Caín
Capítulo X
X
Menos los centinelas, el Doctorcito, Martín y Pedro Palos, quien escuchaba las noticias de la radio de Cuba en un transistor, todos dormían a pierna suelta en el campamento. Éste constaba de dos ranchos de bahareque y de vara en tierra, cubiertos de grandes hojas de plátano que un muchacho renovaba todos los días. Desde lo alto nadie podía sospechar que aquello fuera un campamento en medio de esa montaña salpicada aquí y allá de pequeñas bananeras sembradas por los colonos. La guerrilla se componía de quince hombres bien armados y tres mujeres, sin contar a la Pacha, que era la amiga del Doctorcito y del jefe. Sólo ellos dos sabían leer. Los demás seguían con fastidio las enseñanzas de tipo político que les daba el Doctorcito todas las tardes, pues él era, además, el enlace con otras guerrillas que operaban en la cordillera. De la instrucción militar se encargaba Pedro Palos, quien había alcanzado los galones de sargento en el ejército. La Pacha era la ecónoma de la tropa. Las otras tres mujeres lavaban la ropa y cocinaban. Alguna vez debieron ser bestias de silla para aquellos hombres; pero hoy, ya marchitas o envejecidas por la vida dura del campamento, ya no eran sino de carga.
En los quince días que hacía que andaba enmontado con ellos, fuera de a Pedro Palos a quien conocía de antiguo, y al Doctorcito que lo tenía harto, Martín no distinguía sino a otros dos en la masa confusa de aquellos hombres. Uno era el viejo Andrés Paipa y el otro el chino Fidel, un adolescente taimado y silencioso a quien los soldados, en una batida por las montañas del Tolima, le habían matado a los padres. Pedro Palos decía del chino Fidel que había comenzado matando soldados para vengarse y ahora solía matarlos por puro gusto.
—¿Y de veras Fidel Castro me conoce, como me decías el otro día? — preguntaba Pedro Palos.
—Si a alguien conoce en Colombia es a ti —respondía el Doctorcito—. Por cierto que tienes un gran parecido con él.
Pedro Palos sonreía satisfecho. Apuró a pico de botella un buen trago de aguardiente.
Escuálido, flaco, casi negro, de ojos saltones y brillantes, palabra atropellada y fogosa, al Doctorcito todo se le iba en «conversa», como decía el viejo Paipa. En cambio, Pedro Palos, sólido como un buey, prefería la acción concreta y definida: asaltar fincas en la cordillera, abiertas por los colonos en el camino del Yopal, desvalijar buses de pasajeros, aniquilar patrullas militares extraviadas en la montaña, arrasar pueblos indefensos agarrados a alguna loma. El Doctorcito era un teórico, y Pedro Palos un práctico de las guerrillas. Cuando alguien le preguntaba al primero de los dos por qué no había terminado sus estudios de medicina y se había echado al monte, con tránsfugas del ejército, maleantes y castristas fanáticos, él explicaba su caso como el de una vocación revolucionaria, incubada en la contemplación de la miseria y la rebeldía de los estudiantes de provincia en los claustros de la universidad. Era un estudiante provinciano, oriundo de un pueblo perdido en los manglares del Pacífico. Llegó con una beca a la universidad, pero con más ganas de comer que de estudiar otra clase de claudicaciones del estómago. La ciudad exasperó sus deseos de triunfar, para lo cual el mejor camino en Colombia no es la medicina sino la política. El recuerdo deprimente y constante de su pueblo perdido entre pantanos de la costa del Pacífico lo atormentaba a veces, pero más lo acuciaba la necesidad de cambiarlo todo para cambiar su suerte. Tal como era el mundo, él no podría llegar a ninguna parte.
