Blackmoore

Julianne Donaldson · Capítulo 5 de 43

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Blackmoore

Capítulo 5

 

La vieja niñera de los Delafield, la señora Pettigrew, iba sentada enfrente de mí

en el carruaje canturreando por lo bajo y haciendo punto a una velocidad vertiginosa.

Las agujas entrechocaban al compás del ruido de los cascos de los caballos. Yo me

había vuelto hacia la ventana e iba contemplando la espalda de Henry con la mirada

perdida. Él iba a caballo, ¿cómo no? No había tenido la menor duda al respecto, pues

el joven siempre hacía el trayecto hasta Blackmoore a caballo. Debía admitir que una

pequeña, pero reticente, parte de mí se alegraba de que su vieja niñera hubiese

accedido a acompañarnos como carabina, aunque después de dos días enteros metida

en aquel carruaje bamboleante con su canturreo y el constante zis zas de las agujas,

tenía la sensación de que la cabeza me iba a estallar.

El día anterior habíamos aprovechado que el verano prolongaba las horas de luz

para hacer a pie una distancia considerable del camino. Tras doce horas en el carruaje

con el canturreo de la señora Pettigrew y ninguna conversación que contribuyera a

que el tiempo se hiciera más corto, había esperado con ansia el momento de poder

hablar con Henry. Sin embargo, al detenernos en una posada para pasar la noche, él

no había desmontado. Se había limitado a decirme que yo haría noche allí con el

cochero y la señora Pettigrew y que él continuaría hasta la siguiente posada del

camino.

Le había observado partir con el ceño fruncido y había entrado a regañadientes en

la posada, donde no había disfrutado de la cena ni de la habitación que había

compartido con la señora Pettigrew. Por la mañana, después del desayuno, Henry nos

esperaba ya subido a su montura en el exterior de la posada. Nos habíamos puesto en

camino sin apenas cruzar dos palabras.

Nunca antes había apreciado de verdad lo relajante que podía ser el silencio, ni lo

que una conversación inteligente amenizaba un trayecto… hasta aquel día. Dejé

escapar un suspiro mientras apoyaba la frente en la ventanilla. Ojalá el murmullo de

las ruedas del carruaje ahogara el zis zas de las agujas y el canturreo de la señora

Pettigrew; ojalá tuviera a alguien con quien conversar; ojalá el largo viaje hubiese

concluido ya. Me removí en mi asiento intentando, sin éxito, estirar las piernas. La señora Pettigrew levantó la vista de su labor y me sonrió.

—Pone a prueba la paciencia de una, ¿verdad? Me refiero a la espera. Aunque

vale la pena.

Su sonrisa me hizo recordar que la señora Pettigrew había acompañado a los

Delafield a Blackmoore cada verano. La consideraban una más de la familia; por eso

cuando los niños crecieron y George heredó la casa familiar, el joven le propuso

quedarse para ocuparse de sus propios hijos. Henry debía de haber resultado muy

persuasivo para conseguir que su hermano accediera a que ella nos acompañara.

—¡Ah, parece que el señorito Henry ha escogido la ruta más pintoresca! —

exclamó tras echar un vistazo por la ventana—. Debe de ser en deferencia a usted.

—¿A qué se refiere con lo de la ruta más pintoresca? —pregunté deseando hablar

de lo que fuera después de dos días de canturreos.

—Muy pronto lo descubrirá.

Volvió a reclinarse en el asiento, las agujas retomaron su ritmo y su monótono

canturreo invadió mis oídos una vez más.

No sabía que eso de «muy pronto» había pasado a la historia para mí hacía años,

que «al final» era algo que tampoco me convencía y que «por fin» estaba a punto de

exhalar su último aliento. La paciencia no era una de mis virtudes, desde luego, y

tampoco lo era el aguante.

El canturreo se volvió más agudo y entusiasta y empezó a retumbar en el interior

del carruaje, así como en mi cabeza. Aquel sonido me volvería loca. De pronto los

caballos redujeron el paso; eché un vistazo por la ventanilla y vi que estábamos

ascendiendo una pendiente.

—Como parece que a los caballos les está costando un poco subir esta pendiente

—dije acercándome con prudencia a la puerta—, creo que bajaré a estirar las piernas

un rato.

La señora Pettigrew levantó la vista asustada cuando abrí la puerta del carruaje.

