Caín
Capítulo XVII
XVII
La avioneta describía grandes círculos sobre el lugar donde se encontraban los guerrilleros. Sus tripulantes, el mayor Cancino y un piloto de la guarnición del Yopal, seguían instrucciones precisas. Tratar de localizar a los guerrilleros recorriendo uno por uno el curso de los afluentes del río Cusiana que descienden de la cordillera hacia el Llano de Casanare, y esto ya lo habían hecho. Si acaso los descubrían, arrojarles esos inofensivos proyectiles que eran las latas de conserva, con la propuesta del rescate y el anuncio de que la comisión del padre Hoyos estaba lista a encaminarse hacia el páramo: que era lo que estaban haciendo. Y, finalmente, que era lo que pensaban hacer, esperar a que los hombres de Pedro Palos batieran un trapo, una bandera blanca, para indicar que habían recibido el mensaje y estaban dispuestos a entrar en negociaciones con el ejército. En caso de que los guerrilleros los recibieran a tiros, las órdenes eran terminantes: soltar en círculo una serie de bombas incendiarias, mientras llegaban las fuerzas de tierra que se hallarán próximas al lugar del combate, esto para evitar la muerte de Margarita, si era que aún se encontraba con vida. Por la radio estarían en permanente comunicación con la torre de control del Yopal, la cual a su turno estaba en contacto con el comandante.
Pedro Palos le ordenó al chino Fidel que se acercara a la orilla del río y en un descampado cercano a la playa extendiera una sábana blanca. Con piedras y tierra que recogieron debajo de los árboles, él mismo compuso dos grandes letras: una O y una K. Todos estaban pendientes de la maniobra. La avioneta acortaba el radio de los círculos que dibujaba en la pizarra de un cielo rabiosamente azul del cual colgaban de un hilo imaginario ni siquiera cuatro, apenas una, dos, tres nubecitas blancas. Perdía altura para acercarse al blanco, que por lo visto los pilotos ya habían localizado en la playa. Agazapados bajo la fronda de los árboles, hombres y mujeres acechaban ansiosamente la maniobra de la avioneta. Algunos pensaban, y entre ellos Martín, que podía tratarse de una celada. Tendido ahora a la sombra, en el bosque, el Doctorcito le dijo a Pedro Palos en voz baja, todavía insegura, como si en la avioneta alguien pudiera oírlos, que la solución de aceptar el rescate era la mejor de todas, como él se lo había sugerido. Pero quisiera saber…
La avioneta descendió en picado sobre la mancha blanca de la sábana. El Doctorcito se llevó automáticamente la mano al muslo, para empuñar el revólver, pero recordó que Pedro Palos lo había desarmado hacía un rato. Un oficial gordo agitaba los brazos detrás de los cristales de la carlinga. Al verlo, Margarita olvidó súbitamente dónde se encontraba, y la expectativa y la angustia de aquel momento, y se puso en pie de un brinco y comenzó a gritar agitando los brazos.
—¡Chist! ¿Qué haces? ¡Al suelo! —le susurró Pedro Palos enfurecido.
—¡Es el mayor Cancino! —le dijo ella a Martín, tirándose en tierra—. Era amigo, un amigo nuestro. Era nuestro mejor amigo en el Yopal. ¿No te lo había contado?
—Eso era antes. Ahora ya no importa nada.
La avioneta remontó el vuelo, trazó un último círculo en el cielo azul y sesgó hacia el oriente, en dirección a Casanare. El estruendo del motor no tardó en apagarse y desaparecer a lo lejos, del lado donde las tres, las dos nubecitas blancas colgaban de un cielo rabiosamente azul sostenidas por un hilo imaginario.
—¿A quién vas a entregar: a Margarita o a Martín? ¿Sólo a Martín para conservar a Margarita junto con los cien mil pesos?
—¿Qué quieres decir?
—El que tiene que decir y decidir algo eres tú. Simplemente, creo que Martín quedaría muy bien pagado con cien mil pesos, pues en realidad el indio ese no vale nada. En cambio, harías una buena adquisición quedándote con Margarita. ¿No has tenido tiempo de observarla? Yo la miraba ahora. Es bonita la pelada esa. Tiene unos ojos tan brillantes, y una boca tan expresiva, y un cuerpo tan duro y cimbreante que merecería ser mulata. Sólo en la costa del Caribe y en el Valle del Cauca ves mujeres como ésa.
Pedro Palos se mordía los labios y no decía nada.
—¿Sabes lo que me estaba diciendo la Pacha esta mañana, antes de que ese salvaje me atacara a traición?
Pedro Palos quiso mirarlo a los ojos, pero el otro esquivó la mirada.
—La Pacha se fijaba en cómo te mira cuando tú vuelves las espaldas. Como si te hubiera descubierto de pronto. Por lo visto a esa niña le gustan los militares.