Cuando discutían el Doctorcito y el jefe sobre la táctica de la revolución china, o sobre la técnica de la infiltración comunista en los partidos de izquierda, Martín los oía como quien oye llover. ¿Qué podían importarle todas esas monsergas? Era como cuando en la misa el padre Hoyos se ponía a hablar del infierno y del purgatorio. Pensaba más bien en que si don Polo había logrado, con mañas y artimañas, arrebatarle a la familia Reyes «El Paraíso», ¿por qué no podría él despojar a su turno a don Polo? Pedro Palos fue el primero en sugerirle esa idea cuando los dos trabajaban en «El Paraíso» y eran todavía peones y no guerrilleros. Cuando ocho meses después de la fuga de Margarita, Martín se acordó de Pedro Palos, llegó a la montaña a proponerle un golpe en «El Paraíso». Su amigo le advirtió que sería una locura, pues el valle de Sogamoso está densamente poblado y es la sede de un batallón del ejército. Sería mejor esperar el regreso del teniente Rodríguez y sorprenderlo la misma noche de su llegada a la hacienda.
—Tienes razón —decía Martín, a quien desde el cuartel le sorprendía la astucia del sargento.
Pero Martín no detestaba a Abel por las razones que alegaba ingenuamente el Doctorcito: por rico, burgués, imperialista y oligarca. Tal vez Pedro Palos, que a pesar de todo era un campesino, se diera cuenta de que sin Margarita y fuera de «El Paraíso», Martín no sabía vivir. Quien de veras lo comprendía era Andrés Paipa, seco como un bejuco, quien después de muchas peripecias había ingresado en la guerrilla que operaba en el valle del Magdalena. Cuando fue exterminada, trepó a la cordillera e ingresó en la de Pedro Palos, de quien había oído hablar en su tierra. Suspiraba a veces, cuando desde una loma, en un día dorado y azul, columbraba los Llanos de Casanare reverberar a lo lejos. «¡Ay, mano Martín!», le decía. «¡Quién tuviera un pedazo de tierra allá abajo para sembrar plátano y yuca, y plantar las cuatro varas del rancho a la orilla de ese caño, entre la mata de monte!»
—Pues ahí donde me ve, don Paipa, yo voy a tener un día mucha tierra en el valle de Sogamoso. ¿Si lo conoce?
—¡Cómo no, sí, señor, dígame si no! ¿Y es buena?, ¿fresquita?, ¿blanda?, ¿bien regada como un parchecito que yo conozco en Saboyá?
—Es la mejor tierra de todo el valle esa que le digo, don Paipa. Y lo mismo sirve para pastos que para siembra. ¡Si viera cómo se da la alfalfa!
—¿La alfalfa?
—La alfalfa, sí señor…
—Y dígame, mano Martín: Cuando tenga ese parchecito en el valle, ¿quiere llevarme? Yo todavía me tiento y me hallo y puedo ayudarle a cuidar las ovejas. ¡La caminadera por estas montañas me tiene canso!
En cambio, el chino Fidel le decía que dentro de un tiempo tendrían que planear un verdadero asalto a «El Paraíso», pero no para robar señoritas sino ganado, aunque a él también le gustaran tanto las señoritas como las vacas. Claro está que era por bromear, pero Martín comenzaba a comprender que, una vez asesinado el teniente, a ninguno de aquellos hombres sus hazañas le importaba un bledo. Lo que ahora les urgía era coger camino a la madrugada e internarse hacia el norte en dirección a Venezuela, pues seguramente el ejército ya les vendría pisando los talones.
—¿Qué hacemos con Margarita? —preguntó el Doctorcito cuando clareaba en el monte y un pajarito comenzó a cantar en la fronda de un mango—. Antes de ocho días una señorita como ella no estará en condiciones de caminar o de montar a caballo. Esas niñas de buena sociedad son de alfeñique. Las muchachas revolucionarias que conocí en Cuba visten pantalones, cargan un fusil al hombro, combaten como machos y, además, tienen hijos. ¡Es admirable! ¿Tú qué opinas, Martín?
Éste no decía nada, pero el ojo amarillo y negro de culebra relampagueaba con un brillo siniestro.
—¡Chist! Un momento… —exclamó el jefe que manipulaba el transistor. El locutor de una estación local de Sogamoso o de Duitama relataba el asalto a la finca de «El Paraíso», el asesinato del teniente Rodríguez y el rapto de su señora por los bandoleros de la cuadrilla de un tal Martín, a quien llamaban Pedro Palos.
—¡Idiotas! Ni siquiera saben mi nombre.
