que se case conmigo.

¡No puedo hacerlo!

Pero ella desdeñó mis palabras con un gesto de la mano.

—Una joven debe servirse de cualquier artimaña que esté a su alcance para

asegurarse un buen futuro.

—¡No lo haré! —grité poniéndome en pie y apartándome de la cama. Mi madre

se sobresaltó—. No le tenderé una trampa. No pienso consentir que me odie durante

el resto de nuestras vidas, no veré cómo muere su respeto hacia mí, ni centraré mi

atención en otros hombres. ¡Ni hablar! No me convertiré en usted ni seré testigo de

cómo Henry se convierte en mi padre. No puedo ni imaginarlo. —Unos cuantos sollozos y luego empecé a gritar—. ¡Prefiero casarme con ese asqueroso del señor

Cooper antes que verme obligada a casarme con Henry Delafield!

Mi voz resonó en el silencio que de pronto invadía la habitación. María puso unos

ojos como platos; pero no me miraba a mí, estaba concentrada en un punto a mi

espalda. Volví la cabeza y vi a Henry de pie en el umbral de la puerta.

Me sostuvo la mirada durante un lapso de tiempo interminable, luego se dio la

vuelta y se alejó de allí.

—¡Oh, querida! —exclamó María—. Me temo que te ha oído.

Me dejé caer a plomo sobre la cama. Ya estaba hecho. Al fin lo habíamos hecho.

Habíamos caído por el precipicio y no había forma humana de volver a trepar por él.

—No importa —anunció mi madre con resolución mientras cerraba la puerta sin

titubeos—. Igualmente le obligaremos a que se case contigo.

Negué con la cabeza.

—No servirá de nada, madre. Perderá Blackmoore si se casa conmigo. La señora

Delafield obligó a su padre a ponerlo en el testamento. Se quedará sin nada.

Ni siquiera lo que acababa de anunciar la detuvo.

—¡Tonterías! Los testamentos pueden cambiarse. Además el abuelo aún está

vivo. Nos encargaremos de todo mañana. Irás a hablar con él y le convencerás para

que lo cambie.

—No —repliqué gimoteando, pero la verdad es que las fuerzas me habían

abandonado al ver la mirada de Henry.

—¡Oh, estoy deseando venir a visitarte cuando seas la señora de Blackmoore!

¡Ella no podrá soportar que esté aquí, en la casa de su infancia, con poder para hacer

cuanto se me antoje! Y no podrá hacer nada para evitarlo. ¡Ajá! Me gustaría ver cómo

lo intenta, una vez que estéis casados. ¿Me desairará entonces? ¡No! Nadie me

desairará cuando te conviertas en la señora de Henry Delafield. ¡Ajá! Esta es la

victoria definitiva, Kitty. ¡Aún no puedo creer que lo hayas conseguido! —Se inclinó

sobre mí, tomó con una mano mi rostro y me dio un beso sobre el pelo empapado—.

Cuánto te había infravalorado.

Negué con la cabeza repetidas veces.

—No, madre. No lo haré. ¡No lo haré!

Lo repetí una y otra vez hasta que ella dejó al fin de reírse y me miró

detenidamente. Luego se limpió la boca con el dorso de la mano, como si quisiera

borrar el beso que había malgastado.

—¿Conque no?

María se había recostado sobre los cojines.

—No seas tonta, Kitty. Pues claro que tienes que seguir adelante. Has llegado

muy lejos como para dar marcha atrás ahora.

—No. —Mi voz era demasiado débil—. Puedo arreglarlo. Puedo…

Mi madre volvió a tomar mi rostro, pero esta vez no hubo nada delicado en su

gesto. Me miró directamente a los ojos, los suyos eran del mismo color que aquel cepo oxidado que había encontrado en los bosques con un conejo herido entre sus

fauces.

—Contéstame a una cosa, Kitty. ¿Has cumplido tu parte del trato? ¿Te han hecho

tres proposiciones de matrimonio?

Caí en la cuenta de que Henry no me había propuesto matrimonio esa noche, la

lluvia nos había impedido poner fin a nuestro acuerdo.

—No —respondí en un susurro.

—Pues de acuerdo con el trato que hicimos, tienes que hacer todo lo que yo

quiera. Lo recuerdas bien, ¿verdad, querida?

Volví a tumbarme sobre la cama y me cubrí mis ojos llorosos con las manos.

—No. No lo haré, madre.

—Accediste a nuestro trato, Kitty, y ahora debes asumir las consecuencias.

Recuerda… Recuerda qué fue lo que acordamos. Recuerda qué fue lo que me dijiste.

Me aseguraste que nunca cambiarías de idea.

Por supuesto que recordaba haberlo dicho. En aquel momento, hasta pensaba que

era cierto, pero ahora estaba convencida de que nunca había estado tan equivocada

sobre algo como lo había estado sobre mí misma.

—Hablarás con su abuelo mañana. —Puso los brazos en jarras y me observó

fijamente. Ella era fuerte y manipuladora y yo estaba atrapada, atrapada, atrapada—.

¿Qué te parece el nuevo plan, Kitty?

—Kate —susurré—. Me llamo Kate.