Blackmoore
Capítulo 5
La vieja niñera de los Delafield, la señora Pettigrew, iba sentada enfrente de mí
en el carruaje canturreando por lo bajo y haciendo punto a una velocidad vertiginosa.
Las agujas entrechocaban al compás del ruido de los cascos de los caballos. Yo me
había vuelto hacia la ventana e iba contemplando la espalda de Henry con la mirada
perdida. Él iba a caballo, ¿cómo no? No había tenido la menor duda al respecto, pues
el joven siempre hacía el trayecto hasta Blackmoore a caballo. Debía admitir que una
pequeña, pero reticente, parte de mí se alegraba de que su vieja niñera hubiese
accedido a acompañarnos como carabina, aunque después de dos días enteros metida
en aquel carruaje bamboleante con su canturreo y el constante zis zas de las agujas,
tenía la sensación de que la cabeza me iba a estallar.
El día anterior habíamos aprovechado que el verano prolongaba las horas de luz
para hacer a pie una distancia considerable del camino. Tras doce horas en el carruaje
con el canturreo de la señora Pettigrew y ninguna conversación que contribuyera a
que el tiempo se hiciera más corto, había esperado con ansia el momento de poder
hablar con Henry. Sin embargo, al detenernos en una posada para pasar la noche, él
no había desmontado. Se había limitado a decirme que yo haría noche allí con el
cochero y la señora Pettigrew y que él continuaría hasta la siguiente posada del
camino.
Le había observado partir con el ceño fruncido y había entrado a regañadientes en
la posada, donde no había disfrutado de la cena ni de la habitación que había
compartido con la señora Pettigrew. Por la mañana, después del desayuno, Henry nos
esperaba ya subido a su montura en el exterior de la posada. Nos habíamos puesto en
camino sin apenas cruzar dos palabras.
Nunca antes había apreciado de verdad lo relajante que podía ser el silencio, ni lo
que una conversación inteligente amenizaba un trayecto… hasta aquel día. Dejé
escapar un suspiro mientras apoyaba la frente en la ventanilla. Ojalá el murmullo de
las ruedas del carruaje ahogara el zis zas de las agujas y el canturreo de la señora
Pettigrew; ojalá tuviera a alguien con quien conversar; ojalá el largo viaje hubiese
concluido ya. Me removí en mi asiento intentando, sin éxito, estirar las piernas. La señora Pettigrew levantó la vista de su labor y me sonrió.
—Pone a prueba la paciencia de una, ¿verdad? Me refiero a la espera. Aunque
vale la pena.
Su sonrisa me hizo recordar que la señora Pettigrew había acompañado a los
Delafield a Blackmoore cada verano. La consideraban una más de la familia; por eso
cuando los niños crecieron y George heredó la casa familiar, el joven le propuso
quedarse para ocuparse de sus propios hijos. Henry debía de haber resultado muy
persuasivo para conseguir que su hermano accediera a que ella nos acompañara.
—¡Ah, parece que el señorito Henry ha escogido la ruta más pintoresca! —
exclamó tras echar un vistazo por la ventana—. Debe de ser en deferencia a usted.
—¿A qué se refiere con lo de la ruta más pintoresca? —pregunté deseando hablar
de lo que fuera después de dos días de canturreos.
—Muy pronto lo descubrirá.
Volvió a reclinarse en el asiento, las agujas retomaron su ritmo y su monótono
canturreo invadió mis oídos una vez más.
No sabía que eso de «muy pronto» había pasado a la historia para mí hacía años,
que «al final» era algo que tampoco me convencía y que «por fin» estaba a punto de
exhalar su último aliento. La paciencia no era una de mis virtudes, desde luego, y
tampoco lo era el aguante.
El canturreo se volvió más agudo y entusiasta y empezó a retumbar en el interior
del carruaje, así como en mi cabeza. Aquel sonido me volvería loca. De pronto los
caballos redujeron el paso; eché un vistazo por la ventanilla y vi que estábamos
ascendiendo una pendiente.
—Como parece que a los caballos les está costando un poco subir esta pendiente
—dije acercándome con prudencia a la puerta—, creo que bajaré a estirar las piernas
un rato.
La señora Pettigrew levantó la vista asustada cuando abrí la puerta del carruaje.