Los tres escuchaban apasionadamente: el Doctorcito sentado en un bulto de papa, Pedro Palos de pie y Martín en cuclillas, con los brazos cruzados.
Con voz ampulosa y repelente proseguía el locutor: «¡Atención, urgente! A las tres de la madrugada llegó a Sogamoso el mayor Cancino, comandante de la guarnición del Yopal, quien viene expresamente a asistir al suntuoso entierro del…»
—Tenemos varias horas por delante —exclamó Pedro Palos—. Pero eso no quiere decir que hayamos de esperar aquí sentados a que nos levanten a tiros.
Dio la vuelta al botón del transistor y sintonizó ahora en la radio de Cuba una primera y lacónica información anunciando la baja del teniente Rodríguez. Venía después un comentario largo y detallado sobre las actividades de la guerrilla de Pedro Palos en las montañas de Boyacá. Lo había redactado el Doctorcito.
Plantado delante de Martín, que cabeceaba de sueño acurrucado en el suelo, Pedro Palos le preguntó qué pensaba hacer con Margarita. Aunque la guerrilla le agradecía mucho la operación ejecutada en la mañana de ayer, desearía…
El Doctorcito, que se había puesto a escribir en una máquina portátil y a la luz de una lámpara de gasolina, continuó la frase, martillando las palabras.
—Desearía desembarazarse de Margarita, ¿no es eso?
Martín tenía que comprender que no podían permanecer en el campamento un día más después de lo ocurrido, ni Pedro Palos esperar con los brazos cruzados a que el niño de Martín, o de Abel… y la mujer del uno, o del otro…
Martín se levantó de un salto y lo agarró por el cuello. El jefe se interpuso entre los dos y cogió a Martín por un brazo. «Tú sigue escribiendo y cállate», le gritó al Doctorcito. «Me revientan estos estudianticos que nos mandan de Bogotá a enseñarnos qué debemos pensar y cómo debemos hacer la guerra…»
Con una leve sonrisa que le aclaró el rostro sombrío, Martín expresó que pensaba lo mismo.
—¡Un momento, jefe! Yo represento aquí al Comité Central de las Fuerzas de Liberación Nacional, y si la revolución que estamos haciendo utiliza a asesinos como éste, y a guerrilleros como tú…
—Aquí el que manda soy yo, ¿lo oyes?
—… también necesita profesionales, y profesores, y estudiantes. La revolución se hace con balas y con ideas. ¿Entiendes? Sin las ideas de Marx, las armas de Castro no servirían de nada.
Pedro Palos le dio un empellón que lo hizo caer sentado en el bulto de papa, y le ordenó seguir escribiendo. Pálido y con las manos temblorosas, el Doctorcito se aseguró las gafas en el caballete de la nariz y se puso a teclear rápidamente en la máquina. A Martín le temblaban no sólo las manos sino todo el cuerpo. Comprendía que era imposible emprender la marcha aquella misma noche con Margarita y el niño, pero esperar a que los sorprendiera alguna patrulla del ejército o a que al día siguiente los descubriera una avioneta militar, sería una locura.
Pedro Palos había vuelto a abrir el transistor y pasaba de una estación a otra: propaganda comercial, cuñas cantadas, música de baile, las cinco menos cuarto de la mañana, canciones mexicanas, una información en inglés, Radio Medellín presenta los Mariachis de la Montaña, Radio Cuba: «Ahora vamos a transmitir el discurso que Fidel…»
—Ya lo oímos ayer —musitó Pedro Palos dándole vuelta al botón del transistor.
Radio Sogamoso informa sobre el asalto a la finca de «El Paraíso», el asesinato del teniente Rodríguez y el rapto de su señora por los bandoleros de la cuadrilla de un tal Martín alias Pedro Palos…
—Esto ya lo pasaron enantes.