—Un jefe no debe tener amigos, ni padres, ni hermanos, ni amantes, me dijiste cuando no te cayó muy en gracia que yo también me estuviera acostando con la Pacha. ¿Te acuerdas? Y agregaste que el amigo, y el padre, y la madre, y el hermano, y la mujer del jefe debe ser la revolución. ¿No es cierto?
—Es que ahora se trata de una cuestión de táctica.
Era algo muy extraño lo que le había ocurrido a Martín, tirado bocabajo a diez pasos de allí, al lado de Margarita, a la sombra de un árbol gigantesco del que colgaban lianas y parásitas. Cuando después del incidente del disparo se escuchó el ronquido de la avioneta sobre la selva, Margarita acudió en busca del niño y Martín, rodeado de guerrilleros, no pudo acercársele como hubiera querido. Pedro Palos ordenó tenderse a todo el mundo, y entonces él corrió al lado de ella y se acostó a dos palmos de donde se encontraba, con la intención de protegerla de cualquier peligro o morir juntos, si ése era el caso. No lo era, pues como se vio poco después, los tripulantes de la avioneta se limitaron a disparar sobre los guerrilleros pacíficas latas de conserva con unos papelitos adentro. Y se encontraban allí, y en medio de los dos el recién nacido, cuando espontáneamente ella alargó el brazo por sobre la criatura, le cogió una mano a Martín y se la apretó muy fuerte como para darle las gracias. ¡Fuerte para ella, claro!, pues para él era una simple caricia. Por cierto que una vez y por una apuesta en unas ferias de Sogamoso, de un apretón de manos le descoyuntó a un matón de pueblo todos los dedos. Pero no era sólo eso. Ella lo había mirado sonriendo y con los ojos llenos de lágrimas. Y cuando Martín, lacónico y hermético como siempre, le preguntó qué debían hacer ahora, ella le respondió que irse de allí, al Llano o a cualquier parte en esas montañas. ¿Por qué no huían de aquellos hombres? ¿Por qué habrían de seguir con ellos? Martín, perplejo, no supo qué responderle. Con la emoción de aquella caricia, de aquel apretón de manos que se había quedado preso entre la suya, ni siquiera podía pensar. Otra vez un ardor que él conocía demasiado le quemaba las venas, le velaba el ojo amarillo y negro de culebra, le corría por la espina dorsal, le inflaba la tela de los pantalones.
Pedro Palos pensaba que en vista de la situación lo mejor sería ganar tiempo y emprender la fuga. Ése sí que era un asunto táctico. Además, él no era hombre que se dejara machucar los dedos por trescientos mil pesos. Mandaría uno o dos ayudantes de confianza, pero no al páramo —donde la comisión del rescate iba a esperar tres días— sino a la población de Pajarito, que debía estar más o menos desguarnecida militarmente. Los dos hombres irían disfrazados de campesinos. Al entrar en contacto con las autoridades del pueblo, entregarían una contrapropuesta… una contrapropuesta cualquiera. Se trataba de inmovilizar al ejército durante esos tres días, mientras los guerrilleros emprendían la fuga. De acuerdo con los planes del jefe, el Doctorcito sugirió pedir una ampliación de la tregua, y para justificarla exigir el aumento del rescate a medio millón de pesos…
—¡Exacto! No es mala idea.
Mientras tanto, Pedro Palos dividiría su gente en tres o cuatro patrullas, y se dispersarían en diversas direcciones, y pasado un mes se encontrarían en alguna parte donde reconstruirían la guerrilla. A una observación del Doctorcito, Pedro Palos le contestó con aspereza que él entendería de letras, pero no de guerrillas. Le fastidiaba que siempre anduviera metiéndose en sus propios terrenos.
—Haz como quieras. Tú eres el jefe. Pero si ella insiste en quedarse… ¿habría que matar al niño? ¿Tendrías que mandarla amarrada y amordazada hasta el páramo?
Terco como una mula, a Martín le gustaría largarse con Margarita, solos los dos, Llano adentro, aunque Pedro Palos le hubiera explicado que eso sería una locura. Pensaba que en cualquier hato de las orillas del Meta encontraría trabajo mientras se veía qué pasaba más adelante. Seguirían río abajo, hasta Puerto López. Por el Orinoco llegarían a Ciudad Bolívar, donde algo tendría que hacer, pues Andrés Paipa le había contado que allá suelen refugiarse muchos colombianos que escapan de la justicia por guerrilleros o por malhechores. Inclusive cargaría bultos en el puerto. Lo importante era salvar al niño y no apartarse una uña de Margarita, cuyo tibio aroma, a leche y a sudor, le alborotaba los sentidos.