—¡Ni pensarlo! ¡Se romperá una pierna! Pídale al cochero que se detenga.
El carruaje no avanzaba más rápido de lo que yo lo haría a pie.
—No me partiré nada, se lo aseguro.
Pegué un saltito, cerré la puerta tras de mí y dejé escapar un suspiro de alivio por
haberme librado al fin de aquella cantinela estridente.
Henry, que iba delante del carruaje, volvió la cabeza y dio media vuelta al caballo
para venir a mi encuentro.
—¿Pasa algo? —preguntó acercándose.
Le eché una mirada acusatoria.
—La señora Pettigrew canturrea.
Él se echó a reír y desmontó del caballo. Su sonrisa brillaba al sol.
—¡Ah! Lo había olvidado.
—¿Cómo es posible? ¡Nunca voy a poder quitarme esa cancioncilla de la cabeza!
Imité el sonido agudo, monótono y desacorde que llevaba soportando un día y medio.
Él se limitó a sonreír, pero el aire malicioso que asomó a su mirada me hizo
preguntarme si, después de todo, realmente había olvidado el canturreo. Al
percatarme de que solo estaba consiguiendo intensificar mi dolor de cabeza, dejé de
producir aquel ruidito y me froté la frente. Henry se colocó a mi lado sujetando al
caballo por las riendas.
—Así que anoche dormiste en una posada distinta.
Él asintió.
Le miré con los ojos entrecerrados.
—¿De verdad era necesario?
Henry se encogió de hombros visiblemente violento.
—No quería poner en peligro… tu reputación.
—Ah…
Aparté la mirada, pues me había sonrojado. El recuerdo de mi hermana Eleanor
planeó entre nosotros en silencio. Sin embargo, no pensaba mencionar su nombre y,
después de unos segundos, suspiré aliviada al comprobar que Henry tampoco tenía
intención de hacerlo.
—En la cima de esta colina hay algo que te gustará ver —continuó Henry
señalando el camino que se abría ante nosotros.
—¿El qué?
—Los páramos.
Pronunció aquella palabra como si fuera un regalo en sí misma. Siempre hablaba
así de los páramos, como si fueran parte de su herencia, una parte tan importante
como la casa o la renta.
Presa de un entusiasmo renovado, sonreí en su dirección y me apresuré hacia la
cima; él me siguió guiando al caballo por el sendero. Cuando llegué a mi destino, un
viento impetuoso azotó mi falda y la enredó entre mis piernas. Me detuve en la
cumbre y contemplé el inhóspito valle a mis pies.
El suelo estaba cubierto por un brezal oscuro que le confería el aspecto de un gran
cardenal. Los tonos verde oscuro y dorado de la hierba y algunas flores amarillas aquí
y allá apenas conseguían iluminar la escena. No se veía en aquel paraje ni un solo
árbol, como mucho algún que otro resto enano y retorcido, no más alto que nuestros
caballos, de lo que un día pretendió serlo. En conjunto, se abrió ante mí una escena
silenciosa y sombría en la que no pude hallar belleza alguna.
—¿Esto son los páramos? —pregunté con la voz apagada debido a mi
incredulidad.
Henry se había situado a mi lado para estudiar mi rostro mientras yo
inspeccionaba el paisaje que tenía ante mí. Ni rastro de una brizna de hierba. Nada
remotamente parecido a la civilización crecía en aquel erial.
—Sí. Esto son los páramos —confirmó Henry.
—Pero… si es un paisaje feo —solté con la voz consternada incluso para mis propios oídos—. Es muy feo, Henry.
Él se echó a reír.
—No, en serio feo de veras. Me dijiste que era un sitio hermoso.
—Y lo es. Para mí. —Me volví hacia él sin entender a qué se refería. Henry
abarcó con la mano la escena que teníamos delante—. ¿No eres capaz de encontrar
aquí ni una pizca de belleza?
Volví a dirigir la mirada hacia el paisaje. Por un momento, no pude evitar
preguntarme si Henry se habría pasado los últimos diez años mintiéndome o
tomándome el pelo. Sin embargo, no había decepción en sus ojos, solo cariño y un
entusiasmo que no lograba entender. Pero lo intentaría por él. Me alejé unos pasos y
me agaché para tocar las plantas que oía crujir bajo mis botas. Quería ver aquella
tierra como algo hermoso, del mismo modo que lo hacía mi amigo. El brezo era de un
horrible color morado parduzco, como un moratón reciente, pero aquellas flores
amarillas resultaban radiantes. No eran del mismo color que los narcisos, sino de un
amarillo más oscuro, casi anaranjado, como una lágrima hecha de la materia del sol.