Cuña cantada; Bavaria, la mejor cerveza, la alineación del equipo Millonarios que se enfrentará el próximo domingo, Radio Sogamoso da la hora: cinco en punto de la mañana…
Entró una mujer con tres escudillas de café endulzado con panela. El jefe apuró a sorbos el café, bebió un trago de aguardiente a pico de botella, escrutó el cielo del lado del Llano, negro y luminoso como el anca de un caballo sudado. Rasguñaba la cresta de la cordillera una claridad azulosa. Dio una palmada y cuando apareció el centinela, con el fusil al brazo y el rostro terroso por la vigilia y el cansancio, le ordenó que llamara a la gente, pues tendrían que ponerse en marcha antes de que amaneciera.
—¡Un momento! —exclamó el Doctorcito sacando de un tirón la hoja de papel que tenía en el rodillo de la máquina—. Te voy a leer, por encima, la corresponsalía para la radio de La Habana.
Al escuchar aquella tirada altisonante, salpicada de una fraseología trillada y convencional, Martín no sabía qué pensar. El Doctorcito decía que el heroico Martín Rodríguez…
—Caín, Caín Rodríguez suena mucho mejor —exclamó Pedro Palos.
—… había sorprendido y eliminado al teniente Rodríguez, quien la víspera llegó a la hacienda de «El Paraíso» a preparar una matanza de campesinos indefensos en el valle de Sogamoso. Tanto el teniente como su padre, el senador Rodríguez, representaban una aborrecible casta de oligarcas y terratenientes que vivían a espaldas del pueblo, a costillas de los sufridos campesinos como Martín. Éste había asesinado en desarrollo de instrucciones dadas por el invicto comandante Pedro Palos, uno de los jefes más aguerridos con que cuenta el Frente de Liberación Nacional en Colombia.
Pedro Palos sonrió satisfecho y le ordenó al Doctorcito que repitiera el párrafo delante de los muchachos que iban entrando en el rancho a beber café y preparar el equipo para la marcha.
La proclama, más que la información, terminaba invitando al pueblo campesino a seguir el ejemplo de Marlín…, perdón, Caín Rodríguez… Y viva Castro, y viva el comandante Pedro Palos, y viva el Ejército de Liberación Nacional, y muera el imperialismo norteamericano, y abajo los judíos, lacayos de los Estados Unidos, y manos fuera del Vietnam, etcétera.
—Muerto Abel —preguntó intempestivamente Marlín—, ¿«El Paraíso» será mío cuando falte don Polo Rodríguez?
Pedro Palos y el Doctorcito se miraron sorprendidos.
—¡Claro! El día en que a ese viejo lo maten, «El Paraíso» será de la revolución, es decir, del pueblo, y, por consiguiente…
Martín hubiera querido pedir una aclaración cuando Pedro Palos, que lo venía escuchando en sordina, levantó el tono del transistor: «¡Aquí la Voz de Duitama, urgente! ¡Atención!…» Música de los Beatles… Cuña cantada… «Son las cinco y cinco minutos de la mañana… ¡Atención! El senador de la República, doctor Policarpo Rodríguez, ha depositado en la Caja Agraria de Sogamoso cien mil pesos, cien mil, destinados a quien entregue en el comando del batallón, vivo o muerto, al asesino Martín Rodríguez, autor del crimen del teniente Rodríguez… ¡Atención! La descripción del asesino es la siguiente…»
El Doctorcito silbó, poniendo los labios en trompa.
«Un metro ochenta y nueve centímetros de estatura, moreno, corpulento, tuerto, etc».
De tiempo en tiempo el locutor repetía la cifra impresionante: ¡Cien mil, cien mil pesos! Entre los circunstantes hubo un movimiento de impaciencia y se escucharon murmullos e interjecciones que cortó en seco Martín cuando dijo, arrastrando lentamente las palabras:
—¿Quién quiere venir por los cien mil pesos?
