Caín

Eduardo Caballero Calderón · Capítulo 6 de 21

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Caín

Capítulo V

V

 

 

Con el corderito arrebujado en la ruana y la oveja a la zaga entró en la casa corriendo, con la lengua afuera. La mujer avivaba el fogón con una china de esparto. Sentado en un bulto de papa en el corredor de la casa, el hombre miraba el cielo cubierto de grandes nubarrones. Llovía a ratos y otros salía el sol un momento y barría con una escoba de esparto luminoso las colinas verdes y el lago azul. Cuando uno de los dos le preguntó por qué había llegado tan pronto, cuándo había parido la oveja, por qué no había esperado en el cobertizo a que escampara, el niño les contó el encuentro con el asesino al que faltaba una vista y con la señorita preñada. Aunque nunca lo dejara hablar más de cuatro palabras seguidas cuando quería decir algo —«¡Usted cállese! ¿No ve que estoy ocupada?»—, ahora la enervaba el laconismo del niño. Más que imponerle tiránicamente su autoridad, ahora satisfacer su curiosidad era lo que más le importaba a Valeria. «Vuelva y repita despacio», le decía.

El hombre había entrado en la cocina, atraído por las voces destempladas de la mujer, que presagiaban tormenta. Se atrevió a decir que, aunque lo repitiera despacio, eso no serían sino puras mentiras; pero ella no le hizo caso.

—¿Tuerto, dices? —le preguntó al niño, y éste respondió que tuerto y muy grande, por lo cual la mujer coligió que debía ser el Martín de «El Paraíso». Hacía dos días pasó por el barbecho corriendo a saltos y ella lo vio de lejos mientras recogía la papa. Esto dijo sin levantar la cabeza de la olla.

El niño repitió, cada vez más asustado, con voz temblona, que todo había pasado como lo había dicho.

—¡Pero fíjate bien! —le rogó la mujer con voz suplicante—. Si sólo dices medias palabras, si no quieres contarnos bien cómo pasaron las cosas.

—¿No ve que usted no lo deja? —se atrevió a interrumpir el hombre.

El niño les enseñó la cadenita que le había regalado la señorita preñada.

—¡De oro, de oro puro! —exclamó la mujer abriendo tamaños ojos.

Sin premura, ya más tranquilo después de beber a sorbos el caldo de una escudilla que le alcanzó la mujer, el niño les contó lo que le había dicho la señorita. ¡Cómo lloraba! ¡Cómo trataba de correr y no podía dar un paso! ¡Cómo se descolgó el asesino por el barranco entre una nube de polvo! El niño sabía que el tuerto la iba a matar, pues se lo había dicho la señorita. Tal vez no la matara tan pronto. Tal vez ya la habría matado y enterrado en el monte. En fin, ¿quién podría saberlo?

Detrás de cada palabra que decía el niño veía una escena luminosa que se descomponía en una rápida sucesión de imágenes; pero la mujer parecía no verlas y el hombre no entendía nada. Después de una pausa cargada de cavilaciones y angustias —perturbada por los sorbidos del niño y el tierno balido del corderito— el hombre se atrevió a insinuarle a Valeria que tal vez convendría bajar corriendo al hotel de la laguna para…

—¿Pa qué, vamos a ver?

Para mostrarle la cadenita al dueño del hotel, que quién quita que la comprara, y de paso contarle que monte arriba, en dirección al páramo, corría el asesino tuerto con la señorita preñada. Precisamente ayer, cuando Ezequiel bajó a la laguna con un bulto de cebolla a la espalda, el señor le había preguntado si no quería echar con él un siembro en compañía: que a la orillita, en la vega, la tierra es muy fresca aunque tenga la vaina de que se empantana en los inviernos. Podían plantar tantico maíz y acaso una cuadra de papas. Ezequiel le había contestado que eso lo pensaría después de consultarle a Valeria. Si sólo ahora se lo contaba, era por la razón de que ella no le había dado campo para decírselo.

—¡Qué ocurrencias! ¡Ni bruja que una fuera!