Extendí el brazo para arrancar una de aquellas flores y entonces me pinché con una
espina larga y afilada que crecía junto a sus pétalos.
—¡Ay!
Me chupé la gota de sangre que apareció en el dedo.
—Debería haberte avisado. Aquí en los páramos no hay nada delicado. No dejes
que las flores te decepcionen, han evolucionado para resistirlo todo, incluso el
entusiasmo de una jovencita aficionada a cortarlas.
Me dolía el dedo.
—Supongo que el hecho de ser tan resistente es… admirable —murmuré mientras
buscaba otra cosa que admirar en aquellas tierras.
De pronto, una ráfaga de viento cruzó a toda velocidad los páramos, me robó el
sombrero y lo hizo girar en el aire.
Henry lo atrapó al vuelo como si alguien se lo hubiese lanzado, se situó delante
de mí y lo colocó de nuevo sobre mi cabeza. Deslizó las manos por las cintas, bajó la
vista y la vi: una chispa de algo nuevo brillaba en sus ojos de granito. Algo de vida,
una nueva luz. Los páramos habían despertado en él algo distinto que nunca antes
había visto. Hizo una lazada bajo mi barbilla. Me abrasó con sus dedos el cuello y la
clavícula y el color me subió a las mejillas. Permanecí completamente inmóvil.
—Creo que la belleza más profunda se encuentra en lo que nuestro corazón ama
—confesó en un susurro apartando la vista de las cintas y clavándola en mi rostro—.
Y yo amo este lugar, Kate, más que ninguna otra cosa. Para mí es mucho más que un
lugar hermoso, es mi hogar, es… —Hizo una pausa y entrecerró los ojos, como si
estuviera mirando directamente al sol a pesar de que su mirada no se había desviado
de mi rostro—. Es lo que quiero ver cada día durante el resto de mi vida.
Sus palabras me dejaron desconcertada. Siempre había sabido que Henry adoraba
Blackmoore y que algún día heredaría aquellas tierras, aquella casa y aquella vida. Aun así, verle allí, verle como dueño y señor de todo aquello, verle proclamar que
aquel era su hogar me afectó sobremanera.
De pronto, volvía a estar escondida en una habitación en penumbra en casa de los
Delafield rodeada por un aroma tan intenso y dulce a peonías que casi podía
saborearlas. Y una vez más, igual que un año y medio antes, me invadía una pena
inmensa y me sentía totalmente perdida.
Me di la vuelta, con lo que Henry se vio obligado a soltar las cintas de mi
sombrero, y fingí estudiar la vista que tenía delante. Sin embargo, una vez que estuve
de espaldas a él, me froté a conciencia la nariz con una mano e inspiré bruscamente
mientras me repetía que debía controlar mis emociones. Noté la presencia de Henry a
mi espalda, silencioso y paciente, esperando a que amara aquel lugar tanto como él.
—Creo que llegará a gustarme —declaré esforzándome por que mi voz sonara
firme.
Inspiré de nuevo. Ojalá mi corazón recuperara su ritmo normal.
Unas nubes del color del granito se dirigían hacia nosotros a toda velocidad
impulsadas por el implacable viento. Rehíce la lazada de mi sombrero con mayor
firmeza, apretando más, para volver a ser una señorita como Dios manda. No pensaba
sucumbir a la influencia de aquellas tierras inhóspitas. Al volver la cabeza hacia el
camino, descubrí que el carruaje se había detenido y aguardaba por nosotros.
—Venga, vamos a ver tu hogar.
Me alegré de estar de vuelta en el interior de aquel carruaje estrecho y sofocante.
Incluso me alegré de oír el tarareo sin sentido de la señora Pettigrew. Aquello era lo
correcto, un lugar como es debido; no como aquella escena salvaje del exterior, ni
como aquel chico moreno de ojos grises que amaba aquella tierra salvaje más que a
ninguna otra cosa en el mundo.