Como si pudiera leer en el pergamino de aquellos rostros herméticos, amarillentos, grises, curtidos por el sol, Martín sabía que aunque fueran guerrilleros, en el fondo todos esos hombres seguían siendo campesinos, para quienes el dinero es la sal de la tierra. Algunos eran tan torpes o tan ignorantes que no podían apreciar en cosas tangibles el valor de aquella suma fabulosa: las vacas, los caballos, las ovejas, la tierra que podrían comprarse con ellos. O los fusiles y las ametralladoras en que estaría pensando Pedro Palos. O lo que el propio Martín haría con esos cien mil pesos si su cabeza no estuviera en juego sino la del chino Fidel, que lo estaba mirando como si él fueran los cien mil pesos en persona. O lo que haría ese veterano de las guerrillas del Llano, desertor del ejército, que acariciaba nerviosamente la culata del revólver colgado al cinto. O la orillita que el viejo Andrés Paipa escogería en la vega del Meta o del Ariari para sembrar plátano y yuca, y plantar las cuatro varas del rancho. Hasta los centinelas se habían acercado al escuchar la noticia de la radio y miraban a Martín como si le fueran a saltar encima.
—¿Quién quiere venir por ellos? —repitió Martín, con la mano puesta en las cachas del machete y erguido como una torre.
—¡Todo el mundo fuera! ¡Centinelas, a sus puestos! —gritó el jefe—. ¡Y tú, Martín, cállate!
La despertó el llanto del niño casi a la madrugada y cuando del rancho vecino llegaba, primero confuso y apagado, después distinto y altisonante, el ruido de las conversaciones. Había un olor a humo y a café caliente. Con una ternura infantil, más que maternal, Margarita le dio de mamar al niño. La Pacha le llevó una taza de agua de panela y unas rebanadas de plátano frito. Le contó que los hombres discutían en el rancho contiguo. La radio decía que don Polo Rodríguez ofrecía cien mil pesos a quien le trajera a Martín vivo o muerto, y el anuncio había producido agitación entre el personal de la guerrilla. El propio jefe, para no hablar del Doctorcito, había parado la oreja.
—¿Y tú qué crees? —preguntó Margarita con la voz alterada por una secreta angustia—. ¿Serán capaces de matarlo?
La Pacha pensaba que por ser amigo del jefe no se atreverían a tocarle un pelo de la barba, pero tal vez lo entregarían al ejército, que se encargaría de matarlo. ¿Se daba cuenta Margarita de lo que eran cien mil pesos para esa gente?, ¿para ella?, ¿para todos los otros?
—¡Santa Bárbara bendita! —exclamaron las dos mujeres que escuchaban acurrucadas en un rincón del rancho y parecían dos momias desenterradas por algún guaquero.
La Pacha ni siquiera podía imaginar tamaña montaña de billetes. Cuando en una romería la llevó su mama a Chiquinquirá, al través de una puerta entreabierta alcanzó a ver, en un salón que tenían los reverendos padres, un cerro de monedas. Eran el pago de millones de misas y de salves por la buena muerte de los peregrinos. Dos legos las recogían con unas garlanchas y las echaban en unos costales. ¡Y lo que ella podría hacer con esa plata! El Doctorcito se iría a Cuba y tal vez la llevaría con él. ¡Quién sabe! En todo caso ella compraría unos aretes y un anillo con una piedra roja, que vio una vez en una tienda de Sogamoso. Y no más andar por el monte, perseguidos como animales. No más pringarse los dedos cocinando a la madrugada. No más llenarse las manos de sabañones lavando ropa en alguna quebrada del páramo. No más servirle a dos amos: el Doctorcito y Pedro Palos. ¿Acaso a Margarita no le importaba el dinero?
—Cuando lo tenía no me importaba. Hoy que no lo tengo me importa todavía menos.
La Pacha le contó que la discusión había comenzado cuando el jefe le preguntó a Martín qué pensaba hacer con Margarita. La guerrilla no podía permanecer indefinidamente en ese lugar, en espera de que ella se levantara y pudiera soportar la fatiga de una larga marcha por el monte y con crío a la espalda. Eso lo hacían las mujeres de los guerrilleros. Ella había parido en el páramo un niño del Doctorcito, y otro de Pedro Palos a la orilla del río; y al otro día seguía tan campante y como si tal cosa. Ahora le cuidaba los niños una hermana que tenía en Sogamoso. ¡Pero la Pacha no era una señorita y con las señoritas era otra cosa!
