Caín

Eduardo Caballero Calderón · Capítulo 7 de 21

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Caín

Capítulo VI

VI

 

 

Adoraba a su hermano desde cuando eran niños, y a él lo vestían de paño y él se vestía de dril. Lo seguía como un perro a todas partes. Admiraba su cuerpo esbelto, sus ojos negros y brillantes, su risa contagiosa. Le parecía natural que don Polo, aunque Martín fuera el hijo mayor, prefiriera a Abel, a quien le llevaba diez años. Ante la peonada, las cocineras, el chófer, los mayordomos, su orgullo no nacía de ser el otro hijo del patrón sino el hermano mayor de Abel. Se le llenaba la boca llamándolo su hermano. Una palmada suya en el hombro lo hacía feliz. Cuando trabajaba en el campo, y él, a caballo y con la escopeta al hombro, vestido como un señor, lo llamaba de lejos: «¡Martín! ¡Martín!», se sentía un ser distinto y aparte de los demás, pues Abel lo distinguía entre todos. Que el padre lo besara en la frente y a él ni siquiera le dijera adiós cuando se despedían por la noche, le parecía natural. Que llamara a Abel a saludar a los señores que venían de Sogamoso y mandara a Martín a ensillar las bestias o a recoger el ganado en la corraleja, le parecía justo. Abel cantaba con una bella voz, y Martín nunca pudo cantar. Si Abel lo hubiera querido, Martín habría sido su peón de estribo en el campo, su sirviente en la casa, su ordenanza en el cuartel. Le atormentaba la idea de que Abel pudiera llegar a querer a alguien más que a él, inclusive a don Polo. ¿Cómo no lo iba a odiar, cómo no iba a desear que desapareciera de este mundo cuando se presentó ella y se metió como una cuña entre los dos? Margarita no podía entender estas cosas, y aunque lo pudiera, Martín sería incapaz de explicárselas. En su feroz egoísmo, las mujeres no saben verlas aunque las tengan delante, y Margarita no podía asomarse a su corazón al través de su ojo entre amarillo y negro, como el de una culebra.

—¿Quieres saber por qué no me escapé aquella noche? ¿Por qué pasé dos semanas interminables en la casa, sin verte siquiera, odiándote con toda mi alma?

Tendida en tierra, con la espalda apoyada en un horcón del cobertizo, Margarita hablaba de prisa, comiéndose la mitad de las palabras, mientras Martín afilaba parsimoniosamente su machete en una piedra mojada.

—Cuando al otro día de aquella noche sentí dos golpecitos en la puerta de la alcoba, yo sabía que no eras tú, pues la hubieras derribado de un empellón como la noche pasada. Entró la vieja Dionisia con una taza de caldo y una vasija. Quería ponerme unos paños de árnica en las heridas y los verdugones, en el caso de que me encontrara con vida. Es una bestia de carga, aporreada por todo el mundo, abandonada por ese viejo libidinoso e hipócrita que es tu padre. Me dio lástima verla. Se acercaba batiendo la cola como un gozque de rancho, y de buena gana me hubiera lamido las manos. Yo apenas podía moverme. Me dolía todo el cuerpo y tenía dos surcos morados en los muslos. ¿No quieres verlos? ¡Mira las cicatrices!

Se arremangó la falda para mostrárselas.

—Me lavó las heridas, me limpió las costras de sangre seca, me puso paños calientes con tanto cuidado, que apenas sentía sus manos. Ella lloraba y se sonaba continuamente con el ruedo de la falda. Yo no era la señorita que se había resistido a ser la mujer de su hijo, sino algo así como la Virgen Santísima con las piernas moradas y el corazón atravesado por siete puñales. ¿Comprendes lo que quiero decirte?

Martín dijo «humm» y continuó callado.