—Por ningún motivo podemos seguir con ellos. El Doctorcito te detesta y donde te descuides te mata, o nos mata, o me mata al niño como le dijo a Pedro Palos.
Martín gruñó, como siempre.
Hubiera querido decirle que Pedro Palos jamás permitiría semejante cosa; que los dos eran amigos desde hacía muchos años; que, además, Martín podría, más adelante… Y se llevó una mano al cabo del machete.
—¡No, eso no, Martín! ¡Por Dios! ¡No más sangre! ¡Prométemelo! ¡Júramelo!
Era la primera vez que Margarita no lo llamaba asesino.
Las tres comisiones, las cuatro sería mejor, se dispersarían de la siguiente manera: el viejo Paipa con Fidel, quien podría pasar por hijo suyo y de una de las mujeres que debía acompañarlos, bajarían a Pajarito a llevar el mensaje pidiendo un aumento del rescate y una ampliación de la tregua. Con la amenaza, claro está, de eliminar a Margarita si no conseguían lo uno ni lo otro, y de paso justificando esas exigencias con el nacimiento del niño.
—Eso me parece muy bien. Pero ¿por qué no matar a Martín, llevar su cabeza a Pajarito, cobrar los cien mil pesos y quedarnos, quedarte tú con Margarita mientras vemos qué se hace más adelante? Lo del niño no tiene importancia. Seguiríamos negociando el rescate, pues por lo visto, Margarita, o lo que él piensa que ella lleva en el vientre, al senador Rodríguez le interesa mucho más que Martín.
Sin hacer caso de lo que decía el otro, Pedro Palos le explicó que una segunda comisión, al mando del Doctorcito, seguiría bordeando la cordillera en busca del páramo del Almorzadero. Allí acampan muchos salteadores de buses. Si todavía no son guerrilleros, será por falta de un tipo inteligente, como el Doctorcito, que los adoctrine, los organice y le dé un sentido a lo que están haciendo sin ningún plan político o revolucionario. Como el Doctorcito tratara de decir algo, el jefe lo calló con un ¡carajo! y le preguntó si tenía miedo. Si acaso no quería ser jefe por unas semanas o unos meses, mientras volvían a encontrarse. Se reunirían todos otra vez en la colonia que unos boyacenses están abriendo en las vegas del río Arauca, cerca del puente internacional que no hace mucho inauguraron los presidentes de Colombia y de Venezuela.
—Como tú ordenes.
—Con tres o cuatro hombres yo seguiré por el pie de la cordillera hacia el Sur, en busca del departamento del Meta. Entre los colonos del Ariari hay muchos comunistas a quienes conozco, y podría ocultarme durante un tiempo. ¿No te parece? Si el viejo Aipa consigue el rescate, irá a buscarme al Ariari, y en Villavicencio les haría entrega de Margarita.
—Pero si lo matan…
—Qué le vamos a hacer. De algo tenemos que morirnos todos.
—Pedro Palos tampoco me gusta. ¿No te has dado cuenta de cómo me mira? Lo que quiere ese hombre… lo que ese hombre quisiera… ¿No lo adivinas?
—¡Pedro Palos no es de ésos!
—¡Ay! Y tú me lo dices.
Y como él le recordara que lo conocía desde el cuartel, donde fueron uña y mugre durante dos años, ella le replicó que por ser mujer mucho mejor lo había conocido en dos horas.
Martín volvió la cabeza a otro lado para que ella no pudiera verle el ojo amarillo y negro de culebra que relampagueaba de cólera. Una lámina fría, como la hoja de un cuchillo, le había penetrado en las entrañas resfriando de golpe todo el ardor que se le había acumulado allí adentro.
Pedro Palos explicó que una cuarta comisión al mando de Martín… El Doctorcito no pudo reprimir una explosión de protesta. ¿Cómo podía ocurrírsele al jefe entregarle a Martín el mando de una comisión, así fuera por pocos días? ¿No estaba viendo que era un asesino vulgar en quien no podía confiar nadie? Pedro Palos dijo que sólo en él tenía una confianza absoluta. Estaba convencido de que, pasara lo que pasara, Martín llegaría a buscarlo al Ariari o al cabo del mundo. Cuando el Doctorcito le preguntó de dónde le venía esa seguridad, si era claro que a Martín no le importaba la guerrilla, ni el comunismo, ni la revolución, ni nada distinto de asesinar al teniente Rodríguez, y lo había asesinado, Pedro Palos le contestó:
—Contigo no lo podría mandar porque te mataría por el camino, y si lo mandara con la comisión de Pajarito, al reconocerlo lo matarían los militares para ganarse el rescate. ¡Eres un imbécil!