Margarita envolvió el niño en una toalla que le trajo la Pacha. Se puso unos pantalones de dril y una camisa caqui que pertenecían al chino Fidel, pues la ropa que traía puesta estaba vuelta jirones y apenas iba a servirle para pañales del niño. La Pacha la ayudó a vestirse y levantarse. Pálida y ojerosa, pero otra vez esbelta como una niña, entró en el rancho vecino con la criatura en los brazos.
—¿Cuándo nos vamos? —le preguntó al jefe, que la observó atentamente y enarcando las cejas. Por primera vez reparaba en la redondez y turgencia de los senos, que abultaban ahora la rústica camisa de Fidel, y en las caderas, los muslos, las pantorrillas que se moldeaban nítidamente entre sus pantalones de dril, que le venían muy estrechos.
—¿Estás loca? Tú no eres capaz de dar un paso. ¡Tú no eres sino una señorita! —exclamó el Doctorcito.
—Tú llevarás el niño —le dijo a Martín con la misma voz imperiosa de hacía unos años, cuando lo llamaba de lejos para que le tuviera el estribo al montar a caballo, o le tiraba las riendas cuando se había desmontado.
—Espera un momento —murmuró Pedro Palos—. ¿De veras quieres seguir con nosotros? — y la miró de la cabeza a los pies, deteniéndose golosamente en la boca, desdeñosa y provocativa, que ahora descubría a la luz de la madrugada.
—¿Y qué quiere que haga? ¿Quedarme aquí, a morirme de hambre y a que me traguen los zancudos? ¿O usted va a permitir que estos infelices nos asesinen a él y a mí?
Pedro Palos se mordió los labios, la desnudó otra vez con la mirada de la cabeza a los pies, y le pidió que montara en su caballo ante el silencio y la expectativa de todos. No a horcajadas sino a mujeriegas, aconsejó el Doctorcito. Y la pequeña caravana echó a andar, monte abajo, entre dos luces y en fila india. Dos muchachos marchaban a la vanguardia abriendo trocha a golpes de machete. Detrás seguía el jefe con el fusil al hombro. Luego Margarita, a caballo, radiante, con la cabellera chorreándole sobre los hombros. Sus ojos verdes brillaban como si el sol, que incendiaba el flanco de la cordillera, se asomara al mundo al través de ellos. Martín apretaba el pequeño bulto contra el pecho. Un poco adelante vadearon una quebrada que bajaba de la montaña rompiéndose en espumas contra las piedras. El niño lloriqueó y maulló como un gato. Martín volvió a mirar a Margarita.
El caballo hundió el belfo en el agua y comenzó a beber.
—Dámelo un momento. Yo le daré el pecho mientras bebe el caballo.
Y sin recatarse de Martín se desabotonó la camisa y le dio de mamar a la criatura que dejó de llorar, de maullar, y se quedó dormida.
A medida que descendían por la orilla de la quebrada se espesaba el monte, crecían los árboles, y los bejucos y las enredaderas les obstruían el paso. El bosque se llenaba de cantos de pájaros, gruñidos de animales salvajes, zumbidos de insectos y mil rumores extraños. Una fragancia densa y tibia ascendía del suelo cubierto de hojas podridas. Nadie chistaba palabra. Los hombres y las mujeres que seguían en fila india por el bosque, abriéndose paso con el machete o con las manos, agregaban el de pisadas en lo blando, y jadeos, y toses, y resuellos, a aquellos ruidos naturales. Martín levantaba de trecho en trecho la cabeza para observar a Margarita, que dominaba el grupo desde la altura del caballo, y la miraba con angustia, pues imaginaba que aquella marcha, recién parida, podría hacerle daño.
—No me mires así que no me pasa nada.
A las nueve de la mañana hacía calor, un vaho sofocante brotaba de la maraña del bosque y la fragancia de las flores silvestres se había vuelto más pegajosa. Los hombres tenían la camisa empapada en sudor. A las once una avioneta atronó la montaña y Margarita pensó que ya no le importaba un bledo el que los estuvieran buscando. A las doce, al llegar a un claro a la orilla de la quebrada, ya convertida en río torrentoso, que debía ser un afluente del Cusiana, Pedro Palos se internó bajo los árboles y gritó con voz recia:
—¡Camaradas, alto!
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