—Mientras me consumía de rabia y de dolor pensé muchas cosas. Pensé que al otro día mandaría llamar a mi abuela para que me sacara de ese infierno. Pensé quedarme unos cuantos días en la casa, mientras sanaban mis heridas y podía regresar a la ciudad por mis propios pies y no en tu camioneta. Pensé poner la queja ante un juez y el denuncio de que querías matarme. Pensé pedirle al obispo de Duitama, que es amigo nuestro, que me consiguiera el divorcio. No sería difícil, puesto que yo no era tuya, ni me había casado por mi voluntad sino forzada por mi abuela, y en todo caso era tu pobre víctima. Pensé llamar a Pedrito, el chófer, y ofrecerle el oro y el moro a cambio de que te buscara en la pesebrera y te cosiera a puñaladas. ¡Pero deja de afilar ese machete, por favor, me pones nerviosa!

Martín arrojó la piedra lejos y enfundó el machete.

—Dionisia me dijo: «Eso nos pasa a todas, niña; a unas primero y a otras más tarde, a todas acaban moliéndonos a palos».

—¡Humm!

Eso quería decir esta vez que Dionisia tenía razón y los hombres tienen pleno derecho a castigar a las mujeres cuando son suyas o por no serlo. También quería decir que acabara pronto, pues todavía quedaba mucho trecho por andar y en aquellas montañas la noche cae de golpe y más temprano de lo que uno piensa.

—Resolví quedarme hasta el día en que llegara tu hermano Abel. Tendría que venir a felicitarnos, cuando le dieran una licencia, y eso no demoraría mucho tiempo. Mientras tanto yo curaría de mis heridas, descansaría y me pondría más bonita que antes. Me había propuesto conquistarlo de veras y largarme con él adonde quisiera llevarme. Sabía que eso te volvería loco de rabia; pero eso quería yo, ¡vengarme!

Con una uña negra, Martín descascaraba uno de los horcones del rancho. Se levantó y se corrió un punto la hebilla del cinturón.

—¿Nos vamos? ¿Te empeñas en llevarme?

—Sí.

—Y si esta criatura que llevo aquí no fuera tuya sino suya, ¿también me llevarías?

Martín no respondió nada.

—Si estuviera segura de que lo que llevo en el vientre es un monstruo, el hijo de un vulgar asesino, me tiraría de cabeza por esta peña. ¿Me oyes, Martín?

 

La vegetación de la montaña era más tupida, la lluvia más fuerte, la oscuridad más densa aunque sólo fueran las tres o las cuatro de la tarde. Margarita ya no pensaba en fugarse ni lo podría hacer aunque quisiera, pues tenía las piernas de lana y el vientre le pesaba mucho. Hubiera querido tirarse a la intemperie, aunque la lluvia le empapara lo que aún le quedaba seco de la ropa, que era muy poco. Su traje era un trapo acabado de sacar de entre el agua. Se tiraría en el suelo a dormir con la secreta esperanza de morirse dormida y así no saber nunca que se había muerto. ¿Quién podría encontrarlos en esas montañas? ¡Todo es tan lento allá abajo! Cuando el comandante llegara a «El Paraíso» mandaría llamar al médico legista, y al alcalde del pueblo, y al juez, y al secretario para que redactara un acta del levantamiento del cadáver. Todo eso se llevaría mucho tiempo. Y habría que pedir instrucciones al comando de Tunja, y nombrar investigadores, e interrogar testigos posibles, y romperse los dientes tratando de vencer el mutismo y la desconfianza de los campesinos. Además, hoy es sábado y los sábados por la mañana nadie trabaja y por las tardes todavía menos.

—Yo creo que no te corre tanta prisa, y si te empeñas en que llegue viva adonde vamos, tengo que descansar un poco. ¡Yo no soy un peón sino una señorita! ¿Te acuerdas cuando te llevaron preso a Santa Rosa por ese incidente de las elecciones? ¿No te acuerdas? Yo oí contar que tardaron seis meses en tomarte la indagatoria, y soltaron primero al que te pegó la pedrada en el ojo que a ti…

—Así fue…

Al pie de un árbol, para protegerse de la lluvia que seguía cayendo, se sentaron los dos. Martín le desató la muñeca de la punta de la ruana, y con un gesto tímido y tierno le arropó los hombros. Como cuando hacía ya tiempo la sorprendió en la cerca de piedra, doblada por la cintura, ahora el mismo relámpago doloroso le atravesó las entrañas. Fue más largo y agudo que aquella vez.