—¡Ni pensarlo! ¡Se romperá una pierna! Pídale al cochero que se detenga.

El carruaje no avanzaba más rápido de lo que yo lo haría a pie.

—No me partiré nada, se lo aseguro.

Pegué un saltito, cerré la puerta tras de mí y dejé escapar un suspiro de alivio por

haberme librado al fin de aquella cantinela estridente.

Henry, que iba delante del carruaje, volvió la cabeza y dio media vuelta al caballo

para venir a mi encuentro.

—¿Pasa algo? —preguntó acercándose.

Le eché una mirada acusatoria.

—La señora Pettigrew canturrea.

Él se echó a reír y desmontó del caballo. Su sonrisa brillaba al sol.

—¡Ah! Lo había olvidado.

—¿Cómo es posible? ¡Nunca voy a poder quitarme esa cancioncilla de la cabeza!

Imité el sonido agudo, monótono y desacorde que llevaba soportando un día y medio.

Él se limitó a sonreír, pero el aire malicioso que asomó a su mirada me hizo

preguntarme si, después de todo, realmente había olvidado el canturreo. Al

percatarme de que solo estaba consiguiendo intensificar mi dolor de cabeza, dejé de

producir aquel ruidito y me froté la frente. Henry se colocó a mi lado sujetando al

caballo por las riendas.

—Así que anoche dormiste en una posada distinta.

Él asintió.

Le miré con los ojos entrecerrados.

—¿De verdad era necesario?

Henry se encogió de hombros visiblemente violento.

—No quería poner en peligro… tu reputación.

—Ah…

Aparté la mirada, pues me había sonrojado. El recuerdo de mi hermana Eleanor

planeó entre nosotros en silencio. Sin embargo, no pensaba mencionar su nombre y,

después de unos segundos, suspiré aliviada al comprobar que Henry tampoco tenía

intención de hacerlo.

—En la cima de esta colina hay algo que te gustará ver —continuó Henry

señalando el camino que se abría ante nosotros.

—¿El qué?

—Los páramos.

Pronunció aquella palabra como si fuera un regalo en sí misma. Siempre hablaba

así de los páramos, como si fueran parte de su herencia, una parte tan importante

como la casa o la renta.

Presa de un entusiasmo renovado, sonreí en su dirección y me apresuré hacia la

cima; él me siguió guiando al caballo por el sendero. Cuando llegué a mi destino, un

viento impetuoso azotó mi falda y la enredó entre mis piernas. Me detuve en la

cumbre y contemplé el inhóspito valle a mis pies.

El suelo estaba cubierto por un brezal oscuro que le confería el aspecto de un gran

cardenal. Los tonos verde oscuro y dorado de la hierba y algunas flores amarillas aquí

y allá apenas conseguían iluminar la escena. No se veía en aquel paraje ni un solo

árbol, como mucho algún que otro resto enano y retorcido, no más alto que nuestros

caballos, de lo que un día pretendió serlo. En conjunto, se abrió ante mí una escena

silenciosa y sombría en la que no pude hallar belleza alguna.

—¿Esto son los páramos? —pregunté con la voz apagada debido a mi

incredulidad.

Henry se había situado a mi lado para estudiar mi rostro mientras yo

inspeccionaba el paisaje que tenía ante mí. Ni rastro de una brizna de hierba. Nada

remotamente parecido a la civilización crecía en aquel erial.

—Sí. Esto son los páramos —confirmó Henry.

—Pero… si es un paisaje feo —solté con la voz consternada incluso para mis propios oídos—. Es muy feo, Henry.

Él se echó a reír.

—No, en serio feo de veras. Me dijiste que era un sitio hermoso.

—Y lo es. Para mí. —Me volví hacia él sin entender a qué se refería. Henry

abarcó con la mano la escena que teníamos delante—. ¿No eres capaz de encontrar

aquí ni una pizca de belleza?