Se levantó de un salto dejando a su amigo con la palabra en la boca y en medio del descampado de la orilla del río convocó a sus hombres, les explicó sus planes, designó a una mujer para que acompañara a Andrés Paipa y al chino Fidel en calidad de esposa del primero y madre del segundo.
La risa de aquellos hombres, contra lo que podía esperar Margarita, era casi infantil.
El Doctorcito, la Pacha, tres hombres dieron un paso adelante y escucharon atentamente las instrucciones del jefe. Y cuando Pedro Palos ordenó a Martín que se pusiera al frente de tres hombres y otra de las mujeres, era claro que la cuarta patrulla, la que comandaría Pedro Palos, quedaría reducida a éste, Margarita y la mujer que restaba. Las comisiones debían ponerse en marcha inmediatamente y si se encontraban con alguna patrulla enemiga debían huir, no presentar batalla y desperdigarse por el monte. Se reunirían dos o tres meses después, en la fundación de las vegas del río Arauca, donde esperarían instrucciones. El propósito de Pedro Palos era disolver, atomizar la guerrilla para desconcertar al ejército y sorprenderlo más tarde, cuando se reorganizaran en otro sitio. Pedro Palos se reservaría para él el transistor y el caballo, pues Margarita no podía andar a pie.
El Doctorcito tuvo que reconocer en su fuero interno que el jefe era tan buen táctico para conducir guerrillas como para conquistar mujeres.
—¡Un momento! —gritó Margarita, mirando a Pedro Palos con tal desprecio que él parecía más pequeño y ella más grande—. Usted no puede disponer de mí como si fuera uno de estos infelices.
El Doctorcito y la Pacha la miraron con odio, Martín con angustia, las mujeres con miedo, los hombres con curiosidad, Pedro Palos con rabia.
—Yo seguiré con Martín a donde usted quiera mandarnos: al Arauca, al Ariari, al páramo del Almorzadero; pero a mí no me mandan con otro. Y puede llevarse el caballo si quiere.
Pedro Palos le gritó que callara, y Martín la conminó desde lejos a que esperara un momento, con un movimiento de cabeza.
La primera comisión, la del viejo Andrés Paipa, se puso en marcha en ese momento. El viejo volvió la cabeza para mirar a Martín, como si quisiera decirle algo pero no se atreviera a decirlo. Le hubiera contado que aunque él, el viejo Paipa, adoraba al jefe y se sometía dócilmente a lo que él le ordenaba, sin embargo tenía una gran simpatía por Martín. Tal vez quería recordarle también lo que le había prometido cuando, una vez muerto el viejo Rodríguez, Martín se adueñara de «El Paraíso».
Pedro Palos le ordenó al Doctorcito que pusiera en movimiento su comisión, aunque el hombre hubiera preferido quedarse. Le ordenó a Martín que siguiera inmediatamente con sus hombres, pero éste no se movió de su sitio. Los otros se cuadraron ante Pedro Palos y sin esperar más órdenes se internaron en fila india por la montaña.
El Doctorcito se atrevió a insinuarle que si lo necesitaba para algo, él podía quedarse allí con sus hombres, sólo que el jefe le contestó que se marchara, que se fueran todos inmediatamente. Lo que éste quiere, pensó el Doctorcito, es arreglar sus problemas sin testigos; y entrecerrando los ojos para ver mejor, con una mano de pantalla sobre las cejas, del brazo de la Pacha se metió entre el monte.
—Y tú, Martín, ¿por qué no me obedeces? ¿No sabes todavía que el que manda soy yo, y no tú, ni ésta…?
Y señaló a Margarita con el cañón del revólver.
Con la cabeza echada hacia atrás, los brazos en jarras y los puños en la cintura, Martín parecía una torre. La pobre mujer que debería ir con la comisión del jefe, y aun éste — cuadrado y fornido —, y naturalmente Margarita, lo miraban de abajo arriba con extrañeza. El ojo de Martín centelleaba, amarillo y negro como el de una culebra, aunque tuviera el rostro tranquilo. Pedro Palos pensó que le bastaría levantar el revólver a la altura de sus ojos, apuntar en medio de aquel torso hercúleo cuyo vello espeso sobresalía por la camisa entreabierta, y apretar el gatillo. El sentimiento de vergüenza que le había obligado a despachar la totalidad de sus hombres, comenzando por el Doctorcito, pasaría en un momento. Margarita ya no sería un problema sino una presa fácil cuando desapareciera aquel gigante plantado ahora frente a él, a cinco metros escasos de distancia. Como si adivinara lo que estaba pensando, Margarita avanzó unos pasos y se interpuso entre los dos, de espaldas a Martín y casi pegada a Pedro Palos, cuyo rostro se había vuelto ceniciento. Con la mano que tenía libre se acariciaba nerviosamente la barba.
—Por última vez te digo: ¿No me obedeces?
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