—¡Ay!… ¡Es horrible!… No puedo más…

Él se inclinó sobre ella. Tenía el rostro verdoso y las cejas se le habían encaramado hasta perderse debajo del sombrero.

Ella permaneció un rato con los ojos cerrados, como muerta. Martín, inquieto, la miraba de vez en cuando. Hubiera querido ayudarla, pero no sabía cómo. En la copa del sombrero trajo un poco de agua que recogió de un charco, entre las gruesas raíces del árbol.

—Cualquiera de mis amigas estaría en una clínica, y una enfermera le daría a oler agua de colonia, y un médico le pondría inyecciones. Tendría una cama blanda y las sábanas secas. Yo en cambio en el suelo, en un pozo, como una cabra… «¡Parirás con dolores!», le dijo el Señor a Eva. ¿No te acuerdas de la historia de Adán y Eva y sus hijos Caín y Abel?

Martín no se atrevería a interrumpirla mientras ella estuviera hablando. Dionisia podía estarse quemando los dedos con una taza de caldo, pero no se atrevía a chistar ni a poner la taza en el suelo mientras ella no acabara de contarle lo que le estaba diciendo. No para esperar que se produjera un milagro en el que ya no creía, sino para descansar un poco, Margarita conversaba sin parar, monologaba indefinidamente, pues con Martín no había diálogo.

—¿Quieres que te cuente la historia de Adán y Eva y de sus hijos Caín y Abel? ¿No te interesa? ¿Te la cuento o no te la cuento? Es una historia parecida a la tuya… Caín, el mayor de los hijos de Adán, mató a su hermano Abel, pero no con ese machete que llevas colgado al cinto sino con la carraca de un asno. Abel era pastor y cuidaba los rebaños en el valle mientras que Caín, el labrador, abría la tierra en el monte con el chuzo del arado. Plantaba papas y maíz y cultivaba un huerto. Como tu hermano Abel, también el hijo de Adán cazaba animales mientras pastaban sus vacas y sus ovejas, y tenía las manos lisas y no cubiertas de callos como las de Caín, y cantaba bambucos y joropos llaneros como tu hermano Abel, acompañado de un tiple. Caín no sabía cantar. Y el Señor miraba complacido cómo crecían, engordaban y se multiplicaban las vacas, los caballos, las ovejas, los cerdos, las cabras de Abel y los bendecía para que no enfermaran de ranilla y a las gallinas no les diera peste.

Para que Martín se rascara furiosamente la cabeza por debajo del sombrero y escupiera a lo alto y a lo lejos, sería porque aquella historia le interesaba mucho. Aunque la supiera desde la escuela, le gustaría escucharla otra vez, pues a los campesinos y a los niños les agrada oír siempre las mismas cosas contadas de la misma manera.

El viento amainaba, ya no llovía, y una mancha anaranjada iluminó las raíces del árbol donde se hallaban sentados. Martín se incorporó a medias, pero Margarita, mirándole el ojo de culebra que él desviaba, continuaba contando aquella historia maravillosa y su voz caliente le removía las entrañas. Estaba lleno de aquella voz, como ella estaría preñada de su simiente.

—Caín trabajaba de sol a sol en el barbecho, duro como una pizarra en el interminable verano del Paraíso; y el Señor engruesaba la fuente de agua que se desparramaba en acequias regando los potreros de Abel, sombreados de grandes árboles. En el monte pedregoso que Caín quería transformar en huerta de frutales y de hortalizas, en el campo en que plantaba trigo para hacer pan y maíz para hacer chicha y mazamorra, no hacía llover el Señor. En aquella áspera sierra no se encontraba un ojo de agua, ni crecía la hierba, y el árbol del Bien y del Mal era un tronco seco, fulminado por un rayo. Cuando el sábado llevaban los hermanos sus ofrendas al Padre y las quemaban en dos hogueras, la una al lado de la otra, el humo de los sacrificios de Abel subía derecho al cielo y en cambio el de los sacrificios de Caín se dispersaba en el aire. Al Señor le gustaba el aroma de la carne asada en las brasas, de los entresijos de cabra, de los chunchullos de oveja, de las costillas de cerdo, de la sangre de res que hervía en un caldero sobre las tres piedras del fogón de Abel. Lo aspiraba con las narices bien abiertas. En cambio, le repugnaba el hedor desabrido de las coliflores y la pestilencia del repollo; y le chocaba la cebolla, que hace llorar los ojos y huele a changua y a sudor.