Resolvieron, pues —es decir resolvió Valeria, después de rascarse la cabeza por debajo del sombrero de fieltro— que en lugar de bajar al hotel de la laguna, Ezequiel y el niño subieran a la carretera y allí trataran de coger un camión que los llevara a Sogamoso. No con la intención de vender la cadenita a algún marchante de la plaza, por aquello de que el Zequiel es tan lenguaraz y tan bruto que no sería difícil que alguien, cualquiera, lo engañara en un santiamén. Cuando éste se atrevió a preguntar que si eso era así por qué no iba la propia Valeria, ésta dio un respingo. Determinó que lo mejor sería que el hombre subiera con el niño a la carretera, con el bultico de papa a las espaldas, para coger un bus o un camión como le había dicho. De lo contrario deberían seguir los dos a pie hasta donde encontraran vehículo. Dejarían lo de la cadenita para después, para el martes siguiente que es mercado y la Valeria bajaría a Sogamoso. Lo que ahora tocaba era andar fisgando por ahí, y olisqueando el aire, y metiéndole los dedos a la gente en la boca, como quien no quiere la cosa, para saber lo que estaba pasando en Sogamoso. En darle vueltas al problema se les pasaron dos horas.

Por fin, el Zequiel y el niño cogieron camino monte arriba, llegaron al alto por donde pasa la carretera que viene de Sogamoso y se dirige a los Llanos, no toparon ni máquina ni viviente y sólo un buen trecho, una media hora más adelante, llegaron al recodo de la carretera donde se agolpaban los curiosos. Se veían los jeeps del ejército, y parejas de soldados apostados a lado y lado de la carretera, requisando no sólo los camiones y buses que bajaban a Sogamoso sino a los pocos campesinos que subían al monte arreando burros con un bulto de papa a las costillas. Un sargento malhumorado y un teniente impaciente dirigían desde un barranco a la orilla de la carretera la operación de rescate de los restos de una camioneta. Ésta había rodado por el precipicio dejando una estela de hierros retorcidos. Y el Zequiel le preguntó a un hombrecito que se hallaba sentado en la cuneta mientras le daban paso, qué significaba todo eso, que cuántos y quiénes se habían matado, y qué hacían los soldados que montaban guardia. El otro respondió que el ejército tenía cerrado el paso por la carretera, por lo cual él no podía bajar a Sogamoso, donde tenía pensado vender ese bultico de mazorcas que cargaba la burra. Y lo mejor que podía hacer el señor —el señor era el propio Zequiel— sería volver grupas y largarse pronto de allí, pues los soldados estaban requisando a los caminantes por causa de unos bandidos, y un crimen ocurrido en el valle de Sogamoso, y una señorita que se había despeñado por aquel barranco.

—¡No me diga! —eso dijo el Zequiel quien se palpó a toda prisa los bolsillos, pero a tiempo recordó que ni él ni el niño tenían la cadenita, pues mientras palos fueran y vinieran la Valeria la había escondido debajo de una piedra del fogón, que era su caja fuerte. Lo malo fue que el sargento, que veía bandidos y asesinos por todas partes, se acercó de un brinco al lugar donde platicaban los dos hombrecitos, el Zequiel y el de la burra, y les preguntó qué tramaban o qué decían. No valió que el Zequiel le contara que andaba por allí con el chino cogiendo encenillos para fabricar carbón de palo. Los esculcó a los dos de pies a cabeza y de paso le quitó al Zequiel un cuchillito que llevaba al cinto y al de la burra una aguja de arria de talonar alpargates que tenía en el sombrero. Y cuando el Zequiel le preguntó: «Mi sargento, por vida suyita, dígame qué es lo que pasa, que yo no sé nada, que yo vivo con la Valeria y el chico en un rancho de por aquí y jamás me he metido en política, y siempre pagué mis deudas, y soy honrado desde chiquito». El hombre le dijo que andaban buscando una partida de bandidos que habían asesinado a un teniente del ejército y de paso habían secuestrado a una señorita.

Alelado y con la boca abierta el chico miraba al fondo del abismo, donde unos soldaditos, colgados de un rejo, recogían los restos de la camioneta.

—¡Ave María Purísima! —exclamó el Zequiel—. Entonces, ¿puedo irme al rancho, mi sargento?

Y no bien éste, previa aprobación del teniente, le ordenó que se fuera por donde había venido y no lo volvieran a ver sus ojos por allí, el Zequiel cogió al niño de la mano, y primero al paso, luego al trote, después en carrera tendida siguieron hasta el alto y de allí descendieron a brincos hasta llegar al rancho donde Valeria, al pie del fogón, pelaba unas papas para la mazamorra.

—Todito el monte está lleno de soldados, y lo mejor será ponernos a cavar en el barbecho, como si no supiéramos nadita. Después veremos, ¿no le parece?

—Y a callarse, ¿me oye? — le previno Valeria. Y escondió el transistor, y le echó candado a la puerta, y los dos, los tres con el chino que cargaba las herramientas, salieron al campo a desmalezar el siembro y tamotear el potrero. Tan asustado estaba el Zequiel, que el primer azadonazo no se lo dio a la tierra sino en las espinillas.

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