Blackmoore
Capítulo 38
Alice me ayudó a salir de Blackmoore sin que nadie me viera y me condujo
hasta los páramos, donde su hermano me esperaba con un poni. Este me tendió una
sábana blanca y me mandó cubrirme con ella.
—Esta noche interpretará a Linger, el fantasma, señorita.
Alice me sonrió con malicia antes de admitir que la historia del fantasma era algo
que los contrabandistas se habían inventado para asegurarse de que la gente no
merodeara por los páramos de noche.
—¿Se acordará de las cartas? —pregunté echa un manojo de nervios ahora que mi
plan se estaba haciendo realidad—. En especial, de la de la señora Delafield.
No podía marcharme sin avisarla de la encerrona que mi madre planeaba tenderle
a Henry usando a María. Mi madre era capaz de cualquier cosa, sobre todo si ello
implicaba torturar a la que antaño había sido su amiga.
—No se preocupe, señorita. Se la entregaré a primera hora de la mañana. Y
también me ocuparé de que su madre, su hermana y la señorita Delafield reciban las
suyas también. Me haré cargo de todo de acuerdo con el plan —me aseguró
esbozando una sonrisa.
Su hermano me ayudó a subir al poni. Fijé la vista en el frente y en el camino que
nos conduciría a Whitby.
La luna llena iluminaba mi camino a través de los páramos, pero yo no podía
dejar de volver la cabeza para echar un último vistazo a Blackmoore, allí en lo alto de
aquel acantilado frente al mar. El corazón se me desgarraba a cada paso y me
suplicaba que regresara; sin embargo, era libre por primera vez en mi vida y abrigaba
una esperanza que nunca antes había sentido. Y al final, cuando el poni descendió una
colina y Blackmoore desapareció definitivamente de la vista, mi corazón se entregó al
dolor y amenazó con llevarme de vuelta a rastras. Pero no podía regresar a aquella
vida enjaulada, así que abandoné a mi corazón, lo dejé en Blackmoore con Henry y
proseguí mi viaje con la esperanza como única compañera. El canto de los pájaros
nocturnos hablaba de mar, de tierras lejanas y de una libertad que jamás había
conocido. Lloré y sonreí a un tiempo. Cuanto más nos alejábamos de mi madre, más ligera me sentía, hasta que desplegué los brazos como si fuera a echar a volar y sentí
cómo mi alma se expandía en mi interior. Por primera vez en la vida, me sentía
poderosa.
Era bien entrada la noche del día siguiente cuando llegué a Londres y llamé por
fin a la puerta de mi tía. Cuando pasé al salón, esta se enderezó de pronto y se llevó
una mano al pecho sobresaltada.
—¿Katherine? ¿Qué demonios estás haciendo aquí a estas horas? ¿Cómo has
llegado hasta aquí?
—Me he escapado. He venido en diligencia desde Blackmoore. Estoy lista para
partir con usted a la India.
Mi tía se puso en pie y se acercó a mí con los brazos abiertos y una sonrisa en los
labios.
—Estoy tan orgullosa de ti, querida.
Me refugié en sus brazos y me eché a llorar.
—Mi querida niña, pero ¿a qué vienen esas lágrimas? —preguntó dándome unas
palmadas en la espalda—. Deberías sentirte feliz. Estás empuñando las riendas de tu
vida.
Asentí con la cabeza. Tenía razón.
—Soy feliz, de verdad que sí.
No obstante, no podía dejar de llorar y al final pronuncié la única palabra que
había sido incapaz de apartar de mis pensamientos.
—Henry.
Mi tía chasqueó la lengua.
—Oh, no. ¿No irás a decirme que todas estas lágrimas son por un hombre?
Asentí.
—Mi querida Katherine, ningún hombre merece tal cantidad de lágrimas.
Yo misma había hecho ese comentario un mes antes, se lo había dicho a María,
convencida de que estaba en lo cierto. Pero en este caso no lo era, porque si existía un
hombre en el mundo por el que valiera la pena llorar, ese era Henry Delafield.