Martín se apartó media vara de Margarita y cerró los brazos contra el cuerpo.

—Y por detestar todo eso, soplaba su aliento sobre el humo de la hoguera de Caín, para apartarlo lejos… ¡Espera, Martín! No te pongas nervioso que ya nos vamos… El Señor no era vegetariano sino carnívoro. Vegetariano es el que, como tú, se alimenta de mazamorra, maíz, arepas y habas tostadas; y carnívoro el que prefiere la carne fresca, asada en la parrilla y espolvoreada con sal. ¿Me entiendes? Y un día, Caín, celoso de Abel, lo esperó en un recodo del camino que Abel recorría con sus rebaños de vuelta a las pesebreras del Paraíso. Iría cantando joropos y bambucos con su bella voz de barítono. Tal vez lo sorprendió dormido al pie de un árbol que se alzaba en mitad del potrero donde pastaban los ganados. La historia no lo dice. Saltó sobre él como una fiera sobre su víctima. Le ardería el ojo malo, digo, los ojos torvos, estriados de sangre…

Martín suspiró profundamente. A estas horas los perseguirían por todas partes. Margarita pensaba que el niño a quien le había regalado la cadenita de oro ya les habría contado a los padres, cuando llegó al rancho, lo que había visto en el páramo. «¡A una señorita la van a matar!», les diría. «Un hombre a quien yo vi la va a matar. Nos quería matar a los dos con un machete que llevaba a la cintura. La señorita me dio esta cadenita con esta cruz». Tal vez el hombre, o la mujer, pues alguien habría en el rancho que humeaba, acabaría por comprender al niño. Bajaría corriendo al lago para avisar al dueño del hotel que un bandido andaba suelto por la montaña, y una comisión de voluntarios montados a caballo ya subiría la cuesta conducida por el pastorcito.

—Martín, Caín, agazapado en un recodo del camino, o inclinado sobre Abel que dormía profundamente la siesta, le descargó no una sino dos veces el machete, digo, la carraca del asno. El pobre no tuvo tiempo de abrir los ojos. «¿Por qué me matas, Caín? ¿Por qué me matas, Martín? ¿Qué te he hecho yo? ¿Cuándo he dicho una sola palabra contra ti? ¿No te defendí ante mi padre cuando él, loco de rabia, se te abalanzó con el guayacán para romperte las costillas porque le habías dejado floja la cincha al ensillar el caballo? ¿Y qué hice yo entonces? ¿Qué hizo Abel? Me atreví a detener el brazo de mi padre a sabiendas de que mentía cuando le dije que era yo quien había cinchado mal el caballo. ¿Te acuerdas? ¿No quieres acordarte? ¿No fui yo quien le gritó, furioso: Eres injusto con mi hermano?».

Martín la miraba de soslayo y por debajo del sombrero se rascaba furiosamente la cabeza.

—El padre le dijo, te lo diría a ti si te sorprendiera y te agarrara en estas montañas: «¿Dónde está Abel? ¿No sabes, Martín, dónde está Abel?» «¿Y acaso yo soy guarda de mi hermano?», le contestó Caín aquella vez al Señor. ¿Y no sabes, Martín, lo que hizo el Señor? Lo maldijo y lo condenó a vagar por todos los caminos de la tierra, como a ti ahora, sin encontrar reposo en ninguna parte, perseguido por los perros y por los hombres y detestado a muerte por todas las mujeres.

Martín se levantó de un salto y abofeteó a Margarita con tanta fuerza que la tiró de espaldas en el suelo.

—¡Bruto! ¡Asesino! —balbució ella, pero otro bofetón en la boca le cortó la palabra y la saliva le supo a sangre.

Y otra vez siguieron la una en pos del otro, ella con la muñeca de una mano otra vez atada a la punta de la ruana, y él adelante, blandiendo el machete para decapitar humildes helechos del camino como si fueran cristianos.

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