Volví a dirigir la mirada hacia el paisaje. Por un momento, no pude evitar

preguntarme si Henry se habría pasado los últimos diez años mintiéndome o

tomándome el pelo. Sin embargo, no había decepción en sus ojos, solo cariño y un

entusiasmo que no lograba entender. Pero lo intentaría por él. Me alejé unos pasos y

me agaché para tocar las plantas que oía crujir bajo mis botas. Quería ver aquella

tierra como algo hermoso, del mismo modo que lo hacía mi amigo. El brezo era de un

horrible color morado parduzco, como un moratón reciente, pero aquellas flores

amarillas resultaban radiantes. No eran del mismo color que los narcisos, sino de un

amarillo más oscuro, casi anaranjado, como una lágrima hecha de la materia del sol.

Extendí el brazo para arrancar una de aquellas flores y entonces me pinché con una

espina larga y afilada que crecía junto a sus pétalos.

—¡Ay!

Me chupé la gota de sangre que apareció en el dedo.

—Debería haberte avisado. Aquí en los páramos no hay nada delicado. No dejes

que las flores te decepcionen, han evolucionado para resistirlo todo, incluso el

entusiasmo de una jovencita aficionada a cortarlas.

Me dolía el dedo.

—Supongo que el hecho de ser tan resistente es… admirable —murmuré mientras

buscaba otra cosa que admirar en aquellas tierras.

De pronto, una ráfaga de viento cruzó a toda velocidad los páramos, me robó el

sombrero y lo hizo girar en el aire.

Henry lo atrapó al vuelo como si alguien se lo hubiese lanzado, se situó delante

de mí y lo colocó de nuevo sobre mi cabeza. Deslizó las manos por las cintas, bajó la

vista y la vi: una chispa de algo nuevo brillaba en sus ojos de granito. Algo de vida,

una nueva luz. Los páramos habían despertado en él algo distinto que nunca antes

había visto. Hizo una lazada bajo mi barbilla. Me abrasó con sus dedos el cuello y la

clavícula y el color me subió a las mejillas. Permanecí completamente inmóvil.

—Creo que la belleza más profunda se encuentra en lo que nuestro corazón ama

—confesó en un susurro apartando la vista de las cintas y clavándola en mi rostro—.

Y yo amo este lugar, Kate, más que ninguna otra cosa. Para mí es mucho más que un

lugar hermoso, es mi hogar, es… —Hizo una pausa y entrecerró los ojos, como si

estuviera mirando directamente al sol a pesar de que su mirada no se había desviado

de mi rostro—. Es lo que quiero ver cada día durante el resto de mi vida.

Sus palabras me dejaron desconcertada. Siempre había sabido que Henry adoraba

Blackmoore y que algún día heredaría aquellas tierras, aquella casa y aquella vida. Aun así, verle allí, verle como dueño y señor de todo aquello, verle proclamar que

aquel era su hogar me afectó sobremanera.

De pronto, volvía a estar escondida en una habitación en penumbra en casa de los

Delafield rodeada por un aroma tan intenso y dulce a peonías que casi podía

saborearlas. Y una vez más, igual que un año y medio antes, me invadía una pena

inmensa y me sentía totalmente perdida.

Me di la vuelta, con lo que Henry se vio obligado a soltar las cintas de mi

sombrero, y fingí estudiar la vista que tenía delante. Sin embargo, una vez que estuve

de espaldas a él, me froté a conciencia la nariz con una mano e inspiré bruscamente

mientras me repetía que debía controlar mis emociones. Noté la presencia de Henry a

mi espalda, silencioso y paciente, esperando a que amara aquel lugar tanto como él.

—Creo que llegará a gustarme —declaré esforzándome por que mi voz sonara

firme.

Inspiré de nuevo. Ojalá mi corazón recuperara su ritmo normal.

Unas nubes del color del granito se dirigían hacia nosotros a toda velocidad

impulsadas por el implacable viento. Rehíce la lazada de mi sombrero con mayor

firmeza, apretando más, para volver a ser una señorita como Dios manda. No pensaba

sucumbir a la influencia de aquellas tierras inhóspitas. Al volver la cabeza hacia el

camino, descubrí que el carruaje se había detenido y aguardaba por nosotros.

—Venga, vamos a ver tu hogar.

Me alegré de estar de vuelta en el interior de aquel carruaje estrecho y sofocante.

Incluso me alegré de oír el tarareo sin sentido de la señora Pettigrew. Aquello era lo

correcto, un lugar como es debido; no como aquella escena salvaje del exterior, ni

como aquel chico moreno de ojos grises que amaba aquella tierra salvaje más que a

ninguna otra cosa en el mundo.